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Notas de la palabra clave

Yabeç (Jabé) - Marziam (Margziam)

Tema: Personajes principales y secundarios · Página 1 de 6

Comodidad de lectura

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ECR 191.3-4.9 · Volume 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Hay uno, ya entrado en años, que come y llora tienendo apretado contra su costado a un niño de unos diez años.

«¿Por qué eso, padre?...» pregunta Jesús.

«Porque rebosas bondad...».

El hombre de Endor dice con su voz gutural: «Es verdad... Provoca el llanto, pero son lágrimas que no dejan mal sabor...».

«No dejan mal sabor. Es verdad. Además... yo quisiera una cosa. Este llanto es también deseo».

«¿Qué quieres, padre?».

«¿Ves a este niño? Es mi nieto. Me ha quedado él, después del desprendimiento de tierras que hubo este invierno. Doras ni siquiera sabe que ha venido, porque le tengo en el bosque viviendo como si fuera un animal salvaje y no le veo sino los sábados. Si me lo descubre, o le aleja o le pone a trabajar... y entonces este tierno niño, sangre de mi sangre, estará en peores condiciones que una acémila... Para la Pascua pienso mandarle a Jerusalén con Miqueas, pues le llega el momento de hacerse hijo de la Ley... ¡Es el hijo de mi hija!...».

«¿Me lo confiarías a mí?... No llores. Tengo muchos amigos honrados, santos y sin hijos; le educarán santamente en mi camino...».

«¡Señor, desde que he tenido noticia de ti, lo he deseado! Al santo Jonás le rogaba — a él, que sabe lo que significa ser de este amo — que salvase a mi nieto de una muerte así...».

«Niño, ¿vendrías conmigo?».

«Sí, mi Señor, y no te haré sufrir».

«No se hable más».

191.4 «Pero... ¿a quién se lo piensas confiar?» pregunta Pedro tirándole a Jesús de una manga. «¿A Lázaro también?».

«No, Simón... Pero hay muchos que no tienen hijos...».

«Yo soy uno de ellos...». El rostro de Pedro parece incluso afilarse por este deseo.

«Simón, ya te he dicho que habrás de ser el “padre” de todos los hijos que te voy a dejar en herencia, pero sin la cadena de ningún hijo tuyo propio. No te aflijas; eres demasiado necesario para el Maestro como para que el Maestro pueda prescindir de ti por un sentimiento. Soy exigente, Simón, más exigente que un marido celosísimo; te amo con toda predilección y te quiero todo para mí, todo mío».

«De acuerdo, Señor... De acuerdo... Hágase como quieres». El pobre Pedro se adhiere heroicamente a la voluntad de Jesús.

«Será hijo de mi Iglesia naciente. ¿De acuerdo? De todos y de ninguno. Será “nuestro” niño. Nos seguirá, o irá a donde nosotros estemos, cuando lo permita la distancia; sus tutores serán los pastores, que en todos los niños aman a “su” niño Jesús. Ven aquí jovencito. ¿Cómo te llamas?».

«Yabés de Juan, y soy de Judá» dice con tono firme el muchacho.

«Sí, somos judíos» confirma el anciano. «Yo trabajaba en las tierras de Doras en Judea y mi hija se casó con un hombre de aquella zona; trabajaba en los bosques cerca de Arimatea, pero este invierno...».

«He visto la desgracia[2]».

«El niño se salvó, porque esa noche estaba con un pariente lejano... ¡Verdaderamente le ha signado su nombre, Señor! Se lo dije a mi hija inmediatamente: “¿Es que te has olvidado de su antepasado?”. Pero el marido quiso llamarle así, y Yabés se llamó».

«“El niño[3] invocará al Señor. El Señor le bendecirá y dilatará sus fronteras. La mano del Señor está sobre su mano, no pesará ya el mal sobre él”. El Señor se lo concederá para consuelo tuyo, padre, y de los espíritus de los muertos, y para confortación de este huérfano. (...)

