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Notas del tema

Familia y parientes de los doce apóstoles

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Comodidad de lectura

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ECR 201.3-7 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«Vamos».

Margziam se pone levemente pálido, da un beso a María y le dice: «¡Reza!... ¡Reza!...».

«Sí, bonito. No tengas miedo, que lo sabes muy bien».

Margziam se pega a Pedro, aprieta nerviosamente la mano de Pedro, pero no se siente todavía seguro y quiere también la mano de Jesús.

«Yo no voy, Margziam. Voy a rezar por ti. Nos veremos después».

«¿No vienes? ¿Por qué, Maestro?» dice Pedro sorprendido.

«Porque es mejor que no vaya...». Jesús está muy serio, diría triste. Y añade: «José, que es justo, no puede sino aprobar mi acto».

Efectivamente, José no contesta; con su silencio, unido a un elocuente suspiro, confirma.

«Pues entonces... vamos...». Pedro está un poco afligido.

Margziam se agarra a Juan. Y así van, precedidos por José, a quien continuamente saludan con gran respeto. Con ellos van Simón y Tomás; los demás se quedan con Jesús.

201.4

Entran en la misma sala en que años atrás entrara Jesús. Un joven, que está escribiendo en uno de los ángulos, se pone repentinamente en pie al ver a José, y se prosterna.

«Dios sea contigo, Zacarías. Ve rápidamente a llamar a Asrael y a Jacob».

El joven sale y, casi inmediatamente, vuelve con dos rabinos, o arquisinagogos, o escribas... no sé. Son dos desabridos personajes que sólo deponen su altivez ante José. Tras ellos entran otros ocho menos solemnes. Se sientan, dejando en pie a los aspirantes, incluido José de Arimatea.

«¿Qué quieres, José?» pregunta el más anciano.

«Presentar a vuestra perspicacia a este hijo de Abraham, que ha cumplido el tiempo prescrito para entrar en la Ley y en ella regirse por sí mismo».

«¿Es pariente tuyo?» y miran con gesto de estupor.

«En Dios todos somos parientes. Este niño es huérfano. Este hombre, de cuya honestidad me hago garante, le ha tomado, para que su tálamo no quede sin descendencia».

«¿Quién es este hombre? Que responda él».

«Simón de Jonás, de Betsaida de Galilea, casado, sin hijos, pescador para el mundo, para el Altísimo hijo de la Ley».

«Y tú, siendo galileo, te asumes esta paternidad? ¿Por qué?».

«Está escrito en la Ley que se debe mostrar amor hacia el huérfano y la viuda. Yo lo hago».

«¿Puede, acaso, conocer éste la Ley hasta el punto de merecer...? Mas... tú, niño, responde, ¿quién eres?».

«Yabés Margziam de Juan, de los campos de Emaús, nacido hace doce años».

«Entonces, eres judío. ¿Es lícito que se responsabilice de él un galileo? Escudriñemos las leyes».

«Pero, ¿qué soy?: ¿un leproso?, ¿una persona maldita?». Le empieza a hervir la sangre en las venas a Pedro.

«Calla, Simón. Hablaré yo por él. Os he dicho que me hago garante de este hombre. Le conozco como si fuera de mi casa. El anciano José no propondría jamás algo contrario a la Ley, y, ni siquiera, a las leyes. Examinad, pues, al niño con justicia y sin dilación; el patio está lleno de niños que esperan el examen. Por amor a todos, no seáis lentos».

«¿Quién probará que este niño tiene doce años y que fue rescatado del Templo?».

«Lo puedes probar con las escrituras. Es una investigación latosa, pero se puede hacer. Niño, ¿me has dicho que eres el primogénito?».

«Sí, señor. Puedes verlo porque estuve consagrado al Señor y fui rescatado con los debidos diezmos».

«Busquemos entonces estos datos...» dice José.

«No hace falta» responden cortantes los dos hombres insidiosos.

201.5

«Ven aquí, niño. Di el Decálogo» y el niño lo dice seguro. «Dame ese rollo, Jacob. Lee si sabes».

