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Notas de la palabra clave

Sufrimiento y dolor de la Virgen María

Tema: La Virgen María en la vida pública de Cristo · Página 7 de 8

Comodidad de lectura

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ECR 179.7 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Mientras las dos barcas recorren un corto trecho por el río para luego deternerse junto a la orilla, Jesús se sienta y le pregunta al nuevo discípulo: «¿Quién queda ahora en tu casa?».

«Mi madre con mi hermano mayor, que está casado desde hace cinco años. Mis hermanas están en distintos puntos de esta región. Mi padre era muy bueno. Mi madre le llora desconsoladamente». El joven calla bruscamente al sentir que un sollozo le sube del corazón.

Jesús le agarra de una mano y dice: «Yo también he experimentado este dolor y he visto llorar a mi Madre. Por tanto, te comprendo...».

Anotación

Yo misma pasé por ese dolor y vi llorar a mi Madre. Así que la comprendo bien... Coherente con la descripción de la muerte de José y la evocación del dolor de María( EMV42.7 y EMV 42.8).

ECR 189.1-4 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

El cortejo fúnebre ya está fuera de la ciudad. No es posible ver lo que hay en la lechiga, que va en alto, llevada a hombros; sólo por el relieve que hace, se intuye un cuerpo extendido, fajado, tapado con una sábana, y se comprende que es un cuerpo que ya ha alcanzado su completo desarrollo, porque ocupa toda la largura de la lechiga.

A su lado, una mujer velada, ayudada por parientes o amigas, camina llorando: es el único llanto sincero en toda esa comedia de plañideras. Y si uno de los que llevan las andas tropieza con una piedra, o hay un agujero o una pequeña elevación del suelo, de forma que la lechiga sufre una violenta oscilación, la madre gime: «¡No, no, despacio; mi niño ha sufrido mucho!» y levanta una de sus temblorosas manos y acaricia el borde de la lechiga — más no puede —, y, no pudiendo efectivamente más, besa los ondeantes velos y las cintas que el viento a veces agita, y que acarician la forma inmóvil.

«Es la madre» dice Pedro, compungido y con un brillo de llanto en sus ojos sagaces y buenos.

Pero no es el único que tiene bañados los ojos por esa congoja: al Zelote, a Andrés, a Juan y hasta a Tomás, que siempre está alegre, les brillan los ojos. Todos, todos están conmovidos.

Judas Iscariote dice en voz baja: «¡Si fuera yo... pobrecilla mi madre...!».

189.2

Jesús, con una dulzura en sus ojos tan profunda que se hace irresistible, se dirige hacia la lechiga.

La madre, sollozando ahora más intensamente porque el cortejo se prepara a girar en dirección al sepulcro abierto, en su delirio — ¡quién sabe de qué tiene miedo! — aparta con violencia a Jesús al ver que hace ademán de tocar la lechiga, y grita: «¡Es mío!» y mira a Jesús con ojos de loca.

«Ya sé que es tuyo, madre».

«¡Es mi único hijo! ¿Por qué le ha tenido que llegar la muerte?; ¿por qué a él, que era bueno, que era encantador, que era la alegría de esta viuda? ¿Por qué?». La comparsa de las plañideras aumenta su pagado llanto para hacer coro a la madre, que continúa: «¿Por qué él y no yo? No es justo que quien ha dado la vida vea perecer al fruto de su vientre. El fruto debe vivir, porque, si no, ¿qué sentido tiene el que estas entrañas se desgarren para dar a luz a un hombre?» y, violenta y desesperada, se golpea el vientre.

«¡No, así no! ¡No llores, madre!». Jesús le coge las manos, se las aprieta fuertemente, se las sujeta con su mano izquierda mientras con la derecha toca la lechiga, y dice a los que la llevan: «Deteneos. Poned en el suelo la lechiga».

Los hombres obedecen y bajan la camilla, que queda apoyada en el suelo sobre sus cuatro patas.

Jesús coge la sábana que cubre al muerto y la echa hacia atrás, quedando así descubierto el cadáver.

La madre grita su dolor, creo que con el nombre de su hijo: «¡Daniel!».

Jesús sigue teniendo en su mano las manos maternas. Se yergue, imponente con su mirada centelleante — en su rostro, la expresión de los milagros más poderosos — y baja la mano derecha mientras dice con toda la fuerza de su voz: «¡Muchacho, Yo te lo digo: álzate!».

