ECR 180.4-6 · Volumen 3
El Evangelio como me ha sido revelado
Cita
Pedro se pone tan colorado, que da la impresión de que le esté viniendo un ataque apoplético. Permanece mudo durante unos momentos y luego dice: «Bueno, pues entonces dame el premio. La parábola de esta mañana...».
También los otros se unen a Pedro diciendo: «Sí. Lo has prometido. Las parábolas sirven para hacer comprender la comparación, pero nosotros comprendemos que su espíritu supera la comparación.
180.5
¿Por qué les hablas en parábolas?».
«Porque a ellos no se les concede entender más de lo que explico. A vosotros se os tiene que dar mucho más, porque vosotros, mis apóstoles, debéis conocer el misterio; por tanto, se os concede entender los misterios del Reino de los Cielos. Por esto os digo: “Preguntad, si no comprendéis el espíritu de la parábola”. Vosotros dais todo, y todo se os debe dar, para que a vuestra vez podáis dar todo. Vosotros dais todo a Dios: afectos, tiempo, intereses, libertad, vida. Y Dios os da todo, para compensaros y haceros capaces de dar todo en nombre de Dios a quienes vienen después de vosotros. De este modo, a quien ha dado le será dado, y con abundancia; pero, a quien sólo ha dado parcialmente o no ha dado en absoluto, le será incluso quitado lo que tenga.
Les hablo en parábolas para que viendo vean sólo lo que les ilumina su voluntad de seguir a Dios; para que oyendo — con la misma voluntad de adhesión — oigan y comprendan. ¡Vosotros veis! Muchos oyen mi palabra, pocos se adhieren a Dios; es incompleta la buena voluntad de sus espíritus. En ellos se cumple la profecía de Isaías: “Oiréis con los oídos pero no comprenderéis, miraréis con los ojos pero no veréis”. Porque este pueblo tiene un corazón insensible; sus oídos son duros y han cerrado los ojos para no oír y para no ver, para no comprender con el corazón y no convertirse para que los cure. ¡Pero, dichosos vosotros por vuestros ojos que ven, por vuestros oídos que oyen, por vuestra buena voluntad!
En verdad os digo que muchos profetas y justos desearon ver lo que vosotros veis y no lo vieron y oír lo que vosotros oís pero no lo oyeron. Se consumieron en el deseo de comprender el misterio de las palabras, pero, apagada la luz de la profecía, las palabras permanecieron como carbones apagados, incluso para el santo que las había recibido.
Sólo Dios se devela a sí mismo. Cuando su luz se retira, terminada su intención de iluminar el misterio, la incapacidad de comprender envuelve — como las vendas de una momia — la regia verdad de la palabra recibida. Por esto te he dicho esta mañana: “Un día volverás a encontrar todo lo que te he dado”. Ahora no puedes retenerlo. Pero tiempo llegará en que recibirás la luz, no sólo por un instante sino en un inseparable desposorio del Espíritu eterno con el tuyo, por lo que será infalible tu magisterio respecto a las cosas del Reino de Dios. Y, como en ti, en tus sucesores, si viven de Dios como su único pan.[1]
180.6
Escuchad ahora el espíritu de la parábola.
Tenemos cuatro tipos de campos: los fértiles, los espinosos, los pedregosos y los que están llenos de senderos. Tenemos también cuatro tipos de espíritus.
Por una parte, están los espíritus honestos, los espíritus de buena voluntad, preparados por esta misma buena voluntad y por la obra buena de un apóstol, de un “verdadero” apóstol. Porque hay apóstoles que tienen el nombre pero no el espíritu de apóstoles: su efecto sobre las voluntades que se están formando es más mortífero que los propios pájaros, espinos y piedras; con sus intransigencias, prisas, reprensiones y amenazas, trastocan todo, de tal forma, que alejan para siempre de Dios. Hay otros que, al contrario, por regar continuamente benevolencia desfasada, ajan la semilla en un terreno demasiado blando. Enervan, con su enervamiento, las almas que están bajo su custodia. Mas refirámonos a los verdaderos apóstoles, es decir, a los espejos límpidos de Dios: son paternos, misericordiosos, pacientes, y, al mismo tiempo, fuertes como su Señor. Pues bien, los espíritus preparados por éstos y por la propia voluntad se pueden comparar a los campos fértiles, exentos de piedras y zarzas, limpios de malas hierbas y cizaña; en ellos prospera la palabra de Dios; cada palabra — una semilla — produce una macolla y luego espigas maduras, y da en unos casos el cien, en otros el sesenta, en otros el treinta por ciento. ¿Entre los que me siguen hay de éstos? Sin duda. Y serán santos. Los hay de todas las castas, de todos los países, incluso gentiles hay (que darán también el cien por ciento por su buena voluntad; por ella únicamente, o también, además de por ella, por la de un apóstol o discípulo que me los prepara).