«¿Dónde, rabí?».

«Donde quieras. Donde te caiga la mirada» dice Asrael.

«No. Aquí. Dámelo» dice Jacob. (Y abre hasta un determinado punto el rollo y dice: «Aquí»).

«“Entonces él les dijo secretamente: ‘Bendecid al Dios del Cielo, dadle gloria ante todos los seres vivos, porque ha sido misericordioso con vosotros. Ciertamente bueno es mantener celado el secreto del rey, pero es honorífico revelar...’ ”».

«¡Basta, basta! ¿Qué es esto?» pregunta Jacob señalando las franjas de su manto.

«Las franjas sagradas, señor; las llevamos para no olvidarnos de los preceptos del Señor altísimo».

«¿Le es lícito a un israelita nutrirse con cualquier tipo de carne?...» pregunta Asrael.

«No, señor; sólo con las que hayan sido declaradas puras».

«Dime los preceptos...».

Y el niño, dócilmente, empieza a decir la letanía de los: «No harás...».

«¡Basta, basta!, para ser un galileo sabe hasta demasiado. Hombre, ahora te toca a ti jurar que tu hijo es mayor de edad».

Pedro, con el mejor donaire después de tanto desaire, pronuncia su breve discurso paterno: «Como habéis visto, mi hijo, llegado a la edad prescrita, conociendo la Ley, los preceptos, las usanzas, las tradiciones, las ceremonias, las bendiciones, las oraciones..., es capaz de guiarse a sí mismo. Por tanto, como habéis podido constatar, estamos en condiciones, yo y él, de pedir la mayoría de edad. La verdad es que debía haberlo dicho antes esto, pero aquí han sido violadas — y no por nosotros, galileos — las usanzas, y se le ha preguntado al hijo antes que al padre. Y ahora os digo: dado que le habéis juzgado apto, desde este momento no soy ya responsable de sus acciones, ni ante Dios ni ante los hombres».

«Pasad a la sinagoga».

El pequeño cortejo entra en la sinagoga, entre los adustos rostros de los rabinos a los que Pedro ha puesto firmes.

Erguido, frente a los ambones y a las lámparas, cortan los cabellos a Margziam; antes le llegaban hasta los hombros, ahora quedan a la altura de las orejas. Pedro abre su taleguillo y saca un bonito cinturón de lana roja, bordada en amarillo oro, y con él ciñe la cintura del niño, luego, mientras los sacerdotes hacen lo propio en la frente y el brazo con cintas de cuero, Pedro está tratando de prender en el manto — Margziam se lo ha pasado — las sagradas franjas. ¡Qué emocionado está Pedro cuando entona la alabanza al Señor!...

201.6

Con esto se pone fin a la ceremonia. Ahuecan el ala ligeros; Pedro dice: «¡Menos mal! ¡No podía más! ¿Has visto, José? Ni siquiera han completado el rito. No importa. Tú... tú, hijo mío, tienes a otro que te consagra... Vamos a adquirir un corderito para el sacrificio de alabanza al Señor; un corderito encantador, como tú. ¡Gracias, José! Dile tú también “gracias” a este gran amigo. Sin ti, nos hubieran tratado mal del todo».

«Simón, me siento contento de haber sido útil a un justo como tú. Te ruego que vengas a mi casa de Beceta, para el banquete, y contigo todos, como es lógico».

«Vamos a decírselo al Maestro. Para mí... ¡demasiado honor!» dice, humilde, Pedro (pero se le ve radiante de alegría).

Cruzan en sentido inverso claustros y atrios hasta llegar al patio de las mujeres; allí todas felicitan a Margziam. Luego los hombres pasan al atrio de los israelitas, donde está Jesús acompañado de los suyos. Se reúnen todos — armónica comunión de felicidad — y, mientras Pedro va a sacrificar el cordero, se encaminan entre pórticos y patios hasta el muro exterior.

