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Notas del tema

¿Quiénes son los apóstoles?

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Comodidad de lectura

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ECR 200.2 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«Hijo, ha llegado a Jerusalén Susana y ha venido inmediatamente acompañando a Áglae. ¿Quieres escucharla ahora que estamos solos?».

«Sí, Madre. En seguida. Y que no suba nadie hasta que haya terminado todo, lo cual espero que sea antes del regreso de los demás. Te ruego que vigiles para que no haya curiosidades indiscretas... en ninguno... y especialmente por lo que se refiere a Judas de Simón».

ECR 200.4 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«¿Tendré la fuerza suficiente para destruir mi carne culpable?».

«En la soledumbre donde estarás — y donde Satanás, en la medida en que tú vayas siendo cada vez más del Cielo, te atacará, cada vez más, rencoroso y violento —, encontrarás a un apóstol mío, primero pecador, luego redimido».

«Entonces no es aquel hombre bendito que me hablaba de ti, ¿no? Demasiado honesto es como para haber sido pecador».

«No es él, es otro. Irá a ti en su momento. Entonces te hablará de lo que ahora no puedes conocer. Ve en paz. Y que la bendición de Dios te acompañe».

Detalle

Aglaé se aísla del resto del mundo y cuestiona a Cristo.

Anotación

Encontrarás a uno de mis apóstoles que una vez fue pecador y luego redimido. Probablemente Mateo.

¿Así que ese no es el bendito apóstol que me hablaba de ti? Andrés.

ECR 200.6 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Pasa un tiempo y se oye la voz de los apóstoles, que vuelven hablando...

Andrés va donde Jesús: «¿Maestro, me has llamado?».

«Sí. Ven. Ninguno lo va a saber, pero a ti es de justicia decírtelo. Andrés, gracias en nombre de Dios y de un alma».

«¿Gracias? ¿Por qué?».

«¿No hueles este perfume? Es el recuerdo de la Velada. Ha venido. Está salvada».

Andrés se pone colorado como una fresa, se derrumba de rodillas, y no encuentra ni una palabra... Por fin dice: «Ahora estoy contento. ¡Bendito sea el Señor!».

«Sí. Levántate. No les digas a los demás que ha estado aquí».

«Guardaré silencio, Señor».

«Ahora puedes marcharte. Escucha... ¿Está todavía Judas de Simón?».

«Sí, ha querido acompañarnos... diciendo... muchas mentiras. ¿Por qué actúa así, Señor?».

«Porque es un muchacho consentido. Dime la verdad: ¿habéis reñido?».

«No. Mi hermano está demasiado contento con su hijo como para tener ganas de discutir. Los demás... ya sabes... son más prudentes. Pero, eso sí, en nuestro interior estamos todos molestos. De todas formas, después de la cena se vuelve a marchar... Otros amigos... dice. ¡Oh, y desprecia a las meretrices!...».

«Tranquilo, Andrés, que tú también te debes sentir feliz esta tarde...».

«Sí, Maestro. Yo también tengo mi invisible pero tierna paternidad. Hasta luego».

Anotación

Yo también tengo mi invisible, pero dulce paternidad. Me voy. Referencia a la paternidad de Pedro hacia Marziam. Jesús le concedió el derecho de ser su padre adoptivo en EMV 199.

ECR 200.7 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Pasa todavía otro rato más y suben en grupo los apóstoles con el niño y Juan de Endor. Los siguen las mujeres con las viandas y las candelas. Por último, Lázaro y Simón.

ECR 200.7 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Pasa todavía otro rato más y suben en grupo los apóstoles con el niño y Juan de Endor. Los siguen las mujeres con las viandas y las candelas. Por último, Lázaro y Simón.

Nada más entrar en la sala exclaman: «¡¡Ah,... entonces provenía de aquí!!» y olfatean el ambiente saturado de perfume de rosas, saturado a pesar de que las puertas estén abiertas de par en par. «Pero, ¿quién ha perfumado de este modo esta habitación? ¿Marta, quizás?» preguntan muchos de los presentes.

