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Notas del tema

San José

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ECR 34

El Evangelio como me ha sido revelado

Detalle

Título del capítulo : La Adoración de los Magos. Se trata del "Evangelio de la fe".

Fecha de la visión: lunes 28 de febrero de 1944.

Calendario: octubre del año 4 a.C.

Lugar (mapa) : Belén

Ciclo: Nacimiento e infancia de Jesús

Resumen: María ve Belén en plena noche. La ciudad duerme. Entonces ve la estrella que guía a los Reyes Magos, que brilla con una intensidad sobrenatural. La estrella se detuvo frente a la posada donde se alojaba la Sagrada Familia. Los magos se detuvieron con sus criados y adoraron por primera vez al Salvador, inclinándose hasta el suelo. Luego se retiraron hasta la mañana siguiente. Para María, la visión se detiene y vuelve a comenzar tres horas más tarde.

Los Magos se habían preparado y vestían ropas majestuosas. Venían a saludar respetuosamente al Niño. Aprovechan la ocasión para hablar a su Madre de su viaje y le ofrecen tres regalos: oro, como corresponde a un Rey, incienso en su calidad de Dios, y mirra porque su Hijo, el Redentor del mundo, tendría que morir. María palideció ante esta mención, pero contuvo su sufrimiento tras una sonrisa. Los tres Magos quisieron saludar por última vez al Niño y se marcharon. José les acompaña hasta sus caballos.

A continuación, Jesús da un dictado para nuestro tiempo. Subraya la fe de los tres hombres, su abandono en Dios, porque no tienen dudas y le confían su viaje, sin divagar. Sus corazones sólo temblaron cuando llegaron a Jerusalén y la estrella se ocultó, pero su conciencia les tranquilizó. Cristo declara así que los que están acostumbrados a meditar y tienen una conciencia recta han aprendido a examinarse, para rectificarse al menor desliz de conducta.

Los Magos son también muy ricos, pero son humildes y, por tanto, verdaderamente grandes por su humildad. Se ven a sí mismos como polvo ante el Altísimo, y cuando llegan a una casa pobre, no se dicen: "¡Es imposible! La adoran y luego se marchan, preparándose para ir a ver dignamente a su Rey. Por eso se ponen sus mejores vestidos, a diferencia de los hombres que van a la Eucaristía con mil preocupaciones materiales.

Por último, Jesús hace dos consideraciones. La primera se refiere a José, que está encantado con los regalos, pero sigue siendo humilde. No se ofende porque María sea el centro de atención. También él era humilde porque era verdaderamente grande. La segunda se centra en María, que insta a Jesús a bendecir, incluso cuando se siente desanimado por nuestras malas acciones. Le besa la mano traspasada y le dice: "Tú eres el Salvador. ¡Salva! Jesús no puede rechazar a su Madre, pero nosotros debemos hacer el esfuerzo de acudir a ella.

Contenido del capítulo: 34.1: Los Evangelios de la fe. 34.2: El plano de la ciudad de Belén. 34.3: Una estrella crea allí un encantamiento. 34.4 : Los Magos se detienen allí de noche. 34.5 : A plena luz del día, llevan sus regalos. 34.6: Se arrodillan ante el Niño. 34.7: El mayor cuenta la historia de su viaje. 34.8: El significado del oro, el incienso y la mirra. 34.9: Se van de casa con pesar. 34.10 : Los Magos tenían fe en todo. 34.11 : No buscaban ningún interés personal. 34.12 : La rectitud de su conciencia. 34.13 : Su humildad ante Dios. 34.14 : Su piedad. 34.15 : Son humildes, generosos, obedientes y respetuosos unos con otros. 34.16 : José guardián y protector de la Pureza y la Santidad, sin usurpar derechos. 34.17 : María es nuestra Abogada. 34.18 : Medita e imita.

ECR 34.6

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

34.6 María está sentada con José, en pie, a su lado. Tiene al Niño en su regazo. No obstante, cuando ve entrar a los tres Magos, se levanta y hace una reverencia. Está toda vestida de blanco. ¡Qué hermosa, con su sencillo vestido blanco que la cubre desde la base del cuello hasta los pies, desde los hombros hasta sus delgadas muñecas; qué hermosa, con su cabeza pequeña coronada de trenzas rubias, con ese rostro suyo más vivamente rosado por la emoción, con esos ojos que sonríen dulcemente, con esa su boca que se abre para saludar diciendo: «Dios sea con vosotros»! Tanto es así, que los tres Magos, impresionados, se detienen un instante. Pero luego caminan otro poco y se postran a sus pies. Y le ruegan que se siente.

