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Notas del tema

Atributos de Jesucristo

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Comodidad de lectura

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ECR 185.5 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Yo no soy “hombre”, soy el Dios-Hombre. No actúo como vosotros, que, cuando uno ha rechazado vuestro consejo o ayuda y luego le veis en problemas, aunque no seáis tan malos que os alegréis de ello, sí lo sois siempre en cuanto que os le quedáis mirando desdeñosamente y con indiferencia — y no os conmovéis ante su grito que pide ayuda — con grave ademán que significa: “¿No me has aceptado cuando te quería ayudar? Pues ahora arréglatelas solo”. No, Yo soy Jesús, soy Salvador, y salvo, María; salvo siempre, en cuanto se me invoca.

ECR 187.4 · Volume 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«Deseo ir por ese mar infinito... hacia otras tierras allende él... Deseo ir allí para hablar de ti... Sueño... sueño con ir a Roma, a Grecia, a los lugares oscuros para llevar la Luz... y así los que viven en las tinieblas entren en contacto contigo y vivan en comunión contigo, Luz del mundo... Sueño con un mundo mejor... con un mundo que mejorar a través de tu conocimiento, o sea, a través del conocimiento del Amor que nos hace buenos, puros, héroes... con un mundo que se ame en tu Nombre, y que por encima del odio, del pecado, la carne, el vicio de la mente, por encima del oro, por encima de todas las cosas, alce tu Nombre, tu Fe, tu Doctrina... y sueño con ir con estos hermanos míos por el mar de Dios, recorriendo caminos de luz, a llevarte a ti... de la misma forma que en su momento tu Madre te trajo del Cielo aquí, entre nosotros... Sueño con ser ese niño que, no conociendo sino el amor, se mantiene sereno incluso ante los tormentos... y que canta para infundir ánimo a los adultos, que reflexionan demasiado, y camina hacia la muerte sonriendo, hacia la gloria con aquella humildad de quien no sabe lo que hace, de quien sólo sabe que está yendo a ti, Amor...».

Detalle

Habla Juan de Zebedeo.

ECR 188.3-4 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Se encamina. Pedro, Felipe y Tomás hacen repetidamente señas a Jesús para que no vaya. Pero Jesús no hace caso y se encamina detrás del hombre, con Judas; los demás le siguen... de mala gana.

«¿Eres israelita?» pregunta el hombre.

«Sí».

«Yo también, o casi, aunque no lo parezca. He estado mucho tiempo en otros países y he cogido costumbres que estos ignorantes deploran. Soy mejor que los otros, pero me llaman demonio, porque leo mucho, crío aves de corral, que luego vendo a los romanos, y sé curar con hierbas. De joven, por una mujer, luché con un romano — entonces estaba en Cintio — y le apuñalé; el romano murió, yo dejé un ojo y mis bienes y fui condenado a prisión y a trabajos forzados durante muchos años... para siempre. Pero sabía curar, y sané a la hija de un guardián, lo cual me supuso su amistad, y un poco de libertad... que usé para huir. Hice mal, porque, sin duda, aquel hombre pagó mi fuga con la vida; pero la libertad, cuando uno está en prisión, es bonita...».

«¿Y después no?».

«No. Es mejor la cárcel, donde uno está solo, que no el contacto con los hombres, que no nos conceden estar solos y que están en torno a nosotros para odiarnos...».

«¿Has estudiado a los filósofos?».

«Era maestro en Cintium... Era prosélito...».

«¿Y ahora?».

«Ahora no soy nada. Vivo en la realidad. Y odio, como fui y soy odiado».

«¿Quién te odia?».

«Todos. El primero, Dios. Era mi mujer... y Dios permitió que me traicionara y que fuera mi ruina. Era libre, me respetaban... y Dios permitió mi condena a cadena perpetua. El abandono de Dios, la injusticia de los hombres. He anulado a Dios y a los hombres. Aquí ya no hay nada...» y se golpea en la frente y en el pecho. «Bueno, quiero decir que aquí, en la cabeza, está el pensamiento, el saber; aquí es donde no hay nada» y escupe despreciativamente.

«Te equivocas. Ahí tienes todavía dos cosas».

«¿Cuáles?».

«El recuerdo y el odio. Quítalos de tu corazón.

188.4

Quédate verdaderamente vacío. Yo te daré una cosa nueva para que la metas ahí».

«¿Qué?».

«El amor».

«¡Ja! ¡ja! ¡ja! ¡No me hagas reír! Mira, hacía treinta y cinco años que no me reía. Desde que tuve la prueba de que mi mujer me traicionaba con el romano mercader de vinos. ¡El amor! ¡El amor a mí! ¡Como si echase a mis pollos piedras preciosas!: morirían de indigestión, si no lograsen pasarlas a los excrementos. Lo mismo yo. Tu amor sería un peso para mí, si no lograse digerirlo...».

