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Notas del tema

¿Quién es la Virgen María?

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Comodidad de lectura

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ECR 207.10

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«Ahora venid aquí afuera, junto al riachuelo, a la sombra del árbol bueno que, si el verano estuviera más adelantado, os daría además de su sombra sus manzanas. Venid. Comeremos antes de partir... ¿A dónde, Hijo mío?».

«A Jala. Está cerca. Y mañana iremos a Betsur».

Se sientan a la sombra del manzano. María se apoya contra el recio tronco.

Bartolomé mira fijamente cómo Ella — tan joven y todavía celestemente enardecida por los hechos que ha revivido — acepta de su Hijo el alimento que previamente ha bendecido, y cómo le sonríe con ojos de amor. Y susurra: «“A su sombra he tomado asiento, su alimento sabe delicado a mi paladar”».

Le responde Judas Tadeo: «Es verdad. Se consume de amor. Pero no se puede decir que “fuese despertada bajo un manzano”».

«¿Y por qué no, hermano? ¿Qué sabemos nosotros de los secretos del Rey?» responde Santiago de Alfeo.

Y Jesús, sonriendo, dice: «La nueva Eva fue concebida por el Pensamiento al pie del paradisíaco manzano, para que, con su sonrisa y su llanto, pusiera en fuga a la serpiente y desenvenenara el fruto envenenado. Ella se ha hecho árbol de fruto redentor. Venid, amigos, comed de su fruto; que nutrirse con su dulzura es nutrirse con la miel de Dios».

«Maestro, hace tiempo que deseo saber una cosa: ¿el Cántico que estamos citando se refiere a Ella?» pregunta en voz baja Bartolomé. María está ocupándose del niño y hablando con las otras mujeres.

«Desde el principio del Libro se habla de Ella y de Ella se hablará en los libros futuros, hasta la transformación de la palabra del hombre en la sempiterna alabanza de la eterna Ciudad de Dios» y Jesús se vuelve a las mujeres.

«¡Cómo se nota que es de David! ¡Qué sabiduría! ¡Qué poesía!» dice Simón Zelote a sus compañeros.

Detalle

La Virgen María relató el nacimiento de su Hijo.

Anotación

Libro de los Cantares 2, 3

Ct 2,3 "Como un manzano entre los árboles del bosque es mi amigo entre los jóvenes, me complazco en sentarme bajo su sombra. Qué dulce es su fruto a mi paladar".

Libro de los Cantares 8, 5

Ct 8,5 : ¿Quién es ésta que sube del desierto, apoyada en su amado? EL NACIMIENTO. Allí te concibió tu madre, allí te concibió, allí te dio a luz.

ECR 207.11 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Interviene Judas Iscariote, que, aún bajo la impresión del día anterior, a pesar de que esté tratando de recuperar la libertad que tenía antes, habla poco: «Yo quisiera entender el por qué de esta necesidad de la Encarnación. De acuerdo que el único que con su palabra puede vencer a Satanás es Dios, de acuerdo que Dios es el único que puede tener capacidad de redimir, no lo pongo en duda; pero, en fin, me parece que el Verbo habría podido humillarse menos de lo que lo ha hecho naciendo como todos los hombres, sujetándose a las miserias de la infancia, etc. ¿No habría podido aparecer con forma humana ya adulta, o, si es que quería tener una madre, elegírsela adoptiva, como hizo para el padre? Creo que una vez se lo pregunté, pero no me respondió ampliamente, o al menos no lo recuerdo».

«¡Pregúntaselo, dado que estamos en el tema...!» dice Tomás.

«Yo no. Ya le he hecho disgustarse y todavía no me siento perdonado. Preguntadlo vosotros por mí».

«¡Pero hombre, nosotros aceptamos todo sin pedir tantas dilucidaciones, y tenemos que ser nosotros quienes hagan preguntas? ¡No es justo!» replica Santiago de Zebedeo.

«¿Qué es lo que no es justo?» pregunta Jesús.

Hay un momento de silencio; luego Simón Zelote, haciéndose interprete de todos, repite las preguntas de Judas de Keriot y las respuestas de los otros.