189.3

El muerto, así como está, todavía fajado, se incorpora en la camilla y llama a su madre: «¡Mamá!». La llama con la voz balbuciente y llena de miedo propia de un niño aterrorizado.

«Es tuyo, mujer. Te le restituyo en nombre de Dios. Ayúdale a liberarse del sudario. Sed felices».

Jesús hace ademán de retirarse. ¡Ya, ya!... La muchedumbre le inmoviliza junto a la lechiga. La madre está literalmente volcada hacia la camilla, forcejeando entre las vendas para tardar lo menos posible, ¡lo menos posible!, mientras el lamento infantil, implorante, se repite: «¡Mamá! ¡Mamá!».

Desenmarañado el sudario y las vendas, madre e hijo se pueden abrazar, y lo hacen sin tener en cuenta los bálsamos pegajosos. La madre quita del amado rostro y las amadas manos, con las mismas vendas, esos bálsamos, y luego, no teniendo con qué vestirle de nuevo, se quita el manto y con él le envuelve; y todo sirve para acariciarle...

189.4

Jesús la mira, observa este grupo de amor abrazado al lado de los bordes de la lechiga, que ahora ya no es fúnebre... y llora.

Judas Iscariote ve este llanto y pregunta: «¿Por qué lloras, Señor?».

Jesús vuelve su rostro hacia él y dice: «Pienso en mi Madre...».

Detalle

Jesús se encuentra con un cortejo fúnebre. La madre del joven está destrozada.

ECR 199.7-8 · Volume 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«El hombre advierte el perfume de quienes son vírgenes... Me viene José a la memoria. Yo no sabía qué palabras usar. Él no sabía mi secreto... y, no obstante, con percepción de santo, me ayudó a manifestarlo: había detectado el perfume de mi alma... Fíjate también Juan: ¡Qué paz! Todos quieren estar a su lado... hasta el mismo Judas de Keriot, a pesar de que... No, Hijo, Judas no ha cambiado; yo lo sé y Tú lo sabes. No hablamos porque no queremos encender la guerra; pero, aunque no hablemos, sabemos... y, aunque no hablemos, los demás intuyen... ¡Oh, Jesús mío, los jóvenes me han contado hoy en Getsemaní el episodio de Magdala y el del sábado por la mañana... La inocencia habla... porque ve con los ojos de su ángel. Pero también los ancianos vislumbran... No se equivocan: es un ser huidizo... todo en él es huidizo. Le tengo miedo, y tengo en mis labios las mismas palabras de Benjamín en Magdala y de Margziam en Getsemaní, porque siento ante Judas el mismo escalofrío que sienten los niños».

«¡No todos pueden ser Juan!...».

«¡No lo pretendo! ¡Sería un paraíso esta tierra! Pero, mira, me has hablado del otro Juan... Un hombre que incluso ha matado. Pues bien, me da sólo pena; Judas, sin embargo, me da miedo».

«¡Ámale, Madre! ¡Ámale, por amor a mí!».

«Sí, Hijo; pero ni siquiera servirá mi amor, significará solamente sufrimiento para mí y culpa para él. ¡Pero por qué ha entrado? Turba a todos; ofende a Pedro, que merece todo respeto».

199.8 «Sí. Pedro es muy bueno. Por él haría cualquier cosa, porque lo merece».

Anotación

¡Oh, Jesús mío! Hoy, en Getsemaní, los jóvenes me han hablado del episodio de Magdalena y del episodio del sábado por la mañana. Dos niños dijeron que Judas "les daba miedo": Benjamín de Magdala en EMV 184,7 y Marziam en EMV 196,6.

ECR 205.8 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

...Los apóstoles, la Madre de Jesús y las otras mujeres se dirigen hacia la casa, precedidos todos por Margziam, que va saltando, presuroso, delante. No obstante, el niño en seguida vuelve hacia atrás, toma a María de la mano y le dice: «Ven conmigo, que te tengo que decir a solas una cosa». Ella accede a su petición; así que tuercen hacia el pozo, que está en un ángulo del patio, enteramente cubierto por una tupida pérgola, que desde el nivel del suelo sube, formando un arco, hasta la terraza. Detrás está Judas Iscariote.

«Judas, ¿qué quieres? Déjanos, Margziam... Habla. ¿Qué quieres?».

