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Notas del tema

Personajes principales y secundarios

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ECR 21

El Evangelio como me ha sido revelado

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Título del capítulo : Visita a Isabel

Fecha de la visión: Sábado 1 de abril de 1944

Calendario: Domingo 24 de marzo d.C. -5

Localización (mapa) : Hebrón

Ciclo: Nacimiento e infancia de Jesús

Resumen: María llega a Hebrón. María describe el lugar, luego describe más concretamente la llegada de la Virgen. Se detiene ante una casa bastante lujosa, donde no falta de nada, y la Inmaculada Concepción intenta hacer notar su presencia. Una ancianita curiosa le presenta una campanilla y la bombardea a preguntas. Afortunadamente, llegó un criado -probablemente un jardinero- y salvó a la Madre de las habladurías. María entró rápidamente después de dar las gracias a la ancianita. El criado la lleva dentro y le cuenta lo que ha sucedido en la casa: habla del parto de Isabel, pero también del silencio de Zacarías, que ya no puede hablar. Intenta llamar a su mujer, Sara, que es otra criada, pero en su lugar llega Isabel. Ella ve a María, María ve a Isabel, y ambas corren la una hacia la otra. Se estrechan en un cálido abrazo, y es entonces cuando el Espíritu Santo envuelve a Isabel. El Precursor es santificado, y Juan el Bautista se vuelve sin mancha. Isabel y María pronuncian las palabras del Evangelio, y entonces llega Zacarías, pero no es consciente del estado espiritual de María. En cambio, pregunta por la Virgen y José, e Isabel se limita a decirle que es madre. Pero ninguno de los dos dijo nada más.

A continuación, María escribe sobre cómo recibió la visión y declara que vio a María en la sepultura de Cristo.

Contenido del capítulo: 21.1: A través de las montañas de Judea. 21.2: La rica finca de Zacarías en Hebrón. 21.3: La extraña campana y la apertura de la puerta. 21.4: El viejo Samuel da noticias de Zacarías e Isabel. 21.5: El abrazo de Isabel y María, la iluminación interior, el Magnificat. 21.6: La llegada de Zacarías. 21.7: Visiones según sus necesidades espirituales.

ECR 21.3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Sepa que Isabel es anciana, y también Zacarías. Y ahora, además de sordo, está mudo. Los dos sirvientes son también viejos, ¿sabe?

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Una ancianita, que vio a María acercarse a la casa de Zacarías e Isabel, le enseña a tocar la campanilla para darse la bienvenida y le habla de los dueños de la casa.

ECR 21.3-4.6

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

21.3 María se baja del burrito y se acerca a la puerta de hierro. Mira por entre las barras. No ve a nadie. Entonces trata de que la oigan. Una mujercita (la más curiosa de todas, que la ha seguido) le hace señales para que se fije en un extraño objeto que sirve para llamar: dos piezas de metal dispuestas en equilibrio en una especie de yugo, las cuales, moviendo el yugo con una gruesa cuerda, chocan entre sí haciendo el sonido de una campana o de un gong.

María tira de la cuerda, pero lo hace de forma tan delicada que el sonido es sólo un ligero tintineo que nadie oye. Entonces la mujercita, una viejecilla toda ella nariz y barbilla puntiaguda, y con una lengua que vale por diez juntas, se agarra a la cuerda y se pone a tirar, a tirar, a tirar. Una llamada que despertaría a un muerto. «Se hace así, mujer. Si no, ¿cómo va a querer que la oigan? Sepa que Isabel es anciana, y también Zacarías. Y ahora, además de sordo, está mudo. Los dos sirvientes son también viejos, ¿sabe? ¿Ha venido alguna otra vez? ¿Conoce a Zacarías? ¿Es usted...?».

Aparece un viejecillo renco que salva a María de este diluvio de informaciones y preguntas. Debe ser jardinero o labrador. Lleva en la mano un pequeño rastrillo y una hoz atada a la cintura. Abre. María entra mientras le da las gracias a la mujer, pero... ¡ay!, la deja sin respuesta. ¡Qué desilusión para la curiosa!

