ECR 48.4
El Evangelio como me ha sido revelado
Traducción en curso
Notas del tema
Comodidad de lectura
ECR 48.4
Traducción en curso
ECR 48.5
— «Y tú, Andrés, necio, ¿por qué no has ido con éstos?».
«¡Pero... Simón! Me has reprendido porque no los había convencido de venir conmigo... Toda la noche has estado refunfuñando ¡¿y ahora me echas en cara el no haber ido?!...».
«Tienes razón... Pero yo no le había visto... tú sí... y deberás haberte dado cuenta de que no es como nosotros... ¡Algo especial tendrá!...».
«¡Oh!, sí — dice Juan —. ¡Tiene un rostro..., y unos ojos...! ¡¿Verdad, Santiago, qué ojos?! ¡Y una voz...! ¡Ah, qué voz! Cuando habla te parece soñar con el Paraíso».
«¡Rápido!, ¡rápido!, vamos donde Él. Vosotros — habla a los peones — llevad todo a Zebedeo y decidle que se encargue él de ello. Nosotros volveremos esta noche para pescar».
Se visten de forma adecuada todos y se encaminan.
Juan y Santiago de Zebedeo hablan de su encuentro con Jesús. Al principio escéptico, Pedro se convence cada vez más y habla con su hermano:
ECR 48.6
Id, pero no os dejéis vencer por las primeras palabras de burla. Quien quiera venir conmigo debe saber no dejarse avasallar por los escarnios del mundo y por las prohibiciones de los parientes; porque Yo estoy por encima de la sangre y de la sociedad, y sobre ellos triunfo. Y quien esté conmigo triunfará eternamente.
ECR 48.7-8
«Habla, habla más de Él mientras vamos. ¿Dónde está?».
«En una casa pobre; deben de ser personas amigas suyas».
«¿Pero es pobre?».
«Un obrero de Nazaret. Así dijo».
«Y ¿cómo vive ahora, si ya no trabaja?».
«No lo hemos preguntado. Quizá le ayudan los parientes».
«Sería mejor llevar algo de pescado, pan, o fruta..., algo. ¡Vamos a consultar a un rabí — porque es como un rabí, y más que un rabí — con las manos vacías!... Nuestros rabinos no quieren que se actúe así...».
«Pero Él quiere. No teníamos más que veinte denarios entre yo y Santiago, y se los ofrecimos, como es costumbre para con los rabinos. No los quería, pero ya que insistíamos, dijo: “Dios os lo pague en bendiciones de los pobres. Venid conmigo”. Y en seguida los distribuyó entre algunos pobres que Él sabía dónde vivían; y a nosotros, que preguntábamos: “Y para ti, Maestro, ¿no guardas nada?”, nos respondió: “La alegría de hacer la voluntad de Dios y de servir a su gloria”. Dijimos también: “Tú nos llamas, Maestro, pero nosotros somos todos pobres. ¿Qué debemos traerte?”. Respondió con una sonrisa que realmente hace saborear el Paraíso: “Un gran tesoro quiero de vosotros”; y nosotros: “¿Y si no tenemos nada?”; y Él: “Tenéis un tesoro que tiene siete nombres y que incluso el más mísero puede poseer y el rey más rico no; lo tenéis y lo quiero. Oíd sus nombres: caridad, fe, buena voluntad, recta intención, continencia, sinceridad, espíritu de sacrificio. Esto quiero Yo de quien me sigue, esto sólo, y en vosotros existe, duerme como la semilla bajo los terrones invernales, pero el sol de mi primavera la hará nacer como espiga septenaria”. Eso dijo».
«¡Ah!, esto me asegura que es el Rabí verdadero, el Mesías prometido. No es duro para con los pobres, no pide dinero... Es suficiente para llamarle el Santo de Dios. Vamos con toda confianza».
Pedro pide a Juan que le hable del Mesías.
ECR 49
María ve a Juan de Zebedeo. Ve al Maestro y le llama. Los dos hombres hablaron. Jesús estaba rezando y pensando en lo que iba a decir en la sinagoga, pero viendo espiritualmente que Juan le buscaba, fue a su encuentro. El hijo de Zebedeo le preguntó si Jesús le amaba y Cristo le volvió a preguntar. Juan le dijo que lo amaba mucho y que su alma siempre lo había estado buscando. Cuando el Salvador le preguntó qué haría si tuviera que dejar a su padre, madre, hermanos y hermanas, así como la vida, la esposa y el amor, Juan respondió que el amor de Cristo ocuparía el lugar de su padre, madre, hermanos, hermana y esposa. Cuando Jesús habla de su muerte, Juan no quiere en absoluto que eso ocurra, y le pide permiso para amar a su Señor. Jesús le da ese permiso. El hermano de Santiago se alegra.
