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Notas del tema

¿Quiénes son los apóstoles?

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Comodidad de lectura

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ECR 58.6

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

58.6 «¡Simón! ¡Simón! ¡Andrés! Voy...». Juan corre jadeante hacia ellos. «¡Maestro! ¿Te he hecho esperar?». Juan mira a Jesús con su ojo enamorado.

Pedro interviene: «Verdaderamente empezaba a pensar que quizás ya no venías. Prepara pronto tu barca. ¿Y Santiago?...».

«Eso... nos hemos retrasado por un ciego. Creía que Jesús estaba en nuestra casa y ha ido allí. Le hemos dicho: “No está aquí. Quizás mañana te curará. Espera”. Pero no quería esperar. Santiago decía: “Has esperado mucho la luz, ¿qué te supone esperar otra noche?”. Pero no atiende a razones...».

«Juan, si tú estuvieras ciego, ¿tendrías prisa de volver a ver a tu madre?».

«¡Claro!».

«¿Y entonces?... ¿Dónde está el ciego?».

«Está viniendo con Santiago. Se le ha agarrado al manto y no le deja. Pero viene despacio, porque la orilla es pedregosa y él se tropieza... Maestro, ¿me perdonas el haberme comportado con dureza?».

«Sí. Pero en reparación ve a ayudarle al ciego y tráemele».

Juan se marcha corriendo.

ECR 60

El Evangelio como me ha sido revelado

Detalle

Pedro pide a Jesús que vaya a su casa de Cafarnaúm (que en realidad es la casa de su mujer y su suegra). Su suegra estaba enferma y Simón pidió a su Maestro que la curara. Jesús fue allí y se encontró con las cuñadas de Pedro. Una de ellas les contó que su suegra tenía mucha fiebre y ya no comía. El médico llegó a decir que iba a morir. Pero Jesús entró en la habitación y obró un milagro. Sorprendida, la suegra de Simón ni siquiera pensó en dar las gracias al Maestro, o al menos no hasta que fue demasiado tarde. Pedro se quedó estupefacto y Jesús le dijo que dejara hacer. Le dijo que habría otros así, y que incluso había habido uno en Nazaret, cuando había salvado a la madre de la niña Sara. Pedro no soporta que la gente no ame a Cristo, pero Cristo le dice que habrá muchas más animadversiones, entre ellas la de los "santos" que desprecian a los publicanos, prostitutas, paganos y pecadores, aunque éstos les superarán.

La suegra de Pedro regresa y les ofrece una comida. Reprocha a su yerno y Jesús le anima a volver a vivir en la casa de Cafarnaún. También vendrán Juan y Santiago, que son compañeros.

Finalmente, aparece el niño Santiago y entrega una bolsa de un desconocido. Pedro quiso saber de quién se trataba, pero el niño guardó silencio... Y lo mismo hizo Jesús.

ECR 60.1-6

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

60.1 Pedro le está hablando a Jesús. Dice: «Maestro, quisiera rogarte que vengas a mi casa. No me atreví a decírtelo el sábado pasado. Pero... querría que vinieras».

«¿A Betsaida?».

«No, aquí... a casa de mi mujer; la casa natal, quiero decir».

«¿Por qué este deseo, Pedro?».

«Por muchas razones... y, además, hoy me han dicho que mi suegra está enferma. Si quisieras curarla, quizás te...».

«Termina, Simón».

«Quería decir... si te la presentasen, ella dejaría... sí, en definitiva, ya sabes, una cosa es oír hablar de uno y otra cosa es verle y oírle; y si esta persona, además, cura, pues entonces...».

«Entonces cesa incluso el odio, quieres decir».

«No, odio no. Pero, ya sabes... el pueblo está dividido en muchos pareceres, y ella... no sabe a quién hacer caso. Ven, Jesús».

«Voy. Vamos. Advertidles a los que esperan que les hablaré desde tu casa».

