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Notas del tema

Personajes principales y secundarios

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ECR 69

El Evangelio como me ha sido revelado

Detalle

Jesús sale del Templo con Judas. Judas quiere ir con él, pero Jesús le dice que tiene que rezar con el Padre. Afirma que el espíritu debe primar siempre sobre la carne, y que casi hay que matar la carne en favor de la vida sobrenatural. Judas pregunta entonces cómo es posible que no nos preocupemos por la carne y evoca el mandamiento "No matarás". Jesús respondió que debemos comer con continencia, sin envenenarnos ni comer en exceso, porque eso halaga nuestro gusto. A continuación, retomó el tema del suicidio y habló largo y tendido sobre él. Cristo declara que quien se suicida peca por orgullo. Judas señala que la gente se suicida por desesperación, pero Jesús dice que la desesperación no es otra cosa que orgullo: porque creemos que no tenemos ayuda en ninguna parte, ni siquiera de Dios, que es Padre y puede tendernos la mano. Judas señala que todos los que se suicidaron en las Escrituras antes de su venida habían pecado, pero el Maestro declara que habrán podido recibir la Misericordia de Dios, aunque nunca esté permitido hacer violencia a uno mismo ni a los demás. Después de la venida del Verbo, en cambio, el pecado del suicidio será siempre severamente condenado por la Justicia de Dios si el pecador se suicida, declarando que queda separado para siempre de Dios y no puede recibir el perdón de Dios. Puesto que la vida es un don de Dios, debemos amarla y utilizarla para ganar la eternidad.

Judas comprende el pensamiento de Cristo, pero tiene dificultades para aplicarlo. Hablan de la tentación de Cristo, y luego Jesús habla de los ángeles (espíritus puros) y del hombre, rey de la creación, a quien Jesús ha venido a rehabilitar.

A punto de dejar a Jesús, Judas le pregunta si no puede llevarlo a otro lugar que no sea el olivar, para que sea "mejor considerado". Pero, aunque Jesús le agradece su consideración, le gusta quedarse en este ambiente humilde. Vendrá para todos, tanto para los pequeños como para los grandes, pero sobre todo se quedará donde haya humildad. Finalmente, los dos hombres se separan poco después.

ECR 69.1-6

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

69.1 Jesús y Judas salen del Templo después de haber estado orando en el lugar más cercano al Santo, concedido a los israelitas varones.

Judas quisiera seguir con Jesús, pero este deseo encuentra oposición en el Maestro. «Judas, quiero estar solo en las horas nocturnas. Durante la noche, mi espíritu toma del Padre su alimento. Oración, meditación y soledad, me son más necesarias que el alimento material. Quien quiere vivir para el espíritu y conducir a otros a vivir la misma vida, debe posponer la carne, diría casi: matarla en sus desafueros, para ocuparse completamente del espíritu; todos, Judas, también tú, si quieres verdaderamente ser de Dios, o sea, de lo sobrenatural».

«Pero, Maestro, nosotros somos todavía de la tierra. ¿Cómo podemos desatender la carne poniendo toda nuestra solicitud en el espíritu? Lo que dices, ¿no está en antítesis con el mandato de Dios: “No matarás”?, ¿en esto no está también incluido el no matarse? Si la vida es don de Dios, ¿debemos o no amarla?».

«Voy a responderte como no respondería a una persona sencilla, a la cual es suficiente elevarle la mirada del alma, o de la mente, a esferas sobrenaturales, para poder llevárnosla en vuelo a los reinos del espíritu. Tú no eres una persona sencilla. Te has formado en ambientes que te han afinado... pero que, al mismo tiempo, te han contaminado con sus sutilezas y con sus doctrinas. ¿Tienes presente a Salomón, Judas? Era sabio, el más sabio de aquellos tiempos. ¿Recuerdas lo que dijo, después de haber conocido todo el saber?: “Vanidad de vanidades, todo es vanidad. Temer a Dios y observar sus mandamientos: esto es todo el hombre”. Ahora Yo te digo que hay que saber tomar de los alimentos sustento, pero no veneno. Y si se ve que un alimento nos es nocivo (porque se producen reacciones en nosotros por las cuales ese alimento es nefasto, siendo más fuerte que nuestros humores buenos, los cuales lo podrían neutralizar) es necesario dejar de tomar ese alimento, aunque sea apetitoso al gusto. Mejor pan, sin más, y agua de la fuente, que no los platos rebuscados de la mesa del rey que tienen especias que alteran y envenenan».

«¿Qué debo dejar, Maestro?».

«Todo aquello que sabes que te turba. Porque Dios es Paz, y si te quieres encaminar por el sendero de Dios debes liberar tu mente, tu corazón y tu carne, de todo lo que no es paz, de todo lo que conlleva turbación. Sé que es difícil reformarse a sí mismo, pero Yo estoy aquí para ayudarte a hacerlo. Estoy aquí para ayudar al hombre a ser de nuevo hijo de Dios, a volver a formarse como por una segunda creación, una autogénesis querida por él mismo.