Ellos no, no se sientan, a pesar de los ruegos de Ella; permanecen de rodillas, relajados sobre los talones. Detrás, también de rodillas, los tres pajes; se han detenido apenas traspasado el umbral de la puerta, han depositado delante de ellos los tres objetos que llevaban y están esperando.

Los tres Sabios contemplan al Niño, que creo que puede tener de nueve meses a un año, pues su aspecto es muy vivaz y pujante; está sentado sobre el regazo de su Mamá, y sonríe y balbucea con una vocecita de pajarillo. Está vestido todo de blanco como su Mamá; en sus diminutos piececitos, unas pequeñas sandalias. Es un vestidito muy sencillo: una tuniquita de la que sobresalen los bonitos piececitos inquietos y las manitas gorditas que querrían agarrar todas las cosas, y, sobre todo, la lindísima carita en que brillan los ojos azul oscuros y la boca hace hoyitos a los lados riendo y descubriendo los primeros dientecitos diminutos. Los ricitos de Jesús son tan lúcidos y vaporosos, que parecen polvo de oro.

Detalle

Los Reyes Magos se reúnen con María, José y Jesús.

ECR 34.9

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

34.9 Los tres Magos devuelven el Niño a María y se levantan. También se pone en pie María. Inclinan mutuamente la cabeza en gesto de reverencia. Antes el más joven había dado una orden al siervo y éste había salido. Los tres siguen hablando todavía un poco. No saben decidirse a separarse de esa casa. Lágrimas de emoción en sus ojos... Al final se dirigen hacia la salida acompañados por María y José.

El Niño ha querido bajar y darle la manita al más anciano de los tres, y anda así, de la mano de María y del Sabio, los cuales se inclinan para tenerle de la mano. Jesús, con su pasito todavía inseguro de infante, ríe, golpeando con sus piececitos sobre la franja que el sol dibuja en el suelo.

Llegados al umbral de la puerta — téngase presente que la habitación tenía la misma largura de la casa — los tres se despiden arrodillándose una vez más y besando los piececitos de Jesús. María, inclinada hacía el Pequeñuelo, le toma la manita y la guía y hace así ésta un gesto de bendición sobre la cabeza de cada uno de los Magos. Es éste ya un signo de cruz trazado por los pequeños dedos de Jesús, guiados por María.

Tras ello, los tres bajan la escalera. La caravana ya está ahí esperando preparada. Los bullones de las cabalgaduras reflejan el Sol del ocaso. La gente se ha agolpado en la placita para ver este insólito espectáculo.

Jesús ríe dando palmadas con sus manitas. Su Mamá le ha alzado y le ha apoyado en el ancho parapeto que limita el descansillo, y le tiene con un brazo sujeto contra su pecho para que no se caiga. José, que ha bajado con los tres Magos, sujeta a cada uno de ellos el estribo al subirse éstos a los caballos o al camello.

Ya todos, siervos y señores, están a caballo. Se da orden de marcha. Los tres, como último saludo, se inclinan hasta tocar el cuello de la cabalgadura. José hace una reverencia. María también, volviendo a guiar la manita de Jesús en un gesto de adiós y bendición.

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Los Reyes Magos han contado su viaje, han ofrecido sus regalos y han adorado a Cristo. Ahora se marchan.

ECR 34.16

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

34.16 Mas hay, todavía, hijos, otras dos enseñanzas en esta visión.

Cómo José sabe estar dignamente en “su” puesto. Está presente como custodio y tutor de la Pureza y de la Santidad, pero sin usurpar sus derechos. María, con su Jesús, es quien recibe dones y palabras; José exulta por Ella y no se siente herido de ser una figura secundaria. José es un justo, es el Justo, y es justo siempre, y en este momento también lo es. No se embriaga con los vapores de la fiesta. Permanece humilde, justo.

Se alegra de esos regalos. No por él mismo, sino pensando que con ellos va a poder hacerles más cómoda la vida a su Esposa y a su dulce Niño. En José no hay avaricia. Es un trabajador y va a seguir trabajando; pero otra cosa es que “Ellos”, sus dos amores, puedan vivir con desahogo y comodidad. Ni él ni los Magos saben que esos regalos van a ser útiles para una fuga, para una vida en el exilio (en las que los haberes se disipan como una nube bajo la acción del viento), y para regresar a la patria, tras haber perdido todo: clientes, mobiliario, enseres; sólo con las paredes de la casa, que Dios la protegería porque en ese lugar Él se había unido a la Virgen y se había hecho Carne.