60.2 Van hasta una casa baja, aún más baja que la de Pedro en Betsaida, y situada aún más cerca del lago, del que está separada por una faja de orilla guijarrosa; y creo que durante las borrascas las olas van a morir contra los muros de la casa, que es baja pero muy ancha, de forma que da la impresión de que estuviera habitada por varias personas.

En el huerto que se abre en la parte delantera de la casa, hacia el lago, no hay más que una vid vieja y nudosa, extendida sobre una rústica pérgola y una vieja higuera plegada completamente hacia la casa por los vientos del lago. El ramaje del árbol, como cabellera despeinada, apenas roza sus muros y llama a los postigos de las pequeñas ventanas, cerrados como protección del vivo sol que incide sobre la casita. Sólo se ve esta higuera y esta vid y un pozo bajo con su brocal verdoso.

«Entra, Maestro».

Algunas mujeres están en la cocina: dedicadas unas a remendar las redes; otras, a preparar la comida. Saludan a Pedro y luego se inclinan, confusas, ante Jesús, mirándole de soslayo con curiosidad.

«Paz a esta casa. ¿Cómo está la enferma?».

«Habla, tú que eres la nuera más mayor» le dicen tres mujeres a una que se está secando las manos con el borde del vestido.

«La fiebre es fuerte, muy fuerte. Hemos llamado al médico, pero dice que es demasiado anciana para poder sanar y que cuando ese mal de los huesos va al corazón y da fiebre, especialmente a esa edad, la persona muere. Ya no come... Yo trato de prepararle comidas apetitosas; como ahora, ¿ves, Simón? Estaba preparándole esa sopa que le gustaba tanto. He escogido el pescado mejor, de los cuñados. Pero no creo que pueda comérsela. Y además... ¡está tan inquieta! Se queja, grita, llora, impreca...».

«Tened paciencia como si fuera vuestra madre y Dios os otorgará el mérito.

60.3 Llevadme donde ella».

«Rabí... Rabí... no sé si querrá verte. No quiere ver a nadie. Yo no me atrevo a decirle “ahora te traigo aquí al Rabí”».

Jesús sonríe sin perder la calma. Se vuelve hacia Pedro: «Te toca a ti, Simón. Eres hombre, y el más mayor de los yernos según me has dicho. Ve».

Pedro hace una mueca significativa... Obedece; cruza la cocina, entra en una habitación y, a través de la puerta, cerrada tras él, le siento conversar con una mujer. Asoma la cabeza y una mano y dice: «Ven, Maestro, date prisa». Y añade, más bajo, apenas inteligiblemente: «Antes de que cambie de idea».

Jesús cruza rápido la cocina y abre de par en par la puerta. Erguido, en el umbral, pronuncia su dulce y solemne saludo: «La paz sea contigo». Entra, a pesar de no haber recibido respuesta. Va junto a una yacija baja en la que está echada una mujer pequeña, toda gris, flaca, jadeante a causa de la fiebre alta que le enrojece el rostro consumido.

Jesús se inclina hacia el camastro, le sonríe a la viejecita y le dice: «¿Te encuentras mal?».

«¡Me muero!».

«No. No te mueres. ¿Puedes creer que Yo te puedo curar?».

«¿Y por qué habrías de hacerlo? No me conoces».

«Por Simón, que me lo ha pedido... y también por ti, para darle tiempo a tu alma de ver y amar la Luz».

«¿Simón? Mejor sería si... ¿Cómo es que Simón ha pensado en mí?».

«Porque es mejor de lo que tú te piensas. Yo le conozco y lo sé. Le conozco y es para mí un placer acoger lo que me pide».

«Entonces, ¿piensas curarme? ¿Ya no moriré?».

«No, mujer. Por ahora no morirás. ¿Puedes creer en mí?».

«Creo, creo. ¡Me basta con no morir!».

