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Notas del tema

Personajes principales y secundarios

Página 50 de 175

Comodidad de lectura

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ECR 76.4-6

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«¿Me has dicho que quieres que Isaac sepa de tu presencia, pero sin entrar en el pueblo?».

«Sí, así lo deseo».

«Entonces conviene que nos separemos. Yo iré a verle, Leví y José se quedarán con el rebaño y con vosotros. Subo por aquí. Tardaré menos».

Elías afronta la subida de la abrupta pendiente, hacia unas casas que, arriba, muestran su blancura resplandeciendo al sol. Creo seguirle. Ahí está, ante las primeras casas. Entra por una pequeña bocacalle entre casas y huertos. Continúa caminando algunas decenas de metros. Tuerce y va a dar a una calle más ancha, que le lleva a una plaza.

No he dicho que todo esto sucede durante las primeras horas de la mañana. Lo digo ahora para explicar que en la plaza está todavía el mercado, y que amas de casa y vendedores se desgañitan en torno a los árboles que dan sombra a la plaza.

Elías camina con seguridad hasta el punto en que la plaza vuelve a ser calle; una calle bastante bonita, quizás la más bonita del pueblo. En la esquina hay una mísera casucha (mejor: una habitación con la puerta abierta). Casi en la puerta, una cama de pobre aspecto, y encima de ella un esquelético enfermo que, gimiendo, pide un óbolo a todos los que pasan.

Elías entra como un cohete. «Isaac... soy yo».

«¿Tú? No te esperaba. Has venido la pasada luna».

«Isaac... Isaac... ¿Sabes por qué he venido?».

«No lo sé... Estás emocionado... ¿Qué sucede?».

«He visto a Jesús de Nazaret, ya hombre, y rabí. Ha venido a buscarme... y quiere vernos. ¡Oh! ¡Isaac! ¿Te sientes mal?».

Isaac parece amortecerse, pero toma nuevas fuerzas. «No. La noticia...» dice, «¿Dónde está? ¿Cómo es? ¡Oh, si pudiera verle!».

«Está abajo, hacia el valle. Me manda a hablarte en estos términos, exactamente en éstos: “Ven, Isaac, que quiero verte y bendecirte”. Ahora voy a llamar a alguien que me ayude a llevarte abajo».

«¿Ha dicho eso?».

«Eso. Pero, ¿qué haces?».

«Me pongo en camino».

Isaac echa hacia arriba las cobijas, mueve las piernas inertes, las saca fuera del jergón, las apoya con fuerza en el suelo, se levanta, aún un poco inseguro y tambaleante. Todo en un instante, ante la mirada atónita de Elías... que acaba entendiendo y da un grito...

Se asoma una mujercita curiosa, ve al enfermo en pie, cubriéndose — no tiene otra cosa — con una de las cobijas, y se echa a correr gritando como una gallina.

«Vamos... vamos por aquí, para tardar menos y no toparnos con mucha gente... Rápido, Elías».

Y salen corriendo por la puertecita de un huertecillo posterior, empujan la puerta de ramas secas; están afuera; marchan rápidamente por una calleja miserable, luego abajo por un camino entre huertos, y continúan bajando, por los prados y arboledas, hasta el torrente.

76.5

«Allí está Jesús» dice Elías señalándole. «Aquél alto, hermoso, rubio, vestido de blanco, con el manto rojo...».

Isaac corre, abre el rebaño que pace, y con un grito de triunfo, de alegría, de adoración, se postra a los pies de Jesús.

«Levántate, Isaac. He venido a traerte paz y bendición. Levántate, que quiero saber cómo es tu rostro».

Pero Isaac no puede levantarse. Han sido demasiadas emociones juntas. Se queda, con su feliz llanto, contra el suelo.

«Has venido inmediatamente. No te has preguntado si podías...».

«Tú me has dicho que viniera... y he venido».

«Ni siquiera ha cerrado la puerta, ni ha recogido las limosnas, Maestro».

«No importa. Los ángeles estarán en su casa vigilando. ¿Estás contento, Isaac?».

«¡Oh, Señor!».

«Llámame Maestro».

«Sí, Señor, Maestro mío. Aunque no estuviera curado, me habría sentido dichoso de verte. ¿Cómo he podido obtener de ti tanta gracia?».

«Por tu fe y paciencia, Isaac. Sé lo que has sufrido...».

«¡Nada, nada! ¡Ya nada! ¡Te he encontrado a ti! ¡Vives! ¡Existes! Esto sí que es real... Lo demás, todo lo demás, pertenece al pasado. Pero, Señor y Maestro, ahora ya no te vas, ¿verdad?».

«Isaac, tengo todo Israel que evangelizar. Yo parto... Pero, si bien es cierto que no puedo quedarme, tú sí me puedes servir y seguir.

76.6

¿Quieres ser mi discípulo, Isaac?».

«¡No voy a servir!».

«¿Sabrás confesar mi presencia en el mundo?, ¿confesarlo contra las burlas y las amenazas?, ¿y decir que Yo te he llamado y has venido?».

«Aunque Tú no quisieras, diría todo eso. En esto te desobedecería, Maestro. Perdona que lo diga».

Jesús sonríe. «¿Ves como eres capaz de ser discípulo?».

«¡Oh, si sólo es para hacer esto!... Creía que era más difícil, que se necesitase ir a aprender con los rabíes para servirte a ti, Rabí de los rabíes... E ir a aprender cuando se es anciano...» — efectivamente, el hombre tiene al menos cincuenta años.