69.2 Pero deja que te responda a cuanto preguntabas, para que no digas que no has salido del error por culpa mía. Es verdad que matarse es igual que matar. La vida es don de Dios, ya sea la propia o la ajena, y sólo a Dios, que la ha otorgado, le está reservado el poder de quitarla. Quien se mata confiesa su soberbia, y Dios odia la soberbia».

«¿La soberbia, confiesa? Yo diría la desesperación».

«¿Y qué es la desesperación sino soberbia? Considera esto, Judas: ¿Por qué uno pierde la esperanza?: o porque las desventuras se ensañan con él y quiere vencerlas por sí solo, sin ser capaz de tanto; o bien porque es culpable y juzga de sí mismo que Dios no lo puede perdonar. Tanto en el primero como en el segundo caso, ¿no es reina la soberbia? El hombre que quiere por sí solo resolver las cosas carece de la humildad de tender la mano al Padre diciéndole: “Yo no puedo, pero Tú sí puedes. Ayúdame, porque espero todo, todo lo estoy esperando, de Ti”. El otro hombre, el que dice: “Dios no puede perdonarme”, lo hace porque midiendo a Dios con el patrón de sí mismo sabe que otra persona, ofendida como él ha ofendido, no podría perdonarle. O sea, también aquí hay soberbia. El humilde siente compasión y perdona aunque sufra por la ofensa recibida. El soberbio no perdona. Es además soberbio porque no sabe bajar la cabeza y decir: “Padre, he pecado, perdona a tu pobre hijo culpable”. ¿O es que no sabes, Judas, que el Padre está dispuesto a disculpar todo, si se pide perdón con corazón sincero y contrito, con corazón humilde y deseoso de resucitar al bien?».

«Pero ciertos delitos no deben perdonarse, no pueden ser perdonados».

«Eso lo dices tú. Y hasta será verdad, si el hombre así lo quiere. Pero, en verdad, ¡oh!, en verdad te digo que incluso después del delito de los delitos, si el culpable corriera a los pies del Padre — se llama Padre por esto, Judas, y es Padre de perfección infinita — y, llorando, le suplicara que le perdonase, ofreciéndose a la expiación pero sin desesperación, el Padre le daría el modo de expiar para merecerse el perdón y salvar el espíritu».

69.3 «Entonces dices que los hombres que la Escritura cita, y que se mataron, hicieron mal».

«No es lícito hacer violencia a nadie, y tampoco uno a sí mismo. Hicieron mal. Conociendo relativamente el bien, habrán obtenido de Dios, en ciertos casos, misericordia. Pero a partir de que el Verbo haya aclarado toda verdad y haya dado fuerza a los espíritus con su Espíritu, desde entonces, ya no le será concedido el perdón a quien muera desesperado. Ni en el instante del juicio particular, ni, después de siglos de Gehena, en el Juicio Final, ni nunca. ¿Es dureza de Dios? No: justicia. Dios dirá: “Tú, criatura dotada de razón y de sobrenatural ciencia, creada libre por Mí, decidiste seguir el sendero elegido por ti, y dijiste: ‘Dios no me perdona. Estoy separado para siempre de Él. Juzgo que debo aplicarme por mi mismo justicia por mi delito. Dejo la vida para huir de los remordimientos’, sin pensar que ya no habrías sentido remordimientos si hubieras venido a mi seno paterno. Recibe eso mismo que has juzgado. No violento la libertad que te he dado”.

Esto le dirá el Eterno al suicida. Piénsalo, Judas. La vida es un don, y hay que amarla. ¿Y qué don es? Don santo. Así que ha de ser amada santamente. La vida dura mientras la carne resiste. Luego empieza la Vida grande, la eterna Vida: de beatitud para los justos, de maldición para los no justos. La vida, ¿es fin o es medio? Es medio. Sirve para el fin, que es la eternidad. Pues démosle entonces a la vida aquello que le haga falta para durar y servir al espíritu en su conquista. Continencia de la carne en todos sus apetitos, en todos. Continencia de la mente en todos sus deseos, en todos. Continencia del corazón en todas las pasiones que saben a humano. Sea, por el contrario, ilimitado el impulso hacia las pasiones celestes: amor a Dios y al prójimo, voluntad de servir a Dios y al prójimo, obediencia a la Palabra divina, heroísmo en el bien y en la virtud.

69.4 Yo te he respondido, Judas. ¿Estás convencido? ¿Te basta la explicación? Sé siempre sincero y, si no sabes todavía bastante, pregunta; estoy aquí para ser Maestro».

«He comprendido y me basta. Pero... es muy difícil llevar a la práctica lo que he comprendido. Tú puedes porque eres santo. Pero yo... Soy un hombre, joven, lleno de vitalidad...».

