ECR 49.5
El Evangelio como me ha sido revelado
Cita
49.5 «¿Te gustan los niños, Maestro?».
«Sí, porque son puros... y sinceros... y amorosos».
Notas del tema
Comodidad de lectura
ECR 49.5
49.5 «¿Te gustan los niños, Maestro?».
«Sí, porque son puros... y sinceros... y amorosos».
ECR 50.3-4
50.3 Después Jesús se levanta, da alguna vuelta por la terraza, mira al lago, mira y sonríe a unos niños que juegan en la calle y que le sonríen, mira a la calle, hacia la placita que está a unos cien metros de la casa. Luego baja. Se asoma a la cocina: «Mujer, voy a pasear por la orilla».
Sale y, efectivamente, va a la orilla, con los niños. Les pregunta: «¿Qué hacéis?».
«Queríamos jugar a la guerra. Pero él no quiere y entonces se juega a la pesca».
El “él” que no quiere es un niño — ya un hombrecito — de constitución menuda, pero de rostro luminosísimo. Quizás sabe que, siendo grácil como es, se llevaría palos de los demás haciendo “la guerra” y por ello sostiene la paz.
Pero Jesús aprovecha la ocasión para hablarles a esos niños: «Él tiene razón. La guerra es pena impuesta por Dios para castigo de los hombres, y signo de que el hombre ha venido a menos en su condición de verdadero hijo de Dios. Cuando el Altísimo creó el mundo, hizo todas las cosas: el Sol, el mar, las estrellas, los ríos, las plantas, los animales, pero no hizo las armas. Creó al hombre y le dio ojos para que tuviera miradas de amor, bocas para pronunciar palabras de amor, oído para oírlas, manos para socorrer y acariciar, pies para correr con rapidez hacia el hermano necesitado, y corazón capaz de amar. Dio al hombre inteligencia, palabra, afectos, gustos. Pero no le dio el odio. ¿Por qué? Porque el hombre, criatura de Dios, debía ser amor, como Amor es Dios. Si el hombre hubiera permanecido como tal criatura, habría permanecido en el amor, y la familia humana no habría conocido guerra ni muerte».
«Pero él no quiere hacer la guerra porque pierde siempre» (efectivamente, yo había adivinado).
Jesús sonríe y dice: «No se debe no querer lo que a nosotros nos lesiona porque nos lesione. Se debe no querer una cosa cuando lesiona a todos. Si uno dice: “No quiero esto porque me produce una pérdida”, es egoísta. Sin embargo, el buen hijo de Dios dice: “Hermanos, yo sé que vencería, pero os digo: no hagamos esto porque significaría un daño para vosotros”. ¡Cómo ha comprendido éste el precepto principal! ¿Quién me lo sabe decir?».
En coro, las once bocas dicen: «“Amarás a tu Dios con todo tu ser y a tu prójimo como a ti mismo”».
«¡Sois unos niños excelentes!
50.4 ¿Vais todos al colegio?».
«Sí».
«¿Quién es el más listo?».
«Él» (es el niño grácil que no quiere jugar a la guerra).
«¿Cómo te llamas?».
«Joel».
«¡Gran nombre! Joel habla así: “... el débil diga: ‘¡Soy fuerte!’ ”. Pero ¿fuerte en qué? En la ley del Dios verdadero, para estar entre los que Él en el valle de la Decisión juzgará como santos suyos. Mas el juicio está próximo; no en el valle de la Decisión, sino en el monte de la Redención. Allí, entre Sol y Luna oscurecidos de horror, y estrellas temblando llanto de piedad, serán discernidos los hijos de la Luz de los hijos de las Tinieblas. Y todo Israel sabrá que su Dios ha venido. Dichosos los que lo hayan reconocido: recibirán en su corazón miel, leche y aguas claras y las espinas se les transformarán en eternas rosas. ¿Quién de vosotros quiere estar entre aquéllos a los que Dios juzgue santos?».
«¡Yo! ¡Yo! ¡Yo!».
«¿Amaréis entonces al Mesías?».
«¡Sí! ¡Sí! ¡A ti! ¡A ti! ¡Te amamos a ti! ¡Sabemos quién eres! Lo han dicho Simón y Santiago y también nuestras madres. ¡Llévanos contigo!».