«Tú ya has aprendido todo lo que se enseña en una escuela, Isaac».

«¿Yo? No».

«Tú, sí. ¿No has seguido creyendo y amando, respetando y bendiciendo a Dios y al prójimo, evitando tener envidias, o desear lo ajeno, e incluso lo que era tuyo y ya no tenías? ¿No has seguido diciendo sólo la verdad, aunque ello te perjudicase? ¿No has evitado fornicar con Satanás cometiendo pecados? ¿No has hecho todo esto en estos treinta años de desventura?».

«Sí, Maestro».

«¿Ves? Ya has concluido los estudios. Sigue así y añade la manifestación de mi presencia en el mundo. No hay nada más que hacer».

«Ya te he predicado, Señor Jesús. A los niños que se acercaban cuando, sin apenas poder tenerme en pie, llegué a este pueblo pidiendo un pan y haciendo todavía algunos trabajos de esquilador o haciendo productos lácteos, y luego, cuando venían alrededor de mi cama, cuando ya la enfermedad se había hecho fuerte y me había aniquilado desde la cintura para abajo. Les hablaba de ti a los niños de entonces y a los niños de ahora, hijos de aquellos... Los niños son buenos y creen siempre... Hablaba de cuándo habías nacido... de los ángeles... de la Estrella y de los Magos... y de tu Madre... ¡Dime!: ¿vive?».

«Vive y te envía saludos. Siempre hablaba de vosotros».

«¡Quién pudiera verla!».

«La verás. Irás un día a mi casa. María te saludará con la palabra “amigo”».

«María... sí. Decir ese nombre es como tener miel en la boca...»

ECR 76.4.7.8

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Elías camina con seguridad hasta el punto en que la plaza vuelve a ser calle; una calle bastante bonita, quizás la más bonita del pueblo. En la esquina hay una mísera casucha (mejor: una habitación con la puerta abierta). Casi en la puerta, una cama de pobre aspecto, y encima de ella un esquelético enfermo que, gimiendo, pide un óbolo a todos los que pasan.

Elías entra como un cohete. «Isaac... soy yo».

«¿Tú? No te esperaba. Has venido la pasada luna».

«Isaac... Isaac... ¿Sabes por qué he venido?».

«No lo sé... Estás emocionado... ¿Qué sucede?».

«He visto a Jesús de Nazaret, ya hombre, y rabí. Ha venido a buscarme... y quiere vernos. ¡Oh! ¡Isaac! ¿Te sientes mal?».

Isaac parece amortecerse, pero toma nuevas fuerzas. «No. La noticia...» dice, «¿Dónde está? ¿Cómo es? ¡Oh, si pudiera verle!».

«Está abajo, hacia el valle. Me manda a hablarte en estos términos, exactamente en éstos: “Ven, Isaac, que quiero verte y bendecirte”. Ahora voy a llamar a alguien que me ayude a llevarte abajo».

«¿Ha dicho eso?».

«Eso. Pero, ¿qué haces?».

«Me pongo en camino».

Isaac echa hacia arriba las cobijas, mueve las piernas inertes, las saca fuera del jergón, las apoya con fuerza en el suelo, se levanta, aún un poco inseguro y tambaleante. Todo en un instante, ante la mirada atónita de Elías... que acaba entendiendo y da un grito...

Se asoma una mujercita curiosa, ve al enfermo en pie, cubriéndose — no tiene otra cosa — con una de las cobijas, y se echa a correr gritando como una gallina.

«Vamos... vamos por aquí, para tardar menos y no toparnos con mucha gente... Rápido, Elías».

Y salen corriendo por la puertecita de un huertecillo posterior, empujan la puerta de ramas secas; están afuera; marchan rápidamente por una calleja miserable, luego abajo por un camino entre huertos, y continúan bajando, por los prados y arboledas, hasta el torrente. (...)

[Isaac se reencuentra con Jesús y se dirigen a casa de una familia que siempre se ha portado muy bien con el pastor.]

«Por aquí, Maestro. Más cómodo para el rebaño y más oportuno para pasar desapercibido a la gente, que ciertamente está agitada. La anciana que me ha visto ponerme en pie está claro que ha hablado».

(...) Un gran murmullo sale de la casa. Isaac se adelanta, entra, llama con fuerte voz: «¡María, José, Emmanuel! ¿dónde estáis? Venid aquí con Jesús».

Acuden tres críos: una niña de casi cinco años y dos niños de los cuatro a los dos, el último todavía con el paso un poco inseguro. Se quedan con la boca abierta ante el... resucitado. Luego la niña grita: «¡Isaac! ¡Mamá! ¡Isaac está aquí! ¡Es verdad lo que ha visto Judit!».

De una habitación donde hay gran murmullo de voces, sale una mujer. Es la madre de lozano aspecto, morena, alta, exuberante, de la ya lejana visión; hermosa toda con sus vestidos de fiesta: un vestido de cándido lino, como una rica túnica, que desciende hasta los tobillos formando pliegues, ceñida a las opulentas caderas por un chal de rayas multicolores que modela sus muslos estupendos, que pende con flecos hasta la rodilla, por detrás, y que queda entreabierto por delante después de cruzarse a la altura de la cintura bajo una fíbula de filigrana. Un velo ligero con ramas de rosas pintadas sobre un fondo marfileño está fijado a sus trenzas negras, como un pequeño turbante, y luego desciende desde la nuca, formando ondas y pliegues, por los hombros y sobre el pecho; está ceñido a la cabeza por una pequeña corona de medallitas unidas entre sí por una cadena. Pendientes de pesados anillos cuelgan de sus orejas. La túnica está abrochada al cuello por un collar de plata pasado entre unos ojales del vestido. En los brazos lleva también pesadas pulseras de plata.