«He venido para los hombres, Judas, no para los ángeles, que no tienen necesidad de maestro. Los ángeles ven a Dios, viven en su Paraíso, no ignoran las pasiones de los hombres, porque la Inteligencia, que es su Vida, los hace conocedores de todo, incluso a aquellos que no son custodios de un hombre. Pero, siendo espirituales, sólo pueden tener un pecado, como uno de ellos lo tuvo y arrastró consigo a los menos fuertes en la caridad: la soberbia, flecha que afeó a Lucifer, el más hermoso de los arcángeles, e hizo de él el monstruo horripilante del Abismo. No he venido para los ángeles (los cuales, después de la caída de Lucifer, se horrorizan incluso ante el espectro de un pensamiento de orgullo), sino que he venido para los hombres, para hacer de los hombres ángeles.

El hombre era la perfección de la creación. Tenía del ángel el espíritu, del animal la completa belleza en todas sus partes animales y morales; no había criatura que le igualara. Era el rey de la Tierra, como Dios es el Rey del Cielo, y un día, el día en que él se hubiera dormido por última vez en la tierra, iba a ser rey, con el Padre, en el Cielo. Satanás ha arrancado las alas al ángel-hombre y, en su lugar, ha puesto garras de fiera y avidez de inmundicia y ha hecho de él un ser al que cuadra más el nombre de hombre-demonio que el de hombre a secas. Yo quiero borrar la deformación causada por Satanás, anular el hambre corrompida de la carne contaminada, devolverle las alas al hombre, llevarle de nuevo a ser rey, coheredero del Padre y del Reino celeste. Sé que el hombre, si quiere quererlo, puede llevar a cabo cuanto digo, para volver a ser rey y ángel. No os diría cosas que no pudierais hacer. Yo no soy uno de esos oradores que predican doctrinas imposibles.

69.5 He tomado verdadera carne para poder saber, por experiencia de carne, cuáles son las tentaciones del hombre».

«¿Y los pecados?».

«Todos pueden ser tentados; pecador, sólo quien quiere serlo».

«¿No has pecado nunca, Jesús?».

«Nunca he querido pecar. Y ello no porque sea el Hijo del Padre, sino que es que lo he querido y lo querré, para mostrarle al hombre que el Hijo del hombre no pecó porque no quiso pecar y que el hombre, si no quiere, puede no pecar».

«¿Has sido tentado alguna vez?».

«Tengo treinta años, Judas, y no he vivido en una cueva de un monte, sino entre los hombres. Y aunque hubiera estado en el lugar más solitario de la tierra ¿tú crees que no habrían venido las tentaciones? Todo lo tenemos en torno a nosotros: el bien y el mal. Todo lo llevamos con nosotros. Sobre el bien sopla el hálito de Dios y lo aviva como a turíbulo de gratos y sagrados inciensos. Sobre el mal sopla Satanás y, encendiéndolo, lo transforma en hoguera de feroz lengua. Mas la voluntad atenta y la oración constante son húmeda arena sobre la llamarada de infierno: la sofocan y la extinguen».

«Pero, si no has pecado jamás, ¿cómo puedes emitir tu juicio sobre los pecadores?».

«Soy hombre y soy el Hijo de Dios. Cuanto podría ignorar como hombre, y juzgarlo mal, lo conozco y juzgo como Hijo de Dios. Y, además... Judas, respóndeme a esta pregunta: uno que tiene hambre ¿sufre más cuando dice: “ahora me siento a la mesa”, o cuando dice “no hay comida para mí”?».

«Sufre más en el segundo caso, porque sólo el saberse privado del alimento le trae a la memoria el olor de las viandas, y las vísceras se retuercen de deseo».

«Exacto: la tentación es mordiente como este deseo, Judas. Satanás lo hace más agudo, exacto y seductor que cualquier acto cumplido. Además, el acto satisface, y alguna vez nausea, mientras que la tentación no desaparece, sino que, como árbol podado, echa ramas cada vez más vigorosas».

«¿Y no has cedido nunca?».

«No he cedido nunca».

«¿Cómo lo has conseguido?».

«He dicho: “Padre, no me dejes caer en la tentación”».

«¿Cómo? ¿Tú, Mesías, Tú, que obras milagros, has solicitado la ayuda del Padre?».

«No sólo la ayuda: le he pedido que no me deje caer en la tentación. ¿Tú crees que, porque Yo sea Yo, puedo prescindir del Padre? ¡Oh, no! En verdad te digo que el Padre le concede todo al Hijo, pero también el Hijo recibe todo del Padre. Y te digo que todo lo que se le pida al Padre en mi nombre será concedido.

69.6 Mas ya estamos cerca del Get-Sammi, donde vivo. Ya se ven sus primeros olivos al otro lado de las murallas. Tú estás más allá de Tofet. Ya cae la noche. No te conviene subir hasta allá. Nos veremos de nuevo mañana en el mismo lugar. Adiós. La paz sea contigo».

«Paz a ti también, Maestro... Pero quisiera decirte aún una cosa. Te acompaño hasta el Cedrón, luego me vuelvo para atrás. ¿Por qué estás en ese lugar tan humilde? Ya sabes... la gente da importancia a muchas cosas. ¿No conoces en la ciudad a nadie que tenga una buena casa? Yo, si quieres, puedo llevarte donde algunos amigos. Te acogerán por amistad hacia mí. Serían moradas más dignas de ti».