Os bendigo ahora; pero, cada nueva aurora oraré por vosotros. En cuanto a ti, padre, no estés angustiado por el cordero que me confías; te le traeré de vez en cuando, para gozo tuyo al verle crecer en sabiduría y bondad en el camino de Dios: él será tu cordero para esta pobre Pascua tuya, el más grato de los corderos que serán presentados al altar de Yeohveh. Yabés, despídete de tu anciano padre; luego ven a tu Salvador, a tu Pastor bueno. ¡La paz sea con vosotros!».

«¡Oh, Maestro, Maestro bueno!... ¡Dejarte!...».

«Sí, es penoso, pero no conviene que el vigilante os encuentre aquí. He elegido este lugar precisamente para evitaros castigos. Obedeced por amor al Amor, que os da este consejo».

Los pobres desdichados se alzan con lágrimas en los ojos y se dirigen hacia su cruz. Jesús los bendice de nuevo. Luego, llevando al niño de la mano, y con el hombre de Endor al otro lado, regresa — por el camino recorrido antes — a casa de Miqueas. Se reúnen con Él Andrés y Juan, los cuales, terminado su turno de guardia, vuelven a donde sus hermanos.

Detalle

Jesús está con los campesinos de Doras y les ofrece algo de comer para la Pascua. Uno de los hombres le presenta a su nieto.

Anotación

"Simón, te lo dije", en EMV 104.5. La última mención de Lázaro está en relación con el acontecimiento relatado en EMV 172.11.

"Vi la catástrofe", en EMV 139.2.

"¿Por qué este nombre? ¿No recuerdas el antiguo? "(...) "El niño invocará al Señor y el Señor lo bendecirá y ensanchará sus fronteras; la mano del Señor está en su mano y ya no se verá agobiado por la desgracia. " La cita está tomada de 1 Crónicas 4, 9-10.

Primer libro de las Crónicas 4, 9-10

1 Cr 4, 9-10 : Yabesh fue más honrado que sus hermanos. Su madre le dio el nombre de Yabesh (es decir, En Dolor), diciendo: "Yabesh invocó al Dios de Israel, diciendo: "Si en verdad me bendices, ensancharás mi territorio, tu mano estará conmigo y alejarás de mí la desgracia, para que termine mi angustia" Y Dios le concedió lo que había pedido.

ECR 192.1 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«¿Señor, aquella cima es el Carmelo?» pregunta Santiago, el primo de Jesús.

«Sí, hermano. Aquélla es la cadena montañosa del Carmelo. La cúspide más alta le da el nombre».

«Debe ser bonito también desde allí el mundo. ¿Has estado alguna vez?».

«Una vez, Yo solo, al principio de mi predicación. Al pie de ese monte curé a mi primer leproso. Pero iremos de nuevo, juntos, para rememorar a Elías...».

«Gracias, Jesús. Me has comprendido, como siempre».

«Y, como siempre, te perfecciono, Santiago».

«¿Por qué?».

«El porqué está escrito en el Cielo».

«¿No me lo dices, hermano, Tú que lees lo que está escrito en el Cielo?».

Jesús y Santiago van caminando el uno al lado del otro; sólo el pequeño Yabés, que va también ahora de la mano de Jesús, puede oír la conversación confidencial de los dos primos, que se sonríen mirándose a los ojos.

ECR 192.2-7 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Un lindo riachuelillo, que fluye hacia el mar, colmado su caudal por las lluvias primaverales y la disolución de las nieves, se interpone en su camino.

Acude Pedro y dice: «El puente está más arriba, por donde pasa el camino que va de Tolemaida a Enganmín (o Engannim)».

Jesús, dócilmente, vuelve sobre sus pasos. Cruza el riachuelo por un sólido puente de piedra. En seguida vuelven a verse montañas pequeñas y colinas de poca entidad.

«¿Llegaremos a Engannim antes de que anochezca?» pregunta Felipe.

«Ciertamente. Pero... ahora tenemos con nosotros a un niño. ¿Estás cansado Yabés?» pregunta amorosamente Jesús. «Sé sincero como un ángel».

