Ir al contenido

Notas del tema

La Virgen María

Página 15 de 66

Comodidad de lectura

Aa

ECR 18.5-6

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

18.5 María, como quien hubiese tomado una decisión, pone en su regazo el bordado y dice: «José, yo también tengo algo que decirte. Nunca recibo nada, pues tú sabes qué retirada vivo. Pero, hoy he recibido una noticia. He tenido noticia de que nuestra parienta Isabel, mujer de Zacarías, va a tener pronto un hijo...».

José abre enormemente los ojos y dice: «¿A su edad?».

«A su edad» responde sonriendo María. «El Señor todo lo puede, y ahora ha querido darle esta alegría a nuestra parienta».

«¿Cómo lo has sabido? ¿Es segura esta noticia?».

«Ha venido un mensajero; y es uno que no puede mentir. Yo quisiera ir donde Isabel, para servirla y decirle que exulto con ella. Si tú lo permites...».

«María, tú eres mi señora y yo tu siervo. Todo lo que haces está bien hecho. ¿Cuándo quisieras partir?».

«Lo antes posible. Pero estaré fuera algunos meses».

«Y yo contaré los días esperándote. Ve tranquila. Me ocuparé de la casa y de tu huertecito. Cuando vuelvas encontrarás tus flores tan bonitas como si tú misma las hubieras estado cuidando. Sólo una cosa... Espera. Antes de la Pascua tengo que ir a Jerusalén, para comprar unas cosas para mi trabajo. Si esperas unos días, te acompaño hasta allí; no más lejos, porque debo volver rápidamente; pero hasta allí podemos ir juntos. Estoy más tranquilo si no pienso que vas sola por los caminos. Para la vuelta, házmelo saber, y así saldré a tu encuentro».

«Eres muy bueno, José. Que el Señor te recompense con sus bendiciones y mantenga lejos de ti el dolor. Le pido siempre por esto».

18.6 Los dos castos esposos se sonríen angelicalmente. Silencio de nuevo durante un tiempo.

Luego José se pone en pie. Se pone el manto, se pone la capucha, se despide de María, que también se ha levantado, y sale.

María le sigue con la mirada y con un suspiro como de pena. Luego levanta los ojos al cielo. Está, sin duda, orando. Cierra la puerta con cuidado. Dobla el bordado. Va a la cocina. Apaga, o cubre, la lumbre. Mira a ver si todo está como debe. Coge la lámpara y sale, cerrando la puerta. Con su mano protege la llamita, temblorosa en el viento fresquito de la noche. Entra en su habitación y sigue orando.

La visión cesa así.

Detalle

María anuncia a José la maternidad de Isabel.

ECR 18.7

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

18.7 Dice María:

«Hija mía querida, cuando, terminado el éxtasis que me había henchido de inefable alegría, regresé a los sentidos de la Tierra, el primer pensamiento que, punzante como espina de rosas, hirió mi corazón envuelto en las rosas del Divino Amor, desposado conmigo unos instantes antes, fue José.

Yo ya amaba entonces a este santo y providente custodio mío. Desde el momento en que la voluntad de Dios, a través de la palabra de su Sacerdote, quiso que fuera esposa de José, pude ir conociendo y apreciando la santidad de este Justo. Unida a él, sentí cesar mi estado de desorientación por mi orfandad, y dejé de añorar el perdido amparo del Templo. Él era tan dulce como el padre que había perdido. Junto a él me sentía tan segura como junto al Sacerdote. Toda vacilación había cesado; es más, había quedado olvidada — efectivamente, mucho se habían alejado de mi corazón de virgen las vacilaciones, porque había comprendido que no tenía motivo alguno de vacilar, que no tenía nada que temer respecto a José —. Mi virginidad, confiada a José, estaba más segura que un niño en brazos de su madre.»

ECR 18.8-10

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

18.8 ¿Cómo decirle ahora que era Madre? Trataba de encontrar las palabras con que anunciárselo. Difícil búsqueda. No quería yo, en efecto, alabarme por el don divino recibido, y no podía justificar mi maternidad en ningún modo sin decir: “El Señor me ha amado entre todas las mujeres y de mí, su sierva, ha hecho su Esposa”. Tampoco quería engañarle, ocultándole mi estado.

