Ir al contenido

Notas de la palabra clave

Judas de Keriot (apóstol)

Página 21 de 28

Comodidad de lectura

Aa

ECR 188.7 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Salen de las ruinas y empiezan a bajar por el sendero que antes han recorrido. El hombre bizco está todavía.

«¿Estás todavía aquí?» pregunta Jesús, aparentando no ver el rostro rojo de lágrimas.

«Sí, aquí. Si me permites, te acompaño; debo decirte una cosa...».

«Bueno, bien, ven conmigo. ¿Qué quieres decirme?».

«Jesús... Creo que para tener la suficiente fuerza para hablar y para hacer la santa magia de cambiarme a mí mismo, de invocar a mi alma muerta como la maga invocó a Samuel para Saúl, debo pronunciar tu Nombre, dulce como tu mirada, santo como tu voz. Me has dado una vida nueva, pero es informe, incapaz cual la de un recién nacido mal generado, y forcejea aún, atenazada por la costra mala que le cubre. Ayúdame a salir de mi muerte».

«Sí, amigo».

«Yo... he visto que todavía tengo un poco de humanidad en mi corazón. No soy sólo un animal feroz. Todavía puedo amar y ser amado, perdonar y ser perdonado: tu amor, tu amor, que es perdón, me lo enseña. ¿No es verdad esto?».

«Sí, amigo».

«Pues entonces llévame contigo. ¡Yo era Félix! ¡Oh, qué ironía! Dame un nuevo nombre. Que quede verdaderamente muerto el pasado. Te seguiré como un perro callejero que por fin encuentra un amo. Seré tu esclavo, si quieres... pero no me dejes solo».

«Sí, amigo».

«¿Qué nombre me das?».

«Un nombre entrañable para mí: Juan. En efecto, eres gracia recibida del Señor».

«¿Me llevas contigo?».

«Por ahora sí. Luego me seguirás con los discípulos. Pero... ¿y tu casa?».

«Ya no tengo casa. Dejaré a los pobres cuanto poseo. Dame sólo amor y un pan».

«Ven». Jesús se vuelve y llama a los apóstoles: «Gracias amigos, especialmente a ti, Judas; por ti, por vosotros, un alma se arrima a Dios. Mirad, éste es el nuevo discípulo. Vendrá con nosotros hasta que podamos confiarle a los hermanos discípulos. Alegraos de haber encontrado un corazón, bendecid conmigo a Dios».

Los doce no parecen verdaderamente muy contentos, pero ponen buena cara por obediencia y por cortesía.

«Si me lo permites, me adelanto. Me encontrarás a la entrada de mi casa».

«Bien. Ve».

El hombre se marcha corriendo. Parece otro.

«Ahora que estamos solos, os ordeno, esto lo ordeno, que seáis buenos con él y que no habléis de su pasado a nadie. Quien hablara, o faltara a la caridad a este hermano redimido, sería rechazado por mí ipso facto. ¿Comprendido? ¡Fijaos qué bueno es el Señor!: nos trajo aquí un fin humano y nos ha concedido dejar este lugar habiendo obtenido un hecho sobrenatural. ¡Oh, exulto por la alegría que ahora hay en el Cielo por el nuevo convertido!».

Detalle

Juan de En-Dor se convierte y Jesús lo presenta a los Doce, que no son los más encantados. Jesús da las gracias especialmente a Judas, porque gracias a él llegaron a esta aldea y le conocieron.

Anotación

Os ordeno que seáis amables con él y que no habléis de su pasado a nadie. Judas Iscariote hizo precisamente eso, sin embargo, al denunciar ante el Sanedrín la presencia de un galeote (Juan de En-Dor) y una esclava fugitiva (Síntica). Esto les obligó a exiliarse en Antioquía de Siria. Cf. EMV 314 ss.

