ECR 160.1-6
El Evangelio como me ha sido revelado
Traducción en curso
Notas del tema
Comodidad de lectura
ECR 160.1-6
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ECR 161.2-5
ECR 162.1-8
Jesús está en Cafarnaún. Allí estaban María Salomé y María de Alfeo, preparando la cocina. Después de saludarlas, la madre de Santiago y Judas le dice que ha venido Simón, otro de sus hijos. Ella se alegra, pero no será verdaderamente feliz hasta que toda su familia esté con Jesús. El Señor le asegura que así será, y luego se va con su Madre.
En su camino se encuentra con Simón de Alfeo, Alfeo, hijo de Sara, José de Emaús y el pastor Isaac. El grupo charló un rato y el Salvador le dijo a Isaac que tenía tres nuevos discípulos. Luego fueron a comer, y fue durante la comida cuando llegó Elías, el fariseo de Cafarnaún.
Tenía muchos regalos para Cristo, para agradecerle el milagro para su nieto. Jesús acepta, y oye también a su primo Simón anunciar que va a seguirle. Pero cuando el fariseo se marchó, se recluyó y Mateo se unió a él para hacerle compañía. El futuro evangelista notó que su Señor no parecía contento, y Mateo le reveló que las conversiones de Elías y Simón eran sólo humanas, mientras que la del recaudador de impuestos era completa y sincera. Después de esta mañana, Elías volvería a ser Elías, y Simón permanecería siempre habitado por su humanidad.
El Maestro invita entonces a su apóstol a permanecer cerca de él, y cuando su discípulo le dice que no puede hablar y que teme no poder hablar nunca del Mesías, Jesús le consuela y le dice que el publicano es un "pobre hombre que, gracias a su voluntad, se convierte en el hombre, el justo soñado por Dios.Por eso sabrá guiar a las almas", y el Salvador le pide que se apoye en él y le consuele, porque no ser comprendido es una de sus grandes amarguras.
ECR 162.2
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ECR 162.3-8
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ECR 162.4
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ECR 163.1-6
Jesús va a ver a Elías, que le ha invitado a un banquete. Otros cuatro fariseos están presentes: Urías, Joaquín, Simón y Samuel. Por parte de Cristo, le acompaña Judas. Los demás no vienen y, cuando Elías se fija en él, le preocupa que se hayan sentido ofendidos por su comportamiento en el pasado. Pero Jesús le asegura que sus discípulos no guardan rencor ni se enorgullecen de su susceptibilidad.
El Señor dirige unas palabras a Eliseo y luego se sientan todos a comer. Empezaron a hablar del acoso de los romanos y de los impuestos de los fariseos. Se ofendieron y pidieron a Jesús su opinión. Él respondió que, como judío, le angustiaban las incursiones romanas en los lugares de oración, pero que, como hombre, no le angustiaban. Explicó lo que pensaba, señalando que sus interlocutores hacían negocios en las sinagogas para poder ocultar dinero al fisco, a salvo de oídos indiscretos, y que por eso los romanos entraban en los lugares de culto. Él, en cambio, es pobre y no tiene que preocuparse por eso, pero anima a sus interlocutores a ser honestos, a decir la verdad sobre sus riquezas.
La conversación gira entonces en torno a la restauración del Reino de Israel, y Jesús cita el Antiguo Testamento, cuando Saúl ofreció el sacrificio sin Samuel, en contra de las órdenes del Señor. Saúl no siguió siendo rey. Del mismo modo, Dios conoce su tiempo y Jesús habla muy claramente de su Reino, que será universal y no se instaurará por rebelión.
Por último, el Mesías anima a Elías a que le acompañe a dar la ofrenda a los pobres, pero Elías se niega, alegando que está viejo y cansado. Le dijo que fuera con Judas, a quien conocían bien, y una vez fuera, el Iscariote saltó de rabia. Jesús le tranquiliza y le aconseja que deje todo el juicio a Dios.
ECR 163.1-2
ECR 163.1-6
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ECR 163.3-6