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ECR 60.1-2

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

60.1 Pedro le está hablando a Jesús. Dice: «Maestro, quisiera rogarte que vengas a mi casa. No me atreví a decírtelo el sábado pasado. Pero... querría que vinieras».

«¿A Betsaida?».

«No, aquí... a casa de mi mujer; la casa natal, quiero decir».

«¿Por qué este deseo, Pedro?».

«Por muchas razones... y, además, hoy me han dicho que mi suegra está enferma. Si quisieras curarla, quizás te...».

«Termina, Simón».

«Quería decir... si te la presentasen, ella dejaría... sí, en definitiva, ya sabes, una cosa es oír hablar de uno y otra cosa es verle y oírle; y si esta persona, además, cura, pues entonces...».

«Entonces cesa incluso el odio, quieres decir».

«No, odio no. Pero, ya sabes... el pueblo está dividido en muchos pareceres, y ella... no sabe a quién hacer caso. Ven, Jesús».

«Voy. Vamos. Advertidles a los que esperan que les hablaré desde tu casa».

60.2 Van hasta una casa baja, aún más baja que la de Pedro en Betsaida, y situada aún más cerca del lago, del que está separada por una faja de orilla guijarrosa; y creo que durante las borrascas las olas van a morir contra los muros de la casa, que es baja pero muy ancha, de forma que da la impresión de que estuviera habitada por varias personas.

En el huerto que se abre en la parte delantera de la casa, hacia el lago, no hay más que una vid vieja y nudosa, extendida sobre una rústica pérgola y una vieja higuera plegada completamente hacia la casa por los vientos del lago. El ramaje del árbol, como cabellera despeinada, apenas roza sus muros y llama a los postigos de las pequeñas ventanas, cerrados como protección del vivo sol que incide sobre la casita. Sólo se ve esta higuera y esta vid y un pozo bajo con su brocal verdoso.

«Entra, Maestro».

Algunas mujeres están en la cocina: dedicadas unas a remendar las redes; otras, a preparar la comida. Saludan a Pedro y luego se inclinan, confusas, ante Jesús, mirándole de soslayo con curiosidad.

Detalle

Pedro tenía dos casas: una en Betsaida, que era la suya, y la otra en Cafarnaún, que era de hecho la casa de su suegra y el lugar de nacimiento de Porfirio.

ECR 60.5-6

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

60.5 Jesús con Pedro, Andrés, Santiago y Juan, va al huerto a sen­tarse.

60.6 « (...) «Mira, viene tu suegra».

«Maestro... Te ruego que compartas mi mesa».

«Gracias, mujer. Dios te lo pague».

Entran en la cocina y se sientan a la mesa, y la anciana sirve a los hombres, distribuyendo pródigamente el pescado en sopa y asado. «Perdonad, pero no tengo más que esto» dice. Y, para no perder la costumbre, le dice a Pedro: «¡Demasiado hacen, incluso, tus cuñados, solos como se han quedado desde que te has ido a Betsaida! Si al menos hubiera servido para hacer más rica a mi hija... Pero oigo que muy frecuentemente te ausentas y no pescas».

«Sigo al Maestro. He ido con Él a Jerusalén y el sábado estoy con Él. No pierdo el tiempo en comilonas».

«Pero no ganas dinero. Mejor sería, ya que quieres servir al Profeta, que te vinieras aquí de nuevo. Al menos esa pobre hija mía, mientras tú te dedicas a ser santo, tendría a los familiares que le dieran de comer».

«Pero ¿no te da vergüenza hablar así delante de Él, que te ha curado?».

«Yo no le critico a Él. Él se dedica a su oficio. Te critico a ti que haces el vago. Total, tú no serás nunca un profeta ni un sacerdote. Eres un ignorante y un pecador, un completo inútil».

«Porque está Él, que si no...».

«Simón, tu suegra te ha dado un consejo excelente. Puedes pescar también desde aquí. Por lo que oigo, ya antes pescabas en Cafarnaúm. Puedes volver ahora».

«¿Y vivir aquí de nuevo? Pero Maestro, Tú no...».

«Tranquilo, Pedro mío. Si tú estás aquí, estarás o en el lago o conmigo. Por tanto, ¿qué más te da estar o no estar en esta casa?». Jesús ha puesto la mano sobre el hombro de Pedro y parece que la calma de Jesús pasa al fogoso apóstol.

