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Notas del tema

Región de Judea

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ECR 207.5-7 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«Venid. Vamos a la gruta. Es inútil entrar en la ciudad. Los mejo res amigos de mi Niño ya no están. Queda la naturaleza amiga, con sus piedras, su riachuelo, su leña para encender fuego; la naturaleza que sintió la llegada de su Señor... Sí, venid sin vacilación. Se tuerce por aquí... Allí están las ruinas de la Torre de David: ¡la aprecio más que a un palacio! ¡Benditas ruinas! ¡Bendito riachuelo! ¡Bendito árbol que, como por milagro, te despojaste, con el viento, de muchas de tus ramas para que encontrásemos leña y pudiéramos encender fuego!».

María baja ligera hacia la gruta, atraviesa el pequeño riachuelo por una tabla que hace de puente, corre hacia el espacio abierto que hay delante de las ruinas y cae de rodillas a la entrada de la gruta, y se curva para besar su suelo. La siguen todos los demás. Están emocionados... El niño, que no la deja ni un instante, parece estar escuchando una historia maravillosa; sus ojitos negros beben las palabras y los gestos de María sin perderse ni uno solo.

María se pone en pie y entra diciendo:

«¡Todo, todo como entonces!... Pero en aquella ocasión era de noche... José me hizo luz para que entrase. Entonces, sólo entonces, desmontando del borriquillo, sentí lo cansada y helada que estaba... Un buey nos saludó. Me acerqué a él para sentir un poco de calor, para apoyarme sobre el heno... José, aquí, donde estoy yo, extendió heno para hacerme un lecho. Lo había secado a la llama que estaba encendida en aquel rincón; para mí y para ti, Hijo... porque era bueno como un padre, con su amor de esposo-ángel... Y los dos de la mano, como dos hermanos perdidos en la oscuridad de la noche, comimos nuestro pan y nuestro queso; luego él fue allí, a alimentar el fuego, y se quitó el manto para tapar la abertura... En realidad, había corrido el velo ante la gloria de Dios que descendía del Cielo, Tú, mi Jesús... Y yo permanecí allí, encima del heno, al calorcito de los dos animales, arropada en mi manto y con la manta de lana... ¡Mi amado esposo!... En la conmoción de aquella hora, en que me encontraba sola ante el misterio de la primera maternidad, siempre henchida de lo desconocido para una mujer, y para mí — en mi maternidad única — henchida además del misterio del qué sería ver al Hijo de Dios surgir de carne mortal, José fue para mí como una madre, como un ángel... mi consuelo... entonces y siempre...

207.6

Luego, silencio y sueño descendieron y circundaron al Justo... para que no viera lo que para mí era el beso de Dios de cada día... Y, tras el intermedio de las humanas necesidades, he aquí que me llegan las desmesuradas olas del éxtasis, que vienen del mar paradisíaco, y que me elevan de nuevo a lo alto de las crestas luminosas, cada vez más altas, y me llevan arriba, arriba, con ellas, a un océano de luz, de luz, de alegría, paz, amor, hasta verme perdida en el mar de Dios, del seno de Dios... Oigo todavía una voz de la tierra: “¿Duermes, María?”. ¡Qué lejana!... ¡Es un eco, un recuerdo de la tierra!... Tan débil que el alma no reacciona. No sé lo que respondo. Mientras, sigo subiendo, subiendo, en esta inmensidad de fuego, de beatitud infinita, de precognición de Dios... hasta Él, hasta Él. ¡Oh!, pero, ¿te alumbré yo a ti, o fui yo alumbrada por los trinitarios Fulgores aquella noche?, ¿te alumbré yo a ti, o Tú me aspiraste para alumbrarme? No lo sé... Luego el regreso, de coro en coro, de astro en astro, de estrato en estrato, dulce, lento, beato, sereno, como el de una flor que el águila ha llevado a las alturas para dejarla caer después, y desciende lentamente, en las alas del aire, embellecida por una gema de lluvia, por un pedacito de arco iris arrebatado al cielo, para encontrarse al final en la tierra que la viera nacer... Mi diadema: ¡Tú! Tú sobre mi corazón...

