68.5 La voz que hablaba en el desierto no se oye, pero no está muda. Habla todavía a Dios en favor de Israel y le habla todavía en el corazón a todo israelita recto, y dice — después de haberos enseñado: a hacer penitencia para preparar los caminos al Señor que viene; a tener caridad dando lo superfluo a quien no tiene ni siquiera lo necesario; a ser honestos no causando extorsiones o maltratando a nadie — os dice: “El Cordero de Dios, quien quita los pecados del mundo, quien os bautizará con el fuego del Espíritu Santo está entre vosotros; Él limpiará su era, recogerá su trigo”.
Sabed reconocer a Aquel que el Precursor os indica. Sus sufrimientos se elevan a Dios para procuraros luz. Ved. Ábranse vuestros ojos espirituales. Conoceréis la Luz que viene. Yo recojo la voz del Profeta que anuncia al Mesías, y, con el poder que me viene del Padre, la amplifico, y añado mi poder, y os llamo a la verdad de la Ley. Preparad vuestros corazones a la gracia de la Redención cercana. El Redentor está entre vosotros. Dichosos los dignos de ser redimidos por haber tenido buena voluntad.
La paz sea con vosotros».
Uno pregunta: «Hablas con tanta veneración del Bautista, que se diría que eres discípulo suyo. ¿Es así?».
«Él me bautizó en las orillas del Jordán antes de que le apresaran. Le venero porque él es santo a los ojos de Dios. En verdad os digo que entre los hijos de Abraham no hay ninguno que le supere en gracia. Desde su venida hasta su muerte, los ojos de Dios se habrán posado sin motivo de enojo sobre este bendito».
«¿Él te confirmó lo relativo al Mesías?».
«Su palabra, que no miente, señaló el Mesías vivo a los presentes».
«¿Dónde? ¿Cuándo?».
«Cuando llegó el momento de señalarlo».
68.6 Judas se siente en el deber de decir a diestro y siniestro: «El Mesías es el que os está hablando. Yo os lo testifico, yo que le conozco y soy su primer discípulo».
«¡Él!... ¡Oh!...». La gente, atemorizada, se echa un poco hacia atrás. Pero Jesús se muestra tan dulce, que vuelven a acercarse.
«Pedidle algún milagro. Es poderoso. Cura. Lee los corazones. Da respuesta a todos los porqués».
«Háblale; para mí, que estoy enfermo. El ojo derecho está muerto, el izquierdo se está secando...».
«Maestro».
«Judas». Jesús, que estaba acariciando a una niña pequeña, se vuelve.
«Maestro, este hombre está casi ciego y quiere ver. Le he dicho que Tú puedes curarle».
«Puedo para quien tiene fe. Hombre, ¿tienes fe?».
«Yo creo en el Dios de Israel. Vengo aquí para meterme en Betesda, pero siempre hay uno que me precede».
«¿Puedes creer en mí?».
«Si creo en el ángel de la piscina, ¿no voy a creer en ti, de quien tu discípulo dice que eres el Mesías?».
Jesús sonríe. Se moja el dedo con saliva y roza apenas el ojo enfermo. «¿Qué ves?».
«Veo las cosas sin la niebla de antes. Y el otro, ¿no me lo curas?».
Jesús sonríe de nuevo. Vuelve a hacer lo mismo, esta vez con el ojo ciego. «¿Qué ves?» le pregunta, levantando del párpado caído la yema del dedo.
«¡Ah, Señor de Israel, veo tan bien como cuando de niño corría por los prados! ¡Bendito Tú, eternamente!». El hombre llora postrado a los pies de Jesús.
«Ve. Sé bueno ahora por gratitud hacia Dios».
68.7 Un levita, que había llegado cuando estaba concluyéndose el milagro, pregunta: «¿Con qué facultad haces estas cosas?».
«¿Tú me lo preguntas? Te lo diré, si me respondes a una pregunta. Según tu parecer, ¿es más grande un profeta que profetiza al Mesías o el Mesías mismo?».
«¡Qué pregunta! El Mesías es el más grande: ¡es el Redentor que el Altísimo ha prometido!».
«Entonces, ¿por qué los profetas hicieron milagros? ¿Con qué facultad?».
«Con la facultad que Dios les daba para probar a las multitudes que Él estaba con ellos».
«Pues bien, con esa misma facultad Yo hago milagros. Dios está conmigo, Yo estoy con Él. Yo les pruebo a las multitudes que es así, y que el Mesías bien puede, con mayor razón y en mayor medida, lo que podían los profetas».
El levita se marcha pensativo y todo termina.