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Notas de la palabra clave

Judas de Alfeo (apóstol)

Tema: ¿Quiénes son los apóstoles? · Página 11 de 15

Comodidad de lectura

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ECR 186.2 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Jesús emprende la ascensión de un escarpado sendero que trepa por el cantil casi a pico. Los apóstoles le siguen por la penosa senda hasta la cima del cantil, que muere en un rellano poblado de encinas bajo las cuales pacen muchos cerdos.

«¡Estos fétidos animales no nos dejan pasar!» exclama Bartolomé.

«No. No nos obstaculizan el paso, hay espacio para todos» responde con serenidad Jesús.

Por su parte, los porquerizos, viendo a israelitas, tratan de reunir a los cerdos bajo las encinas para dejar libre el sendero. Los apóstoles pasan, haciendo mil muecas de desagrado, entre las porquerías que van dejando estos animales que hozan bien pingües, buscando siempre aumento de pinguosidad.

Jesús pasa sin hacer tanto teatro, y dice a los encargados de la piara: «Que Dios os pague vuestra amabilidad».

Los porquerizos — gente pobre y sólo poco menos sucia que sus cerdos, aunque, eso sí, infinitamente más delgados — le miran perplejos y se ponen a cuchichear entre sí. Uno dice: «A lo mejor no es israelita». A lo cual los otros contestan: «¿No ves las franjas de la túnica?».

El grupo apostólico se une, ahora que pueden continuar el camino juntos por una vereda bastante ancha.

ECR 187.1-3 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Jesús deja partir a las barcas diciendo: «No vuelvo». Luego, seguido de los suyos, atravesando la zona que ya desde la otra orilla se veía rica, se dirige hacia un monte que aparece en dirección Sur-Oeste.

Los apóstoles, poco entusiastas del camino que atraviesa esta zona, bonita pero agreste, caminan en silencio, hablándose sólo con los ojos. Es, en efecto, una zona llena de espadañas que se enredan en los pies; de cañas que hacen llover en las cabezas la fina lluvia de rocío que se ha depositado en sus hojas de forma de gruesos cuchillos; llena de nódulos que golpean el rostro con el duro mazo de su fruto desecado; de frágiles sauces pensiles, presentes en todas partes, que producen cosquilleo; de zonas traicioneras de hierba, aparentemente arraigada en terreno duro, pero que en realidad cela pozas de agua donde el pie se hunde, pues no son sino aglomerados de colas de zorra y plantas vesiculares, crecidas sobre minúsculas charcas, tan tupidas que esconden el elemento sobre el que han nacido.

Jesús, por su parte, parece deleitarse en todo ese verde con mil colores, con todas esas flores que se arrastran, o que están enhiestas o se agarran a algo para subir; flores que producen festones asperjados de leves campanillas de un rosa malva tenuísimo, o que forman una alfombra delicada de color azul (por los millares de corolas de miosotis palustres), o che abren el perfecto cáliz de su corola blanca, rosada o azul entre las anchas hojas planas de los nenúfares. Jesús contempla, admirado, los penachos de las cañas palustres, sedosos, cubiertos de aljófares; se inclina, dichoso, a observar la delicadeza de las colas de zorra, que ponen un velo de esmeralda a las aguas; se detiene, extático, ante los nidos que hacen los pájaros con un ir y venir jubiloso (hecho de trinos, zigzagueos y trabajo alegre) con el piquito lleno de pajitas, o de borra de las ramitas, o de vellones de lana arrebatada a los setos, que a su vez se la han arrebatado a los rebaños trashumantes... Parece la persona más feliz del mundo. ¡Qué lejos queda el mundo con sus perversidades, falsedades, dolores, insidias! El mundo está allende los confines de este oasis verde y florido en que todo embalsama, resplandece, ríe, canta. Ésta es tierra como ha sido creada por el Padre, no profanada por el hombre; aquí se puede olvidar al hombre.

187.2

Quiere que los otros compartan con Él su beatitud, pero no encuentra terreno propicio: los corazones están cansados y exasperados por un profundo mal humor, que trasciende las cosas, e incluso al Maestro, en forma de mutismo cerrado, parecido al ambiente quieto que precede a una tormenta. Sólo su primo Santiago, Simón Zelote y Juan se interesan por lo que a Él le suscita interés; los demás están... ausentes, por no decir de mal talante. Quizás, para no murmurar, no hablan entre ellos, pero dentro sí que deben estar hablando, y demasiado.