Aquí, sentada, después de haberte adorado, te amé. Por fin pude amarte sin la barrera de la carne; de aquí me desplacé para llevarte al amor de aquel que como yo era digno de estar entre los primeros que te amasen. Aquí, entre estas dos toscas columnas, te ofrecí al Padre. Aquí descansaste por primera vez sobre el pecho de José... Aquí te envolví en pañales y, los dos, te colocamos aquí... Yo te acunaba mientras José secaba el heno al fuego y se lo metía en su pecho para mantenerlo caliente. Luego, allí… adorándote los dos, así, así, inclinados hacia ti, como yo ahora; bebiendo tu respiración, contemplando hasta qué anonadamiento puede conducir el amor; llorando las lágrimas que, ciertamente, se lloran en el Cielo por el gozo inagotable de ver a Dios».

207.7

María, que ha estado yendo a un lado o a otro mientras evocaba los hechos, señalando los lugares, jadeante de amor, con un destello de llanto en sus ojos azules y una sonrisa en los labios, se inclina realmente hacia Jesús — que está sentado en una piedra grande mientras Ella cuenta — y le besa en el pelo, llorando, adorándole como entonces.

«Y luego los pastores... dentro, aquí, adorando con su buen corazón, con el intenso hálito de la tierra que con ellos entraba en su olor humano, de rebaños, de heno; y, afuera, y por todas partes, los ángeles, adorándote con su amor, con sus cantos (que ninguna criatura humana puede reproducir) y con el amor del Cielo, con la brisa del Cielo que con ellos entraba, que ellos portaban, entre sus fulgores... ¡Tu nacimiento, bendito mío!».

María se ha arrodillado al lado de su Hijo y llora de emoción con la cabeza reclinada en las rodillas de Jesús. Ninguno de los presentes se atreve a decir nada durante un rato; emocionados en mayor o menor grado, miran en torno a sí, como esperando ver pintada, entre las telas de araña y las ásperas piedras, la escena descrita...

María sale de este momento particular y torna a hablar: «Bien, he descrito el nacimiento, infinitamente sencillo, infinitamente grande, de mi Hijo. Lo he hecho con mi corazón de mujer, no con la sabiduría de un maestro. No hay más; en efecto, fue la cosa más grande de la tierra, si bien velada bajo las apariencias más comunes».

Detalle

La Virgen María cuenta la Natividad de su Hijo a los apóstoles, a Marziam y a algunas discípulas.

ECR 207.10 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«Ahora venid aquí afuera, junto al riachuelo, a la sombra del árbol bueno que, si el verano estuviera más adelantado, os daría además de su sombra sus manzanas. Venid. Comeremos antes de partir... ¿A dónde, Hijo mío?».

«A Jala. Está cerca. Y mañana iremos a Betsur».

Detalle

La Virgen María habla.

Anotación

En Jala: Beit Jala (la casa de la pradera). El nombre de este pueblo no aparece en la Biblia ni en ninguna fuente antigua actual. Por tanto, podemos considerar esta mención como un "raro conocido de Maria Valtorta" (Jean-François Lavère, Dictionnaire géographique de l'Évangile, según Maria Valtorta).

ECR 208

El Evangelio como me ha sido revelado

Detalle

Título del capítulo: María vuelve a ver al pastor Elías y se dirige a Elisa de Bet-Çur (Bethsur).

