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Notas de la palabra clave

Creación - Lagos - Mares y océanos

Tema: La Creación

Comodidad de lectura

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ECR 5.10

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

¿Para quién habría hecho ese líquido azul: para el cielo, espejo; para la tierra, camino; sonrisa de aguas; voz de olas; palabra, también, que, con frufrú de roce de seda, con risitas de muchachas serenas, con suspiros de ancianos que recuerdan y lloran, con bofetadas de violentos, y con envites y bramidos y estruendos, siempre habla y dice: “Dios”? El mar es para vosotros, como lo son el cielo y los astros. Y con el mar los lagos y los ríos, los estanques y los arroyos, y los manantiales puros, que sirven, todos, para transportaros, para nutriros, para apagar vuestra sed y limpiaros, y que os sirven, sirviendo al Creador, sin salir a sumergiros, como merecéis.

Detalle

Jesús dice que hizo la creación para el hombre.

ECR 182.4 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

No os quejéis de estar lejos del mundo, porque ello os preserva de mucha corrupción. Dios no está lejos de vosotros, sino más cerca, en esa soledad donde habla su voz en el viento que Él ha creado, o en las hierbas y las aguas... más cerca que no entre los hombres.

ECR 187.3-4 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«¿Y aquí por dónde se pasa? No conozco bien esta zona» dice Tomás.

«Llegaremos al Tabor. Lo bordearemos en parte. Luego pasaremos cerca de Endor para ir a Naím, y de allí a la llanura de Esdrelón. ¡No temáis!... Doras, hijo de Doras, y Jocanán están ya en Jerusalén».

187.4

«¡Será precioso! Dicen que desde la cima, concretamente desde un punto de ella, se ve el mar grande, el de Roma. ¡Me gusta mucho! ¿Nos llevas a verlo?» suplica Juan, con su rostro de niño bueno alzado hacia Jesús.

«¿Por qué te gusta tanto verlo?» pregunta Jesús acariciándolo.

«No lo sé... Porque es grande y no se ve el límite... Me hace pensar en Dios... Cuando estuvimos en el Líbano, vi por primera vez el mar. Porque yo sólo había navegado el Jordán o nuestro pequeño mar... y lloré de emoción. ¡Tanto azul! ¡Tanta agua!... ¡Y que no se desborda nunca!... ¡Qué cosa más maravillosa! Y los astros, que trazan caminos de luz sobre la superficie del mar... ¡Oh, no os riáis de mí! Miraba el camino de oro del Sol hasta quedar cegado, el de plata de la Luna hasta henchir de fijo candor mis ojos, y los veía perderse muy lejos. Esos caminos me hablaban, me decían: “Dios está en aquella lejanía infinita, éstos son los caminos de fuego y pureza que un alma debe seguir para ir a Dios. Ven. Adéntrate en el infinito, remando por estos dos caminos y encontrarás al Infinito”».

«Eres poeta, Juan» dice Judas Tadeo admirado.

«No sé si esto es poesía, sé que me enciende el corazón».

«Pero si has visto el mar también en Cesarea y en Tolemaida, y bien cerca; ¡estábamos en la orilla! No veo la necesidad de recorrer tanto camino para ver más agua de mar. En el fondo... nosotros hemos nacido en el agua...» observa Santiago de Zebedeo.

«¡Y, por desgracia, también ahora estamos en el agua!» exclama Pedro, que, habiéndose distraído un momento por escuchar a Juan, no ha visto un charco traicionero y se ha puesto pingando... Se echan a reír; el primero, él.

Pero Juan responde: «Es verdad, pero desde lo alto es más bonito: se ve más y más lejos; se piensa más alto y con más amplitud... se desea... se sueña...». Juan verdaderamente ya está soñando... Mira hacia delante. Sonríe ante su sueño... Parece una rosa color carne salpicada de menudísimo rocío: efectivamente, su piel lisa y clara de joven rubio aparece intensamente aterciopelada y asperjada de fino sudor, de forma que asemeja ahora más todavía a un pétalo de rosa.

«¿Qué deseas? ¿Qué estás soñando?» pregunta Jesús a su predilecto en voz baja (parece un padre dirigiéndose con dulzura a su querido hijito que habla mientras duerme dulcemente): se lo pregunta con tanta dulzura — para no lacerar el sueño del enamorado —, que realmente hay que decir que le está hablando en el alma.

«Deseo ir por ese mar infinito... hacia otras tierras allende él... Deseo ir allí para hablar de ti... Sueño... sueño con ir a Roma, a Grecia, a los lugares oscuros para llevar la Luz... y así los que viven en las tinieblas entren en contacto contigo y vivan en comunión contigo, Luz del mundo... Sueño con un mundo mejor... con un mundo que mejorar a través de tu conocimiento, o sea, a través del conocimiento del Amor que nos hace buenos, puros, héroes... con un mundo que se ame en tu Nombre, y que por encima del odio, del pecado, la carne, el vicio de la mente, por encima del oro, por encima de todas las cosas, alce tu Nombre, tu Fe, tu Doctrina... y sueño con ir con estos hermanos míos por el mar de Dios, recorriendo caminos de luz, a llevarte a ti... de la misma forma que en su momento tu Madre te trajo del Cielo aquí, entre nosotros... Sueño con ser ese niño que, no conociendo sino el amor, se mantiene sereno incluso ante los tormentos... y que canta para infundir ánimo a los adultos, que reflexionan demasiado, y camina hacia la muerte sonriendo, hacia la gloria con aquella humildad de quien no sabe lo que hace, de quien sólo sabe que está yendo a ti, Amor...».