201.7

¡Qué feliz se le ve a Pedro con su hijo, que ahora es ya un israelita perfecto! Tanto, que no advierte la arruga que se dibuja en la frente de Jesús, ni percibe el silencio, más bien angustioso, de sus compañeros. Sólo cuando están en la sala de la casa de José — cuando el niño, ante la pregunta de rigor acerca de lo que hará en el futuro, declara: «Seré pescador como mi padre» — Pedro, entre lágrimas, se da cuenta y comprende...

«La verdad es que Judas nos ha metido una gota de acíbar en esta fiesta... Estás preocupado, Maestro... y los demás están tristes por esto. Perdonad todos si no me he dado cuenta antes... ¡Ay..., este Judas!...».

Su suspiro creo que está presente en todos los corazones... Pero Jesús, para disolver la amargura, se esfuerza en sonreír, y dice: «No te apenes por esto, Simón. Sólo falta tu mujer en esta fiesta... Estaba pensando también en ella, tan buena y sacrificada como es siempre. Pronto recibirá su parte de alegría, inesperada: ¡te imaginas con qué gozo? Pensemos en lo bueno que hay en el mundo. Ven. Así que Margziam ha respondido perfectamente, ¿eh? Sabía que sería así...».

José da indicaciones a los servidores y luego vuelve a la sala: «Os doy a todos las gracias — dice — por haberme rejuvenecido con esta ceremonia y por haberme concedido el honor de poder recibir en mi casa al Maestro, a su Madre, a los parientes, y a vosotros, queridos condiscípulos. Venid al jardín a disfrutar de aire puro y flores...».

Y todo termina.

ECR 201.7 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

¡Qué feliz se le ve a Pedro con su hijo, que ahora es ya un israelita perfecto! Tanto, que no advierte la arruga que se dibuja en la frente de Jesús, ni percibe el silencio, más bien angustioso, de sus compañeros. Sólo cuando están en la sala de la casa de José — cuando el niño, ante la pregunta de rigor acerca de lo que hará en el futuro, declara: «Seré pescador como mi padre» — Pedro, entre lágrimas, se da cuenta y comprende...

«La verdad es que Judas nos ha metido una gota de acíbar en esta fiesta... Estás preocupado, Maestro... y los demás están tristes por esto. Perdonad todos si no me he dado cuenta antes... ¡Ay..., este Judas!...».

Su suspiro creo que está presente en todos los corazones... Pero Jesús, para disolver la amargura, se esfuerza en sonreír, y dice: «No te apenes por esto, Simón. Sólo falta tu mujer en esta fiesta... Estaba pensando también en ella, tan buena y sacrificada como es siempre. Pronto recibirá su parte de alegría, inesperada: ¡te imaginas con qué gozo? Pensemos en lo bueno que hay en el mundo. Ven. Así que Margziam ha respondido perfectamente, ¿eh? Sabía que sería así...».

José da indicaciones a los servidores y luego vuelve a la sala: «Os doy a todos las gracias — dice — por haberme rejuvenecido con esta ceremonia y por haberme concedido el honor de poder recibir en mi casa al Maestro, a su Madre, a los parientes, y a vosotros, queridos condiscípulos. Venid al jardín a disfrutar de aire puro y flores...».

Y todo termina.

Detalle

Marziam acaba de aprobar su examen de mayoría de edad.

ECR 202.1-4 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Víspera de la Pascua. Jesús — sólo con los apóstoles, pues las mujeres no están con el grupo — espera a que Pedro vuelva de llevar el cordero pascual para el sacrificio.

Está hablando de Salomón al niño. En esto, hele ahí a Judas: está cruzando el patio más grande. Va con un grupo de jóvenes. Habla con grandes, ampulosos gestos y poses enfervorizadas. Su manto se agita continuamente y él se lo coloca con ademán de sabio... Creo que Cicerón no era tan pomposo cuando pronunciaba sus discursos...

«¡Mira Judas, está allí!» dice Judas Tadeo.

«Va con un grupo de saforimes» observa Felipe.

Y Tomás dice: «Voy a oír qué dice» y va sin esperar a que Jesús exprese su previsible negativa.