Fecha de la visión: miércoles 4 de julio de 1945

Calendario: viernes 7 abril 28 (24 Nissan 3788)

Localización (mapa): Hacia Bet-çur

Ciclo: Viaje en espera de Pentecostés

Resumen: Jesús envía a los apóstoles por delante para buscar a Elías y a los pastores de la Natividad. Marziam se queda con él, junto con la Virgen, María de Alfeo y María Salomé. El niño quiere saber más sobre los pastores y se sorprende de que los hayan tratado mal. La Virgen y Marziam hablan luego de la masacre de los Inocentes y del Limbo, y María le asegura que no irá al Seol, pues Jesús ya habrá abierto las puertas del Cielo cuando muera. Por último, el niño pregunta cómo podemos estar con Dios si el Padre está en el Cielo, y la Madre de Jesús le explica que Dios es omnipresente y nos ama. El hecho de que el Señor pueda incluso amar a Doras perturba al muchacho, y cuando María sugiere que rece para que se arrepienta, Marziam responde con una venganza que preferiría rezar para que el fariseo muriera. Todos se ríen de su respuesta, y María le corrige diciendo que Dios no puede aprobar esa actitud. Pero Marziam ha sufrido demasiado por culpa de Doras, y después de relatar algunos de sus recuerdos, llora, grita y se retuerce de dolor. Jesús interviene y le dice que no odie a nadie bajo ninguna circunstancia, y que le pida al Padre mismo que piense en lo que quiere. La paz vuelve al corazón del niño y el grupo continúa su camino.

Contenido del capítulo: 208.1: Jesús envía a los apóstoles a buscar a los pastores. 208.2: María le habla a Marziam de los Santos Inocentes, del Limbo y del Cielo. 208.3: Ella le habla de perdonar a Doras, que lo ha hecho sufrir tanto, pero Marziam no puede evitar odiarlo. 208.4: Jesús lo convence de que no odie, sino que rece. 208.5: Llegamos a los Estanques de Salomón, donde estaban sus espléndidos jardines. 208.6: De camino a Bet-Zur. 208.7: En Bet-Zur, María saluda a Elías, que le trae muy malas noticias sobre Elisa. 208.8: María y Jesús consiguen entrar en su casa. 208.9: Ante el dolor de Elisa, María le dice que su hijo muerto le trae el Cristo que buscaba. 208.10: Jesús le confirma que su pueblo vive para siempre. 208.11: Mañana hablará cerca de su casa. María se quedará en casa. Cuando Elisa ve el cambio, la sirvienta clama por un milagro.

Edición anterior: Volumen 3, capítulo 70

ECR 208.5-6 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Resplandecen las tres balsas excavadas en la roca del monte, obra verdaderamente grandiosa: resplandece su superficie cristalina y la cola de agua que del primer estanque baja al segundo (más grande), y de éste al tercero (realmente un pequeño lago que dirige, a través de los conductos, hacia ciudades lejanas, el agua). Por la humedad del suelo, en esta zona, todo el monte, desde el manantial hasta los estanques y de éstos al pie, es de una bellísima fertilidad; flores, en combinación más rica que las silvestres, ríen, por las pendientes verdes, junto a hierbas perfumadas y singulares: en efecto, da la impresión de que estas flores fueran de jardín y que hubieran sido sembradas por el hombre, como también las hierbas olorosas, y difunden por el aire, con el sol que las calienta, su perfume (canela, alcanfor, clavel, espliego, y otros aromas penetrantes, fragantes, fuertes, delicados...) en una fusión maravillosa de los mejores olores de la tierra; yo diría “sinfonía de perfumes”; es la gran composición poética de hierbas y flores, con sus colores y fragancias.

Todos los apóstoles están sentados a la sombra de un árbol cargado de grandes flores blancas cuyo nombre desconozco, con sus enormes campanillas colgantes de esmalte blanco, que ondean ante el mínimo soplo de viento; cada vaivén esparce por el aire una ola de fragancia. Desconozco el nombre de este árbol, pero por su tipo de flor me recuerda a un arbusto de Calabria, que allí le llaman “bottaro”; no por lo que respecta al tallo, ya que éste es un árbol alto, de tronco recio, no un arbusto.

Jesús los llama y ellos acuden.

«Hemos encontrado, al poco rato de separarnos, a José, que estaba regresando de un mercado. Esta tarde estarán todos en Betsur. Nos hemos reunido llamándonos a voces, y luego hemos estado aquí, al fresco» explica Pedro.