Sólo una exclamación, aún mayor, de maravilla, ante la joya viva de un martín pescador que viene volando y lleva a su compañera un pececito de plata, les hace salir de su mutismo.

Jesús dice: «¡Pero podrá haber algo más delicado que esto?».

Pedro responde: «Quizás más delicado no... pero te aseguro que es más cómoda la barca. Aquí se está también en el agua, con el agravante de la incomodidad...».

«Yo preferiría el camino que siguen las caravanas, antes que este... jardín, si así quieres llamarlo, y estoy completamente de acuerdo con Simón» dice Judas Iscariote.

«Ese camino no lo habéis querido vosotros» responde Jesús.

«¡Claro!... Pero yo no me hubiera dado por vencido ante los gerasenos. Me hubiera ido de allí, sí, pero luego hubiera proseguido al otro lado del río, bajando por Gadara, Pel.la, etc» refunfuña Bartolomé.

Y su gran amigo Felipe termina: «Los caminos son de todos; en fin, podíamos transitar por ellos también nosotros».

«¡Amigos! ¡amigos! Estoy muy apenado; nauseado... ¡No aumentéis mi dolor con vuestras pequeñeces! Dejad que busque un poco de alivio en las cosas que no saben odiar...».

La reprensión, dulce en su tristeza, toca a los apóstoles.

«Tienes razón, Maestro. Somos indignos de ti. Perdona nuestra estupidez. Tú eres capaz de ver lo bello porque eres santo y miras con los ojos del corazón. Nosotros, que no somos más que burda materia, sentimos sólo esta burda materia... No hagas caso. Puedes estar seguro de que aunque estuviéramos en un paraíso, sin ti, estaríamos tristes; pero, contigo... para el corazón es siempre hermoso; son estos miembros los que se resisten» susurran bastantes de ellos.

187.3

«Dentro de poco saldremos de aquí y encontraremos suelo más cómodo, aunque menos fresco» promete Jesús.

«¿A dónde vamos exactamente?» pregunta Pedro.

«A llevar la Pascua a algunos que sufren. Hacía tiempo que quería hacerlo, pero no he podido. Lo habría hecho al regreso a Galilea. Ahora, que nos obligan a andar por caminos que no hemos elegido nosotros, iré a bendecir a los pobres amigos de Jonás».

«¡Perderemos tiempo! ¡La Pascua está ya cercana! Por distintos motivos, pero siempre hay retardos». Es otro coro de quejas que se eleva al cielo.

Y yo no sé cómo Jesús puede tener tanta paciencia... Dice, sin regañar a ninguno: «No me pongáis obstáculos, os lo ruego; comprended que preciso amar y ser amado. El único consuelo que tengo en la tierra es el amor y hacer la voluntad de Dios».

«¿Y vamos por aquí? ¿No hubiera sido más bonito ir por Nazaret?».

«Si os lo hubiera propuesto, os habríais rebelado. Ninguno imaginará que estoy en esta zona... Y lo hago por vosotros, porque... tenéis miedo».

«¡Miedo? ¡No, no! ¡Estamos prontos para combatir por ti!».

«Rogad al Señor que no os ponga a prueba. Sé que sois rencillosos, rencorosos; conozco vuestro vehemente deseo de dañar a quien me daña, de humillar al prójimo. Todo esto lo conozco. Lo que no conozco es vuestro coraje. Si por mí fuera, habría ido solo y por el camino normal, y no me habría sucedido nada, porque no ha llegado la hora. Pero siento compasión de vosotros. Además, presto obediencia a mi Madre, y... sí, también esto, no quiero que se sienta molesto el fariseo Simón: Yo no les daré motivo, pero ellos sí mostrarán animosidad conmigo».

«¿Y aquí por dónde se pasa? No conozco bien esta zona» dice Tomás.

«Llegaremos al Tabor. Lo bordearemos en parte. Luego pasaremos cerca de Endor para ir a Naím, y de allí a la llanura de Esdrelón. ¡No temáis!... Doras, hijo de Doras, y Jocanán están ya en Jerusalén».

ECR 187.3-4 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«¿Y aquí por dónde se pasa? No conozco bien esta zona» dice Tomás.

«Llegaremos al Tabor. Lo bordearemos en parte. Luego pasaremos cerca de Endor para ir a Naím, y de allí a la llanura de Esdrelón. ¡No temáis!... Doras, hijo de Doras, y Jocanán están ya en Jerusalén».