«Mi hermana no se ha movido de casa hoy después de la comida» responde Lázaro.

«¿Y quién ha sido entonces? ¿Algún sátrapa asirio?» dice Pedro bromeando.

«El amor de una redimida» dice serio Jesús.

«Podía haberse ahorrado esta inútil ostentosidad de redención y haber dado el coste a los pobres. Son muchos, y saben que nosotros damos. Yo no tengo ya ni un ochavo» dice enfadado Judas Iscariote. «Y tenemos que comprar el cordero, alquilar la sala para el Cenáculo y...».

«Pero si os he ofrecido yo todo...» dice Lázaro.

«No es justo. Pierde su belleza el rito. La Ley dice: “Tomarás el cordero para ti y para tu casa”. No dice: “Aceptarás el cordero”».

Bartolomé se vuelve como movido por un resorte, abre la boca, pero... la cierra. Pedro se pone carmesí por el esfuerzo de guardar silencio. Pero Simón Zelote, que está en su casa, siente que puede hablar y dice: «Eso son sutilezas rabínicas... Te ruego que las olvides y que, eso sí, guardes respeto a mi amigo Lázaro».

«¡Sí señor, Simón!». Pedro, si no habla, explota. «¡Sí señor! Me parece, además, que nos olvidamos demasiado de que el Maestro es el único que tiene derecho a enseñar...». Pedro dice ese “nos olvidamos” haciendo un esfuerzo heroico por no decir “Judas se olvida”.

«Es verdad... pero... es que estoy nervioso. Perdona, Maestro».

«Sí. Y también te respondo. La gratitud es una gran virtud. Yo le estoy agradecido a Lázaro. Como también esta mujer redimida me ha dado las gracias. Derramo sobre Lázaro el perfume de mi bendición, incluso por aquellos, de entre mis apóstoles, que no lo saben hacer; Yo, que soy cabeza de todos vosotros. Esta mujer ha derramado a mis pies el perfume de la alegría por su redención. Ha reconocido al Rey y a Él ha venido, antes que otros muchos, sobre quienes el Rey ha derramado mucho más amor que no sobre ella. Dejadla actuar libremente y no la critiquéis. No podrá estar presente en el momento que me aclamen, como tampoco en el momento de mi unción. Ya lleva sobre sus espaldas su cruz. Pedro, has preguntado que si había venido aquí un sátrapa asirio. Pues bien, en verdad te digo que ni siquiera el incienso de los Magos — tan puro y precioso como era — igualaba en suavidad y valor a éste. La esencia está diluida en el llanto; por eso es tan penetrante: la humildad sostiene al amor y le hace perfecto. Sentémonos a la mesa, amigos...».

Con el ofrecimiento de la comida la visión concluye.

Detalle

Aglaia se presentó a Jesús y derramó perfume en la habitación en señal de su conversión. Cuando los apóstoles subieron, ella ya se había marchado.

Anotación

Libro del Éxodo 12, 3

Ex 12, 3: Habla a toda la congregación de Israel y di: El día diez de este mes, que cada uno tome un cordero por cada familia, un cordero por cada casa

ECR 201.1 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

La comitiva de los apóstoles y las mujeres, encabezada por Jesús y María y el pequeño, que va entre ambos, se está acercando a la Puerta de los Peces. Por tanto, debe ser el miércoles por la mañana. Va con ellos también José de Arimatea, que, fiel a su palabra, ha salido a su encuentro.

Jesús busca con la mirada al soldado Alejandro, pero no le ve.

«Tampoco está hoy. Quisiera saber qué ha sido de él...».