«En verdad os tomaré conmigo si sois buenos. Nunca más, palabras feas; nunca más, abusos; nunca más, riñas; nunca más, malas respuestas a los padres. Oración, estudio, trabajo, obediencia; y Yo os amaré y os acompañaré en vuestro camino».
Los niños están todos en círculo alrededor de Jesús. Parece una corola polícroma ceñida en torno a un largo pistilo azul oscuro.
ECR 57.1
Los niños se apiñan en torno a Jesús.
«¿Has vuelto?».
«¿Ahora te quedas aquí?».
«Se me ha roto otra vez la rueda de la carretilla».
«¿Sabes, Jesús? Tengo una nueva hermana y le han puesto de nombre María».
«El maestro me ha dicho que sé todo y que soy un verdadero hijo de la Ley».
«Sara no está porque tiene a su mamá muy enferma. Llora porque tiene miedo».
«Mi hermano Isaac se ha casado. Han hecho una gran fiesta».
Jesús escucha, acaricia, encomia, promete ayuda.
ECR 60.5
60.5 Jesús con Pedro, Andrés, Santiago y Juan, va al huerto a sentarse.
«¡Maestro!...».
«¿Pedro mío?».
«Estoy desolado».
Jesús hace un gesto como queriendo significar: «¡Bah!, no te preocupes». Luego dice: «No es la primera, ni será la última que no siente inmediata gratitud. Pero no pido gratitud. Me conformo con proporcionarles a las almas un modo de salvarse. Yo cumplo con mi deber. Ellas que cumplan con el suyo».
«¿Ha habido otros así? ¿Dónde?».
«¡Qué curioso eres, Simón! Pero, deseo darte gusto, a pesar de que no me satisfacen las curiosidades inútiles. En Nazaret. ¿Te acuerdas de la madre de Sara? Estaba muy enferma cuando llegamos a Nazaret y nos dijeron que la niña estaba llorando. Fui a ver a la mujer, para que la niña, que es buena y dócil, no se quedara huérfana y acabara siendo una hijastra... Quería curarla... Pero en el momento en que iba a poner pie en la casa, su marido y un hermano me echaron, diciendo: “¡Fuera, fuera! No queremos problemas con la sinagoga”. Para ellos, para demasiados, soy ya un rebelde... De todas formas la curé... por sus niños. Y a Sara, que estaba en el huerto, acariciándola, le dije: “Curo a tu madre. Ve a casa. No llores más”. La mujer quedó curada en ese mismo momento y la niña se lo dijo, así como al padre y al tío... Y se la castigó por haber hablado conmigo. Lo sé porque la niña vino corriendo detrás de mí cuando me marchaba del pueblo... Pero no importa».
«Yo la volvía a poner enferma».
«¡Pedro!». Jesús se muestra severo. «¿Es esto lo que te enseño a ti y a los otros? ¿Qué has oído de mis labios desde la primera vez que me has escuchado? ¿De qué he hablado siempre, como condición primera para ser verdaderos discípulos míos?».
«Es verdad, Maestro. Soy un verdadero animal. Perdóname. Pero... ¡no puedo soportar el que no te quieran!».
«¡Oh, Pedro, verás faltas de amor mucho mayores! ¡Te llevarás muchas sorpresas, Pedro! Personas que el mundo llamado “santo” desprecia como publicanos, y que, sin embargo, serán ejemplo para el mundo, y ejemplo no seguido por los que los desprecian; paganos que estarán entre mis mayores fieles; meretrices que se vuelven puras, por voluntad y penitencia; pecadores que se enmiendan...».
«Mira: que se enmiende un pecador... todavía. ¡Pero una meretriz y un publicano!...».
«¿No lo crees?».
«Yo no».
«Estás equivocado, Simón.»
Curación de la madre de la pequeña Sarah.
ECR 60.7
60.7 «¿Está aquí Jesús de Nazaret?». pregunta un niño asomándose a la puerta.
«Está aquí. Pasa».
Entra un niño, al cual reconozco como uno de los de las primeras visiones de Cafarnaúm, concretamente el que prometió ser bueno después de tropezarse con las piernas de Jesús... para comer la miel del Paraíso.
«Pequeño amigo, pasa» dice Jesús.
