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Notas del tema

Encuentro con personajes (mencionado una vez)

Página 9 de 11

Comodidad de lectura

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ECR 179.7-9 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Luego, volviéndose a Pedro, dice: «Remonta el río hasta donde te sea posible y amarra al otro lado».

Y mientras las dos barcas recorren un corto trecho por el río para luego deternerse junto a la orilla, Jesús se sienta y le pregunta al nuevo discípulo: «¿Quién queda ahora en tu casa?».

«Mi madre con mi hermano mayor, que está casado desde hace cinco años. Mis hermanas están en distintos puntos de esta región. Mi padre era muy bueno. Mi madre le llora desconsoladamente». El joven calla bruscamente al sentir que un sollozo le sube del corazón.

Jesús le agarra de una mano y dice: «Yo también he experimentado este dolor y he visto llorar a mi Madre. Por tanto, te comprendo...».

El fondo restriega contra el guijarral. Ello hace que la conversación se interrumpa, para permitir bajar de la barca. Ya no se ven las bajas colinas de Betsaida que casi se introducen en el lago; aquí hay una llanura rica en gramíneas que se extiende desde esta orilla, opuesta a Betsaida, hacia el Norte.

«¿Vamos a Merón?» pregunta Pedro.

«No. Cogemos este sendero que va por entre las tierras».

Los campos, hermosos y bien cuidados, muestran las espigas aún tiernas pero ya formadas. Todas a la misma altura y cimbreándose levemente por el viento fresco que viene del Norte, parecen otro lago, pequeño, en que las velas son los árboles que esporádicamente se yerguen, llenos de trinos de pájaros.

«Estos campos no son como los de la parábola» observa el primo Santiago.

«¡No, sin duda! No han sido devastados por los pájaros, ni hay espinos ni piedras. ¡Hermoso trigo! Dentro de un mes ya estará dorado... y dentro de dos estará maduro para la hoz y el granero» dice Judas Iscariote.

«Maestro... Te recuerdo lo que has dicho en mi casa. Has hablado muy bien, pero yo empiezo ya a tener en la cabeza nubes desmadejadas como ésas del cielo...» dice Pedro.

«Esta noche te lo explicaré.

179.8

Ahora tenemos ante nuestros ojos a Corazín». Y Jesús mira fijamente al neodiscípulo diciendo: «A quien tiene se le da. El hecho de recibir no quita el mérito a la ofrenda. Llévame a vuestro sepulcro y a casa de tu madre».

El joven se arrodilla y besa entre lágrimas la mano de Jesús.

«Levántate. Vamos. Mi espíritu ha oído tu llanto. Quiero fortalecerte en el heroísmo con mi amor».

«Isaac el Adulto me había hablado de tu gran bondad. ¿Sabes qué Isaac, no? Aquel al que le curaste la hija. Ha sido el apóstol para mí. Pero veo que tu bondad es aún mayor de cuanto me habían referido».

«Iremos a saludar también al Adulto para darle las gracias por haberme dado un discípulo».

Llegan a Corazín. La primera casa es precisamente la de Isaac. El anciano, que está volviendo a casa, cuando ve al grupo de Jesús con los suyos, y entre ellos al joven de Corazín, levanta los brazos con su bastoncito en la mano. Se queda sin respiración, a boca abierta. Jesús sonríe y su sonrisa devuelve la voz al anciano.

«¡Dios te bendiga, Maestro! ¿A qué se debe este honor?».

«Para decirte “gracias”».

«¿Por qué motivo, Dios mío? Soy yo quien debe decirte esta palabra. Pasa, pasa. ¡Qué pena que mi hija esté lejos asistiendo a su suegra! Porque se ha casado, ¿sabes? Toda suerte de bendiciones tras el encuentro mío contigo. Ella, curada; inmediatamente después, ese rico pariente, que regresaba de lejos, viudo, con unos pequeñuelos necesitados de una madre... ¡Bueno, pero si ya te he contado estas cosas! ¡Mi cabeza es anciana también! Perdona».

«Tu cabeza es sabia, se olvida además de gloriarse del bien que hace por su Maestro. Olvidarse del bien realizado es sabiduría; demuestra humildad y confianza en Dios».

«Bueno... yo... no sabría...».

«¿Acaso no tengo este discípulo por ti?».