«Hombre, no hables así». Jesús le pone la mano en el hombro, verdadera y visiblemente afligido.

El hombre le mira con su único ojo. Lo que ve en ese rostro dulce y bellísimo le hace enmudecer y cambiar de expresión: del sarcasmo pasa a una profunda seriedad y luego... a una verdadera aflicción. Agacha la cabeza y pregunta con el tono de voz cambiado: «¿Quién eres?».

«Jesús de Nazaret. El Mesías».

«¡¡Tú!!».

«Sí, Yo; tú, que lees, ¿no tenías noticia de mí?».

«Tenía noticia... Pero no sabía que vivieras, y no... no sabía, sobre todo, que eras bueno con todos... así... incluso con los asesinos... Perdona cuanto te he dicho... sobre Dios y sobre el amor... Ahora entiendo por qué quieres darme el amor... Porque sin amor el mundo es un infierno, y Tú, el Mesías, quiere hacer de él un paraíso».

«Un paraíso en cada uno de los corazones. Dame esos recuerdos y ese odio que te tienen enfermo y deja que te meta el amor en el corazón».

«¡Ah, si te hubiera conocido antes!... entonces... Pero, cuando yo mataba, ciertamente no habías nacido... Pero después... después... cuando, libre como la serpiente en los bosques, viví para difundir el veneno de mi odio...».

«También has hecho cosas buenas. ¿No has dicho que curabas con las hierbas?».

«Sí. Para que me tolerasen. ¡Cuántas veces he tenido que luchar contra el deseo de envenenar con los bebedizos!... ¿Ves? Me he refugiado aquí porque es un pueblo donde se ignora el mundo y se es ignorado por el mundo, un pueblo maldito; en otros lugares, me odiaban y odiaba, y tenía miedo de ser reconocido... Pero, yo soy malo».

«Lamentas haber causado daño al guardián de la prisión. ¿Ves como todavía tienes bondad? No eres malo, lo que tienes es una profunda herida abierta que nadie te cura... Tu bondad se te va por ella como la sangre por las heridas; pero, si hubiera alguien que te curase y te cerrase tu herida, pobre hermano mío, tu bondad, no perdiéndose a medida que se va formando, crecería...».

El hombre llora cabizbajo; su llanto queda celado; sólo Jesús, que camina a su lado, lo ve. Lo ve, sí, pero no dice nada más.

Detalle

Jesús habla con un tuerto que acaba de conocer. Se llama Félix y está lleno de odio hacia Dios y los hombres.

Anotación

Tantas veces he luchado contra el deseo de envenenar con pociones ... El filtro sirve para limpiar un líquido de sus impurezas. Una poción es un brebaje mágico generalmente utilizado para obtener amor.

ECR 188.7 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Salen de las ruinas y empiezan a bajar por el sendero que antes han recorrido. El hombre bizco está todavía.

«¿Estás todavía aquí?» pregunta Jesús, aparentando no ver el rostro rojo de lágrimas.

«Sí, aquí. Si me permites, te acompaño; debo decirte una cosa...».

«Bueno, bien, ven conmigo. ¿Qué quieres decirme?».

«Jesús... Creo que para tener la suficiente fuerza para hablar y para hacer la santa magia de cambiarme a mí mismo, de invocar a mi alma muerta como la maga invocó a Samuel para Saúl, debo pronunciar tu Nombre, dulce como tu mirada, santo como tu voz. Me has dado una vida nueva, pero es informe, incapaz cual la de un recién nacido mal generado, y forcejea aún, atenazada por la costra mala que le cubre. Ayúdame a salir de mi muerte».

«Sí, amigo».

«Yo... he visto que todavía tengo un poco de humanidad en mi corazón. No soy sólo un animal feroz. Todavía puedo amar y ser amado, perdonar y ser perdonado: tu amor, tu amor, que es perdón, me lo enseña. ¿No es verdad esto?».

«Sí, amigo».

«Pues entonces llévame contigo. ¡Yo era Félix! ¡Oh, qué ironía! Dame un nuevo nombre. Que quede verdaderamente muerto el pasado. Te seguiré como un perro callejero que por fin encuentra un amo. Seré tu esclavo, si quieres... pero no me dejes solo».

«Sí, amigo».

«¿Qué nombre me das?».

«Un nombre entrañable para mí: Juan. En efecto, eres gracia recibida del Señor».

«¿Me llevas contigo?».

«Por ahora sí. Luego me seguirás con los discípulos. Pero... ¿y tu casa?».

