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Notas del tema

Elisabeth y Zacharie

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ECR 17.10

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

17.10 Alegría porque a través de mí se restablecía la paz entre el Cielo y la Tierra.

¡Oh..., haber deseado esta paz por amor a Dios y por amor al prójimo, y saber que por medio de mí, pobre esclava del Poderoso, aquélla venía al mundo! ¡Decir: “Hombres, no lloréis más. Yo traigo conmigo el secreto que os hará felices. No os lo puedo manifestar, porque está sellado en mí, en mi corazón, de la misma forma que el Hijo dentro del intacto seno. Ya os lo traigo, ya cada hora que pasa está más cercano el momento en que le veréis y sabréis su Nombre santo”!

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María habla a María y le describe sus diversas alegrías en la Anunciación. Después de hablar de la alegría de ser madre, continúa diciendo:

ECR 18

El Evangelio como me ha sido revelado

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Título del capítulo: María anuncia a José la maternidad de Isabel y confía a Dios la tarea de justificar la suya.

Fecha de la visión y del dictado: sábado 25 de marzo de 1944 (fiesta de la Anunciación).

Calendario: Miércoles 21 febrero AD -5

Lugar (mapa): Nazaret

Ciclo: Nacimiento e infancia de Jesús

Resumen: María está sola en su casa de Nazaret. Probablemente es la noche de la Anunciación. Reza y come muy sencillamente. José llega cuando ella ha terminado y su mujer le da la bienvenida. Le lleva uvas y huevos, que quiere dar a María. La Plenitud de Gracia se da cuenta de que no ha comido y le trae lo que necesita: sólo rechaza los huevos, que son para María, y sólo para ella. El patriarca de la Sagrada Familia come y conversan. José cuenta su día y, entonces, cuando se hace el silencio, María toma la palabra para decirle que su prima ha sido madre. José, sorprendido, le pregunta cómo se ha enterado y, cuando María responde, le pide permiso para ir a ver a Isabel. José responde afirmativamente, pero le pide que espere unos días, pues tiene que ir a Jerusalén. Así que viajaron juntos hasta allí. Después, José regresó a casa, pero le sería más fácil acompañarla a la Ciudad Santa. María le dio las gracias y, poco después, el futuro padre de Jesús se marchó. María le dejó marchar, luego suspiró y rezó, sin duda por el dolor de no poder contarle su secreto.

María dictó entonces a María y le dijo que, después de volver en sí, durante el éxtasis de la Anunciación, su primer pensamiento fue José. Ya no sentía ningún temor en presencia de su esposo, pero ¿cómo podía decirle que era madre? Fue el Espíritu Santo quien la mandó callar, y el Todo-Santo llevó a la perfección su confianza de criatura. Se abandonó a Dios y experimentó su primer dolor como Corredentora. Ella nos exhorta a dejar que Dios defienda nuestra reputación...

Contenido del capítulo: 18.1: María se prepara para la cena. 18.2: Llega José. 18.3: Ella le hace comer. 18.4: Hablan de todo y de nada. 18.5: María va a ayudar a Isabel, que está embarazada. 18.6: La pareja se separa. 18.7: ¿Qué le digo a José? 18.8: Deja que yo te justifique. 18.9: Mi primer dolor de Corredentora. 18.10: Confía a Dios el cuidado de tu reputación.

ECR 18.5-6

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

18.5 María, como quien hubiese tomado una decisión, pone en su regazo el bordado y dice: «José, yo también tengo algo que decirte. Nunca recibo nada, pues tú sabes qué retirada vivo. Pero, hoy he recibido una noticia. He tenido noticia de que nuestra parienta Isabel, mujer de Zacarías, va a tener pronto un hijo...».

José abre enormemente los ojos y dice: «¿A su edad?».

«A su edad» responde sonriendo María. «El Señor todo lo puede, y ahora ha querido darle esta alegría a nuestra parienta».

«¿Cómo lo has sabido? ¿Es segura esta noticia?».

«Ha venido un mensajero; y es uno que no puede mentir. Yo quisiera ir donde Isabel, para servirla y decirle que exulto con ella. Si tú lo permites...».

«María, tú eres mi señora y yo tu siervo. Todo lo que haces está bien hecho. ¿Cuándo quisieras partir?».

«Lo antes posible. Pero estaré fuera algunos meses».