ECR 189.1 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Naím debía tener una cierta importancia en tiempos de Jesús. No es muy grande pero está bien construida. La ciñen muros. Se asienta sobre una baja y risueña colina (un ramal del Pequeño Hermón, que domina desde lo alto la fertilísima llanura abierta hacia el noroeste).

Para llegar a ella, viniendo de Endor, hay que atravesar un riachuelo afluente del Jordán. Desde aquí ya no se ve este último — y ni siquiera su valle — pues lo ocultan unas colinas que dibujan un arco en forma de signo de interrogación abierto hacia el Este.

Jesús camina en dirección a esta ciudad, por un camino de primer orden que comunica las regiones del lago con el Hermón y sus pueblos. Tras Él van muchos habitantes de Endor, verdaderamente locuaces.

La distancia que separa al grupo apostólico de los muros de la ciudad es ya muy poca: unos doscientos metros, no más. Dado que el camino va derecho a meterse por una de las puertas de la ciudad, y dado, además, que la puerta está totalmente abierta — es pleno día —, se puede ver todo lo que está sucediendo en la zona inmediatamente situada al otro lado de los muros; es así que Jesús, que iba hablando con los apóstoles y con el nuevo convertido, ve venir, en medio de un gran revuelo de plañideras y de otras manifestaciones orientales de este tipo, un cortejo fúnebre.

«¿Vamos a ver, Maestro?» dicen muchos (ya muchos de los habitantes de Endor se han precipitado a la puerta para mirar).

«Bueno, vamos» dice Jesús condescendiendo.

«Debe ser un niño; ¡fíjate cuántas flores y cuántas cintas hay sobre la lechiga!» dice Judas de Keriot a Juan.

«O quizás una virgen» responde Juan.

«No — dice Bartolomé —, sin duda es un muchachito joven, por los colores que han puesto; además faltan los mirtos...».

El cortejo fúnebre ya está fuera de la ciudad. No es posible ver lo que hay en la lechiga, que va en alto, llevada a hombros; sólo por el relieve que hace, se intuye un cuerpo extendido, fajado, tapado con una sábana, y se comprende que es un cuerpo que ya ha alcanzado su completo desarrollo, porque ocupa toda la largura de la lechiga.

A su lado, una mujer velada, ayudada por parientes o amigas, camina llorando: es el único llanto sincero en toda esa comedia de plañideras. Y si uno de los que llevan las andas tropieza con una piedra, o hay un agujero o una pequeña elevación del suelo, de forma que la lechiga sufre una violenta oscilación, la madre gime: «¡No, no, despacio; mi niño ha sufrido mucho!» y levanta una de sus temblorosas manos y acaricia el borde de la lechiga — más no puede —, y, no pudiendo efectivamente más, besa los ondeantes velos y las cintas que el viento a veces agita, y que acarician la forma inmóvil.

«Es la madre» dice Pedro, compungido y con un brillo de llanto en sus ojos sagaces y buenos.

Pero no es el único que tiene bañados los ojos por esa congoja: al Zelote, a Andrés, a Juan y hasta a Tomás, que siempre está alegre, les brillan los ojos. Todos, todos están conmovidos.

Judas Iscariote dice en voz baja: «¡Si fuera yo... pobrecilla mi madre...!».

Detalle

Los dos Santiago, Mateo, Felipe y Judas no se mencionan en este pasaje, pero están presentes. Van a Naín.

Anotación

- Oh, debe de ser un niño, porque ya ves cuántas flores y cintas hay en la litera -le dice Judas a Juan.

- O a lo mejor es una virgen -responde Juan.

- No, seguramente es un niño, por los colores que han utilizado, y no hay mirtos...", dice Barthélemy.

Todos estos son indicios de los ritos funerarios en uso en la época. Judas de Judea y Bartolomé de Galilea los identificaron del mismo modo.

