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Apóstoles

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ECR 38.6

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

38.6 Llaman a la puerta. José atraviesa con paso rápido huerto y habitación, y abre.

«¡La paz sea con vosotros, Alfeo y María!».

«Y con vosotros. Paz y bendición».

Es el hermano de José con su mujer. Un rústico carro tirado por un robusto burro está parado en la calle.

«¿Habéis tenido buen viaje?».

«Sí, bueno. ¿Y los niños?».

«Están en el huerto con María».

Ya los niños venían corriendo a saludar a su mamá. También María está viniendo, trayendo a Jesús de la mano. Las dos cuñadas se besan.

«¿Se han portado bien?».

«Sí, muy bien, y han sido muy cariñosos. ¿La familia está toda bien?».

«Todos están bien. Nos han dado recuerdos para vosotros. De Caná os mandan muchos regalos: uvas, manzanas, queso, huevos, miel. Y... José, he encontrado exactamente lo que tú querías para Jesús. Está en el carro, en aquella cesta redonda». La mujer de Alfeo, sonriendo, se curva hacia Jesús, que la está mirando con unos ojos maravillados, abiertísimos; y le besa en esos dos pedacitos de azul y dice: «¿Sabes lo que he traído para ti? Adivina».

Jesús piensa, pero no adivina. Probablemente lo hace a propósito, para que José tenga la alegría de dar una sorpresa. En efecto, José entra trayendo consigo una cesta redonda. La deposita en el suelo a los pies de Jesús, desata la cuerda que está sujetando la tapadera, la levanta... y una ovejita toda blanca, un verdadero copo de espuma, aparece, dormida sobre un heno muy limpio.

«¡Oh!» exclama Jesús con estupor y beatitud, mientras hace ademán de echarse hacia el animalito, pero... no, se vuelve y corre adonde José, que aún está agachado, y le abraza y le besa dándole las gracias.

ECR 38.7-8

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«Por cierto, este año tendrás que mandar tú también a Jesús a la escuela. Ya es tiempo».

«Yo no voy a mandarle jamás a Jesús a la escuela» dice María con tono resoluto. Resulta insólito oírla hablar así, y además antes que José (!).

«¿Por qué? El Niño tiene que aprender, para que a su debido tiempo sea capaz de afrontar el examen de la mayoría de edad...».

«El Niño sabrá; pero no irá a la escuela. Está decidido».

«Pues serías la única que actuara así en Israel».

«Pues seré la única, pero actuaré así. ¿No es verdad, José?».

«Así es; Jesús no tiene necesidad de ir a la escuela. María se ha formado en el Templo y es una verdadera doctora en el conocimiento de la Ley. Será su Maestra. Es también mi deseo».

«Le estáis mimando demasiado al Muchacho».

«Eso no puedes decirlo. Es el mejor de Nazaret. ¿Le has visto alguna vez llorar o cogerse alguna pataleta o negarse a obedecer o faltar al respeto?».

«No. Pero un día será así si le seguís mimando».

«Tener al lado a los hijos no es mimarlos; es quererlos, con mente cabal y buen corazón. Nosotros amamos así a nuestro Jesús, y, dado que María es una mujer más instruida que el maestro, será Ella la Maestra de Jesús».

«Y cuando sea hombre, tu Jesús será una mujercita temerosa hasta de las moscas».

«No lo será. María es una mujer fuerte y sabe educarle virilmente; y yo no soy ningún mezquino, y sé dar ejemplos viriles. Jesús es un niño sin defectos físicos ni morales. Por tanto se desarrollará recto y fuerte en el cuerpo y en el espíritu. Estáte seguro de esto, Alfeo. No dejará fea a la familia. Y, además, ya lo he decidido y es suficiente».

«Lo habrá decidido María. Tú sólo...».

«¿Y si así fuera? ¿No es acaso bonito que dos personas que se aman estén en la disposición de tener el mismo pensamiento y la misma voluntad, porque mutuamente abrazan el deseo del otro y lo hacen propio? Si María desease estupideces, yo le diría que no, pero lo que pide son cosas llenas de sabiduría, y yo las apruebo y hago mía­s. Nosotros nos amamos como el primer día... y lo seguiremos haciendo mientras vivamos, ¿verdad, María?».

«Sí, José. Y aun en el caso — y ojalá no suceda jamás — de que uno de los dos muriese y el otro no, nos seguiríamos amando».