«He obrado mal... No me atrevo a ir al Maestro, ni a presentarme ante mis compañeros... Ayúdame...».

«Te ayudaré. Sí. De todas formas, ¿es que no piensas en el mucho dolor que causas? Mi Hijo ha llorado por causa tuya, lo cual a su vez ha hecho sufrir a tus compañeros. Ven, de todas formas, que ninguno te dirá nada. Y, si puedes, no vuelvas a caer en esto mismo, que es indigno de un hombre y sacrílego respecto al Verbo de Dios».

«¿Tú, Madre, me perdonas?».

«¿Yo? Yo no cuento nada al lado de ti, que te sientes tan grande. Soy la menor de las siervas del Señor. ¿Por qué te preocupas de mí, si no tienes piedad de mi Hijo?».

«Pienso en mi madre, pienso que si tú me perdonas ella también me perdonará».

«No sabe lo que has hecho».

«Pero me había hecho jurar que sería bueno con el Maestro. Soy un perjuro. Percibo la reprensión del alma de mi madre».

«¿Eso es lo que sientes? ¿Y no percibes la queja y la desaprobación del Padre y del Verbo? ¡Oh, eres un desdichado, Judas! Vas sembrando el dolor en ti y en quienes te quieren».

María está muy seria y triste. Habla sin acritud, pero muy seria. Judas llora.

«No llores; mas bien, cambia. Ven» y le toma de la mano y entra así con él en la cocina.

Vivísimo es el estupor de todos. María previene posibles reacciones poco compasivas diciendo: «Judas ha vuelto. Haced como el primogénito después de que le habló su padre. Juan, ve a avisar a Jesús».

Juan de Zebedeo sale a la carrera.

El silencio gravita sobre la cocina... Lo rompe Judas diciendo: «Perdonadme. Tú el primero, Simón, tú que tienes un gran corazón paternal. Yo también soy huérfano».

«Sí, sí, te perdono. Por favor, no hables más de ello. Somos hermanos... y no me gustan estos altibajos de pedir perdón y volver a caer; son denigrantes, tanto para quien lo comete como para quien lo concede. Ahí viene Jesús. Ve a Él y basta».

Judas va hacia Jesús. Mientra, Pedro, no pudiendo hacer otra cosa, se pone a partir con vehemencia madera seca...

ECR 206.15-17 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Lázaro se congratula con Jesús. Dice: «Siento que te marches, pero estoy más contento que si te hubiera visto marcharte anteayer».

«¿Por qué, Lázaro?».

«Porque te veía muy triste y cansado... No hablabas, sonreías poco... Ayer y hoy has vuelto a ser mi santo y dulce Maestro. Me alegro mucho...».

«Lo era, aunque guardase silencio...».

«Lo eras, sí; pero Tú eres no sólo serenidad sino también palabra. Esto buscamos en ti. En estas fuentes bebemos nuestra fuerza, y estas fuentes parecían sin agua... Penosa era nuestra sed... Ya ves cómo hasta incluso a los gentiles les ha sorprendido, y han venido a buscarlas...».

Judas Iscariote, al cual se había acercado Juan de Zebedeo, se decide a hablar: «Sí, me habían preguntado también a mí... porque muchas veces estaba cerca de la Torre Antonia, con la esperanza de verte».

«Sabías dónde estaba» responde escuetamente Jesús.

«Lo sabía. Pero no pensaba que pudieras decepcionar a quienes te esperaban. Los romanos también se sintieron decepcionados. No entiendo por qué has actuado así...».

«¿Y tú me lo preguntas? ¿No estás al corriente del estado de ánimo del Sanedrín, de los fariseos y de otros, respecto a mí?».

«¿Quieres decir que tenías miedo!».

«No. Náusea.