¿Y Jesús!... ¡Ay, el rostro de Jesús!... Su expresión es de hondo sufrimiento y severo juicio. Margziam, que le estaba mirando ya desde antes, mientras, delicado y levemente triste, le hablaba del gran rey de Israel, ve este cambio, y casi se asusta; entonces, agita la mano de Jesús para volver a atraer su atención, diciendo: «¡No mires! ¡No mires! ¡Mírame a mí, que te quiero mucho!»....

202.2

Tomás logra llegar hasta donde Judas sin ser visto, y así le sigue durante unos metros. No sé lo que estará oyendo, lo que sí sé es que suelta una inesperada exclamación retumbante que hace volverse a muchos, especialmente a Judas, que se pone lívido de rabia: «¡Pero cuántos rabíes tiene Israel! ¡Te felicito, nueva lumbrera de sabiduría!».

«No soy una piedra, sino una esponja, y, por tanto, absorbo; y, cuando el deseo de los hambrientos de sabiduría lo solicita, me exprimo para darme con todos mis humores vitales». Judas se muestra ampuloso y despreciativo.

«Se diría que eres eco fiel. Pero el eco, para subsistir, debe estar cerca de la Voz; si no, muere, amigo. Y tú, me parece que te estás alejando de ella. Él está allí. ¿No vienes?».

Judas se pone de todos los colores, con esa cara suya rencorosa y repugnante de sus momentos peores; pero se domina, y dice: «Adiós, amigos. Aquí estoy, contigo, Tomás, querido amigo mío. Vamos inmediatamente con el Maestro. No sabía que estaba en el Templo. Si lo hubiera sabido, le hubiera buscado» y pasa el brazo por los hombros a Tomás como si sintiera un gran afecto por él.

Pero Tomás, pacífico pero no estúpido, no se deja engatusar con estas declaraciones... y pregunta, con un poco de sorna: «¿Cómo! ¿No sabes que es Pascua? ¿Crees que el Maestro no es fiel a la Ley?».

«¡No! ¡De ninguna manera! Pero el año pasado se mostraba, hablaba... Me acuerdo precisamente de este día. Me atrajo por su impetuosidad regia... Ahora... Me da la impresión de que haya perdido vigor. ¿No te parece?».

«A mí no. Me da la impresión de una persona que haya perdido confianza».

«En su misión, eso es, tú lo has dicho».

«No. Entiendes mal. Ha perdido confianza en los hombres. Y tú eres uno de los que ha contribuido a ello. ¡Deberías avergonzarte!». Ya no ríe Tomás, tiene expresión sombría y su reprensión bate como un latigazo.

«¡Ten cuidado con lo que dices!» dice Judas con tono amenazador.

«¡Y tú ten cuidado con lo que haces! Aquí estamos dos judíos, sin testigos. Por eso hablo, y te vuelvo a decir que deberías avergonzarte. Y ahora guarda silencio. No te pongas trágico ni te pongas a lloriquear, porque, si no, hablo delante de todos.

202.3

Ahí están el Maestro y los compañeros. Modérate».

«Paz a ti, Maestro...».

«Paz a ti, Judas de Simón».

«¡Qué alivio encontrarte aquí!... Yo tendría necesidad de hablarte...».

«Habla».

«Mira, es que... quería decirte... ¿No puedo decírtelo aparte?».

«Estás entre tus compañeros».

«Querría hablar contigo a solas».

«En Betania estoy solo, con quien tiene interés en mí y me busca; pero tú no me buscas, sino que tratas de evitarme».

«No, Maestro, no puedes decir eso».

«¿Por qué ayer has ofendido a Simón, y con él a mí, y con nosotros a José de Arimatea, y a los compañeros, y a mi Madre y a las otras mujeres?».

«¿Yo? ¡Pero si no os vi!».

«No quisiste vernos. ¿Por qué no viniste, como habíamos convenido, para bendecir al Señor por un inocente que iba a ser acogido en el seno de la Ley? ¡Responde! ¿No sentiste ni siquiera la necesidad de avisar de que no ibas a venir?».

