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ECR 173.5 · Volume 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«¡Maestro, contradices tus propias palabras!».

La ofensa, rencorosa y repentina, proviene del centro de la multitud. Todos se vuelven hacia el lugar de donde ha surgido la voz. Hay confusión.

Pedro dice: «¡Ya te lo había dicho... cuando hay uno de ésos, no va bien nada!».

De la muchedumbre se elevan silbidos y protestas contra el ofensor. Jesús es el único que conserva la calma. Ha cruzado sus brazos a la altura del pecho: alto, herida su frente por el sol, erguido sobre la piedra, con su indumento azul oscuro...

El que ha lanzado la ofensa, haciendo caso omiso de la reacción de la multitud, continúa: «Eres un mal maestro porque enseñas lo que no haces y...».

«¡Cállate! ¡Vete! ¡Deberías avergonzarte!» grita la multitud. «¡Vete con tus escribas! A nosotros nos basta el Maestro. ¡Los hipócritas con los hipócritas! ¡Falsos maestros! ¡Usureros!...». Y seguirían, si Jesús no elevase su voz potente: «¡Silencio! Dejadle hablar». La gente entonces deja de chillar, pero sigue bisbiseando sus improperios, sazonados con miradas furiosas.

«Sí, enseñas lo que no haces. Dices que se debe dar limosna, pero sin ser vistos, y Tú, ayer, delante de toda una multitud, dijiste a dos pobres: “Quedaos, que os daré de comer”».

«Dije: “Que se queden los dos pobres. Serán los benditos huéspedes que darán sabor a nuestro pan”. Nada más. No he dicho que quería darles de comer. ¿Qué pobre no tiene al menos un pan? Mi alegría consistía en ofrecerles buena amistad».

«¡Ya!, ¡ya! ¡Eres astuto y sabes pasar por cordero!...».

El anciano pobre se pone en pie, se vuelve y, alzando su bastón, grita: «Lengua infernal. Tú acusas al Santo. ¿Crees, acaso, saber todo y poder acusar por lo que sabes? De la misma forma que ignoras quién es Dios y aquel a quien insultas, así ignoras sus acciones. Sólo los ángeles y mi corazón exultante lo saben; oíd, hombres, oíd todos y juzgad después si Jesús es el embustero y soberbio de que habla este desecho del Templo. Él...».

«¡Calla, Ismael! ¡Calla por amor a mí! Si he alegrado tu corazón, alegra tú el mío guardando silencio» dice Jesús en tono suplicante.

«Te obedezco, Hijo santo. Déjame decir sólo esto: la boca del anciano israelita fiel le ha bendecido; a Él, que me ha concedido favor de parte de Dios. Dios ha puesto en mis labios la bendición por mí y por Sara, mi nueva hija; no así contigo: sobre tu cabeza no descenderá la bendición. No te maldigo, no ensuciaré con una maldición mi boca, que debe decir a Dios: “Acógeme”. No maldije a quien me renegó y ya he recibido la recompensa divina. Mas habrá quien haga las veces del Inocente acusado y de Ismael, amigo de este Dios que le concede su favor».

Gritos en coro cierran las palabras del anciano, que se sienta de nuevo, mientras un hombre, seguido de improperios, a hurtadillas, se aleja.

La muchedumbre grita: «¡Continúa, continúa, Maestro santo! Sólo te escuchamos a ti. Escúchanos a nosotros: ¡No queremos a esos malditos pájaros de mal agüero! ¡Son envidiosos! ¡Te preferimos a ti! Tú eres santo; ellos, malos. ¡Síguenos hablando, sigue! Ya ves que estamos sedientos sólo de tu palabra. ¿Casas?, ¿negocios?... No son nada en comparación con escucharte a ti».

«Seguiré hablando, pero orad por esos desdichados. No os exasperéis. Perdonad, como Yo perdono. Porque si perdonáis a los hombres sus fallos también vuestro Padre del Cielo os perdonará vuestros pecados; pero si sois rencorosos y no perdonáis a los hombres, tampoco vuestro Padre perdonará vuestras faltas. Todos tienen necesidad de perdón.

Detalle

Jesús está predicando. Le interrumpen.

Anotación

Pierre refunfuña: "¡Te lo dije! Cuando hay uno de esos... ¡se desata el infierno! De hecho, ya había advertido a Jesús de la presencia de este personaje en 173.1.