Pero la muchedumbre es tanta, que no hay modo de hablar con los soldados, y quizás sería imprudente, pues los judíos están más intransigentes que nunca ante la inminencia de la fiesta; están, además, resentidos por la captura de Juan el Bautista, y consideran cómplices a Pilatos y a sus hombres de confianza. Deduzco esto por los epítetos y las disputas que continuamente se encienden en la Puerta entre los soldados y la gente, y los insultos... pintorescos, no precisamente urbanos, que estallan a cada momento como el fuego de una girándula perpetua.

Las mujeres de Galilea se sienten escandalizadas y se arrebujan más que nunca en sus velos y mantos. María se ruboriza, pero sigue andando segura, derecha como una palma, mirando a su Hijo, el cual, por su parte, ni siquiera intenta hacer razonar a los exaltados hebreos, o aconsejar a los soldados que tengan piedad de éstos. Y, dado que algún epíteto poco bonito va también a parar al grupo de los galileos, José de Arimatea pasa adelante, al lado de Jesús; de forma que la gente, que le conoce, calla por respeto a él.

Atraviesan por fin la Puerta de los Peces. El río humano que afluye a oleadas a la ciudad, mezclado con burros y hatos de otros animales, se extiende por las calles...

ECR 201.2-3 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«¡Aquí estamos, Maestro!» es el saludo de Tomás, que está con Felipe y Bartolomé en el otro lado de la Puerta.

«¿No está Judas?», «¿Por qué aquí?» preguntan varios.

«No. Estamos aquí desde esta mañana temprano, porque temíamos que pudieras anticipar la llegada. A Judas no le hemos visto. Ayer me encontré con él. Estaba con Sadoq, el escriba. ¿Sabes quién, José?... ese anciano, delgado, con la verruga debajo del ojo. Y había también otros, jóvenes, con ellos. Le grité para saludarle, pero no me respondió, haciendo como que no me conocía. Yo me dije: “¿Pero qué le pasa a éste!”, y le seguí unos metros. Se separó de Sadoq — con él parecía un levita — y se fue con los otros de su edad, que... estaba claro que no eran levitas... Ahora no está... ¡Y sabía que habíamos decidido venir aquí!».

Felipe no dice nada. Bartolomé aprieta los labios hasta casi meterlos hacia dentro, para poner freno al juicio que le sube del corazón.

«¡Bien! ¡Bueno! ¡Vamos igual! ¡No voy a llorar por su ausencia, eso está claro!» dice Pedro.

«Vamos a esperar todavía un poco. Quizás le han entretenido por el camino» dice serio Jesús.

Se ponen junto al muro, de la parte de la sombra: las mujeres en un grupo, los hombres en otro.

Todos están vestidos solemnemente; Pedro, verdaderamente de gala: cubre su cabeza una relumbrante prenda novísima, cándida como la nieve, sujeta por una cinta bordada en rojo y oro; lleva su mejor túnica, de color granate oscurísimo, adornada con un cinturón nuevo (del mismo tipo que el galón que ciñe su cabeza) del que pende el cuchillo (vaina de puñal, empuñadura burilada, funda de latón toda perforada, a través de la cual se ve brillar el hierro tersísimo de la hoja). Todos los demás están también armados más o menos así. El único que no lleva armas es Jesús, que viste lino blanquísimo y un manto azulino (ciertamente lo ha tejido María durante el invierno). Margziam está vestido de rojo pálido; un galón de tono más oscuro ciñe el cuello, el extremo inferior y las bocamangas; lleva un galón igual, bordado, en la cintura y en los bordes del manto que porta plegado en el brazo (contento, con la otra mano lo acaricia); de tanto en tanto, alza la cara, mitad risueña, mitad preocupada... También Pedro lleva en la mano, con cuidado, un paquete.

201.3

Pasa el tiempo... y Judas no llega.

«No se ha dignado...» dice Pedro enfadado; quizás hubiera añadido algo, pero el apóstol Juan dice: «A lo mejor nos está esperando en la Puerta Dorada...».

Van al Templo; pero Judas no está.

A José de Arimatea se le acaba la paciencia y dice: «Vamos».

ECR 201.3-7 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«Vamos».