60.4 Jesús sonríe de nuevo, le coge la mano de hinchadas venas y llena de arrugas, la cual desaparece en la suya, juvenil; se pone derecho tomando el aspecto de cuando hace un milagro y grita: «¡Queda curada! ¡Lo quiero! ¡Levántate!», y le suelta la mano, cayendo sin que la anciana se queje, mientras que antes, aunque Jesús se la hubiera tomado con mucha delicadeza, el solo hecho de moverla le había costado un quejido a la enferma.

Un tiempo breve de silencio; luego, la anciana exclama fuerte: «¡Oh! ¡Dios de los padres! ¡Si yo ya no tengo nada! ¡Pero si estoy curada! ¡Venid! ¡Venid!». — Acuden las nueras —. «¡Mirad!» dice la anciana. «¡Me muevo y ya no siento dolores! ¡Y ya no tengo fiebre! Tocad, veréis qué fresca estoy. Y el corazón ya no parece el martillo del herrero. ¡Ah! ¡Ya no me muero!» — ¡ni siquiera una palabra para el Señor! —.

Pero Jesús no se lo toma a mal. Le dice a la nuera más mayor: «Vestidla. Que se levante. Puede hacerlo». Y se encamina hacia la puerta.

Simón, desconsolado, se dirige a la suegra: «El Maestro te ha curado, ¿no le dices nada?».

«¡Pues claro! No me daba cuenta. Gracias. ¿Qué puedo hacer para decirte gracias?».

«Ser buena, muy buena. Porque el Eterno fue bueno contigo. Y, si no te importa demasiado, déjame descansar hoy en tu casa. He llegado esta mañana al alba después de recorrer durante la semana todos los pueblos cercanos. Estoy cansado».

«¡Claro! ¡Claro! Quédate si quieres». Pero no se la ve con mucho entusiasmo al decir esto.

60.5 Jesús con Pedro, Andrés, Santiago y Juan, va al huerto a sen­tarse.

«¡Maestro!...».

«¿Pedro mío?».

«Estoy desolado».

Jesús hace un gesto como queriendo significar: «¡Bah!, no te preocupes». Luego dice: «No es la primera, ni será la última que no siente inmediata gratitud. Pero no pido gratitud. Me conformo con proporcionarles a las almas un modo de salvarse. Yo cumplo con mi deber. Ellas que cumplan con el suyo».

«¿Ha habido otros así? ¿Dónde?».

«¡Qué curioso eres, Simón! Pero, deseo darte gusto, a pesar de que no me satisfacen las curiosidades inútiles. En Nazaret. ¿Te acuerdas de la madre de Sara? Estaba muy enferma cuando llegamos a Nazaret y nos dijeron que la niña estaba llorando. Fui a ver a la mujer, para que la niña, que es buena y dócil, no se quedara huérfana y acabara siendo una hijastra... Quería curarla... Pero en el momento en que iba a poner pie en la casa, su marido y un hermano me echaron, diciendo: “¡Fuera, fuera! No queremos problemas con la sinagoga”. Para ellos, para demasiados, soy ya un rebelde... De todas formas la curé... por sus niños. Y a Sara, que estaba en el huerto, acariciándola, le dije: “Curo a tu madre. Ve a casa. No llores más”. La mujer quedó curada en ese mismo momento y la niña se lo dijo, así como al padre y al tío... Y se la castigó por haber hablado conmigo. Lo sé porque la niña vino corriendo detrás de mí cuando me marchaba del pueblo... Pero no importa».

«Yo la volvía a poner enferma».

«¡Pedro!». Jesús se muestra severo. «¿Es esto lo que te enseño a ti y a los otros? ¿Qué has oído de mis labios desde la primera vez que me has escuchado? ¿De qué he hablado siempre, como condición primera para ser verdaderos discípulos míos?».

«Es verdad, Maestro. Soy un verdadero animal. Perdóname. Pero... ¡no puedo soportar el que no te quieran!».