Nada más entrar, dice: «Soy María de Joaquín y Ana, de Nazaret. Prima de vuestros señores».

21.4 El viejecillo inclina la cabeza y saluda, luego da una voz: «¡Sara! ¡Sara!». Y abre otra vez la verja para coger el borriquillo, que se había quedado afuera porque María, para librarse de la pegajosa mujercita, se había colado dentro muy rápida, y el jardinero, tan rápidamente como Ella, había cerrado la verja delante de las narices de la chismosa. Pasa al burro y, mientras lo hace, dice: «¡Ah..., gran dicha y gran desgracia para esta casa! El Cielo ha concedido un hijo a la estéril. ¡Bendito sea por ello el Altísimo! Pero Zacarías volvió de Jerusalén mudo hace ya siete meses. Se hace entender con gestos, o escribiendo. ¿Ha tenido noticia de ello? Mi señora, en medio de esta alegría y este dolor, la ha echado mucho de menos. Siempre hablaba de usted con Sara. Decía: “¡Si estuviese aquí conmigo mi pequeña María...! Si hubiera seguido hasta ahora en el Templo, habría enviado a Zacarías a traerla. Pero el Señor ha querido que fuese la esposa de José de Nazaret. Sólo Ella podría consolarme en este dolor y ayudarme a rezar a Dios, porque todo en Ella es bondad. En el Templo todos la echan de menos y están tristes. La pasada fiesta, cuando fui con Zacarías la última vez a Jerusalén a dar gracias a Dios por haberme dado un hijo, oí de sus maestras estas palabras: ‘Al Templo parecen faltarle los querubines de la Gloria desde que la voz de María no suena ya entre estas paredes’ ”. ¡Sara! ¡Sara! Mi mujer es un poco sorda. Ven, ven, que te llevo yo». (...)

[Isabel llega mientras tanto y tiene lugar la Visitación].

21.6 El sirviente, cuando había visto que Isabel no se sentía mal y que quería manifestar su pensamiento a María, se había retirado prudentemente; ahora vuelve del huerto acompañado de un anciano de aspecto majestuoso, de barba y pelo enteramente blancos, el cual, con vistosos gestos y sonidos guturales, saluda desde lejos a María. (...)

Zacarías, con gestos, da la bienvenida a María, y juntos van donde Isabel. Entran todos en una vasta habitación, muy bien puesta, de la planta baja. Ofrecen asiento a María y mandan que le sirvan una taza de leche recién ordeñada — todavía tiene la espuma — y unas pequeñas tortas.

Isabel da órdenes a la sirvienta, quien, embadurnadas de harina todavía las manos y el pelo más blanco de cuanto en realidad lo es, por la harina que tiene, por fin ha hecho acto de presencia. Quizás estaba haciendo el pan. Da órdenes también al sirviente — al que oigo llamar Samuel — para que lleve el baulillo de María a la habitación que le indica. Todos los deberes de una señora de casa para con su huésped.

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Este capítulo describe a un criado de Zacarías e Isabel, el marido de la anciana Sara, que también fue criado de los padres de Juan el Bautista. Probablemente era jardinero.

ECR 21.4

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«¡Ah..., gran dicha y gran desgracia para esta casa! El Cielo ha concedido un hijo a la estéril. ¡Bendito sea por ello el Altísimo! Pero Zacarías volvió de Jerusalén mudo hace ya siete meses. Se hace entender con gestos, o escribiendo. ¿Ha tenido noticia de ello? Mi señora, en medio de esta alegría y este dolor, la ha echado mucho de menos. Siempre hablaba de usted con Sara. Decía: “¡Si estuviese aquí conmigo mi pequeña María...! Si hubiera seguido hasta ahora en el Templo, habría enviado a Zacarías a traerla. Pero el Señor ha querido que fuese la esposa de José de Nazaret. Sólo Ella podría consolarme en este dolor y ayudarme a rezar a Dios, porque todo en Ella es bondad. En el Templo todos la echan de menos y están tristes. La pasada fiesta, cuando fui con Zacarías la última vez a Jerusalén a dar gracias a Dios por haberme dado un hijo, oí de sus maestras estas palabras: ‘Al Templo parecen faltarle los querubines de la Gloria desde que la voz de María no suena ya entre estas paredes’ ”. ¡Sara! ¡Sara! Mi mujer es un poco sorda. Ven, ven, que te llevo yo».