ECR 191.1 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«Entrega a Miqueas la cantidad de dinero suficiente para que mañana pueda restituir lo que hoy ha pedido prestado a los campesinos de esta zona» dice Jesús a Judas Iscariote, que es quien, generalmente, administra los... bienes comunes.

Luego llama a Andrés y a Juan y los manda a dos puntos desde donde se puede ver el camino, o los caminos, que vienen de Yizreel; luego, a Pedro y a Simón, y les dice que salgan al encuentro de los campesinos de Doras, con la indicación de detenerlos en la divisoria de las dos propiedades; finalmente, dice a Santiago y a Judas: «Coged las provisiones y venid».

ECR 193.1 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Jesús prosigue hacia Jerusalén. Cada vez transita mayor número de peregrinos por los caminos, que están un poco embarrados por un chaparrón nocturno; como contrapartida, haciendo precipitar el polvo, el agua ha dejado terso el aire. Los campos parecen un jardín bien cuidado por su jardinero.

La comitiva apostólica camina ligera, pues se sienten descansados por el alto que han hecho y, además, porque el niño, con sus sandalias nuevas, ya no sufre al andar (es más, sintiendo cada vez más confianza, va charlando con unos u otros; y le hace a Juan la confidencia de que su padre se llamaba también Juan y su madre María y de que, por ello, le quiere también a él mucho). «Pero, bueno — termina diciendo — la verdad es que os quiero a todos; en el Templo voy a rezar mucho, mucho, por vosotros y por el Señor Jesús».

Es conmovedor ver cómo estos hombres, que en su mayor parte no tiene hijos, se muestran paternales y maravillosamente próvidos para con el más pequeño de los discípulos de Jesús. Hasta el hombre de Endor muestra un rostro delicado cuando debe obligarle al pequeño a beberse un huevo, o cuando trepa por entre los arbolados que visten de verde las colinas y las montañas — cada vez más altas, cortadas por profundas hoces cuyo fondo sigue el camino principal — para coger ramitas acídulas de zarzamora o perfumados tallitos de hinojo silvestre, y se lo lleva al niño para mitigarle la sed sin que se llene demasiado de agua. Es conmovedor ver cómo le distraen del largo recorrido llamando su atención hacia los distintos detalles o panoramas.

El que muchos años antes fuera pedagogo en Cintium, destruido posteriormente por la maldad humana, ahora renace por este niño, mísero como él, y alisa las arrugas del infortunio y de la amargura asumiendo una sonrisa buena. El aspecto de Yabés, con sus sandalias nuevas y la carita menos triste, es ya menos menesteroso. No sé qué mano apostólica se ha preocupado de borrar de esa carita todas las señales de muchos meses de vida agreste, poniéndole en orden incluso el pelo, antes descuidado y polvoriento, ahora esponjoso e igualado por una enérgica lavada. También el hombre de Endor, que todavía se queda un poco perplejo cuando oye que le llaman Juan (si bien, cuando esto le sucede, en seguida menea la cabeza con una sonrisa compasiva hacia su poca memoria), está muy cambiado: cada día que pasa, su rostro va perdiendo esa cierta dureza que tenía y va adquiriendo una seriedad que no infunde miedo.

Naturalmente, estas dos miserias renacidas por la bondad de Jesús gravitan amantes hacia el Maestro; quieren a los compañeros, sí, ¡pero a Jesús!... Cuando Él los mira o les habla directamente, su expresión se vuelve dichosísima.

Detalle

La relación entre los Doce y Juan de Endor y el niño Marziam.

ECR 193.2 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Salvan una hoz y luego un collado verde, bellísimo, desde cuya cima todavía se entrevé la llanura de Esdrelón, lo cual hace suspirar al niño: «¿Qué estará haciendo mi anciano padre?» para terminar diciendo, con un suspiro muy triste y un brillo de llanto en sus ojos castaños: «Es mucho menos feliz que yo!... ¡con lo bueno que es!». Este lamento, a su vez, extiende sobre todos un velo de tristeza. Luego bajan por un valle fértil, lleno de olivares o campos cultivados. Un leve viento hace caer la nieve de las florecillas de las vides y de los olivos más precoces. Y pierden de vista definitivamente la llanura de Esdrelón.

