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Notas de la palabra clave

Judas de Keriot (apóstol)

Página 25 de 28

Comodidad de lectura

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ECR 210.1-7 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«¡Hombre, no creo que tengáis intención de ir en peregrinaje a todos los lugares famosos de Israel!» dice irónicamente Judas Iscariote, que va polemizando en un grupo en que están María de Alfeo y Salomé, además de Andrés y Tomás.

«¿Por qué no? ¿Quién lo prohíbe?» pregunta María Cleofás.

«¡Pues yo! Mi madre hace mucho que me espera...».

«Pues ve a casa de tu madre. Ya te alcanzaremos después» dice Salomé, y parece añadir mentalmente: «Ninguno se apenará por tu ausencia».

«¡De ninguna manera! Iré acompañado del Maestro. Ya de hecho no va su Madre, como estaba pensado; lo cual verdaderamente no se debía haber hecho porque se había prometido que iría».

«Se ha quedado en Betsur para cumplir una obra buena. Esa mujer era muy infeliz».

«Jesús podía haberla curado inmediatamente, sin necesidad de devolverle la plenitud gradualmente. No sé por qué ahora no es partidario de milagros estrepitosos».

«Si lo ha hecho así, tendrá sus santas razones» dice con serenidad Andrés.

«¡Sí, y así pierde prosélitos!

210.2

¡Qué desilusión la visita a Jerusalén!: cuanta más necesidad hay de gestos llamativos, más se acurruca en la sombra. Yo verdaderamente esperaba ver, hacer frente...».

«Oye, perdona la pregunta... pero, ¿qué querías ver?, ¿a quién querías hacer frente...?».

«¿Qué?... ¿A quién?... ¡Hombre, pues ver sus obras milagrosas y no tener que dejarme avasallar por los que dicen que es un falso profeta o un endemoniado! ¡Porque dicen esto, eh! Dicen que sin el apoyo de Belcebú no es más que un pobre hombre. Y dado que se sabe que Belcebú cambia caprichosamente de humor y que se deleita en tomar y dejar, como hace el leopardo con la presa, y, dado que los hechos justifican este pensamiento, pues me preocupa el pensar que Él no hace nada. ¡Quedamos por los suelos! Somos los apóstoles de un Maestro... todo doctrina, sí, eso es innegable, pero nada más». La brusca pausa de Judas tras la palabra “Maestro” hace pensar que quería decir algo más gordo.

Las mujeres están atónitas. Pero María de Alfeo, como pariente de Jesús, dice claramente: «¡A mí eso no me asombra; lo que sí me asombra es que Jesús te soporte, muchacho!».

Andrés, que siempre es manso, esta vez pierde la paciencia, y, rojo, enfurecido — muy parecido a su hermano en raras ocasiones — grita: «¡Pues vete! ¡Así no tendrás que quedar mal por culpa del Maestro! ¿Quién te ha convocado? A nosotros sí, a ti no. Tuviste que insistir varias veces para que te aceptara. Te has impuesto... ¡No sé por qué no les cuento todo a los demás!...».

«Con vosotros no se puede hablar nunca. Tienen razón cuando dicen que sois pendencieros e ignorantes...».

«La verdad es que no entiendo en absoluto dónde encuentras el error del Maestro. Y yo no tenía noticia de estos cambios caprichosos del Demonio. ¡Pobrecito! Sin duda tiene que ser raro; si hubiera sido equilibrado de mente, no se hubiera rebelado contra Dios. De todas formas tomo nota» dice, no sin sarcasmo, Tomás, para tratar de desviar la tormenta que se avecina.

«No estoy de broma, así que tú tampoco. ¿Se ha hecho notar en Jerusalén acaso? Pero si además hasta el mismo Lázaro ha hecho esta observación...».

La carcajada de Tomás retumba en el ambiente... y, riéndose todavía — su risa ya de por sí ha desorientado a Judas Iscariote —, dice: «¿Que no ha hecho nada! Vete a preguntárselo a los leprosos de Siloán y de Hinnom. Bueno, en Hinnom no encontrarás a ninguno, porque todos están curados. El hecho de que tú no estuvieras, porque tenías prisa de ir con... los amigos, y de que, por tanto, no lo hayas sabido, no quita para que los valles de Jerusalén y de otros muchos lugares rebosen de aclamaciones de los curados» termina, serio, Tomás.

210.3

Y, severo, añade: «Tu enfermedad es de la bilis, amigo; que todo te lo amarga y te lo hace ver verde. En ti debe ser una enfermedad cíclica. Créeme que convivir con uno como tú es poco placentero. Cambia. No voy a decirle nada a nadie, y lo mismo espero que hagan estas buenas mujeres — si es que quieren escucharme — y Andrés. Pero cambia. No te sientas defraudado, porque aquí no hay ninguna desilusión. No te sientas necesario, mira, que el Maestro sabe cómo actuar; no pretendas ser el maestro del Maestro. Si, en el caso de la pobre Elisa, ha actuado así, es señal de que era lo correcto. Deja que esas sierpes silben y escupan como quieran; no te metas a querer hacer de intermediario entre ellos y Él, y mucho menos aún te avergüences de estar con Él. Aunque no curase en lo sucesivo ni siquiera un resfriado, ello no quitaría para que siguiera siendo poderoso. Su palabra es un continuo milagro. ¡Y vive en paz, que no nos vienen persiguiendo arqueros! ¡Llegará un día, cómo no, que convenceremos al mundo de quién es Jesús! Y tranquilo también por la cuestión de María, que si ha prometido que irá a ver a tu madre irá. Entre tanto vamos caminando como peregrinos por estas hermosas comarcas. ¡Nuestro trabajo es éste! ¡Sí, hombre, claro! Vamos a darles a las discípulas la satisfacción de ir a ver la tumba de Abraham, su árbol y la tumba de Jesé y... ¿qué más habíais dicho?».

«Se dice que aquí vivió Adán y murió asesinado Abel...».

«Las consabidas leyendas sin sentido!...» dice Judas rezongando.

«Dentro de un siglo se dirá que lo de la gruta de Belén y muchas otras cosas son una leyenda.

210.4

Pero, oye, además, ¿no fuiste tú quien quiso ir a aquel fétido antro de Endor, que — creo que estarás de acuerdo conmigo — no pertenecía precisamente a un ciclo santo; ¿no crees? Bueno, pues ellas vienen aquí, donde se dice que hay sangre y cenizas de santos. De Endor nos ha venido Juan, ¿quién sabe...?».

«¡Buen fichaje, Juan!» dice burlonamente Judas.

«No es guapo de cara, sí, pero puede ser que su alma sea mejor que la nuestra».

«¡Sí, precisamente su alma... con la vida que ha vivido!».

«¡Calla! El Maestro nos dijo que no debíamos rememorarlo».

«¡Qué fácil eso! ¡Ya quisiera ver yo, si hiciera algo parecido, si lo ibais a rememorar o no!».

«Adiós, Judas; es mejor que estés solo. Estás demasiado agitado. ¡Si al menos supieras lo que te pasa!».

«¿Que qué me pasa, Toma? Pues lo que me pasa es que veo que a nosotros se nos deja de lado por los últimos que llegan; lo que me pasa es que veo preferir a todos antes que a mí; y que noto que se espera a que no esté yo para enseñar a orar. ¿Qué quieres, que me gusten estas cosas?».

«No gusta, de acuerdo, pero te recuerdo que si hubieras venido con nosotros a la Cena de Pascua, habrías estado tú también en el Monte de los Olivos cuando el Maestro nos enseñó la oración. Y, por lo que respecta a que se nos deje de lado por los primeros que llegan, no lo veo. ¿Lo dices por ese pobre inocente?, ¿o por el pobre Juan?».

«Por los dos. Jesús ya casi no se dirige a nosotros. Mírale incluso ahora... Está allí, sin ninguna prisa, habla que te habla con el niño. ¡Pues va a tener que esperar no poco tiempo a poderle incluir entre los discípulos! ¿Y el otro?... Nunca será discípulo: es demasiado soberbio, culto, duro de corazón, y tiene malas tendencias. Y a pesar de todo: “Juan por aquí y Juan por allá”...».

«¡¡¡Padre Abraham, no me dejes perder la paciencia!!! ¿Y en qué te parece que el Maestro prefiere a otros antes que a ti?».

«¡Pero no lo has visto también ahora? Llegado el momento de salir de Betsur — después de un tiempo pasado en instruir a tres pastores a los que perfectamente había podido instruir Isaac —, ¿a quién deja con su Madre? ¿A mí?, ¿a ti? No. Deja a Simón. ¡Un viejo que casi no habla!...».