«Un poco, Señor. De todas formas, me esforzaré en seguir caminando».

«Este niño está débil» dice con su voz gutural el hombre de Endor.

«¡Mira tú éste!...» exclama Pedro. «¡Con la vida que lleva desde hace algunos meses!... ¡Ven que te coja en brazos!».

«¡Oh, no, señor! No, que te cansas. Todavía puedo andar yo».

«¡Ven, ven, que no pesas. Pareces un pajarillo desnutrido» Pedro le sube en vilo, le sienta sobre sus anchos y fuertes hombros, a caballo, y le sujeta por las piernas.

Caminan ligeros porque el sol ya es fuerte e invita y estimula a llegar a las umbrías colinas.

192.3

Se detienen en un pueblo — oigo que lo llaman Meguiddó —, para comer y descansar, junto a una fuente muy fresca y ruidosa (por la mucha agua que de ella brota y que cae en una pila de piedra oscura). Ninguno del pueblo se interesa por los peregrinos, anónimos entre los muchos otros que, más o menos ricos, van a pie o en burros o mulas hacia Jerusalén para la Pascua. Se respira ya aire de fiesta. Muchos niños — pensando ya, jubilosos, en la ceremonia de su mayoría de edad — van con los viajeros.

Dos jovenzuelos de holgada condición vienen a jugar junto a la fuente. Yabés está con Pedro, que le tiene conquistado con mil zarandajas. Preguntan al muchacho: «¿Vas tú también para ser hijo de la Ley?».

Yabés responde tímidamente: «Sí», casi escondiéndose detrás de Pedro.

«¿Es tu padre éste? Eres pobre, ¿verdad?».

«Soy pobre, sí».

Los dos niños — quizás hijos de fariseos — le escudriñan irónicos y curiosos, y dicen: «Se ve».

En efecto, se ve... ¡Su vestidito es bien mísero! Quizás es que el niño ha crecido y, a pesar de que hayan sacado el jaletón, el vestido (marrón y descolorido por las inclemencias del tiempo) apenas si le llega a la mitad de las delgadas piernecitas morenas, dejando completamente descubiertos los pequeños pies, mal calzados con dos informes sandalias sujetas con unas cuerdas que deben torturarlos.

Los niños, despiadados con ese egoísmo propio de muchos niños, con la crueldad de los niños no buenos, dicen: «¡Pues entonces no tendrás un vestido nuevo para tu fiesta! ¡Nosotros sí!... ¿Verdad, Joaquín? Yo, todo rojo, con el manto igual; él, de color cielo; y llevaremos sandalias con hebillas de plata y un cinturón muy valioso y un taled sujeto con un aro de oro y...».

«¡...y un corazón de piedra, digo yo!» salta Pedro, que ha terminado de refrescarse los pies y de llenar de agua todas las cantimploras. «Sois malos, muchachos. Ni la ceremonia ni el vestido valen un pito si el corazón no es bueno. Prefiero a este niño mío. ¡Largaos, soberbios! ¡Id con los ricos, y tened respeto a los pobres y honrados!

192.4

¡Ven, Yabés! Esta agua es buena para los pies cansados. Ven, que te los voy a lavar, así caminarás mejor después. ¡Ay, cuánto daño te han hecho estas cuerdas! Pero no tendrás que seguir caminando; te voy a llevar en brazos hasta Engannim. Allí encontraré a uno que haga sandalias y te compraré un par nuevo». Y Pedro lava y seca esos piececitos, que desde hace mucho tiempo no han vuelto a ser acariciados tanto como ahora.

El niño le mira... titubea... y acaba por echarse sobre este hombre que le está atando las sandalias, y le aprieta con sus bracitos flacos, y dice: «¡Qué bueno eres!» y le besa su pelo entrecano.

Pedro se conmueve; se sienta en el suelo, sin cambiar de sitio aunque esté mojado; se pone sobre su regazo al niño y le dice: «Pues entonces llámame “padre”».

