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Notas de la palabra clave

Simón el Zelote (apóstol)

Tema: Los réprobos acogidos por Jesús · Página 1 de 21

Comodidad de lectura

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ECR 54

El Evangelio como me ha sido revelado

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Jesús se encuentra en el olivar de Getsemaní. El dueño de la casa -Jonás- dice a Cristo que le esperan tres hombres, entre ellos uno que probablemente esté enfermo y un leproso. Jesús se dirige primero a este último: es Simón el Zelote, que le pide la curación. El Salvador le concede su deseo y el futuro apóstol queda completamente curado. Luego se dirige a los dos recién llegados: Judas de Keroth y Tomás. El primero desea ardientemente seguir al Salvador, participar de su gloria "según el Cielo". Pero Jesús le pide que lo piense detenidamente y se niega a aceptarlo de inmediato. Pensaba que era impulsivo y no creía en su constancia. Entonces Jesús le pide que discierna con cuidado y le dice que estará en el Templo para Pentecostés. Tomás, por su parte, también quiere seguirle, pero le asustan las palabras dirigidas a Judas. Jesús le tranquiliza, diciéndole que la presunción lleva a la ruina, pero que el miedo unido a la humildad puede ser una ayuda. Le sugiere que reflexione y luego, cuando el discípulo se ha ido, Jesús explica a Juan y a los demás por qué ha hecho una diferencia entre los dos discípulos. En este sentido, Tomás es más perfecto, porque quiere seguirle por amor y no por deseo de gloria humana. Todos los discípulos presentes afirman entonces que aman a Jesús, y cuando le preguntan si son perfectos, Jesús les explica que sólo Dios es perfecto, pero que ellos llegarán a serlo si persisten en su voluntad de amar.

Después de hablar de su naturaleza de Verbo de Dios y de su perfección de Dios-Hombre, Jesús se describe a sí mismo como Hijo del Hombre. Luego responde a la pregunta de Pedro sobre la ausencia de Judas, y a la de Andrés sobre por qué hizo un milagro en Caná y no en su tierra natal. El Señor menciona también a su Madre.

Por último, Cristo acoge a Dídimo, que ha vuelto sobre sus pasos, y así acoge a Tomás entre sus discípulos.

ECR 54.1

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Deben ser todavía las fiestas pascuales, porque continúa habiendo mucho gentío por la ciudad. Anochece. Muchos se apresuran hacia las casas.

También Jesús se dirige a la casa en que le hospedan. No es la del Cenáculo — que está más en la ciudad, aunque en las afueras —. Ésta es una casa de campo en el pleno sentido de la palabra, entre tupidos olivos. Desde la pequeña y agreste explanada que tiene delante, se ven descender colina abajo, en escalones, los árboles, deteniéndose a la altura de un pequeño torrente escaso de agua, que discurre por el valle situado entre dos colinas poco altas: en la cima de una colina está el Templo; en la otra colina, sólo olivos y más olivos. Jesús está en la parte baja de la ladera de este delicado alcor que sube sin asperezas: serenos árboles, todo manso.

«Juan, hay dos hombres que esperan a tu amigo» dice un hombre anciano, que debe ser el agricultor o el propietario del olivar. Yo diría que Juan le conoce.

«¿Dónde están? ¿Quiénes son?».

«No lo sé. Uno, sin duda, es judío. El otro... no sabría decirte. No se lo he preguntado».

«¿Dónde están?».

«Esperando en la cocina y... y... sí... bueno... hay también uno lleno de llagas... Le he dicho que se estuviera allí porque... no quisiera que estuviera leproso... Dice que quiere ver al Profeta que ha hablado en el Templo».

Jesús, que hasta ese momento había estado callado, dice: «Vamos primero adonde éste. Di a los otros que vengan, si quieren. Hablaré aquí, en el olivar, con ellos». Y se dirige hacia el punto indicado por el hombre.

«¿Y nosotros? ¿Qué hacemos?» pregunta Pedro.

«Venid, si queréis».

ECR 54.2-3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Un hombre todo cubierto y embozado está apoyado en el pequeño, rústico muro que sostiene un escalón del terreno, el más cercano al límite de la propiedad. Debe haber subido hasta allí por un senderillo que sigue el curso del torrente y conduce a ese lugar.