«¡Ahí viene mi padre!» grita Margziam, que ha visto a Pedro de regreso con su cordero degollado, vaciado de sus vísceras y envuelto de nuevo en su piel. «¡Vienen también Miqueas y los otros! Voy, ¿puedo ir a su encuentro para oír lo que dicen de mi anciano padre?».

«Ve, hijo» dice Jesús acariciándole; y añade, tocando a Juan de Endor en un hombro: «Por favor, acompáñale y... entreténle un poco». Y vuelve al punto en que estaba con Judas: «¡Estoy esperando tu respuesta!».

«Maestro... me surgió improvisamente una incumbencia... inaplazable... Lo sentí... Pero...».

«¿Y no había en toda Jerusalén una persona que pudiera comunicar esta justificación tuya?... ¡Admitiendo que la tuvieras!... Y ya de por sí era reprobable. Te recuerdo que hace poco un hombre ha prescindido de ir a enterrar a su padre por seguirme, y que mis hermanos han dejado entre anatemas la casa paterna por seguirme a mí, y que Simón y Tomás, y con ellos Andrés, Santiago, Juan, Felipe y Natanael han dejado la familia, y Simón Cananeo la riqueza para dármela a mí, y Mateo el pecado para seguirme a mí. Y podría continuar con otros cien nombres. Hay quien deja la vida, la misma vida, para seguirme hasta el Reino de los Cielos. Pero, dado que estás tan privado de generosidad, al menos sé educado; dado que no tienes caridad, ten al menos elegancia; imita, puesto que te agradan, a esos fariseos falsos que me traicionan, que nos traicionan, pero que lo hacen mostrándose educados. Tu deber era reservarte para nosotros ayer, para no ofender a Pedro, que exijo sea respetado por todos. ¡Pero, qué menos que mandar recado?».

«He errado.

202.4

Pero ahora venía expresamente a buscarte para decirte que — por el mismo motivo — mañana no puedo venir. Es que tengo amigos de mi padre y me...».

«Basta. Puedes ir con ellos. Adiós».

«Maestro...¿estás enfadado conmigo? Me dijiste que serías un padre para mí... Soy un muchacho incauto, pero un padre perdona...».

«Te perdono, pero márchate; no hagas esperar más a los amigos de tu padre. Yo tampoco haré esperar más a los amigos del santo Jonás».

«¿Cuándo vas a dejar Betania?».

«Al final de los Ácimos. Adiós». Jesús se vuelve y va hacia los campesinos, que están extasiados ante el cambio que ven en Margziam.

Camina unos pasos, pero se detiene al oír la observación que hace Tomás: «¡Por Yeohvah! Quería ver tu impetuosidad regia... ¡Pues ha quedado servido!...».

«Os ruego que olvidéis todos este incidente, de la misma forma que Yo me esfuerzo en olvidarlo. Y os ordeno que guardéis silencio ante Simón de Jonás, Juan de Endor y el pequeño. Por motivos que vuestra inteligencia puede comprender, no conviene causarles a ninguno de los tres ni dolor ni escándalo. Y silencio también en Betania, ante las mujeres. Que está entre ellas mi Madre, recordadlo».

«Puedes estar tranquilo, Maestro», «haremos de todo para reparar esto», «y para consolarte» dicen todos.

«¡Gracias!...»

Anotación

Jesús le habla al niño de Salomón: Este es probablemente el rey Salomón.

Está con un grupo de saforim. Saforim (sopherîms): escribas.

No haré esperar más a los amigos del santo Jonás. Jonás de Esdrelón.

¡Por Jéovêh! ¡Quería verte con tu violencia real! Geovà en el texto original. Ver la pronunciación del nombre divino.

ECR 202.4 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Jesús se vuelve y va hacia los campesinos, que están extasiados ante el cambio que ven en Margziam.