«¡Isaac! ¿Pero cómo es posible? Judit... Creía que el sol le había hecho perder la cabeza... ¡Andas!... ¿Qué sucedió?».

«¡El Salvador! ¡Oh! ¡Sara! ¡Él es ya una realidad y ha venido!».

«¿Quién? ¿Jesús de Nazaret? ¿Dónde está?».

«¡Allí, detrás del nogal! ¡Y dice que si le puedes recibir!».

«¡Joaquín! ¡Madre! ¡Todos! ¡Venid! ¡Está aquí el Mesías!».

Detalle

Judith de Yutta había visto la curación de Isaac y hablaba de ello en el pueblo.

Palabras clave

ECR 76.7-11

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

76.7 Hay una mujer en Yuttá — ahora es ya mujer, madre, desde hace poco, de su cuarto hijo —, que entonces era una niña, una de mis pequeñas amigas... Bueno, pues a sus hijos les ha puesto por nombre: María y José a los dos primeros, y, no atreviéndose a llamar al tercero Jesús, le ha llamado Emmanuel, como signo de bendición para sí misma, para su casa y para Israel. Y está pensando en qué nombre ponerle al cuarto, que ha nacido hace seis días. ¡Ah, cuando sepa que estoy curado, y que Tú estás aquí!... Buena como el pan hecho por la propia madre es Sara, e igualmente Joaquín, su esposo. ¿Y sus familiares? Por ellos estoy vivo. Siempre me han dado posada y me han ayudado».

«Vamos adonde ellos a pedir alojamiento para las horas de sol y llevarles bendición por su caridad».

«Por aquí, Maestro. Más cómodo para el rebaño y más oportuno para pasar desapercibido a la gente, que ciertamente está agitada. La anciana que me ha visto ponerme en pie está claro que ha hablado».

76.8 Siguen el torrente; lo dejan más al Sur para tomar un sendero en subida más bien pronunciada a lo largo de un espolón del monte en forma de quilla de nave. Ahora el torrente va en dirección contraria a quien sube; discurre en el fondo, entre dos cadenas montañosas que se entrecruzan formando un valle accidentado y hermoso.

Reconozco el lugar. Es inconfundible. Es el de la visión de Jesús y los niños que tuve la pasada primavera. La consabida tapia sin argamasa delimita la propiedad que desciende bruscamente hacia el valle. Ahí están los prados con los manzanos, las higueras y los nogales. Ahí está la casa, blanca sobre verde, con su ala saliente que protege la escalera formando un pórtico y mirador. Ahí está la pequeña cúpula en la parte más alta, y el huerto-jardín, con el pozo, la pérgola, los cuadros...

Un gran murmullo sale de la casa. Isaac se adelanta, entra, llama con fuerte voz: «¡María, José, Emmanuel! ¿dónde estáis? Venid aquí con Jesús».

Acuden tres críos: una niña de casi cinco años y dos niños de los cuatro a los dos, el último todavía con el paso un poco inseguro. Se quedan con la boca abierta ante el... resucitado. Luego la niña grita: «¡Isaac! ¡Mamá! ¡Isaac está aquí! ¡Es verdad lo que ha visto Judit!».

De una habitación donde hay gran murmullo de voces, sale una mujer. Es la madre de lozano aspecto, morena, alta, exuberante, de la ya lejana visión; hermosa toda con sus vestidos de fiesta: un vestido de cándido lino, como una rica túnica, que desciende hasta los tobillos formando pliegues, ceñida a las opulentas caderas por un chal de rayas multicolores que modela sus muslos estupendos, que pende con flecos hasta la rodilla, por detrás, y que queda entreabierto por delante después de cruzarse a la altura de la cintura bajo una fíbula de filigrana. Un velo ligero con ramas de rosas pintadas sobre un fondo marfileño está fijado a sus trenzas negras, como un pequeño turbante, y luego desciende desde la nuca, formando ondas y pliegues, por los hombros y sobre el pecho; está ceñido a la cabeza por una pequeña corona de medallitas unidas entre sí por una cadena. Pendientes de pesados anillos cuelgan de sus orejas. La túnica está abrochada al cuello por un collar de plata pasado entre unos ojales del vestido. En los brazos lleva también pesadas pulseras de plata.

«¡Isaac! ¿Pero cómo es posible? Judit... Creía que el sol le había hecho perder la cabeza... ¡Andas!... ¿Qué sucedió?».

«¡El Salvador! ¡Oh! ¡Sara! ¡Él es ya una realidad y ha venido!».

«¿Quién? ¿Jesús de Nazaret? ¿Dónde está?».

«¡Allí, detrás del nogal! ¡Y dice que si le puedes recibir!».

«¡Joaquín! ¡Madre! ¡Todos! ¡Venid! ¡Está aquí el Mesías!».

Salen todos corriendo: mujeres, hombres, muchachos, niños; salen dando gritos, chillando... Pero, al ver a Jesús, alto y majestuoso, pierden toda vehemencia y quedan como petrificados.

«Paz a esta casa y a todos vosotros. La paz y la bendición de Dios». Jesús se dirige, despacio, sonriente, hacia el grupo de personas. «Amigos, ¿queréis recibir en vuestra casa al Viandante?» y sonríe aún más.