Margziam se pone levemente pálido, da un beso a María y le dice: «¡Reza!... ¡Reza!...».

«Sí, bonito. No tengas miedo, que lo sabes muy bien».

Margziam se pega a Pedro, aprieta nerviosamente la mano de Pedro, pero no se siente todavía seguro y quiere también la mano de Jesús.

«Yo no voy, Margziam. Voy a rezar por ti. Nos veremos después».

«¿No vienes? ¿Por qué, Maestro?» dice Pedro sorprendido.

«Porque es mejor que no vaya...». Jesús está muy serio, diría triste. Y añade: «José, que es justo, no puede sino aprobar mi acto».

Efectivamente, José no contesta; con su silencio, unido a un elocuente suspiro, confirma.

«Pues entonces... vamos...». Pedro está un poco afligido.

Margziam se agarra a Juan. Y así van, precedidos por José, a quien continuamente saludan con gran respeto. Con ellos van Simón y Tomás; los demás se quedan con Jesús.

201.4

Entran en la misma sala en que años atrás entrara Jesús. Un joven, que está escribiendo en uno de los ángulos, se pone repentinamente en pie al ver a José, y se prosterna.

«Dios sea contigo, Zacarías. Ve rápidamente a llamar a Asrael y a Jacob».

El joven sale y, casi inmediatamente, vuelve con dos rabinos, o arquisinagogos, o escribas... no sé. Son dos desabridos personajes que sólo deponen su altivez ante José. Tras ellos entran otros ocho menos solemnes. Se sientan, dejando en pie a los aspirantes, incluido José de Arimatea.

«¿Qué quieres, José?» pregunta el más anciano.

«Presentar a vuestra perspicacia a este hijo de Abraham, que ha cumplido el tiempo prescrito para entrar en la Ley y en ella regirse por sí mismo».

«¿Es pariente tuyo?» y miran con gesto de estupor.

«En Dios todos somos parientes. Este niño es huérfano. Este hombre, de cuya honestidad me hago garante, le ha tomado, para que su tálamo no quede sin descendencia».

«¿Quién es este hombre? Que responda él».

«Simón de Jonás, de Betsaida de Galilea, casado, sin hijos, pescador para el mundo, para el Altísimo hijo de la Ley».

«Y tú, siendo galileo, te asumes esta paternidad? ¿Por qué?».

«Está escrito en la Ley que se debe mostrar amor hacia el huérfano y la viuda. Yo lo hago».

«¿Puede, acaso, conocer éste la Ley hasta el punto de merecer...? Mas... tú, niño, responde, ¿quién eres?».

«Yabés Margziam de Juan, de los campos de Emaús, nacido hace doce años».

«Entonces, eres judío. ¿Es lícito que se responsabilice de él un galileo? Escudriñemos las leyes».

«Pero, ¿qué soy?: ¿un leproso?, ¿una persona maldita?». Le empieza a hervir la sangre en las venas a Pedro.

«Calla, Simón. Hablaré yo por él. Os he dicho que me hago garante de este hombre. Le conozco como si fuera de mi casa. El anciano José no propondría jamás algo contrario a la Ley, y, ni siquiera, a las leyes. Examinad, pues, al niño con justicia y sin dilación; el patio está lleno de niños que esperan el examen. Por amor a todos, no seáis lentos».

«¿Quién probará que este niño tiene doce años y que fue rescatado del Templo?».

«Lo puedes probar con las escrituras. Es una investigación latosa, pero se puede hacer. Niño, ¿me has dicho que eres el primogénito?».

«Sí, señor. Puedes verlo porque estuve consagrado al Señor y fui rescatado con los debidos diezmos».

«Busquemos entonces estos datos...» dice José.

«No hace falta» responden cortantes los dos hombres insidiosos.

201.5

«Ven aquí, niño. Di el Decálogo» y el niño lo dice seguro. «Dame ese rollo, Jacob. Lee si sabes».

«¿Dónde, rabí?».