«¡Oh, Pedro, verás faltas de amor mucho mayores! ¡Te llevarás muchas sorpresas, Pedro! Personas que el mundo llamado “santo” desprecia como publicanos, y que, sin embargo, serán ejemplo para el mundo, y ejemplo no seguido por los que los desprecian; paganos que estarán entre mis mayores fieles; meretrices que se vuelven puras, por voluntad y penitencia; pecadores que se enmiendan...».

«Mira: que se enmiende un pecador... todavía. ¡Pero una meretriz y un publicano!...».

«¿No lo crees?».

«Yo no».

«Estás equivocado, Simón.

60.6 Pero, mira, viene tu suegra».

«Maestro... Te ruego que compartas mi mesa».

«Gracias, mujer. Dios te lo pague».

Entran en la cocina y se sientan a la mesa, y la anciana sirve a los hombres, distribuyendo pródigamente el pescado en sopa y asado. «Perdonad, pero no tengo más que esto» dice. Y, para no perder la costumbre, le dice a Pedro: «¡Demasiado hacen, incluso, tus cuñados, solos como se han quedado desde que te has ido a Betsaida! Si al menos hubiera servido para hacer más rica a mi hija... Pero oigo que muy frecuentemente te ausentas y no pescas».

«Sigo al Maestro. He ido con Él a Jerusalén y el sábado estoy con Él. No pierdo el tiempo en comilonas».

«Pero no ganas dinero. Mejor sería, ya que quieres servir al Profeta, que te vinieras aquí de nuevo. Al menos esa pobre hija mía, mientras tú te dedicas a ser santo, tendría a los familiares que le dieran de comer».

«Pero ¿no te da vergüenza hablar así delante de Él, que te ha curado?».

«Yo no le critico a Él. Él se dedica a su oficio. Te critico a ti que haces el vago. Total, tú no serás nunca un profeta ni un sacerdote. Eres un ignorante y un pecador, un completo inútil».

«Porque está Él, que si no...».

«Simón, tu suegra te ha dado un consejo excelente. Puedes pescar también desde aquí. Por lo que oigo, ya antes pescabas en Cafarnaúm. Puedes volver ahora».

«¿Y vivir aquí de nuevo? Pero Maestro, Tú no...».

«Tranquilo, Pedro mío. Si tú estás aquí, estarás o en el lago o conmigo. Por tanto, ¿qué más te da estar o no estar en esta casa?». Jesús ha puesto la mano sobre el hombro de Pedro y parece que la calma de Jesús pasa al fogoso apóstol.

«Tienes razón. Siempre tienes razón. Lo haré. Pero... ¿y éstos?» (alude a Juan y a Santiago, sus socios).

«¿No pueden venir también ellos?».

«Nuestro padre, y sobre todo nuestra madre, en todo caso estarán más contentos sabiendo que estamos contigo, Jesús, que con ellos. No pondrán dificultades».

«Quizás venga también Zebedeo» dice Pedro.

«Es más que probable. Y con él otros. Vendremos, Maestro, sin duda vendremos».

Detalle

Nota: Hay dos milagros en este extracto, el de la suegra de Pedro y el de la madre de Sara en Nazaret (cf. 60.5).

Anotación

Mateo 8:14-15

Cuando Jesús entró en casa de Pedro, vio a su suegra postrada en cama con fiebre. Le tocó la mano y se le quitó la fiebre. Ella se levantó y le sirvió.

Marcos 1, 29-31

Cuando salieron de la sinagoga, fueron con Santiago y Juan a casa de Simón y Andrés. La suegra de Simón estaba en cama con fiebre. Enseguida le hablaron de ella a Jesús. Jesús se acercó, la tomó de la mano y la levantó. Se le quitó la fiebre y les sirvió.

Lucas 4:38-39

Jesús salió de la sinagoga y entró en casa de Simón. La suegra de Simón tenía mucha fiebre y le pidieron a Jesús que hiciera algo por ella. Él se inclinó sobre ella, amenazó a la fiebre y ésta la abandonó. Inmediatamente la mujer se levantó y les sirvió.