José le acaricia a María la cabeza, como si fuera una hija pequeña, y Ella a su vez le mira con ojos serenos y amorosos.

38.8 La cuñada interviene diciendo: «Tenéis realmente razón. ¡Si yo fuera capaz de enseñar!... En la escuela nuestros hijos aprenden el bien y el mal; en casa, sólo el bien. Pero yo no sé hacerlo... Si María...».

«¿Qué quieres, cuñada? Habla libremente. Tú sabes que te quiero y que me siento contenta cada vez que puedo satisfacerte en algo».

«No, yo lo que pensaba... era... Santiago y Judas son sólo un poco mayores que Jesús. Ya van a la escuela... ¡pero, para lo que saben!... Por el contrario, Jesús ya sabe muy bien la Ley... Yo quisiera... bueno, ¿si te pidiera que los tuvieras también a ellos cuando enseñas a Jesús? Creo que ganarían en bondad y en conocimientos. Al fin y al cabo son primos y sería justo que se quisieran como hermanos... ¡Qué feliz me sentiría!».

«Si José y tu marido quieren, yo por mí estoy dispuesta. Hablar para uno o para tres es igual. Repasar la Escritura es motivo de gozo. Que vengan».

Los tres niños, que habían entrado despacito, han oído estas palabras y están a la espera del veredicto.

«Te harán desesperar, María» dice Alfeo.

«¡No! Conmigo siempre se portan bien. ¿Verdad que os vais a portar bien si yo os enseño?».

Los dos niños acuden a su lado corriendo, uno a la derecha, el otro a la izquierda. Le ponen los brazos en torno a los hombros apoyan­do en ellos sus cabecitas, y hacen promesas de todo el bien posible.

«Déjales que prueben, Alfeo, y déjame probar también a mí. Yo creo que no quedarás descontento de la prueba. Que vengan todos los días desde la hora sexta hasta la tarde. Será suficiente, créelo. Conozco el arte de enseñar sin cansar. A los niños hay que tenerlos cautivados y distraídos al mismo tiempo. Hay que comprenderlos, amarlos y ser amados para conseguir de ellos. Y vosotros me queréis, ¿no?».

La respuesta es dos fuertes besos.

«¿Lo ves?».

«Ya lo veo. Sólo me queda decirte: “Gracias”. Y Jesús ¿qué va a decir cuando vea a su mamá entretenida en otros? ¿Tú qué dices, Jesús?».

«Yo digo: “Bienaventurados los que le prestan atención y levantan su morada junto a la de Ella”. Como con la Sabiduría, dichoso aquel que es amigo de mi Madre. Me gozo viendo que aquéllos a quienes amo son sus amigos».

«¿Quién pone tales palabras en labios de este Niño?» pregunta Alfeo asombrado.

«Nadie, hermano, nadie de este mundo».

La visión cesa en este momento.

ECR 38.9

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

38.9 Dice Jesús:

«Y María fue Maestra mía, de Santiago y de Judas. Y éste es el motivo por el cual hubo entre nosotros amor fraternal, además de por el parentesco; por la ciencia y por haber crecido juntos, como tres sarmientos con un único palo como soporte: la Madre mía. Que en verdad mi dulce Madre era doctora como nadie en Israel. Sede de la Sabiduría, de la verdadera Sabiduría, Ella nos instruyó para el mundo y para el Cielo. Digo que “nos instruyó”, porque yo fui alumno suyo no en modo distinto de mis primos. Y el “sello” colocado sobre el misterio de Dios fue mantenido contra las pesquisas de Satanás, mantenido bajo la apariencia de una vida común.

¿Te has deleitado con esta delicada escena? Queda ahora en paz. Jesús está contigo».

ECR 39

El Evangelio como me ha sido revelado

Detalle

La Virgen prepara la ropa para Jesús con María de Alfeo. Le tiñe la ropa. Parece que obtuvo el color gracias a sus bordados, y que este regalo vino de Roma. En cualquier caso, la Madre de Cristo agradece a su pariente su ayuda y declara que Jesús es como su hijo.

La visión se detiene y se reanuda más tarde. María describe a Jesús a la edad de doce años. Está con sus padres y parientes, rodeado y querido. María pide a José que lo bendiga, para que su Hijo saque fuerzas de él y ella aprenda a desprenderse un poco más de él. José le asegura que su relación no cambiará y que no competirá con ella por ese Hijo tan querido. María besa la mano de José en un gesto lleno de afecto y el patriarca de la Sagrada Familia bendice a ambos. Luego se pusieron en camino...