«¡Qué bonito lugar! ¡Parece un jardín! No había acuerdo entre nosotros respecto a si era, o no, natural; unos se obstinaban en una cosa y otros en la otra» dice Tomás.

«La tierra de Judea tiene estas maravillas» dice Judas Iscariote, inevitablemente llevado por todas las cosas, incluso por las flores y las hierbas, a la soberbia.

«Sí, pero... yo creo que si, por ejemplo, el jardín de Juana, en Tiberíades, quedase abandonado y pasase al estado natural, Galilea tendría también la maravilla de espléndidas rosas entre ruinas» rebate Santiago de Zebedeo.

«Y no estás en error. En esta zona estaban los jardines de Salomón, célebres en el mundo de entonces como sus palacios. Quizás soñó aquí el Cantar de los Cantares y aplicó a la Ciudad santa todas las bellezas que por voluntad suya habían crecido aquí» dice Jesús.

«¡Entonces tenía razón yo!» dice Judas Tadeo.

«Sí, tenías razón. Fíjate, Maestro, Judas citaba el Eclesiastés y unía la idea de los jardines con la de los depósitos y terminaba diciendo: “Pero se dio cuenta de que todo es vanidad y de que nada dura bajo el sol, excepto la Palabra de mi Jesús”» dice el otro hermano, Santiago.

«Gracias. Demos también las gracias a Salomón, sean o no suyas las flores originarias; sí lo son, sin duda, los estanques, que proveen de agua a las plantas y a los hombres. Bendito sea por este motivo. Vamos allá, a aquel rosal grande y descuidado que ha entretejido una galería florida de árbol a árbol. Allí nos detendremos. Estamos casi a mitad de camino»....

208.6 ...Y reanudan el camino hacia la hora nona, cuando ya las sombras de cada árbol de esta zona — toda ella muy bien cultivada — se alargan. Da la impresión de estar en un inmenso jardín botánico, porque todas las especies de árboles, maderables, frutales, ornamentales, están en él representadas. Abundan los labriegos, pero no se interesan de esta comitiva, que, por otra parte, no es la única; otros grupos de hebreos recorren el trayecto de retorno de las fiestas pascuales.

El camino, quebrado entre los montes, es, a pesar de ello, bastante bueno, y las vistas, continuamente variadas, le quitan monotonía. Regatos y torrentes dibujan comas de plata líquida, y escriben palabras, para después cantarlas con sus mil meandros intersecados, que se expanden entre los árboles del bosque, o desaparecen en el interior de cavernas para después volver a la luz más bellos: parece como si jugaran con los árboles y las piedras, como niños amenos.

ECR 209

El Evangelio como me ha sido revelado

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Título del capítulo : La fecundidad del sufrimiento en el discurso de Jesús cerca de la casa de Elise en Bet-Çur.

Fecha de la visión: Jueves 5 de julio de 1945.

Calendario: viernes 7 abril 28 (25 Nissan 3788)

Lugar (mapa): Bet-Çur

Ciclo: Apostolado en Judea

Resumen: Los habitantes de Bet-zur se enteran de que Elisa se ha recuperado de su enfermedad y quieren verla, tanto por amistad como por curiosidad. Jesús los reprime suavemente, como sólo él puede hacerlo, y va a ver a su Madre y a Elisa. Las dos mujeres estaban en el huerto, pero éste se había descuidado, y la Virgen les prometió que lo devolverían a su antiguo esplendor. Así que le permitieron quedarse unos días con su amiga. Cristo fue entonces a ver a los pastores y les dijo que quería que fueran sus discípulos, pero que para ello tendrían que dejar sus trabajos actuales. Como no sería justo dejarlo todo en la estacada, acordaron con Jesús que seguirían cuidando de sus rebaños hasta que su patrón supiera cómo contratar a nuevos pastores.