206.16

El año pasado, estando solo — uno solo contra todo un mundo que ni siquiera sabía si Yo era profeta —, mostré que no tenía miedo. Y tú fuiste ganado con mi audacia. Hice oír mi voz contra todo un mundo de gente que gritaba; hice oír la voz de Dios a un pueblo que se había olvidado de ella; purifiqué la Casa de Dios de las inmundicias materiales que tenía. No pretendía limpiarla de las bajezas morales, mucho más graves, que en ella anidan, porque no ignoro el futuro de los hombres. Lo hice para cumplir mi deber; por celo de la Casa del Señor eterno, la cual se había convertido en una plaza vociferadora de mercachifles, usureros y ladrones; lo hice para remover de su sopor a quienes siglos de abandono sacerdotal habían hecho caer en el letargo espiritual. Fue el reclamo que debía congregar a mi pueblo, para llevarle a Dios... Este año he vuelto... He visto que el Templo sigue lo mismo... Incluso ha empeorado. Ha pasado de ser cueva de ladrones a ser sede de conjura, y será sede del Delito, y luego lupanar, para terminar destruido a manos de una fuerza más poderosa que la de Sansón que aplastará a una casta indigna de llamarse santa. Es inútil hablar en ese lugar, en el cual, además — te lo recuerdo — se me prohibió hablar. ¡Pueblo desleal a la palabra dada, envenenado en sus cabezas, pueblo que osa poner veto a que la Palabra de Dios hable en su Casa! Sí, me fue prohibido. He guardado silencio por amor a los más pequeños. No ha llegado todavía la hora en que habrán de matarme. Son demasiados los que tienen necesidad de mí, y mis apóstoles no son todavía suficientemente fuertes como para recibir en sus brazos a mi prole: el Mundo. No llores, Madre buena; perdona esta necesidad de tu Hijo de decir, a quien quiere o puede engañarse, la verdad que sé... Yo callo... pero, ¡ay de aquellos por los cuales Dios calla!... ¡Madre, Margziam, no lloréis!... ¡Que nadie llore! ¡Os lo ruego!».

Pero en realidad todos, con más o menos pena, lloran.

Judas, pálido como un muerto, con ese indumento suyo de rayas amarillas y rojas, tiene la osadía de insistir, con una voz gimoteadora y ridícula: «Créeme, Maestro, que estoy sorprendido y apenado... No sé qué quieres decir... Yo no sé nada... La verdad es que no he visto a ninguno de los del Templo, pues he roto los contactos con todos... Pero, si Tú lo dices, será verdad...».

«¡Judas!... ¿Tampoco has visto a Sadoq?».

Judas baja la cabeza y farfulla: «Es un amigo... Le he visto como amigo, no como uno del Templo...».

Jesús no le responde; se vuelve a Isaac y a Juan de Endor para darles algunas recomendaciones relativas a su trabajo. Entretanto, las mujeres consuelan a María, que está llorando, y al niño, que llora al ver llorar a María. También a Lázaro y a los apóstoles se les ve apenados.

Anotación

El año pasado, cuando estaba solo -solo contra todo un mundo que ni siquiera sabía si yo era profeta-, demostré que no tenía miedo y os conquisté con la audacia que demostré. Jesús echando a los mercaderes del Templo impresionó mucho a Judas. Cf. EMV 53, y EMV 54.3.

- ¡Judas! Y Sadoc, ¿no lo has visto? Cf. EMV 201.2.

ECR 207.1 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Simón de Jonás se adelanta y alcanza al grupo de Jesús. Pregunta: «¿Por aquí se va a Belén? Juan dice que la otra vez habéis ido por otro camino».

«Es verdad» responde Jesús «pero porque veníamos de Jerusalén. Por aquí es más corto. Cuando lleguemos al sepulcro de Raquel, que quieren verlo las mujeres, nos separaremos, como hace tiempo habéis decidido. Mi Madre quiere ir a Betsur. Allí nos reuniremos de nuevo».

«Sí, lo dijimos... ¡Pero, sería tan hermoso que estuviéramos todos presentes!... especialmente la Madre... que, a fin de cuentas, es la Reina de Belén y de la Gruta, y conoce todo a la perfección. Si lo contara Ella, creo que sería distinto».

Jesús mira a Simón, que insinúa dulcemente su deseo, y sonríe.

«¿Qué gruta, padre?» pregunta Marziam.

«La gruta donde nació Jesús».

«¡Ah, muy bien! ¡Voy yo también!...».

«¡Sería precioso!» dicen María de Alfeo y Salomé.

«¡Precioso!... Significaría volver al pasado, a cuando el mundo te ignoraba... Te ignoraba, sí, pero todavía no te odiaba. Significaría encontrar de nuevo el amor de las personas sencillas que supieron sólo creer y amar, con humildad y fe... Significaría depositar en el pesebre este peso de amargura que oprime mi corazón desde que sé lo mucho que te odian... Debe haber quedado todavía en el pesebre la dulzura de tu mirada, de tu respirar, de tu titubeante sonrisa... y ello me acariciaría el corazón, ¡este corazón mío tan lleno de amargura!...». (María habla despacio, entre anhelante y afligida).