«¿Tú crees? Yo no lo creo. Lo digno y lo indigno están en todas las clases sociales. Y, no por carecer de caridad, sino para no faltar a la justicia, te digo que lo indigno (y maliciosamente indigno) se halla frecuentemente entre los grandes. No hace falta ser poderoso para ser bueno, como tampoco sirve el ser poderoso para ocultar la acción pecaminosa a los ojos de Dios. Todo debe invertirse bajo mi Signo: no será grande el poderoso, sino el humilde y santo».

«Pero, para ser respetado, para imponerse...».

«¿Es respetado Herodes? Y César, ¿es respetado? No. Los labios y los corazones los soportan y maldicen. Créeme, Judas, sobre los buenos, o incluso sobre los que están deseosos de bondad, sabré imponerme más con la modestia que con la grandiosidad».

«Pero entonces... ¿vas a despreciar siempre a los poderosos? ¡Te buscarás enemigos! Yo pensaba hablar de ti a muchos que conozco y que tienen un nombre...».

«No voy a despreciar a nadie. Iré tanto a los pobres como a los ricos, a los esclavos como a los reyes, a los puros como a los pecadores. Pero si bien he de quedar agradecido a quien proporcione pan y techo a mis fatigas (cualesquiera que sean ese techo y ese alimento), verdad es que daré siempre preferencia a lo humilde; los grandes tienen ya muchas satisfacciones, los pobres no tienen más que la recta conciencia, un amor fiel, e hijos, y el verse escuchados por la mayoría de ellos. Yo siempre prestaré atención a los pobres, a los afligidos y a los pecadores. Te agradezco el buen deseo, pero déjame en este lugar de paz y oración. Ve, y que Dios te inspire lo recto».

Jesús deja al discípulo y se interna entre los olivos.

ECR 69.4

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«He comprendido y me basta. Pero... es muy difícil llevar a la práctica lo que he comprendido. Tú puedes porque eres santo. Pero yo... Soy un hombre, joven, lleno de vitalidad...».

«He venido para los hombres, Judas, no para los ángeles, que no tienen necesidad de maestro. Los ángeles ven a Dios, viven en su Paraíso, no ignoran las pasiones de los hombres, porque la Inteligencia, que es su Vida, los hace conocedores de todo, incluso a aquellos que no son custodios de un hombre. Pero, siendo espirituales, sólo pueden tener un pecado, como uno de ellos lo tuvo y arrastró consigo a los menos fuertes en la caridad: la soberbia, flecha que afeó a Lucifer, el más hermoso de los arcángeles, e hizo de él el monstruo horripilante del Abismo. No he venido para los ángeles (los cuales, después de la caída de Lucifer, se horrorizan incluso ante el espectro de un pensamiento de orgullo), sino que he venido para los hombres, para hacer de los hombres ángeles.»

Detalle

Judas le dijo a Jesús:

ECR 69.4

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«Es muy difícil llevar a la práctica lo que he comprendido. Tú puedes porque eres santo. Pero yo... Soy un hombre, joven, lleno de vitalidad...».

«He venido para los hombres, Judas, no para los ángeles, que no tienen necesidad de maestro. Los ángeles ven a Dios, viven en su Paraíso, no ignoran las pasiones de los hombres, porque la Inteligencia, que es su Vida, los hace conocedores de todo, incluso a aquellos que no son custodios de un hombre. Pero, siendo espirituales, sólo pueden tener un pecado, como uno de ellos lo tuvo y arrastró consigo a los menos fuertes en la caridad: la soberbia, flecha que afeó a Lucifer, el más hermoso de los arcángeles, e hizo de él el monstruo horripilante del Abismo. No he venido para los ángeles (los cuales, después de la caída de Lucifer, se horrorizan incluso ante el espectro de un pensamiento de orgullo), sino que he venido para los hombres, para hacer de los hombres ángeles.

El hombre era la perfección de la creación. Tenía del ángel el espíritu, del animal la completa belleza en todas sus partes animales y morales; no había criatura que le igualara. Era el rey de la Tierra, como Dios es el Rey del Cielo, y un día, el día en que él se hubiera dormido por última vez en la tierra, iba a ser rey, con el Padre, en el Cielo. Satanás ha arrancado las alas al ángel-hombre y, en su lugar, ha puesto garras de fiera y avidez de inmundicia y ha hecho de él un ser al que cuadra más el nombre de hombre-demonio que el de hombre a secas. Yo quiero borrar la deformación causada por Satanás, anular el hambre corrompida de la carne contaminada, devolverle las alas al hombre, llevarle de nuevo a ser rey, coheredero del Padre y del Reino celeste. Sé que el hombre, si quiere quererlo, puede llevar a cabo cuanto digo, para volver a ser rey y ángel. No os diría cosas que no pudierais hacer. Yo no soy uno de esos oradores que predican doctrinas imposibles.»