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Un criado de la casa de Isabel se dirigió a María y le dijo:

ECR 21.5

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

En vez de Sara, aparece, en la parte alta de una escalera adosada a un lado de la casa, una mujer ya muy anciana, ya llena de arrugas, con el pelo muy canoso — pero que ha debido ser negrísimo, a juzgar por lo negras que tiene las pestañas y las cejas y por el color moreno de su cara —. Contrasta en modo extraño, con su visible vejez, su estado, ya muy patente, a pesar de la ropa amplia y suelta que lleva. Mira protegiéndose los ojos de la luz con la mano. Reconoce a María. Levanta los brazos hacia el cielo con una exclamación de asombro y de alegría, y se apresura, en la medida en que puede, hacia abajo al encuentro de la recién llegada. Y María — cuyos movimientos son siempre moderados — esta vez se echa a correr rápida como un cervatillo y llega al pie de la escalera al mismo tiempo que Isabel. Y recibe en su pecho con viva efusión de afecto a su prima, que, al verla, llora de alegría.

Permanecen abrazadas un momento. Luego Isabel se separa con una exclamación de dolor y alegría al mismo tiempo, y se lleva las manos al abultado vientre. Agacha la cabeza, palideciendo y sonrojándose alternativamente. María y el sirviente extienden los brazos para sujetarla, pues ella vacila como si se sintiera mal.

Pero Isabel, después de un minuto de estar como recogida dentro de sí, alza su rostro, tan radiante que parece rejuvenecido, mira a María sonriendo con veneración como si estuviera viendo un ángel y se inclina en un intenso saludo diciendo: «¡Bendita tú entre todas las mujeres! ¡Bendito el Fruto de tu vientre! (lo dice así, dos frases bien separadas) ¿Cómo he merecido que venga a mí, sierva tuya, la Madre de mi Señor? Sí, ante el sonido de tu voz, el niño ha saltado en mi vientre como jubiloso, y cuando te he abrazado el Espíritu del Señor me ha dicho una altísima verdad en el corazón. ¡Dichosa tú, porque has creído que a Dios le fuera posible lo que posible no aparece a la humana mente! ¡Bendita tú, que por tu fe harás realidad lo que te ha sido predicho por el Señor y fue predicho a los Profetas para este tiempo! ¡Bendita tú, por la Salud que engendras para la estirpe de Jacob! ¡Bendita tú, por haber traído la Santidad a este hijo mío que siento saltar de júbilo en mi vientre como cabritillo alborozado porque se siente liberado del peso de la culpa, llamado a ser el precursor, santificado antes de la Redención por el Santo que se está desarrollando en ti!».

María, con dos lágrimas como perlas, que le bajan desde los risueños ojos hasta la boca sonriente, el rostro alzado hacia el cielo, levantados también los brazos, en la posición que luego tantas veces tendrá su Jesús, exclama: «El alma mía magnifica a su Señor» y continúa el cántico como nos ha sido transmitido. Al final, en el versículo: «Ha socorrido a Israel, su siervo etc»., recoge las manos sobre el pecho y se arrodilla muy curvada hacia el suelo adorando a Dios.

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Un anciano dejó entrar a María en casa de Isabel y Zacarías y llamó a su mujer Sara.

ECR 21.6-7

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

21.6 El sirviente, cuando había visto que Isabel no se sentía mal y que quería manifestar su pensamiento a María, se había retirado prudentemente; ahora vuelve del huerto acompañado de un anciano de aspecto majestuoso, de barba y pelo enteramente blancos, el cual, con vistosos gestos y sonidos guturales, saluda desde lejos a María.