Resuelto este punto, el Señor dio una charla cerca de la casa de Elisa, en un lugar donde ella pudiera oírle sin ser vista por los aldeanos. Después de mencionar discretamente el dolor de Marziam como huérfano y la triste viudez de Elisa, prometió llamar a muchos hombres para que le siguieran, pues él ya no era suficiente para satisfacer las infinitas necesidades de sus hermanos y hermanas, y tenía el deber de consolarlos llevándoles el conocimiento exacto de Dios. Invita así a las almas a venir, por medio de sus discípulos y apóstoles, para encontrar consuelo en sus sufrimientos.

A continuación, Jesús evoca el Libro de Rut y el dolor de Noemí, que había perdido a su marido y a sus hijos. Rut, su nuera, se negó a abandonarla, porque se dio cuenta de que su dolor de joven viuda era más leve que el de Noemí por la pérdida de sus hijos. El sufrimiento es, pues, una cruz, "pero también es un ala", y el Redentor insiste especialmente en el valor de la caridad, en salir de uno mismo, de las propias tinieblas, del propio egoísmo. Nos anima a tender la mano a los huérfanos, a los enfermos, a los solitarios, a olvidarnos de nosotros mismos en medio de los olvidados. De este modo, los que ya no tenían nada podrán un día bendecir al Señor gracias a estas personas que les habrán sacado de su desgracia, de su soledad y de su sufrimiento.

Jesús concluye con las consecuencias de la bondad, que puede "provocar tal marea de amor". Termina ahí su discurso, mientras Elisa llora, y no deja entrar a nadie en el jardín donde se encuentra.

Contenido del capítulo: 209.1: La curación de Elisa despierta la curiosidad de los habitantes de Bet-Çur. 209.2: Respeto a la convalecencia de Elisa. 209.3: Jesús entra en el jardín de Elisa. María se quedará con ella unos días. 209,4: Jesús invita a los tres pastores a seguirle. 209,5: Sólo Dios alivia el sufrimiento. Venid a mí a través de mis discípulos. 209,6: Medita sobre el dolor de Noemí y el amor de Rut. 209,7: El dolor es una cruz y un ala. Los efectos insospechados de la bondad. Jesús protege a Elisa.

Edición anterior: Volumen 3, capítulo 71

ECR 210

El Evangelio como me ha sido revelado

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Título del capítulo: En el camino de Hebrón, las preocupaciones de Judas Iscariote.

Fecha de la visión: Viernes 6 de junio de 1945.

Calendario: domingo 9 de abril 28 (27 Nissan 3788)

Localización (mapa) : Hacia Hebrón

Ciclo: Apostolado en Judea

Resumen: Judas está de mal humor y pregunta a María de Alfeo y a María Salomé si tienen intención de visitar todos los lugares de Israel. El hombre está impaciente, porque quiere ir a Keroth con el Maestro y ya le molesta la idea de que María, que en ese momento está en Bet-çur, no vaya con ellas. Se lamenta de que Jesús ya no haga milagros brillantes, y le parece que están dando un pobre espectáculo. Incluso Andrés le reprendió, señalando que había sido él quien se había impuesto en el grupo de apóstoles sin que Jesús le eligiera. Tomás bromeó entonces, pero cuando Judas reprochó al Maestro no haber hecho nada, su colega le recordó la curación de los leprosos, episodio en el que el Iscariote no estuvo presente, por su propia culpa. Tomás dio entonces al joven un sabio consejo, animándole a cambiar, a no desilusionarse, a no tomarse por el amo del Maestro.