Cuando ve a Jesús venir hacia él, grita: «¡Atrás, atrás! ¡Pero ten piedad!». Y descubre su torso dejando caer el vestido. Si el rostro aparece cubierto de costras, el tronco es un recamado de llagas: unas ya convertidas en agujeros profundos, otras simplemente como rojas quemaduras, otras blanquecinas y brillantes como si tuvieran encima un cristalito blanco.

«¡Estás leproso! ¿Qué quieres de mí?».

«¡No me maldigas! ¡No me apedrees! Me han dicho que anteayer tarde te has manifestado como Voz de Dios y Portador de la Gracia. Me han dicho que has asegurado que alzando tu signo sanas todo mal. Álzalo sobre mí. Vengo de los sepulcros... Allí... Me he arrastrado como una serpiente entre los arbustos del torrente para llegar hasta aquí sin ser visto. He esperado a que anocheciera para hacerlo, porque en la penumbra se me identificaba menos. He osado... he encontrado a éste, de la casa, que es rico en bondad. No me ha matado. Sólo me ha dicho: “Espera apoyado en el muro”. Ten Tú también piedad». Y dado que Jesús se acerca — Él solo, porque los seis discípulos y el propietario del lugar, con los dos desconocidos, se han quedado lejos y muestran claramente repulsa — insiste: «¡No más adelante! ¡No más! ¡Estoy infectado!». Pero Jesús prosigue. Le mira con tanta piedad, que el hombre se echa a llorar y se arrodilla hasta casi tocar con el rostro en el suelo y gime: «¡Tu signo! ¡Tu signo!».

«Será alzado en su hora. Pero a ti te digo: “Levántate. Queda curado. Lo quiero. Y tú séme signo en esta ciudad que debe conocerme. ¡Levántate, digo! ¡Y no peques, en reconocimiento hacia Dios!”».

El hombre se levanta lentamente. Parece surgir de las hierbas altas y florecidas como de un sudario... y está curado. Se mira con los últimos restos de luz. Está curado. Grita: «¡Estoy limpio! ¡Oh!, ¿qué debo hacer ahora por ti?».

«Obedecer a la Ley. Vete al sacerdote. Sé bueno en el futuro. Ve».

El hombre hace amago de echarse a los pies de Jesús, pero se acuerda de que todavía es impuro, según la Ley, y se contiene. Eso sí, se besa las manos y manda el beso a Jesús, y llora de alegría.

54.3

Los otros se han quedado de piedra. Jesús vuelve la espalda al hombre que ha sido curado y, sonriendo, los hace volver en sí: «Amigos, no era más que una lepra de la carne, veréis caer la lepra de los corazones. (...)»

Detalle

Curación de la lepra de Simón el Zelote. Estaban presentes seis discípulos: Juan y Santiago de Zebedeo, Pedro y Andrés, Felipe y Natanael.

ECR 55.1

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«Levántate, amigo. ¿Has cenado ya?».

«No, Maestro. He recorrido pocos metros con el otro que estaba conmigo, luego le he dejado y me he vuelto para atrás diciéndole que quería hablar con el leproso curado... He dicho esto porque pensaba que rehuiría de acercarse a un impuro. He acertado. Pero yo te buscaba a ti, no al leproso... Quería decirte: “¡Acéptame!”...»

Detalle

Tomás habla con Cristo sobre el momento en que se volvió para reunirse con Jesús.