«Tienes razón. Siempre tienes razón. Lo haré. Pero... ¿y éstos?» (alude a Juan y a Santiago, sus socios).

«¿No pueden venir también ellos?».

«Nuestro padre, y sobre todo nuestra madre, en todo caso estarán más contentos sabiendo que estamos contigo, Jesús, que con ellos. No pondrán dificultades».

«Quizás venga también Zebedeo» dice Pedro.

«Es más que probable. Y con él otros. Vendremos, Maestro, sin duda vendremos».

Detalle

Jesús acaba de curar a la suegra de Pedro. Curada, sirvió una comida al Maestro y a sus discípulos... y reprochó a su yerno.

ECR 60.7

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

60.7 «¿Está aquí Jesús de Nazaret?». pregunta un niño asomándose a la puerta.

«Está aquí. Pasa».

Entra un niño, al cual reconozco como uno de los de las primeras visiones de Cafarnaúm, concretamente el que prometió ser bueno después de tropezarse con las piernas de Jesús... para comer la miel del Paraíso.

«Pequeño amigo, pasa» dice Jesús.

El niño, un poco atemorizado por tanta gente como le mira, se tranquiliza y corre donde Jesús, que le abraza y se le coloca sobre las rodillas, y le da un trozo de su pescado en una rodaja de pan.

«Mira, Jesús, esto es para ti. También hoy esa persona me ha dicho: “Es sábado. Llévale esto al Rabí de Nazaret y dile a tu amigo que ore por mí”. ¡Sabe que eres mi amigo!...» — el niño ríe feliz y come su pan y su pescado —.

«¡Sí señor!, Santiago. Le dirás a esa persona que mis oraciones por él suben al Padre».

«¿Es para los pobres?» pregunta Pedro.

«Sí».

«¿Es el donativo de costumbre? Veamos».

Jesús le da la bolsa. Pedro vuelca las monedas y cuenta. «¡También esta vez la misma fuerte suma! ¿Pero quién es esta persona? Di, niño, ¿quién es?».

«No lo debo decir y no lo diré».

«¡Qué desconsiderado! ¡Vamos, que si eres bueno te doy fruta!».

«Yo no lo diré, ni aunque me insultes, ni aunque me acaricies».

«¡Mirad qué lengua!».

«Santiago tiene razón, Pedro. Mantiene la palabra dada; déjale en paz».

«Tú, Maestro, ¿sabes quién es esta persona?».

Jesús no responde. Se ocupa del niño, al cual le da otro trozo de pescado asado, bien limpio de espinas. Pero Pedro insiste y Jesús debe responder. «Yo sé todo, Simón».

«¿Y nosotros no podemos saberlo?».

«¿Y tú no te curarás nunca de tu defecto?». Jesús reprende pero sonríe. Y añade: «Pronto lo sabrás; porque, si el mal querría estar oculto y no siempre puede permanecer escondido, el bien, aunque quiera estarlo para ser meritorio, es descubierto un día para gloria de Dios, cuya naturaleza resplandece en un hijo suyo; la naturaleza de Dios: el amor. Esta persona lo ha comprendido, porque ama a su prójimo. Ve, Santiago. Llévale mi bendición».

La visión cesa así.

Detalle

La curiosidad de Pierre por el monedero que traía el niño Jacques.

ECR 61

El Evangelio como me ha sido revelado

Detalle

Jesús cuenta una parábola sobre el caballo amado del rey. Habla de la voluntad del hombre, del Hijo enviado por el Padre para salvar a su amada criatura. La gente dice a Jesús que, ante tal actitud, el caballo debe volver a Dios, pues su rey quiere el bien para él, y Jesús les anima a seguir la respuesta que le han dado.

Entonces Jesús quiere dar el óbolo. Aparecen un jorobado (que no se atrevió a pedir el milagro) y un anciano que ha venido a suplicar la curación de su hija, postrada en cama. Jesús los curó.

También a una mujer de 27 años, con siete hijos, a la que no le quedaba nada. Le dio una gran suma de dinero y le prometió que la ayuda de Dios no le faltaría.