«Zacarías está llegando» dice Isabel tocando en el hombro a la Virgen, que está orando absorta. «Mi Zacarías está mudo. Está bajo sanción divina por no haber creído. Ya te contaré luego. Ahora espero en el perdón de Dios porque has venido tú; tú, llena de Gracia».

María se levanta. Va hacia Zacarías. Se inclina hasta el suelo ante él. Le besa la orla de la vestidura blanca que le cubre hasta los pies. Esta vestidura es muy amplia y está sujeta a la cintura por una ancha franja bordada.

Zacarías, con gestos, da la bienvenida a María, y juntos van donde Isabel. Entran todos en una vasta habitación, muy bien puesta, de la planta baja. Ofrecen asiento a María y mandan que le sirvan una taza de leche recién ordeñada — todavía tiene la espuma — y unas pequeñas tortas.

Isabel da órdenes a la sirvienta, quien, embadurnadas de harina todavía las manos y el pelo más blanco de cuanto en realidad lo es, por la harina que tiene, por fin ha hecho acto de presencia. Quizás estaba haciendo el pan. Da órdenes también al sirviente — al que oigo llamar Samuel — para que lleve el baulillo de María a la habitación que le indica. Todos los deberes de una señora de casa para con su huésped.

Entretanto, María responde a las preguntas que Zacarías le hace escribiendo con un estilo en una tablilla encerada. Por las respuestas, comprendo que le está preguntando por José y por cómo se encuentra siendo su prometida. Y comprendo también que a Zacarías le es negada toda luz sobrenatural acerca de la gravidez de María y su condición de Madre del Mesías. Es Isabel quien, acercándose a su marido y poniéndole con amor una mano en el hombro, como para hacerle una casta caricia, le dice: «María también es madre. Regocíjate por su felicidad». Y no dice nada más. Mira a María; y María la mira, pero no la invita a decir nada más, por lo cual guarda silencio.

¡Dulce, dulcísima visión que me cancela el horror que me quedó al ver el suicidio de Judas!

Anotación

Lucas 1, 5-25 : En tiempos de Herodes el Grande, rey de Judea, había un sacerdote de los abianitas llamado Zacarías. Su mujer era también descendiente de Aarón; se llamaba Isabel. Ambos eran justos ante Dios: seguían todos los mandamientos y preceptos del Señor de manera intachable. No tuvieron hijos, pues Elisabet era estéril, y ambos eran de edad avanzada. Mientras Zacarías servía a Dios durante el tiempo asignado a los sacerdotes de su grupo, fue elegido por sorteo, según la costumbre de los sacerdotes, para ir a ofrecer incienso en el santuario del Señor. Toda la multitud estaba orando fuera a la hora de la ofrenda del incienso. Se le apareció el ángel del Señor, de pie a la derecha del altar del incienso. Al verlo, Zacarías se estremeció y sintió miedo.

El ángel le dijo: "No temas, Zacarías, porque tu oración ha sido escuchada: tu mujer Isabel te dará a luz un hijo, y le pondrás por nombre Juan. Te alegrarás y te regocijarás, y muchos se alegrarán de su nacimiento, porque será grande ante el Señor. No beberá vino ni sidra, y estará lleno del Espíritu Santo desde el seno de su madre; hará que muchos hijos de Israel vuelvan al Señor, su Dios; irá delante, en presencia del Señor, con el espíritu y el poder del profeta Elías, para hacer volver el corazón de los padres hacia sus hijos, para hacer volver a los rebeldes a la sabiduría de los justos, y para preparar al Señor un pueblo bien dispuesto."

Entonces Zacarías dijo al ángel: "¿Cómo voy a saber que esto sucederá? Porque yo soy un anciano y mi mujer es anciana".

El ángel respondió: "Soy Gabriel y estoy en presencia de Dios. He sido enviado para hablarte y darte esta buena noticia. Pero he aquí que serás silenciado y no podrás hablar hasta el día en que se cumpla, porque no has creído en mis palabras; se cumplirán a su tiempo.

