«¡Aquí estamos, Maestro!» es el saludo de Tomás, que está con Felipe y Bartolomé en el otro lado de la Puerta.
«¿No está Judas?», «¿Por qué aquí?» preguntan varios.
«No. Estamos aquí desde esta mañana temprano, porque temíamos que pudieras anticipar la llegada. A Judas no le hemos visto. Ayer me encontré con él. Estaba con Sadoq, el escriba. ¿Sabes quién, José?... ese anciano, delgado, con la verruga debajo del ojo. Y había también otros, jóvenes, con ellos. Le grité para saludarle, pero no me respondió, haciendo como que no me conocía. Yo me dije: “¿Pero qué le pasa a éste!”, y le seguí unos metros. Se separó de Sadoq — con él parecía un levita — y se fue con los otros de su edad, que... estaba claro que no eran levitas... Ahora no está... ¡Y sabía que habíamos decidido venir aquí!».
Felipe no dice nada. Bartolomé aprieta los labios hasta casi meterlos hacia dentro, para poner freno al juicio que le sube del corazón.
«¡Bien! ¡Bueno! ¡Vamos igual! ¡No voy a llorar por su ausencia, eso está claro!» dice Pedro.
«Vamos a esperar todavía un poco. Quizás le han entretenido por el camino» dice serio Jesús.
Se ponen junto al muro, de la parte de la sombra: las mujeres en un grupo, los hombres en otro.
Todos están vestidos solemnemente; Pedro, verdaderamente de gala: cubre su cabeza una relumbrante prenda novísima, cándida como la nieve, sujeta por una cinta bordada en rojo y oro; lleva su mejor túnica, de color granate oscurísimo, adornada con un cinturón nuevo (del mismo tipo que el galón que ciñe su cabeza) del que pende el cuchillo (vaina de puñal, empuñadura burilada, funda de latón toda perforada, a través de la cual se ve brillar el hierro tersísimo de la hoja). Todos los demás están también armados más o menos así. El único que no lleva armas es Jesús, que viste lino blanquísimo y un manto azulino (ciertamente lo ha tejido María durante el invierno). Margziam está vestido de rojo pálido; un galón de tono más oscuro ciñe el cuello, el extremo inferior y las bocamangas; lleva un galón igual, bordado, en la cintura y en los bordes del manto que porta plegado en el brazo (contento, con la otra mano lo acaricia); de tanto en tanto, alza la cara, mitad risueña, mitad preocupada... También Pedro lleva en la mano, con cuidado, un paquete.
201.3
Pasa el tiempo... y Judas no llega.
«No se ha dignado...» dice Pedro enfadado; quizás hubiera añadido algo, pero el apóstol Juan dice: «A lo mejor nos está esperando en la Puerta Dorada...».
Van al Templo; pero Judas no está.
A José de Arimatea se le acaba la paciencia y dice: «Vamos».