«No soy rencoroso; esto lo primero. Hago las observaciones que debo hacer, sufro y perdono. Lo digo para quien todavía tiene miedo, fruto de su turbación. Por lo que se refiere a mi real Encarnación, digo: es justo que haya sido en este modo. Vendrán días en que muchos, muchos, caerán en errores acerca de mi Encarnación, atribuyéndome precisamente esas formas erradas que Judas querría que Yo hubiera asumido: Hombre compacto en cuanto al cuerpo, pero, en realidad, volátil como un juego de luces, siendo, por tanto, y no siendo al mismo tiempo, carne. Y la maternidad de María sería tal, y al mismo tiempo no lo sería. Yo soy verdaderamente carne, María es verdaderamente la Madre del Verbo encarnado. Si la hora del nacimiento fue sólo un éxtasis, se debió al hecho de ser la nueva Eva, sin peso de culpa ni herencia de castigo. Descansar en Ella no fue una humillación para mí. ¿Rebajaba acaso al maná el tenerle dentro del Tabernáculo? Al contrario: que estar en esa morada era un honor. Otros dirán que Yo, no siendo carne real, no padecí ni morí durante mi paso por la tierra. Sí, no pudiendo negar que estuve en la tierra, se negará mi Encarnación real o mi Divinidad verdadera. La realidad es que Yo soy Uno con el Padre eternamente, y estoy unido a Dios como Carne, pues en verdad le era posible al Amor en su Perfección alcanzar lo inalcanzable revistiéndose de Carne para salvar a la carne. A todos estos errores responde mi entera vida, que da sangre desde el nacimiento hasta la muerte, y que se ha sujetado a todo lo humano, excepto al pecado. Sí, he nacido de Ella, por vuestro bien. ¡No sabéis cuánto se mitiga la Justicia desde que tiene a la Mujer como su colaboradora! ¿Estás satisfecho, Judas?».

«Sí, Maestro».

«Haz tú también lo propio conmigo».

Judas Iscariote agacha la cabeza, confundido, y... quizás realmente tocado por tanta bondad.

Todavía permanecen a la sombra fresca del manzano. Unos dormitan, otros duermen verdaderamente. María se levanta y vuelve a la gruta. Jesús la sigue...

ECR 207.11 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Yo soy verdaderamente carne, María es verdaderamente la Madre del Verbo encarnado. Si la hora del nacimiento fue sólo un éxtasis, se debió al hecho de ser la nueva Eva, sin peso de culpa ni herencia de castigo. Descansar en Ella no fue una humillación para mí.

Detalle

Jesús dijo:

ECR 207.11 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

La realidad es que Yo soy Uno con el Padre eternamente, y estoy unido a Dios como Carne, pues en verdad le era posible al Amor en su Perfección alcanzar lo inalcanzable revistiéndose de Carne para salvar a la carne. A todos estos errores responde mi entera vida, que da sangre desde el nacimiento hasta la muerte, y que se ha sujetado a todo lo humano, excepto al pecado. Sí, he nacido de Ella, por vuestro bien. ¡No sabéis cuánto se mitiga la Justicia desde que tiene a la Mujer como su colaboradora!

Detalle

Algunos afirmarán que Jesús no tuvo carne real y no conoció ni el sufrimiento ni la muerte. Negarán su Encarnación y su divinidad. Jesús dijo entonces:

ECR 208.7-11 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Empieza el ocaso. Betsur se muestra en lo alto de su colina y, casi inmediatamente, por el camino de segundo orden que los peregrinos han tomado para ir a la ciudad, aparecen los rebaños, y los pastores, que vienen rápidos a su encuentro.

Cuando Elías ve que en el grupo está también María, alza los brazos con gesto de asombro, y se queda así, sin atreverse a creer en lo que ve.

«La paz sea contigo, Elías. Sí, soy yo. Era una promesa y en Jerusalén no ha sido posible vernos... Pero... no te preocupes, el caso es que ahora nos vemos» dice dulcemente María.

«¡Oh! ¡Madre! ¡Madre!...». Elías no sabe qué decir. Al final encuentra las palabras: «Ahora celebro mi Pascua. Es igual... incluso mejor».

«¡Claro que sí, Elías!» confirman sus compañeros.

«Hemos hecho una buena venta y podemos matar un corderito. Venid a nuestra pobre mesa...» dice con tono de súplica Leví, y también José.

«Hoy estamos cansados. Mañana. Escuchad: ¿conocéis a una cierta Elisa, casada con Abraham de Samuel?».

«Sí. Está en su casa de Betsur. Pero Abraham ha muerto, y, el año pasado murieron también sus hijos: el primero por una enfermedad que duró pocas horas — nunca se ha sabido de qué murió —; el otro fue lentamente, pero nada logró detener el mal. Nosotros le dábamos leche de cabra recién formada porque los médicos decían que le iba bien al enfermo. Bebía mucha leche, recogida de todos los pastores, pues la pobre madre había pedido que localizaran a quienes tuvieran en el rebaño una cabra lechal. Pero no sirvió de nada. Cuando volvimos al llano, el joven ya no tomaba alimento, y, cuando volvimos en Adar, había muerto desde hacía dos lunas».