Jesús menciona esta interrupción al día siguiente (en MTS 174).

"¡Cállate, Ismael! Calla por mí" (...)

"Dios ha puesto en mis labios esta bendición para mí y para Sara, mi nueva hija. " Así nos enteramos de los nombres de los dos desgraciados, Ismael y Sara, que habían sido apresados el día anterior. Véase el capítulo anterior.

ECR 174.2 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

La gente va afluyendo sin interrupción. Sube por todos los lados.

Hay ancianos, personas sanas, enfermos, niños, recién casados que quisieran comenzar su vida con la bendición de la palabra de Dios, mendigos, gente bien situada (que llaman a los apóstoles para darles donativos para los necesitados; y tanto buscan un lugar escondido para ello, que parece que se estuvieran confesando).

Tomás ha cogido una de las alforjas de viaje y está echando en ella tranquilamente todo este tesoro de monedas, como si fuera comida para pollos; luego lo lleva todo junto a la piedra desde donde Jesús habla; y ríe alegre diciendo: «¡Mira qué bien, Maestro! ¡Hoy tienes para todos!».

Jesús sonríe y dice: «Vamos a empezar para que inmediatamente se alegren los que están tristes. Tú y los otros compañeros escoged a los enfermos y a los pobres y traedlos aquí delante».

Esta operación se realiza en un tiempo relativamente breve, pues se deben escuchar los casos de unos u otros; de todas formas, duraría mucho más sin la ayuda de Tomás, que, con su potente vozarrón, encima de una piedra para que le vean, grita: «Todos los que tengan padecimientos en su cuerpo que vayan a mi derecha, allí, a aquella sombra». A Tomás le imita Judas Iscariote — que también tiene una voz no común en cuanto a potencia y belleza — y a su vez grita: «Y todos los que crean tener derecho al óbolo que vengan aquí, alrededor de mí. Y atentos a no mentir porque el ojo del Maestro lee dentro de los corazones».

La muchedumbre comienza a fluir para separarse en tres partes: los enfermos, los pobres y los que sólo desean doctrina.

ECR 174.2-7

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

La muchedumbre comienza a fluir para separarse en tres partes: los enfermos, los pobres y los que sólo desean doctrina.

Entre estos últimos, dos — luego tres — parecen necesitar algo que no es ni salud ni dinero, pero que es más necesario que estas cosas: son una mujer y dos hombres. Miran, miran a los apóstoles sin atreverse a hablar. (...)

Jesús está ya dedicándose a los enfermos, y los gritos de hosanna de la multitud se intercalan entre cada uno de los milagros.

La mujer, que parece llena de pena, por fin se decide a tirar de la túnica a Juan, que está hablando con Andrés y sonríe; Juan se inclina hacia ella y le pregunta: «¿Qué quieres, mujer?».

«Quisiera hablar con el Maestro...».

«¿Tienes alguna dolencia? No eres pobre...».

«Ni tengo dolencias ni soy pobre, pero le necesito, porque hay enfermedades sin fiebre, como también miserias sin pobreza, y la mía... y la mía...» y se echa a llorar.

«Andrés, mira, esta mujer lleva una pena en su corazón y querría manifestársela al Maestro; ¿cómo podemos resolverlo?».

Andrés mira a la mujer y dice: «Claro, se tratará de algo que te duele manifestar...». La mujer asiente con la cabeza. Andrés prosigue: «No llores... Juan, preocúpate de que vaya a la parte de atrás de la tienda; yo llevaré allí al Maestro».

Juan, con su sonrisa, ruega a la gente que se abra para dejar paso. Andrés va, en dirección contraria, hacia Jesús.

Pero los dos hombres de aspecto afligido han observado este propósito y uno detiene a Juan y el otro a Andrés; poco después, tanto el uno como el otro están con Juan y la mujer detrás de la pared de ramajes que protege la tienda.

Andrés llega donde Jesús en el momento en que está curando al tullido, el cual levanta las muletas como si fueran dos trofeos, lozano como un bailarín, bendiciendo a gritos. Andrés susurra: «Maestro, detrás de nuestro cobertizo hay tres personas afligidas. Su angustia es por un asunto íntimo que no puede ser dado a conocer públicamente...».