ECR 69.6

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«Paz a ti también, Maestro... Pero quisiera decirte aún una cosa. Te acompaño hasta el Cedrón, luego me vuelvo para atrás. ¿Por qué estás en ese lugar tan humilde? Ya sabes... la gente da importancia a muchas cosas. ¿No conoces en la ciudad a nadie que tenga una buena casa? Yo, si quieres, puedo llevarte donde algunos amigos. Te acogerán por amistad hacia mí. Serían moradas más dignas de ti».

«¿Tú crees? Yo no lo creo. Lo digno y lo indigno están en todas las clases sociales. Y, no por carecer de caridad, sino para no faltar a la justicia, te digo que lo indigno (y maliciosamente indigno) se halla frecuentemente entre los grandes. No hace falta ser poderoso para ser bueno, como tampoco sirve el ser poderoso para ocultar la acción pecaminosa a los ojos de Dios. Todo debe invertirse bajo mi Signo: no será grande el poderoso, sino el humilde y santo».

«Pero, para ser respetado, para imponerse...».

«¿Es respetado Herodes? Y César, ¿es respetado? No. Los labios y los corazones los soportan y maldicen. Créeme, Judas, sobre los buenos, o incluso sobre los que están deseosos de bondad, sabré imponerme más con la modestia que con la grandiosidad».

ECR 70

El Evangelio como me ha sido revelado

Detalle

Jesús llega a casa de Jonás, en el olivar de Getsemaní. Jonás le dice que ha venido Juan y Jesús va inmediatamente a su encuentro. Se reencuentran y el joven discípulo se alegra. Le cuenta que había dejado a Docco con Simón, que había ido a buscar a Lázaro a Betania. Juan pensaba que Simón era muy competente, pero el Maestro le dijo que él también era muy bueno en lo que hacía.

Llegaron a la casa y comieron con su anfitrión. Luego salieron al olivar, donde vieron Jerusalén y Jesús hizo un comentario sobre el Templo, que ya no era el Lugar Santo que debía ser. Juan propone entonces ir a ver a Hanne y Caifás y a un rico mercader de pescado para hablar de Jesús y cansarle menos, pero el Señor declina la invitación y habla de Judas, que le había hecho una propuesta parecida para "ser mejor considerado". Juan cree que Judas será mejor que ellos porque es más culto, pero Jesús le enseña que no es así, que a menudo son los corazones que no tienen conocimientos los que más saben amar. Dicho esto, le pide que sea amigo de Judas, que le ayude a ser mejor.

Mientras tanto, Juan habla de Simón Pedro y de la bolsa que recibe de un desconocido (Mateo). Le da el dinero y Jesús le dice que lo repartirá entre los pobres, para que Judas descubra sus costumbres. Juan comprende de quién se trata y se sorprende, pero da noticias de Tomás, que ha ido al encuentro de Felipe y Bartolomé. Jesús le dice que quiere que los Doce se amen sin preferencias, como una sagrada familia.

Por último, declara que va a rezar y Juan quiere quedarse con él, pero pronto se duerme, y Jesús continúa la oración en silencio, mientras su apóstol descansa en su corazón.

Para concluir, Jesús hace un dictado comparando a Judas y a Juan. El primero conservó su manera de pensar y de ver, el segundo se despojó de todo para ser "el discípulo". Juan es el modelo de todos los apóstoles, mientras que Judas es el tipo mismo de todos los apóstoles fracasados.

ECR 70.1

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

70.1 Veo a Jesús dirigiéndose a la baja y blanca casa que hay en medio del olivar. Un jovencito le saluda. Parece del lugar porque tiene en las manos los utensilios para podar y sachar.

«Dios sea contigo, Rabí. Tu discípulo Juan ha venido, pero se ha vuelto a marchar, a buscarte».

«¿Hace mucho?».

«No, acaba de cruzar aquel sendero. Creíamos que vendrías por la parte de Betania...».

Jesús se encamina ligero, da la vuelta a una prominencia del terreno, ve a Juan bajando casi corriendo hacia la ciudad. Le llama.

El discípulo se vuelve y, con el rostro iluminado por la alegría, grita: «¡Maestro mío!» y regresa corriendo.

Jesús le abre los brazos y los dos se abrazan afectuosamente.

«Venía a buscarte... Creíamos que habías estado en Betania, como dijiste».

«Sí. Eso quería. Tengo que empezar también a evangelizar los alrededores de Jerusalén. Pero después me he entretenido en la ciudad... para instruir a un nuevo discípulo».

«Maestro, todo lo que Tú haces está bien hecho y sale bien. ¿Lo ves? También esta vez nos hemos encontrado en seguida».

Detalle

Jesús explica a Juan que ha sido retenido en Jerusalén para enseñar a un nuevo discípulo.

ECR 70.1

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«¿Hace mucho que has venido?».