Pero, mientras oraba, el Espíritu que me llenaba me había dicho: “Guarda silencio. Déjame a mí la tarea de justificarte ante tu esposo”. ¿Cuándo? ¿Cómo? No lo había preguntado. Siempre me había abandonado en Dios, como una flor se abandona a la ola que la lleva. Jamás el Eterno me había dejado sin su ayuda. Su mano me había sujetado, protegido, guiado hasta aquí; esta vez, pues, también lo haría.

18.9 Hija mía, ¡qué hermosa y confortante es la fe en nuestro eterno y buen Dios! Nos pone entre sus brazos como si fueran una cuna; nos lleva, como una barca, al radiante puerto del Bien; da calor a nuestro corazón, nos consuela, nos nutre, nos proporciona descanso y júbilo, nos ilumina y nos guía. La confianza en Dios lo es todo, y Dios da todo a quien tiene confianza en Él: se da Él mismo.

Aquella tarde llevé hasta la perfección mi confianza de criatura. Ahora podía hacerlo, porque Dios estaba en mí. Antes, mi confianza era la de una pobre criatura como era; siempre una nada, aunque fuera la Tan Amada que era la Sin Mancha. Pero ahora poseía la confianza divina porque Dios era mío: ¡mi Esposo, mi Hijo! ¡Oh, gran gozo! Ser Una con Dios. No para gloria mía, sino para amarle en una unión total y poderle decir: “Tú, Tú solo, que estás en mí, actúa con tu divina perfección en todas las cosas que yo haga”.

Si Él no me hubiera dicho: “¡Calla!”, quizás habría osado, con el rostro en tierra, decirle a José: “El Espíritu ha penetrado en mí y llevo la Semilla de Dios”. Él me habría creído, porque me estimaba y además porque, como todos los que nunca mienten, no podía creer que otro mintiera. Sí, con tal de no causarle un dolor subsiguiente, yo habría vencido la reticencia a proporcionarme a mí misma esa alabanza. Mas, presté obediencia al mandato divino.

A partir de ese momento, y durante meses, sentí esa primera herida que me ensangrentaba el corazón. Ese fue el primer dolor de mi destino de Corredentora. Lo ofrecí y lo sufrí para expiar, y para daros una norma de vida en momentos análogos a éste, de sufrimiento por deber guardar silencio o por un hecho que da una mala imagen de vosotros a quien os ama.

18.10 Confiadle a Dios la tutela de vuestro buen nombre y de vuestros intereses afectivos. Mereced, con una vida santa, la tutela de Dios, y... caminad seguros. Podrá el mundo entero ponerse en contra de vosotros; Él os defenderá ante quien os ama, y hará brillar la verdad.

Ahora descansa, hija, y sé cada vez más hija mía».

Detalle

María vive la Anunciación y habla de San José.

ECR 19

El Evangelio como me ha sido revelado

Detalle

Título del capítulo: María y José van a Jerusalén.

Fecha de la visión: Lunes 27 de marzo de 1944

Calendario: Martes 19 de marzo d.C. -5

Lugar (mapa) : Salida de Nazaret y viaje a Jerusalén

Ciclo: Nacimiento e infancia de Jesús

Resumen: José y María parten hacia Jerusalén. Parten de Nazaret con dos asnos. José ha traído una especie de portaequipajes y María le agradece esta previsión. Se ponen en camino al amanecer. Los dos viajeros se encuentran con un pastor que conduce su rebaño: en sus brazos hay un cordero recién nacido, que llora llamando a su madre, pero ella sigue atentamente a su cría. El rebaño pasó de largo, y José y María se pusieron de nuevo en camino. Al llegar al campo, hablan poco. Las calles estaban más concurridas a medida que se acercaban a las aldeas, pero la pareja no prestó atención a nadie con quien se cruzaron. Se detuvieron justo a tiempo para un fuerte aguacero, que se convirtió en una lluvia ligera. José, atento, se aseguró de que María no cogiera frío. Luego prosiguen su viaje.

Contenido del capítulo: 19.1: José viene a buscar a María con dos burros grises. 19.2: Temprano por la mañana, se encuentra con un rebaño de ovejas y un cordero. 19.3: Un viaje tranquilo por caminos más frecuentados y una parada para refugiarse de una tormenta.