187.4

«¡Será precioso! Dicen que desde la cima, concretamente desde un punto de ella, se ve el mar grande, el de Roma. ¡Me gusta mucho! ¿Nos llevas a verlo?» suplica Juan, con su rostro de niño bueno alzado hacia Jesús.

«¿Por qué te gusta tanto verlo?» pregunta Jesús acariciándolo.

«No lo sé... Porque es grande y no se ve el límite... Me hace pensar en Dios... Cuando estuvimos en el Líbano, vi por primera vez el mar. Porque yo sólo había navegado el Jordán o nuestro pequeño mar... y lloré de emoción. ¡Tanto azul! ¡Tanta agua!... ¡Y que no se desborda nunca!... ¡Qué cosa más maravillosa! Y los astros, que trazan caminos de luz sobre la superficie del mar... ¡Oh, no os riáis de mí! Miraba el camino de oro del Sol hasta quedar cegado, el de plata de la Luna hasta henchir de fijo candor mis ojos, y los veía perderse muy lejos. Esos caminos me hablaban, me decían: “Dios está en aquella lejanía infinita, éstos son los caminos de fuego y pureza que un alma debe seguir para ir a Dios. Ven. Adéntrate en el infinito, remando por estos dos caminos y encontrarás al Infinito”».

«Eres poeta, Juan» dice Judas Tadeo admirado.

«No sé si esto es poesía, sé que me enciende el corazón».

«Pero si has visto el mar también en Cesarea y en Tolemaida, y bien cerca; ¡estábamos en la orilla! No veo la necesidad de recorrer tanto camino para ver más agua de mar. En el fondo... nosotros hemos nacido en el agua...» observa Santiago de Zebedeo.

«¡Y, por desgracia, también ahora estamos en el agua!» exclama Pedro, que, habiéndose distraído un momento por escuchar a Juan, no ha visto un charco traicionero y se ha puesto pingando... Se echan a reír; el primero, él.

Pero Juan responde: «Es verdad, pero desde lo alto es más bonito: se ve más y más lejos; se piensa más alto y con más amplitud... se desea... se sueña...». Juan verdaderamente ya está soñando... Mira hacia delante. Sonríe ante su sueño... Parece una rosa color carne salpicada de menudísimo rocío: efectivamente, su piel lisa y clara de joven rubio aparece intensamente aterciopelada y asperjada de fino sudor, de forma que asemeja ahora más todavía a un pétalo de rosa.

«¿Qué deseas? ¿Qué estás soñando?» pregunta Jesús a su predilecto en voz baja (parece un padre dirigiéndose con dulzura a su querido hijito que habla mientras duerme dulcemente): se lo pregunta con tanta dulzura — para no lacerar el sueño del enamorado —, que realmente hay que decir que le está hablando en el alma.

«Deseo ir por ese mar infinito... hacia otras tierras allende él... Deseo ir allí para hablar de ti... Sueño... sueño con ir a Roma, a Grecia, a los lugares oscuros para llevar la Luz... y así los que viven en las tinieblas entren en contacto contigo y vivan en comunión contigo, Luz del mundo... Sueño con un mundo mejor... con un mundo que mejorar a través de tu conocimiento, o sea, a través del conocimiento del Amor que nos hace buenos, puros, héroes... con un mundo que se ame en tu Nombre, y que por encima del odio, del pecado, la carne, el vicio de la mente, por encima del oro, por encima de todas las cosas, alce tu Nombre, tu Fe, tu Doctrina... y sueño con ir con estos hermanos míos por el mar de Dios, recorriendo caminos de luz, a llevarte a ti... de la misma forma que en su momento tu Madre te trajo del Cielo aquí, entre nosotros... Sueño con ser ese niño que, no conociendo sino el amor, se mantiene sereno incluso ante los tormentos... y que canta para infundir ánimo a los adultos, que reflexionan demasiado, y camina hacia la muerte sonriendo, hacia la gloria con aquella humildad de quien no sabe lo que hace, de quien sólo sabe que está yendo a ti, Amor...».

Los apóstoles se han quedado sin respiración durante la extática confesión de Juan; parados donde estaban, miran al más joven, oyéndole hablar con los ojos velados por sus párpados cual velo extendido sobre el ardor que sube del corazón; miran a Jesús, que se transfigura de alegría al verse tan completamente identificado en su discípulo...

Juan termina de hablar en una posición un poco inclinada hacia el suelo que recuerda la gracia de la humilde Virgen de la Anunciación de Nazaret; Jesús le besa entonces en la frente y dice: «Iremos a ver el mar, para que sueñes otra vez con la realización de mi Reino en el mundo».