«Y yo contaré los días esperándote. Ve tranquila. Me ocuparé de la casa y de tu huertecito. Cuando vuelvas encontrarás tus flores tan bonitas como si tú misma las hubieras estado cuidando. Sólo una cosa... Espera. Antes de la Pascua tengo que ir a Jerusalén, para comprar unas cosas para mi trabajo. Si esperas unos días, te acompaño hasta allí; no más lejos, porque debo volver rápidamente; pero hasta allí podemos ir juntos. Estoy más tranquilo si no pienso que vas sola por los caminos. Para la vuelta, házmelo saber, y así saldré a tu encuentro».

«Eres muy bueno, José. Que el Señor te recompense con sus bendiciones y mantenga lejos de ti el dolor. Le pido siempre por esto».

18.6 Los dos castos esposos se sonríen angelicalmente. Silencio de nuevo durante un tiempo.

Luego José se pone en pie. Se pone el manto, se pone la capucha, se despide de María, que también se ha levantado, y sale.

María le sigue con la mirada y con un suspiro como de pena. Luego levanta los ojos al cielo. Está, sin duda, orando. Cierra la puerta con cuidado. Dobla el bordado. Va a la cocina. Apaga, o cubre, la lumbre. Mira a ver si todo está como debe. Coge la lámpara y sale, cerrando la puerta. Con su mano protege la llamita, temblorosa en el viento fresquito de la noche. Entra en su habitación y sigue orando.

La visión cesa así.

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María anuncia a José la maternidad de Isabel.

ECR 21

El Evangelio como me ha sido revelado

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Título del capítulo : Visita a Isabel

Fecha de la visión: Sábado 1 de abril de 1944

Calendario: Domingo 24 de marzo d.C. -5

Localización (mapa) : Hebrón

Ciclo: Nacimiento e infancia de Jesús

Resumen: María llega a Hebrón. María describe el lugar, luego describe más concretamente la llegada de la Virgen. Se detiene ante una casa bastante lujosa, donde no falta de nada, y la Inmaculada Concepción intenta hacer notar su presencia. Una ancianita curiosa le presenta una campanilla y la bombardea a preguntas. Afortunadamente, llegó un criado -probablemente un jardinero- y salvó a la Madre de las habladurías. María entró rápidamente después de dar las gracias a la ancianita. El criado la lleva dentro y le cuenta lo que ha sucedido en la casa: habla del parto de Isabel, pero también del silencio de Zacarías, que ya no puede hablar. Intenta llamar a su mujer, Sara, que es otra criada, pero en su lugar llega Isabel. Ella ve a María, María ve a Isabel, y ambas corren la una hacia la otra. Se estrechan en un cálido abrazo, y es entonces cuando el Espíritu Santo envuelve a Isabel. El Precursor es santificado, y Juan el Bautista se vuelve sin mancha. Isabel y María pronuncian las palabras del Evangelio, y entonces llega Zacarías, pero no es consciente del estado espiritual de María. En cambio, pregunta por la Virgen y José, e Isabel se limita a decirle que es madre. Pero ninguno de los dos dijo nada más.

A continuación, María escribe sobre cómo recibió la visión y declara que vio a María en la sepultura de Cristo.

Contenido del capítulo: 21.1: A través de las montañas de Judea. 21.2: La rica finca de Zacarías en Hebrón. 21.3: La extraña campana y la apertura de la puerta. 21.4: El viejo Samuel da noticias de Zacarías e Isabel. 21.5: El abrazo de Isabel y María, la iluminación interior, el Magnificat. 21.6: La llegada de Zacarías. 21.7: Visiones según sus necesidades espirituales.

ECR 21.3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Sepa que Isabel es anciana, y también Zacarías. Y ahora, además de sordo, está mudo. Los dos sirvientes son también viejos, ¿sabe?

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Una ancianita, que vio a María acercarse a la casa de Zacarías e Isabel, le enseña a tocar la campanilla para darse la bienvenida y le habla de los dueños de la casa.

ECR 21.3-4.6

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

21.3 María se baja del burrito y se acerca a la puerta de hierro. Mira por entre las barras. No ve a nadie. Entonces trata de que la oigan. Una mujercita (la más curiosa de todas, que la ha seguido) le hace señales para que se fije en un extraño objeto que sirve para llamar: dos piezas de metal dispuestas en equilibrio en una especie de yugo, las cuales, moviendo el yugo con una gruesa cuerda, chocan entre sí haciendo el sonido de una campana o de un gong.