Se detienen en el prado para proseguir después la marcha hacia Jerusalén. Debe haber llovido mucho — quizás es que es una zona muy rica en aguas subterráneas — porque las praderas parecen un aguazal poco profundo: en efecto, el agua brilla intensamente entre la tupida hierba y sube hasta lamer el camino, un poco más elevado pero, no obstante, muy embarrado. Los mayores se suben las túnicas, para que no acaben transformándose en una costra de barro. Judas Tadeo sube a hombros al niño, para que descanse y para atravesar más rápidamente la zona inundada, que quizás es insalubre.

Bordean otras colinas, atraviesan otro valle, pequeño, rocoso, seco. El día declina. Entran en un pueblo situado en lo alto de un ribazo rocoso y, abriéndose paso entre los muchos peregrinos, buscan alojamiento en una especie de albergue muy rústico (un cobertizo grande bajo el cual hay abundante paja extendida, nada más). Pequeñas lamparitas, encendidas acá o allá, iluminan las cenas de las familias de peregrinos; familias pobres, como la apostólica, porque los ricos, por lo general, han levantado sus tiendas fuera del pueblo, desdeñando todo contacto con los lugareños y con los peregrinos pobres.

Desciende noche y silencio... El primero que cae dormido es el niño, que se ha reclinado, cansado, en el regazo de Pedro, el cual, luego, le pone bien sobre la paja y le tapa solícito.

Jesús reúne a los mayores para hacer una oración, después cada uno va a echarse encima de la capa de paja para reponerse del mucho camino recorrido.

ECR 193.3 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Es ya de día otra vez. La comitiva apostólica, que se ha puesto en marcha por la mañana, está para entrar, al declinar el día, en Siquem, dejada ya atrás Samaria. Es una ciudad de bonito aspecto, rodeada de muros, coronada de edificios bellos y majestuosos en torno a los cuales se concentran casas lindas y ordenadas. (Me da la impresión de que esta ciudad, como Tiberíades, haya sido reconstruida poco antes y con sistemas tomados de Roma). Extramuros, alrededor, una faja de tierras fertilísimas y bien cultivadas.

ECR 193.5 · Volume 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«Bien, ya estamos ante las puertas de Siquem. Adelántate con tu hermano y con Judas de Simón para buscar dónde alojarnos. Yo voy a la plaza del mercado; allí te espero».

Se separan. Pedro galopa en busca de un alojamiento. Los demás caminan fatigosamente por los caminos llenos de gente que grita y gesticula, llenos de asnos, carros... todos dirigidos hacia Jerusalén para la Pascua ya inminente. Voces, unos que llaman a otros, imprecaciones... se mezclan con los rebuznos asnales, creando un bullicio que retumba fuerte bajo los atrios tendidos entre casa y casa: es un ruido que recuerda al murmullo de ciertas conchas cuando se arriman a la oreja. El eco va de una bóveda a otra, donde ya las sombras se dan cita, y la gente, como un flujo continuo de agua, se da a caminar por las calles, se adentra en búsqueda de un techo, de una plaza, de un prado, para pasar la noche...

Jesús, con el niño de la mano, apoyado en un árbol, espera a Pedro en la plaza, que con esta ocasión está continuamente llena de vendedores.

«¡Que no nos vea nadie y nos reconozca!» dice Judas Iscariote.

«¿Cómo se puede reconocer un grano entre la arena?» responde Tomás. «¿No ves qué gentío?».

Vuelve Pedro: «Fuera de la ciudad hay un cobertizo con heno. No he encontrado nada más».

«No vamos a buscar nada más. Es hasta demasiado para el Hijo del hombre».