Su sonrisa vence los temores. El esposo tiene el valor de hablar: «Entra, Mesías. Te hemos amado sin conocerte, más te amaremos conociéndote. La casa hoy está de fiesta por tres cosas: por ti, por Isaac, y por la circuncisión de mi tercer hijo varón. Bendícele, Maestro. ¡Mujer, trae al niño! Entra, Señor».

76.9 Entran en una estancia adornada para fiesta: mesas, viandas, alfombras y ramilletes por todas partes.

Vuelve Sara con un lindo recién nacido en los brazos, y se lo presenta a Jesús.

«Dios esté con él, siempre. ¿Qué nombre tiene?».

«Ninguno. Ésta es María, éste es José, éste es Emmanuel, éste... no tiene nombre todavía...».

Jesús mira fijamente a los dos esposos, uno al lado del otro. Sonríe diciendo: «Pensad un nombre, si hoy debe ser circuncidado...».

Los dos se miran, le miran, abren los labios, los cierran sin decir nada. Todos están atentos.

Jesús insiste: «Muchos nombres grandes, dulces, benditos, tiene la historia de Israel. Los más dulces y benditos ya han sido puestos, pero quizás quede todavía alguno».

A una voz los dos esposos exclaman: «¡El tuyo, Señor!», y la esposa añade: «Pero es demasiado santo...».

Jesús sonríe y pregunta: «¿Cuándo se le circuncida?».

«Estamos esperando al que lo hace».

«Estaré presente en la ceremonia. Bien, antes de nada os doy las gracias por mi Isaac. Ahora ya no tiene necesidad de los buenos, pero los buenos siguen teniendo necesidad de Dios. Llamasteis al tercero “Dios con nosotros”. A Dios le tuvisteis desde que tuvisteis caridad con mi siervo. Benditos seáis. En la Tierra y en el Cielo será recordada vuestra acción».

«¿Isaac se va ahora? ¿Nos deja?».

«¿Os duele? Él debe servir a su Maestro. No obstante, volverá, y Yo también vendré. Vosotros, entre tanto, hablaréis del Mesías...

¡Hay tanto que decir para convencer al mundo!...

76.10 Llega la persona que esperábamos».

Entra un personaje pomposo con un sirviente. Saludos y reverencias. «¿Dónde está el niño?» pregunta con altiva gravedad.

«Aquí está. Pero antes saluda al Mesías, está aquí».

«¿El Mesías?... ¿El que ha curado a Isaac? Ya, ya sé. Hablaremos de esto en otro momento. Tengo mucha prisa. El niño y su nombre».

Los presentes se sienten desazonados por los modales del hombre. Jesús, sin embargo, sonríe como si los desaires no tuvieran que ver con Él. Toma al pequeñuelo, le toca en la frentecita con sus hermosos dedos, como para consagrarle, y dice: «Su nombre es Iesaí» y se lo vuelve a dar al padre, el cual, con el hombre soberbio y con otros, va a una habitación cercana. Jesús se queda donde está hasta que vuelven con el infante, que viene chillando desesperadamente.

«Dame al pequeñuelo, mujer. Dejará de llorar» dice para consolar a la angustiada madre. El niño, depositado en las rodillas de Jesús, efectivamente se calla.

Jesús forma un grupo aparte, con todos los niños alrededor y lue­go los pastores y los discípulos. Afuera se oye balar a las ovejas (Elías las ha metido en el aprisco). En la casa hay rumor de fiesta. Traen dulces y bebidas a Jesús y a los suyos. Pero Jesús distribuye éstas entre los pequeños.

«¿No bebes, Maestro? ¿No lo aceptas? Te lo damos de corazón».

«Lo sé, Joaquín, y lo acepto de corazón. Pero déjame que primero dé gusto a los pequeñuelos; ellos constituyen mi alegría...».

«No hagas caso de ese hombre, Maestro».

«No, Isaac. Ruego porque vea la Luz. Juan, lleva a los dos niños a ver las ovejas.

76.11 Y tú, María, acércate más y dime: ¿Quién soy Yo?».

«Tú eres Jesús, Hijo de María de Nazaret, nacido en Belén. Isaac te vio y me puso el nombre de tu Mamá para que yo fuera buena».

«Tienes que ser buena como el ángel de Dios, más pura que una azucena florecida en las altas cumbres, pía como el levita más santo, para imitarla. ¿Lo serás?».

«Sí, Jesús».

«Di “Maestro” o “Señor”, niña».

«Deja que me llame con mi Nombre, Judas. Sólo pasando por labios inocentes no pierde el sonido que tiene en los labios de mi Madre. Todos, en los siglos futuros, pronunciarán ese Nombre, pero unos por un interés, otros por otro, y muchos para hacerle objeto de blasfemia. Sólo los inocentes, sin cálculo y sin odio, lo pronunciarán con amor semejante al de esta pequeña y al de mi Madre. Incluso los pecadores, sintiéndose necesitados de piedad, me invocarán. ¡Sin embargo, mi Madre y los niños...! ¿Por qué me llamas Jesús?» pregunta, acariciando a la pequeña.

«Porque te quiero... como a mi padre, a mamá y a mis hermanitos» dice abrazando las rodillas de Jesús y riendo con la carita levantada.

Y Jesús se inclina y la besa... y así todo termina.

Detalle

Isaac habla de quienes le han cuidado durante su enfermedad. Decide ir a verlos para agradecerles su amabilidad con el pastor.