ECR 55.3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«Escucha.Mañana, al alba, el leproso dejará los sepulcros para encontrar a alguien que ponga al sacerdote en conocimiento de lo sucedido. Tú lo primero que harás será ir a los sepulcros. Es caridad. Y dirás fuerte: “Tú, que ayer has quedado limpio, sal fuera. Me manda a ti Jesús de Nazaret, el Mesías de Israel, el que te ha curado”. Haz que el mundo de los “muertos-vivos” conozca mi Nombre y arda de esperanzas, y que quien a la esperanza una la fe venga a mí, para que le cure. Es la primera forma de la limpieza que Yo traigo, la primera forma de la resurrección de que soy dueño. Un día otorgaré una limpieza mucho más profunda... Un día los sepulcros sellados arrojarán a los muertos verdaderos, que aparecerán para reír, a través de sus cuencas vacías y sus mandíbulas descarnadas, por el lejano júbilo — oído no obstante por los esqueletos — de los espíritus liberados del Limbo de espera. Aparecerán para sonreírle a esta liberación y para conmoverse sabiendo a qué la deben... Tú ve. Él se acercará ti. Harás lo que él te pida que hagas. Le ayudarás en todo, como si fuera un hermano para ti. Y le dirás también: “Cuando estés completamente purificado, iremos juntos por el camino del río, más allá de Doco y Efraím. Allí el Maestro Jesús te espera, y me espera, para decirnos en qué le debemos servir”».

«Así lo haré. ¿Y el otro?».

«¿Quién? ¿El Iscariote?».

«Sí, Maestro».

«Para él todavía vale mi consejo. Déjale decidir por sí mismo, y durante un largo tiempo. E incluso trata de no verte con él».

«Estaré con el leproso. Por el valle de los sepulcros sólo andan los impuros o quien por piedad tiene contacto con ellos».

Detalle

Jesús habla con Tomás:

ECR 55.5

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«¿Estás seguro de reconocer al leproso? No hay ningún otro curado, pero podría haberse ido ya, a la luz de las estrellas, para tratar de encontrar un viandante solícito. Y quizás otro, por el ansia de entrar en la ciudad, ver a los familiares... podría ocupar su puesto. Escucha su retrato. Yo estaba cerca de él y a la luz del crepúsculo le he visto bien. Es alto y delgado. Piel oscura como de mestizo, ojos profundos y negrísimos bajo unas cejas de nieve, cabellos blancos como el lino y tirando a rizados, nariz larga, chata hacia la punta como la de los libios, labios gruesos, especialmente el inferior, y salientes. Es tan aceitunado, que el labio tiende al violáceo. En la frente le ha quedado una antigua cicatriz, que será la única mácula, ahora, limpio como estará de costras y de porquería».

«Es un viejo, si es todo blanco».

«No, Felipe. Lo parece, pero no lo es. La lepra le ha hecho cano».

«¿Qué es? ¿Tiene mezcla de razas?».

«Tal vez, Pedro. Tiene parecido con los pueblos de Africa».

«¿Será israelita, entonces?».

«Ya lo sabremos. ¿Y si no lo fuera?».

«¡Ah!, si no lo fuera, se marcharía. Ya está bien con haber merecido que se le cure».

«No, Pedro. Aunque fuera un idólatra, no le rechazaré. Jesús ha venido para todos. Y en verdad te digo que los pueblos de las tinieblas precederán a los hijos del pueblo de la Luz...».

Jesús suspira. Luego se levanta. Da gracias al Padre con un himno y bendice.

La visión cesa así.

Detalle

Jesús habla con Tomás. Descripción física de Simón el Zelote.

ECR 55.6

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

55.6 Como inciso, hago notar que mi interno consejero me ha dicho, ya desde ayer por la noche cuando veía al leproso: «Es Simón, el apóstol. Verás cuando él y Judas Tadeo van al Maestro». Esta mañana, después de la Comunión (es viernes) abro el misal y veo que precisamente hoy es la vigilia de la fiesta de los santos Simón y Judas, y que el Evangelio de mañana habla precisamente de la caridad, casi repitiendo las palabras que oí antes en la visión. Pero a Judas Tadeo, por ahora, no le he visto.

ECR 56

El Evangelio como me ha sido revelado

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Cerca del vado del Jordán, María ve a Tomás, Judas de Alfea y Simón el Zelote. Llevan tres días esperando a Jesús en este lugar, y Judas les asegura que si su primo ha prometido reunirse con ellos aquí, lo hará. Judas habla de su relación con Jesús, explicando que es su primo, que era el preferido de José y que creció muy cerca de la Virgen María. El hombre de Nazaret también habla de las divisiones en su familia, pero ahora quiere seguir a Cristo. Lo único que lamenta es que los padres puedan ser enemigos de sus hijos. Simón el Zelote suspira ante este comentario, pero Tomás revela que su padre le había animado a seguir al Mesías.