«No, Maestro. Con el alba he salido de Doco, junto con Simón; ya le he dicho lo que querías. Después nos hemos detenido un tiempo en los campos de los alrededores de Betania, compartiendo la comida y hablando de ti a campesinos que hemos encontrado por allí. Cuando el fuego del sol ha disminuido, nos hemos separado. Simón ha ido a ver a un amigo suyo al que también quiere hablar de ti: es el dueño de casi toda Betania. Él ya le conocía cuando aún vivían sus respectivos padres. Mañana viene aquí Simón. Me ha encargado decirte que se siente feliz de estar a tu servicio. Simón es muy competente. Quisiera ser como él, pero soy un muchacho ignorante».

«No, Juan. Tú también haces muy bien las cosas».

«¿Te sientes realmente contento de tu pobre Juan?».

«Muy contento, Juan mío. Mucho».

«¡Maestro mio!». Juan se inclina con ímpetu a tomar la mano de Jesús y la besa, y se la pasa por la cara como una caricia.

Detalle

Jesús y Juan se encuentran de nuevo en el olivar de Getsemaní y Jesús le pregunta:

ECR 70.1-7

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Veo a Jesús dirigiéndose a la baja y blanca casa que hay en medio del olivar. Un jovencito le saluda. Parece del lugar porque tiene en las manos los utensilios para podar y sachar.

«Dios sea contigo, Rabí. Tu discípulo Juan ha venido, pero se ha vuelto a marchar, a buscarte».

«¿Hace mucho?».

«No, acaba de cruzar aquel sendero. Creíamos que vendrías por la parte de Betania...».

Jesús se encamina ligero, da la vuelta a una prominencia del terreno, ve a Juan bajando casi corriendo hacia la ciudad. Le llama.

El discípulo se vuelve y, con el rostro iluminado por la alegría, grita: «¡Maestro mío!» y regresa corriendo.

Jesús le abre los brazos y los dos se abrazan afectuosamente.

«Venía a buscarte... Creíamos que habías estado en Betania, como dijiste».

«Sí. Eso quería. Tengo que empezar también a evangelizar los alrededores de Jerusalén. Pero después me he entretenido en la ciudad... para instruir a un nuevo discípulo».

«Maestro, todo lo que Tú haces está bien hecho y sale bien. ¿Lo ves? También esta vez nos hemos encontrado en seguida».

Los dos caminan. Jesús tiene un brazo sobre los hombros de Juan, el cual, siendo más bajo, mira a Jesús de abajo arriba, feliz de esa intimidad. Vuelven así hacia la casita.

«¿Hace mucho que has venido?».

«No, Maestro. Con el alba he salido de Doco, junto con Simón; ya le he dicho lo que querías. Después nos hemos detenido un tiempo en los campos de los alrededores de Betania, compartiendo la comida y hablando de ti a campesinos que hemos encontrado por allí. Cuando el fuego del sol ha disminuido, nos hemos separado. Simón ha ido a ver a un amigo suyo al que también quiere hablar de ti: es el dueño de casi toda Betania. Él ya le conocía cuando aún vivían sus respectivos padres. Mañana viene aquí Simón. Me ha encargado decirte que se siente feliz de estar a tu servicio. Simón es muy competente. Quisiera ser como él, pero soy un muchacho ignorante».

«No, Juan. Tú también haces muy bien las cosas».

«¿Te sientes realmente contento de tu pobre Juan?».

«Muy contento, Juan mío. Mucho».

«¡Maestro mio!». Juan se inclina con ímpetu a tomar la mano de Jesús y la besa, y se la pasa por la cara como una caricia.

70.2

Han llegado ya a la casa. Entran en la cocina baja y humosa. El dueño los saluda: «La paz sea contigo».

Responde Jesús: «Paz a esta casa y a ti, y a quien vive contigo. Vie­ne conmigo un discípulo».

«Habrá pan y aceite también para él».

«He traído pescado seco que me han dado Santiago y Pedro. Al pasar por Nazaret, tu Madre me ha dado pan y miel para ti. He caminado sin detenerme, pero de todas formas estará duro».

«No importa, Juan. Tendrá el sabor de las manos de mi Madre».

Juan extrae sus tesoros de la bolsa que había dejado en un rincón, y veo preparar de una manera extraña el pescado seco: lo mojan unos instantes en agua caliente, después le untan y le asan directamente sobre el fuego.

Jesús bendice el alimento y se sienta con el discípulo a la mesa. También están sentados el dueño de la casa — oigo que le llaman Jonás — y su hijo. La madre va y viene con el pescado, aceitunas negras y verduras hervidas y condimentadas con aceite. Jesús ofrece miel. La extiende en el pan y se la ofrece a la madre. «Es de mi colmena» dice. «Mi Madre cuida las abejas. Cómela. Es buena. Tú eres tan buena conmigo, María, que mereces esto y más» añade, porque la mujer no querría privarle de esta dulce miel.

La cena termina rápidamente en medio de una breve conversación. Nada más acabar, después de dar las gracias por el alimento recibido, Jesús dice a Juan: «Ven. Salgamos un poco al olivar. La noche está templada y clara. Será agradable estar un poco afuera».

El dueño de la casa dice: «Maestro, yo me despido de ti. Estoy cansado, y también mi hijo. Vamos a descansar. Dejo la puerta entornada y el candil encima de la mesa. Ya sabes cómo se hace».