Sara de Yutta aparece en 76.8, al igual que los niños, y Joaquín aparece en 76.9. La bendición del recién nacido Yesai tiene lugar en 76.9-10. Finalmente, Jesús habla a la niña María en 76.11.

ECR 76.10-11

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Jesús forma un grupo aparte, con todos los niños alrededor y lue­go los pastores y los discípulos. Afuera se oye balar a las ovejas (Elías las ha metido en el aprisco). En la casa hay rumor de fiesta. Traen dulces y bebidas a Jesús y a los suyos. Pero Jesús distribuye éstas entre los pequeños.

«¿No bebes, Maestro? ¿No lo aceptas? Te lo damos de corazón».

«Lo sé, Joaquín, y lo acepto de corazón. Pero déjame que primero dé gusto a los pequeñuelos; ellos constituyen mi alegría... (...) Juan, lleva a los dos niños a ver las ovejas. 76.11 Y tú, María, acércate más y dime: ¿Quién soy Yo?».

«Tú eres Jesús, Hijo de María de Nazaret, nacido en Belén. Isaac te vio y me puso el nombre de tu Mamá para que yo fuera buena».

«Tienes que ser buena como el ángel de Dios, más pura que una azucena florecida en las altas cumbres, pía como el levita más santo, para imitarla. ¿Lo serás?».

«Sí, Jesús».

«Di “Maestro” o “Señor”, niña».

«Deja que me llame con mi Nombre, Judas. Sólo pasando por labios inocentes no pierde el sonido que tiene en los labios de mi Madre. Todos, en los siglos futuros, pronunciarán ese Nombre, pero unos por un interés, otros por otro, y muchos para hacerle objeto de blasfemia. Sólo los inocentes, sin cálculo y sin odio, lo pronunciarán con amor semejante al de esta pequeña y al de mi Madre. Incluso los pecadores, sintiéndose necesitados de piedad, me invocarán. ¡Sin embargo, mi Madre y los niños...! ¿Por qué me llamas Jesús?» pregunta, acariciando a la pequeña.

«Porque te quiero... como a mi padre, a mamá y a mis hermanitos» dice abrazando las rodillas de Jesús y riendo con la carita levantada.

Y Jesús se inclina y la besa... y así todo termina.

ECR 77

El Evangelio como me ha sido revelado

Detalle

El grupo apostólico se dirige a Hebrón. Judas está nervioso y enfadado porque no han ido primero a Keriot, ya que habría sido más corto. Pero Jesús le asegura que siempre cumple sus promesas. Fue antes a Hebrón porque Samuel, que había muerto, había sufrido mucho por él y nunca había traicionado el recuerdo de Jesús cuando era niño. Permaneció fiel aunque no supiera que estaba vivo, y por eso este hombre merece que Cristo le honre y rece por él.

A continuación, el Iscariote señala que los pastores eran justos y santos, y sin embargo fueron maltratados. Ana de Belén incluso murió a consecuencia de ello... Y concluye, de paso, que el amor que mostramos a Jesús le trae mala suerte. El Maestro impide que Juan y Simón intervengan, diciendo que prefiere que Judas diga siempre lo que piensa. Y replica que, aunque los pastores hubieran recibido mucho, no sería justo que recibieran un privilegio especial por haber recibido tal o cual regalo, incluido el de estar presentes en la Natividad. Simón, además, declara que no hay que poner cosas terrenales donde hay cosas celestiales.

Judas ironiza entonces directamente, señalando que, al haber sanado tan pronto, el zelote ha recuperado todas sus posesiones, por lo que no vive sólo de su ingenio. Pero el amigo de Lázaro le replica que le ha dado órdenes concretas y que está libre de todo para seguir a Jesús.

Judas refunfuña al final, porque vuelve a equivocarse, y Juan intenta consolarlo diciéndole que es práctico, pero que pronto cambiará en presencia de Jesús.

Jesús cambia hábilmente de conversación cuando Judas sigue refunfuñando y da instrucciones a Leví y Elías: ellos le conducirán hasta Jonás, y José se quedará con el grupo hasta Jericó.

Finalmente, llegan a Hebrón, cerca de la casa de Zacarías. Pero la casa estaba rodeada por un muro, que antes no existía. Un hombre les explica que un herodiano había tomado posesión de la casa y que tenía consigo a una prostituta. Habla largo rato de Juan -a quien ve como el Mesías, a pesar del diálogo con Jesús y Juan- y el Maestro no insiste cuando el hombre se obstina y cree tener la verdad.

De camino a la sinagoga, dan una vuelta por la casa y se encuentran con Aglaia. Jesús entra en casa de Zacarías y entabla una conversación muy sincera con la cortesana. Ella inicia un camino de redención, pero tras dejarlo, Jesús es rechazado por la sinagoga. No se debe hablar con prostitutas, y cuando Judas se lo comenta una vez fuera de la ciudad, el Señor declara que Aglaia le superará y que pronto llegará el momento en que los paganos adorarán al Dios verdadero, en lugar de al pueblo elegido que debe recibir al Mesías.

Sin embargo, les dice que se alegren, pues se acerca la primera resurrección.

ECR 77.1-3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

77.1 «¿Hacia qué hora llegaremos?» pregunta Jesús, caminando en el centro del grupo precedido por las ovejas que pacen en las márgenes herbosas.

«Hacia la hora tercia. Son aproximadamente diez millas» responde Elías.

«¿Y luego vamos a Keriot?» pregunta Judas.

«Sí. Vamos allí».

«¿Y no era más corto ir de Yuttá a Keriot? No debe haber mucha distancia. ¿Verdad, tú, pastor?».