ECR 60.5-6

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

60.5 Jesús con Pedro, Andrés, Santiago y Juan, va al huerto a sen­tarse.

60.6 « (...) «Mira, viene tu suegra».

«Maestro... Te ruego que compartas mi mesa».

«Gracias, mujer. Dios te lo pague».

Entran en la cocina y se sientan a la mesa, y la anciana sirve a los hombres, distribuyendo pródigamente el pescado en sopa y asado. «Perdonad, pero no tengo más que esto» dice. Y, para no perder la costumbre, le dice a Pedro: «¡Demasiado hacen, incluso, tus cuñados, solos como se han quedado desde que te has ido a Betsaida! Si al menos hubiera servido para hacer más rica a mi hija... Pero oigo que muy frecuentemente te ausentas y no pescas».

«Sigo al Maestro. He ido con Él a Jerusalén y el sábado estoy con Él. No pierdo el tiempo en comilonas».

«Pero no ganas dinero. Mejor sería, ya que quieres servir al Profeta, que te vinieras aquí de nuevo. Al menos esa pobre hija mía, mientras tú te dedicas a ser santo, tendría a los familiares que le dieran de comer».

«Pero ¿no te da vergüenza hablar así delante de Él, que te ha curado?».

«Yo no le critico a Él. Él se dedica a su oficio. Te critico a ti que haces el vago. Total, tú no serás nunca un profeta ni un sacerdote. Eres un ignorante y un pecador, un completo inútil».

«Porque está Él, que si no...».

«Simón, tu suegra te ha dado un consejo excelente. Puedes pescar también desde aquí. Por lo que oigo, ya antes pescabas en Cafarnaúm. Puedes volver ahora».

«¿Y vivir aquí de nuevo? Pero Maestro, Tú no...».

«Tranquilo, Pedro mío. Si tú estás aquí, estarás o en el lago o conmigo. Por tanto, ¿qué más te da estar o no estar en esta casa?». Jesús ha puesto la mano sobre el hombro de Pedro y parece que la calma de Jesús pasa al fogoso apóstol.

«Tienes razón. Siempre tienes razón. Lo haré. Pero... ¿y éstos?» (alude a Juan y a Santiago, sus socios).

«¿No pueden venir también ellos?».

«Nuestro padre, y sobre todo nuestra madre, en todo caso estarán más contentos sabiendo que estamos contigo, Jesús, que con ellos. No pondrán dificultades».

«Quizás venga también Zebedeo» dice Pedro.

«Es más que probable. Y con él otros. Vendremos, Maestro, sin duda vendremos».

Detalle

Jesús acaba de curar a la suegra de Pedro. Curada, sirvió una comida al Maestro y a sus discípulos... y reprochó a su yerno.

ECR 60.7

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

60.7 «¿Está aquí Jesús de Nazaret?». pregunta un niño asomándose a la puerta.

«Está aquí. Pasa».

Entra un niño, al cual reconozco como uno de los de las primeras visiones de Cafarnaúm, concretamente el que prometió ser bueno después de tropezarse con las piernas de Jesús... para comer la miel del Paraíso.

«Pequeño amigo, pasa» dice Jesús.

El niño, un poco atemorizado por tanta gente como le mira, se tranquiliza y corre donde Jesús, que le abraza y se le coloca sobre las rodillas, y le da un trozo de su pescado en una rodaja de pan.

«Mira, Jesús, esto es para ti. También hoy esa persona me ha dicho: “Es sábado. Llévale esto al Rabí de Nazaret y dile a tu amigo que ore por mí”. ¡Sabe que eres mi amigo!...» — el niño ríe feliz y come su pan y su pescado —.

«¡Sí señor!, Santiago. Le dirás a esa persona que mis oraciones por él suben al Padre».