La escena es delicada. Jesús y los demás se acercan.

Los dos soberbiosillos de antes, que, curiosos, no se habían marchado todavía, preguntan: «¿Pero no es tu padre?».

A lo que Yabés responde sin vacilar: «Padre y madre para mí».

«Sí, querido mío, bien has dicho: padre y madre; y os aseguro, señoritingos, que no irá mal vestido a la ceremonia. También él tendrá un vestido de rey, rojo como el fuego y con un cinturón verde como la hierba, y el taled blanco como la nieve».

Aunque sea un batiburrillo de colores, deja asombrados a los dos vanidosos y los pone en fuga.

«¿Qué haces, Simón, en el suelo mojado?» pregunta Jesús sonriendo.

«¿Mojado? ¡Ah, sí; ahora me doy cuenta! ¿Que qué hago? Con la inocencia apoyada en mi pecho vuelvo a ser como un cordero. ¡Ah... Maestro, Maestro! Bien, vamos. Pero debes dejarme que me ocupe de este pequeño; después le cederé; pero hasta que no sea un verdadero israelita es mío».

«¡Sí, hombre, sí! Y serás siempre su tutor, como un anciano padre. ¿De acuerdo? Vamos, para estar por la tarde en Engannim sin hacer correr demasiado al niño».

«Le llevo yo. Pesa más mi red. No puede caminar con estas dos suelas rotas. Ven».

Y, cargándose encima a su ahijado, Pedro reanuda contento su camino, cada vez más umbrío entre arbolados de frutas varias, en un ascender suave de colinas, desde las cuales la vista se dilata hacia la fecunda llanura de Esdrelón.

192.5

Engannim debe ser una bonita ciudad, no grande, bien abasteci da de agua de las colinas a través de un acueducto elevado que es probablemente obra romana. Jesús y los suyos están ya en las cercanías de la ciudad. En esto, perciben el rumor de una patrulla militar que está acercándose. Deben ponerse al seguro arrimándose al borde del camino. Los cascos de los caballos resuenan contra el suelo, que aquí, en las cercanías de la ciudad, muestra apenas la pavimentación bajo la tierra que se ha ido acumulando junto con detritos; en efecto, jamás una escoba ha limpiado este camino.

«¡Salve, Maestro! ¿Cómo por aquí?» exclama Publio Quintiliano, mientras se apea y se acerca a Jesús con una abierta sonrisa, llevando de la brida al caballo. Sus soldados, al ver esto en su superior, aminoran la marcha.

«Voy a Jerusalén por la Pascua».

«Yo también. Se refuerza la guardia para estas fiestas, incluso porque estará en la ciudad Poncio Pilatos, y también está Claudia. Nosotros patrullamos los caminos para protegerla a ella. ¡Son caminos tan inseguros!... Las águilas ponen en fuga a los chacales» dice riendo el soldado mientras mira a Jesús, y sigue diciendo en tono más bajo: «Este año, doble guardia para guardar las espaldas del sucio Antipas. Hay mucho descontento por el arresto del Profeta; descontento en Israel y, como consecuencia, entre nosotros. Pero, ya nos hemos encargado de hacer llegar a oídos del Sumo Sacerdote y demás compadres un... benigno toque de... flautas» y concluye en voz baja: «Ve seguro, que las uñas ahora están metidas en las zarpas. ¡Ja! ¡ja! Nos tienen miedo. Carraspea uno y creen que ha rugido. ¿Vas a hablar en Jerusalén? Acércate al Pretorio. Claudia habla de ti como de un gran filósofo. Te conviene porque... el procónsul es Claudia».

192.6

Quintiliano mira a su alrededor y ve a Pedro cargado, rojo y sudado. «¿Y ese niño?».

«Un huérfano que he tomado conmigo».

«¡Pero... ese hombre tuyo se está esforzando demasiado! Niño, ¿tienes miedo a ir unos metros a caballo? Te pongo aquí, bajo mi clámide; iré suave. Cuando lleguemos a las puertas, te dejo que sigas con ese hombre».

