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Notas de la palabra clave

Simón el Zelote (apóstol)

Tema: Personajes principales y secundarios · Página 17 de 21

Comodidad de lectura

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ECR 188.8 · Volume 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Llegan a la casa. En el umbral de la entrada, con un indumento oscuro y limpio, manto igual, un par de sandalias nuevas y un talego grande a las espaldas, está el hombre. Cierra la puerta y... — extraño en un hombre que uno podría considerar insensible — toma una gallina blanca, quizás la predilecta, que se acuecla íntima en sus manos, y la besa y llora; luego la posa en el suelo.

«Vamos... y perdona, pero es que mis pollos me han querido. Yo hablaba con ellos, y... me comprendían...».

«Yo también te comprendo... y te quiero... mucho; te daré todo el amor que en treinta y cinco años el mundo te ha negado».

«¡Lo sé! ¡Lo siento en mí! Por eso me voy contigo. Y... sé indulgente con un hombre que... que ama a un animal que... que... que le ha sido más fiel que el hombre...».

«Sí...sí. No pienses más en el pasado. En el futuro tendrás muchas cosas que hacer. Con tu experiencia harás mucho bien. Simón, ven aquí, y también tú, Mateo. Mira, éste fue peor que un preso, fue un leproso; éste, pecador. Pues bien, Yo los quiero entrañablemente porque saben comprender a los corazones desvalidos. ¿No es verdad?».

«Por bondad tuya, Señor. Pero... sí, créelo, amigo, sirviéndole se cancela todo. Queda sólo paz» dice Simón el Zelote.

«Sí, paz, y, donde había una vejez de vicio u odio, nace una juventud nueva. Yo era un publicano y ahora soy un apóstol. Tenemos ante nosotros el mundo, y nosotros sabemos acerca del mundo; no somos como esos muchachitos distraídos que pasan al lado del fruto nocivo y del árbol torcido y no ven la realidad. Nosotros lo conocemos. Podemos evitar el mal y enseñar a otros a evitarlo, como también sabemos enderezar a quien se tuerce, porque sabemos el consuelo que supone el ser sujetados. Y sabemos quién sujeta: Él» dice Mateo.

«¡Es verdad ¡Es verdad! Me ayudaréis. Gracias. Es como pasar de un lugar oscuro y fétido a un dilatado prado florido... Una cosa parecida experimenté el día en que salí, libre, al fin libre, tras veinte años de prisión y de trabajo brutal en las minas de Anatolia, y me vi — había huido durante una noche borrascosa — en lo alto de un monte, escabroso pero abierto, lleno del sol de la aurora y cubierto de olorosos bosques... ¡Oh, la libertad! ¡Pero ahora es más! ¡Todo en mí se dilata! Ya hacía doce años que no llevaba cadenas, y, sin embargo, el odio, el miedo, la soledad, para mí eran como cadenas... ¡Ahora han caído éstas también!...

Detalle

Juan de En-Dor acababa de convertirse. Jesús lo consoló y luego llamó a Simón el Zelote y a Mateo, que pudieron entender al hombre.

Anotación

Extracto del Dictionnaire des lieux de l'Evangile tel qu'il m'est révélé, p. 19. Jean d'Endor, convicto fugado, recuerda sus "veinte años de prisión y de trabajo agotador en las minas de Anatolia" (...) "en las minas de plomo y en las canteras de mármoles preciosos". Se trata de una referencia notable, ya que las minas de Anatolia son famosas desde la antigüedad por la extracción de cobre, plomo y mármol. Están en el origen de la leyenda del rey Midas y dieron fama a Creso. Aún hoy, Turquía está considerada el país por excelencia del mármol blanco, y sus minas de plomo son renombradas (las de Gümüşhane y Karasu). En un comentario, Jesús justifica el uso de la palabra Anatolia en lugar de Bitinia y Misia.

Anatolia, también conocida como Asia Menor en latín, es la península situada en el extremo occidental de Asia, correspondiente a la actual Turquía.

ECR 189.1 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Naím debía tener una cierta importancia en tiempos de Jesús. No es muy grande pero está bien construida. La ciñen muros. Se asienta sobre una baja y risueña colina (un ramal del Pequeño Hermón, que domina desde lo alto la fertilísima llanura abierta hacia el noroeste).

Para llegar a ella, viniendo de Endor, hay que atravesar un riachuelo afluente del Jordán. Desde aquí ya no se ve este último — y ni siquiera su valle — pues lo ocultan unas colinas que dibujan un arco en forma de signo de interrogación abierto hacia el Este.