El niño, un poco atemorizado por tanta gente como le mira, se tranquiliza y corre donde Jesús, que le abraza y se le coloca sobre las rodillas, y le da un trozo de su pescado en una rodaja de pan.
«Mira, Jesús, esto es para ti. También hoy esa persona me ha dicho: “Es sábado. Llévale esto al Rabí de Nazaret y dile a tu amigo que ore por mí”. ¡Sabe que eres mi amigo!...» — el niño ríe feliz y come su pan y su pescado —.
«¡Sí señor!, Santiago. Le dirás a esa persona que mis oraciones por él suben al Padre».
«¿Es para los pobres?» pregunta Pedro.
«Sí».
«¿Es el donativo de costumbre? Veamos».
Jesús le da la bolsa. Pedro vuelca las monedas y cuenta. «¡También esta vez la misma fuerte suma! ¿Pero quién es esta persona? Di, niño, ¿quién es?».
«No lo debo decir y no lo diré».
«¡Qué desconsiderado! ¡Vamos, que si eres bueno te doy fruta!».
«Yo no lo diré, ni aunque me insultes, ni aunque me acaricies».
«¡Mirad qué lengua!».
«Santiago tiene razón, Pedro. Mantiene la palabra dada; déjale en paz».
«Tú, Maestro, ¿sabes quién es esta persona?».
Jesús no responde. Se ocupa del niño, al cual le da otro trozo de pescado asado, bien limpio de espinas. Pero Pedro insiste y Jesús debe responder. «Yo sé todo, Simón».
«¿Y nosotros no podemos saberlo?».
«¿Y tú no te curarás nunca de tu defecto?». Jesús reprende pero sonríe. Y añade: «Pronto lo sabrás; porque, si el mal querría estar oculto y no siempre puede permanecer escondido, el bien, aunque quiera estarlo para ser meritorio, es descubierto un día para gloria de Dios, cuya naturaleza resplandece en un hijo suyo; la naturaleza de Dios: el amor. Esta persona lo ha comprendido, porque ama a su prójimo. Ve, Santiago. Llévale mi bendición».
La visión cesa así.
La curiosidad de Pierre por el monedero que traía el niño Jacques.
ECR 62.2
ECR 64.3-4
64.3 Algunos niños, entretanto, han llegado corriendo y gritan: «¡El Maestro! ¡Está el Maestro! ¡Jesús! ¡Ha venido Jesús!». Y se le arriman. Él los acaricia, sin dejar por ello de hablar con los discípulos.
«Simón, entro en tu casa. Tú y vosotros id a comunicar que he venido; después traedme a los enfermos».
Los discípulos salen, rápidos, en distintas direcciones. Toda Cafarnaúm ya sabe, no obstante, que Jesús ha llegado; lo sabe por los niños, que parecen abejas que en enjambre dejan la colmena hacia las distintas flores: en este caso, las casas, las calles, las plazas. Van, vienen, jubilosos, llevando la noticia a las mamás, a los transeúntes, a los viejos que están sentados tomando el sol; y luego vuelven para que, una vez más, los acaricie Aquél que los ama, y uno, audaz, dice: «Háblanos a nosotros, habla hoy para nosotros, Jesús. Te queremos y somos mejores que los mayores».
Jesús le sonríe al pequeño psicólogo y promete que hablará para ellos. Luego, siguiéndole los pequeños, se dirige a la casa, donde entra saludando con su fórmula de paz: «La paz descienda sobre esta casa».
La gente se apiña en la estancia grande posterior, empleada para las redes, maromas, cestos, remos, velas y provisiones. Se ve que Pedro la ha puesto a disposición de Jesús, amontonando todo en un rincón para dejar espacio libre. El lago no se ve desde aquí, sólo se oye el rumor lento de sus olas; y se ve sólo la pequeña tapia verdosa del huerto, con su vieja vid y su frondosa higuera. Hay gente hasta incluso en la calle; no cabiendo en la sala, ocupan el huerto; no cabiendo en el huerto, se quedan afuera.