«¡Pobre amiga mía! En el Templo me tenía amor... incluso éramos un poco parientes en nuestros antecesores... Era buena... Salió dos años antes que yo del Templo para casarse con Abraham, a quien estaba prometida desde su infancia; me acuerdo de ella, cuando vino para ofrecer a su primogénito al Señor. Me avisó; no sólo a mí... pero luego quiso estar un tiempo conmigo a solas... Ahora está sola... ¡Debo apresurarme, para consolarla! Vosotros quedaos aquí. Voy con Elías. Entraré sola. El dolor exige un ambiente respetuoso...».

«¿Yo tampoco, Madre?».

«Tú siempre. Pero los demás... Ni siquiera tú, pequeñuelo, porque sería un dolor para ella. ¡Ven, ven, Jesús!».

«Esperadnos en la plaza del pueblo. Buscad un alojamiento para la noche. Adiós» ordena Jesús a todos.

208.8

Y, sólo con Elías, Jesús y su Madre caminan hasta una casa grande, completamente cerrada y silenciosa. El pastor llama con su cayado. Una sierva asoma su cabeza a una pequeña ventana y pregunta que quién ha llamado.

María se adelanta y responde: «María de Joaquín, y su Hijo, de Nazaret. Díselo a la señora».

«Es inútil. No quiere ver a nadie. No hace sino llorar esperando la muerte».

«Inténtalo».

«No. Ya sé cómo me va a rechazar si trato de distraerla. No quiere a nadie a su lado, no quiere ver a nadie, no quiere hablar con nadie; sólo habla con el propio recuerdo de sus hijos».

«Ve, mujer. Te lo ordeno. Dile: “Está afuera la pequeña María de Nazaret, la que era como una hija para ti en el Templo...”. Verás como me quiere recibir».

La mujer se marcha meneando la cabeza.

María explica a su Hijo y al pastor: «Elisa era bastante mayor que yo. Estaba en el Templo esperando el regreso de su prometido, que había ido a Egipto por asuntos de una herencia; por eso estuvo en el Templo hasta una edad no común. Tiene casi diez años más que yo. Las maestras acostumbraban a asignar a las pequeñas a alumnas adultas para que las guiaran... Ella fue mi compañera-maestra. Era buena y... ¡Ah, ahí está la mujer!».

Efectivamente, la sirvienta ha vuelto sin pérdida de tiempo, asombrada, y ha abierto de par en par la puerta de la entrada: «¡Entra, entra!» dice. Luego, bajando la voz, añade: «Bendita seas por hacerla salir de esa habitación».

Elías se despide de María y su Hijo, que entran.

«Pero este hombre, verdaderamente... ¡sería inhumano!... ¡tiene la edad de Leví!...».

«Déjale entrar. Es mi Hijo y la consolará más que yo».

La mujer se encoge de hombros y los precede por el largo corredor de una casa que es bonita pero se siente triste: todo está limpio, mas todo parece muerto...

208.9

Una mujer alta, aunque camina curvada, vestida de oscuro, viene hacia ellos en la penumbra del vestíbulo.

«¡Elisa, amiga mía, soy María!» dice María mientras corre a su encuentro. Y la abraza.

«¿María! Tú... Creía que habías muerto tú también. Me habían dicho... ¿Cuándo?... No me acuerdo... Tengo un vacío en la memoria... Me habían dicho que habías muerto junto a otras muchas madres después de la visita de los Magos. Pero, ¿quién me ha dicho que eras la Madre del Salvador?».

«Quizás los pastores...».

«¡Oh, los pastores!». La mujer rompe a llorar angustiosamente. «No pronuncies esa palabra. Me recuerda la última esperanza para la vida de Leví... De todas formas... sí... un pastor me habló del Salvador. Yo maté a mi hijo llevándole al Jordán, al lugar en que se decía que estaba el Mesías; allí no había nadie... y mi hijo volvió justo para morir... El cansancio, el frío... yo le maté... a pesar de que no lo hice con voluntad asesina. Me decían que el Mesías curaba las enfermedades... Por eso le llevé... Ahora mi hijo me acusa de haberle matado...».

«No, Elisa; es tu pensamiento. Escúchame. Yo pienso, por el contrario, que tu hijo me ha tomado realmente de la mano y me ha dicho: “Ve a ver a mi querida madre. Lleva contigo al Salvador. Yo estoy aquí mejor que en la tierra, pero ella lo único que oye es su llanto, no puede oír las palabras que le susurro entre besos. ¡Pobre mamá, está como poseída por un demonio que la tienta a la desesperación porque quiere separarnos! Sin embargo, si se resigna y cree que Dios todo lo hace para bien, estaremos unidos para siempre, con mi padre y mi hermano. Jesús puede hacerlo”. Y he venido... con Él... ¿No quieres verle?...». María, mientras hablaba, tenía entre sus brazos a la desdichada mujer, y la besaba en su pelo gris, con una dulzura que sólo Ella puede tener.