«¿Es para los pobres?» pregunta Pedro.

«Sí».

«¿Es el donativo de costumbre? Veamos».

Jesús le da la bolsa. Pedro vuelca las monedas y cuenta. «¡También esta vez la misma fuerte suma! ¿Pero quién es esta persona? Di, niño, ¿quién es?».

«No lo debo decir y no lo diré».

«¡Qué desconsiderado! ¡Vamos, que si eres bueno te doy fruta!».

«Yo no lo diré, ni aunque me insultes, ni aunque me acaricies».

«¡Mirad qué lengua!».

«Santiago tiene razón, Pedro. Mantiene la palabra dada; déjale en paz».

«Tú, Maestro, ¿sabes quién es esta persona?».

Jesús no responde. Se ocupa del niño, al cual le da otro trozo de pescado asado, bien limpio de espinas. Pero Pedro insiste y Jesús debe responder. «Yo sé todo, Simón».

«¿Y nosotros no podemos saberlo?».

«¿Y tú no te curarás nunca de tu defecto?». Jesús reprende pero sonríe. Y añade: «Pronto lo sabrás; porque, si el mal querría estar oculto y no siempre puede permanecer escondido, el bien, aunque quiera estarlo para ser meritorio, es descubierto un día para gloria de Dios, cuya naturaleza resplandece en un hijo suyo; la naturaleza de Dios: el amor. Esta persona lo ha comprendido, porque ama a su prójimo. Ve, Santiago. Llévale mi bendición».

La visión cesa así.

Detalle

La curiosidad de Pierre por el monedero que traía el niño Jacques.

ECR 61

El Evangelio como me ha sido revelado

Detalle

Jesús cuenta una parábola sobre el caballo amado del rey. Habla de la voluntad del hombre, del Hijo enviado por el Padre para salvar a su amada criatura. La gente dice a Jesús que, ante tal actitud, el caballo debe volver a Dios, pues su rey quiere el bien para él, y Jesús les anima a seguir la respuesta que le han dado.

Entonces Jesús quiere dar el óbolo. Aparecen un jorobado (que no se atrevió a pedir el milagro) y un anciano que ha venido a suplicar la curación de su hija, postrada en cama. Jesús los curó.

También a una mujer de 27 años, con siete hijos, a la que no le quedaba nada. Le dio una gran suma de dinero y le prometió que la ayuda de Dios no le faltaría.

Por último, hay un anciano harapiento a quien Jesús no da nada. El hombre afirma que Cristo es injusto y monta una escena. Pero Jesús le reprende, porque es un mentiroso, un usurero, un avaro y un ladrón. Le ordena que se vaya y, mientras la multitud se ríe, Jesús les reprende también a ellos, diciéndoles que nunca sean crueles insultando a un pecador, porque cada uno tiene su propio pecado. Jesús debió avergonzarlo, porque nunca está permitido ser ladrón, pero él sufrió por hacerlo, e invita a la gente a no ser avariciosa, a no mentir, a ser pura y honesta.

Finalmente, Jesús libera a dos endemoniados. Pero se siente abrumado, porque hay posesiones que supuran en el corazón de las personas y las cierran a la honestidad y al amor. Jesús se entristece. La visión termina ahí.

ECR 61.3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

61.3 El murmullo de costumbre entre la multitud...

Jesús les ordena a los discípulos: «Haced que los pobres pasen hacia adelante. Tengo para ellos una rica ofrenda de una persona que se encomienda a ellos para obtener perdón de Dios».

Detalle

Jesús utiliza la bolsa entregada por Mateo para dar a los pobres y describe a Mateo como "una persona que se encomienda a ellos para obtener el perdón de Dios".

Palabras clave

ECR 61.3.5

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Jesús les ordena a los discípulos: «Haced que los pobres pasen hacia adelante. Tengo para ellos una rica ofrenda de una persona que se encomienda a ellos para obtener perdón de Dios».