El pueblo esperaba a Zacarías y se extrañó de que se quedara en el santuario. Cuando salió, no pudo hablarles, y comprendieron que había tenido una visión en el santuario. Les hizo señales y permaneció en silencio. Cuando terminó su tiempo de servicio litúrgico, se fue a casa. Algún tiempo después, su esposa Isabel concibió un hijo. Durante cinco meses lo mantuvo en secreto. Se dijo a sí misma: "Esto es lo que el Señor ha hecho por mí, en estos días en que ha puesto sus ojos para borrar lo que era mi vergüenza ante los hombres".

ECR 22

El Evangelio como me ha sido revelado

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Título del capítulo : Los días pasados en Hebrón. Los frutos de la caridad de María hacia Isabel.

Fecha de la visión y del dictado: Domingo 2 de abril de 1944

Calendario: Abril del año 5-5

Localización (mapa) : Hebrón

Ciclo: Nacimiento e infancia de Jesús

Resumen: María vive en Hebrón. Isabel llega cerca de ella y hablan de sus respectivas maternidades. La mujer de Zacarías ya no sufre ahora que la Virgen está aquí, pero antes sufría mucho a causa de su vejez. María, en comparación, no sufre, pero no tiene el peso de la Falta.

Isabel quería hilar ropa para Juan el Bautista, pero María dijo que ella haría el trabajo por ella. La Virgen argumentó que tenía mucho tiempo y que primero pensaría en su prima, ya que el nacimiento del Precursor era inminente. Después pensaría en su hijo, Jesús.

Fue entonces cuando la Inmaculada Concepción reveló a Isabel el nombre de su Hijo y le reveló su angustia. María conocía a los profetas, y ya intuía que Jesús sería el Cordero, el Varón de dolores. Isabel la consuela, sin embargo, diciéndole que Dios estará con ella y que su hijo será amado por los siglos de los siglos.

Las dos mujeres hablan entonces de Zacarías, que es mudo. Esto causó una gran pena a su esposa. Ella esperaba que, cuando naciera el niño, éste pudiera volver a hablar. La bendita madre desea que su hijo se llame Juan, y revela su sufrimiento a su prima. Para distraerla, María le propone salir al exterior y se encuentran cerca de un pequeño rebaño de corderos.

La visión cambia; esta vez, el tiempo ha pasado. María va a buscar a Isabel. Hablan de Jesús y de su aparición. Luego hablan de José, y María le dice que ha dejado que Dios intervenga. Aparte de Isabel, nadie debía saber de su maternidad divina, e Isabel, que lo comprendió, le señaló que incluso se lo había dicho a Zacarías. Zacarías entró entonces y María rezó las oraciones. Ella exhorta al sacerdote a creer en la misericordia de Dios, porque el hombre piensa que nunca podrá volver a hablar.

Por último, María da una lección sobre la caridad, sobre cómo hacer crecer en nosotros los dones de Dios. Debemos ser siempre caritativos, no egoístas. También nos da una lección sobre el paso del tiempo: Dios es su dueño, y ayuda a los que esperan en Él. "El egoísmo no adelanta nada, lo retrasa todo. La caridad no retrasa nada, hace avanzar las cosas". Por último, la Madre señala que encontró mucha paz en casa de Isabel, y que si no la hubiera atormentado el pensamiento de José y de su Hijo, el Redentor del mundo, habría sido feliz. Pero María significa a la vez luz y amargura...

Contenido del capítulo: 22.1: María cose para el hijo de Isabel. 22.2: Isabel se siente mucho mejor desde la visita de María. 22.3: María se conmueve al pensar en el Varón de dolores de Isaías. 22.4: Isabel se angustia por el silencio de Zacarías. 22.5: Paseo por el jardín entre palomas, cabritos y corderos. 22.6: María hila y teje. 22.7: Imagina cómo será su hijo. 22.8: Dios revela el misterio a José. 22.9: Zacarías habla de nuevo. El Mesías nacerá en Belén. 22.10: Amor al prójimo. 22.11: Mi amor al prójimo y mi amor a Dios. 22.12: La caridad hace que las cosas sucedan. 22.13: Amargura mezclada con dulzura.