«Bien. Todavía tengo a esta niña y a esta mujer. Luego voy. Ve a decirles que tengan fe».

Andrés se marcha (...)

Todas las expectativas de los enfermos han quedado satisfechas: ellos son los que más gritan entre la numerosa muchedumbre que aplaude al «Hijo de David, gloria de Dios y nuestra».

Jesús se dirige hacia el cobertizo.

Judas de Keriot grita: «¡Maestro!, ¿y éstos?».

Jesús se vuelve y dice: «Que esperen ahí; también serán consolados» y continúa su camino, con paso veloz, hacia la parte de atrás del entramado de ramajes, donde están, con Andrés y Juan, los tres afligidos.

«Primero la mujer. Ven conmigo. Entre esos matorrales. Habla sin temor».

«Señor, mi marido me abandona por una prostituta. Tengo cinco hijos; el último tiene dos años. Mi dolor es grande. Pienso en mis hijos... no sé si los querrá él o si me los dejará a mí. Querrá los varones, al menos el primero... ¿Y yo, que le he dado a luz, habré de privarme en el futuro de la alegría de verle? ¿Qué pensarán ellos de su padre y de mí? De uno de los dos tienen que pensar mal. No quisiera que juzgaran a su padre...».

«No llores. Soy el Dueño de la Vida y de la Muerte. Tu marido no se casará con esa mujer. Ve en paz y sigue siendo buena».

«Pero, ¿No le irás a matar, no! ¡Yo le amo, Señor!».

Jesús sonríe: «No mataré a ninguno; eso sí, habrá alguien que actuará en lo que es su oficio. Debes saber que el demonio no está por encima de Dios. Regresando a tu ciudad vendrás a tener noticia de que alguien mató a la criatura maléfica, y de un modo tal que tu marido comprenderá lo que estaba haciendo, y su amor por ti renacerá».

La mujer besa la mano que Jesús le había puesto sobre la cabeza, y se marcha.

174.6

Viene uno de los hombres. «Tengo una hija, Señor. Desgraciadamente, fue a Tiberíades con unas amigas. Fue como si hubiera respirado un gas tóxico. Volvió a mí como ebria. Quiere irse con un griego... y luego... Pero, ¿por qué tuvo que nacer! Su madre está enferma a causa de este dolor, hasta el punto de que quizás morirá. Sólo las palabras que te oí pronunciar el invierno pasado me disuaden de matarla. Pero — te lo confieso — mi corazón la ha maldecido ya».

«No. Dios, que es Padre, no maldice sino tras el pecado cumplido y obstinado. ¿Qué quieres de mí?».

«Que la conviertas».

«No la conozco, y está claro que ella no va a venir a mí».

«¡Tú puedes cambiar su corazón a distancia! ¿Sabes quién me ha enviado a ti? Juana de Cusa. Llegué a su palacio en el momento en que estaba saliendo para Jerusalén, para preguntarle si conocía a este griego infame. Pensaba que Juana no le conocería, porque, aunque viva en Tiberíades, es buena; pero, dado que Cusa trata con los gentiles... Efectivamente no le conocía, pero me dijo: “Ve donde Jesús, que me llamó el espíritu desde muy lejos y, al llamarme, me curó de mi etiquez: curará también el corazón de tu hija. Yo haré oración, tú ten fe”. Tengo fe, ya lo ves; ¡ten piedad, Maestro!».

«Tu hija, antes de que acabe el día, llorará sobre las rodillas de su madre; tú, por tu parte, sé bueno como la madre: perdona. El pasado ha muerto».

«Sí, Maestro. Será como Tú quieres. Bendito seas». Se vuelve para irse... Luego torna sobre sus pasos: «Perdona, Maestro, pero... tengo mucho miedo... ¡La lujuria es un demonio tan...! ¡Dame un hilo de tu vestido para meterlo bajo el cabezal de mi hija, para que el demonio no la tiente mientras duerme».

Jesús sonríe y menea la cabeza... Pero, para que el hombre se quede satisfecho, da su consentimiento y dice: «De acuerdo, para que estés más tranquilo. De todas formas, debes creer que cuando Dios dice: “quiero” el diablo se aleja sin necesidad de más cosas. Significa que conservarás esto como recuerdo mío». Y le da un fleco de una orla.

