ECR 27.2-3
El Evangelio como me ha sido revelado
Cita
«Han puesto un edicto en la puerta de la sinagoga. Ha sido ordenado el empadronamiento de todos los palestinos. Hay que ir a anotarse al lugar de origen. Nosotros tenemos que ir a Belén...».
27.3 «¡Oh!» interrumpe María, llevándose una mano al pecho.
«¿Te preocupa, verdad? Es penoso. Lo sé».
«No, José, no es eso. Pienso... pienso en las Sagradas Escrituras: Raquel, madre de Benjamín y esposa de Jacob, del cual nacerá la Estrella, el Salvador. Raquel, que está sepultada en Belén; de la que se dijo: “Y tú, Belén Efratá, eres la más pequeña entre las tierras de Judá, mas de ti saldrá el Dominador”, el Dominador prometido a la estirpe de David; Él nacerá allí...».
«¿Piensas... piensas que ya ha llegado el momento? ¡Oh! ¿Qué podemos hacer?». José está enormemente preocupado y mira a María con ojos llenos de compasión.
Ella lo percibe, y sonríe. Su sonrisa es más para sí que para él. Es una sonrisa que parece decir: «Es un hombre; justo, pero hombre. Y ve como hombre, piensa como hombre. Sé compasiva con él, alma mía, y guíale a la visión de espíritu». Y su bondad la impulsa a tranquilizarle. No mintiendo, sino tratando de quitarle la preocupación, le dice: «No sé, José. El momento está muy cercano, pero, ¿no podría el Señor alargarlo para aliviarte esta preocupación? Él todo lo puede. No temas».
«¡Pero el viaje!... Y además, ¡con la cantidad de gente que habrá!... ¿Encontraremos un buen lugar para alojarnos? ¿Nos dará tiempo a volver? Y si... si eres Madre allí, ¿cómo nos las arreglaremos? No tenemos casa... No conocemos a nadie...».
«No temas. Todo saldrá bien. Dios provee para que encuentre un amparo el animal que procrea, ¿y piensas que no proveerá para su Mesías? Nosotros confiamos en Él, ¿no es verdad? Siempre confiamos en Él. Cuanto más fuerte es la prueba, más confiamos. Como dos niños, ponemos nuestra mano en su mano de Padre. Él nos guía. Estamos completamente abandonados en Él. Mira cómo nos ha conducido hasta aquí con amor. Ni el mejor de los padres podría haberlo hecho con más esmero. Somos sus hijos y sus siervos. Cumplimos su voluntad. Nada malo nos puede suceder. Este edicto también es voluntad suya. ¿Qué es César, sino un instrumento de Dios? Desde que el Padre decidió perdonar al hombre, ha predispuesto los hechos para que su Hijo naciera en Belén. Antes de que ella, la más pequeña de las ciudades de Judá, existiera, ya estaba designada su gloria. Para que esta gloria se cumpla y la palabra de Dios no quede en entredicho — y lo quedaría si el Mesías naciera en otro lugar — he aquí que ha surgido un poderoso, muy lejos de aquí, y nos ha dominado, y ahora quiere saber quiénes son sus súbditos, ahora, en un momento de paz para el mundo... ¡Qué es una pequeña molestia nuestra comparada con la belleza de este momento de paz! Fíjate, José, ¡un tiempo en que no hay odio en el mundo! ¿Existe, acaso, hora más feliz que ésta, para que surja la “Estrella” de luz divina y de influjo redentor? ¡Oh, no tengas miedo, José! Si inseguros son los caminos, si la muchedumbre dificulta la marcha, los ángeles serán nuestra defensa y nuestro parapeto; no de nosotros, sino de su Rey. Si no encontramos un lugar donde ampararnos, sus alas nos harán de tienda. Nada malo nos sucederá, no puede sucedernos: Dios está con nosotros».
Detalle
El edicto del censo acababa de publicarse y José se lo anunció a María.