«Sí, claro, Jonás, vete a descansar. Y apaga también el candil. Hay una luz de luna tan clara, que veremos incluso sin él».

«Y tu discípulo, ¿dónde va a dormir?».

«Conmigo. En mi estera hay sitio también para él. ¿Verdad, Juan?».

Juan, ante la idea de dormir al lado de Jesús, entra en éxtasis.

70.3

Salen al olivar — previamente Juan ha cogido algo del talego que había puesto en el rincón. Caminan un poco y llegan a una prominencia del terreno desde la que se ve toda Jerusalén.

«Sentémonos aquí y hablemos entre nosotros» dice Jesús.

Juan, sin embargo, prefiere sentarse a sus pies, sobre la hierba corta. Apoya el brazo en las rodillas de Jesús. Reclina la cabeza sobre el brazo. Y mira cada poco a su Jesús. Parece un niño junto a la persona que más quiere. «Desde aquí es bonito, Maestro. Mira qué grande parece la ciudad de noche; más que de día».

«Es porque la luz de la luna difumina sus contornos. Observa: parece como si el límite se ensanchara en una luminosidad de plata. Mira la cúspide del Templo, allí arriba. ¿No parece suspendida en el vacío?».

«Parece que la llevan los ángeles en sus alas de plata».

Jesús suspira.

«¿Por qué suspiras, Maestro?».

«Porque los ángeles han abandonado el Templo. Su aspecto de pureza y santidad está sólo circunscrito a los muros. Quienes deberían dárselo en el alma — porque todo lugar también tiene su alma, o sea, el espíritu en virtud del cual fue erigido, y el Templo tiene, debería tener, alma de oración y santidad — son los primeros en quitárselo. No se puede dar lo que no se tiene, Juan. Y si muchos son los sacerdotes y los levitas que viven allí, no hay ni siquiera una décima parte que sea apta para dar vida al Lugar Santo. Dan muerte. Le comunican la muerte que hay en su espíritu muerto a lo santo. Tienen las fórmulas, pero no la vida de ellas. Son cadáveres, sólo calientes por la putrefacción que los hincha».

«¿Te han maltratado, Maestro?» — Juan está todo apenado.

«No. Es más, me han dejado hablar cuando lo he solicitado».

«¿Lo has solicitado? ¿Por qué?».

«Porque no quiero ser Yo el que empieze la guerra. La guerra vendrá igualmente, porque Yo infundiré miedo, un estúpido miedo humano, a algunos, y seré un reproche para otros; pero esto debe estar en su libro, no en el mío».

70.4

Después de un momento de silencio, Juan habla otra vez; dice: «Maestro... yo conozco a Anás y a Caifás. Por necesidades de negocios, mi familia ha estado en relaciones con ellos, y, cuando yo estaba en Judea, por Juan, iba también al Templo, y ellos eran amables con el hijo de Zebedeo. Mi padre piensa siempre en ellos con el mejor pescado. Es costumbre, ¿sabes? Si se quiere tenerlos como amigos — continuar teniéndolos — hay que hacerlo así...».

«Lo sé». Jesús está serio.

«Bueno, pues si lo ves oportuno, le hablaré de ti al Sumo Sacerdote. Y luego... si quieres, yo conozco a uno que está en relación de negocios con mi padre. Es un mercader de pescado. Tiene una casa bonita y grande junto al Hípico, porque son personas ricas, y también muy buenas. Estarías más cómodo y te cansarías menos. Además, para venir hasta aquí se tiene que atravesar ese suburbio de Ofel, tan desordenado y siempre lleno de asnos y de muchachos pendencieros».

«No, Juan. Te lo agradezco, pero estoy bien aquí. ¿Ves cuánta paz? Se lo he dicho también esto al otro discípulo que me hacía la misma propuesta. Él decía: “Para estar mejor considerado”».

«Yo lo decía para que te cansaras menos».

«No me canso. Por mucho que camine, no me cansaré jamás. ¿Sabes qué es lo que me cansa? La falta de amor. ¡Oh, eso,... qué carga!... Es como si llevara un peso en el corazón».

«Yo te amo, Jesús».

«Sí, y me consuelas. Te quiero mucho, Juan, te querré siempre porque tú no me traicionarás nunca».

«¡Traicionarte! ¡Oh!».

«Y, sin embargo, habrá muchos que me traicionen...

70.5

Juan, escucha. Te he dicho que me detuve aquí para aleccionar a un nuevo discípulo. Es un joven judío, instruido y conocido».

«Entonces tendrás que trabajar mucho menos que con nosotros, Maestro. Me alegro de que tengas alguno más capacitado que nosotros».

«¿Crees que tendré que trabajar menos?».

«¡Digo yo! Si es menos ignorante que nosotros, te entenderá mejor y te servirá mejor, sobre todo si te ama mejor».