ECR 22.1-5

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

22.1 Veo a María cosiendo sentada en la sala de la planta baja. Parece que es por la mañana. Isabel va y viene, ocupándose de la casa. Cada vez que entra, se acerca a depositar una caricia en la rubia cabeza de María, más rubia aún ahora por el contraste con las paredes, más bien oscuras, y bajo el rayo del luminoso sol que entra por la puerta abierta que da al jardín.

Isabel se inclina a mirar el trabajo de María — es el bordado que tenía en Nazaret — y alaba su belleza.

«Tengo también lino para hilar» dice María.

«¿Para tu Niño?».

«No. Lo tenía ya cuando todavía no pensaba que...». María no acaba la frase, pero yo entiendo: «... cuando todavía no pensaba que iba a ser Madre de Dios».

«Pero ahora tendrás que usarlo para Él. ¿Es bonito? ¿Es fino? Ya sabes que los niños necesitan una tela suavísima».

«Sí, lo sé».

«Yo había empezado... Tarde, porque quería estar segura de que no era un engaño del Maligno; a pesar de que... sentía en mí una alegría tal, que, no, no podía provenir de Satanás. Luego... he sufrido mucho. Soy vieja, María, para encontrarme en este estado.

22.2 He sufrido mucho. Tú no sufres...».

«Yo no. Nunca me he sentido tan bien».

«¡Ya! ¡Claro! En ti no hay mancha, si Dios te ha elegido para ser Madre suya. Por tanto, no estás sujeta a los sufrimientos de Eva. El Fruto concebido en ti es santo».

«Es como si tuviera un ala en el corazón y no un peso; es como llevar dentro todas las flores y todas las avecillas que cantan en primavera, y toda la miel y todo el sol... ¡Oh, me siento dichosa!».

«¡Bendita eres! Yo también, desde que te he visto, he dejado de sentir peso, cansancio y dolor. Me siento nueva, joven, liberada de las miserias de mi carne de mujer. Mi hijo saltó primero dichoso ante el sonido de tu voz, luego se tranquilizó gozoso. Y me parece como si le llevase dentro en una cuna viva, y como si le viera dormir completamente satisfecho y dichoso, y respirar como un pajarito feliz bajo el ala de su madre...

22.3 Ahora me voy a poner manos a la obra. No sentiré ya el peso. Veo poco, pero...».

«¡Deja, Isabel! Me encargo yo de hilar y tejer para ti y para tu niño. Yo soy rápida y veo bien».

«Pero tendrás que ocuparte del tuyo...».

«¡Bueno, hay tiempo de sobra!... Primero me ocuparé de ti, que ya vas a tener pronto al pequeñuelo; luego de mi Jesús».

Decirle lo dulce de la expresión y voz de María, decirle cómo se aljofara su ojo de un suave, dichoso llanto, cómo Ella sonríe al pronunciar este Nombre, mirando al cielo luminoso y azul, es superior a las posibilidades humanas. Parece como si el éxtasis la arrobara por el solo hecho de pronunciar «Jesús».

Isabel dice: «¡Qué nombre más hermoso! ¡El Nombre del Hijo de Dios, Salvador nuestro!».

«¡Oh..., Isabel!». María revela una expresión tristísima y ha aferrado las manos que su parienta tenía cruzadas sobre el vientre abultado. «Dime, tú que, cuando yo llegué, fuiste investida del Espíritu del Señor y que profetizaste lo que el mundo ignora. Dime, ¿qué tendrá que hacer para salvar al mundo mi Criatura? Los Profetas... ¡Oh!... ¡Los Profetas que hablan del Salvador!... Isaías... ¿recuerdas Isaías! “Él es el Varón de los dolores. Por sus moretones recibimos la salud. Él ha sido traspasado y está llagado por nuestras iniquidades... Plugo al Señor quebrantarle con dolores... Tras la condena fue levantado...” ¿De qué elevación habla? Le llaman Cordero, y yo pienso... yo pienso en el cordero pascual, el cordero mosaico, y concateno esto con la serpiente que Moisés levantó en una cruz. ¡Isabel!... ¡Isabel! ¿Qué le harán a mi Criatura? ¿Qué tendrá que sufrir para salvar al mundo?». María se echa a llorar.