ECR 19.1-3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

19.1 Asisto al momento de la partida para ir donde Sta. Isabel.

José ha venido a recoger a María con dos borriquillos grises: uno para él, el otro para María. Los dos animalitos llevan la acostumbrada albardilla; una de ellas agrandada, por un arnés, que sólo luego comprendo que ha sido hecho para llevar la carga (es una especie de portaequipajes), sobre el cual José asegura una pequeña arca de madera — un pequeño baúl, diríamos ahora — que le ha traído a María para que pueda colocar en ella sus indumentos sin peligro de que el agua los moje.

Le oigo a María agradecer mucho a José este regalo providente, donde ordena todo lo que llevaba en un talego que había preparado antes.

19.2 Cierran la puerta de casa y se ponen en camino. Está naciendo el día; efectivamente, veo que la aurora tenuemente empieza a rosear a Oriente. Nazaret duerme todavía. Los dos viajeros madrugadores encuentran en su camino únicamente a un pastor, el cual va estimulando a las ovejas para que avancen; y las ovejas van trotando, chocándose unas contra otras, encajándose unas entre otras como cuñas, balando. Los corderitos son los que más balan, con sonido agudo y ligero; quisieran buscar, incluso mientras caminan, la mama materna. Pero las madres van deprisa al pasto y los invitan con su balido, más fuerte, a que también troten.

María mira y sonríe. Se ha detenido para dejar pasar al rebaño, y se inclina desde su albardilla y acaricia a estos mansos animalitos que pasan rozando al borriquillo. Cuando llega el pastor, con un corderillo recién nacido en sus brazos, y se para para saludar, María ríe acariciando en el morrito rosado al corderito, que bala como un desesperado, y dice: «Está buscando a su mamá. Ésta es la mamá, aquí está. No te abandona, no, pequeñuelo». Efectivamente, la oveja madre se restriega contra el pastor y se pone de manos para lamer en el morrito a su hijo.

Pasa el rebaño con rumor de agua entre frondas, dejando tras sí el polvo que han levantado las veloces pezuñitas, y todo un bordado de pisadas sobre la tierra del camino.

José y María reanudan la marcha. José lleva su capa; María va arropada con una especie de toquilla de rayas porque la mañana está muy fresca.

Ya están en el campo y van el uno al lado del otro. Hablan raras veces. José piensa en sus asuntos y María sigue sus propios pensamientos, y, recogida en sí, sonríe ante éstos y ante las cosas cuando, saliendo de su concentración, dirige la mirada hacia lo que la rodea. De vez en cuando mira a José, y un velo de seriedad triste le nubla la cara; luego le torna la sonrisa, incluso al mirar a este esposo suyo providente, que habla poco pero que si lo hace es para preguntarle si va cómoda y si no necesita nada.

19.3 Ahora ya han afluido otras personas a los caminos, especialmente en las cercanías de algún pueblo o dentro de él. Pero ninguno de los dos hace mucho caso de las personas que se cruzan con ellos. Van en sus burritos trotadores en medio de un gran rumor de cascabeles. Se detienen sólo una vez, a la sombra de un bosquecillo, para comer un poco de pan y aceitunas y beber en una fuente que baja de una cuevecilla, y, otra vez, para protegerse de un chaparrón violento que rompe al improviso de un nubarrón oscurísimo.

Están al amparo del monte, contra un saliente de una roca que los protege de lo más intenso del agua. Pero José quiere a toda costa que María se ponga su capa de lana impermeable, por la que el agua resbala sin mojar. María se ve obligada a ceder ante la premurosa insistencia de su esposo, el cual para tranquilizarla en lo que toca a su propia inmunidad, se pone sobre la cabeza y sobre los hombros una mantita parda que cubría la albardilla. La manta del burro probablemente. Ahora María, enmarcada su cara con la capucha y cubierta por entero con la capa marrón que lleva sujeta al cuello, parece un frailecito.

El chaparrón amaina, aunque se transforma en una lluvia fastidiosa y fina. Los dos reanudan la marcha por el camino todo lleno de barro. De todas formas, es primavera, y, pasado un poco de tiempo, torna el sol a hacer más cómoda la marcha. Los dos burritos trotan de mejor gana por el camino.

No veo nada más porque la visión cesa aquí.

Anotación

Lucas 1, 39 : Aquel día, María se puso en camino y se dirigió a toda prisa a una ciudad de Judea, en la región montañosa.

ECR 19.1-2

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Asisto al momento de la partida para ir donde Sta. Isabel.