«¡Ojalá fuera verdad! Pero, si es así, ¿por qué no fue Daniel a decirte que vinieras antes?... ¿Quién me dijo hace tiempo que habías muerto? No me acuerdo... no me acuerdo... Esto fue también motivo de que yo esperase quizás demasiado a ir al Mesías. Es que habían dicho que había muerto Él, tú, todos en Belén...».

«No te preocupes de recordar quién te lo dijo.

208.10

Ven, mira, aquí está mi Hijo. Acércate a Él. Contenta a tus hijos y a tu María. ¿No te das cuenta de que sufrimos al verte así?». María la lleva a Jesús, que se ha puesto en un ángulo oscuro y que sólo ahora se acerca a ellas, hasta una lámpara que la mujer de servicio ha colocado sobre una alta arca.

La pobre madre alza la cabeza... Veo entonces que es Elisa, la que estaba en el Calvario entre las santas mujeres. Jesús tiende hacia ella sus manos con un gesto de acogida que es todo amor. La desdichada combate consigo misma un poco, luego le confía sus manos, y luego, de golpe, se abandona sobre el pecho de Jesús y dice gimiendo: «¡Dime que no soy culpable de la muerte de Leví, dímelo! ¡Dime que no los he perdido para siempre! ¡Dime que pronto estaré con ellos!...».

«Sí, sí. Escúchame. Ellos exultan ahora que estás en mis brazos. Iré pronto a ellos. ¿Qué les voy a decir?, ¿que no aceptas con resignación la voluntad del Señor? ¿Tendré que decir esto? ¿Van a tener que quedar en mal lugar las mujeres de Israel, las mujeres de David, tan fuertes y prudentes? No. Sufres pero es porque has sufrido sola. Tu dolor y tú, tú y el dolor. Así no puede soportarse. ¿No recuerdas las palabras de esperanza a nuestros difuntos?: “Os sacaré de los sepulcros y os conduciré a la tierra de Israel, y sabréis que soy el Señor cuando abra vuestras tumbas y os saque de vuestros sepulcros. Cuando infunda en vosotros mi espíritu viviréis”[1]. La tierra de Israel, para los justos que se han dormido en el Señor, es el Reino de Dios: Yo lo abriré y se lo daré a los que esperan».

«¿También a mi Daniel? ¿También a mi Leví?... ¡Le daba verdadero horror la muerte!... No podía pensar siquiera en el hecho de estar lejos de su madre. Por eso yo quería morir para estar a su lado en el sepulcro...».

«No estaban en el sepulcro con su parte viva, sino con las cosas muertas que no podían oírte. Ellos están en el lugar de espera...».

«¿Pero existe ese lugar? ¡Oh, no te escandalices de mí, que mi memoria se ha disuelto en el llanto! Tengo la cabeza henchida del sonido del llanto y de los estertores de mis hijos. ¡Esos estertores! ¡Esos estertores!... Me han disuelto el cerebro. Sólo tengo esos estertores aquí dentro...».

«Pues Yo te meteré ahí las palabras de la vida. Sembraré la Vida — porque Yo soy Vida — donde ahora hay fragor de muerte. Ten presente al gran Judas Macabeo, que quiso que se ofreciera un sacrificio por los muertos, pensando acertadamente que están destinados a resucitar y que hay que adelantarles la paz con oportunos sacrificios. Si Judas Macabeo no hubiera estado seguro de la resurrección, ¿habría orado por los muertos?, ¿habría hecho que oraran por ellos? Él, como está escrito, pensó que, a los que mueren píamente, les está reservada una gran recompensa; y, sin duda, así murieron tus hijos. ¿Ves como asientes? Pues Yo te digo que no te desesperes. Antes al contrario, ruega por tus muertos, para que sus pecados sean cancelados antes de mi llegada. Si es así, sin mediar un instante de espera, irán conmigo al Cielo, porque Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida, y — digo la Verdad — a quien cree en mi Verdad y me sigue, le guío y le doy Vida. Dime, ¿tus hijos creían en la venida del Mesías?».

«Sí, sin duda, Señor. Esta fe la habían aprendido de mí».

«¿Y Leví creía posible su curación por un acto de mi voluntad?».

«Sí, Señor. Teníamos puesta en ti nuestra esperanza, pero... no ha servido... y ha muerto desconsolado después de tanta esperanza...». El llanto de la mujer toma nueva fuerza (más sereno, pero, a pesar de la serenidad, más desolado ahora que en la vehemencia de antes).

«No digas que no ha servido. Quien cree en mí, aunque haya muerto, vivirá eternamente...

208.11

Declina la tarde, mujer. Voy con mis apóstoles. Te dejo a mi Madre...».

