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Notas del tema

La Virgen María

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Comodidad de lectura

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ECR 22.3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«¡Qué nombre más hermoso! ¡El Nombre del Hijo de Dios, Salvador nuestro!».

«¡Oh..., Isabel!». María revela una expresión tristísima y ha aferrado las manos que su parienta tenía cruzadas sobre el vientre abultado. «Dime, tú que, cuando yo llegué, fuiste investida del Espíritu del Señor y que profetizaste lo que el mundo ignora. Dime, ¿qué tendrá que hacer para salvar al mundo mi Criatura? Los Profetas... ¡Oh!... ¡Los Profetas que hablan del Salvador!... Isaías... ¿recuerdas Isaías! “Él es el Varón de los dolores. Por sus moretones recibimos la salud. Él ha sido traspasado y está llagado por nuestras iniquidades... Plugo al Señor quebrantarle con dolores... Tras la condena fue levantado...” ¿De qué elevación habla? Le llaman Cordero, y yo pienso... yo pienso en el cordero pascual, el cordero mosaico, y concateno esto con la serpiente que Moisés levantó en una cruz. ¡Isabel!... ¡Isabel! ¿Qué le harán a mi Criatura? ¿Qué tendrá que sufrir para salvar al mundo?». María se echa a llorar.

Isabel la quiere consolar diciendo: «María, no llores. Es tu Hijo, pero también es Hijo de Dios. Dios se preocupará de su Hijo y de ti, que eres su Madre. Si bien es cierto que muchos le tratarán cruelmente, también lo es que otros muchos le amarán. ¡Muchos!... Por los siglos de los siglos. El mundo dirigirá su mirada al que de ti nacerá y, junto con Él, te bendecirá a ti, que eres Manantial de redención. ¡La suerte de tu Hijo! Proclamado Rey de toda la creación. Piensa en esto, María. Rey, por haber rescatado toda la creación; como tal, será su Rey universal. Y también en la tierra, en el tiempo, será amado. El que nacerá de mí precederá al tuyo y le amará. Se lo dijo el ángel a Zacarías. Él me lo escribió...»

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María revela el nombre de Jesús a Isabel.

ECR 22.3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

22.3 Ahora me voy a poner manos a la obra. No sentiré ya el peso. Veo poco, pero...».

«¡Deja, Isabel! Me encargo yo de hilar y tejer para ti y para tu niño. Yo soy rápida y veo bien».

«Pero tendrás que ocuparte del tuyo...».

«¡Bueno, hay tiempo de sobra!... Primero me ocuparé de ti, que ya vas a tener pronto al pequeñuelo; luego de mi Jesús».

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Isabel habló con María y le dijo:

ECR 22.4

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

El mundo dirigirá su mirada al que de ti nacerá y, junto con Él, te bendecirá a ti, que eres Manantial de redención

ECR 22.5

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

22.5 María la acaricia y la anima, y le propone, para distraerla, salir un poco al soleado jardín.

Caminan bajo una pérgola bien cuidada, hasta una torrecilla rural, en cuyos agujeros hacen sus nidos las palomas.

María les esparce comida sonriendo, pues se le han echado encima zureando intensamente. Su revoloteo dibuja en torno a Ella círculos iridiscentes. Se le posan sobre la cabeza, sobre los hombros, en los brazos y en las manos, alargando los picos rosados para arrebatarle los granitos de la concavidad de las manos, picoteando con gracia los róseos labios de la Virgen, y los dientes, que le brillan con el sol. María saca de un saquito el blondo trigo, y ríe en medio de ese carrusel de avidez impetuosa.

«¡Cuánto te quieren!». dice Isabel. «Pocos días llevas con nosotros y ya te quieren más que a mí, que las he cuidado siempre».

El paseo continúa hasta llegar a un recinto cerrado en el fondo del huerto. Hay unas veinte cabritas con sus cabritillos.

«¿Has vuelto del pasto?». pregunta María a un pastorcillo acariciándole.

«Sí, porque mi padre me ha dicho: “Vete a casa, que dentro de poco va a llover y hay ovejas que pronto van a parir. Preocúpate de que tengan hierba seca y cama de paja preparada”. Viene por allí». Y señala hacia más allá del bosque, de donde llega un trémulo balitar.

María acaricia a un cabritillo que se restriega en ella, rubio como un niño. Y ella e Isabel beben la leche recién ordeñada que el pastorcillo les ofrece.

Llegan las ovejas con un pastor hirsuto como un oso. Debe ser, no obstante, un buen hombre porque lleva sobre sus hombros una oveja quejumbrosa. La deja en el suelo despacio; explica que está para dar a luz un cordero, que no podía caminar sino con dificultad, que se la ha puesto sobre los hombros y que se ha dado una buena carrera para llegar a tiempo. Y el niño conduce al redil a la oveja, que va cojeando a causa de los dolores.

