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Notas del tema

¿Quién es Jesús?

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ECR 66.3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«Tómame contigo, Maestro. No puedes rechazarme. Si eres el Salvador y ves que yo soy un pecador, una oveja descarriada, un ciego que no va por camino justo, ¿por qué rehúsas salvarme? Tómame contigo. Te seguiré hasta la muerte...».

«¡Hasta la muerte! Cierto. Esto es cierto. Luego...».

«¿Luego, Maestro?».

«El futuro está en el seno de Dios. Vete. Mañana nos volveremos a ver junto a la Puerta de los Peces».

«Gracias, Maestro. El Señor sea contigo».

«Y su misericordia te salve».

Y todo termina.

Detalle

Judas insiste en ser uno de los discípulos de Jesús.

ECR 67

El Evangelio como me ha sido revelado

Detalle

Jesús está solo. Se encuentra con dos hombres que se pelean e intentan apuñalarse. Cristo interviene de nuevo, advirtiéndoles que se detengan; entonces, como no le hacen caso, realiza un milagro y las cuchillas se rompen.

Mientras llegan los soldados de Roma, Jesús dirige un breve sermón a los hombres de Israel, y luego también a los paganos presentes, exhortándoles a amar, y señalando también que no es mediante la violencia como salimos victoriosos, sino mediante la santidad. La ira es un pecado que puede apartarnos de la bendición de Dios, y los hijos del Señor deben ser amables y amarse los unos a los otros.

Cuando terminó de hablar, le preguntaron si era el Mesías, y Jesús no lo negó. Le vuelven a preguntar si hacía milagros, y tampoco lo niega, e incluso hace milagros cuando le traen enfermos. La multitud se alegra y Jesús bendice.

Entonces llegó Judas y preguntó qué había pasado. Le pregunta si se va a quedar en Jerusalén, pero Jesús le dice que va a viajar a Judea, y le promete ir a Keroth. Finalmente, ambos hablan de Juan el Bautista, a quien Herodes ha arrestado. Si Jesús es la Bondad, el Precursor es la Penitencia. La visión termina aquí.

ECR 67.2-5

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

67.2 Dos se enzarzan seriamente por causa del burro de uno, que se ha servido de la magnífica cesta de lechugas del otro burro comiéndose una buena cantidad. Tal vez es sólo un pretexto para desfogarse de un viejo resentimiento. El hecho es que de debajo de los vestidos, que llegan sólo hasta las pantorrillas, aparecen dos feos cuchillos cortos, anchos como una mano: semejan dagas seccionadas pero bien afiladas, y brillan al sol. Gritos de mujeres, vocerío de hombres. Nadie interviene para separar a estos dos, que están ya preparados para el rústico duelo.

Jesús, que iba caminando meditabundo, levanta la cabeza, ve, y, con paso velocísimo, acude a separarlos. «¡Quietos, en nombre de Dios!» ordena.

«¡No! ¡Quiero terminar de una vez con este maldito perro!».

«¡Yo también! ¿Te gustan las orlas? Te voy a hacer una con tus tripas».

Los dos giran alrededor de Jesús, dándole empujones, insultándole para que se quite de en medio, tratando de clavarse los cuchillos; pero no lo consiguen, porque Jesús con movimientos inteligentes del manto desvía los cuchillos y dificulta la precisión de los golpes. Ya su manto presenta algunos jirones.

La gente chilla: «Salte, nazareno, pagarás Tú las consecuencias». Pero Él no se mueve y trata de restablecer la calma, llamando la mente a Dios. ¡Inútil! La ira tiene enloquecidos a los dos contendientes.

Jesús emana milagro. Manda por última vez: «¡Os ordeno estaros quietos!».

«¡No! ¡Quítate! ¡No te metas donde no te llaman, perro na­za­re­no!».

Entonces Jesús extiende las manos, con aspecto de potencia fulgurante. No dice ni una palabra, pero las hojas de los cuchillos caen desmenuzadas al suelo, como si fueran de cristal y hubieran pegado contra una peña.

Los dos miran los mangos cortos, inservibles, que han quedado entre sus dedos. El estupor apacigua la ira. La multitud grita de asombro.

67.3 «¿Y ahora?» pregunta Jesús severo. «¿Dónde está vuestra fuerza?».