«¡Quédate Tú también!... Tengo miedo a que, si te marchas, me invada de nuevo ese tormento... Ahora, con el sonido de tus palabras, está levemente empezando a calmarse la tempestad...».

«¡No temas! Tienes a María contigo. Mañana vuelvo. Tengo que decir algunas cosas a los pastores. ¿Puedo decirles que vengan aquí a tu casa?...».

«¡Sí, claro! Venían también el año pasado, por mi hijo... Detrás de la casa hay un huerto y, más allá, un patio rústico. Pueden estar allí, como hacían cuando venían para que los rebaños estuvieran recogidos...».

«De acuerdo. Vendré. Sé buena. Recuerda que en el Templo María estaba bajo tu tutela; te la confío también esta noche».

«Sí. Ve tranquilo. Cuidaré de ella... Tendré que pensar en que cene y descanse... ¡Cuánto tiempo hace que no pienso en estas cosas! ¿María, quieres dormir en mi habitación, como hacía Leví durante su enfermedad? Yo en la cama de mi hijo, tú en la mía. Me parecerá volver a oír su respiro ligero... Tenía siempre cogida mi mano...».

«Sí, Elisa. Y antes hablaremos de muchas cosas».

«No. Estás cansada. Tienes que dormir».

«Tú también...».

«Hace meses que no duermo... Lloro... lloro... No sé hacer otra cosa...».

«Esta noche no será así, esta noche vamos a orar, y luego nos iremos a la cama, y dormirás... Dormiremos cogidas de la mano también nosotras dos. Ve, Hijo, y ora por nosotras...».

«Os bendigo. ¡La paz sea con vosotras y permanezca en esta casa!».

Y Jesús se marcha acompañado de la sirviente, que se ha quedado de piedra y no hace sino que repetir: «¡Qué milagro, Señor, qué milagro! Después de tantos meses, ha hablado, ha pensado... ¡Oh, qué cosa!... Decían que moriría loca... Y a mí me daba pena, porque es buena».

«Sí, es buena, por eso Dios la ayudará. Adiós, mujer. Paz también a ti».

Jesús sale a la semioscuridad de la calle y todo termina.

Detalle

El caso de una madre que ha perdido a sus dos hijos por enfermedad. Jesús viene a consolarla con la Virgen María.

Anotación

Elise era mucho mayor que yo. Unos diez años. Así que tiene unos sesenta.

Cuando volvimos, en el mes de Adar, llevaba muerto dos lunas. Addar es en febrero/marzo.

¿No has tenido presentes las palabras de esperanza sobre aquellos a quienes la muerte nos ha arrebatado? "Os sacaré de vuestros sepulcros y os haré volver a la tierra de Israel. Entonces sabréis que yo soy el Señor, cuando abra vuestras tumbas y os levante de vuestros sepulcros. Pondré mi espíritu dentro de ustedes y vivirán. " Véase Ezequiel 37:11-14 más abajo.

Recordad al gran Judas Macabeo, que quiso hacer un sacrificio por los muertos, porque pensaba con razón que estaban destinados a resucitar y que había que acelerar para ellos la hora de la paz mediante sacrificios oportunos. Si Judas Macabeo no hubiera estado seguro de la resurrección, ¿habría rezado y hecho rezar por los muertos? Porel contrario, como está escrito, pensaba que se reservaba una gran recompensa a los que mueren piadosamente, como seguramente hicieron vuestros hijos.. . Véase más adelante el segundo libro de los Macabeos 12, 43-46.

Libro de Ezequiel 37, 11-14

Ezequiel 37, 11-14: Y me dijo: "Hijo de hombre, estos huesos son toda la casa de Israel. He aquí que dicen: 'Nuestros huesos están secos, nuestra esperanza está muerta, estamos perdidos. Por tanto, profetiza y diles: "Así dice el Señor Yahvé: 'He aquí que yo abro vuestros sepulcros y os resucitaré de vuestras tumbas, pueblo mío, y os haré volver a la tierra de Israel. Y sabréis que yo soy Yahvé cuando abra vuestras tumbas y os levante de vuestros sepulcros, pueblo mío. Pondré mi Espíritu dentro de vosotros, y viviréis; y os daré descanso en vuestra tierra, y sabréis que yo, Yahvé, digo y hago, ¡oráculo de Yahvé!".

Segundo libro de los Macabeos 12, 43-45

2 M 12, 43-46 : Luego, habiendo reunido la suma de dos mil dracmas, la envió a Jerusalén para que sirviera de sacrificio expiatorio. Bonita y noble acción, inspirada por el pensamiento de la resurrección. Pues si no hubiera creído que los soldados muertos en batalla resucitarían, habría sido inútil y vano rezar por los muertos. 45 Además, consideraba que a los que se duermen en la piedad les está reservada una muy buena recompensa, y éste es un pensamiento santo y piadoso. Por eso hizo este sacrificio expiatorio por los muertos, para que fueran liberados de sus pecados.