Los campos espinosos son aquellos en que la indolencia ha dejado penetrar espinosas marañas de intereses personales que ahogan la buena semilla. Es necesaria siempre una vigilancia sobre uno mismo; siempre, siempre... Nunca decir: “¡Ya estoy formado, he recibido ya la semilla, puedo estar tranquilo porque daré semilla de vida eterna!”. Es necesaria siempre una vigilancia: la lucha entre el Bien y el Mal es continua. ¿Alguna vez os habéis parado a observar una colonia de hormigas que se establece en una casa? Ya se las ve junto al hogar. La mujer ya no vuelve a dejar alimentos allí sino que los pone encima de la mesa; mas el olfato de las hormigas examina el aire y asaltan la mesa. La mujer pone los alimentos en el abaz, pero ellas pasan adentro a través de la cerradura. Entonces la mujer cuelga del techo esos alimentos, pero las hormigas recorren un largo camino por paredes y viguetas, bajan por la cuerda y comen. Entonces la mujer las quema, las envenena... y se queda tranquila creyendo que las ha destruido. ¡Ah, si no vigila, qué sorpresa! Ya salen las otras nuevas que han nacido... y vuelta a empezar. Esto durante el tiempo que dura la vida. Es necesario vigilarse para extirpar las plantas malas desde el primer momento en que aparecen; si no, harán un techo de zarzas y ahogarán el trigo. Los cuidados mundanos, el engaño de las riquezas, crean la maraña, ahogan la planta de la semilla de Dios y no dejan que llegue a hacerse espiga.
¿Y las tierras pedregosas?... ¡Cuántas hay en Israel!... Son las que pertenecen a los “hijos de las leyes” como muy acertadamente ha dicho mi hermano Judas. Estas tierras no tienen la piedra única del Testimonio; no, la piedra de la Ley, sino el pedregal de las pequeñas, pobres, humanas leyes creadas por los hombres; muchas, tantas, que con su peso han reducido a lascas incluso la piedra de la Ley. Se trata de un deterioro que impide completamente la radicación de las semillas. La raíz no tiene ya alimento. No hay tierra, no hay substancia. El agua, estancándose sobre el suelo de piedras, pudre; el sol se pone al rojo en esas piedras y quema las plantas tiernas. Son los espíritus de los que en lugar de la sencilla doctrina de Dios ponen complicadas doctrinas humanas. Reciben mi palabra hasta incluso con alegría; momentáneamente se sienten impresionados y seducidos por ella; pero luego... Sería necesario tener el heroísmo de trabajar duro para limpiar el campo, el espíritu y la mente de todo el pedregal de los oradores vacíos. Entonces la semilla echaría raíz y se haría una fuerte macolla. Sin embargo, así no es nada. Es suficiente un temor a represalias humanas, es suficiente la reflexión: “¿Y luego?, ¿qué respuesta voy a recibir de los poderosos?”, para que la pobre semilla, carente de alimento, languidezca. Es suficiente con que todo el pedregal se remueva con el sonido vano de los centenares de preceptos que han reemplazado al Precepto, para que el hombre perezca con la semilla recibida... Israel está lleno de ello. Esto explica por qué el ir a Dios está en razón inversa del poder humano.
Por último, las tierras surcadas de caminos, polvorientas, desnudas. Las de los mundanos, las de los egoístas. Su comodidad es su ley; su fin, gozar. No trabajar, sino vivir en la indolencia, reír, comer... En ellos reina el espíritu del mundo. El polvo de la mundanidad recubre el terreno y éste se hace arenoso. Los pájaros, o sea, el producto de su molicie, se lanzan hacia esos mil senderos que han sido abiertos para hacer más fácil la vida; luego el espíritu del mundo, o sea, el Maligno, picotea y destruye todas las semillas caídas en este terreno abierto a toda sensualidad y ligereza.
Detalle
Jesús acaba de felicitar a Pedro y Simón, y el hermano de Andrés aprovecha la ocasión para pedir una explicación de la parábola del sembrador.
Anotación
Dame la recompensaLa parábola de esta mañana... Pedro recuerda a Jesús su promesa de explicarles la parábola del sembrador.(EMV 179,5). (Véase Mateo 13, 10-11).
Evangelio de Mateo 13, 10-23
Mt 13, 10-23 : Los discípulos se acercaron a Jesús y le dijeron: "¿Por qué les hablas por parábolas? Él les contestó: "A vosotros se os ha dado conocer los misterios del Reino de los Cielos, pero a ellos no. Al que tiene, se le dará, y tendrá en abundancia; al que no tiene, aun lo que tiene se le quitará. Les hablo en parábolas, porque miran y no ven, y escuchan y no oyen ni entienden. Así se cumple para ellos la profecía de Isaías: Oiréis, pero no entenderéis. Miraréis, pero no veréis. Los corazones de este pueblo se han vuelto pesados: se han vuelto duros de oído, han cerrado los ojos, para que sus ojos no vean, sus oídos no oigan, sus corazones no entiendan, no se conviertan - y yo los sanaré. Pero en cuanto a vosotros, benditos sean vuestros ojos, porque ven, y vuestros oídos, porque oyen. En verdad os digo que muchos profetas y justos han querido ver lo que vosotros veis y no lo han visto, oír lo que vosotros oís y no lo han oído.