Después hablan de Andrés y Pedro, y Jesús va a la sinagoga. Por el camino, consuela al niño Santiago, que está a punto de llorar porque ha corrido demasiado deprisa. Hablan brevemente de los niños del Éxodo y del Limbo, y al niño le promete que irá directamente al Cielo cuando muera si se porta bien. Esto da a Juan la oportunidad de preguntar al Maestro por su paternidad. Le confirma que no tiene sobrinos, hermanos ni hermanas, sólo primos y su Madre. Por último, Jesús va a predicar a la sinagoga.
Lee un fragmento del Libro de Jeremías y se dirige al pueblo de Israel, que llora a causa de la ocupación extranjera. Algunos dicen que todavía tienen el Templo, pero el Señor les recuerda que la oración sólo es santa si tenemos amor al prójimo. Los ricos que hacen grandes ofrendas pero son duros de corazón no son aceptados por Dios. Por eso, Cristo les pide que sean de buena voluntad, sinceros y buenos. Nos recuerda que la Ley es sencilla, si damos a los Mandamientos la luz del amor. Tras aludir a la Eucaristía, anima a las almas a amar.
Cuando terminó, volvió a Pedro y Andrés. Jesús describe el carácter de Pedro: es un hombre que debería abstenerse de juzgar sin informarse antes, pero reconoce sinceramente sus faltas. El Maestro pregunta también a Andrés por qué no vino antes, y Pedro confiesa que fue él quien le retuvo. El pescador también admite sus debilidades y Jesús le da unos primeros consejos. De momento, no le pide que se arranque el corazón y se separe de sus santísimos afectos, sino que practique la justicia, ame la misericordia y se aplique totalmente a seguir a su Dios. Esto complace a Pedro. Andrés no dice nada, pero el Señor le promete que se convertirá en león. Los galileos le abandonan, pero Juan quiere seguirle a Jerusalén. Simón de Jonás le anima a ir a ver a Cristo, y Jesús acepta que Juan le acompañe.
Por último, Jesús da un dictado sobre la humildad de Juan. Fue Juan quien llevó a Pedro ante el Salvador, pero como el hijo del trueno conocía la timidez de Andrés, y como Juan era justo, Andrés pasó a un segundo plano en su Evangelio y dio la impresión de que Andrés era el primer apóstol del Señor.
En comparación, cuántas personas se proclaman grandes apóstoles cuando su éxito procede de una combinación de cosas, no sólo de la santidad, sino también de la audacia humana, de la suerte, del hecho de que algunas personas son menos audaces que nosotros, pero quizá más santas que nosotros.
Cristo nos anima a no vanagloriarnos cuando actuamos bien: debemos tener siempre una mirada clara y "dar a quien corresponda la alabanza que le es debida". Debemos reconocer a los apóstoles a través de los cuales podemos realizar eficazmente nuestro trabajo. Debemos poder decir: "Yo soy el instrumento activo, pero éste tiene más amor que yo, reza mejor que yo, y gracias a él tengo fuerzas para actuar".
Juan es el preferido; es el puro, el amoroso, el obediente, y es muy humilde. Jesús se reflejó en él, y su Madre tuvo la impresión de tener un segundo hijo.
ECR 49.1-2
49.1 A las 2 de la tarde veo esto:
Jesús camina solo por una vereda que corta dos parcelas de cultivo. Juan se dirige hacia Él por un sendero completamente distinto que hay entre las tierras; al final le alcanza, pasando por una abertura del seto.
Juan, tanto en la visión de ayer como en la de hoy, es muy joven. Tiene un rostro sonrosado e imberbe, de hombre apenas hecho. Siendo, además, rubio, no se ve en él ni una señal de bigote o de barba, sino sólo el color rosáceo de las mejillas lisas, el rojo de los labios y la luz risueña de su hermosa sonrisa y mirada pura (no tanto por su color turquesa oscuro cuanto por la limpieza del alma virgen que en ella puede verse). Los cabellos rubio-castaños, largos y esponjosos, se mecen al ritmo de su paso, que es tan veloz que parece que corriera.
Llama, cuando está para pasar el seto: «¡Maestro!».
Jesús se detiene y se vuelve sonriendo.