María se ha sentado en una piedra y juega con los cabritillos y los corderos, ofreciendo a sus rosados morritos flores de trébol. Un cabritillo blanco y negro le pone las patitas sobre un hombro y le olisquea los cabellos. «No es pan» dice María riendo. «Mañana te traigo una corteza. Ahora tranquilo».

También Isabel, ya sosegada, ríe.

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Elisabeth no se encuentra bien debido a su maternidad tardía. Para distraerse, Marie le propone salir un rato.

ECR 22.6-9

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

22.6 Veo a María hilando premurosamente bajo la pérgola en que la uva aumenta de volumen. Debe haber pasado ya un poco de tiempo, pues las manzanas comienzan a tomar color rojo en los árboles, y las abejas zumban cerca de las flores de la higuera ya formadas.

Isabel está verdaderamente gruesa y camina pesadamente. María la mira con atención y amor. También a María, que se ha levantado para recoger el huso, que se le ha caído lejos, se la ve más llena a la altura de los costados, y su expresión ha cambiado. Ahora es más madura. Antes era niña, ahora es mujer.

Está anocheciendo y las mujeres entran en casa; en la habitación se encienden las lámparas. En espera de la cena, María teje.

«¿No te cansa nunca?». pregunta Isabel señalando el telar.

«No, tenlo por seguro».

«A mí este calor me deja sin fuerzas. No he vuelto a tener dolores, pero ahora el peso es grande para mis riñones, que ya son viejos».

«¡Ánimo! Pronto serás liberada de ese peso. ¡Qué feliz te sentirás entonces!

22.7 Yo ardo en deseos de ser madre. ¡Mi Niño, mi Jesús! ¿Cómo será?».

«Tan guapo como tú, María».

«¡Oh, no! ¡Más guapo! Él es Dios, yo soy su sierva. Me refería a si será rubio o moreno, si tendrá los ojos como el cielo sereno o como los de los ciervos de las montañas. Yo me le imagino más hermoso que un querubín, de cabellos rizados y color oro; los ojos del color de nuestro mar de Galilea cuando las estrellas empiezan a asomarse al confín del cielo; una boquita pequeñina y roja como el corte de una granada apenas abierta por el sol que la madura; sus mejillas, un rosáceo como éste de esta pálida rosa; dos manitas que, de lo pequeñitas y lindas que serán, podrán estar dentro de la corola de una azucena; dos piececitos que podrían caberme en el hueco de la mano, más delicados y lisos que un pétalo de flor. Mira, yo pongo en la idea que me he hecho de Él todo lo que de hermoso me sugiere la tierra. Ya oigo su voz. Cuando llore — un poco llorará por hambre o por sueño mi Niño, y ello causará siempre un gran dolor a su Mamá, que no podrá, no, no podrá oírle llorar sin sentirse traspasar el corazón —, cuando llore, su voz será como ese balido que ahora oímos, de corderito de pocas horas que está buscando la mama y el calor de la lana materna para dormir. En la risa, en esa risa que llenará de cielo mi corazón, enamorado de mi Criatura — puedo estar enamorada de Él porque es mi Dios, y amarle con amor de enamorada no es contravenir a mi consagrada virginidad —, en la risa, su voz será como el zurear jubiloso de este pichoncito, contento porque ha comido, satisfecho en el nido calentito. Pienso en Él dando sus primeros pasos... un pajarillo saltando en un prado florido. El prado será el corazón de su Mamá, que estará bajo sus piececitos de rosa con todo su amor para que no encuentre nada que le produzca dolor. ¡Cuánto le voy a querer a mi Niño, a mi Hijo!

22.8 ¡Y también José le amará!».

«Sí, pero tendrás que decírselo también a José».

Se le nubla el rostro a María, que suspira. «Tendré que decírselo... Yo habría querido que se lo dijera el Cielo, porque es muy difícil de decir».

«¿Quieres que se lo diga yo? Le llamamos para la circuncisión de Juan...».

«No. Mira, he dejado en manos de Dios la tarea de instruirle — y lo hará — acerca del feliz destino de nutricio del Hijo de Dios. El Espíritu me dijo aquella tarde: “Guarda silencio. Déjame a mí la tarea de justificarte”. Y lo hará. Dios no miente nunca. Es una gran prueba, pero con la ayuda del Eterno será superada. De mi boca, ninguno — aparte de ti, a quien el Espíritu se lo ha revelado — debe saber lo que la benevolencia del Señor ha hecho a su sierva».

«He guardado silencio siempre, incluso con Zacarías, que hubiera exultado de gozo si lo hubiera sabido. Él cree que eres madre según la naturaleza».