ECR 39.2-3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

39.2 Veo a María encorvada hacia una batea, o, mejor, un barreño de barro, mezclando algo que despide vapor en el aire frío y sereno que llena el huerto de Nazaret.

Debe ser pleno invierno. Lo deduzco del hecho de que, menos los olivos, todos los árboles están deshojados y exhaustos. Arriba, un cielo tersísimo y un Sol que aun siendo radiante no logra templar la tramontana que hay, que sopla y hace chocar unas con otras las desnudas ramas u ondular las ramitas entre grises y verdes de los olivos.

La Virgen María lleva un vestido tupido de color marrón casi negro, que la cubre enteramente. Se ha colocado delante una tela basta, a manera de mandil, para protegerlo. Saca de la tina el palo con que estaba removiendo el contenido. Veo que del palo caen gotas de un bonito color bermejo. María observa, se moja un dedo con las gotas que caen, y prueba el color en el mandil. Parece satisfecha.

Entra en la casa y vuelve a salir con muchas madejas de blanquísima lana, y las echa, una a una, en la tina, con paciencia y cautela.

39.3 Mientras está haciendo esto, entra su cuñada — que viene del taller de José — María de Alfeo. Se saludan. Se hablan.

«¿Queda bien?» pregunta María de Alfeo.

«Espero que sí».

«Me aseguró esa gentil que se trata de la misma tinta y del mismo sistema de teñir que utilizan en Roma. Si me lo dio es porque se trataba de ti y por haber hecho aquellas labores. Ella dice que no hay quien borde como tú, ni siquiera en Roma. Debes haber perdido la vista haciéndolas...».

María sonríe y hace un movimiento de cabeza como diciendo: «¡Son cosas sin importancia!».

La cuñada mira las últimas madejas de lana antes de pasárselas a María, y exclama: «¡Qué bien las has hilado! Son hilos tan finos y uniformes que parecen cabellos. Tú todo lo haces bien... y ¡qué rápida! ¿Estas últimas serán más claras?».

«Sí, para la túnica; el manto es más oscuro».

Las dos mujeres se ponen a trabajar juntas: primero, en la tina; luego sacan las madejas, ya de un lindo color purpúreo, y corren veloces a sumergirlas en el agua helada que llena el pilón, colocado bajo la fina vena que mana y cae produciendo notas de risitas apenas perceptibles. Aclaran una y otra vez y luego extienden las madejas sobre unas cañas aseguradas a los árboles de unas ramas a otras.

«Con este viento se secarán bien y rápido» dice la cuñada.

«Vamos donde José. Hay lumbre. Debes estar helada» dice María Stma. «Has sido buena conmigo ayudándome. He acabado pronto y con menos esfuerzo. Gracias».

«¡Oh! ¡María! ¿Qué no haría yo por ti! Estar a tu lado es motivo siempre de gozo. Además... todo este trabajo es por Jesús. Y, ¡es tan encantador tu Hijo!... Ayudándote a ti para la celebración de su mayoría de edad, me parecerá sentirme yo también madre suya».

Y las dos mujeres entran en el taller, lleno de ese olor a madera cepillada que es típico de los talleres de carpintero.

ECR 39.4

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Ahora, estando con su Madre, en su casa, y con San José frente a Él, sonriéndole con amor, y con esos primitos suyos que le admiran, y con su tía, María de Alfeo, que le está acariciando, se siente feliz. Mi Jesús tiene necesidad de amor para sentirse feliz, y en este momento lo tiene.

Está vestido con una túnica suelta, de lana, de color rojo rubí claro, suave, perfectamente tejida, fina y compacta al mismo tiempo. En el cuello, por la parte de delante, en la base de las mangas largas y amplias, y en la base de la túnica, que llega hasta abajo dejando apenas ver los pies calzados con sandalias nuevas y bien hechas — no las usuales suelas sujetas al pie con unas correas —, tiene una greca, no bordada, sino tejida en un color más oscuro sobre el color rubí de la túnica. Deduzco que debe ser obra de su Madre, porque la cuñada la admira y alaba.

Detalle

La Sagrada Familia se prepara para salir de Jerusalén con motivo de la fiesta de la Mayoría de Jesús.