ECR 188.1 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

El Tabor está ahora a espaldas de los caminantes. Ya lo han salvado. El grupo camina por una llanura cerrada entre este monte y otro que está de frente; van hablando de la ascensión, que todos han realizado, aunque al principio parecía que los más mayores quisieran evitarla; ahora están contentos de haber subido a la cima.

Se anda bien ahora porque van por un camino de primer orden bastante cómodo. La hora es fresca. Tengo la impresión de que han pernoctado en las laderas del Tabor.

«Aquello es Endor» dice Jesús señalando hacia un humilde pueblo asido a las primeras elevaciones de este otro grupo de montes. «¿Estás decidido realmente a ir?».

«Si me quieres contentar...» responde Judas Iscariote.

«Pues vamos».

«Pero, ¿habrá que andar mucho?» pregunta Bartolomé, que, debido a su edad, no debe sentir muchas ganas de excursiones panorámicas.

«¡No, no! De todas formas, si os queréis quedar...» dice Jesús.

«¡Sí, sí, quedaos! ¡hombre! Me basta ir con el Maestro» se apresura a decir Judas de Keriot.

«Bueno, yo quisiera saber, antes de decidir, lo que hay de vistoso... Desde la cima del Tabor hemos visto el mar, y, después de lo que ha dicho el muchacho, tengo que confesar que ha sido la primera vez que lo he visto verdaderamente bien, que lo he visto como Tú ves: con el corazón. Aquí... quisiera saber si hay algo que aprender, porque entonces voy, aunque me cueste...» dice Pedro.

«¿Estás oyéndolos? Todavía no has dicho tu intención. ¿Quisieras ahora ser tan amable para con tus compañeros de decirla?» invita Jesús a responder.

«¿No fue a Endor adonde Saúl quiso ir para consultar a la pitonisa?».

«Sí. ¿Y...?».

«Pues, Maestro, que me gustaría ir a ese sitio y oírte hablar de Saúl».

«¡Ah, pues entonces voy también yo!» exclama Pedro todo animado.

«Bien, vamos».

Recorren ligeros el último trecho del camino principal para dejarlo luego por un camino secundario que lleva derecho a Endor.

Detalle

La atención se centra en Bartolomé, Judas, Felipe y Simón Pedro. Los demás apóstoles están presentes.

ECR 188.7 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Salen de las ruinas y empiezan a bajar por el sendero que antes han recorrido. El hombre bizco está todavía.

«¿Estás todavía aquí?» pregunta Jesús, aparentando no ver el rostro rojo de lágrimas.

«Sí, aquí. Si me permites, te acompaño; debo decirte una cosa...».

«Bueno, bien, ven conmigo. ¿Qué quieres decirme?».

«Jesús... Creo que para tener la suficiente fuerza para hablar y para hacer la santa magia de cambiarme a mí mismo, de invocar a mi alma muerta como la maga invocó a Samuel para Saúl, debo pronunciar tu Nombre, dulce como tu mirada, santo como tu voz. Me has dado una vida nueva, pero es informe, incapaz cual la de un recién nacido mal generado, y forcejea aún, atenazada por la costra mala que le cubre. Ayúdame a salir de mi muerte».

«Sí, amigo».

«Yo... he visto que todavía tengo un poco de humanidad en mi corazón. No soy sólo un animal feroz. Todavía puedo amar y ser amado, perdonar y ser perdonado: tu amor, tu amor, que es perdón, me lo enseña. ¿No es verdad esto?».

«Sí, amigo».

«Pues entonces llévame contigo. ¡Yo era Félix! ¡Oh, qué ironía! Dame un nuevo nombre. Que quede verdaderamente muerto el pasado. Te seguiré como un perro callejero que por fin encuentra un amo. Seré tu esclavo, si quieres... pero no me dejes solo».

«Sí, amigo».

«¿Qué nombre me das?».

«Un nombre entrañable para mí: Juan. En efecto, eres gracia recibida del Señor».

«¿Me llevas contigo?».

«Por ahora sí. Luego me seguirás con los discípulos. Pero... ¿y tu casa?».

«Ya no tengo casa. Dejaré a los pobres cuanto poseo. Dame sólo amor y un pan».