«Donde quieras. Donde te caiga la mirada» dice Asrael.

«No. Aquí. Dámelo» dice Jacob. (Y abre hasta un determinado punto el rollo y dice: «Aquí»).

«“Entonces él les dijo secretamente: ‘Bendecid al Dios del Cielo, dadle gloria ante todos los seres vivos, porque ha sido misericordioso con vosotros. Ciertamente bueno es mantener celado el secreto del rey, pero es honorífico revelar...’ ”».

«¡Basta, basta! ¿Qué es esto?» pregunta Jacob señalando las franjas de su manto.

«Las franjas sagradas, señor; las llevamos para no olvidarnos de los preceptos del Señor altísimo».

«¿Le es lícito a un israelita nutrirse con cualquier tipo de carne?...» pregunta Asrael.

«No, señor; sólo con las que hayan sido declaradas puras».

«Dime los preceptos...».

Y el niño, dócilmente, empieza a decir la letanía de los: «No harás...».

«¡Basta, basta!, para ser un galileo sabe hasta demasiado. Hombre, ahora te toca a ti jurar que tu hijo es mayor de edad».

Pedro, con el mejor donaire después de tanto desaire, pronuncia su breve discurso paterno: «Como habéis visto, mi hijo, llegado a la edad prescrita, conociendo la Ley, los preceptos, las usanzas, las tradiciones, las ceremonias, las bendiciones, las oraciones..., es capaz de guiarse a sí mismo. Por tanto, como habéis podido constatar, estamos en condiciones, yo y él, de pedir la mayoría de edad. La verdad es que debía haberlo dicho antes esto, pero aquí han sido violadas — y no por nosotros, galileos — las usanzas, y se le ha preguntado al hijo antes que al padre. Y ahora os digo: dado que le habéis juzgado apto, desde este momento no soy ya responsable de sus acciones, ni ante Dios ni ante los hombres».

«Pasad a la sinagoga».

El pequeño cortejo entra en la sinagoga, entre los adustos rostros de los rabinos a los que Pedro ha puesto firmes.

Erguido, frente a los ambones y a las lámparas, cortan los cabellos a Margziam; antes le llegaban hasta los hombros, ahora quedan a la altura de las orejas. Pedro abre su taleguillo y saca un bonito cinturón de lana roja, bordada en amarillo oro, y con él ciñe la cintura del niño, luego, mientras los sacerdotes hacen lo propio en la frente y el brazo con cintas de cuero, Pedro está tratando de prender en el manto — Margziam se lo ha pasado — las sagradas franjas. ¡Qué emocionado está Pedro cuando entona la alabanza al Señor!...

201.6

Con esto se pone fin a la ceremonia. Ahuecan el ala ligeros; Pedro dice: «¡Menos mal! ¡No podía más! ¿Has visto, José? Ni siquiera han completado el rito. No importa. Tú... tú, hijo mío, tienes a otro que te consagra... Vamos a adquirir un corderito para el sacrificio de alabanza al Señor; un corderito encantador, como tú. ¡Gracias, José! Dile tú también “gracias” a este gran amigo. Sin ti, nos hubieran tratado mal del todo».

«Simón, me siento contento de haber sido útil a un justo como tú. Te ruego que vengas a mi casa de Beceta, para el banquete, y contigo todos, como es lógico».

«Vamos a decírselo al Maestro. Para mí... ¡demasiado honor!» dice, humilde, Pedro (pero se le ve radiante de alegría).

Cruzan en sentido inverso claustros y atrios hasta llegar al patio de las mujeres; allí todas felicitan a Margziam. Luego los hombres pasan al atrio de los israelitas, donde está Jesús acompañado de los suyos. Se reúnen todos — armónica comunión de felicidad — y, mientras Pedro va a sacrificar el cordero, se encaminan entre pórticos y patios hasta el muro exterior.