Los apóstoles se han quedado sin respiración durante la extática confesión de Juan; parados donde estaban, miran al más joven, oyéndole hablar con los ojos velados por sus párpados cual velo extendido sobre el ardor que sube del corazón; miran a Jesús, que se transfigura de alegría al verse tan completamente identificado en su discípulo...

Juan termina de hablar en una posición un poco inclinada hacia el suelo que recuerda la gracia de la humilde Virgen de la Anunciación de Nazaret; Jesús le besa entonces en la frente y dice: «Iremos a ver el mar, para que sueñes otra vez con la realización de mi Reino en el mundo».

ECR 204.4 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

« (...) ¿No es así?».

«Así es, Maestro. Los has visto y estudiado muy bien» dice Plautina, confirmando y en tono de alabanza.

«¡Pero si nos consta que no ha salido nunca de Palestina!» exclama Quintiliano.

«Nunca he salido para ir a Roma o a Atenas, pero no ignoro la arquitectura de Grecia ni la de Roma. En el genio del hombre que decoró el Partenón Yo estaba presente, porque Yo estoy dondequiera que haya vida y manifestación de vida; dondequiera que un sabio piense, un escultor esculpa, un poeta componga, una madre cante curvada hacia una cuna, un hombre trabaje los surcos, un médico luche contra las enfermedades, un ser vivo respire, un animal viva, un árbol vegete, allí estoy Yo, junto a aquel de quien procedo. En el estruendo del terremoto o el fragor de los rayos, en la luz de las estrellas o en el curso de las mareas, en el vuelo del águila y en el zumbido del mosquito, Yo estoy presente con el Creador altísimo».

«¿Entonces... Tú... Tú sabes todo?, ¿conoces tanto el pensamiento como las obras humanas?» pregunta Quintiliano.

«Yo sé».

Los romanos se miran estupefactos.

Detalle

Jesús describe extensamente los templos construidos por romanos y griegos.

ECR 216.1 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Una llanura martilleada por el Sol, que encandece los cereales maduros y extrae de ellos un olor que ya recuerda al pan. Huele a sol, a ropa lavada, a mieses en sazón... a verano.

Sí, cada estación — podría decir incluso cada mes y cada hora del día — tiene su olor, como también lo tiene cada lugar, para una persona de sentidos bien afinados y agudo espíritu de observación. El olor de un día invernal con viento cortante es muy distinto del olor suave de un día neblinoso de invierno, o del olor que la nieve esparce. Qué distinto de éstos es el olor de la primavera que llega, que anuncia su presencia antes de llegar, como un perfume que no es perfume, muy distinto del olor del invierno. Una buena mañana nos levantamos y... el aire tiene un olor distinto: es el primer suspiro de la primavera. Y así se va adelante: olores de los pomares en flor, luego olores de los jardines, de las mieses, hasta llegar a ese olor caliente de vendimia, pasando, como un intermedio, por el olor de la tierra después de una tormenta...

¿Y las horas? Sería necedad decir que el olor de la aurora es como el del mediodía, y éste como el de la tarde o el de la noche. El primero, fresco y virginal. El segundo, riente y lleno de vitalidad. El otro, cansado y saturado de todo lo que exhaló durante el día: sus olores. El último, el nocturno, es moderado, recogido, como si la tierra fuera una enorme cuna abierta para recibir el sueño de sus pequeñuelos.

¿Y los lugares? ¡Oh, el olor del litoral, tan distinto desde el alba a la tarde, del mediodía a la noche, de la tempestad a la calma, de las zonas de arrecife a las de playa baja! ¿Y el olor de las algas cuando quedan al aire después de las mareas, y parece como si el mar hubiera abierto sus entrañas para hacernos aspirar el olor acre de su fondo?: ¡qué distinto del de las llanuras de tierra adentro!, como éste lo es del de los lugares de colinas, y éste último del olor de los altos montes.

Grande es la infinitud del Creador, que ha imprimido una señal de luz o color o perfume o sonido o forma o altura en cada una de las infinitas cosas que ha creado. ¡Oh, belleza infinita del Universo — que no te veo sino... así, a través de las visiones y el recuerdo de lo que vi, amando a Dios y elevando a Él mi oración a través de tus obras y de la alegría que me producía el verlas —, cuán grande eres, potente, inagotable, exenta de monotonía! No, no eres monótono, ni inspiras monotonía, Universo de mi Señor; antes al contrario, el hombre al mirarte se renueva, se hace más bueno, más puro, se eleva, olvida... ¡Oh, deseo de mirarte continuamente y de olvidar lo bajo de los hombres, y amarlos en su alma y por su alma, para llevarlos a Dios!...

Así, siguiendo a Jesús, que va con sus apóstoles por esta llanura llena de mieses, me pongo de nuevo a divagar y me dejo apresar por la alegría de hablar de mi Dios en sus espléndidas obras; pues amor es, porque la criatura alaba en las criaturas aquello que en ellas ama, o, simplemente, alaba a las criaturas que ama. Lo mismo se da de la criatura al Creador: quien le ama le alaba, y cuanto más le ama más le alaba, por Él y por sus obras. Mas ahora impongo silencio a mi corazón para seguir a Jesús no como adoradora sino como fiel cronista.

Detalle

María Valtorta alaba al Creador en la Creación.