«Pero que lo poco que dice está siempre bien dicho» replica prontamente Tomás, que ahora se ha quedado solo con Judas dado que las mujeres, con Andrés, se han separado y van adelante ligeras, como huyendo de un tramo de camino lleno de sol.

210.5

Los dos apóstoles hablan tan acaloradamente, que no oyen que Jesús se ha acercado, perdido del todo el ruido de sus pasos entre la polvareda del camino. Mas si Él no hace ruido, ellos gritan como diez, y Jesús sí que los oye; detrás vienen también Pedro, Mateo, los dos primos del Señor, Felipe y Bartolomé, y los dos hijos de Zebedeo llevando en medio a Marziam.

Jesús dice: «Es así, como has dicho, Tomás: Simón habla poco, pero lo poco que dice está siempre bien dicho: tiene mente serena y corazón honesto; pero, sobre todo, una muy buena voluntad. Por eso le he dejado con mi Madre. Es verdaderamente un caballero, y, al mismo tiempo, conoce la vida, ha sufrido, y es anciano. Por tanto — y digo esto porque pienso que a alguien le ha parecido injusta esta decisión — era el más adecuado para quedarse. Judas, no podía permitir que mi Madre se quedase sola — y era justo dejarla — con una pobre mujer que todavía estaba enferma: mi Madre completará así la obra que Yo he comenzado. Tampoco podía dejarla con mis hermanos, ni con Andrés o Santiago o Juan, y tampoco contigo. Si no comprendes el motivo no sé qué decirte...».

«Porque es tu Madre, joven y hermosa, y la gente...».

«¡No! La gente tendrá siempre fango en el pensamiento, en los labios y en las manos, y especialmente en el corazón: la gente deshonesta, que ve sus sentimientos en los demás. Pero su fango no absorbe mi atención: se cae por sí solo, una vez seco. He preferido a Simón porque es anciano y no recordaba demasiado a los hijos difuntos de esa mujer desolada; vosotros, jóvenes, los habríais evocado con vuestra juventud... Simón sabe tutelar y pasar desapercibido, nunca exige nada, es compasivo, sabe velar por sí mismo. Podía haber escogido a Pedro. ¿Quién mejor que él para estar con mi Madre? Pero todavía es muy impulsivo. ¿Ves cómo se lo digo a la cara y no se ofende? Pedro es sincero, y ama la sinceridad incluso cuando le supone un perjuicio. Podía haber sido Natanael, pero no ha estado nunca en Judea; Simón, por el contrario, la conoce bien y será precioso para guiar a mi Madre a Keriot. Sabe incluso ir a la casa tuya del campo, y a la de la ciudad, así que no hará...».

210.6

«¡Pero... Maestro... entonces tu Madre va a ir realmente a ver a la mía?».

«¡Ya se había dicho! Cuando se dice una cosa se hace. Iremos sin prisa, deteniéndonos a evangelizar por estos pueblos. ¿No quieres que evangelice tu Judea?».

«¡Sí, sí, Maestro!... Yo es que creía... pensaba...».

«Bueno, sobre todo, es que te creabas penas por causa de una serie de quimeras de tu fantasía. Para la segunda fase de la luna de Ziv estaremos todos nosotros en casa de tu madre; nosotros, es decir, también mi Madre y Simón. Por ahora Ella está evangelizando Betsur, ciudad judía, de la misma forma que Juana está evangelizando Jerusalén con una joven y un sacerdote que fue leproso; Lázaro con Marta y el anciano Ismael hacen lo propio en Betania; en Yuttá, Sara; en Keriot, sin duda, habla del Mesías tu madre. No puedes decir que dejo privada de mensajeros a Judea; antes bien, le doy — a pesar de su mayor cerrazón y obstinación — las voces más dulces, las de las mujeres — que a la palabra unen ese arte fino suyo y son maestras en conducir los corazones a donde quieren —, además de las del santo Isaac y de mi amigo Lázaro. ¿Ya no dices nada? ¿Por qué estás casi llorando, niñote caprichoso? ¿Qué ganas envenenándote con las sombras? ¿Tienes todavía algún motivo de inquietud? ¡Ánimo, habla...!».

«Soy malo... y Tú eres muy bueno.. Tu bondad siempre me impresiona: ¡es siempre tan fresca y nueva...! Yo... yo... nunca sé decir cuándo la encuentro en mi camino».

«Tú lo has dicho, no lo puedes saber, pero es porque no es ni fresca ni nueva, sino eterna, Judas; omnipresente, Judas...

210.7

¡Ya estamos en las cercanías de Hebrón! María, Salomé y Andrés nos hacen grandes gestos. Vamos. Están hablando con unos hombres. Deben estarles preguntando por los lugares históricos. ¡Tu madre, ante la memoria de estos lugares, rejuvenece, hermano mío!».

Judas Tadeo le sonríe a su primo, quien, igualmente, sonríe.

Y Pedro: «¡Rejuvenecemos todos! Me siento como en la escuela, una bonita escuela, mejor que la de aquel cascarrabias de Eliseo. ¿Te acuerdas, Felipe? ¡Pero las armábamos, ¿eh?! ¡Aquella historia de las tribus!: “¡Decid las ciudades de las tribus!”; “No las habéis dicho en coro... a decirlas otra vez...”; “Simón, pareces una rana dormida, te quedas atrás. Volved a empezar”. ¡Ay, veía todo nombres de ciudades y de pueblos de todos los tiempos y no sabía nada más! Aquí, sin embargo, se aprende verdaderamente. ¡Marziam, un día de éstos tu padre, ahora que ya sabe, irá a hacer el examen!...».

Todos se echan a reír mientras se dirigen hacia Andrés y las mujeres.

Detalle

Andrés interviene en 210.2, pero es sobre todo Tomás quien hablará con Judas desde EMV 210.2 hasta 210.4 inclusive.

María de Alfeo y María de Salomé participan en la conversación, pero se escabullen con Andrés en 210.4 cuando la conversación entre los dos apóstoles se calienta. Se las menciona de nuevo en 210.7 con el hermano de Simón Pedro.

Anotación

María de Cleofás: María, hija de Cleofás y esposa de Alfeo. En Nazaret, había varias "María de Alfeo". Para precisarlas, se utilizaba un segundo vínculo de parentesco o filiación. Encontramos esta diversidad en los relatos evangélicos: Judas, el hermano de Santiago, Judas, el hombre (isch) de Kerioth.

Esta mujer era muy desgraciada. Elisa, la madre afligida. Véase el capítulo anterior.

Los valles de Jerusalén y muchos otros resuenan con los cantos de alabanza de los que han sido curados. Cf. EMV 199.3/5.

Complacemos a las discípulas yendo a ver la tumba de Abraham, su árbol : La tumba de los patriarcas: La encina de Mambré, cerca de Hebrón (Génesis 13,18). Cerca de allí, Abraham adquirió la cueva de Macpela, donde enterró a su esposa Sara (Génesis 23:19). Él mismo fue enterrado allí (Génesis 25:8-9). Véanse los textos bíblicos a continuación.

La tumba de Jesé: En Hebrón se honra la tumba de Jesé, padre de David, y de su abuela Rut la moabita, esposa de Booz.

Se dice que es el lugar donde vivió Adán y donde mataron a Abel ... Son tradiciones judías (a veces embellecidas) de las que se hacen eco los Padres de la Iglesia (San Jerónimo, Orígenes, San Amboise, etc.).

Querías entrar en la apestosa caverna de En-Dor: cf. EMV 188.

Juana evangeliza Jerusalén y con ella una joven y un sacerdote: se trata de Juan sacerdote y Annalia. Cf. EMV 199,4-5 y EMV 199,6.

Libro del Génesis 13, 18

Gn 13, 18 : Abram levantó sus tiendas y se fue a vivir a las encinas de Mambré, que están en Hebrón; y allí edificó un altar a Yahvé.

Libro del Génesis 23, 19

Gn 23, 19 : Después de esto, Abraham enterró a su mujer Sara en la cueva de Macpela, frente a Mambré, que es Hebrón, en la tierra de Canaán.

Libro del Génesis 25, 8-9

Gn 25, 8-9 : Abraham murió en una vejez feliz, anciano y lleno de días, y se reunió con su pueblo. 9 Isaac e Ismael, sus hijos, lo enterraron en la cueva de Macpela, en el campo de Efrón, hijo de Seor el hitita, que está frente a Mambré.

ECR 211.1-2 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Están todos en un bosquecillo de las cercanías de Hebrón. Conversan, sentados en círculo, mientras comen.