«Sí, lo sé. Así lo he querido por prudencia. Los secretos de Dios son santos. El ángel del Señor no le ha revelado a Zacarías mi maternidad divina. Habría podido hacerlo, si Dios hubiese querido, porque Dios sabía que ya era inminente el momento de la Encarnación de su Verbo en mí. Pero Dios le ha tenido escondida esta luz de gozo a Zacarías, que no aceptaba, por considerarlo imposible, vuestra paternidad y maternidad tardías. Me he puesto en sintonía con la voluntad de Dios, y, ya ves, tú has sentido el secreto que vive en mí, y él no ha advertido nada. Hasta que no se desprenda el diafragma de su incredulidad ante la potencia de Dios, se verá separado de las luces sobrenaturales».

Isabel suspira y guarda silencio.

22.9 Entra Zacarías. Ofrece unos rollos a María. Es la hora de la oración de la cena. María reza en voz alta en vez de Zacarías. Luego se sientan a la mesa.

«Cuando te marches, ¡cómo echaremos de menos el no tener quien ore en lugar de nosotros!» dice Isabel mirando a su mudo.

«Tú rezarás para ese entonces, Zacarías» dice María.

Él menea la cabeza y escribe: «No podré volver a orar en representación de otros. Me he hecho indigno de ello desde que dudé de Dios».

«Zacarías, tú rezarás. Dios perdona».

El anciano se enjuga una lágrima y suspira.

Terminada la cena, María vuelve al telar.

«¡Vale ya!» dice Isabel. «Es demasiado cansancio».

«Está próxima la hora, Isabel. Quiero hacerle a tu niño un equipo digno del predecesor del Rey de la estirpe de David».

Zacarías escribe: «¿De quién nacerá Él, y dónde?».

María responde: «Donde han dicho los Profetas, y de quien elija el Eterno. Todo lo que nuestro Señor altísimo hace está bien hecho».

Zacarías escribe: «¡Entonces, en Belén! En Judea. Mujer, iremos a venerarle. Tú también vendrás con José a Belén».

Y María, inclinando hacia su telar la cabeza, dice: «Iré».

La visión cesa así.

ECR 22.7

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Ya oigo su voz. Cuando llore — un poco llorará por hambre o por sueño mi Niño, y ello causará siempre un gran dolor a su Mamá, que no podrá, no, no podrá oírle llorar sin sentirse traspasar el corazón —, cuando llore, su voz será como ese balido que ahora oímos, de corderito de pocas horas que está buscando la mama y el calor de la lana materna para dormir.

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María habla de Jesús llorando como un niño.

ECR 22.7-8

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«¡Cuánto le voy a querer a mi Niño, a mi Hijo! ¡Y también José le amará!».

«Sí, pero tendrás que decírselo también a José».

Se le nubla el rostro a María, que suspira. «Tendré que decírselo... Yo habría querido que se lo dijera el Cielo, porque es muy difícil de decir».

«¿Quieres que se lo diga yo? Le llamamos para la circuncisión de Juan...».

«No. Mira, he dejado en manos de Dios la tarea de instruirle — y lo hará — acerca del feliz destino de nutricio del Hijo de Dios. El Espíritu me dijo aquella tarde: “Guarda silencio. Déjame a mí la tarea de justificarte”. Y lo hará. Dios no miente nunca. Es una gran prueba, pero con la ayuda del Eterno será superada. De mi boca, ninguno — aparte de ti, a quien el Espíritu se lo ha revelado — debe saber lo que la benevolencia del Señor ha hecho a su sierva».

Detalle

María habla de su hijo y dice:

ECR 22.8

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«De mi boca, ninguno — aparte de ti, a quien el Espíritu se lo ha revelado — debe saber lo que la benevolencia del Señor ha hecho a su sierva».

«He guardado silencio siempre, incluso con Zacarías, que hubiera exultado de gozo si lo hubiera sabido. Él cree que eres madre según la naturaleza».

«Sí, lo sé. Así lo he querido por prudencia. Los secretos de Dios son santos. El ángel del Señor no le ha revelado a Zacarías mi maternidad divina. Habría podido hacerlo, si Dios hubiese querido, porque Dios sabía que ya era inminente el momento de la Encarnación de su Verbo en mí. Pero Dios le ha tenido escondida esta luz de gozo a Zacarías, que no aceptaba, por considerarlo imposible, vuestra paternidad y maternidad tardías. Me he puesto en sintonía con la voluntad de Dios, y, ya ves, tú has sentido el secreto que vive en mí, y él no ha advertido nada. Hasta que no se desprenda el diafragma de su incredulidad ante la potencia de Dios, se verá separado de las luces sobrenaturales».

Isabel suspira y guarda silencio.

Detalle

María le habla a Isabel de su maternidad y le dice: