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Notas del tema

Vicios, defectos, imperfecciones, pecados y malas inclinaciones

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Comodidad de lectura

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ECR 188.10 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

El hombre, que va andando al lado de Jesús, esforzándose por el peso de su talego, despierta la curiosidad de Pedro: «¿Pero qué llevas ahí dentro que pesa tanto?» pregunta.

«La ropa... y libros... Mis amigos junto con los pollos, aunque después de éstos. No he podido separarme de ellos... y pesan».

«Sí, claro, la ciencia pesa, sí, y... ¿a quién le gusta?».

«Me han librado de volverme loco».

«¡Les tendrás estima!... Pero, ¿qué libros son?».

«Filosofía, historia, poesía griega, romana...».

«Interesantes, interesantes, sin duda interesantes; pero, ¿crees que vas a poder llevarlos siempre contigo?».

«Quizás también logre separarme de ellos, pero todo al mismo tiempo no se puede hacer, ¿no es verdad, Mesías?».

«Llámame Maestro. Sí, no se puede. De todas formas tendrás un sitio donde tener al seguro a tus amigos los libros. Te podrán servir para disputar con los paganos acerca de Dios».

«¡Qué depurado tu pensamiento de toda restricción!».

Jesús sonríe y Pedro exclama: «¡Hombre! ¡claro! ¡Él es la Sabiduría!».

«Es la Bondad, créelo. ¿Y tú eres culto?».

«¿Yo? ¡Cultísimo! Mi cultura no pasa de distinguir un sábalo de una carpa. Soy pescador, amigo» y Pedro ríe con humildad y franqueza.

«Eres un hombre honesto. Es una ciencia que uno aprende por sí mismo y que es muy difícil de poseer. Me resultas simpático».

«Tú también a mí, porque eres franco, incluso cuando te acusas. Perdono todo, ayudo a todos, pero soy enemigo despiadado de los falsos. Me repelen».

«Tienes razón, el falso es un delincuente».

«Tú lo has dicho, un delincuente. Dime, ¿no me dejas con confianza un poco tu talego? Total, estáte seguro de que con los libros no voy a huir... Es que me parece que vas con dificultad...».

«Veinte años de mina quebrantan. Pero... ¿por qué quieres cansarte tú?».

«Porque el Maestro nos ha enseñado a amarnos como hermanos. Dámelo. Toma tú a cambio mis trapajos. Mi fardo es ligero... No hay ni historias, ni poesías; mi historia, mi poesía y esa otra cosa que has dicho son Él, mi Jesús, nuestro Jesús».

Anotación

Te encontraré un lugar para guardar a tus amigos, los libros. Pueden serte útiles cuando hables de Dios con paganos. Alusión a Antioquía de Siria, donde Juan de En-Dor se vio obligado a exiliarse, pero donde, con la ayuda de Syntica, se fundó la futura comunidad cristiana descrita en los Hechos de los Apóstoles.

ECR 191.5-7 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

(...) Escuchad la parábola que he pensado para vosotros.

Había un hombre muy rico. Sus indumentos eran vistosísimos. Vestido de púrpura y de lino cendalí, se pavoneaba en las plazas y en su propia casa. Era reverenciado como el más poderoso del lugar por los habitantes de la ciudad, y por los amigos, que secundaban su soberbia para sacar provecho. Las salas de su casa estaban todos los días abiertas para celebrar espléndidos banquetes, hervidero de invitados — todos ricos y, por tanto, no necesitados — que adulaban al rico Epulón. Sus banquetes eran célebres por la abundancia de manjares y de vinos selectos.

En la misma ciudad había un mendigo, un mísero mendigo, verdaderamente mísero; tan mísero era éste cuanto rico era el otro. Pero, bajo la costra de la miseria humana del mendigo Lázaro, se celaba un tesoro aún mayor que su propia miseria y que la riqueza de Epulón; tal tesoro era la auténtica santidad de Lázaro: no había transgredido nunca la Ley, ni siquiera impulsado por la necesidad, pero, sobre todo, había cumplido el precepto del amor a Dios y al prójimo.