Judas, ahora que está seguro de que María irá a ver a su madre, ha vuelto a sus mejores disposiciones de espíritu, y trata de borrar con mil atenciones el recuerdo de sus malhumores para con sus compañeros y las mujeres. Debe haber ido él al pueblo para comprar. Está contando que lo ha encontrado muy cambiado respecto al año anterior: «La noticia de la predicación y milagros de Jesús ha llegado hasta aquí. La gente ha empezado a recapacitar sobre muchas cosas. ¿Sabes, Maestro, que en esta zona hay una propiedad de Doras? También la mujer de Cusa posee aquí, por estos montes, unas tierras y un castillo propio, de su dote. Se ve que un poco ella y otro poco los campesinos de Doras han preparado el terreno, porque debe haber aquí alguno de los de Esdrelón. Doras ordena que guarden silencio, pero ellos... ¡yo creo que ni ante el tormento callarían! Ha causado estupor la muerte del fariseo, ¿sabes?, así como la excelente salud de Juana, que vino aquí antes de la Pascua. ¡Ah, y también te ha sido útil el amante de Áglae. ¿Sabes que ella se escapó poco después de haber pasado nosotros por aquí? Bueno pues él ha sido un demonio para con muchos inocentes, para vengarse. Así que la gente al final ha pensado en ti como en un vengador de los oprimidos, y desea tu presencia. Quiero decir los mejores...».

«¡Vengador de los oprimidos? Sí, lo soy, pero sobrenaturalmente. Ninguno de los que me ven con el cetro y la segur en la mano, como rey y justiciero según el espíritu de la tierra, juzga con acierto. Sí, claro que he venido a liberar de las opresiones: la del pecado — la más grave —, la de las enfermedades y el desconsuelo; como también de la ignorancia y del egoísmo. Muchos aprenderán que no es justa la tiranía porque el destino le haya colocado a uno arriba; y que, más bien, se debe usar de las posiciones privilegiadas para elevar al que está abajo».

«Lázaro lo hace, y también Juana; pero son dos contra centenares...» dice Felipe lleno de desconsuelo.

«Los ríos, en el nacimiento, no tienen la anchura que presentan en el estuario; son unas gotas, un hilo de agua... pero luego... hay ríos que en la desembocadura parecen mares».

«¡El Nilo, ¿no?! Tu Madre me contaba cosas de cuando fuisteis a Egipto. Siempre me decía: “Créeme: es un mar, un mar verde-azul. ¡Verle durante las crecidas es realmente un sueño!”. Y me hablaba de las plantas que parecían nacer del agua, y de esa abundancia de hierba que parecía nacer también del agua cuando se retiraba...» dice María de Alfeo.

«Pues os digo que, de la misma forma que el Nilo en su nacimiento es un hilo de agua y luego se transforma en un verdadero gigante, esto que ahora es sólo un hilito (Juana, Lázaro, Marta) inclinado con amor y por amor hacia los más pequeños llegará a ser una multitud: ¡cuántos!, ¡oh, cuántos!». Jesús parece como si estuviera viendo a estos que serán misericordiosos para con sus hermanos... y sonríe, absorto en su visión.

211.2

Judas confía que el arquisinagogo quería venir con él, pero que no se ha atrevido a tomar por sí solo la decisión: «¿Te acuerdas, Juan, cómo nos rechazó el año pasado?».

«Sí... pero vamos a decírselo al Maestro».

Le preguntan a Jesús, y responde que entrarán en Hebrón (si desean su presencia y los llaman, se detendrán un tiempo; si no, pasarán sin detenerse). «Así veremos también la casa de Juan el Bautista. ¿De quién es ahora?».

«Creo que de quien quiere. Samay se marchó y no ha vuelto. Ha quitado el mobiliario y la servidumbre. Los habitantes de la ciudad, para vengarse de sus vejaciones, han abierto una brecha en el muro de protección y ahora la casa es de todos; al menos el jardín. Se reúnen allí para venerar a su Juan. Se dice que Samay ha sido asesinado. No sé por qué motivo... parece que por una cuestión de mujeres...».

«¡Alguna trama podrida de la corte, sin duda!» masculla Natanael entre dientes.

Anotación

Judas, ahora que está seguro de que María irá con su madre, ha vuelto a un mejor estado de ánimo. Judas estaba de un humor terrible en laEMV 210.

Incluso la mujer de Kuzah tiene tierras y un castillo aquí, en estas montañas, que le pertenecen personalmente, como parte de su dote. Probablemente el castillo de Béther.

La muerte del viejo fariseo dejó atónito al pueblo. Cf. la dramática muerte de Doras en EMV 126.10.

Igual que la excelente salud de Juana. Cf. la curación de Juana de Kouza en EMV 102.7.

Judas confió que el jefe de la sinagoga quería venir con él, pero que no se atrevía a tomar esta decisión por su cuenta: "¿Recuerdas, Juan, cómo nos echó el año pasado?". Cf. EMV 77.8.

ECR 211.4 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«Traedme a vuestros enfermos; luego reuníos en este jardín que fue elevado a templo por la Gracia que en él habitó, y que después quedó abandonado y fue profanado por el pecado».

Los hebronitas se esparcen en todas las direcciones, como golondrinas; se queda el arquisinagogo, que atraviesa con Jesús y sus discípulos la cerca del jardín, para ir a la sombra de una vasta pérgola recubierta de una maraña de rosas y parras que han crecido según su beneplácito. Regresan pronto, trayendo a un paralítico recostado en una camilla, a una joven ciega, a un mudito y a otros dos enfermos de no sé qué que vienen apoyándose en los que los acompañan.

«Paz a ti» es el saludo de Jesús a cada uno de los enfermos que se acerca. Luego la dulce pregunta: «¿Qué deseáis que os haga?», luego el coro de lamentos de estos desdichados con que cada uno de ellos quiere narrar su propia historia.

Jesús, que estaba sentado, se levanta y va hacia el mudito. Le moja los labios con su saliva y pronuncia la magnífica palabra: «¡Ábrete!». Repite la misma palabra mientras moja con su dedo húmedo de saliva los párpados sin abertura de la ciega. Luego da la mano al paralítico y le dice: «¡Levántate!». Por último, impone las manos a los dos enfermos diciendo: «¡Quedad sanos, en el nombre del Señor!».

Y el mudito, que antes sólo emitía gemidos, dice claramente: «¡Mamá!». La joven, desellados sus párpados, los abre y cierra ante la luz, se protege con sus dedos del desconocido sol, y llora y ríe, y mira, apretando los párpados porque no está acostumbrada a la luz, a las plantas, a la tierra, a las personas, a Jesús especialmente. El paralítico, con movimientos seguros, baja de las angarillas, que los compasivos guizqueros levantan, ahora vacías, para que los que están lejos se den cuenta de que se ha cumplido el milagro. Los dos enfermos lloran de alegría y se arrodillan ante su Salvador para venerarle. La muchedumbre prorrumpe en una frenético clamor de júbilo.

Tomás, que está al lado de Judas, le mira tan fijamente y con una expresión tan clara, que éste le responde: «He sido un estúpido, perdona».

Anotación

Tomás, que está junto a Judas, lo mira tan intensamente y con una expresión tan clara que Judas responde: "Fui un necio, perdóname". Esto sucede tras una discusión entre Tomás y Judas, en la que el Iscariote acusa a Jesús de no hacer ya milagros. Cf. EMV 210.

ECR 213.1-4 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

El interior de la sinagoga de Keriot. Es el lugar en que cayó muerto Saúl, tras haber visto la gloria futura del Cristo. Formando un grupo bien compacto, del que descuellan Jesús y Judas — los dos más altos; de rostro resplandeciente ambos, uno por su amor, el otro por la alegría de ver que su ciudad es constante en su fidelidad al Maestro y que se está rindiendo honor con pomposo homenaje —, están las personalidades de Keriot; luego, más distantes de Jesús, apretujados como granos dentro de un saco, están los habitantes de la ciudad, que llenan completamente la sinagoga, donde, a pesar de que estén abiertas las puertas, no se respira. Cierto es que, queriendo rendir homenaje, queriendo oír al Maestro, al final terminan creando todos una gran confusión y un rumor que no permite oír nada.

Jesús soporta y guarda silencio. Los otros, sin embargo, se inquietan, hacen aspavientos y gritan: «¡Silencio!». Pero el grito se pierde en el estrépito como un grito lanzado en una playa en tempestad.

Judas no se anda por las ramas. Se encarama en un alto escaño y traquetea las lámparas, que penden en forma de racimo: el metal hueco retumba, las sutiles cadenas se entrechocan y suenan como instrumentos musicales. La gente se calma. Por fin se le puede escuchar a Jesús.

Dice al arquisinagogo: «Dame el décimo rollo de aquel estante». Se lo dan. Lo desata y se lo pasa al arquisinagogo diciendo: «Lee el 4º capítulo de la historia, IIº de los Macabeos».

El arquisinagogo, obediente, lee. Así, ante el pensamiento de los presentes desfilan las vicisitudes de Onías, los errores de Jasón, las traiciones y los robos de Menelao. Terminado el capítulo, el arquisinagogo mira a Jesús, que ha estado escuchando con atención.

213.2

Jesús hace un gesto para indicar que es suficiente y luego se dirige al pueblo:

«En la ciudad de mi queridísimo discípulo no voy a pronunciar las palabras habituales de adoctrinamiento. Nos quedaremos aquí unos días, pero quiero que sea él quien os las diga. Quiero que empiece aquí el contacto directo, el continuo contacto entre los apóstoles y el pueblo. Había sido decidido en la alta Galilea y allí tuvo su primera, fugaz manifestación radiante[1], pero la humildad de mis discípulos hizo que ellos mismos se retirasen a un segundo plano, porque tenían miedo a no saber actuar y a usurpar mi puesto. No, no; deben actuar, lo harán bien y ayudarán a su Maestro. Así que aquí, uniendo en un único amor las fronteras galileo-fenicias con las tierras de Judá, las más meridionales, las que lindan con las comarcas del sol y las arenas, comenzará la verdadera predicación apostólica. El Maestro solo ya no puede responder a las necesidades de las muchedumbres; además, conviene que los aguiluchos dejen el nido y emprendan sus primeros vuelos mientras está todavía con ellos el Sol, y Él con su ala fuerte los sostiene.

Por tanto, Yo, durante estos días, seré, sí, amigo y consuelo vuestro; pero, la palabra vendrá de ellos, que irán esparciendo la semilla que de mí han recibido. No os adoctrinaré, por tanto, públicamente; de todas formas, os voy a hacer entrega de algo especialmente valioso, una profecía. Recordadla en el futuro, cuando el suceso más horrendo de la Humanidad vele el Sol y, en las tinieblas, los corazones corran el riesgo de ser inducidos a juicio erróneo. No quiero que vosotros, que desde el principio fuisteis buenos conmigo, seáis inducidos a error; no quiero que el mundo pueda decir: “Keriot fue enemiga de Cristo”. Yo soy justo y no quiero que os carguen culpas respecto a mí ni los que me odian ni los que me aman, espoleados por su respectivos sentimientos. Y si no se puede pretender de una numerosa familia igual santidad en todos los hijos, tampoco de una ciudad muy poblada. De forma que sería grave anticaridad decir, por un hijo malo o por uno de los ciudadanos no bueno: “Toda la familia, o toda la ciudad, sea maldita”.

Escuchad, pues; recordad; sed fieles siempre; que, de la misma forma que Yo os amo tanto que quiero defenderos de una acusación injusta, así vosotros sepáis amar a los no culpables, siempre, quienesquiera que sean, cualesquiera fueren sus relaciones de parentesco con los culpables.

213.3

Escuchad. Llegará un día en que en Israel habrá delatores del tesoro y de la patria que, queriendo atraerse la amistad de los extranjeros, hablarán mal del verdadero Sumo Sacerdote, acusándole de alianza con los enemigos de Israel y de malas acciones hacia los hijos de Dios. Para conseguir esto, estarán dispuestos incluso a cometer delitos y a culpar de ellos al Inocente. Y llegará también el momento en que, en Israel — más aún que en los tiempos de Onías —, un hombre infame, tramando ser él el Pontífice, se presentará a los poderosos de Israel y los corromperá con un oro, más infame aún, de falaces palabras; desfigurará la verdad de los hechos, no hablará contra las inmoralidades, antes al contrario, persiguiendo sus indignos proyectos, se dedicará a corromper la moralidad para poder apoderarse más fácilmente de los corazones privos de la amistad con Dios: todo para conseguir lo que pretende. Lo logrará, sin duda. Tened en cuenta que, si bien los gimnasios del impío Jasón no están en el Monte Moria, sí que están en los corazones de quienes habitan en el monte, y éstos, por obtener una franquicia, están dispuestos a vender algo que vale mucho más que un terreno, o sea, la misma conciencia; los frutos del antiguo error se ven ahora: quien tiene ojos para ver percibe lo que está sucediendo allí, donde debería haber caridad, pureza, justicia, bondad, religión santa y profunda... Pues si ya son frutos que hacen temblar, los frutos de sus semillas serán, además, objeto de maldición divina.

Y así llegamos a la verdadera profecía. En verdad os digo que el que, mediante un juego largo y astuto, se ha apoderado del puesto y ha usurpado la confianza pondrá, por dinero, en manos de los enemigos al Sumo Sacerdote, al verdadero Sacerdote, al cual, trampeado con protestas de afecto, señalado a sus verdugos con un acto de amor, le matarán sin respeto a la justicia.

¿Qué acusaciones dirigirán contra Cristo — pues estoy hablando de mí — para justificar el derecho a matarle? ¿Cuál es la suerte reservada a los que cumplan este acto? Un destino inmediato de horrenda justicia. Un destino no individual sino colectivo para los cómplices del traidor, menos inmediato pero más terrible que el del hombre cuyo remordimiento conducirá a coronar su corazón de demonio con un último delito contra sí mismo. En efecto, éste acabará en un momento, mientras que este último castigo será largo, tremendo. Leed esto en la frase: “y encendido de cólera ordenó que Andrónico fuera despojado de la púrpura y ejecutado en el mismo lugar en que había cometido el delito contra Onías”. Sí, en la casta sacerdotal el castigo alcanzará no sólo a los responsables directos sino también a sus hijos. El destino de la masa cómplice, leedlo en ésta: “La voz de esta sangre grita a mí desde la tierra. Así pues, maldito serás...”. Dios la dirá para todo un pueblo que no sabrá tutelar el don del Cielo. Porque, si bien es cierto que Yo he venido para redimir, ¡ay de aquellos de este pueblo — que como primicia de redención recibe mi Palabra — que en vez de redimidos resulten asesinos!

He terminado. Tenedlo presente. Cuando oigáis decir que soy un malhechor, replicad: “No. Ya lo dijo. Se cumple lo establecido. Es la Víctima sacrificada por los pecados del mundo”»....

213.4

La sinagoga se vacía y todos hablan de la profecía y gesticulan por la estima de Jesús por Judas. Los de Keriot están exaltados por el honor que les ha hecho el Mesías al elegir el lugar de un apóstol, y precisamente el apóstol de Keriot, para comienzo del magisterio apostólico, y también por el regalo de la profecía. A pesar de su triste contenido, es un gran honor haberla recibido, y además con las palabras de amor que la han precedido...

En la sinagoga quedan solamente Jesús y el grupo de los apóstoles; mejor dicho, pasan al jardincito que está entre la sinagoga y la casa del arquisinagogo. Judas, que se ha sentado, llora.

«¿Por qué lloras? No veo el motivo...» dice el otro Judas.

«Bueno, la verdad es que casi me pondría yo también a llorar. ¿Habéis oído? Ahora tenemos que hablar nosotros...» dice Pedro.

«Bien, pero ya hemos empezado un poco en el monte. Lo haremos cada vez mejor. Tú y Juan en seguida os habéis mostrado capaces» dice Santiago de Zebedeo para dar ánimos.

«Lo peor es para mí... pero Dios me ayudará. ¿Verdad, Maestro?» pregunta Andrés.

Jesús, que estaba pasando unos rollos que se había traído, se vuelve y dice: «¿Qué decías?».

«Que Dios me ayudará cuando tenga que hablar. Trataré de repetir tus palabras lo mejor que pueda. Pero mi hermano tiene miedo, y Judas llora».

«¿Estás llorando? ¿Por qué?» pregunta Jesús.

«Porque verdaderamente he pecado. Andrés y Tomás lo pueden decir. Yo he murmurado contra ti y Tú usas conmigo benevolencia llamándome “queridísimo discípulo” y queriendo que adoctrine aquí... ¡Cuánto amor!...».

«¿No sabías que te quería?».

«Sí, pero... gracias, Maestro. No volveré a murmurar pues verdaderamente yo soy tinieblas y Tú Luz...».

En esto regresa el jefe de la sinagoga y le invita a ir a su casa. Mientras van, dice: «Estoy pensando en lo que has dicho. Si no he entendido mal, en Keriot, de la misma forma que has encontrado a un hombre predilecto, nuestro Judas de Simón, has profetizado que encontrarás también a un hombre infame. Me causa mucho dolor. Menos mal que Judas compensará por el otro...».

«Con todo mí mismo» dice Judas, que ya se ha tranquilizado.

Jesús no dice nada, pero mira a sus interlocutores y abre los brazos en un gesto que quiere decir: «Es así».