174.7

Viene el tercer hombre: «Maestro, mi padre ha muerto. Creíamos que tenía riquezas en dinero, pero no las hemos encontrado. El mal no sería grave porque entre los hermanos no nos falta el pan. Lo que sucede es que yo vivía con mi padre, porque soy el primogénito, y mis hermanos me acusan de haber hecho desaparecer las monedas, y quieren proceder contra mí por ladrón. Tú, que ves mi corazón, sabes que no he robado ni una perra. Mi padre conservaba sus denarios en un cofre, en una cajita de hierro. Cuando ha muerto hemos abierto el cofre, y ya no estaba la cajita. Ellos dicen: “Esa noche, mientras dormíamos, la has robado”. No es verdad. Ayúdame a poner paz y afecto entre nosotros».

Jesús le mira muy fijamente y sonríe.

«¿Por qué sonríes, Maestro?».

«Porque el culpable es tu padre. Su culpa ha sido como la de un niño que esconde su juguete por miedo a que se lo cojan».

«Pero si no era avaro. Créeme. Hacía el bien».

«Lo sé; pero era muy anciano... Son las enfermedades de los ancianos... Quería conservar su dinero para vosotros, y, por excesivo amor, ha provocado un choque entre tus hermanos y tú. La cajita está enterrada al pie de la escalera de la bodega. Esto te lo digo para que sepas que sé las cosas. Mientras te estoy hablando, por pura casualidad tu hermano menor, golpeando airado el suelo, ha hecho vibrar la cajita y la han descubierto; ahora se sienten confundidos y arrepentidos por haberte acusado. Vuelve a casa sereno y sé bueno con ellos. No les recrimines nada por su falta de estima».

«No, Señor. Ni siquiera iré. Me quedo aquí escuchándote. Ya iré mañana».

«¿Y si te quitan el dinero?».

«Tú dices que no debemos ser codiciosos. No quiero serlo. Me basta con que la paz reine entre nosotros. Por lo demás... ni siquiera sabía cuánto dinero había en la caja. No sentiré ningún pesar porque no me digan la verdad. Pienso que ese dinero se podría haber perdido... Como habría vivido, viviré, si me lo niegan. Me basta con que no me llamen ladrón».

«Estás muy avanzado en el camino de Dios. Sigue así. La paz sea contigo».

Y también éste se va contento.

ECR 174.3-4 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Pasa Bartolomé, anciano y serio; pasa Mateo con Felipe, llevando en brazos a un tullido, el cual, si no, hubiera tenido demasiada dificultad para abrirse paso entre la apiñada muchedumbre; pasan los primos del Señor, ofreciendo el brazo a un mendigo casi ciego, y a una pobre que quién sabe cuántos años podrá tener y que llora mientras le cuenta a Santiago todas sus desventuras; pasa Santiago de Zebedeo llevando en brazos a una pobre niña enferma que ha tomado de su madre — que le sigue angustiada — para impedir que la muchedumbre le haga daño (...).

Jesús está ya dedicándose a los enfermos, y los gritos de hosanna de la multitud se intercalan entre cada uno de los milagros. (...)

Andrés llega donde Jesús en el momento en que está curando al tullido, el cual levanta las muletas como si fueran dos trofeos, lozano como un bailarín, bendiciendo a gritos. Andrés susurra: «Maestro, detrás de nuestro cobertizo hay tres personas afligidas. Su angustia es por un asunto íntimo que no puede ser dado a conocer públicamente...».

«Bien. Todavía tengo a esta niña y a esta mujer. Luego voy. Ve a decirles que tengan fe».

Andrés se marcha mientras Jesús se inclina hacia la niña, a la que su madre ha tomado de nuevo sobre su regazo. «¿Cómo te llamas» le pregunta Jesús.

«María».

«¿Y Yo cómo me llamo?».

«Jesús» responde la niña.

«¿Y quién soy?».

«El Mesías del Señor, venido para curar los cuerpos y las almas».

«¿Quién te lo ha dicho?».

«Mi mamá y mi papá, que tienen puesta en ti la esperanza de mi vida».

«Vive y sé buena».

La niña — yo creo que estaba enferma de la columna, pues a pesar de tener ya unos siete años, o más, sólo movía las manos y estaba toda envuelta en gruesas y duras fajas desde las axilas hasta las caderas, que se ven porque su madre ha abierto el vestidito de la niña para mostrarlas — permanece así como estaba, durante unos minutos; luego, bruscamente, desciende del regazo materno al suelo y se echa a correr hasta Jesús, que ahora está curando a la mujer cuyo caso no alcanzo a entender.

Todas las expectativas de los enfermos han quedado satisfechas: ellos son los que más gritan entre la numerosa muchedumbre que aplaude al «Hijo de David, gloria de Dios y nuestra».

ECR 174.6 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Viene uno de los hombres. «Tengo una hija, Señor. Desgraciadamente, fue a Tiberíades con unas amigas. Fue como si hubiera respirado un gas tóxico. Volvió a mí como ebria. Quiere irse con un griego... y luego... Pero, ¿por qué tuvo que nacer! Su madre está enferma a causa de este dolor, hasta el punto de que quizás morirá. Sólo las palabras que te oí pronunciar el invierno pasado me disuaden de matarla. Pero — te lo confieso — mi corazón la ha maldecido ya».

«No. Dios, que es Padre, no maldice sino tras el pecado cumplido y obstinado. ¿Qué quieres de mí?».

«Que la conviertas».

«No la conozco, y está claro que ella no va a venir a mí».

«¡Tú puedes cambiar su corazón a distancia! ¿Sabes quién me ha enviado a ti? Juana de Cusa. Llegué a su palacio en el momento en que estaba saliendo para Jerusalén, para preguntarle si conocía a este griego infame. Pensaba que Juana no le conocería, porque, aunque viva en Tiberíades, es buena; pero, dado que Cusa trata con los gentiles... Efectivamente no le conocía, pero me dijo: “Ve donde Jesús, que me llamó el espíritu desde muy lejos y, al llamarme, me curó de mi etiquez: curará también el corazón de tu hija. Yo haré oración, tú ten fe”. Tengo fe, ya lo ves; ¡ten piedad, Maestro!».

«Tu hija, antes de que acabe el día, llorará sobre las rodillas de su madre; tú, por tu parte, sé bueno como la madre: perdona. El pasado ha muerto».

«Sí, Maestro. Será como Tú quieres. Bendito seas». Se vuelve para irse... Luego torna sobre sus pasos: «Perdona, Maestro, pero... tengo mucho miedo... ¡La lujuria es un demonio tan...! ¡Dame un hilo de tu vestido para meterlo bajo el cabezal de mi hija, para que el demonio no la tiente mientras duerme».

Jesús sonríe y menea la cabeza... Pero, para que el hombre se quede satisfecho, da su consentimiento y dice: «De acuerdo, para que estés más tranquilo. De todas formas, debes creer que cuando Dios dice: “quiero” el diablo se aleja sin necesidad de más cosas. Significa que conservarás esto como recuerdo mío». Y le da un fleco de una orla.

Detalle

Un hombre cuenta cómo fue a ver a Juana de Kouza a Tiberíades, después de que su hija hubiera sido seducida por un griego.

ECR 174.12 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Un fuerte movimiento entre la muchedumbre, que se agolpa hacia el sendero que sube al rellano. Las cabezas de los que están más cercanos a Jesús se vuelven. La atención se orienta hacia otro objeto. Jesús suspende su discurso y vuelve su mirada hacia donde los demás. Está serio; su aspecto es hermoso, con su indumento azul oscuro, los brazos recogidos sobre el pecho, y el sol rozándole la cabeza con el primer rayo que sobrepasa la cresta oriental del monte.

«¡Haceos a un lado, plebeyos!» grita una voz iracunda de hombre. «¡Haceos a un lado, que pasa esta belleza!»... Y se presentan cuatro petimetres todo acicalados — de los cuales uno es ciertamente romano porque viste toga romana — llevando como en triunfo, sobre sus manos cruzadas a manera de asiento, a María de Magdala, gran pecadora todavía.