Como hacen siempre los pobres, se acercaba a las puertas de los ricos para pedir limosna y no morir de hambre; al declinar la tarde, todos los días, iba a la puerta de Epulón, esperando recibir al menos las migajas de los pomposos banquetes que en esas riquísimas salas se celebraban. Se echaba en el suelo, en la calle, junto a la puerta, y, paciente, esperaba. Pero, si Epulón se daba cuenta de que estaba ahí, mandaba que le alejasen, porque ese cuerpo cubierto de llagas, desnutrido, andrajoso, era un espectáculo demasiado triste para sus invitados; eso decía Epulón (en realidad era porque la vista de esa miseria y esa bondad le significaba un continuo reproche).

Más compasivos que él eran sus perros — que estaban bien alimentados y lucían valiosos collares —, pues se acercaban al pobre Lázaro y le lamían las llagas, gimoteando de alegría por sus caricias, y hasta incluso le llevaban las sobras de las ricas mesas; así Lázaro superaba la desnutrición por mérito de los animales (si hubiera sido por el hombre, habría muerto, pues el hombre no le permitía siquiera entrar en las salas después del banquete para recoger las migajas que hubieran caído de las mesas).

191.6

Un día Lázaro murió. Ninguno en esa tierra se dio cuenta, nadie le lloró; es más, Epulón se puso muy contento porque a partir de ese día dejó de ver a esa miseria, que él llamaba “oprobio”, al lado de su puerta. Pero en el Cielo sí lo advirtieron los ángeles, y en sus últimos estertores, en su covachuela fría y desposeída de todo, estaban presentes las cohortes celestes, las cuales, rutilantes, recogieron el alma de Lázaro y la llevaron entre cantos de aleluya al seno de Abraham.

Pasado un tiempo, murió Epulón. ¡Oh, qué funerales tan fastuosos! Toda la gente de la ciudad, que había estado al corriente de su agonía y que ahora se apiñaba en la plaza donde se alzaba la casa — para ser notados como amigos del grande, o por curiosidad o por interés hacia los herederos —, se unió al duelo. El vocerío subió hasta el cielo, y con el vocerío las falsas alabanzas al “grande”, al “benefactor”, al “justo” que había muerto.

¿Podrá, acaso, palabra humana alguna mutar el juicio de Dios? ¿Podrá apología humana alguna borrar lo que está escrito en el libro de la Vida? No, no puede. Lo juzgado juzgado está, lo escrito escrito está. A pesar de los solemnes funerales, el espíritu de Epulón fue sepultado en el Infierno.

Entonces, en esa horrenda cárcel, bebiendo y comiendo fuego y tinieblas, hallando odio y torturas en todos los lugares y en todos los instantes de esa eternidad, alzó la mirada al Cielo, a ese Cielo que había visto[4] en una exhalación, en un átomo de minuto, y cuya inefable belleza recordaba cual tormento entre atroces tormentos. Vio arriba a Abraham, lejano pero fúlgido, beato...; y en su seno, también fúlgido y beato, a Lázaro, a ese pobre Lázaro en otro tiempo despreciado, repelente, misero... ¿y ahora?... ¡ah!, ahora, hermoso con la luz de Dios y con su propia santidad, rico en amor de Dios, admirado, no ya por los hombres sino por los ángeles de Dios.

Epulón gritó llorando: “¡Padre Abraham, ten piedad de mí! ¡Manda a Lázaro — puesto que no puedo esperar que vengas tú —, manda a Lázaro para que moje la punta de un dedo en el agua y la ponga en mi lengua, para refrescarla, porque sufro atrozmente por esta llama que me penetra continuamente y me quema!”.