Detalle

Jesús se encuentra en Keriot, en el interior de la sinagoga. Después de que la multitud se haya calmado gracias a Judas, anuncia que comienza la predicación apostólica y da al pueblo de Keriot una profecía, anunciando que habrá un hombre indigno que le traicionará. Jesús quiere protegerlos de una acusación injusta, porque Kerioth no es enemiga de Cristo: por eso quiere que desee sus palabras para que, cuando llegue el día, repliquen a sus enemigos que él había predicho todos estos acontecimientos y que es la Víctima redentora. Como Judas y el jefe de la sinagoga reaccionan a su discurso, volvemos a poner todo este pasaje.

Anotación

Veo el interior de la sinagoga de Kerioth, en el mismo lugar donde el muerto Saulo yacía en el suelo después de ver la futura gloria de Cristo. En EMV 78.

El líder lee. Y así pasan ante el auditorio las pruebas de Onías, los errores de Jasón, las traiciones y los robos de Menelao. El capítulo ha terminado. El lector mira a Jesús, que ha estado escuchando atentamente. Cf. el segundo libro de los Macabeos, 2 M 4.

Quiero que comience el contacto directo, el contacto continuo entre los apóstoles y el pueblo. Esto se decidió en la Alta Galilea y allí se vio la primera luz. Jesús los envía a predicar por primera vez en EMV 166,2-3. Dan su primer sermón en EMV 166.4-12 (especialmente Simón el Zelote y Juan). Fue cerca de la casa de Elisa, en Judea, donde Jesús declaró que ya no era suficiente para satisfacer las necesidades de la multitud(EMV 209,5).

En cuanto al destino de la masa de cómplices, podemos leerlo en estas palabras: "La voz de esta sangre me grita desde la tierra. Seréis, pues, malditos...". Y es Dios quien pronunciará estas palabras a todo un pueblo que no ha sabido proteger el don del Cielo. Porque si es verdad que he venido a redimir, ¡ay de los que serán asesinos y no serán redimidos, en este pueblo cuya primera redención fue mi Palabra! Cf. Gn 4,10-11 infra.

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Segundo libro de los Macabeos, 4

2 M 4 : Simón, el delator del tesoro y de su país, habló mal de Onías: era él, dijo, quien había azuzado a Heliodoro y quien era el autor de todo el mal. Al benefactor de la ciudad, defensor de sus conciudadanos y fiel observador de las leyes, se atrevía a hacerlo pasar por adversario del Estado. Este odio llegó tan lejos que uno de los partidarios de Simón cometió un asesinato. Entonces Onías, considerando el peligro de estas divisiones y los arrebatos de Apolonio, gobernador militar de Coele-Siria y Fenicia, que alentaba la maldad de Simón, fue a ver al rey, no para acusar a sus conciudadanos, sino con vistas a los intereses generales y particulares de todo su pueblo. Porque veía que sin la intervención del rey sería imposible apaciguar la situación, y que Simón no renunciaría a sus empresas criminales.

Pero tras la muerte de Seleuco, le sucedió Antíoco, apodado Epífanes, y Jasón, hermano de Onías, se propuso usurpar el pontificado. En una reunión con el rey, le prometió trescientos sesenta talentos de plata y ochenta talentos tomados de otros ingresos. También prometió comprometerse por escrito con otros ciento cincuenta talentos si se le permitía establecer, bajo su propia autoridad y según sus propios deseos, un gimnasio con un efebo y registrar a los habitantes de Jerusalén como ciudadanos de Antioquía. El rey accedió a todo. En cuanto Jasón obtuvo el poder, se dedicó a introducir las costumbres griegas entre sus conciudadanos. Abolió las franquicias que los reyes, por humanidad, habían concedido a los judíos gracias a la empresa de Juan, padre de Eupolemo, que había sido enviado en embajada para concluir un tratado de alianza y amistad con los romanos, y, destruyendo las instituciones legítimas, estableció costumbres contrarias a la ley. Se complacía en fundar un gimnasio al pie mismo de la Acrópolis y educaba a los niños más nobles poniéndolos bajo su sombrero. El helenismo creció entonces hasta tal punto, y había tal inclinación hacia las costumbres extranjeras, como resultado de la excesiva perversidad de Jasón, un hombre impío y de ninguna manera un sumo sacerdote, que los sacerdotes ya no mostraban ningún celo por el servicio del altar y, despreciando el templo y descuidando los sacrificios, se apresuraban a participar, en la palestra, en los ejercicios proscritos por la ley, tan pronto como se oía la llamada para lanzar el disco. Sin prestar atención a los honores de su país, tenían en gran estima las distinciones de los griegos. Como consecuencia, les sobrevinieron graves calamidades, y en el mismo pueblo cuyo modo de vida imitaban y al que querían parecerse en todo, encontraron enemigos y opresores. Porque no se violan impunemente las leyes divinas; pero esto es lo que demostrarán los acontecimientos posteriores.

Mientras se celebraban en Tiro los juegos quinquenales, a los que asistía el rey, el criminal Jasón envió espectadores desde Jerusalén, que eran ciudadanos de Antioquía, portando trescientas dracmas de plata para el sacrificio de Hércules; pero los que las llevaban pidieron que el dinero se empleara, no para sacrificios, que no convenía, sino para cubrir otros gastos. Así pues, los trescientos dracmas estaban destinados, en efecto, por quien los enviaba, al sacrificio en honor de Hércules; pero fueron utilizados, según el deseo de quienes los llevaban, para la construcción de trirremes.

Habiendo sido enviado Apolonio, hijo de Menesteo, a Egipto con motivo de la entronización del rey Ptolomeo Filometor, supo Antíoco que el rey le tenía mala disposición y, deseando ponerse a salvo de él, se dirigió a Jope y luego a Jerusalén. Recibido magníficamente por Jasón y por toda la ciudad, hizo su entrada a la luz de las antorchas y en medio de aclamaciones; después condujo a su ejército a Fenicia por el mismo camino.

Transcurridos tres años, Jasón envió a Menelao, el hermano de Simón antes mencionado, para que llevara el dinero al rey y pagara los derechos de registro de los asuntos importantes. Sin embargo, Menelao se recomendó a sí mismo al rey, lo honró con la apariencia de un hombre de alta posición e hizo que se le concediera el pontificado soberano, ofreciendo trescientos talentos de plata más de lo que había hecho Jasón. Recibidas las cartas de investidura del rey, regresó a Jerusalén sin nada digno del sacerdocio, salvo los instintos de un tirano cruel y la furia de una fiera salvaje. Así Jasón, que había engañado a su propio hermano, engañado a su vez por otro, tuvo que huir al país de los amonitas. En cuanto a Menelao, obtuvo el poder; pero, como no cumplía con la suma prometida al rey, a pesar de las quejas de Sóstrato, comandante de la Acrópolis, encargado de recaudar los impuestos, ambos fueron convocados ante el rey.

Menelao dejó a su hermano Lisímaco en su lugar como sumo sacerdote, y Sóstrato a Crates, gobernador de Chipre, como su sustituto. Mientras tanto, los habitantes de Tarso y Mallas se rebelaron, porque estas dos ciudades habían sido regaladas a Antíococida, la concubina del rey. El rey se apresuró a sofocar la sedición, dejando como lugarteniente a Andrónico, uno de los grandes dignatarios. Menelao, juzgando favorables las circunstancias, tomó algunos vasos de oro del templo y se los entregó a Andrónico, y consiguió vender otros a Tiro y a las ciudades vecinas.

Cuando Onías supo con certeza que Menelao había cometido este nuevo delito, se lo reprochó, tras retirarse a un lugar de refugio en Dafne, cerca de Antioquía. Menelao, por lo tanto, llevó aparte a Andrónico y le instó a dar muerte a Onías. Andrónico se acercó a Onías y, con engaños, le hizo un juramento sobre su mano derecha; luego, aunque desconfiado, le persuadió para que saliera de su refugio y le dio muerte de inmediato, sin ningún miramiento por la justicia. Así que no sólo los judíos, sino también muchas de las demás naciones se indignaron y entristecieron por el injusto asesinato de este hombre.

Cuando el rey regresó de Cilicia, los judíos de Antioquía, junto con los griegos que también eran enemigos de la violencia, acudieron a él para informarle del injusto asesinato de Onías. Antíoco se entristeció profundamente y, movido a compasión por Onías, derramó lágrimas al recordar la moderación y sabia conducta del difunto. Rojo de ira, inmediatamente hizo despojar a Andrónico de su púrpura, rasgó sus vestiduras y, habiéndole hecho conducir por toda la ciudad, degradó al canalla en el mismo lugar donde había llevado a cabo su impío ataque contra Onías, golpeándole así el Señor con un justo castigo.