María tira de la cuerda, pero lo hace de forma tan delicada que el sonido es sólo un ligero tintineo que nadie oye. Entonces la mujercita, una viejecilla toda ella nariz y barbilla puntiaguda, y con una lengua que vale por diez juntas, se agarra a la cuerda y se pone a tirar, a tirar, a tirar. Una llamada que despertaría a un muerto. «Se hace así, mujer. Si no, ¿cómo va a querer que la oigan? Sepa que Isabel es anciana, y también Zacarías. Y ahora, además de sordo, está mudo. Los dos sirvientes son también viejos, ¿sabe? ¿Ha venido alguna otra vez? ¿Conoce a Zacarías? ¿Es usted...?».

Aparece un viejecillo renco que salva a María de este diluvio de informaciones y preguntas. Debe ser jardinero o labrador. Lleva en la mano un pequeño rastrillo y una hoz atada a la cintura. Abre. María entra mientras le da las gracias a la mujer, pero... ¡ay!, la deja sin respuesta. ¡Qué desilusión para la curiosa!

Nada más entrar, dice: «Soy María de Joaquín y Ana, de Nazaret. Prima de vuestros señores».

21.4 El viejecillo inclina la cabeza y saluda, luego da una voz: «¡Sara! ¡Sara!». Y abre otra vez la verja para coger el borriquillo, que se había quedado afuera porque María, para librarse de la pegajosa mujercita, se había colado dentro muy rápida, y el jardinero, tan rápidamente como Ella, había cerrado la verja delante de las narices de la chismosa. Pasa al burro y, mientras lo hace, dice: «¡Ah..., gran dicha y gran desgracia para esta casa! El Cielo ha concedido un hijo a la estéril. ¡Bendito sea por ello el Altísimo! Pero Zacarías volvió de Jerusalén mudo hace ya siete meses. Se hace entender con gestos, o escribiendo. ¿Ha tenido noticia de ello? Mi señora, en medio de esta alegría y este dolor, la ha echado mucho de menos. Siempre hablaba de usted con Sara. Decía: “¡Si estuviese aquí conmigo mi pequeña María...! Si hubiera seguido hasta ahora en el Templo, habría enviado a Zacarías a traerla. Pero el Señor ha querido que fuese la esposa de José de Nazaret. Sólo Ella podría consolarme en este dolor y ayudarme a rezar a Dios, porque todo en Ella es bondad. En el Templo todos la echan de menos y están tristes. La pasada fiesta, cuando fui con Zacarías la última vez a Jerusalén a dar gracias a Dios por haberme dado un hijo, oí de sus maestras estas palabras: ‘Al Templo parecen faltarle los querubines de la Gloria desde que la voz de María no suena ya entre estas paredes’ ”. ¡Sara! ¡Sara! Mi mujer es un poco sorda. Ven, ven, que te llevo yo». (...)

[Isabel llega mientras tanto y tiene lugar la Visitación].

21.6 El sirviente, cuando había visto que Isabel no se sentía mal y que quería manifestar su pensamiento a María, se había retirado prudentemente; ahora vuelve del huerto acompañado de un anciano de aspecto majestuoso, de barba y pelo enteramente blancos, el cual, con vistosos gestos y sonidos guturales, saluda desde lejos a María. (...)

Zacarías, con gestos, da la bienvenida a María, y juntos van donde Isabel. Entran todos en una vasta habitación, muy bien puesta, de la planta baja. Ofrecen asiento a María y mandan que le sirvan una taza de leche recién ordeñada — todavía tiene la espuma — y unas pequeñas tortas.

Isabel da órdenes a la sirvienta, quien, embadurnadas de harina todavía las manos y el pelo más blanco de cuanto en realidad lo es, por la harina que tiene, por fin ha hecho acto de presencia. Quizás estaba haciendo el pan. Da órdenes también al sirviente — al que oigo llamar Samuel — para que lleve el baulillo de María a la habitación que le indica. Todos los deberes de una señora de casa para con su huésped.

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Este capítulo describe a un criado de Zacarías e Isabel, el marido de la anciana Sara, que también fue criado de los padres de Juan el Bautista. Probablemente era jardinero.

ECR 21.4

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«¡Ah..., gran dicha y gran desgracia para esta casa! El Cielo ha concedido un hijo a la estéril. ¡Bendito sea por ello el Altísimo! Pero Zacarías volvió de Jerusalén mudo hace ya siete meses. Se hace entender con gestos, o escribiendo. ¿Ha tenido noticia de ello? Mi señora, en medio de esta alegría y este dolor, la ha echado mucho de menos. Siempre hablaba de usted con Sara. Decía: “¡Si estuviese aquí conmigo mi pequeña María...! Si hubiera seguido hasta ahora en el Templo, habría enviado a Zacarías a traerla. Pero el Señor ha querido que fuese la esposa de José de Nazaret. Sólo Ella podría consolarme en este dolor y ayudarme a rezar a Dios, porque todo en Ella es bondad. En el Templo todos la echan de menos y están tristes. La pasada fiesta, cuando fui con Zacarías la última vez a Jerusalén a dar gracias a Dios por haberme dado un hijo, oí de sus maestras estas palabras: ‘Al Templo parecen faltarle los querubines de la Gloria desde que la voz de María no suena ya entre estas paredes’ ”. ¡Sara! ¡Sara! Mi mujer es un poco sorda. Ven, ven, que te llevo yo».

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Un criado de la casa de Isabel se dirigió a María y le dijo:

ECR 21.5

El Evangelio como me ha sido revelado

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En vez de Sara, aparece, en la parte alta de una escalera adosada a un lado de la casa, una mujer ya muy anciana, ya llena de arrugas, con el pelo muy canoso — pero que ha debido ser negrísimo, a juzgar por lo negras que tiene las pestañas y las cejas y por el color moreno de su cara —. Contrasta en modo extraño, con su visible vejez, su estado, ya muy patente, a pesar de la ropa amplia y suelta que lleva. Mira protegiéndose los ojos de la luz con la mano. Reconoce a María. Levanta los brazos hacia el cielo con una exclamación de asombro y de alegría, y se apresura, en la medida en que puede, hacia abajo al encuentro de la recién llegada. Y María — cuyos movimientos son siempre moderados — esta vez se echa a correr rápida como un cervatillo y llega al pie de la escalera al mismo tiempo que Isabel. Y recibe en su pecho con viva efusión de afecto a su prima, que, al verla, llora de alegría.

Permanecen abrazadas un momento. Luego Isabel se separa con una exclamación de dolor y alegría al mismo tiempo, y se lleva las manos al abultado vientre. Agacha la cabeza, palideciendo y sonrojándose alternativamente. María y el sirviente extienden los brazos para sujetarla, pues ella vacila como si se sintiera mal.

Pero Isabel, después de un minuto de estar como recogida dentro de sí, alza su rostro, tan radiante que parece rejuvenecido, mira a María sonriendo con veneración como si estuviera viendo un ángel y se inclina en un intenso saludo diciendo: «¡Bendita tú entre todas las mujeres! ¡Bendito el Fruto de tu vientre! (lo dice así, dos frases bien separadas) ¿Cómo he merecido que venga a mí, sierva tuya, la Madre de mi Señor? Sí, ante el sonido de tu voz, el niño ha saltado en mi vientre como jubiloso, y cuando te he abrazado el Espíritu del Señor me ha dicho una altísima verdad en el corazón. ¡Dichosa tú, porque has creído que a Dios le fuera posible lo que posible no aparece a la humana mente! ¡Bendita tú, que por tu fe harás realidad lo que te ha sido predicho por el Señor y fue predicho a los Profetas para este tiempo! ¡Bendita tú, por la Salud que engendras para la estirpe de Jacob! ¡Bendita tú, por haber traído la Santidad a este hijo mío que siento saltar de júbilo en mi vientre como cabritillo alborozado porque se siente liberado del peso de la culpa, llamado a ser el precursor, santificado antes de la Redención por el Santo que se está desarrollando en ti!».

María, con dos lágrimas como perlas, que le bajan desde los risueños ojos hasta la boca sonriente, el rostro alzado hacia el cielo, levantados también los brazos, en la posición que luego tantas veces tendrá su Jesús, exclama: «El alma mía magnifica a su Señor» y continúa el cántico como nos ha sido transmitido. Al final, en el versículo: «Ha socorrido a Israel, su siervo etc»., recoge las manos sobre el pecho y se arrodilla muy curvada hacia el suelo adorando a Dios.

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Un anciano dejó entrar a María en casa de Isabel y Zacarías y llamó a su mujer Sara.

ECR 21.6-7

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

21.6 El sirviente, cuando había visto que Isabel no se sentía mal y que quería manifestar su pensamiento a María, se había retirado prudentemente; ahora vuelve del huerto acompañado de un anciano de aspecto majestuoso, de barba y pelo enteramente blancos, el cual, con vistosos gestos y sonidos guturales, saluda desde lejos a María.

«Zacarías está llegando» dice Isabel tocando en el hombro a la Virgen, que está orando absorta. «Mi Zacarías está mudo. Está bajo sanción divina por no haber creído. Ya te contaré luego. Ahora espero en el perdón de Dios porque has venido tú; tú, llena de Gracia».

María se levanta. Va hacia Zacarías. Se inclina hasta el suelo ante él. Le besa la orla de la vestidura blanca que le cubre hasta los pies. Esta vestidura es muy amplia y está sujeta a la cintura por una ancha franja bordada.

Zacarías, con gestos, da la bienvenida a María, y juntos van donde Isabel. Entran todos en una vasta habitación, muy bien puesta, de la planta baja. Ofrecen asiento a María y mandan que le sirvan una taza de leche recién ordeñada — todavía tiene la espuma — y unas pequeñas tortas.

Isabel da órdenes a la sirvienta, quien, embadurnadas de harina todavía las manos y el pelo más blanco de cuanto en realidad lo es, por la harina que tiene, por fin ha hecho acto de presencia. Quizás estaba haciendo el pan. Da órdenes también al sirviente — al que oigo llamar Samuel — para que lleve el baulillo de María a la habitación que le indica. Todos los deberes de una señora de casa para con su huésped.

Entretanto, María responde a las preguntas que Zacarías le hace escribiendo con un estilo en una tablilla encerada. Por las respuestas, comprendo que le está preguntando por José y por cómo se encuentra siendo su prometida. Y comprendo también que a Zacarías le es negada toda luz sobrenatural acerca de la gravidez de María y su condición de Madre del Mesías. Es Isabel quien, acercándose a su marido y poniéndole con amor una mano en el hombro, como para hacerle una casta caricia, le dice: «María también es madre. Regocíjate por su felicidad». Y no dice nada más. Mira a María; y María la mira, pero no la invita a decir nada más, por lo cual guarda silencio.

¡Dulce, dulcísima visión que me cancela el horror que me quedó al ver el suicidio de Judas!

Anotación

Lucas 1, 5-25 : En tiempos de Herodes el Grande, rey de Judea, había un sacerdote de los abianitas llamado Zacarías. Su mujer era también descendiente de Aarón; se llamaba Isabel. Ambos eran justos ante Dios: seguían todos los mandamientos y preceptos del Señor de manera intachable. No tuvieron hijos, pues Elisabet era estéril, y ambos eran de edad avanzada. Mientras Zacarías servía a Dios durante el tiempo asignado a los sacerdotes de su grupo, fue elegido por sorteo, según la costumbre de los sacerdotes, para ir a ofrecer incienso en el santuario del Señor. Toda la multitud estaba orando fuera a la hora de la ofrenda del incienso. Se le apareció el ángel del Señor, de pie a la derecha del altar del incienso. Al verlo, Zacarías se estremeció y sintió miedo.

El ángel le dijo: "No temas, Zacarías, porque tu oración ha sido escuchada: tu mujer Isabel te dará a luz un hijo, y le pondrás por nombre Juan. Te alegrarás y te regocijarás, y muchos se alegrarán de su nacimiento, porque será grande ante el Señor. No beberá vino ni sidra, y estará lleno del Espíritu Santo desde el seno de su madre; hará que muchos hijos de Israel vuelvan al Señor, su Dios; irá delante, en presencia del Señor, con el espíritu y el poder del profeta Elías, para hacer volver el corazón de los padres hacia sus hijos, para hacer volver a los rebeldes a la sabiduría de los justos, y para preparar al Señor un pueblo bien dispuesto."

Entonces Zacarías dijo al ángel: "¿Cómo voy a saber que esto sucederá? Porque yo soy un anciano y mi mujer es anciana".