Jesús camina en dirección a esta ciudad, por un camino de primer orden que comunica las regiones del lago con el Hermón y sus pueblos. Tras Él van muchos habitantes de Endor, verdaderamente locuaces.

La distancia que separa al grupo apostólico de los muros de la ciudad es ya muy poca: unos doscientos metros, no más. Dado que el camino va derecho a meterse por una de las puertas de la ciudad, y dado, además, que la puerta está totalmente abierta — es pleno día —, se puede ver todo lo que está sucediendo en la zona inmediatamente situada al otro lado de los muros; es así que Jesús, que iba hablando con los apóstoles y con el nuevo convertido, ve venir, en medio de un gran revuelo de plañideras y de otras manifestaciones orientales de este tipo, un cortejo fúnebre.

«¿Vamos a ver, Maestro?» dicen muchos (ya muchos de los habitantes de Endor se han precipitado a la puerta para mirar).

«Bueno, vamos» dice Jesús condescendiendo.

«Debe ser un niño; ¡fíjate cuántas flores y cuántas cintas hay sobre la lechiga!» dice Judas de Keriot a Juan.

«O quizás una virgen» responde Juan.

«No — dice Bartolomé —, sin duda es un muchachito joven, por los colores que han puesto; además faltan los mirtos...».

El cortejo fúnebre ya está fuera de la ciudad. No es posible ver lo que hay en la lechiga, que va en alto, llevada a hombros; sólo por el relieve que hace, se intuye un cuerpo extendido, fajado, tapado con una sábana, y se comprende que es un cuerpo que ya ha alcanzado su completo desarrollo, porque ocupa toda la largura de la lechiga.

A su lado, una mujer velada, ayudada por parientes o amigas, camina llorando: es el único llanto sincero en toda esa comedia de plañideras. Y si uno de los que llevan las andas tropieza con una piedra, o hay un agujero o una pequeña elevación del suelo, de forma que la lechiga sufre una violenta oscilación, la madre gime: «¡No, no, despacio; mi niño ha sufrido mucho!» y levanta una de sus temblorosas manos y acaricia el borde de la lechiga — más no puede —, y, no pudiendo efectivamente más, besa los ondeantes velos y las cintas que el viento a veces agita, y que acarician la forma inmóvil.

«Es la madre» dice Pedro, compungido y con un brillo de llanto en sus ojos sagaces y buenos.

Pero no es el único que tiene bañados los ojos por esa congoja: al Zelote, a Andrés, a Juan y hasta a Tomás, que siempre está alegre, les brillan los ojos. Todos, todos están conmovidos.

Judas Iscariote dice en voz baja: «¡Si fuera yo... pobrecilla mi madre...!».

Detalle

Los dos Santiago, Mateo, Felipe y Judas no se mencionan en este pasaje, pero están presentes. Van a Naín.

Anotación

- Oh, debe de ser un niño, porque ya ves cuántas flores y cintas hay en la litera -le dice Judas a Juan.

- O a lo mejor es una virgen -responde Juan.

- No, seguramente es un niño, por los colores que han utilizado, y no hay mirtos...", dice Barthélemy.

Todos estos son indicios de los ritos funerarios en uso en la época. Judas de Judea y Bartolomé de Galilea los identificaron del mismo modo.

ECR 190.1-2 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«¿Has visto las tierras de Doras?».

«Vengo de Naím...».

«Entonces no las has visto. Están devastadas». (El hombre dice esto en voz baja, pero remarcando las palabras, como quien estuviera confiando una cosa tremenda en secreto). «¡Totalmente devastadas!: ni heno, ni cereales, ni fruta; las cepas y los árboles frutales secos... muerto... todo muerto... como en Sodoma y Gomorra... Ven, ven, que te las muestro. (...) ¡Oh, ahí están los que me araron la tierra[1]...» y el hombre corre al encuentro de Pedro y Andrés.

Pero Pedro le saluda brevemente y prosigue hacia Jesús. Antes de llegar, ya grita: «¡Maestro! ¡Ya no está ninguno de los de antes; son todas caras nuevas! ¡Todo está devastado! La verdad es que podría prescindir de campesinos aquí. ¡Peor que en el Mar Salado!...».

«Lo sé. Me lo ha dicho Isaías».

«¡Pero ven a ver! ¡Caramba, lo que se ve!...».