La conversación volvió a los santos lugares de Israel, y como Judas refunfuñara que se trataba de las leyendas habituales, Tomás señaló que su amigo había querido ir a Endor, que no brillaba por su pureza, mientras que las mujeres iban donde había santos. Sale a relucir el tema de Juan de Endor, y su acalorada conversación continúa, con Judas criticándolo todo. Jesús supuestamente ya no les habla, se preocupa demasiado por Marziam, elige a los discípulos equivocados con gente como el viejo Juan... y todo es un pretexto para refunfuñar. Pronto, María de Alfeo y María Salomé se escabullen con Andrés. Tomás y Judas ni siquiera se dan cuenta de la silenciosa llegada de Jesús, que interviene en el momento justo y calma las preocupaciones de Judas. El Maestro les asegura que su Madre sí vendrá a Kerioth y justifica todas sus decisiones, especialmente la de dejar a Simón el Zelote con la Virgen, porque es viejo, sabe callar y respeta el dolor de Elisa. Judas, por su parte, preocupado por las ilusiones, queda impresionado por la bondad de Cristo y por la forma en que le tranquiliza. Finalmente, la conversación se vuelve más ligera cuando hablan de los lugares históricos de Israel y de cómo se comporta Simon-Pierre en clase... Lo que hace reír a todos.

Contenido del capítulo: 210.1: A Judas le gustaría que Jesús hiciera más milagros. 210.2: Las mujeres y Andrés se escandalizan, Tomás interviene. 210.3: Sermonea a Judas. 210.4: Que está celoso del lugar que ocupan Marziam y Juan de En-Dor. 210.5: Jesús explica su decisión a Judas. 210.6: Casi le hace llorar. 210.7: Pedro admira la pedagogía de Jesús.

Edición anterior: Tomo 3, capítulo 72.

ECR 210.3 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«Vamos a darles a las discípulas la satisfacción de ir a ver la tumba de Abraham, su árbol y la tumba de Jesé y... ¿qué más habíais dicho?».

«Se dice que aquí vivió Adán y murió asesinado Abel...».

«Las consabidas leyendas sin sentido!...» dice Judas rezongando.

«Dentro de un siglo se dirá que lo de la gruta de Belén y muchas otras cosas son una leyenda.»

Anotación

Complacemos a las discípulas yendo a ver la tumba de Abraham, su árbol : La tumba de los patriarcas: La encina de Mambré, cerca de Hebrón (Génesis 13:18). Cerca de allí, Abraham adquirió la cueva de Macpela, donde enterró a su esposa Sara (Génesis 23:19). Él mismo fue enterrado allí (Génesis 25:8-9). Véanse los textos bíblicos a continuación.

La tumba de Jesé: En Hebrón se honra la tumba de Jesé, padre de David, y de su abuela Rut la moabita, esposa de Booz.

Se dice que es el lugar donde vivió Adán y donde fue asesinado Abel ... Son tradiciones judías (a veces embellecidas) de las que se hacen eco los Padres de la Iglesia (san Jerónimo, Orígenes, san Amboise, etc.).

Libro del Génesis 13, 18

Gn 13, 18 : Abram levantó sus tiendas y vino a vivir en los robles de Mambré, que están en Hebrón; y allí edificó un altar a Yahvé.

Libro del Génesis 23, 19

Gn 23, 19 : Después de esto, Abraham enterró a su mujer Sara en la cueva de Macpela, frente a Mambré, que es Hebrón, en la tierra de Canaán.

Libro del Génesis 25, 8-9

Gn 25, 8-9 : Abraham murió en una vejez feliz, anciano y lleno de días, y se reunió con su pueblo. 9 Isaac e Ismael, sus hijos, lo enterraron en la cueva de Macpela, en el campo de Efrón, hijo de Seor el hitita, que está frente a Mambré.

ECR 211

El Evangelio como me ha sido revelado

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Título del capítulo: Regreso a Hebrón. Discursos y milagros en el jardín de la casa de Juan el Bautista.

Fecha de la visión: Sábado 7 de julio de 1945.