Abraham respondió: “Acuérdate, hijo, de que tuviste en la tierra todos los bienes, y Lázaro todos los males, y supo hacer del mal un bien, mientras que tú sólo supiste hacer el mal con tus bienes. Por tanto, es justo que ahora él, aquí, sea consolado y que tú sufras. Pero es que además no es posible lo que pides. Los santos están diseminados sobre la faz de la tierra para beneficio de los hombres, pero, cuando, a pesar de la extrema cercanía de éstos, el hombre sigue siendo lo que es — en tu caso, un demonio —, inútil es recurrir después a los santos. Ahora estamos separados. Las hierbas, en el campo, están mezcladas, mas, una vez cortadas, serán separadas las malas de las buenas. Lo mismo sucede con vosotros y nosotros: estuvimos juntos en la tierra y, contra el amor, nos arrojasteis de vuestra presencia, nos atormentasteis de todos los modos posibles, nos relegasteis al olvido; pues bien, ahora estamos divididos y entre vosotros y nosotros se abre un abismo tal, que los que quisieran pasar de aquí a vosotros no podrían, ni tampoco vosotros, que estáis allí, podéis salvar este abismo tremendo para venir a nosotros”.

191.7

Epulón, llorando con más fuerza, gritó: “Al menos, padre santo, manda — te lo ruego —, manda a Lázaro a casa de mi padre. Tengo cinco hermanos. Nunca he comprendido el amor, ni siquiera entre familiares. Pero ahora... ahora comprendo lo terrible que es el no ser amados. Y, dado que aquí, donde estoy, vive el odio, ahora he comprendido — por ese átomo de tiempo en que mi alma vio a Dios[5] – lo que es el Amor. No quiero que mis hermanos sufran estas penas. Tengo verdadero terror por ellos, porque llevan la misma vida que yo llevaba. ¡Oh, manda a Lázaro, a decirles dónde estoy y por qué; a decirles que el Infierno existe, y que es atroz, y que quien no ama a Dios y al prójimo viene al Infierno! ¡Mándale, para que actúen en consecuencia antes de que sea tarde, y así eviten el venir aquí, a este lugar de eterno tormento!”.

Pero Abraham respondió: “Tus hermanos tienen a Moisés y a los Profetas; que los escuchen”; a lo que Epulón, con un gemido de alma torturada, replicó: “¡Oh, padre Abraham, les hará más impresión un muerto; escúchame; ten piedad!”.

Pero Abraham dijo: “Si no han escuchado a Moisés y a los Profetas, no creerán tampoco a uno que resucite por una hora de entre los muertos para dirigirles palabras de Verdad. Y, además, no es justo que un bienaventurado deje mi seno para ir a recibir ofensas de los hijos del Enemigo. El tiempo de las injurias para él ya ha pasado; ahora está en la paz y en ella permanece, por orden de Dios, que ve la inutilidad de intentar la conversión de quienes no creen siquiera en la palabra de Dios y no la ponen en práctica”.

Ésta es la parábola. Su significado es tan claro que ni siquiera requiere explicación.

Anotación

En su dictado del 2 de agosto de 1943, Jesús se refiere a este rico malvado como Epulón, nombre de los sacerdotes encargados de organizar los banquetes en la antigua Roma, que el original de este episodio utiliza "Epulone" como equivalente de rico malvado.

"Volvió los ojos hacia el Cielo que había vislumbrado". Debe entenderse como Maria Valtorta comentó en una copia mecanografiada: "Volvió los ojos hacia el limbo de los santos que había vislumbrado... y cuya apacible belleza era ya inenarrable...".

"Durante aquel segundo en que mi alma vislumbró a Dios" debe entenderse en el sentido de "en el momento del juicio particular", como anota María Valtorta en una copia mecanografiada.

Evangelio de Lucas 16:19-31

Lc 16,19-31: "Había un hombre rico, vestido de púrpura y lino fino, que daba todos los días suntuosos banquetes. Ante su puerta yacía un pobre llamado Lázaro, cubierto de llagas. Le hubiera gustado comer lo que caía de la mesa del rico, pero los perros se acercaban y le lamían las llagas. El pobre murió y los ángeles se lo llevaron a Abraham. También el rico murió y fue sepultado.