Escuchad, pues, lo que quiere decir la parábola del sembrador. Cuando alguien oye la palabra del Reino sin comprenderla, viene el Maligno y se lleva lo que está sembrado en su corazón: él es el campo sembrado junto al camino. El que recibió la semilla en terreno pedregoso es el que oye la Palabra e inmediatamente la recibe con alegría; pero no tiene raíces en él, es el hombre de un momento: cuando viene la angustia o la persecución a causa de la Palabra, inmediatamente tropieza. El que recibió la semilla en los espinos es el que escucha la Palabra; pero los afanes del mundo y el engaño de las riquezas ahogan la Palabra, y no da fruto. El que ha recibido la semilla en tierra buena es el que escucha la Palabra y la entiende: da fruto cien veces, sesenta veces o treinta veces."
Evangelio de Marcos 4, 10-20
Mc 4, 10-20 : Cuando se quedó solo, los que le rodeaban con los Doce le preguntaron por las parábolas. Él les dijo: "A vosotros se os ha dado el misterio del Reino de Dios; pero a los de fuera, todo se les presenta en forma de parábolas. Y así, como dice el profeta: 'Podrán mirar con todos sus ojos, pero no verán; podrán escuchar con todos sus oídos, pero no entenderán; o bien se convertirán y recibirán el perdón'.
Entonces les dijo: "¿No entendéis esta parábola? Entonces, ¿cómo entenderéis todas las parábolas? El sembrador siembra la Palabra. Hay quienes están junto al camino donde se siembra la Palabra: cuando la oyen, viene inmediatamente Satanás y les quita la Palabra sembrada. Y del mismo modo, hay quienes recibieron la semilla en lugares pedregosos: cuando oyen la Palabra, inmediatamente la reciben con alegría; pero no tienen raíz en ellos, son gente de un momento; si viene la angustia o la persecución a causa de la Palabra, inmediatamente tropiezan. Y hay otros que han recibido la semilla en los espinos: éstos oyen la Palabra, pero los afanes del mundo, el engaño de las riquezas y todas las demás concupiscencias los invaden y ahogan la Palabra, que no da fruto. Pero hay quienes han recibido la semilla en tierra buena: oyen la Palabra, la aceptan y dan fruto: treinta, sesenta, cien, por uno."
Evangelio de Lucas 8, 4-18
Lc 8, 4-18 : Como se reunían grandes multitudes y acudían a Jesús gentes de todas las ciudades, les contó una parábola: "El sembrador salió a sembrar la semilla y, mientras sembraba, parte cayó junto al camino. Los transeúntes la pisotearon y las aves del cielo se la comieron toda. También cayó en las piedras; creció y se secó, porque no tenía humedad. También cayó entre las zarzas, y éstas, al crecer con ella, la ahogaron. Finalmente, una parte cayó en tierra buena, y creció y dio fruto al ciento por uno". Al decir esto, levantó la voz: "El que tenga oídos para oír, que oiga".
Sus discípulos le preguntaron qué significaba esta parábola. Él les dijo: "A vosotros se os ha dado conocer los misterios del Reino de Dios, pero a los demás sólo parábolas. Por eso, como está escrito: Miran, pero no ven; oyen, pero no entienden. Esto es lo que significa la parábola. La semilla es la palabra de Dios. Entonces viene el diablo y les quita la Palabra del corazón, para impedir que crean y se salven. Hay quienes están sobre las piedras: cuando oyen, acogen la Palabra con alegría; pero no tienen raíces, creen por un momento y luego, en el momento de la prueba, se rinden. Los que han caído en los espinos son las personas que han escuchado, pero se ahogan en el camino por las preocupaciones, las riquezas y los placeres de la vida, y no alcanzan la madurez. Y los que han caído en tierra buena son los que han escuchado la Palabra con corazón bueno y generoso, que la retienen y dan fruto por su perseverancia. (...)
Ten cuidado con lo que escuchas. Porque al que tiene, se le dará; y al que no tiene, aun lo que cree tener se le quitará".
Evangelio de Lucas 10, 23-24
Lc 10, 23-24 : Luego se volvió a sus discípulos y les dijo en particular: "¡Dichosos los ojos que ven lo que vosotros veis! Porque os digo que muchos profetas y reyes quisieron ver lo que vosotros veis y no lo vieron, y oír lo que vosotros oís y no lo oyeron.