Ella ríe con su bellísima boca, echando hacia atrás la cabeza de cabellera de oro, toda rizos y trenzas sujetos con horquillas preciosas y con una lámina de oro aljofarada con perlas que le ciñe la parte alta de la frente, diadema bajo la cual cuelgan sutiles rizos que velan los espléndidos ojos a los que un estudiado artificio hace aún más grandes y seductores de lo que ya de por sí son. La diadema queda celada detrás de las orejas, bajo la masa de trenzas que pesa sobre el cuello candidísimo y totalmente descubierto. Es más... lo descubierto es mucho más que el cuello. La espalda está descubierta hasta los omóplatos y el pecho mucho más. El vestido está sujeto a los hombros por dos cadenitas de oro. No tiene mangas. Todo está cubierto — por decirlo de alguna forma — por un velo cuyo único objetivo es el de proteger la piel para evitar que el sol la tueste demasiado. El vestido es muy ligero, de forma que la mujer, echándose — como hace —, zalamera, sobre uno u otro de sus adoradores, es como si se echara sobre ellos desnuda. Tengo la impresión de que el romano es el preferido porque es al que preferentemente dirige risitas y miradas y es quien más fácilmente recibe su cabeza sobre el hombro.

«Y así estará contenta la diosa» dice el romano. «Roma ha hecho de cabalgadura a la nueva Venus, y ahí está el Apolo que has querido ver. Sedúcele, pues... pero déjanos a nosotros también algunas migajas de tus halagos».

María ríe y con ágil y procaz movimiento salta al suelo, descubriendo los pequeños pies, calzados con sandalias blancas con hebillas de oro, y un buen trozo de pierna. Luego el vestido cubre todo; es amplísimo, de lana ligera como un velo, y blanquísima, sujeto a la cintura, muy abajo, a la altura de las caderas, por un cinturón cuajado de bullones sueltos de oro. La mujer está ahí, como una flor de carne — impura — que por un sortilegio hubiera florecido en la verde llanura poblada de muguetes y narcisos silvestres.

Está más hermosa que nunca. Su boca, pequeña y purpurina, parece un clavel florecido sobre el candor de su dentadura perfecta. El rostro y el cuerpo podrían satisfacer al más exigente de los pintores o escultores, tanto por tonalidad como por las formas. Su pecho y sus caderas tienen la amplitud justa. La cintura es flexuosa de modo natural, delgada en relación a las caderas y al pecho. Parece una diosa como ha dicho el romano, una diosa esculpida en un mármol levemente rosado. La leve tela cubre las caderas para luego pender por delante formando una masa de pliegues. Todo está estudiado para gustar.

Jesús la mira fijamente. Ella, con arrogancia, resiste su mirada mientras ríe y se contorsiona ligeramente por las cosquillas que el romano le está haciendo con un muguete cortado de entre la hierba pasándoselo por la espalda y el pecho, que tiene descubiertos. María, con un gesto estudiado y fingido de enojo, se coloca el velo diciendo: «Respeto hacia mi candor», lo cual hace a los cuatro prorrumpir en una fragorosa carcajada.

Jesús sigue mirándola fijamente. Apenas desvanecido el ruido de las carcajadas, Jesús, como si la aparición de la mujer hubiera reavivado llamas en el discurso que para terminar se adormecía, lo continúa con nueva fuerza, y ya no la mira a ella, sino a los que le estaban escuchando, que parecen sentirse en embarazo y escandalizados por esto que ha sucedido.

Palabras clave

ECR 174.13 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

He hablado de fidelidad a la Ley, humildad, misericordia, amor, no sólo hacia los hermanos de sangre sino hacia quien por el simple hecho de haber nacido, como vosotros, de hombre, es hermano vuestro. Os he dicho que el perdón es más útil que el rencor, que la compasión es mejor que la intransigencia. Mas ahora os digo que no se debe condenar si no se está exento del pecado por el que se tiende a condenar. No hagáis como los escribas y fariseos, que son severos con todos pero no consigo mismos; que llaman impuro a lo externo, que sólo puede contaminar lo externo, y luego dan cabida a la impureza en su más profundo interior: su corazón.

ECR 174.15 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Jesús dice entretanto a Pedro que desmonte el cobertizo.

«Pero... ¿realmente nos marchamos?».

«Sí».

«¿Porque ha venido ella?...».

«Sí; pero no se lo digas a nadie, y menos todavía a Simón Zelote: se entristecería por Lázaro. No puedo permitir que la palabra de Dios se transforme en juguete de paganos...».

«Comprendo, comprendo...».

«Pues comprende también otra cosa».

«¿Cuál, Maestro?».