Los soldados que estaban de guardia en la puerta, habiendo acudido a los últimos gritos, miran también estupefactos, y uno se agacha a recoger los fragmentos de las hojas y, no creyendo que sean de acero, los prueba en la uña.

«¿Y ahora?» repite Jesús. «¿Dónde está vuestra fuerza?, ¿en qué basáis vuestro derecho?; ¿en esos trozos de metal que ahora son fragmentos entre el polvo?, ¿en esos trozos de metal que no tenían más fuerza que la del pecado de ira contra un hermano y que os despojaba de toda bendición divina y, por tanto, de toda fuerza? ¡Oh..., míseros quienes se fundan en medios humanos para vencer, sin saber que no es la violencia, sino la santidad, lo que nos hace vencedores en la Tierra! ¡Y no sólo en ella, pues, efectivamente, Dios está con los justos!

Oíd, todos vosotros de Israel, y también vosotros, soldados de Roma: la Palabra de Dios habla para todos los hijos del hombre, y no será el Hijo del hombre quien se la niegue a los gentiles.

El segundo de los preceptos del Señor es precepto de amor hacia el prójimo. Dios es bueno y quiere benevolencia en sus hijos. Quien no es benévolo con su prójimo no puede llamarse hijo de Dios ni puede tener a Dios consigo. El hombre no es un animal sin razón que se lanza y muerde por derecho a la presa. El hombre tiene una razón y un alma: por la razón debe saberse guiar como hombre, por el alma debe saber hacer esto santamente. Quien no lo hace así, se pone por debajo de los animales, se rebaja al abrazo con los demonios, porque endemonia su alma con el pecado de ira.

Amad. No os digo más que eso. Amad a vuestro prójimo como desea el Señor Dios de Israel. No seáis siempre de la sangre de Caín. Y, ¿por qué lo sois?: vosotros, que podríais ser ya homicidas, por pocas monedas; otros, por unos pocos palmos de tierra, por un puesto mejor, por una mujer. ¿Qué son estas cosas? ¿Son cosas eternas? No. Duran mucho menos que la vida, la cual, a su vez, dura un instante de eternidad. ¿Y qué perdéis si las seguís?: la paz eterna prometida a los justos, la que el Mesías os traerá junto con su Reino. Venid por el camino de la Verdad, seguid la Voz de Dios. Amaos. Sed honestos. Sed continentes. Sed humildes y justos. Marchaos y meditad».

67.4 «¿Quién eres Tú que dices semejantes palabras y reduces a pedazos las espadas con tu voluntad? Sólo uno hace estas cosas: el Mesías. Ni siquiera Juan el Bautista es superior a Él. ¿Eres Tú el Mesías?» preguntan tres o cuatro.

«Lo soy».

«¿Tú? ¿Eres Tú el que cura a los enfermos y predica a Dios en Galilea?».

«Soy Yo».

«Mi anciana madre está muriéndose. ¡Sálvala!».

«Y yo, ¿ves? Estoy perdiendo las fuerzas a causa de los dolores. Tengo hijos todavía pequeños. ¡Cúrame!».

«Ve a tu casa. Tu madre esta noche te preparará la cena; y tú, queda curado. ¡Lo quiero!».

La muchedumbre grita. Luego dicen: «¡Tu Nombre! ¡Tu Nom­bre!».

«¡Jesús de Nazaret!».

«¡Jesús! ¡Jesús! ¡Hosanna! ¡Hosanna!».

La multitud está alborozada. Los asnos pueden hacer lo que quieran, que ya nadie se preocupa de ellos. Algunas madres acuden desde la ciudad — se ve que ha corrido la voz — y aúpan a sus pequeñuelos. Jesús bendice y sonríe, tratando de abrirse paso en el círculo de personas que aclaman, para entrar en la ciudad e ir a donde quiere. Pero la multitud no está dispuesta a ello. «¡Quédate con nosotros! ¡En Judea! ¡En Judea! ¡También nosotros somos hijos de Abraham!» gritan.

67.5 «¡Maestro!» — Judas llega presuroso —. «Maestro, has llegado antes que yo... ¿Qué sucede?».

«¡El Rabí ha hecho milagros! No en Galilea; aquí, aquí le queremos con nosotros».