«Ven». Jesús se vuelve y llama a los apóstoles: «Gracias amigos, especialmente a ti, Judas; por ti, por vosotros, un alma se arrima a Dios. Mirad, éste es el nuevo discípulo. Vendrá con nosotros hasta que podamos confiarle a los hermanos discípulos. Alegraos de haber encontrado un corazón, bendecid conmigo a Dios».

Los doce no parecen verdaderamente muy contentos, pero ponen buena cara por obediencia y por cortesía.

«Si me lo permites, me adelanto. Me encontrarás a la entrada de mi casa».

«Bien. Ve».

El hombre se marcha corriendo. Parece otro.

«Ahora que estamos solos, os ordeno, esto lo ordeno, que seáis buenos con él y que no habléis de su pasado a nadie. Quien hablara, o faltara a la caridad a este hermano redimido, sería rechazado por mí ipso facto. ¿Comprendido? ¡Fijaos qué bueno es el Señor!: nos trajo aquí un fin humano y nos ha concedido dejar este lugar habiendo obtenido un hecho sobrenatural. ¡Oh, exulto por la alegría que ahora hay en el Cielo por el nuevo convertido!».

Detalle

Juan de En-Dor se convierte y Jesús lo presenta a los Doce, que no son los más encantados. Jesús da las gracias especialmente a Judas, porque gracias a él llegaron a esta aldea y le conocieron.

Anotación

Os ordeno que seáis amables con él y que no habléis de su pasado a nadie. Judas Iscariote hizo precisamente eso, sin embargo, al denunciar ante el Sanedrín la presencia de un galeote (Juan de En-Dor) y una esclava fugitiva (Síntica). Esto les obligó a exiliarse en Antioquía de Siria. Cf. EMV 314 ss.

ECR 189.1 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Naím debía tener una cierta importancia en tiempos de Jesús. No es muy grande pero está bien construida. La ciñen muros. Se asienta sobre una baja y risueña colina (un ramal del Pequeño Hermón, que domina desde lo alto la fertilísima llanura abierta hacia el noroeste).

Para llegar a ella, viniendo de Endor, hay que atravesar un riachuelo afluente del Jordán. Desde aquí ya no se ve este último — y ni siquiera su valle — pues lo ocultan unas colinas que dibujan un arco en forma de signo de interrogación abierto hacia el Este.

Jesús camina en dirección a esta ciudad, por un camino de primer orden que comunica las regiones del lago con el Hermón y sus pueblos. Tras Él van muchos habitantes de Endor, verdaderamente locuaces.

La distancia que separa al grupo apostólico de los muros de la ciudad es ya muy poca: unos doscientos metros, no más. Dado que el camino va derecho a meterse por una de las puertas de la ciudad, y dado, además, que la puerta está totalmente abierta — es pleno día —, se puede ver todo lo que está sucediendo en la zona inmediatamente situada al otro lado de los muros; es así que Jesús, que iba hablando con los apóstoles y con el nuevo convertido, ve venir, en medio de un gran revuelo de plañideras y de otras manifestaciones orientales de este tipo, un cortejo fúnebre.

«¿Vamos a ver, Maestro?» dicen muchos (ya muchos de los habitantes de Endor se han precipitado a la puerta para mirar).

«Bueno, vamos» dice Jesús condescendiendo.

«Debe ser un niño; ¡fíjate cuántas flores y cuántas cintas hay sobre la lechiga!» dice Judas de Keriot a Juan.

«O quizás una virgen» responde Juan.

«No — dice Bartolomé —, sin duda es un muchachito joven, por los colores que han puesto; además faltan los mirtos...».

El cortejo fúnebre ya está fuera de la ciudad. No es posible ver lo que hay en la lechiga, que va en alto, llevada a hombros; sólo por el relieve que hace, se intuye un cuerpo extendido, fajado, tapado con una sábana, y se comprende que es un cuerpo que ya ha alcanzado su completo desarrollo, porque ocupa toda la largura de la lechiga.

A su lado, una mujer velada, ayudada por parientes o amigas, camina llorando: es el único llanto sincero en toda esa comedia de plañideras. Y si uno de los que llevan las andas tropieza con una piedra, o hay un agujero o una pequeña elevación del suelo, de forma que la lechiga sufre una violenta oscilación, la madre gime: «¡No, no, despacio; mi niño ha sufrido mucho!» y levanta una de sus temblorosas manos y acaricia el borde de la lechiga — más no puede —, y, no pudiendo efectivamente más, besa los ondeantes velos y las cintas que el viento a veces agita, y que acarician la forma inmóvil.

«Es la madre» dice Pedro, compungido y con un brillo de llanto en sus ojos sagaces y buenos.

