ECR 187.1-3 · Volumen 3
El Evangelio como me ha sido revelado
Cita
Jesús deja partir a las barcas diciendo: «No vuelvo». Luego, seguido de los suyos, atravesando la zona que ya desde la otra orilla se veía rica, se dirige hacia un monte que aparece en dirección Sur-Oeste.
Los apóstoles, poco entusiastas del camino que atraviesa esta zona, bonita pero agreste, caminan en silencio, hablándose sólo con los ojos. Es, en efecto, una zona llena de espadañas que se enredan en los pies; de cañas que hacen llover en las cabezas la fina lluvia de rocío que se ha depositado en sus hojas de forma de gruesos cuchillos; llena de nódulos que golpean el rostro con el duro mazo de su fruto desecado; de frágiles sauces pensiles, presentes en todas partes, que producen cosquilleo; de zonas traicioneras de hierba, aparentemente arraigada en terreno duro, pero que en realidad cela pozas de agua donde el pie se hunde, pues no son sino aglomerados de colas de zorra y plantas vesiculares, crecidas sobre minúsculas charcas, tan tupidas que esconden el elemento sobre el que han nacido.
Jesús, por su parte, parece deleitarse en todo ese verde con mil colores, con todas esas flores que se arrastran, o que están enhiestas o se agarran a algo para subir; flores que producen festones asperjados de leves campanillas de un rosa malva tenuísimo, o que forman una alfombra delicada de color azul (por los millares de corolas de miosotis palustres), o che abren el perfecto cáliz de su corola blanca, rosada o azul entre las anchas hojas planas de los nenúfares. Jesús contempla, admirado, los penachos de las cañas palustres, sedosos, cubiertos de aljófares; se inclina, dichoso, a observar la delicadeza de las colas de zorra, que ponen un velo de esmeralda a las aguas; se detiene, extático, ante los nidos que hacen los pájaros con un ir y venir jubiloso (hecho de trinos, zigzagueos y trabajo alegre) con el piquito lleno de pajitas, o de borra de las ramitas, o de vellones de lana arrebatada a los setos, que a su vez se la han arrebatado a los rebaños trashumantes... Parece la persona más feliz del mundo. ¡Qué lejos queda el mundo con sus perversidades, falsedades, dolores, insidias! El mundo está allende los confines de este oasis verde y florido en que todo embalsama, resplandece, ríe, canta. Ésta es tierra como ha sido creada por el Padre, no profanada por el hombre; aquí se puede olvidar al hombre.
187.2
Quiere que los otros compartan con Él su beatitud, pero no encuentra terreno propicio: los corazones están cansados y exasperados por un profundo mal humor, que trasciende las cosas, e incluso al Maestro, en forma de mutismo cerrado, parecido al ambiente quieto que precede a una tormenta. Sólo su primo Santiago, Simón Zelote y Juan se interesan por lo que a Él le suscita interés; los demás están... ausentes, por no decir de mal talante. Quizás, para no murmurar, no hablan entre ellos, pero dentro sí que deben estar hablando, y demasiado.
Sólo una exclamación, aún mayor, de maravilla, ante la joya viva de un martín pescador que viene volando y lleva a su compañera un pececito de plata, les hace salir de su mutismo.
Jesús dice: «¡Pero podrá haber algo más delicado que esto?».
Pedro responde: «Quizás más delicado no... pero te aseguro que es más cómoda la barca. Aquí se está también en el agua, con el agravante de la incomodidad...».
«Yo preferiría el camino que siguen las caravanas, antes que este... jardín, si así quieres llamarlo, y estoy completamente de acuerdo con Simón» dice Judas Iscariote.
«Ese camino no lo habéis querido vosotros» responde Jesús.
«¡Claro!... Pero yo no me hubiera dado por vencido ante los gerasenos. Me hubiera ido de allí, sí, pero luego hubiera proseguido al otro lado del río, bajando por Gadara, Pel.la, etc» refunfuña Bartolomé.
Y su gran amigo Felipe termina: «Los caminos son de todos; en fin, podíamos transitar por ellos también nosotros».
«¡Amigos! ¡amigos! Estoy muy apenado; nauseado... ¡No aumentéis mi dolor con vuestras pequeñeces! Dejad que busque un poco de alivio en las cosas que no saben odiar...».
La reprensión, dulce en su tristeza, toca a los apóstoles.
«Tienes razón, Maestro. Somos indignos de ti. Perdona nuestra estupidez. Tú eres capaz de ver lo bello porque eres santo y miras con los ojos del corazón. Nosotros, que no somos más que burda materia, sentimos sólo esta burda materia... No hagas caso. Puedes estar seguro de que aunque estuviéramos en un paraíso, sin ti, estaríamos tristes; pero, contigo... para el corazón es siempre hermoso; son estos miembros los que se resisten» susurran bastantes de ellos.
187.3
«Dentro de poco saldremos de aquí y encontraremos suelo más cómodo, aunque menos fresco» promete Jesús.
«¿A dónde vamos exactamente?» pregunta Pedro.
«A llevar la Pascua a algunos que sufren. Hacía tiempo que quería hacerlo, pero no he podido. Lo habría hecho al regreso a Galilea. Ahora, que nos obligan a andar por caminos que no hemos elegido nosotros, iré a bendecir a los pobres amigos de Jonás».
«¡Perderemos tiempo! ¡La Pascua está ya cercana! Por distintos motivos, pero siempre hay retardos». Es otro coro de quejas que se eleva al cielo.
Y yo no sé cómo Jesús puede tener tanta paciencia... Dice, sin regañar a ninguno: «No me pongáis obstáculos, os lo ruego; comprended que preciso amar y ser amado. El único consuelo que tengo en la tierra es el amor y hacer la voluntad de Dios».
«¿Y vamos por aquí? ¿No hubiera sido más bonito ir por Nazaret?».
«Si os lo hubiera propuesto, os habríais rebelado. Ninguno imaginará que estoy en esta zona... Y lo hago por vosotros, porque... tenéis miedo».
«¡Miedo? ¡No, no! ¡Estamos prontos para combatir por ti!».
«Rogad al Señor que no os ponga a prueba. Sé que sois rencillosos, rencorosos; conozco vuestro vehemente deseo de dañar a quien me daña, de humillar al prójimo. Todo esto lo conozco. Lo que no conozco es vuestro coraje. Si por mí fuera, habría ido solo y por el camino normal, y no me habría sucedido nada, porque no ha llegado la hora. Pero siento compasión de vosotros. Además, presto obediencia a mi Madre, y... sí, también esto, no quiero que se sienta molesto el fariseo Simón: Yo no les daré motivo, pero ellos sí mostrarán animosidad conmigo».
«¿Y aquí por dónde se pasa? No conozco bien esta zona» dice Tomás.
«Llegaremos al Tabor. Lo bordearemos en parte. Luego pasaremos cerca de Endor para ir a Naím, y de allí a la llanura de Esdrelón. ¡No temáis!... Doras, hijo de Doras, y Jocanán están ya en Jerusalén».
Palabras clave
- Andrés (apóstol)
- Bartolomé - Natanael (apóstol)
- Felipe (apóstol)
- Juan de Zebedeo (apóstol)
- Judas de Alfeo (apóstol)
- Judas de Keriot (apóstol)
- Los Doce
- Mateo (apóstol)
- Preocupación y humanidad de los apóstoles
- Santiago de Alfeo (apóstol)
- Santiago de Zebedeo (apóstol)
- Simon-Pierre - Simón de Jonás (apóstol)
- Simón el Zelote (apóstol)
- Tomás (apóstol)