Calendario: domingo 9 de abril 28 (27 Nissan 3788)

Lugar (mapa) : En Hebrón

Ciclo: Apostolado en Judea

Resumen: Hebrón ha cambiado desde el año anterior, porque el pueblo ha oído hablar de los milagros de Jesús y sus habitantes se han puesto a pensar. Tras una breve mención de Doras, Juana de Kouza y Sciammai, el antiguo maestro de Aglaé, el grupo apostólico se entera de que el jefe de la sinagoga quiere recibir al Maestro. Jesús accede y se dirigen a la casa de Juan el Bautista. Cristo asegura al sacerdote que no le guarda rencor por haberle expulsado el año pasado, pues entonces era un desconocido y, además, pensaba que hacía lo correcto. Desde entonces, Juan el Precursor les había animado a acudir al Señor, y ahora querían hacerlo, sobre todo porque tenían enfermos entre ellos. Así que Jesús les dijo que los reunieran, y cuando lo hubo hecho, los curó. Luego comenzó a hablar.

El tema principal de su discurso eran los siervos de Dios. Muchos de ellos tienen ahora ídolos en su vida, y por eso puede florecer el mal, como en el caso de Herodes, que encarcela a Juan el Bautista y pronto le dará muerte. Estos siervos idólatras ya no saben hablar el lenguaje de Dios, incluidos los sacerdotes del Templo. En cambio, quieren permanecer en sus tinieblas y dejarse comprar por el poder y el maldito dinero. Pero, como enseña Cristo, no hay dinero para comprar conciencias. Al contrario, siempre hay tiempo para ponerse al servicio de Dios, y Jesús invita al pueblo de Hebrón a no defraudar a su Juan, sino a prepararse para la Redención. Es más, el Salvador promete que no guarda rencor por la mala acogida que recibió hace unos meses. Cualquiera puede seguirle, sólo pide buena voluntad.

Se produce un último milagro cuando llega un hombre tullido que parecía una S. Lo cura, luego Jesús va a casa del jefe de la sinagoga y la visión termina.

Contenido del capítulo: 211,1: En un año cambió la opinión de los habitantes de Hebrón. Han sido evangelizados. 211.2: La casa del Bautista está en un estado terrible. 211.3: El jefe de la sinagoga pide perdón por el pasado. El Bautista suplica por Jesús. Los signos del Mesías. 211.4: Múltiples curaciones. 211.5: Persecuciones contra el Bautista y el Mesías. 211.6: Lo que dice la carta de Jeremías (Baruc 6) sobre los ídolos. 211.7 : Los ídolos humanos del Templo. Eunucos espirituales. 211.8 : No defraudes a tu Juan. No te guardo rencor. 211.9 : Curando a Masala, el hombre de S.

Edición antigua: Tomo 3, capítulo 73.

ECR 211.2 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Judas confía que el arquisinagogo quería venir con él, pero que no se ha atrevido a tomar por sí solo la decisión: «¿Te acuerdas, Juan, cómo nos rechazó el año pasado?».

«Sí... pero vamos a decírselo al Maestro».

Le preguntan a Jesús, y responde que entrarán en Hebrón (si desean su presencia y los llaman, se detendrán un tiempo; si no, pasarán sin detenerse). «Así veremos también la casa de Juan el Bautista. ¿De quién es ahora?».

«Creo que de quien quiere. Samay se marchó y no ha vuelto. Ha quitado el mobiliario y la servidumbre. Los habitantes de la ciudad, para vengarse de sus vejaciones, han abierto una brecha en el muro de protección y ahora la casa es de todos; al menos el jardín. Se reúnen allí para venerar a su Juan. Se dice que Samay ha sido asesinado. No sé por qué motivo... parece que por una cuestión de mujeres...».

«¡Alguna trama podrida de la corte, sin duda!» masculla Natanael entre dientes.

Anotación

Sobre el jefe de la sinagoga, véaseEMV 77.8.

ECR 211.3-4 · Volume 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Se alzan y se ponen en camino en dirección a Hebrón, hacia la casa de Juan el Bautista. Cuando les falta poco para llegar, se ve venir hacia ellos a un grupo compacto de gente de la ciudad. Se acercan un poco vacilantes, curiosos, cohibidos. Pero Jesús los saluda con una sonrisa, lo cual hace que se sientan más seguros. El grupo entonces se escinde, con lo cual deja ver al arquisinagogo irrespetuoso del año anterior.