El niño no ofrece resistencia; debe ser dulce como un cordero. Publio le levanta en vilo y le sienta consigo en su montura.

Al dar la orden de ir despacio a los soldados, ve también al hombre de Endor. Le mira fijamente y dice: «¿Tú también por aquí?».

«Sí. Ya no vendo huevos a los romanos, pero los pollos están todavía allí. Ahora estoy con el Maestro...».

«¡Bien para ti! Así te sentirás más confortado. ¡Adiós! ¡Salve, Maestro, te espero en aquel pequeño grupo de árboles». Y espolea a su cabalgadura.

«¿Os conocéis?» le preguntan muchos de los presentes a Juan de Endor.

«Sí, como proveedor de pollos. Antes no me conocía. Una vez fui llamado a la comandancia a Naím, para fijar los precios, y estaba él. Desde entonces, cuando iba a Cesarea a comprar libros o algún utensilio siempre me saludaba. Me llama o Cíclope o Diógenes. No es malo. A pesar de mi odio por los romanos, no me mostré nunca agresivo con él porque me podía ser útil».

«¿Has oído, Maestro? ¿Ves?, han surtido buen efecto mis palabras al centurión de Cafarnaúm. Ahora voy más tranquilo» dice Pedro.

Y llegan a la mata de árboles a cuya sombra se ha apeado la patrulla.

«Mira, te devuelvo el niño. ¿Mandas algo, Maestro?».

«No, Publio. Dios te muestre su rostro».

«¡Salve!». Monta y espolea, seguido por los suyos con un

gran rumor metálico de herraduras y corazas que se entrechocan.

192.7

Entran en la ciudad. Pedro con su pequeño amigo va a comprar las sandalitas.

«Este hombre muere de deseos de un hijo» dice Simón Zelote; y añade: «Con razón».

«Os daré millares de hijos. Busquemos ahora cobijo, para seguir mañana al despuntar el alba».

ECR 193.1 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Jesús prosigue hacia Jerusalén. Cada vez transita mayor número de peregrinos por los caminos, que están un poco embarrados por un chaparrón nocturno; como contrapartida, haciendo precipitar el polvo, el agua ha dejado terso el aire. Los campos parecen un jardín bien cuidado por su jardinero.

La comitiva apostólica camina ligera, pues se sienten descansados por el alto que han hecho y, además, porque el niño, con sus sandalias nuevas, ya no sufre al andar (es más, sintiendo cada vez más confianza, va charlando con unos u otros; y le hace a Juan la confidencia de que su padre se llamaba también Juan y su madre María y de que, por ello, le quiere también a él mucho). «Pero, bueno — termina diciendo — la verdad es que os quiero a todos; en el Templo voy a rezar mucho, mucho, por vosotros y por el Señor Jesús».

Es conmovedor ver cómo estos hombres, que en su mayor parte no tiene hijos, se muestran paternales y maravillosamente próvidos para con el más pequeño de los discípulos de Jesús. Hasta el hombre de Endor muestra un rostro delicado cuando debe obligarle al pequeño a beberse un huevo, o cuando trepa por entre los arbolados que visten de verde las colinas y las montañas — cada vez más altas, cortadas por profundas hoces cuyo fondo sigue el camino principal — para coger ramitas acídulas de zarzamora o perfumados tallitos de hinojo silvestre, y se lo lleva al niño para mitigarle la sed sin que se llene demasiado de agua. Es conmovedor ver cómo le distraen del largo recorrido llamando su atención hacia los distintos detalles o panoramas.