«Pues entonces vamos a ir, Mamá. Condúcenos tú al lugar. Hoy eres tú la Maestra y Yo el Niño que ha de aprender».

«¡No, Hijo! Tú eres siempre el Maestro...».

«No, Mamá. Simón de Jonás tiene razón en lo que ha dicho. En la tierra de Belén tú eres la Reina. Es tu primer castillo. María, de la estirpe de David, guía a este pequeño pueblo a tu morada».

ECR 214.5-7 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

... María santísima y María, madre de Judas, están juntas; no en la casa de la ciudad sino en la del campo. Están solas. Los apóstoles, con Jesús, han salido. Las discípulas y el niño, están en el magnífico huerto; se oyen sus voces, y los golpes de la ropa contra los lavaderos (quizás están haciendo la colada mientras el niño juega).

La madre de Judas, sentada, en la penumbra de una habitación, al lado de María, habla; le dice a María: «Estos días de paz los recordaré como un dulce sueño. ¡Demasiado cortos! ¡Demasiado! Comprendo que no se debe ser egoísta y que es justo que vayáis a ver a esa pobre mujer y a otros muchos infelices. ¡Si pudiera... detener el tiempo, o ir con vosotros!... Pero, no puedo. Aparte de mi hijo no tengo otros parientes y debo cuidar de los bienes de la casa...».

«Comprendo... Te duele separarte de tu hijo. Nosotras las madres quisiéramos estar siempre con nuestros hijos. De todas formas, los damos por una buena razón, y no los perdemos. Ni siquiera la muerte nos los arrebata, si están en gracia, y también nosotras, ante los ojos de Dios. Además, los tenemos todavía en este mundo y podemos llegarnos a ellos, a pesar de que la voluntad de Dios los arranque de nuestro pecho para entregarlos por el bien del mundo; y... el eco de sus obras nos hace como una caricia en el corazón, porque sus obras son el perfume de su alma».

214.6

«¿Qué es tu Hijo para ti, Mujer?» pregunta tímidamente María de Judas.

Y María santísima responde seguramente: «Es mi gozo».

«¡¡Tu gozo!!...» y la Madre de Judas rompe a llorar, replegándose sobre sí misma como para esconder el llanto; de tanto como se pliega, toca casi con la frente en las rodillas.

«¿Por qué lloras, mi pobre amiga? ¿Por qué? Dímelo. Yo me siento dichosa de mi maternidad, pero sé también comprender a las madres no felices...».