Pasan adelante tres viejecitos andrajosos, dos ciegos y un tullido, y luego una viuda con siete niños macilentos.

Jesús los mira fijamente uno por uno, sonríe a la viuda y especialmente a los huerfanitos, es más, le ordena a Juan: «Que a éstos se les ponga allí, en el huerto, quiero hablar con ellos», mas toma aspecto severo, con fuego en los ojos, cuando se presenta a Él un hombre entrado en años; pero no dice nada, por el momento.

Llama a Pedro y le pide la bolsa recibida poco antes y otra llena de monedas más pequeñas (varios donativos recogidos entre las buenas personas). Vuelca todo sobre el banco que hay cerca del pozo. Cuenta y divide. Hace seis partes: una muy grande, toda de monedas de plata; cinco más pequeñas, con mucho bronce y sólo alguna moneda grande. (...) Se acerca el tercer anciano, que parece el más andrajoso. A Jesús sólo le queda el montón grande de monedas. Grita: «Mujer, ven con tus pequeños».

La mujer, joven, macilenta, se acerca bajando la cabeza. Parece una gallina triste entre su triste pollada.

«¿Desde cuándo eres viuda, mujer?».

«En la luna de Tisrí se cumplirán tres años».

«¿Cuántos años tienes?».

«Veintisiete».

«¿Son todos tus hijos?».

«Sí, Maestro, y... ya no tengo nada. Todo acabado... ¿Cómo puedo trabajar si ninguno me acepta, con todas estas criaturas?».

«Dios no abandona ni siquiera al gusano que ha creado. No te abandonará, mujer. ¿Dónde estás?».

«En el lago. A tres estadios fuera de Betsaida. Él me dijo que viniera... Mi marido murió en el lago; era pescador...». (“Él” es Andrés, que se pone colorado y desearía desaparecer de la vista).

«Has hecho bien, Andrés, en decir a esta mujer que viniera a mí».

Andrés se siente más seguro y susurra: «El hombre era mi amigo, era bueno; murió en la tempestad, perdiendo también la barca».

«Ten, mujer. Esto te ayudará durante mucho tiempo, y luego saldrá otro sol sobre tu día. Sé buena, educa en la Ley a tus hijos y no te faltará la ayuda de Dios. Te bendigo a ti y a tus pequeños» y los acaricia uno a uno con gran piedad.

La mujer se marcha con su tesoro apretado contra el corazón.

Palabras clave

ECR 62.4

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

62.4 ­¿De dónde eran estos que venían a mí?».

«De Corazín, de Betsaida, de Cafarnaúm, y hasta había quien había venido de Tiberíades y de Guerguesa, y de los muchos pueblecitos esparcidos entre una y otra ciudad».

«Id a ellos y decidles que iré a Corazín, a Betsaida y a los pueblos que están entre ambas ciudades».

«¿Por qué no Cafarnaúm?».

«Porque Yo soy para todos y todos me deben tener, y además... me está esperando el anciano Isaac... Su esperanza no debe quedar defraudada».

«¿Tú nos esperas aquí, entonces?».

«No. Me voy, y vosotros os quedáis en Cafarnaúm para encaminar hacia mí a las multitudes; Yo iré después».

«Nos quedamos solos...» — se le va afligido a Pedro —.

«No te entristezcas. Que la obediencia te alegre, y con ella la persuasión de serme un discípulo útil. Y contigo y como tú estos otros».

Pedro y Andrés con Santiago y Juan recobran la serenidad. Jesús los bendice y se separan.

Así termina la visión.

Detalle

Pedro le dice a Jesús que algunas personas han venido a verle y le pregunta:

ECR 64.1-2

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

64.1 Veo las orillas del lago de Genesaret, y también las barcas de los pescadores sacadas a tierra; en la orilla, apoyados en ellas, están Pedro y Andrés, dedicados a reparar las redes que los peones les llevan goteando después de quitar los detritos que habían quedado aprisionados en éstas aclarándolas en el lago. A una distancia de unos diez metros, Juan y Santiago, centrados en su barca, tratan de poner orden en ella, ayudados por un peón y por un hombre de unos cincuenta o cincuenta y cinco años, que creo que es Zebedeo, porque el peón le llama “jefe” y porque es parecidísimo a Santiago.