La vista de las tierras de Doras es realmente desoladora: campos secos, prados pelados, secas las vides, destruidos hojas y frutos de los árboles por millones de insectos de todo tipo. También el jardín-pomar de al lado de la casa muestra el aspecto desolado de un bosque herido de muerte.

Los campesinos se mueven de un lado para otro arrancando malas hierbas, aplastando larvas, caracoles, lombrices y otros bichos semejantes; o ponen debajo de los árboles barreños llenos de agua y menean las ramas, para ahogar mariposas, gorgojos y demás parásitos que recubren las hojas que aún quedan y que agotan el árbol y le matan. Buscan un signo de vida en los sarmientos de las vides, pero éstos se rompen, secos, en cuanto se tocan, y, alguna vez, como si una siega hubiera cortado sus raíces, ceden desde la base.

El contraste con los campos de Jocanán, con los viñedos y pomares de éste, es vivísimo, siendo así que la desolación de los campos maldecidos aparece aún más violenta si se compara con la fertilidad de estos otros.

«Tiene mano dura el Dios del Sinaí» dice en tono bajo Simón Zelote.

Jesús hace ademán como de decir: «¡No lo sabes tú bien!» pero no lo dice. Sólo pregunta: «¿Cómo ha sucedido?».

Uno de los campesinos responde entre dientes: «Topos, langosta, gusanos... ¡Vete! El vigilante es fiel a Doras... No nos perjudiques...».

Jesús suspira y se marcha.

Detalle

Jesús habla con Isaías, un campesino de Yokhanan.

Anotación

" El hombre corre al encuentro de Pedro y Andrés. Cf. EMV 109,4: Pedro y Andrés, Santiago y Juan, que ocuparon el lugar de los labradores para poder escuchar la palabra de Jesús.

Hablamos de Ti, con lo que hemos aprendido de Jonás, de Isaac que viene a menudo a nosotros, y de tu discurso en Tisri. Cf. EMV 109,5.

El Dios del Sinaí tiene mano dura. Referencia directa a las palabras de Jesús en EMV 109.12.

ECR 191.1 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«Entrega a Miqueas la cantidad de dinero suficiente para que mañana pueda restituir lo que hoy ha pedido prestado a los campesinos de esta zona» dice Jesús a Judas Iscariote, que es quien, generalmente, administra los... bienes comunes.

Luego llama a Andrés y a Juan y los manda a dos puntos desde donde se puede ver el camino, o los caminos, que vienen de Yizreel; luego, a Pedro y a Simón, y les dice que salgan al encuentro de los campesinos de Doras, con la indicación de detenerlos en la divisoria de las dos propiedades; finalmente, dice a Santiago y a Judas: «Coged las provisiones y venid».

ECR 192.7 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Entran en la ciudad. Pedro con su pequeño amigo va a comprar las sandalitas.

«Este hombre muere de deseos de un hijo» dice Simón Zelote; y añade: «Con razón».

«Os daré millares de hijos. Busquemos ahora cobijo, para seguir mañana al despuntar el alba».

ECR 193.1 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Jesús prosigue hacia Jerusalén. Cada vez transita mayor número de peregrinos por los caminos, que están un poco embarrados por un chaparrón nocturno; como contrapartida, haciendo precipitar el polvo, el agua ha dejado terso el aire. Los campos parecen un jardín bien cuidado por su jardinero.

La comitiva apostólica camina ligera, pues se sienten descansados por el alto que han hecho y, además, porque el niño, con sus sandalias nuevas, ya no sufre al andar (es más, sintiendo cada vez más confianza, va charlando con unos u otros; y le hace a Juan la confidencia de que su padre se llamaba también Juan y su madre María y de que, por ello, le quiere también a él mucho). «Pero, bueno — termina diciendo — la verdad es que os quiero a todos; en el Templo voy a rezar mucho, mucho, por vosotros y por el Señor Jesús».

Es conmovedor ver cómo estos hombres, que en su mayor parte no tiene hijos, se muestran paternales y maravillosamente próvidos para con el más pequeño de los discípulos de Jesús. Hasta el hombre de Endor muestra un rostro delicado cuando debe obligarle al pequeño a beberse un huevo, o cuando trepa por entre los arbolados que visten de verde las colinas y las montañas — cada vez más altas, cortadas por profundas hoces cuyo fondo sigue el camino principal — para coger ramitas acídulas de zarzamora o perfumados tallitos de hinojo silvestre, y se lo lleva al niño para mitigarle la sed sin que se llene demasiado de agua. Es conmovedor ver cómo le distraen del largo recorrido llamando su atención hacia los distintos detalles o panoramas.