«Ya no tengo casa. Dejaré a los pobres cuanto poseo. Dame sólo amor y un pan».

«Ven».

Detalle

Ejemplo de un hombre que se acerca a Jesús después de hablar con él.

Anotación

Invoca mi alma muerta como la hechicera invocó a Samuel para Saúl: en el Primer Libro de Samuel, capítulo 28. Te remitimos a esta nota para más detalles.

Mi nombre era Félix: Félix significa "feliz" en latín.

ECR 188.9 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«Ten, ésta es la llave de mi casa. Me marcho para siempre. Tú has sido mi benefactor y por ello te estoy agradecido. Me has devuelto la familia. Haz de lo mío todo lo que quieras... y cuida de mis pollos; no los maltrates; todos los sábados viene un romano que compra los huevos... sacarás algún beneficio... Trata bien a mis gallinitas... y que Dios te lo pague».

El anciano se ha quedado estupefacto. Boquiabierto, coge la llave.

Jesús dice: «Sí, haz como dice y también Yo te quedaré agradecido. En nombre de Jesús te bendigo».

«¡El Nazareno! ¡Eres Tú! ¡Misericordia! ¡He hablado con el Señor! ¡Mujeres! ¡Mujeres! ¡Hombres! ¡El Mesías está aquí, con nosotros!». Chilla como un águila y de todas partes vienen corriendo personas.

«¡Tu bendición! ¡Tu bendición!» gritan. Otros: «¡Quédate!». Y otros: «¿A dónde vas? Al menos dinos a dónde vas».

«Voy a Naím. No puedo quedarme».

«¡Te seguimos! ¿Quieres?».

«Venid. Y paz y bendición para los que se quedan».

Se encaminan hacia el camino principal. Lo toman.

Detalle

Jean d'En-Dor lo deja todo y entrega la llave de su casa a un anciano. El anciano se da cuenta de que Jesús es el Mesías.

ECR 188.10 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

El hombre, que va andando al lado de Jesús, esforzándose por el peso de su talego, despierta la curiosidad de Pedro: «¿Pero qué llevas ahí dentro que pesa tanto?» pregunta.

«La ropa... y libros... Mis amigos junto con los pollos, aunque después de éstos. No he podido separarme de ellos... y pesan».

«Sí, claro, la ciencia pesa, sí, y... ¿a quién le gusta?».

«Me han librado de volverme loco».

«¡Les tendrás estima!... Pero, ¿qué libros son?».

«Filosofía, historia, poesía griega, romana...».

«Interesantes, interesantes, sin duda interesantes; pero, ¿crees que vas a poder llevarlos siempre contigo?».

«Quizás también logre separarme de ellos, pero todo al mismo tiempo no se puede hacer, ¿no es verdad, Mesías?».

«Llámame Maestro. Sí, no se puede. De todas formas tendrás un sitio donde tener al seguro a tus amigos los libros. Te podrán servir para disputar con los paganos acerca de Dios».

«¡Qué depurado tu pensamiento de toda restricción!».

Jesús sonríe y Pedro exclama: «¡Hombre! ¡claro! ¡Él es la Sabiduría!».

«Es la Bondad, créelo. ¿Y tú eres culto?».

«¿Yo? ¡Cultísimo! Mi cultura no pasa de distinguir un sábalo de una carpa. Soy pescador, amigo» y Pedro ríe con humildad y franqueza.

«Eres un hombre honesto. Es una ciencia que uno aprende por sí mismo y que es muy difícil de poseer. Me resultas simpático».

«Tú también a mí, porque eres franco, incluso cuando te acusas. Perdono todo, ayudo a todos, pero soy enemigo despiadado de los falsos. Me repelen».

«Tienes razón, el falso es un delincuente».

«Tú lo has dicho, un delincuente. Dime, ¿no me dejas con confianza un poco tu talego? Total, estáte seguro de que con los libros no voy a huir... Es que me parece que vas con dificultad...».

«Veinte años de mina quebrantan. Pero... ¿por qué quieres cansarte tú?».

«Porque el Maestro nos ha enseñado a amarnos como hermanos. Dámelo. Toma tú a cambio mis trapajos. Mi fardo es ligero... No hay ni historias, ni poesías; mi historia, mi poesía y esa otra cosa que has dicho son Él, mi Jesús, nuestro Jesús».

Anotación

Te encontraré un lugar para guardar a tus amigos, los libros. Pueden serte útiles cuando hables de Dios con paganos. Alusión a Antioquía de Siria, donde Juan de En-Dor se vio obligado a exiliarse, pero donde, con la ayuda de Syntica, se fundó la futura comunidad cristiana descrita en los Hechos de los Apóstoles.