El ángel respondió: "Soy Gabriel y estoy en presencia de Dios. He sido enviado para hablarte y darte esta buena noticia. Pero he aquí que serás silenciado y no podrás hablar hasta el día en que se cumpla, porque no has creído en mis palabras; se cumplirán a su tiempo.

El pueblo esperaba a Zacarías y se extrañó de que se quedara en el santuario. Cuando salió, no pudo hablarles, y comprendieron que había tenido una visión en el santuario. Les hizo señales y permaneció en silencio. Cuando terminó su tiempo de servicio litúrgico, se fue a casa. Algún tiempo después, su esposa Isabel concibió un hijo. Durante cinco meses lo mantuvo en secreto. Se dijo a sí misma: "Esto es lo que el Señor ha hecho por mí, en estos días en que ha puesto sus ojos para borrar lo que era mi vergüenza ante los hombres".

ECR 22

El Evangelio como me ha sido revelado

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Título del capítulo : Los días pasados en Hebrón. Los frutos de la caridad de María hacia Isabel.

Fecha de la visión y del dictado: Domingo 2 de abril de 1944

Calendario: Abril del año 5-5

Localización (mapa) : Hebrón

Ciclo: Nacimiento e infancia de Jesús

Resumen: María vive en Hebrón. Isabel llega cerca de ella y hablan de sus respectivas maternidades. La mujer de Zacarías ya no sufre ahora que la Virgen está aquí, pero antes sufría mucho a causa de su vejez. María, en comparación, no sufre, pero no tiene el peso de la Falta.

Isabel quería hilar ropa para Juan el Bautista, pero María dijo que ella haría el trabajo por ella. La Virgen argumentó que tenía mucho tiempo y que primero pensaría en su prima, ya que el nacimiento del Precursor era inminente. Después pensaría en su hijo, Jesús.

Fue entonces cuando la Inmaculada Concepción reveló a Isabel el nombre de su Hijo y le reveló su angustia. María conocía a los profetas, y ya intuía que Jesús sería el Cordero, el Varón de dolores. Isabel la consuela, sin embargo, diciéndole que Dios estará con ella y que su hijo será amado por los siglos de los siglos.

Las dos mujeres hablan entonces de Zacarías, que es mudo. Esto causó una gran pena a su esposa. Ella esperaba que, cuando naciera el niño, éste pudiera volver a hablar. La bendita madre desea que su hijo se llame Juan, y revela su sufrimiento a su prima. Para distraerla, María le propone salir al exterior y se encuentran cerca de un pequeño rebaño de corderos.

La visión cambia; esta vez, el tiempo ha pasado. María va a buscar a Isabel. Hablan de Jesús y de su aparición. Luego hablan de José, y María le dice que ha dejado que Dios intervenga. Aparte de Isabel, nadie debía saber de su maternidad divina, e Isabel, que lo comprendió, le señaló que incluso se lo había dicho a Zacarías. Zacarías entró entonces y María rezó las oraciones. Ella exhorta al sacerdote a creer en la misericordia de Dios, porque el hombre piensa que nunca podrá volver a hablar.

Por último, María da una lección sobre la caridad, sobre cómo hacer crecer en nosotros los dones de Dios. Debemos ser siempre caritativos, no egoístas. También nos da una lección sobre el paso del tiempo: Dios es su dueño, y ayuda a los que esperan en Él. "El egoísmo no adelanta nada, lo retrasa todo. La caridad no retrasa nada, hace avanzar las cosas". Por último, la Madre señala que encontró mucha paz en casa de Isabel, y que si no la hubiera atormentado el pensamiento de José y de su Hijo, el Redentor del mundo, habría sido feliz. Pero María significa a la vez luz y amargura...

Contenido del capítulo: 22.1: María cose para el hijo de Isabel. 22.2: Isabel se siente mucho mejor desde la visita de María. 22.3: María se conmueve al pensar en el Varón de dolores de Isaías. 22.4: Isabel se angustia por el silencio de Zacarías. 22.5: Paseo por el jardín entre palomas, cabritos y corderos. 22.6: María hila y teje. 22.7: Imagina cómo será su hijo. 22.8: Dios revela el misterio a José. 22.9: Zacarías habla de nuevo. El Mesías nacerá en Belén. 22.10: Amor al prójimo. 22.11: Mi amor al prójimo y mi amor a Dios. 22.12: La caridad hace que las cosas sucedan. 22.13: Amargura mezclada con dulzura.