El que muchos años antes fuera pedagogo en Cintium, destruido posteriormente por la maldad humana, ahora renace por este niño, mísero como él, y alisa las arrugas del infortunio y de la amargura asumiendo una sonrisa buena. El aspecto de Yabés, con sus sandalias nuevas y la carita menos triste, es ya menos menesteroso. No sé qué mano apostólica se ha preocupado de borrar de esa carita todas las señales de muchos meses de vida agreste, poniéndole en orden incluso el pelo, antes descuidado y polvoriento, ahora esponjoso e igualado por una enérgica lavada. También el hombre de Endor, que todavía se queda un poco perplejo cuando oye que le llaman Juan (si bien, cuando esto le sucede, en seguida menea la cabeza con una sonrisa compasiva hacia su poca memoria), está muy cambiado: cada día que pasa, su rostro va perdiendo esa cierta dureza que tenía y va adquiriendo una seriedad que no infunde miedo.

Naturalmente, estas dos miserias renacidas por la bondad de Jesús gravitan amantes hacia el Maestro; quieren a los compañeros, sí, ¡pero a Jesús!... Cuando Él los mira o les habla directamente, su expresión se vuelve dichosísima.

Detalle

La relación entre los Doce y Juan de Endor y el niño Marziam.

ECR 193.2 · Volume 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Salvan una hoz y luego un collado verde, bellísimo, desde cuya cima todavía se entrevé la llanura de Esdrelón, lo cual hace suspirar al niño: «¿Qué estará haciendo mi anciano padre?» para terminar diciendo, con un suspiro muy triste y un brillo de llanto en sus ojos castaños: «Es mucho menos feliz que yo!... ¡con lo bueno que es!». Este lamento, a su vez, extiende sobre todos un velo de tristeza. Luego bajan por un valle fértil, lleno de olivares o campos cultivados. Un leve viento hace caer la nieve de las florecillas de las vides y de los olivos más precoces. Y pierden de vista definitivamente la llanura de Esdrelón.

ECR 193.2 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Salvan una hoz y luego un collado verde, bellísimo, desde cuya cima todavía se entrevé la llanura de Esdrelón, lo cual hace suspirar al niño: «¿Qué estará haciendo mi anciano padre?» para terminar diciendo, con un suspiro muy triste y un brillo de llanto en sus ojos castaños: «Es mucho menos feliz que yo!... ¡con lo bueno que es!». Este lamento, a su vez, extiende sobre todos un velo de tristeza. Luego bajan por un valle fértil, lleno de olivares o campos cultivados. Un leve viento hace caer la nieve de las florecillas de las vides y de los olivos más precoces. Y pierden de vista definitivamente la llanura de Esdrelón.

Se detienen en el prado para proseguir después la marcha hacia Jerusalén. Debe haber llovido mucho — quizás es que es una zona muy rica en aguas subterráneas — porque las praderas parecen un aguazal poco profundo: en efecto, el agua brilla intensamente entre la tupida hierba y sube hasta lamer el camino, un poco más elevado pero, no obstante, muy embarrado. Los mayores se suben las túnicas, para que no acaben transformándose en una costra de barro. Judas Tadeo sube a hombros al niño, para que descanse y para atravesar más rápidamente la zona inundada, que quizás es insalubre.

Bordean otras colinas, atraviesan otro valle, pequeño, rocoso, seco. El día declina. Entran en un pueblo situado en lo alto de un ribazo rocoso y, abriéndose paso entre los muchos peregrinos, buscan alojamiento en una especie de albergue muy rústico (un cobertizo grande bajo el cual hay abundante paja extendida, nada más). Pequeñas lamparitas, encendidas acá o allá, iluminan las cenas de las familias de peregrinos; familias pobres, como la apostólica, porque los ricos, por lo general, han levantado sus tiendas fuera del pueblo, desdeñando todo contacto con los lugareños y con los peregrinos pobres.

Desciende noche y silencio... El primero que cae dormido es el niño, que se ha reclinado, cansado, en el regazo de Pedro, el cual, luego, le pone bien sobre la paja y le tapa solícito.

Jesús reúne a los mayores para hacer una oración, después cada uno va a echarse encima de la capa de paja para reponerse del mucho camino recorrido.

ECR 193.4 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«¡Viajan bien!» dice Pedro, cansado y sudoroso. «Pero, si Dios nos ayuda, pasado mañana por la tarde estaremos en Jerusalén».