«Dos millas más, poco más o menos».

«Así recorremos más de veinte millas sin motivo».

«Judas, ¿por qué estás tan inquieto?» dice Jesús.

«No es inquieto, Maestro; sólo que me habías prometido ir a mi casa...».

«E iré. Mantengo siempre mis promesas».

«He encargado que avisen a mi madre... y además Tú has dicho que con los muertos se está también con el espíritu».

«Lo he dicho. Mira, Judas, reflexiona: tú por mí no has sufrido todavía. Éstos hace treinta años que sufren, y no han traicionado jamás ni siquiera mi recuerdo, ni siquiera el recuerdo. No sabían si estaba vivo o muerto... y, no obstante, han permanecido fieles. Me recordaban como recién nacido, infante, sólo con mi llanto y mi necesidad de leche... y, aun así, me han venerado siempre como Dios. Por causa mía los han maltratado, los han maldecido, han sufrido persecución como un oprobio de Judea; y, a pesar de todo, su fe, ante los golpes, no vacilaba, no se aridecía, sino que, por el contrario, echaba raíces más hondas y se hacía más vigorosa».

77.2 «A propósito. Hace unos días que me quema los labios una pregunta. Son amigos tuyos y de Dios éstos, ¿no es verdad? Los ángeles los han bendecido con la paz del Cielo, ¿no es verdad? Ellos no han dejado de ser justos ante ninguna tentación, ¿no es verdad? ¿Me explicas entonces por qué han sido infelices? ¿Y Ana?... La mataron por haberte amado...».

«Tu conclusión sería, entonces, que mi amor y el amarme acarrea desventura».

«No... pero...».

«Pero es así. Siento verte tan cerrado a la Luz y tan poseído de lo humano. No; deja, Juan, y también tú, Simón. Prefiero que hable. Nunca rechazo a nadie. Sólo quiero apertura de corazones, para poder introducir en ellos la luz. Ven aquí, Judas. Escucha. Partes de un juicio común a muchos hombres presentes y futuros. Digo “juicio”, debería decir “yerro”; pero, si supongo que lo hacéis sin malicia, por ignorancia de la verdad, entonces no es yerro, es sólo juicio imperfecto, como lo puede ser el de un niño. Y sois niños, vosotros, pobres hombres. Y Yo estoy aquí como Maestro para hacer de vosotros adultos capaces de discernir lo verdadero de lo falso, lo bueno de lo malo, lo mejor de lo bueno. Escuchad, pues. ¿Qué es la vida? Es un tiempo de pausa; Yo diría el limbo del Limbo, que Dios Padre os da para probar vuestra naturaleza de hijos buenos o de bastardos, y para asignaros, sobre la base de vuestras obras, un futuro en el que ya no habrá ni pausas ni pruebas. Ahora, decidme: ¿sería justo que uno, por el hecho de haber recibido el raro bien de disponer del modo de servir a Dios de manera especial, gozara además de un bien continuo durante toda la vida? ¿No os parece que ya ha tenido mucho y que, por tanto, puede considerarse dichoso, aunque en lo humano no lo sea? ¿No sería injusto que aquel que tiene ya en el corazón luz de divina manifestación y la sonrisa de una conciencia que aprueba, tuviera además honores y bienes terrenos? ¿Y no sería incluso imprudente?».

77.3 «Maestro, yo digo que sería incluso profanador. ¿Por qué poner alegrías humanas donde estás Tú? Cuando uno te tiene — y éstos te han tenido; ellos, los únicos ricos en Israel por haber gozado de ti desde hace treinta años — no debe poseer nada más. No se pone el objeto humano en el Propiciatorio... El vaso consagrado no sirve más que para usos sagrados. Éstos están consagrados desde el día en que vieron tu sonrisa... y nada, no, nada que no seas Tú debe entrar en su corazón, que te tiene a ti. ¡Ojalá fuera yo como ellos!» dice Simón.

Detalle

El grupo apostólico camina hacia Hebrón y Judas tiene la impresión de que no van a Keriot. Lamenta que vayan a Hebrón a rezar sobre los huesos del pastor Samuel y recuerda la lección de Jesús en EMV 76.2 sobre los sufragios de los muertos y la oración de difuntos, que puede hacerse en cualquier lugar. Luego se pregunta por qué los pastores, que son amigos de Dios y han recibido favores divinos, tenían que sufrir tanto.

ECR 77.1

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

77.1 «¿Hacia qué hora llegaremos?» pregunta Jesús, caminando en el centro del grupo precedido por las ovejas que pacen en las márgenes herbosas.

«Hacia la hora tercia. Son aproximadamente diez millas» responde Elías.

«¿Y luego vamos a Keriot?» pregunta Judas.

«Sí. Vamos allí».

«¿Y no era más corto ir de Yuttá a Keriot? No debe haber mucha distancia. ¿Verdad, tú, pastor?».

«Dos millas más, poco más o menos».

«Así recorremos más de veinte millas sin motivo».

«Judas, ¿por qué estás tan inquieto?» dice Jesús.

«No es inquieto, Maestro; sólo que me habías prometido ir a mi casa...».

«E iré. Mantengo siempre mis promesas».

«He encargado que avisen a mi madre...»

ECR 77.1-3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

77.1 «¿Hacia qué hora llegaremos?» pregunta Jesús, caminando en el centro del grupo precedido por las ovejas que pacen en las márgenes herbosas.

«Hacia la hora tercia. Son aproximadamente diez millas» responde Elías.