201.7

¡Qué feliz se le ve a Pedro con su hijo, que ahora es ya un israelita perfecto! Tanto, que no advierte la arruga que se dibuja en la frente de Jesús, ni percibe el silencio, más bien angustioso, de sus compañeros. Sólo cuando están en la sala de la casa de José — cuando el niño, ante la pregunta de rigor acerca de lo que hará en el futuro, declara: «Seré pescador como mi padre» — Pedro, entre lágrimas, se da cuenta y comprende...

«La verdad es que Judas nos ha metido una gota de acíbar en esta fiesta... Estás preocupado, Maestro... y los demás están tristes por esto. Perdonad todos si no me he dado cuenta antes... ¡Ay..., este Judas!...».

Su suspiro creo que está presente en todos los corazones... Pero Jesús, para disolver la amargura, se esfuerza en sonreír, y dice: «No te apenes por esto, Simón. Sólo falta tu mujer en esta fiesta... Estaba pensando también en ella, tan buena y sacrificada como es siempre. Pronto recibirá su parte de alegría, inesperada: ¡te imaginas con qué gozo? Pensemos en lo bueno que hay en el mundo. Ven. Así que Margziam ha respondido perfectamente, ¿eh? Sabía que sería así...».

José da indicaciones a los servidores y luego vuelve a la sala: «Os doy a todos las gracias — dice — por haberme rejuvenecido con esta ceremonia y por haberme concedido el honor de poder recibir en mi casa al Maestro, a su Madre, a los parientes, y a vosotros, queridos condiscípulos. Venid al jardín a disfrutar de aire puro y flores...».

Y todo termina.

ECR 201.7 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

¡Qué feliz se le ve a Pedro con su hijo, que ahora es ya un israelita perfecto! Tanto, que no advierte la arruga que se dibuja en la frente de Jesús, ni percibe el silencio, más bien angustioso, de sus compañeros. Sólo cuando están en la sala de la casa de José — cuando el niño, ante la pregunta de rigor acerca de lo que hará en el futuro, declara: «Seré pescador como mi padre» — Pedro, entre lágrimas, se da cuenta y comprende...

«La verdad es que Judas nos ha metido una gota de acíbar en esta fiesta... Estás preocupado, Maestro... y los demás están tristes por esto. Perdonad todos si no me he dado cuenta antes... ¡Ay..., este Judas!...».

Su suspiro creo que está presente en todos los corazones... Pero Jesús, para disolver la amargura, se esfuerza en sonreír, y dice: «No te apenes por esto, Simón. Sólo falta tu mujer en esta fiesta... Estaba pensando también en ella, tan buena y sacrificada como es siempre. Pronto recibirá su parte de alegría, inesperada: ¡te imaginas con qué gozo? Pensemos en lo bueno que hay en el mundo. Ven. Así que Margziam ha respondido perfectamente, ¿eh? Sabía que sería así...».

José da indicaciones a los servidores y luego vuelve a la sala: «Os doy a todos las gracias — dice — por haberme rejuvenecido con esta ceremonia y por haberme concedido el honor de poder recibir en mi casa al Maestro, a su Madre, a los parientes, y a vosotros, queridos condiscípulos. Venid al jardín a disfrutar de aire puro y flores...».

Y todo termina.

Detalle

Marziam acaba de aprobar su examen de mayoría de edad.

ECR 202.1-4 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Víspera de la Pascua. Jesús — sólo con los apóstoles, pues las mujeres no están con el grupo — espera a que Pedro vuelva de llevar el cordero pascual para el sacrificio.

Está hablando de Salomón al niño. En esto, hele ahí a Judas: está cruzando el patio más grande. Va con un grupo de jóvenes. Habla con grandes, ampulosos gestos y poses enfervorizadas. Su manto se agita continuamente y él se lo coloca con ademán de sabio... Creo que Cicerón no era tan pomposo cuando pronunciaba sus discursos...

«¡Mira Judas, está allí!» dice Judas Tadeo.

«Va con un grupo de saforimes» observa Felipe.