«¿Lo ves, Maestro? Todo Israel te ama. Es justo que también estés aquí. ¿Por qué lo rehúyes?».

«No lo rehúyo, Judas. He venido adrede solo, para que la rudeza de los discípulos galileos no hiriese la finura judía. Quiero reunir a todas las ovejas de Israel bajo el cetro de Dios».

«Por eso te dije: “Tómame contigo”. Yo soy judío y sé cómo tratar a los judíos. ¿Te vas a quedar, entonces, en Jerusalén?».

«Pocos días. Para esperar a un discípulo que también es judío. Después iré por la Judea...».

«¡Yo iré contigo! Te acompañaré. ¿Piensas ir a mi pueblo? Te llevaré a mi casa. ¿Vas a venir, Maestro?».

«Iré...».

Detalle

Milagros de cuchillas rotas.

ECR 67.4

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«¿Quién eres Tú que dices semejantes palabras y reduces a pedazos las espadas con tu voluntad? Sólo uno hace estas cosas: el Mesías. Ni siquiera Juan el Bautista es superior a Él. ¿Eres Tú el Mesías?» preguntan tres o cuatro.

«Lo soy».

«¿Tú? ¿Eres Tú el que cura a los enfermos y predica a Dios en Galilea?».

«Soy Yo».

ECR 67.6

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

67.6 Del Bautista, tú que eres judío y vives en contacto con la gente de alta categoría, ¿sabes algo?».

«Sé que todavía está prisionero, pero que le quieren liberar porque la multitud, si no le devuelven a su profeta, amenaza una sedición. ¿Le conoces?».

«Le conozco».

«¿Le amas? ¿Qué piensas de él?».

«Pienso que no ha habido ninguno que asemeje a Elías más que él».

«¿Le consideras verdaderamente el Precursor?».

«Lo es. Es la estrella de la mañana que anuncia al Sol. Bienaventurados los que se han preparado para el Sol a través de su predicación».

«Es muy severo Juan».

«No más para los demás que para sí mismo».

«Es verdad. Pero es difícil seguirle en su penitencia. Tú eres más bueno y es fácil amarte».

«Y sin embargo...».

«¿Y, sin embargo, Maestro?...».

«Y, sin embargo, de la misma forma que a él se le odia por su austeridad, a mí me odiarán por mi bondad, porque la una y la otra predican a Dios, y Dios les resulta antipático a los malos. Está signado que así sea. De la misma forma que él me precede en la predicación, así me precederá en la muerte. Pero, ¡ay de los asesinos de la Penitencia y de la Bondad!».

«¿Por qué siempre estas tristes previsiones, Maestro? La multitud te ama, ¿no lo ves?...».

«Porque es seguro. La multitud humilde, sí, me ama. Pero la multitud no es toda humilde, ni de humildes. Pero, la mía no es tristeza; es tranquila visión del futuro y adhesión a la voluntad del Padre, que me ha mandado para esto. Y para esto Yo he venido. Ya hemos llegado al Templo. Voy al Bel Nidrás a amaestrar a las multitudes. Si quieres, quédate».

«Voy contigo. Sólo tengo una finalidad: servirte y hacerte triunfar».

Entran en el Templo y todo termina.

ECR 68.1-3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

68.1 Veo a Jesús entrando, con Judas a su lado, en el recinto del Templo; pasa la primera terraza, o rellano de la grada si se prefiere; se detiene en un pórtico que rodea un amplio patio solado con mármoles de colores distintos. El lugar es muy bonito y está lleno de gente.

Jesús mira a su alrededor y ve un sitio que le gusta. Pero, antes de dirigirse a él, dice a Judas: «Llámame al responsable de este lugar. Debo presentarme para que no se diga que falto a las costumbres y al respeto».

«Maestro, Tú estás por encima de las costumbres. Nadie tiene más derecho que Tú a hablar en la Casa de Dios; Tú, su Mesías».

«Yo eso lo sé, y tú también lo sabes, pero ellos no. No he venido para escandalizar, como tampoco para enseñar a violar la Ley o las costumbres; antes bien, he venido justamente para enseñar respeto, humildad y obediencia; para hacer desaparecer los escándalos. Por ello quiero pedir el permiso para hablar en nombre de Dios, haciéndome reconocer digno de ello por el responsable del lugar».