José es humilde — él, que es custodio de Dios y de la Madre de Dios y Esposa del Altísimo — hasta el punto de sujetar el estribo a estos vasallos de Dios. Es un pobre carpintero, debido a que el despotismo humano ha despojado a los herederos de David de sus regios haberes, pero sigue siendo de estirpe real y posee rasgos de rey. De él hay que decir también: “Era humilde porque era realmente grande”.

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Jesús habla de los Magos que llegaron de noche a Belén con tres regalos: oro, incienso y mirra (véase EMV 34.1-9).

ECR 35

El Evangelio como me ha sido revelado

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Título del capítulo : La huida a Egipto. Enseñanzas sobre la última visión relacionada con la venida de Jesús.

Fecha de la visión y del dictado: Viernes 9 de junio de 1944.

Calendario: Finales del 4 de noviembre a.C. Período de la Fiesta de las Luces, final de Kisleu.

Localización (mapa) :Belén

Ciclo: Nacimiento e infancia de Jesús

Resumen: José duerme en la casa de Belén. Parece tener un dulce sueño, luego parece turbado antes de despertar. Después de vestirse, va a ver a la Virgen, que está rezando junto al Niño. Le dice que deben partir inmediatamente, pues un ángel le ha advertido que huya a Egipto. María accede de inmediato y prepara sus pertenencias de forma rápida pero ordenada. José volvió para llevarse una parte de sus pertenencias y le dijo con tristeza que tenían que llevarse todo lo que pudieran, ya que tendrían que permanecer lejos durante mucho tiempo. María siguió recogiendo las pocas cosas que quedaban y luego preparó a Jesús. Cuando se queda dormido, después de tomarle la leche, José vuelve y le dice que Herodes quiere matar al niño. Esto traspasó el corazón de María. Lloró y declaró que le estaba costando mucho a José, pero él le contestó que ella siempre le consolaría, y que la riqueza de los Reyes Magos les ayudaría en los primeros días. Ambos estaban tristes por tener que marcharse, por dejarlo todo y no volver a Nazaret, pero mientras tuvieran a Jesús, lo tenían todo.

Los padres del Salvador abandonan la casa y, tras saludar al dueño de la casa, parten hacia Egipto.

A continuación, Jesús pronuncia un dictado y subraya la sencillez de esta visión, que no disminuye en nada la humanidad de María y Jesús ni la divinidad de Cristo. Demasiado a menudo -dice- nos desanimamos pensando que María, Jesús y José eran fuertes y que "eran ellos". Pero el sufrimiento fue siempre su fiel compañero. No experimentaron las pasiones propias de los vicios, porque cerraron su corazón a Satanás. En cambio, sí tuvieron muchas pasiones, como el amor a la patria, el santo afecto a su familia, etc. Pero no se dejaron vencer por sus pasiones. Pero no dejaban que esas pasiones se interpusieran en su camino cuando se trataba de seguir la voluntad de Dios.

También Jesús siguió siempre la voluntad de Dios, aunque eso le granjeara el odio de los judíos y la animadversión de Judas. A continuación critica a los grandes hombres de este mundo, y luego se detiene en la castidad de José y la virginidad de María, afirmándolas en blanco y negro y volviendo sobre las palabras de Mateo. En efecto, el evangelista tomó sus fuentes directamente de María, y su virginidad perpetua era una verdad conocida desde los primeros tiempos.

Cristo se detiene largamente sobre la palabra "mujer" en la Biblia, para mostrar que este término no es un lenguaje proscrito, infame, impuro. Luego se detuvo en las palabras de Mateo para decir que María era "la verdadera Madre de Jesús sin ser esposa de José. Seguirá siendo siempre: la Virgen, esposa de José".

Contenido del capítulo: 35.1: Un sueño hace que José se levante en mitad de la noche. 35.2: Al amanecer, huimos. 35.3: María se apresura a recoger sus cosas. 35.4: Despierta al niño y le da el pecho. 35.5: Tenemos la riqueza de los Magos y a Dios con nosotros. 35.6: Partida con tres caballos. 35.7: Los hombres, creyendo hacer lo correcto, hicieron irreal lo que hubiera sido tan hermoso dejar real. 35.8: Nuestras honorables pasiones humanas. 35.9: No busqué la grandeza mundana. 35.10: La virginidad de María y la castidad de José. 35.11: El dolor de María al ser arrancada de su hogar.