«¿Y luego vamos a Keriot?» pregunta Judas.

«Sí. Vamos allí».

«¿Y no era más corto ir de Yuttá a Keriot? No debe haber mucha distancia. ¿Verdad, tú, pastor?».

«Dos millas más, poco más o menos».

«Así recorremos más de veinte millas sin motivo».

«Judas, ¿por qué estás tan inquieto?» dice Jesús.

«No es inquieto, Maestro; sólo que me habías prometido ir a mi casa...».

«E iré. Mantengo siempre mis promesas».

«He encargado que avisen a mi madre... y además Tú has dicho que con los muertos se está también con el espíritu».

«Lo he dicho. Mira, Judas, reflexiona: tú por mí no has sufrido todavía. Éstos hace treinta años que sufren, y no han traicionado jamás ni siquiera mi recuerdo, ni siquiera el recuerdo. No sabían si estaba vivo o muerto... y, no obstante, han permanecido fieles. Me recordaban como recién nacido, infante, sólo con mi llanto y mi necesidad de leche... y, aun así, me han venerado siempre como Dios. Por causa mía los han maltratado, los han maldecido, han sufrido persecución como un oprobio de Judea; y, a pesar de todo, su fe, ante los golpes, no vacilaba, no se aridecía, sino que, por el contrario, echaba raíces más hondas y se hacía más vigorosa».

77.2 «A propósito. Hace unos días que me quema los labios una pregunta. Son amigos tuyos y de Dios éstos, ¿no es verdad? Los ángeles los han bendecido con la paz del Cielo, ¿no es verdad? Ellos no han dejado de ser justos ante ninguna tentación, ¿no es verdad? ¿Me explicas entonces por qué han sido infelices? ¿Y Ana?... La mataron por haberte amado...».

«Tu conclusión sería, entonces, que mi amor y el amarme acarrea desventura».

«No... pero...».

«Pero es así. Siento verte tan cerrado a la Luz y tan poseído de lo humano. No; deja, Juan, y también tú, Simón. Prefiero que hable. Nunca rechazo a nadie. Sólo quiero apertura de corazones, para poder introducir en ellos la luz. Ven aquí, Judas. Escucha. Partes de un juicio común a muchos hombres presentes y futuros. Digo “juicio”, debería decir “yerro”; pero, si supongo que lo hacéis sin malicia, por ignorancia de la verdad, entonces no es yerro, es sólo juicio imperfecto, como lo puede ser el de un niño. Y sois niños, vosotros, pobres hombres. Y Yo estoy aquí como Maestro para hacer de vosotros adultos capaces de discernir lo verdadero de lo falso, lo bueno de lo malo, lo mejor de lo bueno. Escuchad, pues. ¿Qué es la vida? Es un tiempo de pausa; Yo diría el limbo del Limbo, que Dios Padre os da para probar vuestra naturaleza de hijos buenos o de bastardos, y para asignaros, sobre la base de vuestras obras, un futuro en el que ya no habrá ni pausas ni pruebas. Ahora, decidme: ¿sería justo que uno, por el hecho de haber recibido el raro bien de disponer del modo de servir a Dios de manera especial, gozara además de un bien continuo durante toda la vida? ¿No os parece que ya ha tenido mucho y que, por tanto, puede considerarse dichoso, aunque en lo humano no lo sea? ¿No sería injusto que aquel que tiene ya en el corazón luz de divina manifestación y la sonrisa de una conciencia que aprueba, tuviera además honores y bienes terrenos? ¿Y no sería incluso imprudente?».

77.3 «Maestro, yo digo que sería incluso profanador. ¿Por qué poner alegrías humanas donde estás Tú? Cuando uno te tiene — y éstos te han tenido; ellos, los únicos ricos en Israel por haber gozado de ti desde hace treinta años — no debe poseer nada más. No se pone el objeto humano en el Propiciatorio... El vaso consagrado no sirve más que para usos sagrados. Éstos están consagrados desde el día en que vieron tu sonrisa... y nada, no, nada que no seas Tú debe entrar en su corazón, que te tiene a ti. ¡Ojalá fuera yo como ellos!» dice Simón.

«Sin embargo, te has dado prisa, después de haber visto al Maestro y después de ser curado, en volver a tomar posesión de tus bienes» responde irónicamente Judas.

«Es verdad. Lo he dicho y lo he hecho. Pero ¿tú sabes por qué? ¿Cómo puedes juzgar si no conoces todo? Mi agente recibió órdenes precisas. Ahora que Simón el Zelote está curado — y sus enemigos ya no pueden perjudicarle segregándole; ni perseguirle porque ya no es más que de Cristo y no tiene ninguna secta: tiene a Jesús y basta —, Simón puede disponer de los haberes suyos, que un hombre honesto, fiel, le ha conservado. Y yo, dueño todavía durante una hora, prescribí su reorganización para obtener más dinero en la venta y poder decir... No, esto no lo digo».

«Lo dicen los ángeles por ti, Simón, y lo escriben en el libro eterno» dice Jesús.

Simón mira a Jesús. Las dos miradas se anudan: una, asombrada; la otra, bendiciendo.

«Como siempre, yo estoy equivocado».

«No, Judas; tienes el sentido práctico. Tú mismo lo dices».

«¡Oh, pero con Jesús!... También Simón Pedro estaba apegado al sentido práctico, ¡y ahora sin embargo!... Tú también, Judas, serás como él. Hace poco que estás con el Maestro, nosotros hace más tiempo y ya hemos mejorado» dice Juan, siempre dulce y conciliador.