«La otra vez no lo hiciste».

«La otra vez me abrasaba el celo de la Casa de Dios, profanada por demasiadas cosas. La otra vez Yo era el Hijo del Padre, el Heredero que en nombre del Padre y por amor de su Casa actuaba con la majestad que me es propia y que está por encima de magistrados y sacerdotes. Ahora soy el Maestro de Israel, y le enseño a Israel también esto. Y además, Judas, ¿tú crees que el discípulo es más que su Maestro?».

«No, Jesús».

«¿Y tú quién eres? ¿Y quién soy Yo?».

«Tú, el Maestro; yo, el discípulo».

«Y entonces, si reconoces que son así las cosas, ¿por qué quieres enseñar a tu Maestro? Ve y obedece. Yo obedezco a mi Padre, tú obedece a tu Maestro. Condición primera del Hijo de Dios es ésta: obedecer sin discutir, pensando que el Padre sólo puede dar órdenes santas; condición primera del discípulo es obedecer a su Maestro, pensando que el Maestro sabe y sólo puede dar órdenes justas».

«Es verdad. Perdona. Obedezco».

«Perdono. Ve. Escucha, Judas, esta otra cosa: acuérdate de esto, recuérdalo siempre».

«¿Obedecer? Sí».

«No. Recuerda que Yo fui respetuoso y humilde para con el Templo; para con el Templo, o sea, con las clases poderosas. Ve».

Judas le mira pensativo, interrogativamente... pero no se atreve a preguntar nada más, y se va meditabundo.

68.2 Vuelve con un personaje solemnemente vestido. «Éste es, Maestro, el magistrado».

«La paz sea contigo. Solicito enseñar, entre los rabíes de Israel, a Israel».

«¿Eres rabí?».

«Lo soy».

«¿Quién fue tu maestro?».

«El Espíritu de Dios, que me habla con su sabiduría y me ilumina cada una de las palabras de los Textos Santos».

«¿Eres más que Hil.lel, Tú, que sin maestro afirmas que sabes toda doctrina? ¿Cómo puede uno formarse si no hay uno que le for­me?».

«Como se formó David, pastorcito ignorante que llegó a ser rey poderoso y sabio por voluntad del Señor».

«Tu nombre».

«Jesús de José de Jacob, de la estirpe de David, y de María de Joa­quín, de la estirpe de David, y de Ana de Aarón; María, la Virgen que casó en el Templo, porque era huérfana, el Sumo Sacerdote, según la ley de Israel».

«¿Quién lo prueba?».

«Todavía debe haber aquí levitas que se acuerden de ese hecho, coetáneos de Zacarías de la clase de Abías, pariente mío. Pregúntaselo a ellos, si dudas de mi sinceridad».

«Te creo. ¿Pero quién me prueba que sepas enseñar?».

«Escúchame y podrás juzgar por ti mismo».

«Si quieres puedes enseñar... Pero... ¿no eres nazareno?».

«Nací en Belén de Judá en tiempos del censo ordenado por el César. Proscritos a causa de disposiciones injustas, los hijos de David están por todas partes. Pero la estirpe es de Judá».

«Ya sabes... los fariseos... toda Judea... respecto a Galilea...».

«Lo sé. No temas. En Belén vi la luz por primera vez, en Belén Efratá de donde viene mi estirpe; si ahora vivo en Galilea es sólo para que se cumpla lo que está escrito...».

El magistrado se aleja unos metros acudiendo a una llamada.

68.3 Judas pregunta: «¿Por qué no has dicho que eres el Mesías?».

«Mis palabras lo dirán».

«¿Qué es lo que está escrito y debe cumplirse?».

«La reunión de todo Israel bajo la enseñanza de la palabra del Cristo. Yo soy el Pastor de que hablan los Profetas, y vengo a reunir a las ovejas de todas las regiones, a curar a las enfermas, a conducir al pasto bueno a las errantes. Para mí no hay Judea o Galilea, Decápolis o Idumea. Sólo hay una cosa: el Amor que mira con un único ojo y une en un único abrazo para salvar...».

Se le ve inspirado a Jesús. ¡Tanto sonríe a su sueño, que parece emanar destellos! Judas le observa admirado.