Por fin llegó Jesús. Judas revela entonces su intención de seguir a su Maestro, y Cristo le da la bienvenida: también le confirma que, en efecto, es lícito seguir al Señor, pues "no hay nada por encima de Dios".

Tras felicitar a Tomás por su obediencia y fidelidad, Jesús dirige su atención a Simón el Zelote. Le pide que le siga y ambos hablan de sus parientes, de su padre y de la enfermedad que había padecido. El Maestro une entonces a Simón el Zelote y a Judas, el uno sin hijos a causa de su enfermedad, el otro habiendo perdido a su padre al seguir al Señor. Por el momento, sin embargo, les dio a cada uno una misión. Tomás debía evangelizar en Judea. Judas evangelizaría Nazaret. Pedro, Santiago, Juan, Andrés, Felipe y Bartolomé volvieron a sus barcas, a Cafarnaún y Betsaida.

ECR 56.2-4

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

56.2 Tres viandantes están parados en esta curva de la calzada, justamente en un ápice del arco. Miran hacia arriba y hacia abajo; al Sur, donde está Jerusalén; al Norte, donde está Samaria. Escrutan entre las columnatas de los árboles para ver si llega alguno esperado. Son Tomás, Judas Tadeo y el leproso curado. Están hablando.

«¿Ves algo?».

«Yo no».

«Yo tampoco».

«Y, sin embargo, éste es el lugar».

«¿Estás seguro?».

«Seguro, Simón. Uno de los seis, mientras el Maestro se alejaba entre las aclamaciones de la muchedumbre después del milagro de un mendigo lisiado curado en la puerta de los Peces, me dijo: “Nosotros ahora nos vamos de Jerusalén. Espéranos a cinco millas entre Jericó y Doco, a la altura de la curva del río, en la calzada flanqueada de árboles”. Ésta. Dijo también: “Allí estaremos, dentro de tres día­s, al amanecer”. Es el tercer día, y aquí nos ha encontrado la cuarta vigilia».

«¿Vendrá? Quizás hubiera sido mejor haberle seguido desde Jerusalén».

«Todavía no podías ir entre la muchedumbre, Simón».

«Si mi primo os dijo que vinierais aquí, aquí vendrá. Siempre mantiene lo que promete. Debemos esperar».

56.3 «¿Has estado siempre con Él?».

«Siempre. Desde que volvió a Nazaret fue conmigo un buen compañero. Siempre juntos. Somos de la misma edad, yo un poco mayor. Y además yo era el preferido de su padre, hermano del mío. También su Madre me quería mucho. He crecido más con Ella que con la mía».

«Te quería... ¿Ya no te quiere lo mismo?».

«¡Oh, sí!, pero nos hemos desligado un poco desde que Él se ha hecho profeta. A mi familia no le gusta».

«¿Qué familia?».

«Mi padre y los dos mayores. El otro está en duda... Mi padre es muy anciano y no he tenido corazón para llevarle la contraria. Pero ahora... Ya no más. Ahora yo voy a donde me llevan el corazón y la mente. Voy con Jesús. No creo ofender a la Ley actuando así. Y... si no fuera justo lo que quiero hacer, Jesús me lo diría. Haré lo que Él dice. ¿Le es lícito a un padre ponerle obstáculos a un hijo en el camino del bien? Si yo siento salvación en ello, ¿por qué impedirme conseguirla? ¿Por qué los padres algunas veces nos son enemigos?».

Simón suspira como por tristes recuerdos y baja la cabeza, pero no habla.

Sin embargo, Tomás responde: «Yo ya he superado la dificultad. Mi padre me ha escuchado y me ha comprendido. Me ha bendecido diciendo: “Ve. Que esta Pascua signifique para ti liberación de la esclavitud de una espera. Dichoso tú que puedes creer. Yo espero. Mas si es Él — y lo sabrás siguiéndole — vuelve a tu anciano padre para decirle: ‘Ven. Israel ya tiene al Esperado’ ”».

«Eres más afortunado que yo. ¡Y pensar que hemos vivido a su lado!... Y no creemos, ¡nosotros los de la familia!... ¡Y decimos, o sea, ellos dicen: “Ha perdido el juicio”!...».