Isabel la quiere consolar diciendo: «María, no llores. Es tu Hijo, pero también es Hijo de Dios. Dios se preocupará de su Hijo y de ti, que eres su Madre. Si bien es cierto que muchos le tratarán cruelmente, también lo es que otros muchos le amarán. ¡Muchos!... Por los siglos de los siglos. El mundo dirigirá su mirada al que de ti nacerá y, junto con Él, te bendecirá a ti, que eres Manantial de redención. ¡La suerte de tu Hijo! Proclamado Rey de toda la creación. Piensa en esto, María. Rey, por haber rescatado toda la creación; como tal, será su Rey universal. Y también en la tierra, en el tiempo, será amado. El que nacerá de mí precederá al tuyo y le amará. Se lo dijo el ángel a Zacarías. Él me lo escribió...

22.4 ¡Qué dolor ver mudo a mi Zacarías! De todas formas, espero que cuando nazca el niño el padre sea liberado de este castigo. Pide tú por ello, tú que eres la Sede de la Potencia de Dios y la Causa de la alegría del mundo. Yo, para obtener esto, como puedo hago ofrenda de mi criatura al Señor, porque es suya, pues Él se la ha prestado a su sierva para proporcionarle la alegría de ser llamada “madre”. Es el testimonio de cuanto Dios me ha hecho. Quiero que se llame Juan. ¿No es él, mi niño, acaso, una gracia? Y ¿no es Dios quien me la ha dado?».

«Y Dios — yo también estoy convencida de ello — te concederá esa gracia. Yo oraré... contigo».

«¡Siento tanto dolor viéndole mudo!...». Isabel llora. «Cuando escribe — pues ya no puede hablarme — es como si montes y mares estuvieran entre mí y mi Zacarías. Después de tantos años de dulces palabras, ahora sólo silencio de su boca... sobre todo ahora, que sería verdaderamente hermoso hablar del que ha de venir. Incluso yo misma evito hablar para no verle cómo se fatiga respondiéndome con gestos. ¡He llorado tanto...! ¡Cuánto te he echado de menos! El pueblo mira, chismosea y critica. El mundo es así. Cuando se padece una pena o se tiene una alegría, tenemos necesidad de alguien capaz de comprender, no de criticar. Ahora es como si toda la vida fuera mejor. Estoy alegre desde que llegaste; siento que mi prueba pronto quedará superada y que pronto mi dicha será completa. Será así, ¿no es verdad? Yo me resigno a todo, pero... ¡si Dios perdonara a mi marido! ¡Oh, poder oírle orar de nuevo!...».

22.5 María la acaricia y la anima, y le propone, para distraerla, salir un poco al soleado jardín.

Caminan bajo una pérgola bien cuidada, hasta una torrecilla rural, en cuyos agujeros hacen sus nidos las palomas.

María les esparce comida sonriendo, pues se le han echado encima zureando intensamente. Su revoloteo dibuja en torno a Ella círculos iridiscentes. Se le posan sobre la cabeza, sobre los hombros, en los brazos y en las manos, alargando los picos rosados para arrebatarle los granitos de la concavidad de las manos, picoteando con gracia los róseos labios de la Virgen, y los dientes, que le brillan con el sol. María saca de un saquito el blondo trigo, y ríe en medio de ese carrusel de avidez impetuosa.

«¡Cuánto te quieren!». dice Isabel. «Pocos días llevas con nosotros y ya te quieren más que a mí, que las he cuidado siempre».