«La necesidad de callar en ciertos casos. ¡Cuidado!; eres maravilloso, pero tu impulsividad es tanta que te lleva a hacer observaciones punzantes».

«Comprendo... No quieres por Lázaro y Simón...».

«Y por otros».

«¿Crees que también estarán hoy algunos de éstos?».

«Hoy, mañana, pasado mañana, siempre; como también siempre será necesario controlar la impulsividad de mi Simón de Jonás. Ve, ve a hacer lo que te he dicho».

Pedro se pone en movimiento y pide ayuda a sus compañeros.

Detalle

Tras la llegada de María Magdalena, entonces una gran pecadora, Jesús anunció su partida de los Cuernos de Hattin, donde habían permanecido unos días.

Anotación

- ¿Crees que habrá alguna hoy?

- Hoy, mañana y pasado mañana, siempre.

Sin duda, Jesús se refiere aquí a los fariseos, que pretenden hacer observaciones poco caritativas.

ECR 174.17-18 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«Maestro — dice Bartolomé — querría decir que hoy es viernes y que esta gente... no sé si va a tener tiempo de procurarse de comer para mañana o de llegar a sus casas».

«¡Es verdad! ¡Es viernes!» dicen varios.

«No importa. Dios proveerá. De todas formas vamos a decírselo».

Jesús se levanta y va hacia su nuevo puesto, o sea, con la gente que está diseminada entre los grupos de árboles.

«Lo primero es recordaros que hoy es viernes. Quien tema no poder llegar a tiempo a su casa y no sea capaz de creer que Dios mañana dará alimento a sus hijos, puede irse inmediatamente, de modo que no se le haga de noche por el camino».

De toda la gente se levantan unas cincuenta personas. Todos los demás permanecen donde están.

174.18 Jesús sonríe y empieza a hablar.

Detalle

El escriba Juan se encuentra entre la multitud mencionada en este extracto (como confirmará en el capítulo siguiente).

Anotación

Es la víspera del sábado, y la ley del descanso sabático prohíbe viajar después de las 6 de la tarde, hora de comienzo del día siguiente. El escriba Juan está entre los que van, como explica en el capítulo siguiente.

ECR 175.1-2 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Entre las muchas flores que perfuman el suelo y alegran la vista, se yergue el horrendo espectro de un leproso, llagado, maloliente, corroído.

La gente grita de espanto y se vuelca de nuevo hacia las primeras pendientes del monte. Hay quien incluso agarra piedras para tirárselas al imprudente.

Pero Jesús se vuelve, con los brazos abiertos, gritando: «¡Paz! ¡Quedaos donde estáis y no tengáis miedo! Dejad las piedras. Tened piedad de este pobre hermano. También él es hijo de Dios».

La gente obedece dominada por el poder del Maestro, que se acerca a través de las altas hierbas en flor hasta pocos pasos del leproso, el cual a su vez, habiendo comprendido que está bajo la protección de Jesús, se ha acercado también.

Ya próximo a Jesús, se postra: la hierba florecida le acoge, le sumerge, cual fresca y perfumada agua. Las flores ondean y se agrupan, como haciendo de velo a la miseria celada tras ellas. Sólo la voz quejumbrosa que de allí dentro proviene recuerda la presencia de un pobre ser. La voz dice: «Señor, si Tú quieres puedes limpiarme. ¡Ten piedad también de mí!».

Jesús responde: «Alza tu rostro y mírame. El hombre debe saber mirar al Cielo cuando cree en él; y tú crees, porque pides».

Las hierbas se agitan y se abren de nuevo. Aparece, cual cabeza de náufrago sobre la superficie del mar, el rostro del leproso, despojado de cabellos y de barba. Es una cabeza de calavera con restos de carne todavía.

Sin embargo, Jesús se atreve a colocar la punta de sus dedos en esa frente, en el punto en que está limpia, o sea, sin llagas, donde sólo es piel cinérea, escamosa, entre dos erosiones purulentas, de las cuales una ha destruido el cuero cabelludo y la otra ha abierto un hueco donde antes estaba el ojo derecho, de manera que no sabría decir si dentro de ese enorme agujero lleno de porquería, que va desde la sien hasta la nariz, dejando al descubierto el pómulo y el cartílago nasal, está o no todavía el globo ocular.