ECR 35.1-3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

35.1 Mi espíritu ve la siguiente escena.

Es de noche. José está durmiendo en su modesto lecho, en su diminuta habitación. Su sueño es pacífico, como el de quien está descansando del mucho trabajo cumplido con honradez y diligencia.

Le veo en la oscuridad de la estancia, oscuridad apenas interrumpida por un hilo de luz lunar que penetra por una rendija de la hoja de la ventana, que está sólo entornada, no cerrada del todo, como si José tuviera calor en esta pequeña habitación, o como si quisiera tener ese hilo de luz para saberse medir al amanecer y levantarse diligentemente. Está girado sobre uno de los lados, y sonríe mientras duerme, quién sabe ante qué visión que está soñando.

Pero su sonrisa se transforma en congoja. Emite el típico suspiro profundo de quien está teniendo una pesadilla, y se despierta sobresaltado. Se sienta en la cama, se restriega los ojos, mira a su alrededor, y mira hacia la ventanita de la que proviene ese hilo de luz. Es plena noche; no obstante, coge la prenda de vestir que está extendida a los pies de la cama y, todavía sentado en el lecho, se la pone encima de la túnica blanca de manga corta que tenía sobre la piel. Levanta las mantas, pone los pies en el suelo y busca las sandalias. Se las pone y se las ata. Se pone en pie y se dirige hacia la puerta que está frente a su cama; no hacia la que está lateral a la misma y que conduce al salón en que fueron recibidos los Magos.

Llama suavemente con la punta de los dedos: un casi insensible tic-tic. Debe haber oído que se le invita a entrar, pues abre con cuidado la puerta y la vuelve a entornar sin hacer ruido. Antes de ir a la puerta había encendido una lamparita de aceite, de una sola llama; por tanto, se ilumina con ella. Entra... En una habitacioncita sólo un poco más grande que la suya, con una cama pequeña y baja al lado de una cuna, ya ardía una lamparita: la llamita oscilante, en un rincón, parece una estrellita de luz tenue y dorada que permite ver sin molestar a quien esté dormido.

35.2 Pero María no está dormida, está arrodillada junto a la cuna. Tiene un vestido claro y está orando, y velando a Jesús, que duerme tranquilo. Jesús tiene la edad de la visión de los Magos. Es un niño de un año aproximadamente, un niño guapo, rosado y rubio, y está durmiendo, con su cabecita ensortijada hundida en la almohada y una manita bien cerrada junto a la garganta.

«¿No duermes?» pregunta José en voz baja denotando asombro. «¿Por qué? ¿Jesús no está bien?».

«¡Oh, no! Él está bien. Yo estoy rezando. Luego me echaré a dormir. ¿Por qué has venido, José?». Mientras habla, María sigue arrodillada donde estaba antes.

José, en voz bajísima para no despertar al Niño, pero en tono apremiante, dice: «Tenemos que irnos de aquí en seguida, en seguida. Prepara el baulillo y un fardo con todo lo que puedas meter en ellos. Yo me encargo de preparar lo demás, llevaré lo más que pueda... Cuando empiece a clarear huimos. Lo haría incluso antes, pero tengo que hablar con la dueña de la casa...».

«¿Y por qué esta huida?».

«Después te lo explico mejor. Es por Jesús. Un ángel me ha dicho: “Toma al Niño y a la Madre y huye a Egipto”. No pierdas tiempo. Yo ya empiezo a preparar todo lo que pueda».

35.3 No era necesario decirle a María que no perdiese tiempo. Apenas ha oído hablar de ángel, de Jesús y de huida, ha comprendido que un peligro se cierne sobre su Criatura, y de un salto se ha puesto en pie; su cara más blanca que un cirio, una mano contra el pecho, angustiada. En seguida se ha puesto en movimiento, ágil, ligera, y ha empezado a colocar la ropa de vestir en el baulillo y en un fardo grande que ha extendido primero sobre su cama aún intacta. Sin duda está angustiada, pero no pierde las riendas; hace las cosas con rapidez pero no sin orden. De vez en cuando, pasando junto a la cuna, mira al Niño, que duerme ajeno a lo que está sucediendo.