64.4 Jesús empieza a hablar. En primera fila — se han abierto paso sirviéndose de su actitud avasalladora y del temor que siente hacia ellos la plebe — hay cinco personas... de elevada condición social; paludamentos, riqueza de vestidos y soberbia denuncian que son fariseos y doctores. Sin embargo, Jesús quiere tener en torno a sí a sus pequeños: una corona de caritas inocentes, ojos luminosos y sonrisas angelicales, mirando hacia arriba, a Él. Jesús habla, acariciando cada cierto rato la cabecita rizada de un niño que se ha sentado a sus pies y tiene apoyada la cabeza en las rodillas de Él, sobre el bracito doblado. Jesús está sentado encima de un gran montón de cestos y redes.
«“Mi amado ha bajado a su jardín, al pensil de los aromas, a deleitarse entre los jardines y a recoger lirios... él, que se sacia entre los lirios”, dice Salomón de David de quien provengo Yo, Mesías de Israel.
¡Mi jardín! ¿Qué jardín más hermoso y más digno de Dios que el Cielo, donde son flores los ángeles creados por el Padre?... Y, sin embargo, otro jardín ha querido el Hijo unigénito del Padre, el Hijo del hombre, porque por el hombre Yo tengo carne, sin la cual no podría redimir las culpas de la carne del hombre; un jardín que habría podido ser poco inferior al celeste, si desde el Paraíso terrestre se hubieran efuso, como dulces abejas desde un arna, los hijos de Adán, los hijos de Dios, para poblar la tierra de santidad destinada toda al Cielo. Pero el Enemigo sembró tribulaciones y espinas en el corazón de Adán, y tribulaciones y espinas desde este corazón se derramaron sobre la tierra, no ya jardín, sino selva áspera y cruel en que se estanca la fiebre y anida la serpiente.
Pero el Amado del Padre tiene todavía un jardín en esta tierra en que impera Satanás: el jardín al que va a saciarse de su alimento celeste: amor y pureza; el pensil del que coge las flores que aprecia, en las cuales no hay mancha de sentido, de avaricia, de soberbia: éstos — Jesús acaricia a todos los niños que puede, pasando su mano sobre la corona de cabecitas atentas (una única caricia que apenas los toca y les hace sonreír de alegría) —; éstos son mis lirios.
No tuvo Salomón, en su riqueza, vestidura más hermosa que el lirio que perfuma la hoya, ni diadema de más aérea y espléndida gracia que la que tiene el lirio en su cáliz de perla. Y, no obstante, para mi corazón no hay lirio que valga lo que uno de éstos; no hay jardín, no hay jardín de ricos, todo cultivado de lirios, que me valga cuanto uno sólo de estos puros, inocentes, sinceros, sencillos párvulos.
¡Oh hombres, oh mujeres de Israel, oh vosotros, grandes y humildes por riqueza o por cargo, oíd! Vosotros estáis aquí porque queréis conocerme y amarme. Pues bien, debéis saber cuál el la condición primera para ser míos. Mirad que no os digo palabras difíciles, ni os pongo ejemplos aún más difíciles; os digo: tomad a éstos como ejemplo.
¿Quién hay, entre vosotros, que no tenga en casa en la edad de la puericia, de la niñez, a un hijo, a un nieto o sobrino, a un hermano? ¿No es un descanso, un alivio, un motivo de unión entre esposos, entre familiares, entre amigos, uno de estos inocentes, cuya alma es pura como alba serena, cuyo rostro aleja las nubes y crea esperanzas, cuyas caricias secan las lágrimas e infunden fuerza vital? ¿Por qué tienen tanto poder ellos, que son débiles, inermes, ignorantes todavía?: porque tienen en sí a Dios, tienen la fuerza y la sabiduría de Dios, la verdadera sabiduría: saben amar y creer, creer y querer, vivir en este amor y en esta fe. Sed como ellos: sencillos, puros, amorosos, sinceros, creyentes.
No hay sabio en Israel que sea mayor que el más pequeño de éstos, cuya alma es de Dios y de cuya alma es el Reino. Benditos del Padre, amados del Hijo del Padre, flores de mi jardín, mi paz esté con vosotros y con quienes os imiten por mi amor».
Jesús se encontró con unos niños en Cafarnaún y les prometió un sermón sólo para ellos (el sermón tuvo lugar en 64.4).