«No, Simón. No tengo otra alternativa, tengo que cambiar de dirección e ir hacia el Jordán».

«¿Pero, por qué, Señor?».

«Por el niño. Está muy triste, y mucho más aumentaría su tristeza si viera el monte donde sucedió la catástrofe».

«¡No, no lo vemos! Mejor dicho, vemos la otra parte del monte... Y... bueno, yo me encargaré de tenerle distraído; yo y Juan... Esta pobre tortolita sin nido se distrae en seguida. ¡Ir hacia el Jordán!... ¡No, hombre, mejor por aquí, el camino recto, más corto y más seguro!; ¡no, no, éste, éste! ¡Ves como es el que siguen las romanas? Por la costa y por el río estas primeras aguas de verano exhalan fiebres. Este camino es sano. Además... ¿cuándo vamos a llegar si alargamos todavía más el recorrido? ¡Piensa en qué estado de ansiedad estará tu Madre después del funesto suceso del Bautista!...».

Pedro lo consigue; Jesús da su consentimiento.

«Pues entonces vámonos pronto a descansar, y descansemos bien, porque mañana al alba partiremos, para estar pasado mañana por la tarde en Getsemaní. Iremos, pasado el viernes, al día siguiente, a ver a mi Madre, a Betania; allí descargaremos esos libros de Juan que os han hecho trabajar no poco; veremos también a Isaac y le confiaremos este pobre hermano...».

«¿Y el niño? ¿Le vas a asignar ya?».

Jesús sonríe: «No. Se lo dejaré a mi Madre, para que lo prepare para “su” fiesta. Luego volverá con nosotros para la Pascua. Pero después tendremos que desprendernos de él... ¡No te encariñes demasiado! O, mejor, ámale como si fuera tu hijo, pero con espíritu sobrenatural. Ya ves que es débil y que se cansa. También a mí me habría gustado instruirle y criarle, nutriéndole Yo mismo con la Sabiduría. Mas Yo soy el Incansable, y Yabés es demasiado joven y débil para acompañarnos en nuestras fatigas. Nos moveremos por Judea; luego, para Pentecostés, volveremos a Jerusalén; luego caminaremos... caminaremos, evangelizando... Volveremos a verle en el verano, en nuestra patria chica.»

Detalle

El grupo apostólico acababa de cruzarse con unos romanos que se dirigían a Jerusalén en literas y carruajes.

ECR 193.5 · Volume 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«Bien, ya estamos ante las puertas de Siquem. Adelántate con tu hermano y con Judas de Simón para buscar dónde alojarnos. Yo voy a la plaza del mercado; allí te espero».

Se separan. Pedro galopa en busca de un alojamiento. Los demás caminan fatigosamente por los caminos llenos de gente que grita y gesticula, llenos de asnos, carros... todos dirigidos hacia Jerusalén para la Pascua ya inminente. Voces, unos que llaman a otros, imprecaciones... se mezclan con los rebuznos asnales, creando un bullicio que retumba fuerte bajo los atrios tendidos entre casa y casa: es un ruido que recuerda al murmullo de ciertas conchas cuando se arriman a la oreja. El eco va de una bóveda a otra, donde ya las sombras se dan cita, y la gente, como un flujo continuo de agua, se da a caminar por las calles, se adentra en búsqueda de un techo, de una plaza, de un prado, para pasar la noche...

Jesús, con el niño de la mano, apoyado en un árbol, espera a Pedro en la plaza, que con esta ocasión está continuamente llena de vendedores.

«¡Que no nos vea nadie y nos reconozca!» dice Judas Iscariote.

«¿Cómo se puede reconocer un grano entre la arena?» responde Tomás. «¿No ves qué gentío?».

Vuelve Pedro: «Fuera de la ciudad hay un cobertizo con heno. No he encontrado nada más».

«No vamos a buscar nada más. Es hasta demasiado para el Hijo del hombre».