«¡Paz a ti!» saluda inmediatamente Jesús. «¿Nos permites detenernos en tu ciudad? Vienen conmigo mis discípulos predilectos y las madres de algunos de ellos».

«Maestro, ¿pero no nos guardas rencor, al menos a mí?».

«¿Rencor? No lo conozco, ni sé por qué motivo debería sentirlo?».

«El año pasado fui violento contigo...».

«Fuiste violento con el Desconocido, creyéndote en el derecho de serlo. Luego viste claro y te arrepentiste de lo que habías hecho. Mira, son cosas pasadas, y, de la misma forma que el arrepentimiento anula la culpa, el presente anula el pasado; ahora, para ti, Yo ya no soy el Desconocido. ¿Qué sentimientos tienes, pues, respecto a mí en este momento?».

«De respeto, Señor. De... deseo de...».

«¿Deseo? ¿Qué quieres de mí?».

«Quiero conocerte más de lo que te conozco».

«¿Cómo? ¿De qué forma?».

«A través de tu palabra y de tu obra. Nos ha llegado noticia de ti, de tu doctrina y poder; se ha dicho incluso que contribuiste a la liberación de Juan... Significa que no le odiabas, que no tratabas de suplantar a nuestro Juan. Él mismo no ha negado que por ti volvió a ver el valle del santo Jordán. Hemos ido a verle y le hemos hablado de ti. Nos ha dicho: “No sabéis lo que habéis rechazado. Debería maldeciros, pero os perdono porque Él me ha enseñado a perdonar y a ser manso. No obstante, si no queréis ser anatemas ante el Señor y ante mí, su siervo, amad al Mesías. Y no dudéis. Su testimonio es éste: espíritu de paz, amor perfecto, sabiduría que supera a cualquier otra, doctrina celestial, mansedumbre absoluta, poder sobre todas las cosas, humildad total, castidad angelical. No podréis equivocaros: cuando respiréis paz ante un hombre que se dice Mesías, cuando bebáis amor (el amor que emana de Él), cuando paséis de vuestras tinieblas a la Luz, cuando veáis la redención de los pecadores y la curación de los cuerpos, decid: ‘¡Éste es verdaderamente el Cordero de Dios!’ ”. Pues bien, nosotros sabemos que tus obras son las que dice nuestro Juan; por tanto, perdónanos, ámanos, danos eso que el mundo espera de ti».

«Estoy aquí para esto. Vengo de muy lejos para dar también a la ciudad de Juan lo que ofrezco en todos los lugares en que se me recibe. ¿Qué deseáis de mí? Hablad».

«Nosotros también tenemos enfermos y somos ignorantes, especialmente en lo que concierne al amor y a la bondad. Juan, en su amor total a Dios, tiene mano férrea y palabra de fuego; quiere doblegar a todos como un gigante comba un tallito de hierba; muchos se desaniman porque el hombre es más pecador que santo. ¡Es difícil ser santo!... Se dice que Tú no sometes, sino que elevas; que no cauterizas, sino que aplicas bálsamos; que no trituras, sino que acaricias. Se sabe que eres paternal con los pecadores, que dominas las enfermedades, cualesquiera que sean, sobre todo las del corazón. Los rabíes ya no lo saben hacer».

211.4

«Traedme a vuestros enfermos; luego reuníos en este jardín que fue elevado a templo por la Gracia que en él habitó, y que después quedó abandonado y fue profanado por el pecado».

Los hebronitas se esparcen en todas las direcciones, como golondrinas; se queda el arquisinagogo, que atraviesa con Jesús y sus discípulos la cerca del jardín, para ir a la sombra de una vasta pérgola recubierta de una maraña de rosas y parras que han crecido según su beneplácito. Regresan pronto, trayendo a un paralítico recostado en una camilla, a una joven ciega, a un mudito y a otros dos enfermos de no sé qué que vienen apoyándose en los que los acompañan.