El que muchos años antes fuera pedagogo en Cintium, destruido posteriormente por la maldad humana, ahora renace por este niño, mísero como él, y alisa las arrugas del infortunio y de la amargura asumiendo una sonrisa buena. El aspecto de Yabés, con sus sandalias nuevas y la carita menos triste, es ya menos menesteroso. No sé qué mano apostólica se ha preocupado de borrar de esa carita todas las señales de muchos meses de vida agreste, poniéndole en orden incluso el pelo, antes descuidado y polvoriento, ahora esponjoso e igualado por una enérgica lavada. También el hombre de Endor, que todavía se queda un poco perplejo cuando oye que le llaman Juan (si bien, cuando esto le sucede, en seguida menea la cabeza con una sonrisa compasiva hacia su poca memoria), está muy cambiado: cada día que pasa, su rostro va perdiendo esa cierta dureza que tenía y va adquiriendo una seriedad que no infunde miedo.

Naturalmente, estas dos miserias renacidas por la bondad de Jesús gravitan amantes hacia el Maestro; quieren a los compañeros, sí, ¡pero a Jesús!... Cuando Él los mira o les habla directamente, su expresión se vuelve dichosísima.

Detalle

La relación entre los Doce y Juan de Endor y el niño Marziam.

ECR 193.2 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Salvan una hoz y luego un collado verde, bellísimo, desde cuya cima todavía se entrevé la llanura de Esdrelón, lo cual hace suspirar al niño: «¿Qué estará haciendo mi anciano padre?» para terminar diciendo, con un suspiro muy triste y un brillo de llanto en sus ojos castaños: «Es mucho menos feliz que yo!... ¡con lo bueno que es!». Este lamento, a su vez, extiende sobre todos un velo de tristeza. Luego bajan por un valle fértil, lleno de olivares o campos cultivados. Un leve viento hace caer la nieve de las florecillas de las vides y de los olivos más precoces. Y pierden de vista definitivamente la llanura de Esdrelón.

Se detienen en el prado para proseguir después la marcha hacia Jerusalén. Debe haber llovido mucho — quizás es que es una zona muy rica en aguas subterráneas — porque las praderas parecen un aguazal poco profundo: en efecto, el agua brilla intensamente entre la tupida hierba y sube hasta lamer el camino, un poco más elevado pero, no obstante, muy embarrado. Los mayores se suben las túnicas, para que no acaben transformándose en una costra de barro. Judas Tadeo sube a hombros al niño, para que descanse y para atravesar más rápidamente la zona inundada, que quizás es insalubre.

Bordean otras colinas, atraviesan otro valle, pequeño, rocoso, seco. El día declina. Entran en un pueblo situado en lo alto de un ribazo rocoso y, abriéndose paso entre los muchos peregrinos, buscan alojamiento en una especie de albergue muy rústico (un cobertizo grande bajo el cual hay abundante paja extendida, nada más). Pequeñas lamparitas, encendidas acá o allá, iluminan las cenas de las familias de peregrinos; familias pobres, como la apostólica, porque los ricos, por lo general, han levantado sus tiendas fuera del pueblo, desdeñando todo contacto con los lugareños y con los peregrinos pobres.

Desciende noche y silencio... El primero que cae dormido es el niño, que se ha reclinado, cansado, en el regazo de Pedro, el cual, luego, le pone bien sobre la paja y le tapa solícito.

Jesús reúne a los mayores para hacer una oración, después cada uno va a echarse encima de la capa de paja para reponerse del mucho camino recorrido.

ECR 193.3 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Es ya de día otra vez. La comitiva apostólica, que se ha puesto en marcha por la mañana, está para entrar, al declinar el día, en Siquem, dejada ya atrás Samaria. Es una ciudad de bonito aspecto, rodeada de muros, coronada de edificios bellos y majestuosos en torno a los cuales se concentran casas lindas y ordenadas. (Me da la impresión de que esta ciudad, como Tiberíades, haya sido reconstruida poco antes y con sistemas tomados de Roma). Extramuros, alrededor, una faja de tierras fertilísimas y bien cultivadas.

ECR 195.3 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Mira a Juan de Endor, que se había retirado discretamente al comprender que Jesús estaba corrigiendo al apóstol [Judas], y que ahora está hablando con Santiago de Alfeo y Simón Zelote.

Detalle

Pierre mira a Juan de Endor.