Y dice Jesús, manteniendo apoyada ahí la punta de su bonita mano: «Lo quiero. Queda limpio».

Y, como si el hombre no estuviera corroído por la lepra y llagado, sino sólo recubierto de porquería, y sobre él se arrojasen aguas purificadoras, el mal desaparece. Primero se cierran las llagas, luego recupera su color claro la piel, el ojo derecho vuelve a aparecer bajo el renacido párpado, los labios vuelven a cerrarse delante de los dientes amarillentos. Sólo le siguen faltando el pelo y la barba (aparecen escasos mechones de pelo en los lugares donde antes existía todavía un trocito de epidermis sana).

La muchedumbre grita de estupor. El hombre, por esos gritos de júbilo, comprende que ha quedado curado. Levanta las manos, que hasta este momento habían quedado escondidas entre la hierba, y se toca el ojo, en el lugar en que antes estaba el enorme agujero; se toca la cabeza, donde antes estaba la extensa llaga que dejaba al descubierto el hueso craneal, y siente la nueva piel. Entonces se pone en pie y se mira el pecho, las caderas... Todo ha quedado curado y limpio... El hombre se deja caer de nuevo sobre el prado florido llorando de alegría.

«No llores. Levántate y escúchame. Cumple el rito y vuelve a la vida; no hables a nadie hasta que no lo hayas cumplido. Preséntate lo antes posible al sacerdote, haz la ofrenda prescrita por Moisés como testimonio del milagro de tu curación».

«¡A ti te debería presentar mi testimonio, Señor!».

«Así lo harás amando mi doctrina. Ve».

Detalle

Curación de un leproso.

Anotación

Exponiendo el cigoma: Maria Valtorta fue enfermera en su juventud, así que sabe un par de cosas sobre anatomía.

Lo quiero. Ser purificado. Los biblistas suelen confundir este milagro, relatado en Mateo 8:1-3, con la curación del leproso Abel (Marcos 1:40-42; Lucas 5:12-13), que se describe en EMV 63:1/5.

"¿Puedo decirle al sacerdote que me has curado?

- No, no debes. Sólo dile: "El Señor tuvo misericordia de mí. Esa es la verdad". Nada más. A partir de entonces, la reputación de Jesús fue creciendo, y quiso evitar todo conflicto con los notables del templo durante el mayor tiempo posible.

Evangelio de Mateo 8, 1-4

Mt 8, 1-4 : Cuando Jesús bajó del monte, le seguían grandes multitudes. Se le acercó un leproso y, postrándose ante él, le dijo: "Señor, si quieres, puedes limpiarme". Jesús extendió la mano, le tocó y le dijo: "Quiero; queda limpio". Y al instante quedó limpio de la lepra. Jesús le dijo: "Ten cuidado, no digas nada a nadie, sino ve y muéstrate al sacerdote. Y da la ofrenda que mandó Moisés: será un testimonio para el pueblo".

Evangelio de Marcos 1, 40-45

Mc 1, 40-45 : Se le acercó un leproso, le rogó, cayó de rodillas y le dijo: "Si quieres, puedes limpiarme". Embargado por la compasión, Jesús extendió la mano, le tocó y le dijo: "Estoy dispuesto; queda limpio". Al instante, la lepra le abandonó y quedó limpio. Jesús lo despidió con firmeza, diciéndole: "Ten cuidado, no digas nada a nadie, sino ve y muéstrate al sacerdote, y da por tu purificación lo que prescribió Moisés en la Ley: será un testimonio para el pueblo". Una vez que se hubo ido, aquel hombre empezó a pregonar y a difundir la noticia, de modo que Jesús ya no podía entrar abiertamente en una ciudad, sino que se quedaba en lugares desiertos. Pero la gente acudía a él de todas partes.

Evangelio de Lucas 5, 12-14

Lc 5, 12-14 : Estaba Jesús en un pueblo cuando llegó un hombre cubierto de lepra; al ver a Jesús, se postró sobre su rostro y le suplicó: "Señor, si quieres, puedes limpiarme". Jesús extendió la mano y le tocó, diciendo: "Quiero; queda limpio". Al instante se le quitó la lepra. Entonces Jesús le ordenó que no se lo dijera a nadie: "En lugar de eso, ve a presentarte al sacerdote y dale por tu limpieza lo que mandó Moisés; será un testimonio para todos."