ECR 209.3 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

La sirviente abre. Jesús entra mientras la mujer repite una y otra vez sus reverencias.

«¿Dónde está tu patrona?».

«Con tu Madre... ¡Fíjate, ha bajado al jardín! ¡Es una cosa...!, ¡una cosa...! Y ayer por la noche fue al comedor... Lloraba, pero volvió. ¡Intenté que comiera, en vez de tomar el consabido sorbo de leche, pero no lo conseguí!».

«Ya comerá. No insistas. Sé paciente también en el amor hacia tu patrona».

«Sí, Salvador. Haré todo lo que dices».

En efecto, yo creo que la mujer está tan convencida de quién es Jesús y de que todo lo que Él hace está bien hecho, que haría las más extrañas cosas si Jesús se lo dijera.

Por el momento le acompaña a un vasto huerto-jardín lleno de árboles frutales y flores. Pero, si bien los árboles frutales se han encargado por sí mismos de vestirse de hojas y florecer, de formar los pequeños frutos y hacerlos crecer, las pobres plantas de flores, abandonadas desde hace más de un año, se han transformado en un bosque enano y enmarañado en que las plantas de tallo más débil y corto están sofocadas bajo el peso de las más fuertes. Los cuadros, los senderos... confundidos en una única, caótica maraña. Solamente en el fondo, donde la necesidad de la sirviente ha sembrado verduras y legumbres, hay un poco de orden.

María está con Elisa, bajo una pérgola, una enredadísima parra que deja caer, hasta tocar el suelo, sarmientos y zarcillos. Jesús se detiene y mira a su joven Madre, que, con finísimo arte despierta y dirige la mente de Elisa a cosas muy distintas de las que hasta ayer habían sido los pensamientos de esta desconsolada mujer.

La sirviente se acerca a la patrona y dice: «Ha venido el Salvador».

Las mujeres se vuelven y van a su encuentro: una con su dulce sonrisa, la otra con su rostro cansino y desorientado.

«Paz a vosotras. Este jardín es bonito...».

«Era bonito...» dice Elisa.

«Y la tierra fértil. ¡Mira cuánta fruta en vías de maduración!, ¡mira cuántas flores tienen estos rosales! ¿Y allí? ¿Son azucenas?».

«Sí, alrededor de un estanque donde jugaban mucho mis hijos. Entonces estaba ordenado... Ahora aquí todo está desastrado, ya no lo veo como el jardín de mis hijos».

«En pocos días volverá a tener el aspecto de entonces. Te ayudaré yo, ¿verdad, Jesús? Déjame unos días aquí con Elisa. Tenemos muchas cosas que hacer...».

«Todo lo que tú quieres Yo lo quiero».

Elisa le mira y susurra: «Gracias».

Jesús acaricia su cabeza canosa y luego se despide para ir con los pastores.

ECR 214.4 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«¡Ahí viene la Madre, la Madre con Simón!» grita jubiloso el niño al ver a María y a Simón, que están subiendo la escalera que conduce a la terraza en que está la sala.

Todos se ponen en pie y van a recibir a los dos. Rumor de exclamaciones, saludos, roce de sillas... Nada distrae a María de saludar primero a Jesús y luego a la madre de Judas. Ésta se postra con gran veneración, pero María la levanta y la abraza como si fuera una querida amiga a la que hubiera vuelto a ver después de una ausencia.

ECR 214.4 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Entran de nuevo en la sala y María de Judas ordena a la criada otras viandas para los nuevos llegados.

«Mira, Hijo, éste es el saludo de Elisa» dice María, dándole un pequeño rollo. Jesús lo abre, lo lee y dice: «Lo sabía; estaba seguro. Gracias, Mamá, por mí y por Elisa. ¡Eres verdaderamente la salud de los enfermos!».

«¿Yo! Tú, Hijo, no yo».

«Tú; y eres mi mejor ayuda». Luego se vuelve a los apóstoles y a las discípulas y dice: «Elisa escribe: “Vuelve, mi Paz. No sólo te quiero amar, quiero también servirte”. Así hemos liberado de la angustia, de la melancolía, a una criatura, y hemos ganado a una discípula. Sí, volveremos».

