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Notas del tema

La Iglesia católica

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Comodidad de lectura

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ECR 31.7

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Zacarías es un sacerdote; José, no. Y, sin embargo, observa cómo él, que no lo es, tiene su espíritu en el Cielo más que quien lo es. Zacarías piensa humanamente, y humanamente interpreta las Escrituras, porque — no es la primera vez que lo hace — se deja guiar demasiado por su buen sentido humano. Ya fue castigado por ello, pero vuelve a caer en lo mismo, aunque menos gravemente. Ya respecto al nacimiento de Juan había dicho: “¿Cómo podrá ser esto, si yo soy viejo y mi mujer estéril?”. Ahora dice: “Para allanarse el camino, el Cristo debe crecer aquí”; y piensa — con esa pequeña raíz de orgullo que persiste incluso en los mejores — que él le puede ser útil a Jesús — no útil como quiere serlo José (sirviéndole), sino útil siendo maestro suyo (!) —. Dios le perdonó de todas formas por la buena intención; pero, ¿necesitaba, acaso, maestros el “Maestro”?

Traté de hacerle ver la luz en las profecías, mas él se sentía más docto que yo y usaba a su modo esta impresión suya. Yo habría podido insistir y vencer, pero — y ésta es la segunda observación que te presento — respeté al sacerdote; por su dignidad, no por su saber.

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María se refiere a la visión dada en EMV 31.1-5.

ECR 31.8

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

31.8 Por lo general, Dios ilumina siempre al sacerdote. Digo “por lo general”. Es iluminado cuando es un verdadero sacerdote. No es el hábito el que consagra; consagra el alma. Para juzgar si uno es un verdadero sacerdote, debe juzgarse lo que sale de su alma. Como dijo mi Jesús: del alma salen las cosas que santifican o que contaminan, las que informan todo el modo de actuar de un individuo. Pues bien, cuando uno es un verdadero sacerdote, generalmente siempre Dios le inspira. ¿Y los otros, que no son tales?: tener con ellos caridad sobrenatural, orar por ellos.

Y mi Hijo te ha puesto ya al servicio de esta redención, y no digo más. Alégrate de sufrir porque aumenten los verdaderos sacerdotes.

Palabras clave

ECR 31.9

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Obedecer salva siempre. Aunque no sea en todo perfecto el consejo que se recibe.

Tú has visto que nosotros obedecimos, y el fruto fue bueno. Verdad es que Herodes se limitó a ordenar el exterminio de los niños de Belén y de los alrededores. Pero, ¿no habría podido, acaso, Satanás llevar estas ondas de odio, propagarlas, mucho más allá de Belén, y persuadir a un simil delito a todos los poderosos de Palestina para lograr matar al futuro Rey de los judíos? Sí, habría podido. Y esto habría sucedido en los primeros tiempos del Cristo, cuando el repetirse de los prodigios ya había despertado la atención de las muchedumbres y el ojo de los poderosos. Y, si ello hubiera sucedido, ¿cómo habríamos podido atravesar toda Palestina para ir, desde la lejana Nazaret, a Egipto, tierra que daba asilo a los hebreos perseguidos, y, además, con un niño pequeño y en plena persecución? Más sencilla la fuga de Belén, aunque — eso sí — igualmente dolorosa.

La obediencia salva siempre, recuérdalo.

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María habla de la obediencia de la Sagrada Familia cuando Zacarías les aconsejó que se quedaran en Belén.

ECR 31.10

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Salvar un alma es predestinar al Cielo la propia. Pero salvar un alma sacerdotal es salvar un número grande de almas, porque todo sacerdote santo es una red que arrastra almas hacia Dios, y salvar a un sacerdote, o sea, santificar, santificar de nuevo, es crear esta mística red. Cada una de sus capturas es una luz que se añade a vuestra eterna corona.

ECR 31.10

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

31.10 El respeto al sacerdote es siempre señal de formación cristiana. ¡Ay — y Jesús lo ha dicho — ay de los sacerdotes que pierden su llama apostólica! Pero también ¡ay de quien se cree autorizado a despreciarlos!, porque ellos consagran y distribuyen el Pan verdadero que del Cielo baja. Este contacto los hace santos cual cáliz sagrado, aunque no lo sean. De ello deberán responder a Dios. Vosotros consideradlos tales y no os preocupéis de más. No seáis más intransigentes que vuestro Señor Jesucristo, el cual, ante su imperativo, deja el Cielo y desciende para ser elevado por sus manos. Aprended de Él. Y, si están ciegos, o sordos, o si su alma está paralítica y su pensamiento enfermo, o si tienen la lepra de unas culpas que contrastan demasiado con su misión, si son Lázaros en un sepulcro, llamad a Jesús para que les devuelva la salud, para que los resucite.