Pedro y Andrés, de espaldas a la barca, se dedican silenciosos a volver a atar cuerdas y corchos señalizadores. Sólo de vez en cuando se intercambian algunas palabras acerca de su trabajo, el cual, por lo que puedo entender, ha sido infructuoso.

Pedro se queja de ello, no porque su bolsa esté vacía, ni por la inutilidad del esfuerzo, sino que dice: «Lo siento porque... ¿cómo vamos a arreglárnoslas para dar algo de comer a esos pobrecillos? A nosotros sólo nos llegan raros donativos, y yo no toco esos diez denarios y siete dracmas que hemos recogido en estos cuatro días. El Maestro, y sólo Él, me debe indicar para quién y cómo se han de distribuir esas monedas. ¡Y hasta el sábado Él no vuelve! ¡Si hubiera tenido buena pesca!... El pescado más menudo lo habría cocinado y se lo habría dado a esos pobres... y, si alguien de mi casa se hubiera quejado, no me hubiera importado: los sanos pueden ir a buscarlo, ¡pero los enfermos...!».

«¡Y además ese paralítico!... Ya han recorrido mucho camino para traerle aquí...» dice Andrés.

«Mira, hermano, yo pienso... que no podemos estar divididos. No sé por qué el Maestro no nos quiere tener permanentemente con Él. Al menos... no vería a estos pobrecillos a los que no puedo socorrer y, aunque los viera, podría decirles: “Él está aquí”».

64.2 «¡Aquí estoy!» — Jesús ha venido caminando despacio por la arena blanda.

Pedro y Andrés se estremecen. Se les escapa un grito: «¡Oh! ¡Maestro!»; y llaman a Santiago y a Juan: «¡El Maestro! ¡Venid!».

Los dos acuden, y todos se arriman a Jesús. Uno le besa la túnica, otro las manos; Juan osa pasarle un brazo alrededor de la cintura y apoyar la cabeza sobre su pecho; Jesús le besa en el pelo.

«¿De qué hablabais?».

«Maestro... estábamos diciendo que te íbamos a necesitar».

«¿Para qué, amigos?».

«Para verte y amarte viéndote, y, además, por algunos pobres y enfermos; te esperan desde hace dos días o más... Yo he hecho lo que podía. Los he alojado allí ¿ves aquella cabaña en aquel terreno baldío? Allí reparan las barcas los carpinteros de ribera. Allí he procurado cobijo a un paralítico, a uno que tiene mucha fiebre y a un niño que se está muriendo en brazos de su madre: no podía mandarles a buscarte».

«Has hecho bien. Pero, ¿cómo te las has arreglado para socorrerlos? ¿Quién los ha guiado?, ¡me has dicho que son pobres!...».

«Claro, Maestro. Los ricos tienen carros y caballos; los pobres, sólo las piernas. No pueden seguirte diligentemente. He hecho lo que he podido. Mira: esto es lo poco que he recaudado, pero no he tocado ni una perra; Tú lo harás».

«Pedro, tú también podías haberlo hecho. Ciertamente... Pedro mío, siento que por mí sufras reprensiones o fatigas».

«No, Señor, no debes afligirte por eso. A mí eso no me duele. Sólo siento el no haber podido tener una mayor caridad. Pero, créeme, he hecho, todos hemos hecho cuanto hemos podido».

«Lo sé. Sé que has trabajado y sin intereses personales. Aunque haya faltado la comida, tu caridad no, y es viva, activa, santa a los ojos de Dios».

Detalle

Jesús no está con los discípulos, los ha dejado en casa por un tiempo.