«Quiere conocer también a las discípulas. Se recupera lentamente, pero con continuidad. ¡Pobrecilla! Todavía sufre momentos de espantoso desconcierto. ¿Verdad, Simón? Un día quiso probar a salir conmigo... pero vio a un amigo de su Daniel... ¡Cuánto nos costó calmar su llanto! ¡Menos mal que Simón vale mucho! Me sugirió — dado que manifiesta el deseo de volver a convivir normalmente con la gente y que el ambiente de Betsur está demasiado lleno de recuerdos para ella —, me sugirió llamar a Juana. Fue él a llamarla. Había vuelto, después de las fiestas, a sus espléndidos cultivos de rosales de Judea, a Béter. Dice Simón que, atravesando esas colinas llenas de rosas, le parecía soñar. Dice que creía estar en el Paraíso. Vino sin demora. ¡Juana puede comprender a una madre que llora a sus hijos, y compadecerse de ella! Elisa le ha cogido mucho afecto y yo he venido. Juana la quiere convencer de que salga de Betsur y vaya a su castillo. Lo logrará porque es dulce como una paloma; pero también, cuando quiere una cosa, sólida como un bloque de granito».

«Iremos a Betsur al regreso y luego nos separaremos. Vosotras, discípulas, os quedaréis con Elisa y Juana durante un tiempo. Nosotros iremos por Judea. Nos veremos de nuevo en Jerusalén para Pentecostés»...

Anotación

Vuelve, mi Paz. No solo quiero amarte, sino también servirte. Estas palabras siguen a la presencia de Jesús en el EMV 208 y el EMV 209. María permaneció después en Bet-Çur a partir del EMV 210.

Tú eres mi mayor ayuda. Jesús desea, en efecto, que todos le ayuden a salvar a los pecadores y a difundir la Buena Nueva en los corazones. En este caso, se trata de un ejemplo de la ayuda de María en el apostolado de Jesús.

ECR 214.5-7 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

... María santísima y María, madre de Judas, están juntas; no en la casa de la ciudad sino en la del campo. Están solas. Los apóstoles, con Jesús, han salido. Las discípulas y el niño, están en el magnífico huerto; se oyen sus voces, y los golpes de la ropa contra los lavaderos (quizás están haciendo la colada mientras el niño juega).

La madre de Judas, sentada, en la penumbra de una habitación, al lado de María, habla; le dice a María: «Estos días de paz los recordaré como un dulce sueño. ¡Demasiado cortos! ¡Demasiado! Comprendo que no se debe ser egoísta y que es justo que vayáis a ver a esa pobre mujer y a otros muchos infelices. ¡Si pudiera... detener el tiempo, o ir con vosotros!... Pero, no puedo. Aparte de mi hijo no tengo otros parientes y debo cuidar de los bienes de la casa...».

«Comprendo... Te duele separarte de tu hijo. Nosotras las madres quisiéramos estar siempre con nuestros hijos. De todas formas, los damos por una buena razón, y no los perdemos. Ni siquiera la muerte nos los arrebata, si están en gracia, y también nosotras, ante los ojos de Dios. Además, los tenemos todavía en este mundo y podemos llegarnos a ellos, a pesar de que la voluntad de Dios los arranque de nuestro pecho para entregarlos por el bien del mundo; y... el eco de sus obras nos hace como una caricia en el corazón, porque sus obras son el perfume de su alma».

214.6

«¿Qué es tu Hijo para ti, Mujer?» pregunta tímidamente María de Judas.

Y María santísima responde seguramente: «Es mi gozo».

«¡¡Tu gozo!!...» y la Madre de Judas rompe a llorar, replegándose sobre sí misma como para esconder el llanto; de tanto como se pliega, toca casi con la frente en las rodillas.

«¿Por qué lloras, mi pobre amiga? ¿Por qué? Dímelo. Yo me siento dichosa de mi maternidad, pero sé también comprender a las madres no felices...».