56.4 «Mirad, mirad un grupo de personas» exclama Simón. «¡Es Él, es Él! ¡Reconozco su cabeza rubia! ¡Oh! ¡Venid! ¡Corramos!».

Se echan a andar velozmente hacia el Sur. Los árboles, ahora que han llegado al punto culminante del arco, ocultan el resto de la calzada, de manera que los dos grupos se encuentran casi uno frente al otro cuando menos se lo esperan. Jesús parece que sube del río, porque está entre los árboles de la orilla.

«¡Maestro!».

«¡Jesús!».

«¡Señor!».

Los tres gritos del discípulo, del primo, del curado, resuenan adoradores y festivos.

«¡Paz a vosotros!». De nuevo la hermosa, inconfundible voz, llena, sonora, serena, expresiva, neta, viril, dulce e incisiva.

ECR 56.6

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

« (...) Ven, tú que estás como avergonzado en la sombra. No temas».

«¡Señor mío!». El ex leproso está a los pies de Jesús.

«Levántate. ¿Tu nombre?».

«Simón».

«¿Tu familia?».

«Señor... era poderosa... yo también tenía poder... Pero odios de sectas y... y errores de juventud lesionaron su poder. Mi padre... ¡Oh, debo hablar contra él, que me ha costado lágrimas, no precisamente celestes! ¡Ya lo ves, ya has visto qué regalo me ha dado!».

«¿Era leproso?».

«No lo era, como tampoco yo. Tenía una enfermedad que se llama de otra forma, y que nosotros los de Israel la incluimos en las distintas lepras. Él — entonces dominaba todavía su casta — vivió y murió como poderoso en su casa. Yo... si no me hubieras salvado, habría muerto en los sepulcros».

«¿Estás solo?».

«Solo. Tengo un siervo fiel que cuida de lo que me queda. Le he instruido al respecto».

«¿Tu madre?».

«Murió». El hombre parece sentirse violento.

Jesús le observa atentamente. «Simón, me dijiste: “¿Qué debo hacer por ti?”. Ahora te digo: “¡Sígueme!”».

«¡En seguida, Señor!... Pero... pero yo... déjame que te diga una cosa. Soy, me llamaban “zelote” por la casta, y “cananeo” por madre. Ya ves que soy oscuro, en mí tengo sangre de esclava. Mi padre no tenía hijos de su mujer y me tuvo de una esclava. Su mujer, una buena mujer, me crió como a un hijo y me cuidó en infinitas enfermedades, hasta que murió...».

«No hay esclavos o libertos a los ojos de Dios. A sus ojos, una sola es la esclavitud: el pecado. Y Yo he venido a hacerla desaparecer. Os llamo a todos, porque el Reino es de todos. ¿Eres culto?».

«Soy culto. Tenía incluso un lugar entre los grandes, mientras el mal permaneció velado bajo el vestido. Pero cuando subió al rostro... no daban crédito a sus ojos mis enemigos al ver que podían usarlo para confinarme entre los “muertos”, aunque — como dijo un médico romano de Cesarea que consulté — la mía no fuera lepra verdadera, sino serpigo hereditario, por lo que era suficiente que no procreara para no propagarlo. ¿Puedo no maldecir a mi padre?».

«Debes no maldecirle. Te ha hecho todo tipo de mal...».

«¡Sí! Dilapidador, vicioso, cruel, sin corazón ni afecto. Me ha negado la salud, las caricias, la paz, me ha sellado con un nombre despreciable y con una enfermedad oprobiosa... De todo se ha adueñado. Incluso del futuro del hijo. Me ha arrebatado todo: incluso la alegría de ser padre».

«Por eso te digo: “¡Sígueme!”. A mi lado, siguiéndome, encontrarás Padre e hijos. Levanta la mirada, Simón. Allí el verdadero Padre te sonríe. Observa los espacios de la tierra, los continentes, las regiones. Hay hijos e hijos; hijos del alma para los que no tienen hijos. Te esperan a ti, y muchos como tú esperan. Bajo mi signo ya nadie será abandonado. En mi signo ya no hay soledades ni diferencias. Es signo de amor y da amor.