«¿Necesitas ayuda?» pregunta cada cierto tiempo José, asomando la cabeza por la puerta entreabierta.

«No, gracias» responde siempre María.

Hasta que el fardo — que debe pesar bastante — no está lleno, no llama a José para que la ayude a cerrarlo y a quitarlo de encima de la cama. No obstante, José quiere hacerlo solo; coge el largo fardo y se lo lleva a su cuarto.

«¿Cojo también las mantas de lana?» pregunta María.

«Coge todo lo más que puedas; todo el resto lo perderemos. Toma todo lo que puedas. Nos servirá porque... ¡porque tendremos que estar fuera mucho tiempo, María!...». José está muy apenado al decir esto, y María... se puede uno hacer idea de cómo está; suspirando, dobla las colchas suyas y las de José, y éste las ata con una cuerda. «Dejamos los bordados y las esterillas» dice mientras está atando las colchas. «A pesar de que voy a tomar tres burros, no puedo cargarlos demasiado, pues el camino será largo e incómodo, parte entre montañas y parte por el desierto. Tapa bien a Jesús. Las noches serán frías, tanto en las montañas como en el desierto. He cogido los regalos de los Magos, porque en aquella tierra nos vendrán bien. Todo lo que tengo lo gasto para comprar los dos burros. Debo comprarlos, porque no podemos devolverlos. Voy ahora, antes de que amanezca. Sé dónde buscarlos. Tú termina de prepararlo todo». Y se marcha.

María recoge todavía algunos objetos. Observa a Jesús y sale, para volver con unos vestiditos que parecen todavía húmedos — quizás se lavaron el día antes —; los dobla y los envuelve en un pedazo de tela y los coloca junto con las otras cosas. Ya no queda nada más.

Se vuelve mirando a su alrededor y ve, en un rincón, un juguete de Jesús: una ovejita tallada en madera. La toma en sus manos... un sollozo entrecortado... un beso: la madera conserva las huellas de los dientecitos de Jesús, y las orejas de la ovejita están del todo llenas de mordisquitos. María acaricia ese objeto sin valor en sí, de una pobre madera clara, pero de mucho valor para Ella, ya que le habla del afecto de José por Jesús, y de su Niño. Lo pone también con las otras cosas encima del baulillo cerrado.

Detalle

Este capítulo ilustra la Huida a Egipto.

Mateo 2, 13-23: Cuando se fueron, el ángel del Señor se apareció en sueños a José y le dijo: "Levántate, toma al niño y a su madre, y huye a Egipto. Quédate allí hasta que yo te diga, porque Herodes estará buscando al niño para matarlo. José se levantó, tomó al niño y a su madre aquella noche y huyó a Egipto, donde permaneció hasta la muerte de Herodes, para que se cumpliera la palabra del Señor pronunciada por el profeta: "De Egipto llamé a mi hijo".

Cuando Herodes vio que los magos se habían burlado de él, montó en cólera. Mandó matar a todos los niños de hasta dos años de Belén y de toda la región, según la fecha que le habían dicho los magos. Entonces se cumplieron las palabras pronunciadas por el profeta Jeremías: "Hay un clamor en Ramá, llanto y longanimidad: es Raquel que llora por sus hijos y no quiere ser consolada, porque ya no están".

Después de la muerte de Herodes, el ángel del Señor se apareció en sueños a José en Egipto y le dijo: "Levántate, toma al niño y a su madre y vete a tierra de Israel, porque han muerto los que buscaban la vida del niño". José se levantó, tomó al niño y a su madre y se fue al país de Israel. Pero cuando se enteró de que Arkelaus gobernaba en Judea en lugar de su padre Herodes, tuvo miedo de ir allí. Advertido en sueños, se retiró a la región de Galilea y vino a vivir a una ciudad llamada Nazaret, para que se cumpliera la palabra pronunciada por los profetas: Será llamado Nazareno.

ECR 35.2-3.5-6

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

María no está dormida, está arrodillada junto a la cuna. Tiene un vestido claro y está orando, y velando a Jesús, que duerme tranquilo. Jesús tiene la edad de la visión de los Magos. Es un niño de un año aproximadamente, un niño guapo, rosado y rubio, y está durmiendo, con su cabecita ensortijada hundida en la almohada y una manita bien cerrada junto a la garganta.

«¿No duermes?» pregunta José en voz baja denotando asombro. «¿Por qué? ¿Jesús no está bien?».