Ahora bien, cuando Lisímaco, de acuerdo con Menelao, había cometido en la ciudad un gran número de robos sacrílegos, y se había corrido la voz de ellos, el pueblo se levantó contra Lisímaco, a pesar de que muchos vasos de oro ya habían sido esparcidos. Cuando Lisímaco vio que la multitud se había agitado y sus ánimos se habían inflamado, armó a unos tres mil hombres y comenzó a cometer actos de violencia bajo el mando de un tal Tirano, hombre de edad avanzada y no menos perverso. Pero cuando se enteraron del ataque de Lisímaco, algunos cogieron piedras, otros grandes palos, y algunos recogieron cenizas que había por los alrededores, y las arrojaron tumultuosamente contra los partidarios de Lisímaco. Así hirieron a muchos de sus hombres, mataron a varios de ellos, pusieron en fuga a todos los demás y masacraron al propio sacrílego cerca del tesoro del templo.

Se inició entonces una investigación contra Menelao basada en estos hechos. Cuando el rey llegó a Tiro, los tres hombres enviados por los ancianos le explicaron la justicia de su caso. Viéndose convencido, Menelao prometió a Ptolomeo, hijo de Dorymene, una gran suma de dinero para que el rey le favoreciera. Ptolomeo llevó entonces al rey bajo el peristilo, como para que se tranquilizara, y le hizo cambiar de opinión. El rey declaró a Menelao inocente de los cargos que se le imputaban, aunque era culpable de todos los delitos, y condenó a muerte a hombres desgraciados que, si hubieran alegado su caso incluso ante los escitas, habrían sido declarados inocentes; y hombres que habían defendido la ciudad, el pueblo y los objetos sagrados, sufrieron este injusto castigo sin demora. Los propios tirios se indignaron y ofrecieron a las víctimas un magnífico funeral. En cuanto a Menelao, gracias a la codicia de los poderosos, mantuvo su dignidad, creciendo en malicia y azote cruel de sus conciudadanos.

Libro del Génesis 4, 10-11

Gn 4, 10-11 : Yahvé dijo: "¿Qué has hecho? La voz de la sangre de tu hermano clama desde la tierra hasta mí. Ahora te maldice la tierra, que ha abierto su boca para recibir de tu mano la sangre de tu hermano."

ECR 214.1-2 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Jesús ya va a sentarse a la mesa en la bonita casa de Judas, junto con todos los suyos, y dice a la madre, que ha venido de la casa que tiene en el campo para recibir dignamente al Maestro: «No, madre, tú también debes estar con nosotros. Aquí somos como una familia. No es un banquete frío y medido, de invitados ocasionales. Yo te he despojado de un hijo y quiero que me tomes como a un hijo, de la misma forma que Yo te tomo como a una madre, porque verdaderamente lo mereces. ¿Verdad, amigos, que así nos sentiremos más contentos y más a nuestras anchas?».

Los apóstoles y las dos Marías asienten con vivacidad. Y así, la madre de Judas, no sin un intenso titileo en sus pupilas, debe sentarse entre su hijo y el Maestro, que tiene enfrente a las dos Marías, y a Marziam entre ellas.

La criada trae las viandas. Jesús hace la ofrenda y bendición de los alimentos y luego los distribuye, porque en esto la madre de Judas se muestra inflexible. Jesús distribuye comenzando siempre por ella, cosa que conmueve cada vez más a la mujer y enorgullece a Judas, aunque al mismo tiempo le pone pensativo.

La conversación versa sobre distintos temas. Jesús trata de que se interese la madre de Judas y de que adquiera familiaridad con las dos discípulas.

214.2

En este sentido Marziam juega un papel importante al declarar que ya quiere mucho a la madre de Judas «porque se llama María como todas las mujeres que son buenas».

«¿Y no vas a querer a la que nos espera a orillas del lago, malandrín?» pregunta Pedro semiserio.

«¡Mucho, si es buena!».

«Puedes estar seguro de ello.»

ECR 214.3-4 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Luego Judas habla de lo que ha hecho durante el día. Por lo que dice, comprendo que ha ido él a avisar a su madre de que venían, y que luego, con Andrés como compañero, ha empezado a hablar por el agro de Keriot. Dice luego: «De todas formas, mañana quisiera que vinierais todos. No quiero destacar solo. Iremos, en la medida de lo posible, un judío y un galileo. Yo con Juan, por ejemplo, y Simón con Tomás. ¡Si viniera el otro Simón!... En vuestro caso — señala a los hijos de Alfeo — podéis ir vosotros dos. A todos, incluso a quien no le interesaba saberlo, les he dicho que sois los hermanos del Maestro. Y también vosotros — señala a Felipe y a Bartolomé — podéis ir juntos. He dicho que Natanael es un rabí que acompaña al Maestro; esto impresiona. Y... quedáis vosotros tres. De todas formas, en cuanto llegue el Zelote se podrá formar otra pareja. Y después nos alternaremos porque quiero que os conozcan a todos...». Judas está lleno de vivacidad. «He hablado del decálogo, Maestro, tratando de ilustrar especialmente aquellos puntos en que sé que en esta zona se cometen más faltas...».

«No tengas mano dura, Judas, por favor. No olvides que consigue más la dulzura que la intransigencia, y que tú también eres hombre; por tanto, examínate y reflexiona en lo fácil que te es también a ti caer, y en cómo te irritas si te reprenden demasiado abiertamente» dice Jesús, mientras la madre de Judas se sonroja y baja la cabeza.

«No temas, Maestro, que yo me esfuerzo por imitarte en todo. Mira, en el pueblo que se ve por aquella puerta — están comiendo con las puertas abiertas y se ve un bonito horizonte desde esta habitación elevada — hay un enfermo deseoso de ser curado; pero no se le puede transportar. ¿Podrías venir conmigo?».

«Mañana, Judas. Mañana por la mañana sin falta. Y, si hay otros enfermos, decídmelo, o traédmelos».

«¿Estás decidido a favorecer a mi tierra, Maestro?».

«Sí. Para que no se diga que fui injusto con quienes no me hicieron el mal. Si hago el bien incluso a los malos, ¿por qué no debería hacérselo a las personas buenas de Keriot? Quiero dejar de mí un recuerdo indeleble...».

«¿Cómo! ¿No vamos a volver aquí?».

«Volveremos, pero...».

214.4

«¡Ahí viene la Madre, la Madre con Simón!» grita jubiloso el niño al ver a María y a Simón, que están subiendo la escalera que conduce a la terraza en que está la sala.

ECR 214.5-7 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

... María santísima y María, madre de Judas, están juntas; no en la casa de la ciudad sino en la del campo. Están solas. Los apóstoles, con Jesús, han salido. Las discípulas y el niño, están en el magnífico huerto; se oyen sus voces, y los golpes de la ropa contra los lavaderos (quizás están haciendo la colada mientras el niño juega).

La madre de Judas, sentada, en la penumbra de una habitación, al lado de María, habla; le dice a María: «Estos días de paz los recordaré como un dulce sueño. ¡Demasiado cortos! ¡Demasiado! Comprendo que no se debe ser egoísta y que es justo que vayáis a ver a esa pobre mujer y a otros muchos infelices. ¡Si pudiera... detener el tiempo, o ir con vosotros!... Pero, no puedo. Aparte de mi hijo no tengo otros parientes y debo cuidar de los bienes de la casa...».

«Comprendo... Te duele separarte de tu hijo. Nosotras las madres quisiéramos estar siempre con nuestros hijos. De todas formas, los damos por una buena razón, y no los perdemos. Ni siquiera la muerte nos los arrebata, si están en gracia, y también nosotras, ante los ojos de Dios. Además, los tenemos todavía en este mundo y podemos llegarnos a ellos, a pesar de que la voluntad de Dios los arranque de nuestro pecho para entregarlos por el bien del mundo; y... el eco de sus obras nos hace como una caricia en el corazón, porque sus obras son el perfume de su alma».

214.6

«¿Qué es tu Hijo para ti, Mujer?» pregunta tímidamente María de Judas.

Y María santísima responde seguramente: «Es mi gozo».

«¡¡Tu gozo!!...» y la Madre de Judas rompe a llorar, replegándose sobre sí misma como para esconder el llanto; de tanto como se pliega, toca casi con la frente en las rodillas.

«¿Por qué lloras, mi pobre amiga? ¿Por qué? Dímelo. Yo me siento dichosa de mi maternidad, pero sé también comprender a las madres no felices...».