Lamadle, almas víctimas, con vuestro orar y vuestro sufrir. Salvar un alma es predestinar al Cielo la propia. Pero salvar un alma sacerdotal es salvar un número grande de almas, porque todo sacerdote santo es una red que arrastra almas hacia Dios, y salvar a un sacerdote, o sea, santificar, santificar de nuevo, es crear esta mística red. Cada una de sus capturas es una luz que se añade a vuestra eterna corona.

ECR 32

El Evangelio como me ha sido revelado

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Título del capítulo : Presentación de Jesús en el Templo. La virtud de Simeón y la profecía de Ana.

Fecha de la visión y del dictado: Martes 1 de febrero de 1944

Calendario: lunes 20 de enero 4 d.C.

Lugar (mapa) : Jerusalén

Ciclo: Nacimiento e infancia de Jesús

Resumen: María y José dejan Belén para ir a Jerusalén. Van a presentar a Jesús en el Templo. La ceremonia transcurre sin contratiempos. Cuando termina el rito, se encuentran con Simeón, que pide llevarse al niño. Los padres aceptan la petición del anciano, que llora de alegría y pronuncia las palabras que conocemos por el Evangelio. Al oír las palabras sobre su futuro dolor, María dejó de sonreír y estrechó al Niño contra su corazón, mientras se acercaba a José. Ana de Fanuel vino a consolarla.

Jesús dio entonces un dictado y dos enseñanzas. La primera es que la verdad no se revela al sacerdote que celebra el rito, que está espiritualmente ausente. La verdad se revela a Simeón, que es un simple fiel, pero que se ha dejado mover por el Espíritu, teniendo siempre buena voluntad en su interior. La segunda enseñanza se refiere a Ana de Fanuel, que consuela a María. Se dirige a los contemporáneos de María y a nuestro tiempo, para decir que el Señor también puede enviar a su ángel para consolar a su pueblo. Basta con tener la fe suficiente para invocarle, para recibir su misericordia y su perdón. El Salvador señala también que Dios se mantuvo fiel a su promesa de no volver a enviar el Diluvio, mientras que el hombre no cumple sus promesas. Sin embargo, Dios volvería a ayudarnos si la mayoría de nosotros le invocáramos con fe y amor.

Por último, dice a los que intentan contrarrestar la severidad de Dios que no teman, pues el Altísimo nos enviará a su ángel para consolarnos. Debemos permanecer unidos a la Cruz, pues siempre ha triunfado.

Contenido del capítulo: 32.1: Por el campo. 32.2 : Y en la ciudad. 32.3: La purificación de la madre. 32.4: La presentación del niño. 32.5: Las profecías de Simeón. 32.6 : La profetisa Ana de Fanuel. 32.7 : La buena voluntad no se demuestra en las prácticas externas, sino en la oración. 32.8 : Simeón tenía esta buena voluntad y perseverancia. 32.9 : Pon tu angustia a los pies de Dios.

ECR 32.1

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Reconozco a esta Mamá nuestra. Es la misma de siempre: pálida y rubia, grácil y muy fina en todos sus movimientos. Va vestida de blanco y arropada con un manto azul pálido, cubre su cabeza un velo blanco. Lleva con mucho cuidado a su Niño.

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Descripción física de María en la Presentación en el Templo.

Palabras clave

ECR 32.1

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

32.1 Veo que de una casita modestísima sale una pareja de personas. Por una escalerita externa baja una jovencísima madre con un niño en brazos envuelto en un lienzo blanco.

Reconozco a esta Mamá nuestra. Es la misma de siempre: pálida y rubia, grácil y muy fina en todos sus movimientos. Va vestida de blanco y arropada con un manto azul pálido, cubre su cabeza un velo blanco. Lleva con mucho cuidado a su Niño.

Al pie de la escalera la está aguardando José al lado de un burrito pardo. José, tanto por lo que se refiere a la túnica como al manto, está vestido todo de color marrón claro. Mira a María y le sonríe. Cuando María llega hasta el burrito, José se pasa las riendas del borriquillo al brazo izquierdo y para que María pueda sentarse mejor en la albardilla del asno, toma un momento al Niño, que duerme tranquilo. Luego le vuelve a dar a Jesús y se ponen en camino.

José va andando al lado de María, sujetando siempre por las riendas al jumento y poniendo cuidado en que éste vaya derecho y sin tropiezos. María tiene a Jesús en el regazo, y, como si tuviera miedo a que cogiese frío, le extiende encima un borde de su manto. Los dos esposos hablan poquísimo, pero se sonríen frecuentemente.

El camino, que no es ningún modelo de vía, en una campiña desnuda por la estación que corre, se articula en varias direcciones. Algún que otro viajero se cruza con ellos dos, o los alcanza, pero son raros.