Y cuando estaba en el Hades, fue torturado; y cuando levantó la vista, vio de lejos a Abrahán y cerca de él a Lázaro. Entonces gritó: "Padre Abrahán, ten piedad de mí y envía a Lázaro a mojar la punta de su dedo en agua para refrescar mi lengua, porque estoy sufriendo terriblemente en este horno. - Hijo mío -respondió Abraham-, recuerda: tú recibiste la felicidad durante tu vida, y Lázaro la desgracia durante la suya. Ahora él encuentra aquí consuelo, y tú, sufrimiento. Y además de todo eso, se ha abierto un gran abismo entre vosotros y nosotros, de modo que los que quisieran cruzar a vosotros no pueden, y de allí tampoco pueden cruzar a nosotros." El rico replicó: "Pues bien, Padre, te ruego que envíes a Lázaro a casa de mi padre. Porque tengo cinco hermanos: ¡que les dé su testimonio, no sea que vengan también ellos a este lugar de suplicio!" Abraham le dijo: "Tienen a Moisés y a los Profetas: ¡que los escuchen! - Él respondió: "No, padre Abrahán, pero si alguien de entre los muertos viene a ellos, se convertirán". Abraham respondió: "Si no escuchan a Moisés y a los Profetas, puede que alguien resucite de entre los muertos: no se convencerán""""

ECR 191.7 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

No es justo que un bienaventurado deje mi seno para ir a recibir ofensas de los hijos del Enemigo. El tiempo de las injurias para él ya ha pasado; ahora está en la paz y en ella permanece, por orden de Dios, que ve la inutilidad de intentar la conversión de quienes no creen siquiera en la palabra de Dios y no la ponen en práctica.

Detalle

En la parábola de Lázaro y el hombre rico, Abraham dice lo siguiente.

ECR 191.8 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Quisiera poderos ayudar a todos, incluso materialmente, pero no puedo. Éste es mi pesar. Sólo puedo señalaros el Cielo; sólo puedo enseñaros la gran sabiduría de la resignación y prometeros el Reino futuro. (...) Es mejor ser Lázaros que Epulones, creedme. ¡Bienaventurados seréis, si llegáis a creer esto!

ECR 195.1-2 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«Es que soy veterano, como maestro... y como alumno. Llevo toda mi vida aprendiendo. Primero aprendí a vegetar, luego observé la vida, después conocí la amargura de la vida. Ejercité una justicia inútil, la del “solo” contra Dios y contra la sociedad: Dios me castigó con el remordimiento; la sociedad, con las cadenas. Con lo cual, el ajusticiado, en el fondo, fui yo. Finalmente, ahora, he aprendido, estoy aprendiendo, a “vivir”. Así que, como comprenderás, por mi condición de maestro y de alumno, me viene natural repetir las lecciones».

«Pero yo soy el apóstol...».

«Y yo un desgraciado, ya lo sé, y no debería permitirme enseñarte a ti. Pero, mira, nunca se sabe lo que puede uno ser el día de mañana. Tenía la idea de que moriría como un hombre honrado y un maestro respetado en Chipre, y vine a ser un homicida y un condenado a cadena perpetua. Cuando alzaba el cuchillo para vengarme, cuando arrastraba las cadenas odiando al universo, si me hubieran dicho que sería discípulo del Santo, habría dudado del estado mental de quien me lo hubiera dicho. Y, a pesar de todo... ya lo ves. Por eso, quién sabe, a lo mejor puedo darte alguna lección buena a ti, que eres apóstol; por mi experiencia, no por santidad, que esto último ni siquiera se me pasa por la mente».

«Tiene razón ese romano al llamarte Diógenes».

«Bien... sí. Pero Diógenes buscaba al hombre y no lo encontró; yo, sin embargo, más afortunado que él, encontré, sí, primero una serpiente donde creía que estaba la mujer y un cuco donde veía al hombre amigo, pero luego, tras haber vagado muchos años, ya enloquecido por este conocimiento, he encontrado al Hombre, al Santo».

«Yo no conozco otra sabiduría sino la de Israel».

«Si es así, ya tienes con qué salvarte; pero ahora tienes también la ciencia, o mejor, la sabiduría, de Dios».

«Es lo mismo».

«¡No, no! Sería como comparar un día neblinoso con uno lleno de sol».