ECR 44

El Evangelio como me ha sido revelado

Detalle

Jesús se dispone a abandonar Nazaret. María está claramente angustiada. Su Hijo come y, una vez preparada la bolsa, María se aísla un momento. Jesús va hacia ella y resulta que está llorando en el taller de José. Jesús le habla y ambos van al huerto, donde Jesús le da sus recomendaciones. Luego recitan juntos el Padrenuestro, para apoyarse en Dios en esta hora de prueba. Jesús se marcha entonces, dejando a su Madre en Nazaret.

Cristo da entonces un dictado y habla del sufrimiento de María tras la separación de Cristo. Dice por un momento por qué da la Obra y cómo da las lecciones. Luego declara que esta visión se aplica a todos aquellos que tienen que pasar por una dolorosa renuncia y dejar a su familia. Esta lección es tanto para los padres como para los hijos.

María ha sufrido el dolor de ser separada de su Hijo, pero no se ha rebelado contra la Voluntad de Dios. Lloró, pero ¿quién no habría llorado al adivinar lo que iba a sufrir su Hijo? Ella sabía que sus familiares estaban llenos de sentido común humano y que no entenderían la partida ni la predicación de Cristo. Sabía que su Hijo encontraría hostilidad durante su ministerio. Ella también lloró, sufrió y reparó por todas las madres que tienen que separarse de sus hijos. Las lágrimas de la Madre y la Sangre de Jesucristo fortalecen a quienes tienen que dar muestras de heroísmo, y fortalecen especialmente a las almas consagradas y a las almas víctimas.

En la hora de la prueba, María reza con Jesús. El sufrimiento no le impidió rezar, al contrario. Y Jesús nos dice que debemos rezar siempre con Él, porque es Jesús quien nos justifica.

ECR 45

El Evangelio como me ha sido revelado

Detalle

Juan bautiza en el Jordán. María le oyó predicar a la multitud. Mientras tanto, Jesús llegó de forma muy sencilla, sin mostrarse a su Precursor. Pero el Precursor parece intuir algo y se vuelve hacia su primo. Inmediatamente se dirige a su Señor y proclama que es el Cordero de Dios. Todo sucedió entonces como nos cuenta el Evangelio. Jesús dio entonces un dictado, diciendo que Juan no necesitaba ninguna señal. Sin embargo, hubo una serie de manifestaciones semejantes a las de Cristo, de modo que su naturaleza de Hombre-Dios no pudo ser negada por sus contemporáneos.

ECR 47

El Evangelio como me ha sido revelado

Detalle

Jesús camina cerca del vado del Jordán. Pasaba un grupo, entre ellos Juan y Santiago de Zebedeo. Fue Juan quien se fijó en el Maestro y se dirigió naturalmente hacia él, mientras su hermano le seguía detrás. Le saluda llamándole Cordero de Dios. Jesús le pregunta a quién busca y el Amado le responde que busca al Maestro. Lo sabe porque se lo dijo Juan el Bautista, y le llama Cordero porque oyó al Precursor llamarle así. Juan el Bautista está ahora encarcelado y ya no tienen a su guía. Sin embargo, Juan se presenta a sí mismo y a Santiago. Pregunta dónde vive Jesús y Jesús les dice que quien le siga tendrá que dejarlo todo: "casa, padres, forma de pensar e incluso la vida". No es un hombre rico y hay que renacer espiritualmente en Dios para seguirle. No obstante, los dos hombres quieren seguirle y Jesús acepta su petición.

A continuación, Cristo da dos dictados. El primero trata de la pureza y la virginidad, incluida la virginidad consagrada. Explicó que "hay varias maneras de ser virgen" y retomó el tema de los que hacen voto al Señor. Si las almas hacen un voto, pero ceden a la sensualidad (incluso la del pensamiento), sólo son vírgenes a medias.

El Maestro vuelve entonces a su propia tentación en el desierto y a la sensualidad que le propuso el Diablo. Luego se detiene en los puros, que ven a Dios. Por último, se centra en Juan, que es el Puro entre los discípulos, y que fue su primer discípulo.

ECR 47.1-3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

47.1 Veo a Jesús caminando a lo largo de la faja verde que sigue el curso del Jordán. Ha vuelto, aproximadamente, al lugar que vio su bautismo, cerca del vado que parece fuera muy conocido y frecuentado, para pasar a la otra margen, hacia la Perea. Pero el lugar, hace poco tan colmado de gente, ahora se ve desierto. Sólo algún viandante, a pie o montado en asnos o caballos, lo recorre. Jesús parece no darse cuenta siquiera. Continúa por su camino subiendo hacia el Norte, como absorto en sus pensamientos.

