ECR 49.1-2
El Evangelio como me ha sido revelado
Cita
49.1 A las 2 de la tarde veo esto:
Jesús camina solo por una vereda que corta dos parcelas de cultivo. Juan se dirige hacia Él por un sendero completamente distinto que hay entre las tierras; al final le alcanza, pasando por una abertura del seto.
Juan, tanto en la visión de ayer como en la de hoy, es muy joven. Tiene un rostro sonrosado e imberbe, de hombre apenas hecho. Siendo, además, rubio, no se ve en él ni una señal de bigote o de barba, sino sólo el color rosáceo de las mejillas lisas, el rojo de los labios y la luz risueña de su hermosa sonrisa y mirada pura (no tanto por su color turquesa oscuro cuanto por la limpieza del alma virgen que en ella puede verse). Los cabellos rubio-castaños, largos y esponjosos, se mecen al ritmo de su paso, que es tan veloz que parece que corriera.
Llama, cuando está para pasar el seto: «¡Maestro!».
Jesús se detiene y se vuelve sonriendo.
«¡Maestro, suspiraba por ti! Me han dicho en la casa donde estás que habías venido hacia la campiña... Pero no exactamente a dónde. Y temía no verte». Juan habla levemente inclinado, por respeto. Y, no obstante, se le ve lleno de confidente afecto en su actitud y en la mirada, que alza hacia Jesús, con la cabeza ligeramente en dirección al hombro.
«He visto que me buscabas y he venido hacia ti».
«¿Me has visto? ¿Dónde estabas, Maestro?».
«Allí», y Jesús indica un grupo de árboles lejanos que, por el color del ramaje, yo diría que son olivos. «Estaba allí, orando y pensando en lo que voy a decir esta tarde en la sinagoga. Pero lo he dejado en seguida, nada más verte».
«¿Y cómo has podido verme si yo apenas distingo ese lugar, escondido detrás de aquel promontorio?».
«Y, sin embargo, ya ves que he salido a tu encuentro porque te he visto. Lo que no hace el ojo lo hace el amor».
«Sí, lo hace el amor.
49.2 Entonces, me amas, ¿no, Maestro?».
«Y tú, ¿me amas, Juan, hijo de Zebedeo?».
«Mucho, Maestro. Tengo la impresión de haberte amado siempre. Antes de conocerte, mi alma te buscaba, y, cuando te he visto, ella me ha dicho: “He ahí a quien buscas”. Yo creo que te he encontrado porque mi alma te ha sentido».
«Tú lo dices, Juan, y es así. Yo también he venido hacia ti porque mi alma te ha sentido. ¿Durante cuánto tiempo me amarás?».
«Siempre, Maestro. Ya no quiero amar a nadie que no seas Tú».
«Tienes padre y madre, hermanos, hermanas; tienes la vida, y, con la vida, la mujer y el amor. ¿Serás capaz de dejarlo todo por mí?».
«Maestro... no sé... pero me parece, si no es soberbia el decirlo, que tu predilección será, para mí, padre, madre, hermanos, hermanas e incluso mujer. De todo, sí, de todo me consideraré saciado, si Tú me amas».
«¿Y si mi amor te comporta sufrimientos y persecuciones?».
«Será como nada, Maestro, si Tú me amas».
«Y el día que Yo debiera morir...».
«¡No! Eres joven, Maestro... ¿Por qué morir?».
«Porque el Mesías ha venido para predicar la Ley en su verdad y para llevar a cabo la Redención. Y el mundo aborrece la Ley y no quiere redención. Por eso persigue a los mensajeros de Dios».
«¡Oh, que esto no suceda! ¡No le manifiestes este pronóstico de muerte a quien te ama!... Pero, aunque tuvieras que morir, yo te amaría de todas formas. Deja que te ame». Juan tiene una mirada suplicante. Más humilde que nunca, camina al lado de Jesús y parece como si mendigara amor.
Jesús se detiene. Le mira, le taladra con la mirada de su ojo profundo, y, poniéndole la mano sobre su cabeza inclinada, le dice: «Quiero que me ames».
«¡Oh, Maestro!». Juan se siente feliz. Aunque su pupila brille de llanto, ríe con esa joven boca suya bien dibujada; toma la mano divina, la besa en el dorso y la aprieta contra su corazón.
Detalle
Descripción física de Jean