«¡Oh, no! Él está bien. Yo estoy rezando. Luego me echaré a dormir. ¿Por qué has venido, José?». Mientras habla, María sigue arrodillada donde estaba antes.

José, en voz bajísima para no despertar al Niño, pero en tono apremiante, dice: «Tenemos que irnos de aquí en seguida, en seguida. Prepara el baulillo y un fardo con todo lo que puedas meter en ellos. Yo me encargo de preparar lo demás, llevaré lo más que pueda... Cuando empiece a clarear huimos. Lo haría incluso antes, pero tengo que hablar con la dueña de la casa...».

«¿Y por qué esta huida?».

«Después te lo explico mejor. Es por Jesús. Un ángel me ha dicho: “Toma al Niño y a la Madre y huye a Egipto”. No pierdas tiempo. Yo ya empiezo a preparar todo lo que pueda».

35.3 No era necesario decirle a María que no perdiese tiempo. Apenas ha oído hablar de ángel, de Jesús y de huida, ha comprendido que un peligro se cierne sobre su Criatura, y de un salto se ha puesto en pie; su cara más blanca que un cirio, una mano contra el pecho, angustiada. En seguida se ha puesto en movimiento, ágil, ligera, y ha empezado a colocar la ropa de vestir en el baulillo y en un fardo grande que ha extendido primero sobre su cama aún intacta. Sin duda está angustiada, pero no pierde las riendas; hace las cosas con rapidez pero no sin orden. De vez en cuando, pasando junto a la cuna, mira al Niño, que duerme ajeno a lo que está sucediendo.

«¿Necesitas ayuda?» pregunta cada cierto tiempo José, asomando la cabeza por la puerta entreabierta.

«No, gracias» responde siempre María.

Hasta que el fardo — que debe pesar bastante — no está lleno, no llama a José para que la ayude a cerrarlo y a quitarlo de encima de la cama. No obstante, José quiere hacerlo solo; coge el largo fardo y se lo lleva a su cuarto.

«¿Cojo también las mantas de lana?» pregunta María.

«Coge todo lo más que puedas; todo el resto lo perderemos. Toma todo lo que puedas. Nos servirá porque... ¡porque tendremos que estar fuera mucho tiempo, María!...». José está muy apenado al decir esto, y María... se puede uno hacer idea de cómo está; suspirando, dobla las colchas suyas y las de José, y éste las ata con una cuerda. «Dejamos los bordados y las esterillas» dice mientras está atando las colchas. «A pesar de que voy a tomar tres burros, no puedo cargarlos demasiado, pues el camino será largo e incómodo, parte entre montañas y parte por el desierto. Tapa bien a Jesús. Las noches serán frías, tanto en las montañas como en el desierto. He cogido los regalos de los Magos, porque en aquella tierra nos vendrán bien. Todo lo que tengo lo gasto para comprar los dos burros. Debo comprarlos, porque no podemos devolverlos. Voy ahora, antes de que amanezca. Sé dónde buscarlos. Tú termina de prepararlo todo». Y se marcha.

María recoge todavía algunos objetos. Observa a Jesús y sale, para volver con unos vestiditos que parecen todavía húmedos — quizás se lavaron el día antes —; los dobla y los envuelve en un pedazo de tela y los coloca junto con las otras cosas. Ya no queda nada más.

Se vuelve mirando a su alrededor y ve, en un rincón, un juguete de Jesús: una ovejita tallada en madera. La toma en sus manos... un sollozo entrecortado... un beso: la madera conserva las huellas de los dientecitos de Jesús, y las orejas de la ovejita están del todo llenas de mordisquitos. María acaricia ese objeto sin valor en sí, de una pobre madera clara, pero de mucho valor para Ella, ya que le habla del afecto de José por Jesús, y de su Niño. Lo pone también con las otras cosas encima del baulillo cerrado.

(...) 35.5 José regresa. «¿Estás preparada? ¿Está preparado Jesús? ¿Has cogido sus mantas y su camita? No podemos llevarnos la cuna, pero por lo menos que tenga su colchoncito. ¡Oh, pobre Pequeñuelo, perseguido a muerte!».

«¡José!» grita María agarrándose al brazo de José.

