«¿Sois vosotros los que me buscáis?» dice a los dos desconocidos. «Aquí estoy. ¿Quiénes sois?».
«Te hemos oído la otra tarde... en el Templo. Te hemos buscado por la ciudad. Uno que dice ser pariente tuyo nos ha informado de que estabas aquí».
«¿Por qué me buscáis?».
«Para seguirte, si nos aceptas, porque Tú tienes palabras de verdad».
«¿Seguirme? ¿Pero sabéis hacia dónde voy?».
«No, Maestro, pero ciertamente a la gloria».
«Sí. Pero a una gloria no de la tierra. A una gloria que tiene su sede en el Cielo y que se conquista con virtud y sacrificio. ¿Por qué queréis seguirme?» vuelve a preguntar.
«Para tener parte en tu gloria».
«¿Según el Cielo?».
«Sí, según el Cielo».
«No todos pueden llegar. Porque Satanás insidia, más que a los demás, a los que desean el Cielo, y sólo quien sabe fuertemente querer resiste. ¿Por qué seguirme, si seguirme a mí quiere decir lucha continua con el enemigo que está en nosotros, con el mundo enemigo, y con el Enemigo, que es Satanás?».
«Porque así lo quiere nuestro espíritu, que ha quedado conquistado por ti. Eres santo y poderoso. Queremos ser tus amigos».
«¡¡¡Amigos!!!».... Jesús se calla y suspira. Después mira fijamente a quien ha estado hablando, que ahora ha echado hacia atrás el manto que cubría su cabeza. Es Judas de Keriot. «¿Quién eres, tú que hablas mejor que un hombre del pueblo?».
«Judas soy, de Simón. De Keriot soy. Pero soy del Templo... o... estoy en el Templo. Espero al Rey de los judíos y sueño con Él. Te he sentido Rey en la palabra. Rey te he visto en el gesto. Tómame contigo».
«¿Tomarte? ¿Ahora? ¿En seguida? No».
«¿Por qué, Maestro?».
«Porque es mejor sopesarse a sí mismo antes de tomar caminos muy escarpados».
«¿No crees en mi sinceridad?».
«Lo has dicho. Creo en tu impulso. Pero no creo en tu constancia. Piénsalo, Judas. Yo ahora me iré y volveré para Pentecostés. Si estás en el Templo, me verás. Sopésate a ti mismo.
54.4
¿Y tú quién eres?» le pregunta al segundo desconocido.
«Otro que te vio. Querría estar contigo. Pero ahora me da miedo».
«No. La presunción es perdición. El temor puede ser obstáculo, pero si viene de la humildad es una ayuda. No temas. También tú piensa, y cuando vuelva...».
«¡Maestro, eres muy santo! Tengo miedo de no ser digno. No de otra cosa. Porque respecto a mi amor no temo...».
«¿Cómo te llamas?».
«Tomás, llamado Dídimo».
«Recordaré tu nombre. Vete en paz».
Jesús se despide de ellos y se retira a la acogedora casa para cenar.
54.5
Los seis que están con Él quieren saber muchas cosas. «¿Por qué, Maestro, has hecho diferencia entre los dos?... Porque una diferencia ha habido. Los dos tenían el mismo impulso...» pregunta Juan.
«Amigo, un impulso, aun siendo el mismo, puede tener distinto contenido y causar distinto efecto. Es cierto que los dos tienen el mismo impulso. Pero uno no es igual que el otro en el fin. Y el que parece el menos perfecto es el más perfecto, porque no lleva fomes de gloria humana. Me ama porque me ama».