«¡Maestro, suspiraba por ti! Me han dicho en la casa donde estás que habías venido hacia la campiña... Pero no exactamente a dónde. Y temía no verte». Juan habla levemente inclinado, por respeto. Y, no obstante, se le ve lleno de confidente afecto en su actitud y en la mirada, que alza hacia Jesús, con la cabeza ligeramente en dirección al hombro.
«He visto que me buscabas y he venido hacia ti».
«¿Me has visto? ¿Dónde estabas, Maestro?».
«Allí», y Jesús indica un grupo de árboles lejanos que, por el color del ramaje, yo diría que son olivos. «Estaba allí, orando y pensando en lo que voy a decir esta tarde en la sinagoga. Pero lo he dejado en seguida, nada más verte».
«¿Y cómo has podido verme si yo apenas distingo ese lugar, escondido detrás de aquel promontorio?».
«Y, sin embargo, ya ves que he salido a tu encuentro porque te he visto. Lo que no hace el ojo lo hace el amor».
«Sí, lo hace el amor.
49.2 Entonces, me amas, ¿no, Maestro?».
«Y tú, ¿me amas, Juan, hijo de Zebedeo?».
«Mucho, Maestro. Tengo la impresión de haberte amado siempre. Antes de conocerte, mi alma te buscaba, y, cuando te he visto, ella me ha dicho: “He ahí a quien buscas”. Yo creo que te he encontrado porque mi alma te ha sentido».
«Tú lo dices, Juan, y es así. Yo también he venido hacia ti porque mi alma te ha sentido. ¿Durante cuánto tiempo me amarás?».
«Siempre, Maestro. Ya no quiero amar a nadie que no seas Tú».
«Tienes padre y madre, hermanos, hermanas; tienes la vida, y, con la vida, la mujer y el amor. ¿Serás capaz de dejarlo todo por mí?».
«Maestro... no sé... pero me parece, si no es soberbia el decirlo, que tu predilección será, para mí, padre, madre, hermanos, hermanas e incluso mujer. De todo, sí, de todo me consideraré saciado, si Tú me amas».
«¿Y si mi amor te comporta sufrimientos y persecuciones?».
«Será como nada, Maestro, si Tú me amas».
«Y el día que Yo debiera morir...».
«¡No! Eres joven, Maestro... ¿Por qué morir?».
«Porque el Mesías ha venido para predicar la Ley en su verdad y para llevar a cabo la Redención. Y el mundo aborrece la Ley y no quiere redención. Por eso persigue a los mensajeros de Dios».
«¡Oh, que esto no suceda! ¡No le manifiestes este pronóstico de muerte a quien te ama!... Pero, aunque tuvieras que morir, yo te amaría de todas formas. Deja que te ame». Juan tiene una mirada suplicante. Más humilde que nunca, camina al lado de Jesús y parece como si mendigara amor.
Jesús se detiene. Le mira, le taladra con la mirada de su ojo profundo, y, poniéndole la mano sobre su cabeza inclinada, le dice: «Quiero que me ames».
«¡Oh, Maestro!». Juan se siente feliz. Aunque su pupila brille de llanto, ríe con esa joven boca suya bien dibujada; toma la mano divina, la besa en el dorso y la aprieta contra su corazón.
Descripción física de Jean
ECR 49.2
«Tienes padre y madre, hermanos, hermanas; tienes la vida, y, con la vida, la mujer y el amor. ¿Serás capaz de dejarlo todo por mí?».
«Maestro... no sé... pero me parece, si no es soberbia el decirlo, que tu predilección será, para mí, padre, madre, hermanos, hermanas e incluso mujer. De todo, sí, de todo me consideraré saciado, si Tú me amas».
«¿Y si mi amor te comporta sufrimientos y persecuciones?».
«Será como nada, Maestro, si Tú me amas».
Jesús interroga a Juan.
ECR 49.3
49.3 Continúan su camino.
«Has dicho que me buscabas...».
«Sí. Para anunciarte que mis amigos quieren conocerte... y porque... ¡oh, qué ganas tenía de estar de nuevo contigo! Te he dejado hace pocas horas... y ya no podía seguir sin ti».
«Entonces, ¿has sido un buen anunciador del Verbo?».
«También Santiago, Maestro, ha hablado de ti de manera... convincente».
«De forma que incluso quien desconfiaba — y no es culpable, porque la prudencia era la causa de su reserva — se ha persuadido. Vamos a confirmarle del todo».
«Tenía un poco de miedo...».
«¡No! ¡No miedo a mí! He venido por los buenos y más aún por quien está en el error. Yo quiero salvar, no condenar. Con los honestos seré todo misericordia».