«No me ha querido con Él. Si no, hubiera sido suyo desde Pas­cua» — Judas está hoy realmente enojado.

Jesús zanja la cuestión diciendo a Leví: «¿Has estado alguna vez en Galilea?».

«Sí, Señor».

«Vendrás conmigo, para conducirme a donde Jonás. ¿Le cono­ces?».

«Sí. Por Pascua nos veíamos siempre; yo iba a verle entonces».

José baja la cabeza apenado. Jesús se da cuenta. «Juntos no podéis venir. Elías se quedaría solo con las ovejas. Pero tú vendrás conmigo hasta el paso de Jericó, donde nos separaremos por un tiempo. Te diré después lo que tienes que hacer».

«¿Nosotros ya nada más?».

«También vosotros, Judas, también vosotros».

Detalle

El grupo apostólico camina hacia Hebrón y Judas tiene la impresión de que no van a Keriot. Lamenta que vayan a Hebrón a rezar sobre los huesos del pastor Samuel y recuerda la lección de Jesús en EMV 76.2 sobre los sufragios de los muertos y la oración de difuntos, que puede hacerse en cualquier lugar. Luego se pregunta por qué los pastores, que son amigos de Dios y han recibido favores divinos, tenían que sufrir tanto.

ECR 77.2-3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«A propósito. Hace unos días que me quema los labios una pregunta. Son amigos tuyos y de Dios éstos, ¿no es verdad? Los ángeles los han bendecido con la paz del Cielo, ¿no es verdad? Ellos no han dejado de ser justos ante ninguna tentación, ¿no es verdad? ¿Me explicas entonces por qué han sido infelices? ¿Y Ana?... La mataron por haberte amado...».

«Tu conclusión sería, entonces, que mi amor y el amarme acarrea desventura».

«No... pero...».

«Pero es así. Siento verte tan cerrado a la Luz y tan poseído de lo humano. No; deja, Juan, y también tú, Simón. Prefiero que hable. Nunca rechazo a nadie. Sólo quiero apertura de corazones, para poder introducir en ellos la luz. Ven aquí, Judas. Escucha. Partes de un juicio común a muchos hombres presentes y futuros. Digo “juicio”, debería decir “yerro”; pero, si supongo que lo hacéis sin malicia, por ignorancia de la verdad, entonces no es yerro, es sólo juicio imperfecto, como lo puede ser el de un niño. Y sois niños, vosotros, pobres hombres. Y Yo estoy aquí como Maestro para hacer de vosotros adultos capaces de discernir lo verdadero de lo falso, lo bueno de lo malo, lo mejor de lo bueno. Escuchad, pues. ¿Qué es la vida? Es un tiempo de pausa; Yo diría el limbo del Limbo, que Dios Padre os da para probar vuestra naturaleza de hijos buenos o de bastardos, y para asignaros, sobre la base de vuestras obras, un futuro en el que ya no habrá ni pausas ni pruebas. Ahora, decidme: ¿sería justo que uno, por el hecho de haber recibido el raro bien de disponer del modo de servir a Dios de manera especial, gozara además de un bien continuo durante toda la vida? ¿No os parece que ya ha tenido mucho y que, por tanto, puede considerarse dichoso, aunque en lo humano no lo sea? ¿No sería injusto que aquel que tiene ya en el corazón luz de divina manifestación y la sonrisa de una conciencia que aprueba, tuviera además honores y bienes terrenos? ¿Y no sería incluso imprudente?».

77.3

«Maestro, yo digo que sería incluso profanador. ¿Por qué poner alegrías humanas donde estás Tú? Cuando uno te tiene — y éstos te han tenido; ellos, los únicos ricos en Israel por haber gozado de ti desde hace treinta años — no debe poseer nada más. No se pone el objeto humano en el Propiciatorio... El vaso consagrado no sirve más que para usos sagrados. Éstos están consagrados desde el día en que vieron tu sonrisa... y nada, no, nada que no seas Tú debe entrar en su corazón, que te tiene a ti. ¡Ojalá fuera yo como ellos!» dice Simón.

«Sin embargo, te has dado prisa, después de haber visto al Maestro y después de ser curado, en volver a tomar posesión de tus bienes» responde irónicamente Judas.

«Es verdad. Lo he dicho y lo he hecho. Pero ¿tú sabes por qué? ¿Cómo puedes juzgar si no conoces todo? Mi agente recibió órdenes precisas. Ahora que Simón el Zelote está curado — y sus enemigos ya no pueden perjudicarle segregándole; ni perseguirle porque ya no es más que de Cristo y no tiene ninguna secta: tiene a Jesús y basta —, Simón puede disponer de los haberes suyos, que un hombre honesto, fiel, le ha conservado. Y yo, dueño todavía durante una hora, prescribí su reorganización para obtener más dinero en la venta y poder decir... No, esto no lo digo».

«Lo dicen los ángeles por ti, Simón, y lo escriben en el libro eterno» dice Jesús.

Simón mira a Jesús. Las dos miradas se anudan: una, asombrada; la otra, bendiciendo.

Detalle

Contexto: Judas hace una pregunta a Cristo sobre los pastores. Jesús le responde y da una lección a los apóstoles: Simón se une a la conversación.

Nota: El hombre de negocios mencionado por Simón el Zelote es sin duda Lázaro (véase EMV 84,4-5), que vive muy cerca de Simón. Si el apóstol ha recuperado también sus bienes, es para dárselos a su anciano criado, José de Betania (véase también EMV 84.4-5).