«Sí, María, a muerte. Herodes le quiere muerto... porque tiene miedo de Él... Esa fiera inmunda tiene miedo de este Inocente, por su reino humano. No sé lo que hará cuando comprenda que ha huido; pero para entonces nosotros ya estaremos lejos. No creo que se vengue buscándole incluso en Galilea. Ya sería difícil para él descubrir que somos galileos; más difícil aún, saber que somos de Nazaret y quiénes somos exactamente. A no ser que Satanás le eche una mano en agradecimiento de sus fieles servicios. Mas... si eso sucede... Dios nos ayudará igualmente. No llores, María, que el verte llorar es para mí un dolor mucho mayor que el de tener que marchar al exilio».

«¡Perdóname, José! No lloro por mí, ni por los pocos bienes que pierdo. Lloro por ti... ¡Ya mucho te has tenido que sacrificar! Ahora, otra vez, te quedas sin clientes, sin casa... ¡Cuánto te cuesto, José!».

«¿Cuánto! No, María. No me cuestas nada. Me consuelas. Siempre me consuelas. No pienses en el mañana. Tenemos el caudal que nos han dado los Magos. Nos servirán de ayuda al principio. Luego me buscaré un trabajo. Un obrero honrado y competente se abre camino en seguida. Ya lo has visto aquí. No me da abasto el tiempo para el cúmulo de trabajo».

«Sí, lo sé. Pero, ¿quién te va a aliviar tu nostalgia?».

«¿Y a ti? ¿Quién te va a aliviar la nostalgia de esa casa que tanto amas?».

«Jesús. Teniéndole a Él, tengo todo lo que allí tenía».

«Y yo también teniendo a Jesús tengo ya esa patria que he esperado hasta hace pocos meses, y... tengo a mi Dios. Ya ves que no pierdo nada de lo que más amo. Basta con salvar a Jesús; si es así, todo nos queda. Aunque no volviéramos a ver este cielo, estos campos, o los aún más amados campos de Galilea, siempre tendremos todo, porque le tendremos a Él. 35.6 Ven, María, que empieza a clarear. Llega el momento de saludar a la huéspeda y de cargar nuestras cosas. Todo irá bien».

ECR 35.5-6

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

35.5 José regresa. «¿Estás preparada? ¿Está preparado Jesús? ¿Has cogido sus mantas y su camita? No podemos llevarnos la cuna, pero por lo menos que tenga su colchoncito. ¡Oh, pobre Pequeñuelo, perseguido a muerte!».

«¡José!» grita María agarrándose al brazo de José.

«Sí, María, a muerte. Herodes le quiere muerto... porque tiene miedo de Él... Esa fiera inmunda tiene miedo de este Inocente, por su reino humano. No sé lo que hará cuando comprenda que ha huido; pero para entonces nosotros ya estaremos lejos. No creo que se vengue buscándole incluso en Galilea. Ya sería difícil para él descubrir que somos galileos; más difícil aún, saber que somos de Nazaret y quiénes somos exactamente. A no ser que Satanás le eche una mano en agradecimiento de sus fieles servicios. Mas... si eso sucede... Dios nos ayudará igualmente. No llores, María, que el verte llorar es para mí un dolor mucho mayor que el de tener que marchar al exilio».

«¡Perdóname, José! No lloro por mí, ni por los pocos bienes que pierdo. Lloro por ti... ¡Ya mucho te has tenido que sacrificar! Ahora, otra vez, te quedas sin clientes, sin casa... ¡Cuánto te cuesto, José!».

«¿Cuánto! No, María. No me cuestas nada. Me consuelas. Siempre me consuelas. No pienses en el mañana. Tenemos el caudal que nos han dado los Magos. Nos servirán de ayuda al principio. Luego me buscaré un trabajo. Un obrero honrado y competente se abre camino en seguida. Ya lo has visto aquí. No me da abasto el tiempo para el cúmulo de trabajo».

«Sí, lo sé. Pero, ¿quién te va a aliviar tu nostalgia?».

«¿Y a ti? ¿Quién te va a aliviar la nostalgia de esa casa que tanto amas?».

«Jesús. Teniéndole a Él, tengo todo lo que allí tenía».

«Y yo también teniendo a Jesús tengo ya esa patria que he esperado hasta hace pocos meses, y... tengo a mi Dios. Ya ves que no pierdo nada de lo que más amo. Basta con salvar a Jesús; si es así, todo nos queda. Aunque no volviéramos a ver este cielo, estos campos, o los aún más amados campos de Galilea, siempre tendremos todo, porque le tendremos a Él.

35.6 Ven, María, que empieza a clarear. Llega el momento de saludar a la huéspeda y de cargar nuestras cosas. Todo irá bien».