Pero no es el único que tiene bañados los ojos por esa congoja: al Zelote, a Andrés, a Juan y hasta a Tomás, que siempre está alegre, les brillan los ojos. Todos, todos están conmovidos.

Judas Iscariote dice en voz baja: «¡Si fuera yo... pobrecilla mi madre...!».

Detalle

Los dos Santiago, Mateo, Felipe y Judas no se mencionan en este pasaje, pero están presentes. Van a Naín.

Anotación

- Oh, debe de ser un niño, porque ya ves cuántas flores y cintas hay en la litera -le dice Judas a Juan.

- O a lo mejor es una virgen -responde Juan.

- No, seguramente es un niño, por los colores que han utilizado, y no hay mirtos...", dice Barthélemy.

Todos estos son indicios de los ritos funerarios en uso en la época. Judas de Judea y Bartolomé de Galilea los identificaron del mismo modo.

ECR 191.1 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«Entrega a Miqueas la cantidad de dinero suficiente para que mañana pueda restituir lo que hoy ha pedido prestado a los campesinos de esta zona» dice Jesús a Judas Iscariote, que es quien, generalmente, administra los... bienes comunes.

Luego llama a Andrés y a Juan y los manda a dos puntos desde donde se puede ver el camino, o los caminos, que vienen de Yizreel; luego, a Pedro y a Simón, y les dice que salgan al encuentro de los campesinos de Doras, con la indicación de detenerlos en la divisoria de las dos propiedades; finalmente, dice a Santiago y a Judas: «Coged las provisiones y venid».

ECR 193.1 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Jesús prosigue hacia Jerusalén. Cada vez transita mayor número de peregrinos por los caminos, que están un poco embarrados por un chaparrón nocturno; como contrapartida, haciendo precipitar el polvo, el agua ha dejado terso el aire. Los campos parecen un jardín bien cuidado por su jardinero.

La comitiva apostólica camina ligera, pues se sienten descansados por el alto que han hecho y, además, porque el niño, con sus sandalias nuevas, ya no sufre al andar (es más, sintiendo cada vez más confianza, va charlando con unos u otros; y le hace a Juan la confidencia de que su padre se llamaba también Juan y su madre María y de que, por ello, le quiere también a él mucho). «Pero, bueno — termina diciendo — la verdad es que os quiero a todos; en el Templo voy a rezar mucho, mucho, por vosotros y por el Señor Jesús».

Es conmovedor ver cómo estos hombres, que en su mayor parte no tiene hijos, se muestran paternales y maravillosamente próvidos para con el más pequeño de los discípulos de Jesús. Hasta el hombre de Endor muestra un rostro delicado cuando debe obligarle al pequeño a beberse un huevo, o cuando trepa por entre los arbolados que visten de verde las colinas y las montañas — cada vez más altas, cortadas por profundas hoces cuyo fondo sigue el camino principal — para coger ramitas acídulas de zarzamora o perfumados tallitos de hinojo silvestre, y se lo lleva al niño para mitigarle la sed sin que se llene demasiado de agua. Es conmovedor ver cómo le distraen del largo recorrido llamando su atención hacia los distintos detalles o panoramas.

El que muchos años antes fuera pedagogo en Cintium, destruido posteriormente por la maldad humana, ahora renace por este niño, mísero como él, y alisa las arrugas del infortunio y de la amargura asumiendo una sonrisa buena. El aspecto de Yabés, con sus sandalias nuevas y la carita menos triste, es ya menos menesteroso. No sé qué mano apostólica se ha preocupado de borrar de esa carita todas las señales de muchos meses de vida agreste, poniéndole en orden incluso el pelo, antes descuidado y polvoriento, ahora esponjoso e igualado por una enérgica lavada. También el hombre de Endor, que todavía se queda un poco perplejo cuando oye que le llaman Juan (si bien, cuando esto le sucede, en seguida menea la cabeza con una sonrisa compasiva hacia su poca memoria), está muy cambiado: cada día que pasa, su rostro va perdiendo esa cierta dureza que tenía y va adquiriendo una seriedad que no infunde miedo.

Naturalmente, estas dos miserias renacidas por la bondad de Jesús gravitan amantes hacia el Maestro; quieren a los compañeros, sí, ¡pero a Jesús!... Cuando Él los mira o les habla directamente, su expresión se vuelve dichosísima.

Detalle

La relación entre los Doce y Juan de Endor y el niño Marziam.