Por último, hay un anciano harapiento a quien Jesús no da nada. El hombre afirma que Cristo es injusto y monta una escena. Pero Jesús le reprende, porque es un mentiroso, un usurero, un avaro y un ladrón. Le ordena que se vaya y, mientras la multitud se ríe, Jesús les reprende también a ellos, diciéndoles que nunca sean crueles insultando a un pecador, porque cada uno tiene su propio pecado. Jesús debió avergonzarlo, porque nunca está permitido ser ladrón, pero él sufrió por hacerlo, e invita a la gente a no ser avariciosa, a no mentir, a ser pura y honesta.

Finalmente, Jesús libera a dos endemoniados. Pero se siente abrumado, porque hay posesiones que supuran en el corazón de las personas y las cierran a la honestidad y al amor. Jesús se entristece. La visión termina ahí.

ECR 61.3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

61.3 El murmullo de costumbre entre la multitud...

Jesús les ordena a los discípulos: «Haced que los pobres pasen hacia adelante. Tengo para ellos una rica ofrenda de una persona que se encomienda a ellos para obtener perdón de Dios».

Detalle

Jesús utiliza la bolsa entregada por Mateo para dar a los pobres y describe a Mateo como "una persona que se encomienda a ellos para obtener el perdón de Dios".

Palabras clave

ECR 61.3.5

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Jesús les ordena a los discípulos: «Haced que los pobres pasen hacia adelante. Tengo para ellos una rica ofrenda de una persona que se encomienda a ellos para obtener perdón de Dios».

Pasan adelante tres viejecitos andrajosos, dos ciegos y un tullido, y luego una viuda con siete niños macilentos.

Jesús los mira fijamente uno por uno, sonríe a la viuda y especialmente a los huerfanitos, es más, le ordena a Juan: «Que a éstos se les ponga allí, en el huerto, quiero hablar con ellos», mas toma aspecto severo, con fuego en los ojos, cuando se presenta a Él un hombre entrado en años; pero no dice nada, por el momento.

Llama a Pedro y le pide la bolsa recibida poco antes y otra llena de monedas más pequeñas (varios donativos recogidos entre las buenas personas). Vuelca todo sobre el banco que hay cerca del pozo. Cuenta y divide. Hace seis partes: una muy grande, toda de monedas de plata; cinco más pequeñas, con mucho bronce y sólo alguna moneda grande. (...) Se acerca el tercer anciano, que parece el más andrajoso. A Jesús sólo le queda el montón grande de monedas. Grita: «Mujer, ven con tus pequeños».

La mujer, joven, macilenta, se acerca bajando la cabeza. Parece una gallina triste entre su triste pollada.

«¿Desde cuándo eres viuda, mujer?».

«En la luna de Tisrí se cumplirán tres años».

«¿Cuántos años tienes?».

«Veintisiete».

«¿Son todos tus hijos?».

«Sí, Maestro, y... ya no tengo nada. Todo acabado... ¿Cómo puedo trabajar si ninguno me acepta, con todas estas criaturas?».

«Dios no abandona ni siquiera al gusano que ha creado. No te abandonará, mujer. ¿Dónde estás?».

«En el lago. A tres estadios fuera de Betsaida. Él me dijo que viniera... Mi marido murió en el lago; era pescador...». (“Él” es Andrés, que se pone colorado y desearía desaparecer de la vista).

«Has hecho bien, Andrés, en decir a esta mujer que viniera a mí».

Andrés se siente más seguro y susurra: «El hombre era mi amigo, era bueno; murió en la tempestad, perdiendo también la barca».

«Ten, mujer. Esto te ayudará durante mucho tiempo, y luego saldrá otro sol sobre tu día. Sé buena, educa en la Ley a tus hijos y no te faltará la ayuda de Dios. Te bendigo a ti y a tus pequeños» y los acaricia uno a uno con gran piedad.

La mujer se marcha con su tesoro apretado contra el corazón.

Palabras clave

ECR 62.4

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

62.4 ­¿De dónde eran estos que venían a mí?».

«De Corazín, de Betsaida, de Cafarnaúm, y hasta había quien había venido de Tiberíades y de Guerguesa, y de los muchos pueblecitos esparcidos entre una y otra ciudad».

«Id a ellos y decidles que iré a Corazín, a Betsaida y a los pueblos que están entre ambas ciudades».

«¿Por qué no Cafarnaúm?».

«Porque Yo soy para todos y todos me deben tener, y además... me está esperando el anciano Isaac... Su esperanza no debe quedar defraudada».

«¿Tú nos esperas aquí, entonces?».