José ha venido a recoger a María con dos borriquillos grises: uno para él, el otro para María. Los dos animalitos llevan la acostumbrada albardilla; una de ellas agrandada, por un arnés, que sólo luego comprendo que ha sido hecho para llevar la carga (es una especie de portaequipajes), sobre el cual José asegura una pequeña arca de madera — un pequeño baúl, diríamos ahora — que le ha traído a María para que pueda colocar en ella sus indumentos sin peligro de que el agua los moje.

Le oigo a María agradecer mucho a José este regalo providente, donde ordena todo lo que llevaba en un talego que había preparado antes.

19.2 Cierran la puerta de casa y se ponen en camino. Está naciendo el día; efectivamente, veo que la aurora tenuemente empieza a rosear a Oriente. Nazaret duerme todavía. Los dos viajeros madrugadores encuentran en su camino únicamente a un pastor, el cual va estimulando a las ovejas para que avancen; y las ovejas van trotando, chocándose unas contra otras, encajándose unas entre otras como cuñas, balando. Los corderitos son los que más balan, con sonido agudo y ligero; quisieran buscar, incluso mientras caminan, la mama materna. Pero las madres van deprisa al pasto y los invitan con su balido, más fuerte, a que también troten.

María mira y sonríe. Se ha detenido para dejar pasar al rebaño, y se inclina desde su albardilla y acaricia a estos mansos animalitos que pasan rozando al borriquillo. Cuando llega el pastor, con un corderillo recién nacido en sus brazos, y se para para saludar, María ríe acariciando en el morrito rosado al corderito, que bala como un desesperado, y dice: «Está buscando a su mamá. Ésta es la mamá, aquí está. No te abandona, no, pequeñuelo». Efectivamente, la oveja madre se restriega contra el pastor y se pone de manos para lamer en el morrito a su hijo.

Pasa el rebaño con rumor de agua entre frondas, dejando tras sí el polvo que han levantado las veloces pezuñitas, y todo un bordado de pisadas sobre la tierra del camino.

José y María reanudan la marcha. José lleva su capa; María va arropada con una especie de toquilla de rayas porque la mañana está muy fresca.

Ya están en el campo y van el uno al lado del otro. Hablan raras veces. José piensa en sus asuntos y María sigue sus propios pensamientos, y, recogida en sí, sonríe ante éstos y ante las cosas cuando, saliendo de su concentración, dirige la mirada hacia lo que la rodea. De vez en cuando mira a José, y un velo de seriedad triste le nubla la cara; luego le torna la sonrisa, incluso al mirar a este esposo suyo providente, que habla poco pero que si lo hace es para preguntarle si va cómoda y si no necesita nada.

ECR 19.2

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

19.2 Cierran la puerta de casa y se ponen en camino. Está naciendo el día; efectivamente, veo que la aurora tenuemente empieza a rosear a Oriente. Nazaret duerme todavía. Los dos viajeros madrugadores encuentran en su camino únicamente a un pastor, el cual va estimulando a las ovejas para que avancen; y las ovejas van trotando, chocándose unas contra otras, encajándose unas entre otras como cuñas, balando. Los corderitos son los que más balan, con sonido agudo y ligero; quisieran buscar, incluso mientras caminan, la mama materna. Pero las madres van deprisa al pasto y los invitan con su balido, más fuerte, a que también troten.

María mira y sonríe. Se ha detenido para dejar pasar al rebaño, y se inclina desde su albardilla y acaricia a estos mansos animalitos que pasan rozando al borriquillo. Cuando llega el pastor, con un corderillo recién nacido en sus brazos, y se para para saludar, María ríe acariciando en el morrito rosado al corderito, que bala como un desesperado, y dice: «Está buscando a su mamá. Ésta es la mamá, aquí está. No te abandona, no, pequeñuelo». Efectivamente, la oveja madre se restriega contra el pastor y se pone de manos para lamer en el morrito a su hijo.

Pasa el rebaño con rumor de agua entre frondas, dejando tras sí el polvo que han levantado las veloces pezuñitas, y todo un bordado de pisadas sobre la tierra del camino.

