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Notas del tema

Virtudes de la Virgen María

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Comodidad de lectura

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ECR 37.6-7

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

37.6 ¡Cuánto deberían las familias aprender de estos esposos perfectos, que se amaron como ningunos otros lo hicieran!

José era la cabeza. Clara e indiscutible era su autoridad familiar; ante ella se plegaba reverente la de la Esposa y Madre de Dios; a ella se sujetaba el Hijo de Dios. Todo lo que José decidía, bien hecho estaba; sin discusiones, sin obstinaciones, sin resistencia alguna. Su palabra era nuestra pequeña ley. ¡Y, a pesar de ello, cuánta humildad tuvo! Jamás abusó de su poder, jamás dictaminó cosa alguna contra todo canon, simplemente por ser el jefe. La Esposa era su dulce consejera, y aunque Ella, en su profunda humildad, se considerase la sierva de su consorte, éste extraía, de su sabiduría de Llena de Gracia, la luz para conducirse en todo lo que acaecía.

Y Yo así fui creciendo, cual flor protegida por dos vigorosos árboles, entre estos dos amores que se entrelazaban por encima de mí para protegerme y amarme.

No. Mientras la edad me hizo ignorar el mundo, Yo no sentí nostalgia del Paraíso. Presentes estaban Dios Padre y el Divino Espíritu, pues María estaba llena de Ellos. Y los ángeles allí moraban, porque nada les hacía alejarse de esa casa. Y hasta podría decir que uno de ellos se había revestido de carne y era José, alma angélica liberada del peso de la carne, dedicada sólo a servir a Dios y a su causa y a amarle como le aman los serafines. ¡Oh, la mirada de José!: pacífica y pura como la de una estrella ajena a toda concupiscencia terrena. Era nuestro descanso y nuestra fuerza.

37.7 Hay muchos que piensan que Yo no sufrí humanamente cuando la muerte apagó esa mirada de santo, esa mirada celadora presente en nuestra casa. Si bien, siendo Dios — y, como tal, conociendo la feliz ventura de José — no me apenó su partida (que tras breve estancia en el Limbo le había de abrir el Cielo), como Hombre sí lloré en esa casa privada de su amorosa presencia. Lloré por el amigo desaparecido. ¿Y es que, acaso, no debía haber llorado por este santo mío, en cuyo pecho, de pequeño, yo había dormido, y del cual había recibido amor durante tantos años?

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Jesús habla de sus padres y dice:

ECR 44.13-14

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

María ora. Porque Dios le dé un dolor, no se niega a orar. Recordadlo. Ora junto con Jesús. Ora al Padre nuestro y vuestro.

El primer “Pater noster” fue pronunciado en el huerto de Nazaret para consolar la pena de María, para ofrecer “nuestras” voluntades al Eterno en el momento en que comenzaba para estas voluntades el período de una renuncia cada vez mayor, que habría de culminar en la renuncia de la vida para Mí y de la muerte de un Hijo para María.

Y, aunque nosotros no tuviéramos nada que necesitara el perdón del Padre, por humildad incluso, nosotros, los Sin Culpa, pedimos el perdón del Padre para afrontar, perdonados (absueltos incluso de un suspiro), dignamente nuestra misión. Para enseñaros que cuanto más se está en gracia de Dios más bendecida y fructuosa resulta la misión; para enseñaros el respeto a Dios y la humildad. Ante Dios Padre aun nuestras dos perfecciones de Hombre y de Mujer se sintieron nada y pidieron perdón, como también pidieron el “pan de cada día”.

¿Cuál era nuestro pan? ¡Oh!, no el que amasaron las manos puras de María, cocido en el pequeño horno, para el cual yo muchas veces había recogido haces y manojos de leña — que es también necesario mientras se está en esta Tierra —, no ese pan, sino que “nuestro” pan cotidiano era el de llevar a cabo, día a día, nuestra parte de misión. Que Dios nos la diera cada día, porque llevar a cabo la misión que Dios da es la alegría de “nuestro” día, ¿no es verdad, pequeño Juan? ¿No lo dices también tú, que te parece vacío el día, como si no hubiera existido, si la bondad del Señor te deja, un día, sin tu misión de dolor?

44.14

María ora con Jesús. Es Jesús quien os justifica, hijos. Soy Yo quien hace aceptables y fructuosas vuestras oraciones ante el Padre. Yo he dicho: “Todo lo que pidáis al Padre en mi nombre, Él os lo concederá”, y la Iglesia acredita sus oraciones diciendo: “Por Jesucristo Nuestro Señor”.

Cuando oréis, uníos siempre, siempre, siempre a mí. Yo rogaré en voz alta por vosotros, cubriendo vuestra voz de hombres con la mía de Hombre-Dios. Yo pondré sobre mis manos traspasadas vuestra oración y la elevaré al Padre. Será hostia de valor infinito. Mi voz, fundida con la vuestra, subirá como beso filial al Padre, y la púrpura de mis heridas hará preciosa vuestra oración. Estad en mí si queréis tener al Padre en vosotros, con vosotros, para vosotros.

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Jesús deja Nazaret para iniciar su vida pública.

ECR 52.4

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«Vamos a darle una satisfacción a mi Madre» dice entonces Jesús sonriendo. Y se encamina por las tierras, con sus dos compañeros, hacia la casa. Me he olvidado de decir que tengo la impresión de que María es o pariente o muy amiga de los parientes del novio, porque se ve que los trata con familiaridad.

Cuando Jesús llega, la persona de antes, puesta como centinela, avisa a los demás. El dueño de la casa, junto con su hijo, el novio, y con María, baja al encuentro de Jesús y le saluda respetuosamente. Saluda también a los otros dos. El novio hace lo mismo.

Pero lo que más me gusta es el saludo lleno de amor y de respeto de María a su Hijo, y viceversa. No grandes manifestaciones externas. Pero la palabra de saludo: «La paz está contigo» va acompañada de una mirada de tal naturaleza, y una sonrisa tal, que valen por cien abrazos y cien besos. El beso tiembla en los labios de María pero no lo da. Sólo pone su mano blanca y menuda sobre el hombro de Jesús y apenas le toca un rizo de su larga cabellera: una caricia de púdica enamorada.

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María y Jesús se encuentran en las bodas de Caná. María escribe:

ECR 57.2

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

57.2 Así llegan a casa. Y en el umbral de la casa está ya María, avisada por un muchachito premuroso.

«¡Hijo mío!».

«¡Mamá!».

Los dos están el uno entre los brazos del otro. María, que es mucho más baja que Jesús, tiene la cabeza apoyada en la parte más alta del pecho del Hijo, y está cerrada en el círculo de sus brazos. Él la besa sobre el pelo rubio. Entran en casa.

Los discípulos, incluido Judas, se quedan afuera, para que se sientan libres en estas primeras muestras de afecto.

«¡Jesús! ¡Hijo mío!». María habla con voz trémula como la de quien tiene las lágrimas en la garganta.

«¿Por qué, Mamá, estás así?».

«¡Hijo! Me han dicho... En el Templo aquel día había galileos, nazarenos... Han vuelto... y han contado... ¡Hijo!...».

«¡Pero tú, Mamá, ya ves que estoy bien! No he sufrido ningún mal. Sólo ha sido glorificado Dios en su Casa».

«Sí. Lo sé, Hijo de mi corazón. Sé que ha sido como el toque que llama a los que duermen. Y por la gloria de Dios yo me alegro... me alegro de que este pueblo mío se despierte a Dios... Yo no te lo reprocho... no te pongo obstáculos... te comprendo... y... y estoy contenta... pero te he engendrado, yo, ¡Hijo mío!...».

María está todavía en el círculo de los brazos de Jesús y ha hablado teniendo las manitas abiertas y apoyadas sobre el pecho del Hijo, con la cabeza alzada hacia Él, los ojos más brillantes por el llanto que está para rebosarlos; y ahora calla, volviendo a apoyar la cabeza en el pecho de su Hijo. Parece una tortolita gris, vestida como está de pardo-grisáceo, amparada por dos fuertes alas de candor, porque Jesús está todavía con su vestidura y manto blancos.

«¡Mamá! ¡Pobre Mamá! ¡Mi querida Mamá!...». Jesús la vuelve a besar.

Detalle

Jesús y sus discípulos llegan a Nazaret y van a casa de la Sagrada Familia.