«En definitiva, ¿quieres darme lecciones? Pues yo no me siento con ganas de ello».

«¡Déjame hablar! Al principio, hablaba a los niños: se distraían; luego a los espectros: me maldecían; luego a los pollos: eran mucho mejores que los dos primeros grupos, mucho mejores; ahora hablo conmigo mismo, porque todavía no puedo hablar con Dios. ¿Por qué quieres impedírmelo? Tengo la vista reducida a la mitad, la vida quebrada por el esfuerzo hecho en las minas, el corazón enfermo desde hace muchos años: deja, al menos, que mi mente no se vuelva estéril».

«Jesús es Dios».

«Lo sé, lo creo; más que tú, porque yo he renacido por obra suya, tú no. Pero, aunque Él sea el Bueno, es siempre Él, o sea, Dios, y ese pobre desgraciado que soy yo no se atreve a tratarle con la familiaridad con que tú le tratas. Le habla mi alma, pero los labios no se atreven; el alma... y creo que Él siente cómo llora de amor agradecido y penitente».

195.2

«Es verdad, Juan. Siento tu alma — Jesús entra en la conversación; Judas se pone colorado de vergüenza y el hombre de Endor de alegría —. Es verdad, siento tu alma, como siento también el trabajo de tu mente. Bien has hablado. Cuando estés formado en mí, sacarás mucho beneficio de haber sido maestro y atento alumno. Habla, habla, aun contigo mismo...».

Detalle

Jean d'Endor expresa el odio que sentía en su corazón.

Anotación

- Este romano tiene razón al llamarte Diógenes. En 192.6.

Palabras clave

ECR 196.4.6 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Hay muchos amores, y de distintas potencias. Está el amor de primera potencia: el que se da a Dios. Luego, el amor de segunda potencia: el materno, o paterno. Porque, si el primero es enteramente espiritual, éste es en dos partes espiritual y en una carnal: se mezcla, sí, el sentimiento afectivo humano, pero predomina lo superior, porque un padre o una madre, sana y santamente tales, no dan sólo alimento y caricias a la carne de su hijo, sino que también nutren y aman su mente y su espíritu. Es tan cierto esto que estoy diciendo, que, quien se consagra a la infancia — aunque sólo fuere para instruirla — termina por amarla como si fuera su propia carne. (...) Existe amor hacia la compañera: es amor de tercera potencia, porque es — me refiero también en este caso a los sanos y santos amores — mitad espíritu mitad carne. El hombre para su esposa es maestro y padre, además de esposo; la mujer para su esposo es ángel y madre, además de esposa. Éstos son los tres amores más elevados. (...) El primero de la segunda serie es el amor al prójimo. En realidad es el cuarto en potencia. Luego viene el amor a la ciencia. Después el amor al trabajo.

Detalle

Resumen de los diferentes poderes del amor (explicados en detalle en esta nota).

ECR 196.5

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

puesto que en la creación, antes de la culpa, todo estaba regulado y basado sobre el amor, este multiplicarse de los hijos habría sido amor, santo, puro, poderoso, perfecto. Fue el primer mandamiento de Dios al hombre: “Creced, multiplicaos”. “Amad, por tanto, después de mí, a vuestros hijos”. El amor como es ahora, el actual generador de los hijos, entonces no existía. La malicia no existía y, por tanto — porque va con ella —, tampoco la execrable hambre carnal. El hombre amaba a la mujer, y la mujer al hombre, naturalmente, pero no naturalmente según la naturaleza como nosotros la entendemos — o, mejor, como vosotros, hombres, la entendéis —, sino según la naturaleza de hijos de Dios, o sea, sobrenaturalmente.

Anotación

"Sobrenaturalmente": María Valtorta anota en una copia mecanografiada: sin que el desorden de la malicia se uniera o incluso "sustituyera" a las leyes ordenadas de Dios, inherentes a la multiplicación y población de la tierra. Y añade al margen: Mientras el hombre permaneció en este orden, no nació en él el veneno de la triple concupiscencia que lo hizo delirante, luego rebelde, finalmente caído.