«¿Y con los pecadores?».
«También. Por deshonestos entiendo los que lo son espiritualmente, y con hipocresía fingen ser buenos, mientras que realizan obras malvadas. Y hacen esas cosas, y de esa forma, para obtener algún beneficio propio y sacar algún provecho del prójimo. Con éstos seré severo».
«Simón entonces puede sentirse seguro. Es auténtico como ningún otro».
«Así me gusta, y así quiero que seáis todos».
«Simón quiere decirte muchas cosas».
«Le escucharé después de hablar en la sinagoga. He dicho que se avise no sólo a los ricos y a los sanos sino también a los pobres y a los enfermos. Todos tienen necesidad de la Buena Nueva».
ECR 49.7
49.7 Jesús sale a la placita. En la puerta están Juan y Santiago con Pedro y Andrés.
«La paz esté con vosotros» dice Jesús; y añade: «Éste es el hombre que para ser justo necesita no juzgar sin conocer primero, pero que es honesto reconociendo su equivocación. Simón, ¿has querido verme? Aquí me tienes. Y tú, Andrés, ¿por qué no has venido antes?».
Los dos hermanos se miran turbados. Andrés susurra: «No me atrevía...».
Pedro, rojo, no habla. Pero cuando oye que Jesús le dice al hermano: «¿Hacías algo malo viniendo? Sólo el mal no se debe osar hacer», interviene con franqueza: «He sido yo. Él quería traerme inmediatamente hacia ti. Pero yo... yo he dicho... Sí, he dicho: “No creo”, y no he querido. ¡Oh, ahora me siento mejor!...».
Jesús sonríe y dice: «Por tu sinceridad, te manifiesto que te amo».
«Pero yo... yo no soy bueno... no soy capaz de hacer lo que has dicho en la sinagoga. Soy iracundo y, si alguno me ofende... ¡bueno!... Soy codicioso y me gusta tener dinero... y al vender el pescado... bueno... no siempre... no siempre he estado limpio de fraude. Y soy ignorante. Y tengo poco tiempo para seguirte y recibir así la luz. ¿Qué puedo hacer? Quisiera ser como Tú dices... pero...».
«No es difícil, Simón. ¿Conoces un poco la Escritura? ¿Sí? Pues bien, piensa en el profeta Miqueas. Dios quiere de ti lo que dice Miqueas. No te pide que te arranques el corazón, ni que sacrifiques los afectos más santos. Por ahora no te lo pide. Un día tú le darás a Dios, sin que te lo demande, incluso a ti mismo. Pero Él espera a que un sol y un rocío, de ti, sutil tallo de hierba, hagan palma robusta y gloriosa. Por ahora te pide esto: practicar la justicia, amar la misericordia, poner toda la atención en seguir a tu Dios. Esfuérzate en hacer esto y quedará cancelado el pasado de Simón, y tú serás el hombre nuevo, el amigo de Dios y de su Cristo. No serás ya Simón, sino Cefas, piedra segura en que me apoyaré».
«¡Esto me gusta! Esto lo entiendo. La Ley es así... es así... mira, ¡yo ya no sé practicarla de la forma que la presentan los rabinos!... Pero esto que Tú dices, sí. Me parece que lo lograré. Tú me vas a ayudar, ¿no? ¿Resides en esta casa?... Conozco al dueño».
«Estoy aquí. Pero voy a ir a Jerusalén, y después predicaré por Palestina. Para esto he venido. De todas formas, volveré aquí frecuentemente».
«Vendré a oírte de nuevo. Quiero ser tu discípulo. Un poco de luz entrará en mi cabeza».
«En el corazón sobre todo, Simón, en el corazón. Y tú, Andrés, ¿no hablas?».
«Escucho, Maestro».
«Mi hermano es tímido».
«Será un león. Está anocheciendo. Que Dios os bendiga y os conceda buena pesca. Id».
«La paz sea contigo». Se van.
Juan 1:39-42:
Andrés, hermano de Simón Pedro, era uno de los dos discípulos que habían oído la palabra de Juan y seguían a Jesús. Primero encontró a Simón, su propio hermano, y le dijo: "Hemos encontrado al Mesías", que significa Cristo. Andrés llevó a su hermano a Jesús. Jesús lo miró y le dijo: "Tú eres Simón, hijo de Juan; te llamarás Cefas", que significa Pedro.
ECR 49.7
49.7 Jesús sale a la placita. En la puerta están Juan y Santiago con Pedro y Andrés.
Santiago y Juan estuvieron presentes en la primera predicación de Jesús en Betsaida.