«Exacto. Tú lo has dicho. Pero el amor no está en razón de la instrucción, y tampoco la formación. Quien es virgen ama con toda la fuerza de su primer amor. Esto también vale para las virginidades del pensamiento. Lo amado penetra y se imprime más en un corazón y en un pensamiento vírgenes que no en uno en el que ya haya habido otros amores. Pero, si Dios quiere... Escucha, Juan, te ruego que seas un amigo para él. Mi corazón tiembla ante la idea de ponerte a ti, cordero intonso, junto al experto de la vida; pero, por otra parte, se calma, porque sabe que tú serás, sí, cordero, pero también águila, y si el experto quiere hacerte tocar el suelo, siempre fangoso, el suelo de la cordura humana, tú, con un batir de alas, sabrás liberarte y querer sólo el azul y el sol. Por eso te ruego que... conservándote a ti mismo como eres, seas amigo del nuevo discípulo, que no será muy estimado por Simón Pedro ni por otros, para transfundirle tu corazón...».

«¡Oh, Maestro! ¿Pero no bastas Tú?».

«Yo soy el Maestro. A mí no se me dirá todo. Tú eres el condiscípulo, poco más joven, con quien será más fácil abrirse. No digo que me refieras lo que él te diga. Odio a los espías y a los traidores. Sí te pido que le evangelices con tu fe y caridad, con tu pureza, Juan. Es una tierra contaminada por aguas muertas; hay que secarla con el sol del amor, purificarla con la honestidad de pensamientos, deseos y obras, cultivarla con la fe. Tú puedes hacerlo».

«Si crees que puedo... ¡sí! Si Tú dices que puedo hacerlo, lo haré. Por amor tuyo...».

«Gracias, Juan».

70.6

«Maestro, has hablado de Simón Pedro, y me he acordado de lo primero que tenía que decirte. La alegría de oírte me lo había alejado del pensamiento. Después de volver a Cafarnaúm, pasada la fiesta de Pentecostés, encontramos la consabida suma de ese desconocido. El niño se la había llevado a mi madre. Yo se la di a Pedro y él me la devolvió diciendo que la usase un poco para el regreso y la estancia en Doco y que el resto te lo trajera a ti para lo que pudieras necesitar... porque también Pedro pensaba que éste es un lugar incómodo... Pero Tú dices que no... Yo sólo he sacado dos denarios para dos pobrecillos que encontré cerca de Efraím. Por lo demás, me he mantenido con lo que me había dado mi madre y lo que me han dado algunas buenas personas a las que he predicado tu Nombre. Aquí tienes la bolsa».

«Se la distribuiremos mañana a los pobres. Así también Judas aprenderá nuestras costumbres».

«¿Ha venido tu primo? ¿Cómo se las ha arreglado para darse tanta prisa? Estaba en Nazaret y no me habló de partir...».

«No. Judas es el nuevo discípulo. Es de Keriot. Tú le has visto por Pascua, aquí, la tarde de la curación de Simón. Estaba con Tomás».

«¡Ah! ¿es él?». — Se le nota un poco turbado a Juan.

«Es él. ¿Y Tomás qué hace?».

«Ha obedecido lo que habías dicho, dejando a Simón Cananeo y yendo por la vía del mar al encuentro de Felipe y Bartolomé».

«Sí, quiero que os améis sin preferencias, ayudándoos mutuamente, comprendiéndoos mutuamente. Nadie es perfecto, Juan. Ni los jóvenes ni los viejos. Pero si tenéis buena voluntad llegaréis a la perfección; lo que os falte lo pondré Yo. Vosotros sois como los hijos de una santa familia. En ella hay muchos caracteres distintos. Uno es fuerte; el otro, dulce o valiente o tímido o impulsivo o muy cauto. Si todos fuerais iguales, constituiríais una potencia en un carácter, pero estaríais incompletos en todos los demás; mientras que así formáis una unión perfecta porque os completáis unos a otros. El amor os une — debe uniros —, el amor por la causa de Dios».

«Y por ti, Jesús».

«Primero la causa de Dios y luego el amor hacia su Cristo».

«Yo... ¿qué soy yo en nuestra familia?».

«Eres la paz amorosa del Cristo de Dios.

70.7

¿Estás cansado, Juan?

¿Quieres regresar? Yo me quedo a orar».

«Yo también me quedo a orar contigo. Déjame quedarme a orar contigo».

«Bien, quédate».

Jesús recita algunos salmos y Juan le sigue; pero la voz se apaga, y el apóstol se queda dormido con la cabeza en el regazo de Jesús, que sonríe y extiende su manto sobre los hombros del durmiente y continúa orando mentalmente.

La visión termina así.

ECR 70.1

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

70.1 Veo a Jesús dirigiéndose a la baja y blanca casa que hay en medio del olivar. Un jovencito le saluda. Parece del lugar porque tiene en las manos los utensilios para podar y sachar.

«Dios sea contigo, Rabí. Tu discípulo Juan ha venido, pero se ha vuelto a marchar, a buscarte».

«¿Hace mucho?».

«No, acaba de cruzar aquel sendero. Creíamos que vendrías por la parte de Betania...».

Jesús se encamina ligero, da la vuelta a una prominencia del terreno (...).