Camina unos pasos, pero se detiene al oír la observación que hace Tomás: «¡Por Yeohvah! Quería ver tu impetuosidad regia... ¡Pues ha quedado servido!...».

«Os ruego que olvidéis todos este incidente, de la misma forma que Yo me esfuerzo en olvidarlo. Y os ordeno que guardéis silencio ante Simón de Jonás, Juan de Endor y el pequeño. Por motivos que vuestra inteligencia puede comprender, no conviene causarles a ninguno de los tres ni dolor ni escándalo. Y silencio también en Betania, ante las mujeres. Que está entre ellas mi Madre, recordadlo».

«Puedes estar tranquilo, Maestro», «haremos de todo para reparar esto», «y para consolarte» dicen todos.

«¡Gracias!...»

Detalle

Jesús acaba de reprender a Judas y lo abandona mientras tanto.

ECR 202.4 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«Ahora venía expresamente a buscarte para decirte que — por el mismo motivo — mañana no puedo venir. Es que tengo amigos de mi padre y me...».

«Basta. Puedes ir con ellos. Adiós».

«Maestro...¿estás enfadado conmigo? Me dijiste que serías un padre para mí... Soy un muchacho incauto, pero un padre perdona...».

«Te perdono, pero márchate; no hagas esperar más a los amigos de tu padre. Yo tampoco haré esperar más a los amigos del santo Jonás».

«¿Cuándo vas a dejar Betania?».

«Al final de los Ácimos. Adiós».

Detalle

Jesús habla con Judas en el Templo. El apóstol se había portado mal con el grupo apostólico fingiendo no verlos el otro día, y Judas volvía a evadirlos fingiendo ir a ver a los amigos de su padre.

ECR 203.1 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Anotación

Jesús sale con los suyos de una casa próxima a los muros de la ciudad (creo que del barrio de Beceta, porque para salir de los muros se tiene que pasar todavía por delante de la casa de José, que está cerca de una puerta que he oído que la llaman Puerta de Herodes). La ciudad está semidesierta en esta noche serena y lunar. Comprendo que la Pascua ha sido consumida en una de las casas de Lázaro — que no es, de ninguna manera, la casa del Cenáculo —. Ésta se encuentra completamente al otro extremo respecto a aquélla: una al Norte, la otra al Sur de Jerusalén.

En la puerta de la casa, Jesús, con ese gesto suyo cortés, se había despedido de Juan de Endor, dejándole como custodio de las mujeres y dándole las gracias por esto mismo; había besado a Margziam, que también había venido a la puerta.

Ahora Jesús se encamina hacia fuera de la llamada Puerta de Herodes.

ECR 203.1-2 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Ya están en el ángulo nordeste de la muralla; vuelven la esquina y van siguiendo la base del monte Moria hasta un punto en que, por un puentecito, pueden cruzar el Cedrón.

«¿Vamos a Getsemaní?» pregunta Santiago de Alfeo.

«No. Más arriba, a la cima del Monte de los Olivos».

«¡Qué bonito será!» dice Juan.

«También le habría gustado al niño» susurra Pedro.

«¡Tendrá oportunidad de verlo otras muchas veces! Estaba cansado, y además es un niño. Quiero ofreceros una cosa grande, porque ya es justo que la tengáis».

203.2

Suben entre los olivos, dejando Getsemaní a su derecha, subiendo más arriba por el monte, hasta alcanzar la cima, en que los olivos forman un peine susurrador.

ECR 203.13 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«Alzaos. Vamos. Estaremos en la ciudad para el alba. Es más, mañana, tú, Simón, y tú, hermano mío (señala a Judas), iréis por las mujeres y el niño; tú, Simón de Jonás, y vosotros, os quedaréis conmigo hasta que éstos vuelvan; luego iremos juntos a Betania».

Bajan hasta el Getsemaní y entran en la casa para descansar.

ECR 204.1 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

De lejos, quizás del jardín de Lázaro, llega la canción de una mujer, y con ella los alegres gritos del niño, que está jugando con alguien. Luego una, dos, tres voces: «¡Maestro! ¡Jesús!».