Cantar de los Cantares 6, 2-3
Ct 6, 2-3 : Mi amado ha bajado a su huerto, a los herbazales, a llevar sus ovejas a apacentar en los huertos, y a recoger lirios. Yo soy de mi amado, mi amado es mío, el que lleva sus ovejas a apacentar entre los lirios.
ECR 70.6
70.6 «Maestro, has hablado de Simón Pedro, y me he acordado de lo primero que tenía que decirte. La alegría de oírte me lo había alejado del pensamiento. Después de volver a Cafarnaúm, pasada la fiesta de Pentecostés, encontramos la consabida suma de ese desconocido. El niño se la había llevado a mi madre. Yo se la di a Pedro y él me la devolvió diciendo que la usase un poco para el regreso y la estancia en Doco y que el resto te lo trajera a ti para lo que pudieras necesitar... porque también Pedro pensaba que éste es un lugar incómodo... Pero Tú dices que no... Yo sólo he sacado dos denarios para dos pobrecillos que encontré cerca de Efraím. Por lo demás, me he mantenido con lo que me había dado mi madre y lo que me han dado algunas buenas personas a las que he predicado tu Nombre. Aquí tienes la bolsa».
«Se la distribuiremos mañana a los pobres. Así también Judas aprenderá nuestras costumbres».
«¿Ha venido tu primo? ¿Cómo se las ha arreglado para darse tanta prisa? Estaba en Nazaret y no me habló de partir...».
«No. Judas es el nuevo discípulo. Es de Keriot. Tú le has visto por Pascua, aquí, la tarde de la curación de Simón. Estaba con Tomás».
«¡Ah! ¿es él?». — Se le nota un poco turbado a Juan.
«Es él.»
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«¿Quién eres?».
«Uno que te ama».
«Serías el primero desde hace muchos años. ¿De dónde vienes?».
«De Galilea».
«¿De Galilea? ¡Ah!». El hombre le mira atentamente — también los otros se han acercado —. «De Galilea» repite el pastor, y añade en voz baja como para sí mismo: «También Él venía de Galilea... ¿De qué lugar, Señor?».
«De Nazaret».
«¡Ah! Entonces dime. ¿Ha regresado un Niño, con una mujer de nombre María y un hombre de nombre José, un Niño aún más hermoso que su Madre (que flor más encantadora jamás vi en las laderas de Judá)? Un Niño nacido en Belén de Judá, en tiempos del edicto. Un Niño que luego huyó, para gran fortuna del mundo. ¡Un Niño que... yo daría la vida por saber que vive y es ya un hombre!».
Elías describe a Jesús como un niño con sus propias palabras,
ECR 76.7-11
76.7 Hay una mujer en Yuttá — ahora es ya mujer, madre, desde hace poco, de su cuarto hijo —, que entonces era una niña, una de mis pequeñas amigas... Bueno, pues a sus hijos les ha puesto por nombre: María y José a los dos primeros, y, no atreviéndose a llamar al tercero Jesús, le ha llamado Emmanuel, como signo de bendición para sí misma, para su casa y para Israel. Y está pensando en qué nombre ponerle al cuarto, que ha nacido hace seis días. ¡Ah, cuando sepa que estoy curado, y que Tú estás aquí!... Buena como el pan hecho por la propia madre es Sara, e igualmente Joaquín, su esposo. ¿Y sus familiares? Por ellos estoy vivo. Siempre me han dado posada y me han ayudado».
«Vamos adonde ellos a pedir alojamiento para las horas de sol y llevarles bendición por su caridad».
«Por aquí, Maestro. Más cómodo para el rebaño y más oportuno para pasar desapercibido a la gente, que ciertamente está agitada. La anciana que me ha visto ponerme en pie está claro que ha hablado».
76.8 Siguen el torrente; lo dejan más al Sur para tomar un sendero en subida más bien pronunciada a lo largo de un espolón del monte en forma de quilla de nave. Ahora el torrente va en dirección contraria a quien sube; discurre en el fondo, entre dos cadenas montañosas que se entrecruzan formando un valle accidentado y hermoso.
Reconozco el lugar. Es inconfundible. Es el de la visión de Jesús y los niños que tuve la pasada primavera. La consabida tapia sin argamasa delimita la propiedad que desciende bruscamente hacia el valle. Ahí están los prados con los manzanos, las higueras y los nogales. Ahí está la casa, blanca sobre verde, con su ala saliente que protege la escalera formando un pórtico y mirador. Ahí está la pequeña cúpula en la parte más alta, y el huerto-jardín, con el pozo, la pérgola, los cuadros...