«No. Me voy, y vosotros os quedáis en Cafarnaúm para encaminar hacia mí a las multitudes; Yo iré después».

«Nos quedamos solos...» — se le va afligido a Pedro —.

«No te entristezcas. Que la obediencia te alegre, y con ella la persuasión de serme un discípulo útil. Y contigo y como tú estos otros».

Pedro y Andrés con Santiago y Juan recobran la serenidad. Jesús los bendice y se separan.

Así termina la visión.

Detalle

Pedro le dice a Jesús que algunas personas han venido a verle y le pregunta:

ECR 64.1-2

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

64.1 Veo las orillas del lago de Genesaret, y también las barcas de los pescadores sacadas a tierra; en la orilla, apoyados en ellas, están Pedro y Andrés, dedicados a reparar las redes que los peones les llevan goteando después de quitar los detritos que habían quedado aprisionados en éstas aclarándolas en el lago. A una distancia de unos diez metros, Juan y Santiago, centrados en su barca, tratan de poner orden en ella, ayudados por un peón y por un hombre de unos cincuenta o cincuenta y cinco años, que creo que es Zebedeo, porque el peón le llama “jefe” y porque es parecidísimo a Santiago.

Pedro y Andrés, de espaldas a la barca, se dedican silenciosos a volver a atar cuerdas y corchos señalizadores. Sólo de vez en cuando se intercambian algunas palabras acerca de su trabajo, el cual, por lo que puedo entender, ha sido infructuoso.

Pedro se queja de ello, no porque su bolsa esté vacía, ni por la inutilidad del esfuerzo, sino que dice: «Lo siento porque... ¿cómo vamos a arreglárnoslas para dar algo de comer a esos pobrecillos? A nosotros sólo nos llegan raros donativos, y yo no toco esos diez denarios y siete dracmas que hemos recogido en estos cuatro días. El Maestro, y sólo Él, me debe indicar para quién y cómo se han de distribuir esas monedas. ¡Y hasta el sábado Él no vuelve! ¡Si hubiera tenido buena pesca!... El pescado más menudo lo habría cocinado y se lo habría dado a esos pobres... y, si alguien de mi casa se hubiera quejado, no me hubiera importado: los sanos pueden ir a buscarlo, ¡pero los enfermos...!».

«¡Y además ese paralítico!... Ya han recorrido mucho camino para traerle aquí...» dice Andrés.

«Mira, hermano, yo pienso... que no podemos estar divididos. No sé por qué el Maestro no nos quiere tener permanentemente con Él. Al menos... no vería a estos pobrecillos a los que no puedo socorrer y, aunque los viera, podría decirles: “Él está aquí”».

64.2 «¡Aquí estoy!» — Jesús ha venido caminando despacio por la arena blanda.

Pedro y Andrés se estremecen. Se les escapa un grito: «¡Oh! ¡Maestro!»; y llaman a Santiago y a Juan: «¡El Maestro! ¡Venid!».

Los dos acuden, y todos se arriman a Jesús. Uno le besa la túnica, otro las manos; Juan osa pasarle un brazo alrededor de la cintura y apoyar la cabeza sobre su pecho; Jesús le besa en el pelo.

«¿De qué hablabais?».

«Maestro... estábamos diciendo que te íbamos a necesitar».

«¿Para qué, amigos?».

«Para verte y amarte viéndote, y, además, por algunos pobres y enfermos; te esperan desde hace dos días o más... Yo he hecho lo que podía. Los he alojado allí ¿ves aquella cabaña en aquel terreno baldío? Allí reparan las barcas los carpinteros de ribera. Allí he procurado cobijo a un paralítico, a uno que tiene mucha fiebre y a un niño que se está muriendo en brazos de su madre: no podía mandarles a buscarte».

«Has hecho bien. Pero, ¿cómo te las has arreglado para socorrerlos? ¿Quién los ha guiado?, ¡me has dicho que son pobres!...».

«Claro, Maestro. Los ricos tienen carros y caballos; los pobres, sólo las piernas. No pueden seguirte diligentemente. He hecho lo que he podido. Mira: esto es lo poco que he recaudado, pero no he tocado ni una perra; Tú lo harás».

«Pedro, tú también podías haberlo hecho. Ciertamente... Pedro mío, siento que por mí sufras reprensiones o fatigas».

«No, Señor, no debes afligirte por eso. A mí eso no me duele. Sólo siento el no haber podido tener una mayor caridad. Pero, créeme, he hecho, todos hemos hecho cuanto hemos podido».

