ECR 73.5.7-8
El Evangelio como me ha sido revelado
Cita
73.5 «¡Qué gran desdicha! Encontrarás a pocos de los que — me lo ha dicho Sara — quieres conocer y saludar. A muchos los mataron, muchos huyeron, muchos... ¡bah!, desperdigados, y no se ha sabido nunca si murieron en el desierto o si fueron acallados en la cárcel en castigo de su rebelión. Pero, ¿fue rebelión? ¿Quién habría permanecido inerte dejando degollar a tantos inocentes? No, ¡que no es justo que estén todavía vivos Leví y Elías, y hayan muerto tantos inocentes!».
«¿Quiénes son esos dos, y qué hicieron?».
«¡Pero bueno!... al menos habrás oído hablar de la matanza, de la matanza de Herodes... Más de mil pequeñuelos, en la ciudad; otro millar casi, en los campos. Y todos, bueno, casi todos, varones, porque con la furia, con la obscuridad, con el revuelo, los desalmados tomaron, arrancaron de las cunas, de los lechos maternos, de las casas que asaltaron, incluso niñitas y las transpasaron con las armas como a gacelas lactantes tomadas como blanco por un arquero. Y todo esto ¿por qué? Porque un grupo de pastores, que para vencer el hielo nocturno ciertamente habían bebido sus buenos tragos de sidra, cayeron en delirio y dijeron que habían visto ángeles, que habían oído canciones, recibido señales... y nos dijeron a los de Belén: “Venid. Adorad. El Mesías ha nacido”. ¡Fíjate: el Mesías en una cueva!
(...) 73.7 «¿Dónde viven ahora Leví y Elías?».
«¿Los conoces?». El hombre desconfía.
«No los conozco. No conozco su rostro. Pero son infelices y Yo siempre tengo piedad de los infelices. Deseo ir a verlos».
«¡Ya!... serás el primero después de casi seis lustros. Son todavía pastores y sirven a un rico herodiano de Jerusalén que se apropió de muchos bienes de los asesinados... ¡Siempre hay alguien que se aprovecha! Los verás con los rebaños hacia las alturas que conducen a Hebrón. Pero, un consejo: que los habitantes de Belén no te vean hablando con ellos. Te traería complicaciones. Los soportamos porque... porque está el herodiano. Si no...».
«¡Oh..., el odio!... ¿Por qué odiar?».
«Porque es justo. Nos han causado un mal».
«Creían que actuaban bien».
«Pero actuaron mal. ¡Y mal reciban! Debíamos haberlos matado, de la misma forma que ellos, con su necedad, provocaron muertes. Pero estábamos alelados, y después... estaba el herodiano».
«Si no hubiera estado él, entonces, ¿incluso después del primer impulso de venganza, los habríais matado?».
«Incluso ahora los mataríamos, si no tuviéramos miedo de su jefe».
«Hombre, Yo te digo: no odies, no desees el mal, no desees hacer el mal. Aquí no hay culpa. Pero, aunque la hubiera, perdona; en nombre de Dios, perdona. Díselo a los otros de Belén. Cuando desaparezca el odio de vuestros corazones, vendrá el Mesías; le conoceréis entonces, porque Él vive, Él ya estaba cuando tuvo lugar la matanza. Yo os digo que la matanza no ocurrió por culpa de los pastores y de los magos, sino por culpa de Satanás. El Mesías os ha nacido aquí, ha venido a traer la Luz a la tierra de sus padres. Hijo de Madre virgen de la estirpe de David, en las ruinas de la casa de David abrió al mundo el río de las gracias eternas, abrió la vida al hombre...».
«¡Fuera, fuera! ¡sal de aquí! Tú, seguidor de este falso Mesías, que no podía más que ser falso, porque nos a traído desdicha, a nosotros los de Belén. Tú le defiendes, por tanto...».
«Silencio, hombre. Yo soy judío y tengo amigos en puestos importantes. Podría hacer que te arrepintieras del insulto» reacciona Judas agarrando de la túnica al campesino, y zarandeándole, violento, encendido de ira.
«No, no, ¡fuera de aquí! No quiero problemas, ni con los de Belén, ni con Roma, ni con Herodes. Marchaos, malditos, si no queréis que os deje marcados. ¡Fuera!...».
«Vamos, Judas. No respondas. Dejémosle en su odio. Dios no entra donde hay rencor. Vamos».
«Sí, vamos. Pero me la pagaréis».
«No, Judas, no. No hables así. Están ciegos... Habrá muchos así en mi camino...».
73.8 Salen, después de Simón y Juan — que ya estaban afuera, ha- blando en voz baja con la mujer, detrás de una esquina del establo —.
«Perdona a mi marido, Señor. Yo no creía hacer tanto mal... Mira, ten. Los tomarás mañana por la mañana. Son frescos, de hoy. No tengo otra cosa... Perdón. ¿Dónde vas a dormir?». (Da unos huevos).
«No te preocupes. Sé a dónde ir. Vete en paz por tu bondad. Adiós».