El paseo continúa hasta llegar a un recinto cerrado en el fondo del huerto. Hay unas veinte cabritas con sus cabritillos.

«¿Has vuelto del pasto?». pregunta María a un pastorcillo acariciándole.

«Sí, porque mi padre me ha dicho: “Vete a casa, que dentro de poco va a llover y hay ovejas que pronto van a parir. Preocúpate de que tengan hierba seca y cama de paja preparada”. Viene por allí». Y señala hacia más allá del bosque, de donde llega un trémulo balitar.

María acaricia a un cabritillo que se restriega en ella, rubio como un niño. Y ella e Isabel beben la leche recién ordeñada que el pastorcillo les ofrece.

Llegan las ovejas con un pastor hirsuto como un oso. Debe ser, no obstante, un buen hombre porque lleva sobre sus hombros una oveja quejumbrosa. La deja en el suelo despacio; explica que está para dar a luz un cordero, que no podía caminar sino con dificultad, que se la ha puesto sobre los hombros y que se ha dado una buena carrera para llegar a tiempo. Y el niño conduce al redil a la oveja, que va cojeando a causa de los dolores.

María se ha sentado en una piedra y juega con los cabritillos y los corderos, ofreciendo a sus rosados morritos flores de trébol. Un cabritillo blanco y negro le pone las patitas sobre un hombro y le olisquea los cabellos. «No es pan» dice María riendo. «Mañana te traigo una corteza. Ahora tranquilo».

También Isabel, ya sosegada, ríe.

ECR 22.2

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«¡Bendita eres! Yo también, desde que te he visto, he dejado de sentir peso, cansancio y dolor. Me siento nueva, joven, liberada de las miserias de mi carne de mujer. Mi hijo saltó primero dichoso ante el sonido de tu voz, luego se tranquilizó gozoso. Y me parece como si le llevase dentro en una cuna viva, y como si le viera dormir completamente satisfecho y dichoso, y respirar como un pajarito feliz bajo el ala de su madre...»

ECR 22.3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«¡Qué nombre más hermoso! ¡El Nombre del Hijo de Dios, Salvador nuestro!».

«¡Oh..., Isabel!». María revela una expresión tristísima y ha aferrado las manos que su parienta tenía cruzadas sobre el vientre abultado. «Dime, tú que, cuando yo llegué, fuiste investida del Espíritu del Señor y que profetizaste lo que el mundo ignora. Dime, ¿qué tendrá que hacer para salvar al mundo mi Criatura? Los Profetas... ¡Oh!... ¡Los Profetas que hablan del Salvador!... Isaías... ¿recuerdas Isaías! “Él es el Varón de los dolores. Por sus moretones recibimos la salud. Él ha sido traspasado y está llagado por nuestras iniquidades... Plugo al Señor quebrantarle con dolores... Tras la condena fue levantado...” ¿De qué elevación habla? Le llaman Cordero, y yo pienso... yo pienso en el cordero pascual, el cordero mosaico, y concateno esto con la serpiente que Moisés levantó en una cruz. ¡Isabel!... ¡Isabel! ¿Qué le harán a mi Criatura? ¿Qué tendrá que sufrir para salvar al mundo?». María se echa a llorar.

Isabel la quiere consolar diciendo: «María, no llores. Es tu Hijo, pero también es Hijo de Dios. Dios se preocupará de su Hijo y de ti, que eres su Madre. Si bien es cierto que muchos le tratarán cruelmente, también lo es que otros muchos le amarán. ¡Muchos!... Por los siglos de los siglos. El mundo dirigirá su mirada al que de ti nacerá y, junto con Él, te bendecirá a ti, que eres Manantial de redención. ¡La suerte de tu Hijo! Proclamado Rey de toda la creación. Piensa en esto, María. Rey, por haber rescatado toda la creación; como tal, será su Rey universal. Y también en la tierra, en el tiempo, será amado. El que nacerá de mí precederá al tuyo y le amará. Se lo dijo el ángel a Zacarías. Él me lo escribió...»

Detalle

María revela el nombre de Jesús a Isabel.