ECR 19.2

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Ya están en el campo y van el uno al lado del otro. Hablan raras veces. José piensa en sus asuntos y María sigue sus propios pensamientos, y, recogida en sí, sonríe ante éstos y ante las cosas cuando, saliendo de su concentración, dirige la mirada hacia lo que la rodea. De vez en cuando mira a José, y un velo de seriedad triste le nubla la cara; luego le torna la sonrisa, incluso al mirar a este esposo suyo providente, que habla poco pero que si lo hace es para preguntarle si va cómoda y si no necesita nada.

Detalle

José y María se ponen en camino hacia Jerusalén. José no sabía que María era madre.

ECR 20

El Evangelio como me ha sido revelado

Detalle

Título del capítulo: Salir de Jerusalén. El aspecto beatífico de María. Importancia de la oración por María y José.

Fecha de la visión: Martes 28 de marzo de 1944

Calendario: Domingo 24 de marzo d.C. -5

Localización (mapa) : De Jerusalén a Hebrón

Ciclo: Nacimiento e infancia de Jesús

Resumen: José y María llegan a Jerusalén. Se dirigen hacia el Templo y se detienen en un establo donde José dejó su caballo durante la Presentación en el Templo. Luego van a casa de un conocido donde comen algo. María descansa un rato y José regresa con un anciano que había tomado el mismo camino que María. Por lo tanto, ella tendría que recorrer sola una corta distancia. Fueron juntos hasta otra puerta de la Ciudad Santa, y luego la pareja se despidió. El anciano era muy hablador y María respondió pacientemente. Cuando se calló, ella se recogió en oración.

A continuación, María describe a la Virgen tal como la ve en su dormitorio: la ve con su cuerpo glorificado. La plenitud de gracia es muy bella. Por último, María hace un dictado y llama la atención sobre la ardiente oración de José y María. Invita al alma a no despojarse nunca de la protección de la oración. Nos exhorta a invocar el nombre del Señor, aunque seamos imperfectos, para pedirle que nos comunique su santidad. Debemos imitar al pueblo que canta sin cesar el Sanctus.

Contenido del capítulo: 20.1: José presenta a María a un compañero de viaje. 20.2: El anciano charlatán acaba dormitando. María reza. 20.3: María Valtorta se detiene a contemplar a la casta María. 20.4: Contraste con las horas trágicas de la Pasión. 20.5: La presencia da una gran paz. María Valtorta recuerda los sufrimientos de Jesús en Getsemaní. 20.6: María y José dan siempre el primer lugar a la oración. 20.7: En la debilidad o en la santidad, invoca siempre la santidad del Señor. 20.8: La oración viva tiene su fuente en el amor y el sufrimiento unidos al de María y Jesús.

ECR 20.1-2

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

20.1 Estamos en Jerusalén. La conozco bien ya con sus calles y sus puertas.

Los dos esposos lo primero que hacen es dirigirse hacia el Templo. Reconozco la cuadra donde José dejó el burro el día de la Presentación en el Templo. También ahora deja allí — primero les ha dado de comer — a los dos burros, y con María va a adorar al Señor.

Salen. Van a una casa de personas conocidas según parece; allí comen y beben algo. María se pone a descansar hasta que vuelve José con un viejecillo. «Este hombre va por el mismo camino que tú. Deberás recorrer bien poco camino sola para llegar donde tu parienta. Fíate de él, que le conozco».

20.2 Vuelven a subirse a los burros. José acompaña a María hasta la Puerta (no la puerta por la que entraron; otra) y allí se despiden... María va sola con el viejecillo, que habla por todo lo que no hablaba José, y que se interesa de mil cosas. María contesta pacientemente.

Ahora, en la parte de delante de la albardilla lleva el baulillo (hasta entonces lo había llevado siempre José en su burrito), y ya no tiene la capa; tampoco lleva su toquilla, la cual está ahora doblada encima del baúl. Está guapísima con su vestido azul oscuro y con su velo blanco que la protege del sol. ¡Qué guapa está!

El viejecillo debe ser un poco sordo, porque, para que la oyera, María ha tenido que hablar bien fuerte; Ella, que habla siempre bajo. Ahora está ya cansado; ha agotado todo su repertorio de preguntas y de noticias y se ha quedado traspuesto sobre el burro, dejándose guiar por él, que conoce bien el camino.

María aprovecha esta tregua para recogerse en sus pensamientos y para orar. Debe ser una oración la que Ella va cantando en voz baja, mirando al cielo azul y con los brazos sobre el pecho y con rostro iluminado y beato por la emoción interior.

No veo más cosas.