«Lo sé. Sé que has trabajado y sin intereses personales. Aunque haya faltado la comida, tu caridad no, y es viva, activa, santa a los ojos de Dios».

Detalle

Jesús no está con los discípulos, los ha dejado en casa por un tiempo.

ECR 64.1

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

64.1 Veo las orillas del lago de Genesaret, y también las barcas de los pescadores sacadas a tierra; en la orilla, apoyados en ellas, están Pedro y Andrés, dedicados a reparar las redes que los peones les llevan goteando después de quitar los detritos que habían quedado aprisionados en éstas aclarándolas en el lago. A una distancia de unos diez metros, Juan y Santiago, centrados en su barca, tratan de poner orden en ella, ayudados por un peón y por un hombre de unos cincuenta o cincuenta y cinco años, que creo que es Zebedeo, porque el peón le llama “jefe” y porque es parecidísimo a Santiago.

Pedro y Andrés, de espaldas a la barca, se dedican silenciosos a volver a atar cuerdas y corchos señalizadores. Sólo de vez en cuando se intercambian algunas palabras acerca de su trabajo, el cual, por lo que puedo entender, ha sido infructuoso.

ECR 65.2-3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

65.2 Jesús dice a Simón: «Llama a los otros dos. Vamos a adentrarnos en el lago para echar la red».

«Maestro, tengo los brazos deshechos de echar y subir la red durante toda la noche para nada. El pescado está en zona profunda, quién sabe dónde».

«Haz lo que te digo, Pedro. Escucha siempre a quien te ama».

«Haré lo que dices por respeto a tu palabra» y llama con fuerza a los peones, y a Santiago y a Juan. «Vamos a pescar. El Maestro así lo quiere». Y mientras se alejan de la orilla le dice a Jesús: «Maestro, te aseguro que no es hora propicia. A esta hora los peces quién sabe dónde estarán descansando...».

Jesús, sentado en la proa, sonríe y calla.

Recorren un arco de círculo en el lago y luego echan la red. Después de pocos minutos de espera, la barca siente extrañas sacudidas, extrañas porque el lago está liso como si fuera de cristal fundido bajo el Sol ya alto.

«¡Esto son peces, Maestro!» dice Pedro con los ojos como platos.

Jesús sonríe y calla.

«¡Eúp! ¡Eúp!» dirige Pedro a los peones. Pero la barca se inclina hacia el lado de la red. «¡Eh! ¡Santiago! ¡Juan! ¡Rápido! ¡Venid! ¡Con los remos! ¡Rápido!».

Se apresuran. Los esfuerzos de los hombres de las dos barcas logran subir la red sin dañar el pescado.

Las barcas se colocan una al lado de la otra, completamente juntas. Un cesto, dos, cinco, diez; todos llenos de estupendas piezas, y hay todavía muchos peces coleteando en la red: plata y bronce vivo que se mueve huyendo de la muerte. Entonces no hay más que una solución: volcar el resto en el fondo de las barcas. Lo hacen, y el fondo se vuelve todo un bullir de vidas en agonía. Esta abundancia cubre a los hombres hasta más arriba del tobillo y el nivel externo del agua llega a superar, por el peso excesivo, la línea de flotación.

«¡A la orilla! ¡Vira! ¡Venga! ¡Con la vela! ¡Cuidado con el fondo! ¡Pértigas preparadas para amortizar el choque! ¡Demasiado peso!».

65.3 Mientras dura la maniobra, Pedro no reflexiona. Pero, una vez en la orilla, lo hace. Entiende. Siente una gran turbación. «¡Maestro, Señor! ¡Aléjate de mí! Yo soy un hombre pecador. ¡No soy digno de estar a tu lado!». Pedro está de rodillas sobre la grava húmeda de la orilla.

Jesús le mira y sonríe: «¡Levántate! ¡Sígueme! ¡Ya no te dejo! De ahora en adelante serás pescador de hombres, y contigo estos compañeros tuyos. No temáis ya nada. Yo os llamo. ¡Venid!».

«Inmediatamente, Señor. Vosotros ocupaos de las barcas. Llevadle todo a Zebedeo y a mi cuñado. Vamos. ¡Del todo para ti somos, Jesús! Sea bendito el Eterno por esta elección».

Y tiene fin la visión.