«Exacto, no felices. Yo soy una de ellas. Tu Hijo es tu gozo, el mío es mi dolor; al menos lo ha sido. Ahora, desde que está con tu Hijo, me causa menos dolor. Entre todos los que oran por tu santo Hijo, por su bien y su victoria, no hay nadie, después de ti, bendita mujer, que ore cuanto esta infeliz que te habla... Dime la verdad: ¿qué piensas de mi hijo? Las dos somos madres, estamos cara a cara, en medio está Dios, estamos hablando de nuestros hijos. Para ti siempre será fácil hablar del tuyo. Yo... debo hacerme violencia para hablar del mío y hablar de él me puede acarrear mucho bien, o mucho dolor; no obstante, aunque fuera dolor, sería en todo caso un alivio el haber hablado... Esa mujer de Betsur — ¿no es verdad? — casi enloqueció por la muerte de sus hijos. Pues bien, yo te juro que algunas veces, cuando miro a mi Judas, guapo, sano, inteligente, pero no bueno, no virtuoso, no recto de corazón, no sano de sentimientos, he pensado, y pienso, que preferiría llorarle por muerto antes que... que verle muy enemistado con Dios. Dime, ¿qué piensas de mi hijo? Sé franca. Hace más de un año que esta pregunta me quema las entrañas. Pero, ¿a quién puedo dirigirme? ¿A los vecinos de Keriot?: no sabían todavía de la presencia del Mesías entre nosotros y que Judas quería ir con Él. Yo sí lo sabía porque me lo había dicho en el viaje de regreso de la Pascua: exaltado, violento, como siempre que le viene un capricho, y, como siempre, sin interés alguno por los consejos de su madre. ¿A sus amigos de Jerusalén?: una santa prudencia y una pía esperanza me lo impedían; no quería decirles a ésos — que no puedo estimar porque son todo menos santos — que Judas seguía al Mesías. Así las cosas, tenía la esperanza de que ese capricho cayera, como tantos otros, como todos, procurando quizás lágrimas y desconsuelo, como por más de una muchacha, de aquí y de otros lugares: las enamoró y jamás tomó por esposa a ninguna de ellas. Fíjate, hay sitios a donde no va nunca, porque se podría encontrar con un justo castigo. También lo de pertenecer al Templo fue un capricho. Nunca sabe lo que quiere. Con su padre — Dios le perdone — se malogró; mi opinión no ha contado nunca nada para los dos hombres de mi casa. Me ha tocado siempre llorar y reparar, nada más, con todo tipo de humillaciones... Cuando murió Yoana — yo sé, aunque ninguno lo dijera, que murió de dolor cuando, después de haber esperado durante toda su juventud, Judas declaró que no quería casarse, mientras que por otra parte se sabía que había mandado a unos amigos suyos a Jerusalén para hablar con una mujer rica, propietaria de una red comercial hasta Chipre, para interesarse por su hija — a mí me tocó llorar mucho, mucho, por las acusaciones de la madre de la muchacha muerta, como si hubiera sido cómplice de mi hijo. No, no lo soy. Que yo para él no valgo nada. El año pasado, cuando estuvo aquí el Maestro, me di cuenta de que Él comprendía. Estuve por hablarle, pero... es muy doloroso para una madre tener que decir: “¡Atento a mi hijo, que es ambicioso, duro de corazón, vicioso, soberbio, voluble”. Mi hijo es esto. Yo... yo oro porque tu Hijo, que tantos milagros hace, haga un milagro con mi Judas. Pero... dime: ¿qué piensas de él?».

214.7

María, que hasta ahora había permanecido en silencio y con expresión de dolor compasivo ante este lamento materno, cuyo fundamento su recto corazón no puede desmentir, dice dulcemente: «¡Pobre madre!... ¿Que qué pienso? Sí, tu hijo no es esa alma cristalina que es Juan, ni el manso Andrés, ni el fuerte Mateo, que ha querido cambiar y ha cambiado. Es... voluble, sí, eso. Pero... tú y yo oraremos mucho por él. No llores. Quizás en tu amor de madre, que querría poder gloriarse de su hijo, le ves más deforme de lo que en realidad lo sea...».

«¡No! ¡No! Veo las cosas como son en realidad y tengo mucho miedo».

La habitación se llena del sollozo de la madre de Judas; en la penumbra, albea el rostro de la Madre del Señor, que se muestra más pálido después de esta confesión materna que agudiza todas sus sospechas.

Pero María se domina. Arrima hacia sí a esta madre desdichada, y la acaricia, mientras ella, ya sin reserva alguna, narra confusamente, jadeando, todos los despechos, exigencias y violencias de Judas, y termina: «Me pongo colorada por él cuando veo los actos de amor de que me hace objeto tu Hijo. No se lo he preguntado, pero estoy segura de que, aparte de por su bondad, lo hace para decirle a Judas a través de esos gestos: “Ten presente que así se debe tratar a la propia madre”. Ahora, ahora parece completamente tranquilo... ¡Ah, si fuera verdad! Ayúdame, ayúdame con tu oración, tú que eres santa, para que mi hijo no sea indigno del gran don que Dios le ha concedido! Si no me quiere amar a mí, si no sabe tener gratitud conmigo, que le he dado a luz y le he criado, no me importa; pero que sepa amar, realmente, a Jesús, que sepa servirle con fidelidad y gratitud. Y, si no, si no... que Dios le quite la vida. Prefiero tenerle en el sepulcro... Al fin le tendría, porque, en realidad, desde que llegó al uso de razón bien poco fue mío. Le prefiero muerto, antes que un mal apóstol. ¿Puedo orar así? ¿Tú qué piensas?».

«Pide al Señor que se haga lo mejor. No llores más. He visto a meretrices y a gentiles, a publicanos y pecadores, a los pies de mi Hijo; todos ellos transformados en corderos por su Gracia. Ten esperanza, María, ten esperanza. ¿No sabes que las penas de las madres salvan a los hijos?...».

Y con esta compasiva pregunta cesa todo.