Un gran murmullo sale de la casa. Isaac se adelanta, entra, llama con fuerte voz: «¡María, José, Emmanuel! ¿dónde estáis? Venid aquí con Jesús».
Acuden tres críos: una niña de casi cinco años y dos niños de los cuatro a los dos, el último todavía con el paso un poco inseguro. Se quedan con la boca abierta ante el... resucitado. Luego la niña grita: «¡Isaac! ¡Mamá! ¡Isaac está aquí! ¡Es verdad lo que ha visto Judit!».
De una habitación donde hay gran murmullo de voces, sale una mujer. Es la madre de lozano aspecto, morena, alta, exuberante, de la ya lejana visión; hermosa toda con sus vestidos de fiesta: un vestido de cándido lino, como una rica túnica, que desciende hasta los tobillos formando pliegues, ceñida a las opulentas caderas por un chal de rayas multicolores que modela sus muslos estupendos, que pende con flecos hasta la rodilla, por detrás, y que queda entreabierto por delante después de cruzarse a la altura de la cintura bajo una fíbula de filigrana. Un velo ligero con ramas de rosas pintadas sobre un fondo marfileño está fijado a sus trenzas negras, como un pequeño turbante, y luego desciende desde la nuca, formando ondas y pliegues, por los hombros y sobre el pecho; está ceñido a la cabeza por una pequeña corona de medallitas unidas entre sí por una cadena. Pendientes de pesados anillos cuelgan de sus orejas. La túnica está abrochada al cuello por un collar de plata pasado entre unos ojales del vestido. En los brazos lleva también pesadas pulseras de plata.
«¡Isaac! ¿Pero cómo es posible? Judit... Creía que el sol le había hecho perder la cabeza... ¡Andas!... ¿Qué sucedió?».
«¡El Salvador! ¡Oh! ¡Sara! ¡Él es ya una realidad y ha venido!».
«¿Quién? ¿Jesús de Nazaret? ¿Dónde está?».
«¡Allí, detrás del nogal! ¡Y dice que si le puedes recibir!».
«¡Joaquín! ¡Madre! ¡Todos! ¡Venid! ¡Está aquí el Mesías!».
Salen todos corriendo: mujeres, hombres, muchachos, niños; salen dando gritos, chillando... Pero, al ver a Jesús, alto y majestuoso, pierden toda vehemencia y quedan como petrificados.
«Paz a esta casa y a todos vosotros. La paz y la bendición de Dios». Jesús se dirige, despacio, sonriente, hacia el grupo de personas. «Amigos, ¿queréis recibir en vuestra casa al Viandante?» y sonríe aún más.
Su sonrisa vence los temores. El esposo tiene el valor de hablar: «Entra, Mesías. Te hemos amado sin conocerte, más te amaremos conociéndote. La casa hoy está de fiesta por tres cosas: por ti, por Isaac, y por la circuncisión de mi tercer hijo varón. Bendícele, Maestro. ¡Mujer, trae al niño! Entra, Señor».
76.9 Entran en una estancia adornada para fiesta: mesas, viandas, alfombras y ramilletes por todas partes.
Vuelve Sara con un lindo recién nacido en los brazos, y se lo presenta a Jesús.
«Dios esté con él, siempre. ¿Qué nombre tiene?».
«Ninguno. Ésta es María, éste es José, éste es Emmanuel, éste... no tiene nombre todavía...».
Jesús mira fijamente a los dos esposos, uno al lado del otro. Sonríe diciendo: «Pensad un nombre, si hoy debe ser circuncidado...».
Los dos se miran, le miran, abren los labios, los cierran sin decir nada. Todos están atentos.
Jesús insiste: «Muchos nombres grandes, dulces, benditos, tiene la historia de Israel. Los más dulces y benditos ya han sido puestos, pero quizás quede todavía alguno».
A una voz los dos esposos exclaman: «¡El tuyo, Señor!», y la esposa añade: «Pero es demasiado santo...».
Jesús sonríe y pregunta: «¿Cuándo se le circuncida?».