Y Tomás dice: «Voy a oír qué dice» y va sin esperar a que Jesús exprese su previsible negativa.

¿Y Jesús!... ¡Ay, el rostro de Jesús!... Su expresión es de hondo sufrimiento y severo juicio. Margziam, que le estaba mirando ya desde antes, mientras, delicado y levemente triste, le hablaba del gran rey de Israel, ve este cambio, y casi se asusta; entonces, agita la mano de Jesús para volver a atraer su atención, diciendo: «¡No mires! ¡No mires! ¡Mírame a mí, que te quiero mucho!»....

202.2

Tomás logra llegar hasta donde Judas sin ser visto, y así le sigue durante unos metros. No sé lo que estará oyendo, lo que sí sé es que suelta una inesperada exclamación retumbante que hace volverse a muchos, especialmente a Judas, que se pone lívido de rabia: «¡Pero cuántos rabíes tiene Israel! ¡Te felicito, nueva lumbrera de sabiduría!».

«No soy una piedra, sino una esponja, y, por tanto, absorbo; y, cuando el deseo de los hambrientos de sabiduría lo solicita, me exprimo para darme con todos mis humores vitales». Judas se muestra ampuloso y despreciativo.

«Se diría que eres eco fiel. Pero el eco, para subsistir, debe estar cerca de la Voz; si no, muere, amigo. Y tú, me parece que te estás alejando de ella. Él está allí. ¿No vienes?».

Judas se pone de todos los colores, con esa cara suya rencorosa y repugnante de sus momentos peores; pero se domina, y dice: «Adiós, amigos. Aquí estoy, contigo, Tomás, querido amigo mío. Vamos inmediatamente con el Maestro. No sabía que estaba en el Templo. Si lo hubiera sabido, le hubiera buscado» y pasa el brazo por los hombros a Tomás como si sintiera un gran afecto por él.

Pero Tomás, pacífico pero no estúpido, no se deja engatusar con estas declaraciones... y pregunta, con un poco de sorna: «¿Cómo! ¿No sabes que es Pascua? ¿Crees que el Maestro no es fiel a la Ley?».

«¡No! ¡De ninguna manera! Pero el año pasado se mostraba, hablaba... Me acuerdo precisamente de este día. Me atrajo por su impetuosidad regia... Ahora... Me da la impresión de que haya perdido vigor. ¿No te parece?».

«A mí no. Me da la impresión de una persona que haya perdido confianza».

«En su misión, eso es, tú lo has dicho».

«No. Entiendes mal. Ha perdido confianza en los hombres. Y tú eres uno de los que ha contribuido a ello. ¡Deberías avergonzarte!». Ya no ríe Tomás, tiene expresión sombría y su reprensión bate como un latigazo.

«¡Ten cuidado con lo que dices!» dice Judas con tono amenazador.

«¡Y tú ten cuidado con lo que haces! Aquí estamos dos judíos, sin testigos. Por eso hablo, y te vuelvo a decir que deberías avergonzarte. Y ahora guarda silencio. No te pongas trágico ni te pongas a lloriquear, porque, si no, hablo delante de todos.

202.3

Ahí están el Maestro y los compañeros. Modérate».

«Paz a ti, Maestro...».

«Paz a ti, Judas de Simón».

«¡Qué alivio encontrarte aquí!... Yo tendría necesidad de hablarte...».

«Habla».

«Mira, es que... quería decirte... ¿No puedo decírtelo aparte?».

«Estás entre tus compañeros».

«Querría hablar contigo a solas».

«En Betania estoy solo, con quien tiene interés en mí y me busca; pero tú no me buscas, sino que tratas de evitarme».

«No, Maestro, no puedes decir eso».

«¿Por qué ayer has ofendido a Simón, y con él a mí, y con nosotros a José de Arimatea, y a los compañeros, y a mi Madre y a las otras mujeres?».

«¿Yo? ¡Pero si no os vi!».