Cuando llega a la altura del vado, se cruza con un grupo de hombres de distintas edades que discuten animadamente entre ellos y luego se separan, parte yendo hacia el Sur, parte subiendo hacia el Norte. Entre los que se dirigen hacia el Norte veo a Juan y a Santiago.

47.2 Juan es el primero que ve a Jesús y lo señala mostrándoselo al hermano y a los compañeros. Hablan un poco entre ellos, y Juan se echa a andar de prisa para alcanzar a Jesús. Santiago le sigue más despacio. Los demás no hacen mayor caso; caminan lentamente, en animada conversación.

Juan, cuando llega a no más de unos dos o tres metros detrás de Jesús, grita: «¡Cordero de Dios que quitas los pecados del mundo!».

Jesús se vuelve y le mira. Los dos están a pocos pasos el uno del otro. Se observan. Jesús con su aspecto serio e indagador. Juan con su ojo puro y risueño en ese hermoso rostro suyo juvenil como de niña. Se le pueden echar veinte años, y en su cara sonrosada no hay más signos que el de una pelusa rubia que parece un velo de oro.

«¿A quién buscas?» pregunta Jesús.

«A ti, Maestro».

«¿Cómo sabes que soy maestro?».

«Me lo ha dicho el Bautista».

«Y entonces ¿por qué me llamas Cordero?».

«Porque le he oído a él llamarte así un día en que Tú pasabas, hace poco más de un mes».

«¿Qué quieres de mí?».

«Que nos digas palabras de vida eterna y que nos confortes».

«¿Quién eres?».

«Juan de Zebedeo, y éste es Santiago, mi hermano. Somos de Galilea, pescadores. Somos, además, discípulos de Juan. Él nos decía palabras de vida y nosotros le escuchábamos, porque queremos seguir a Dios y, con la penitencia, merecer el perdón, preparando los caminos del corazón a la venida del Mesías. Tú lo eres. Juan lo dijo, porque vio el signo de la Paloma posarse sobre ti. A nosotros nos lo dijo: “He ahí el Cordero de Dios”. Yo te digo: Cordero de Dios que quitas los pecados del mundo, danos la paz, porque ya no tenemos a nadie que nos guíe y nuestra alma está turbada».

«¿Dónde está Juan?».

«Herodes le ha apresado. Está en prisión, en Maqueronte. Los más fieles de entre los suyos han intentado liberarle, pero no se puede. Nosotros volvemos de allí.

47.3 Déjanos ir contigo, Maestro. Muéstranos dónde vives».

«Venid. Pero ¿sabéis lo que pedís? Quien me siga tendrá que dejar todo: casa, familia, modo de pensar, e incluso la vida. Yo os haré mis discípulos y amigos, si queréis. Pero no tengo riquezas ni seguridades. Soy pobre hasta no tener ni dónde reclinar la cabeza, y lo seré aún más; más perseguido que una oveja perdida, por los lobos. Mi doctrina es todavía más severa que la de Juan, porque prohíbe incluso el resentimiento. No se dirige tanto hacia lo externo cuanto hacia el espíritu. Tendréis que renacer, si queréis ser míos. ¿Queréis hacerlo?».

«Sí, Maestro, Tú sólo tienes palabras que nos dan luz, que descienden y, donde había tinieblas de desolación por carecer de guía, proporcionan claror de sol».

«Venid, entonces. Vamos. Os adoctrinaré por el camino».

Detalle

En 47.2, una descripción física de Juan.

Anotación

Juan 1:35-39:

Al día siguiente estaba allí Juan con dos de sus discípulos. Mirando a Jesús que iba y venía, dijo: "He aquí el Cordero de Dios. Los dos discípulos oyeron lo que decía y siguieron a Jesús. Jesús se volvió, los vio que le seguían y les dijo: "¿Qué buscáis? Ellos le dijeron: "Rabí -que significa Maestro-, ¿dónde te hospedas? Él les dijo: "Venid y lo veréis". Fueron, pues, a ver dónde se hospedaba y se quedaron con él aquel día. Era alrededor de la hora décima (las cuatro de la tarde).