«Estamos esperando al que lo hace».
«Estaré presente en la ceremonia. Bien, antes de nada os doy las gracias por mi Isaac. Ahora ya no tiene necesidad de los buenos, pero los buenos siguen teniendo necesidad de Dios. Llamasteis al tercero “Dios con nosotros”. A Dios le tuvisteis desde que tuvisteis caridad con mi siervo. Benditos seáis. En la Tierra y en el Cielo será recordada vuestra acción».
«¿Isaac se va ahora? ¿Nos deja?».
«¿Os duele? Él debe servir a su Maestro. No obstante, volverá, y Yo también vendré. Vosotros, entre tanto, hablaréis del Mesías...
¡Hay tanto que decir para convencer al mundo!...
76.10 Llega la persona que esperábamos».
Entra un personaje pomposo con un sirviente. Saludos y reverencias. «¿Dónde está el niño?» pregunta con altiva gravedad.
«Aquí está. Pero antes saluda al Mesías, está aquí».
«¿El Mesías?... ¿El que ha curado a Isaac? Ya, ya sé. Hablaremos de esto en otro momento. Tengo mucha prisa. El niño y su nombre».
Los presentes se sienten desazonados por los modales del hombre. Jesús, sin embargo, sonríe como si los desaires no tuvieran que ver con Él. Toma al pequeñuelo, le toca en la frentecita con sus hermosos dedos, como para consagrarle, y dice: «Su nombre es Iesaí» y se lo vuelve a dar al padre, el cual, con el hombre soberbio y con otros, va a una habitación cercana. Jesús se queda donde está hasta que vuelven con el infante, que viene chillando desesperadamente.
«Dame al pequeñuelo, mujer. Dejará de llorar» dice para consolar a la angustiada madre. El niño, depositado en las rodillas de Jesús, efectivamente se calla.
Jesús forma un grupo aparte, con todos los niños alrededor y luego los pastores y los discípulos. Afuera se oye balar a las ovejas (Elías las ha metido en el aprisco). En la casa hay rumor de fiesta. Traen dulces y bebidas a Jesús y a los suyos. Pero Jesús distribuye éstas entre los pequeños.
«¿No bebes, Maestro? ¿No lo aceptas? Te lo damos de corazón».
«Lo sé, Joaquín, y lo acepto de corazón. Pero déjame que primero dé gusto a los pequeñuelos; ellos constituyen mi alegría...».
«No hagas caso de ese hombre, Maestro».
«No, Isaac. Ruego porque vea la Luz. Juan, lleva a los dos niños a ver las ovejas.
76.11 Y tú, María, acércate más y dime: ¿Quién soy Yo?».
«Tú eres Jesús, Hijo de María de Nazaret, nacido en Belén. Isaac te vio y me puso el nombre de tu Mamá para que yo fuera buena».
«Tienes que ser buena como el ángel de Dios, más pura que una azucena florecida en las altas cumbres, pía como el levita más santo, para imitarla. ¿Lo serás?».
«Sí, Jesús».
«Di “Maestro” o “Señor”, niña».
«Deja que me llame con mi Nombre, Judas. Sólo pasando por labios inocentes no pierde el sonido que tiene en los labios de mi Madre. Todos, en los siglos futuros, pronunciarán ese Nombre, pero unos por un interés, otros por otro, y muchos para hacerle objeto de blasfemia. Sólo los inocentes, sin cálculo y sin odio, lo pronunciarán con amor semejante al de esta pequeña y al de mi Madre. Incluso los pecadores, sintiéndose necesitados de piedad, me invocarán. ¡Sin embargo, mi Madre y los niños...! ¿Por qué me llamas Jesús?» pregunta, acariciando a la pequeña.
«Porque te quiero... como a mi padre, a mamá y a mis hermanitos» dice abrazando las rodillas de Jesús y riendo con la carita levantada.
Y Jesús se inclina y la besa... y así todo termina.
Isaac habla de quienes le han cuidado durante su enfermedad. Decide ir a verlos para agradecerles su amabilidad con el pastor.
Sara de Yutta aparece en 76.8, al igual que los niños, y Joaquín aparece en 76.9. La bendición del recién nacido Yesai tiene lugar en 76.9-10. Finalmente, Jesús habla a la niña María en 76.11.