«Exacto, no felices. Yo soy una de ellas. Tu Hijo es tu gozo, el mío es mi dolor; al menos lo ha sido. Ahora, desde que está con tu Hijo, me causa menos dolor. Entre todos los que oran por tu santo Hijo, por su bien y su victoria, no hay nadie, después de ti, bendita mujer, que ore cuanto esta infeliz que te habla... Dime la verdad: ¿qué piensas de mi hijo? Las dos somos madres, estamos cara a cara, en medio está Dios, estamos hablando de nuestros hijos. Para ti siempre será fácil hablar del tuyo. Yo... debo hacerme violencia para hablar del mío y hablar de él me puede acarrear mucho bien, o mucho dolor; no obstante, aunque fuera dolor, sería en todo caso un alivio el haber hablado... Esa mujer de Betsur — ¿no es verdad? — casi enloqueció por la muerte de sus hijos. Pues bien, yo te juro que algunas veces, cuando miro a mi Judas, guapo, sano, inteligente, pero no bueno, no virtuoso, no recto de corazón, no sano de sentimientos, he pensado, y pienso, que preferiría llorarle por muerto antes que... que verle muy enemistado con Dios. Dime, ¿qué piensas de mi hijo? Sé franca. Hace más de un año que esta pregunta me quema las entrañas. Pero, ¿a quién puedo dirigirme? ¿A los vecinos de Keriot?: no sabían todavía de la presencia del Mesías entre nosotros y que Judas quería ir con Él. Yo sí lo sabía porque me lo había dicho en el viaje de regreso de la Pascua: exaltado, violento, como siempre que le viene un capricho, y, como siempre, sin interés alguno por los consejos de su madre. ¿A sus amigos de Jerusalén?: una santa prudencia y una pía esperanza me lo impedían; no quería decirles a ésos — que no puedo estimar porque son todo menos santos — que Judas seguía al Mesías. Así las cosas, tenía la esperanza de que ese capricho cayera, como tantos otros, como todos, procurando quizás lágrimas y desconsuelo, como por más de una muchacha, de aquí y de otros lugares: las enamoró y jamás tomó por esposa a ninguna de ellas. Fíjate, hay sitios a donde no va nunca, porque se podría encontrar con un justo castigo. También lo de pertenecer al Templo fue un capricho. Nunca sabe lo que quiere. Con su padre — Dios le perdone — se malogró; mi opinión no ha contado nunca nada para los dos hombres de mi casa. Me ha tocado siempre llorar y reparar, nada más, con todo tipo de humillaciones... Cuando murió Yoana — yo sé, aunque ninguno lo dijera, que murió de dolor cuando, después de haber esperado durante toda su juventud, Judas declaró que no quería casarse, mientras que por otra parte se sabía que había mandado a unos amigos suyos a Jerusalén para hablar con una mujer rica, propietaria de una red comercial hasta Chipre, para interesarse por su hija — a mí me tocó llorar mucho, mucho, por las acusaciones de la madre de la muchacha muerta, como si hubiera sido cómplice de mi hijo. No, no lo soy. Que yo para él no valgo nada. El año pasado, cuando estuvo aquí el Maestro, me di cuenta de que Él comprendía. Estuve por hablarle, pero... es muy doloroso para una madre tener que decir: “¡Atento a mi hijo, que es ambicioso, duro de corazón, vicioso, soberbio, voluble”. Mi hijo es esto. Yo... yo oro porque tu Hijo, que tantos milagros hace, haga un milagro con mi Judas. Pero... dime: ¿qué piensas de él?».

214.7

María, que hasta ahora había permanecido en silencio y con expresión de dolor compasivo ante este lamento materno, cuyo fundamento su recto corazón no puede desmentir, dice dulcemente: «¡Pobre madre!... ¿Que qué pienso? Sí, tu hijo no es esa alma cristalina que es Juan, ni el manso Andrés, ni el fuerte Mateo, que ha querido cambiar y ha cambiado. Es... voluble, sí, eso. Pero... tú y yo oraremos mucho por él. No llores. Quizás en tu amor de madre, que querría poder gloriarse de su hijo, le ves más deforme de lo que en realidad lo sea...».

«¡No! ¡No! Veo las cosas como son en realidad y tengo mucho miedo».

La habitación se llena del sollozo de la madre de Judas; en la penumbra, albea el rostro de la Madre del Señor, que se muestra más pálido después de esta confesión materna que agudiza todas sus sospechas.

Pero María se domina. Arrima hacia sí a esta madre desdichada, y la acaricia, mientras ella, ya sin reserva alguna, narra confusamente, jadeando, todos los despechos, exigencias y violencias de Judas, y termina: «Me pongo colorada por él cuando veo los actos de amor de que me hace objeto tu Hijo. No se lo he preguntado, pero estoy segura de que, aparte de por su bondad, lo hace para decirle a Judas a través de esos gestos: “Ten presente que así se debe tratar a la propia madre”. Ahora, ahora parece completamente tranquilo... ¡Ah, si fuera verdad! Ayúdame, ayúdame con tu oración, tú que eres santa, para que mi hijo no sea indigno del gran don que Dios le ha concedido! Si no me quiere amar a mí, si no sabe tener gratitud conmigo, que le he dado a luz y le he criado, no me importa; pero que sepa amar, realmente, a Jesús, que sepa servirle con fidelidad y gratitud. Y, si no, si no... que Dios le quite la vida. Prefiero tenerle en el sepulcro... Al fin le tendría, porque, en realidad, desde que llegó al uso de razón bien poco fue mío. Le prefiero muerto, antes que un mal apóstol. ¿Puedo orar así? ¿Tú qué piensas?».

«Pide al Señor que se haga lo mejor. No llores más. He visto a meretrices y a gentiles, a publicanos y pecadores, a los pies de mi Hijo; todos ellos transformados en corderos por su Gracia. Ten esperanza, María, ten esperanza. ¿No sabes que las penas de las madres salvan a los hijos?...».

Y con esta compasiva pregunta cesa todo.