«Exacto, no felices. Yo soy una de ellas. Tu Hijo es tu gozo, el mío es mi dolor; al menos lo ha sido. Ahora, desde que está con tu Hijo, me causa menos dolor. Entre todos los que oran por tu santo Hijo, por su bien y su victoria, no hay nadie, después de ti, bendita mujer, que ore cuanto esta infeliz que te habla... Dime la verdad: ¿qué piensas de mi hijo? Las dos somos madres, estamos cara a cara, en medio está Dios, estamos hablando de nuestros hijos. Para ti siempre será fácil hablar del tuyo. Yo... debo hacerme violencia para hablar del mío y hablar de él me puede acarrear mucho bien, o mucho dolor; no obstante, aunque fuera dolor, sería en todo caso un alivio el haber hablado... Esa mujer de Betsur — ¿no es verdad? — casi enloqueció por la muerte de sus hijos. Pues bien, yo te juro que algunas veces, cuando miro a mi Judas, guapo, sano, inteligente, pero no bueno, no virtuoso, no recto de corazón, no sano de sentimientos, he pensado, y pienso, que preferiría llorarle por muerto antes que... que verle muy enemistado con Dios. Dime, ¿qué piensas de mi hijo? Sé franca. Hace más de un año que esta pregunta me quema las entrañas. Pero, ¿a quién puedo dirigirme? ¿A los vecinos de Keriot?: no sabían todavía de la presencia del Mesías entre nosotros y que Judas quería ir con Él. Yo sí lo sabía porque me lo había dicho en el viaje de regreso de la Pascua: exaltado, violento, como siempre que le viene un capricho, y, como siempre, sin interés alguno por los consejos de su madre. ¿A sus amigos de Jerusalén?: una santa prudencia y una pía esperanza me lo impedían; no quería decirles a ésos — que no puedo estimar porque son todo menos santos — que Judas seguía al Mesías. Así las cosas, tenía la esperanza de que ese capricho cayera, como tantos otros, como todos, procurando quizás lágrimas y desconsuelo, como por más de una muchacha, de aquí y de otros lugares: las enamoró y jamás tomó por esposa a ninguna de ellas. Fíjate, hay sitios a donde no va nunca, porque se podría encontrar con un justo castigo. También lo de pertenecer al Templo fue un capricho. Nunca sabe lo que quiere. Con su padre — Dios le perdone — se malogró; mi opinión no ha contado nunca nada para los dos hombres de mi casa. Me ha tocado siempre llorar y reparar, nada más, con todo tipo de humillaciones... Cuando murió Yoana — yo sé, aunque ninguno lo dijera, que murió de dolor cuando, después de haber esperado durante toda su juventud, Judas declaró que no quería casarse, mientras que por otra parte se sabía que había mandado a unos amigos suyos a Jerusalén para hablar con una mujer rica, propietaria de una red comercial hasta Chipre, para interesarse por su hija — a mí me tocó llorar mucho, mucho, por las acusaciones de la madre de la muchacha muerta, como si hubiera sido cómplice de mi hijo. No, no lo soy. Que yo para él no valgo nada. El año pasado, cuando estuvo aquí el Maestro, me di cuenta de que Él comprendía. Estuve por hablarle, pero... es muy doloroso para una madre tener que decir: “¡Atento a mi hijo, que es ambicioso, duro de corazón, vicioso, soberbio, voluble”. Mi hijo es esto. Yo... yo oro porque tu Hijo, que tantos milagros hace, haga un milagro con mi Judas. Pero... dime: ¿qué piensas de él?».

214.7

María, que hasta ahora había permanecido en silencio y con expresión de dolor compasivo ante este lamento materno, cuyo fundamento su recto corazón no puede desmentir, dice dulcemente: «¡Pobre madre!... ¿Que qué pienso? Sí, tu hijo no es esa alma cristalina que es Juan, ni el manso Andrés, ni el fuerte Mateo, que ha querido cambiar y ha cambiado. Es... voluble, sí, eso. Pero... tú y yo oraremos mucho por él. No llores. Quizás en tu amor de madre, que querría poder gloriarse de su hijo, le ves más deforme de lo que en realidad lo sea...».

«¡No! ¡No! Veo las cosas como son en realidad y tengo mucho miedo».

La habitación se llena del sollozo de la madre de Judas; en la penumbra, albea el rostro de la Madre del Señor, que se muestra más pálido después de esta confesión materna que agudiza todas sus sospechas.

Pero María se domina. Arrima hacia sí a esta madre desdichada, y la acaricia, mientras ella, ya sin reserva alguna, narra confusamente, jadeando, todos los despechos, exigencias y violencias de Judas, y termina: «Me pongo colorada por él cuando veo los actos de amor de que me hace objeto tu Hijo. No se lo he preguntado, pero estoy segura de que, aparte de por su bondad, lo hace para decirle a Judas a través de esos gestos: “Ten presente que así se debe tratar a la propia madre”. Ahora, ahora parece completamente tranquilo... ¡Ah, si fuera verdad! Ayúdame, ayúdame con tu oración, tú que eres santa, para que mi hijo no sea indigno del gran don que Dios le ha concedido! Si no me quiere amar a mí, si no sabe tener gratitud conmigo, que le he dado a luz y le he criado, no me importa; pero que sepa amar, realmente, a Jesús, que sepa servirle con fidelidad y gratitud. Y, si no, si no... que Dios le quite la vida. Prefiero tenerle en el sepulcro... Al fin le tendría, porque, en realidad, desde que llegó al uso de razón bien poco fue mío. Le prefiero muerto, antes que un mal apóstol. ¿Puedo orar así? ¿Tú qué piensas?».

«Pide al Señor que se haga lo mejor. No llores más. He visto a meretrices y a gentiles, a publicanos y pecadores, a los pies de mi Hijo; todos ellos transformados en corderos por su Gracia. Ten esperanza, María, ten esperanza. ¿No sabes que las penas de las madres salvan a los hijos?...».

Y con esta compasiva pregunta cesa todo.

ECR 215.1 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Hablan del nuevo rodeo que van a tener que dar, hacia las fértiles llanuras que preceden el litoral. Y entonces tornan a la memoria nombres de glorias pasadas, que suscitan la narración de episodios acaecidos, preguntas, explicaciones y afable contraposición de opiniones.

«Cuando lleguemos a la cima de este monte, os enseñaré desde lo alto todas las zonas que os interesan, de las que podréis extraer ideas para vuestros discursos al pueblo».

«Pero, mi Señor, ¿cómo vamos a hacer? Yo no soy capaz» se lamenta Andrés, y a él se asocian Pedro y Santiago: «¡Nosotros somos los menos agraciados!».

«¡Oh!, si es por eso, no es que yo sea más capaz; si se tratara de oro o plata, podría hablar, pero de estas cosas...» dice Tomás.

«¿Y yo? ¿Qué era yo?» pregunta Mateo.

«Tú no tienes miedo del público, sabes argumentar» replica Andrés.

«Pero de otras cosas...» contesta Mateo.

«Sí, ya... pero... bueno... ya sabes lo que quiero decir, así que como si te lo hubiera dicho. La cuestión es que vales más que nostros» dice Pedro.

«Amigos míos, no hace falta subir a lo sublime. Decid simplemente lo que pensáis, con vuestra convicción. Creedme que cuando uno está convencido siempre persuade» dice Jesús.

Pero Judas de Keriot suplica: «Danos ideas Tú, danos muchas ideas. Una buena idea puede ser muy útil. Estos lugares creo que no han oído nada de ti, porque ninguno parece conocerte».

«Y porque aquí llega todavía mucho viento procedente del Moria... que causa esterilidad...» responde Pedro.

«Es porque no se ha sembrado, pero nosotros sembraremos» replica seguro Judas Iscariote, contento por los primeros éxitos.

Detalle

El grupo apostólico debate en conjunto.

Anotación

«Estos lugares, creo, siguen sin saber nada de ti porque nadie da a entender que te conozca.

—Es porque aquí todavía sopla mucho viento que viene del monte Moriah… Y ese viento reseca…», responde Pedro.

El monte Moriah es el del Templo de Jerusalén. Pedro utiliza esta imagen para decir que la gente del Templo advierte a los habitantes de la región sobre Jesús.

ECR 216.2-4 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Decía que Jesús iba por los campos de cereales en sazón. El día está caluroso; el paraje, desierto. No se ve un solo hombre por los campos; sólo espigas maduras y árboles diseminados acá o allá. Sol, mieses, pájaros, lagartijas, matas verdes y quietas en el aire tranquilo: esto es lo que hay en torno a Jesús, que va por un camino de primer orden — cinta polvorienta y cegadora entre el cimbreo de las espigas — a cuyos lados hay respectivamente un pueblecillo y una alquería; nada más.

Todos caminan en silencio, sudorosos. Se han despojado de sus mantos, pero, ciertamente, sufren igualmente bajo sus vestidos, que son ligeros pero de lana. Solamente Jesús con sus dos primos y Judas Iscariote llevan indumentos de lino o de cáñamo: los de Jesús y este último, sin duda, son de lino blanco; los de los hijos de Alfeo, por su compacidad, me parecen demasiado pesados como para ser de lino, y son además de color marfil intenso, justo como el del cáñamo sin blanquear. Los otros apóstoles llevan los indumentos habituales, y van secándose el sudor con el lienzo que les sirve de velo.