«No quisiste vernos. ¿Por qué no viniste, como habíamos convenido, para bendecir al Señor por un inocente que iba a ser acogido en el seno de la Ley? ¡Responde! ¿No sentiste ni siquiera la necesidad de avisar de que no ibas a venir?».

«¡Ahí viene mi padre!» grita Margziam, que ha visto a Pedro de regreso con su cordero degollado, vaciado de sus vísceras y envuelto de nuevo en su piel. «¡Vienen también Miqueas y los otros! Voy, ¿puedo ir a su encuentro para oír lo que dicen de mi anciano padre?».

«Ve, hijo» dice Jesús acariciándole; y añade, tocando a Juan de Endor en un hombro: «Por favor, acompáñale y... entreténle un poco». Y vuelve al punto en que estaba con Judas: «¡Estoy esperando tu respuesta!».

«Maestro... me surgió improvisamente una incumbencia... inaplazable... Lo sentí... Pero...».

«¿Y no había en toda Jerusalén una persona que pudiera comunicar esta justificación tuya?... ¡Admitiendo que la tuvieras!... Y ya de por sí era reprobable. Te recuerdo que hace poco un hombre ha prescindido de ir a enterrar a su padre por seguirme, y que mis hermanos han dejado entre anatemas la casa paterna por seguirme a mí, y que Simón y Tomás, y con ellos Andrés, Santiago, Juan, Felipe y Natanael han dejado la familia, y Simón Cananeo la riqueza para dármela a mí, y Mateo el pecado para seguirme a mí. Y podría continuar con otros cien nombres. Hay quien deja la vida, la misma vida, para seguirme hasta el Reino de los Cielos. Pero, dado que estás tan privado de generosidad, al menos sé educado; dado que no tienes caridad, ten al menos elegancia; imita, puesto que te agradan, a esos fariseos falsos que me traicionan, que nos traicionan, pero que lo hacen mostrándose educados. Tu deber era reservarte para nosotros ayer, para no ofender a Pedro, que exijo sea respetado por todos. ¡Pero, qué menos que mandar recado?».

«He errado.

202.4

Pero ahora venía expresamente a buscarte para decirte que — por el mismo motivo — mañana no puedo venir. Es que tengo amigos de mi padre y me...».

«Basta. Puedes ir con ellos. Adiós».

«Maestro...¿estás enfadado conmigo? Me dijiste que serías un padre para mí... Soy un muchacho incauto, pero un padre perdona...».

«Te perdono, pero márchate; no hagas esperar más a los amigos de tu padre. Yo tampoco haré esperar más a los amigos del santo Jonás».

«¿Cuándo vas a dejar Betania?».

«Al final de los Ácimos. Adiós». Jesús se vuelve y va hacia los campesinos, que están extasiados ante el cambio que ven en Margziam.

Camina unos pasos, pero se detiene al oír la observación que hace Tomás: «¡Por Yeohvah! Quería ver tu impetuosidad regia... ¡Pues ha quedado servido!...».

«Os ruego que olvidéis todos este incidente, de la misma forma que Yo me esfuerzo en olvidarlo. Y os ordeno que guardéis silencio ante Simón de Jonás, Juan de Endor y el pequeño. Por motivos que vuestra inteligencia puede comprender, no conviene causarles a ninguno de los tres ni dolor ni escándalo. Y silencio también en Betania, ante las mujeres. Que está entre ellas mi Madre, recordadlo».

«Puedes estar tranquilo, Maestro», «haremos de todo para reparar esto», «y para consolarte» dicen todos.

«¡Gracias!...»

Anotación

Jesús le habla al niño de Salomón: Este es probablemente el rey Salomón.

Está con un grupo de saforim. Saforim (sopherîms): escribas.

No haré esperar más a los amigos del santo Jonás. Jonás de Esdrelón.

¡Por Jéovêh! ¡Quería verte con tu violencia real! Geovà en el texto original. Ver la pronunciación del nombre divino.