María se pone en pie, obediente. Se arropa en su manto; mientras tanto, José prepara un último bulto, se lo carga y sale.

María levanta delicadamente al Niño, le arropa en un mantón y le aprieta contra su pecho. Mira las paredes que durante meses la han hospedado y, rozándolas apenas, las toca con una mano. ¡Bendita esa casa, que ha merecido ser amada y bendecida por María!

Sale. Cruza la habitacioncita que era de José, entra en la estancia grande. La dueña de la casa, en lágrimas, la besa y se despide de Ella, y, levantando un borde del mantón, besa al Niño en la frente. Él duerme tranquilo. Bajan por la escalerita exterior.

Hay un primer claror de alborada que apenas permite ver. En la escasa luz se ven tres burros. El más fuerte lleva los enseres. Los otros van sólo con la albarda. José está manos a la obra para asegurar bien el baulillo y los paquetes en la albarda del primero. Veo, atados en un haz, y colocados encima del fardo, sus utensilios de carpintero.

Nuevos saludos y nuevas lágrimas. María se monta en su burrillo, mientras la patrona tiene a Jesús en brazos y le besa una vez más; luego se lo devuelve a María. Monta también José, el cual ha atado su asno al que lleva los equipajes, para estar libre y poder así controlar el de María.

La huida comienza mientras Belén, que sueña todavía la fantasmagórica escena de los Magos, duerme tranquila, sin saber lo que le espera.

Y la visión cesa así.

Detalle

José pide a María que prepare todas las cosas posibles, ya que tienen que huir a Egipto. Después de prepararlo todo, María despierta a Jesús y lo prepara. Entonces reaparece José.

ECR 35.7-8

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

(...) Vuestra humanidad os pone tantas dificultades — humanidad que, verdaderamente, en vosotros sobrepuja demasiado al espíritu —, que no podéis seguir estos caminos, y caéis, u os detenéis descorazonados. Os decís a vosotros mismos, y a quienes quisieran haceros caminar citándoos los ejemplos del Evangelio: “Pero Jesús, María, José... (y así todos los santos) no eran como nosotros. Eran fuertes; han sufrido, pero han sido inmediatamente consolados; fueron aliviados incluso de ese poco dolor que sufrieron; no sentían las pasiones... Eran seres que ya estaban fuera de la tierra”.

35.8 ¡Ese poco dolor!... ¡No sentían las pasiones!...

El dolor fue amigo fiel nuestro, con los más variados aspectos y nombres.

Las pasiones... No uséis mal la palabra, llamando “pasiones” a los vicios que os sacan del camino recto. Llamadlos sinceramente “vicios”, y, además, capitales. No es que nosotros ignorásemos los vicios. Teníamos ojos y oídos, y Satanás hacía danzar ante nosotros y a nuestro alrededor estos vicios, mostrándonoslos en los viciosos con toda su carga de suciedad, o tentándonos con insinuaciones. Mas estas porquerías y estas insinuaciones, tendida como estaba la voluntad a querer agradar a Dios, en vez de producir lo que se había propuesto Satanás, producían lo contrario. Y cuanto más insistía él, más nos refugiábamos nosotros en la luz de Dios, por asco hacia las tinieblas fangosas que nos ponía ante los ojos del cuerpo y del espíritu.

Pero no hemos ignorado las pasiones en sentido filosófico en nosotros. Amamos la patria, y con ella a nuestra pequeña Nazaret, más que a cualquier otra ciudad de Palestina. Tuvimos afectos hacia nuestra casa, hacia los parientes y los amigos. ¿Por qué no íbamos a haberlos tenido? Pero no nos hicimos esclavos de los afectos, porque nada sino Dios debe ser señor; antes bien hicimos de ellos buenos compañeros nuestros.

Mi Madre gritó de alegría cuando, pasados aproximadamente cuatro años, volvió a Nazaret y puso pie en su casa, y besó esas paredes entre las cuales su “Sí” abrió su seno para recibir la Semilla de Dios. José saludó con alegría a los parientes, a los sobrinitos, crecidos en número y en edad. Gozó al verse recordado por sus conciudadanos y al ver que por sus dotes en el oficio le buscaron en seguida. Yo fui sensible a la amistad. Sufrí por la traición de Judas como por una crucifixión moral. ¿Y qué?: ni mi Madre ni José antepusieron su amor a la casa, o a los familiares, a la voluntad de Dios.