Llegan a un pequeño grupo de árboles que hay en un cruce de caminos. Bajo su saludable sombra se detienen, y, ávidamente, beben de los odres.

«Está caliente como recién apartada del fuego» dice Pedro con descontento.

«¡Si hubiera al menos un regatillo! Pero... ¡nada, nada!» suspira Bartolomé. «Dentro de poco me quedaré sin agua».

«Casi digo que es mejor la montaña» gime Santiago de Zebedeo, congestionado por el calor.

«Lo mejor es la barca: fresca, sedante, limpia, ¡ah!». El corazón de Pedro va hacia su lago y su barca.

«Tenéis razón todos, pero los pecadores están tanto en la montaña como en la llanura. Si no nos hubieran echado de Agua Especiosa y no nos hubieran seguido pisándonos los talones, habría venido aquí entre Tébet y Sabat. De todas formas, pronto estaremos en el litoral, donde la brisa del mar abierto refresca el aire» dice Jesús para confortar a los suyos.

«¡Sí, claro! Aquí parecemos lucios agonizantes. Pero, ¿cómo es que están tan hermosas las mieses si no hay agua?» pregunta Pedro.

«Hay agua subterránea que mantiene húmedo el terreno» explica Jesús.

«Mejor hubiera sido que hubiera estado en la superficie, no debajo. ¿De qué me sirve si está bajo tierra? ¡Yo no soy una raíz!» dice Pedro sin reflexionar, y todos se echan a reír.

Pero, un momento después, Judas Tadeo se pone serio y dice: «El suelo es egoísta, como los corazones, y, como ellos, es árido; si nos hubieran dejado estar en aquel pueblo y pasar el sábado allí, habríamos tenido sombra, agua, posibilidad de descanso... pero nos han echado...».

«También habríamos tenido comida, pero ni siquiera eso. Yo tengo hambre. ¡Si hubiera fruta! Los árboles frutales están cerca de las casas. ¿Quién se atreve a acercarse! Si todos tienen el humor de aquellos...» dice Tomás, señalando al pueblo que han dejado a las espaldas, a oriente.

«Toma mi comida. Yo nunca tengo mucha hambre» dice Simón Zelote.

«Coged también mi comida» dice Jesús. «Quien se sienta más hambriento que coma».

Pero, aun juntando las provisiones de Jesús, Simón y Natanael, se ve que son muy escasas. La mirada zozobrante de Tomás y de los jóvenes lo confirma; no obstante, guardan silencio y, a pequeños mordiscos, se comen las microscópicas raciones.

El Zelote, paciente, va hacia un punto en que una verde hilera sobre la tierra quemada hace suponer la existencia de humedad. Y, efectivamente, en ese lugar hay un hilo de agua que discurre por el fondo guijarroso de un arroyuelo; es realmente un hilo, destinado a desaparecer al cabo de poco. Simón da un grito a los compañeros, que han quedado ya lejos, para que vengan a gozar de este alivio. Todos van, corriendo, por la sombra discontinua de una hilera de árboles que sigue la riba del arroyuelo semiseco. Una vez allí, pueden refrescarse los pies polvorientos, lavarse la cara sudorosa. Antes llenan los odres, que ya estaban vacíos, y los apoyan en el agua, en donde se proyecta sombra, para tenerlos más frescos.

Se sientan al pie de un árbol y, con el cansancio que tienen, se quedan adormilados.

216.3

Jesús los mira con amor y compasión y menea la cabeza.

Simón Zelote, que había ido otra vez a beber, ve el gesto y le pregunta: «¿Qué te pasa, Maestro?».

Jesús se pone en pie, va donde Simón, le rodea los hombros con un brazo y le lleva consigo hacia otro árbol, diciendo: «¿Que qué me pasa? Me aflijo por vuestro cansancio. Si no supiera lo que estoy haciendo de vosotros, no me perdonaría el produciros tantas molestias».

«¿Molestias? ¡No, Maestro! Son nuestra alegría. Todo es nada yendo contigo. Todos estamos contentos, créeme. No echamos de menos nada, no...».

«Calla, Simón. La humanidad grita incluso en los buenos. Y, humanamente hablando, tenéis razón en gritar; os he separado de vuestras casas, de vuestras familias, de vuestros intereses; habéis venido conmigo pensando que seguirme sería una cosa muy distinta... De todas formas, un día este grito vuestro de ahora, este grito íntimo, se aplacará; entonces comprenderéis la belleza de haber caminado entre niebla, barro, polvo, o con un calor asfixiante, perseguidos, sedientos, cansados, hambrientos, tras el Maestro perseguido, odiado, calumniado... y... y otras cosas. Entonces todo os parecerá hermoso, porque entonces tendréis otro pensamiento y todo lo veréis con otra luz. Y me bendeciréis por haberos conducido por mi camino difícil...».

«Estás triste, Maestro. El mundo justificaría tu tristeza, de acuerdo; pero nosotros no. Nosotros estamos todos contentos...».

«¿Todos? ¿Estás seguro?».

«¿Tú lo ves de otra forma?».

«Sí, Simón, de otra forma. Tú estás siempre contento. Tú has comprendido; muchos otros, no. ¿Ves aquellos que duermen? ¿Sabes cuántos pensamientos rumian incluso en el sueño? ¿Y los otros discípulos? ¿Crees que serán fieles hasta la consumación de todo? Mira. Vamos a hacer ese viejo juego que tú también has hecho, sin duda, de niño (Jesús coge un diente de león que se yergue entre las piedras y que ha alcanzado ya la plena maduración, se lo lleva delicadamente a la altura de la boca, sopla y... se disgrega en minúsculos vilanos, que se esparcen por el aire, vagando con su borlita mantenida derecha por el minúsculo manguito). ¿Ves? Mira... ¿Cuántos han caído en mis rodillas, cual enamorados de mí? Cuéntalos... Son veintitrés. Eran, por lo menos, el triple. ¿Y los otros? Mira. Unos siguen vagando por el aire; otros, como por demasiado peso, han caído ya al suelo; algunos, orgullosos, suben, vanagloriándose de su penacho de plata; otros caen en ese barrillo que hemos formado con nuestros odres.. Sólo... Mira, mira... incluso de los veintitrés que tenía en mis rodillas siete se han ido; ha sido suficiente el vuelo de ese abejorro para que se marcharan... ¿Temían algo?: quizás el aguijón; ¿los ha seducido algo?: quizás los hermosos colores negros y amarillos, o el aspecto gallardo, o las alas irisadas... Se han ido... tras una belleza falaz... Simón, lo mismo sucederá con mis discípulos. Unos por nerviosismo, otros por inconstancia, o por estar demasiado cargados, o por orgullo, o por ligereza, por amor al fango, por miedo o ingenuidad, se irán. ¿Tú crees que a todos los que ahora me dicen: “Voy contigo” los veré a mi lado cuando llegue la hora decisiva de mi misión? Los vilanos de ese diente de león que creó mi Padre eran más de setenta... ahora, en mis rodillas, hay sólo siete, pues otros se han ido también, por este movimiento del aire que ha hecho decir “sí” a los tallitos más delgados. Así será. Y pienso en las luchas que libráis por manteneros fieles a mí...

216.4

Ven, Simón, vamos a ver esas libélulas que danzan sobre la superficie del agua, a menos que prefieras descansar».

«No, Maestro. Tus palabras me han entristecido. Espero que no te abandone el leproso curado, el perseguido al que Tú rehabilitaste, el hombre solitario a quien has dado compañía, el nostálgico de afecto al que has abierto el Cielo para que encontrase amor y el mundo para que lo diera...»

Detalle

André, Philippe, Jacques de Alfeo, Judas y Juan no hablan en este episodio, pero están presentes a lo largo de todo el capítulo. Los apóstoles se quejan del calor, la sed y el hambre, y Jesús acaba explicándoles que algún día se alegrarán de haber vivido este periodo; a continuación, cuenta la parábola del diente de león para hablar de la infidelidad de los discípulos. Simón el Zelote ocupa un lugar destacado, ya que es él quien dialoga con Cristo.

Anotación

Si no nos hubieran expulsado de la Belle Eau y si no nos hubieran estado siempre pisando los talones, habría venido aquí entre Tebet y Shebat. A principios de enero. Los discípulos expulsados de la «Belle Eau», una propiedad de Lázaro a orillas del Jordán; véase EMV 133.5-7, cuando los apóstoles se enteran de la amenaza. Son expulsados en el EMV 137, concretamente en el EMV 137.5.