«Bueno, no he hecho nada; sólo, decir la verdad... Me alegro de que Elías esté contigo». Y se vuelve hacia Elías y dice: «Tu madre, pasado el primer momento de estupor, vio enjugado su llanto al saber que eras del Maestro. Tu padre tuvo un digno duelo. Se le ha enterrado hace poco».

«¿Y mi hermano?».

«Guarda silencio... Ya sabes... Le ha sido un poco duro el no verte... Por el pueblo... Piensa todavía así...».

El joven se vuelve hacia Jesús: «Es lo que dijiste. Pero no quiero que esté muerto... Haz que venga a la vida como yo, y a tu servicio».

Los otros no entienden y miran con ademán de pregunta a Jesús, quien sólo responde: «No pierdas la esperanza y persevera». Luego bendice a Isaac y se marcha, a pesar de todas las presiones en contra.

179.9

Se detienen primero a orar junto a la tumba cerrada. Luego, atravesando un majuelo aún semideshojado, se dirigen a la casa de Elías.

El encuentro entre los dos hermanos es más bien circunspecto: el mayor se siente ofendido y lo quiere poner de manifiesto; el menor se siente humanamente culpable y no reacciona. Pero cuando aparece la madre — la cual, sin mediar palabra, se postra y besa el extremo del vestido de Jesús — el ambiente y los ánimos se calman; tanto, que quieren hacer los honores al Maestro.

Pero Jesús no acepta nada, limitándose a decir: «Sean justos vuestros corazones recíprocamente, como justo era el hombre al que lloráis. No deis impronta humana a lo sobrehumano: la muerte y la elección para una misión. El alma del justo no ha sufrido turbación al ver la ausencia del hijo en el entierro de su cadáver; es más, la seguridad sobre el futuro de su Elías le ha dado paz. No turbe el pensamiento del mundo la gracia de la elección. Si el mundo se ha podido quedar sorprendido al no ver a éste junto al féretro paterno, los ángeles han exultado al verle al lado del Mesías. Sed justos. Y a ti, madre, que esto te consuele; has educado sabiamente y tu hijo ha sido llamado por la Sabiduría. Os bendigo a todos. La paz os acompañe ahora y siempre».

Vuelven al camino que los ha de llevar al río y después a Betsaida. El hombre, Elías, no ha perdido ni un instante en el umbral de la casa paterna; tras el beso de despedida a su madre ha seguido al Maestro con la sencillez con que un niño sigue a su verdadero padre.

Detalle

Jesús va al encuentro de la familia de Elías, que está de luto. Por el camino, en 179,8, saludan a Isaac el Adulto, que evangelizó a Elías.

Anotación

Isaac, ¿sabes? Aquel a cuya hija curaste. Cf. EMV 61.4/5.

¡Oh, pero si ya te he contado todo esto! Tengo la cabeza vieja. Perdóname, por favor. Coherente, puesto que Jesús había indicado un mes antes (EMV 162,2) que había ido a ver a "un viejecito en Chorazeïn".

Me alegro de que Elías esté contigo. Así nos enteramos del nombre del joven que permanece anónimo en los Evangelios.

Vuelven al camino que tomaron para ir al río, y de allí a Betsaida. Coherente: en el capítulo siguiente, descubrimos que pasan la noche en Betsaida. Sólo tardan 2h30 / 3h00 en hacer este viaje de ida y vuelta por la tarde.

ECR 181.2 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Entran en Corazín en pleno día, terminada ya la aurora. No hay tallito que no brille con gemas de rocío. Los pájaros cantan por todas partes. El aire es puro, fresco: parece saber incluso a leche, a una leche más vegetal que animal. Y hay olor a cereales formándose dentro de las espigas, a almendros cargados de frutos... un olor ya experimentado por mí en las frescas mañanas en los opimos campos de la llanura padana.

Llegan pronto a casa de Elías. Pero ya muchos en Corazín saben que ha llegado el Maestro, y, cuando Jesús está para atravesar el umbral, una madre acude gritando: «¡Jesús, Hijo de David, piedad de mi hijita!». Lleva en brazos a una niña de unos diez años, cérea y flaquísima (más que cérea, amarillenta).

«¿Qué le pasa a tu hija?».

«Tiene fiebres. Se las ha cogido pastoreando por la ribera del Jordán. Porque somos los pastores de un hombre rico. Su padre me ha llamado para que acompañara a la niña, que estaba enferma. Él ha vuelto a los montes. Pero, como sabes, con esta enfermedad no se puede subir a lugares elevados. Y no puedo quedarme aquí. El amo me lo ha permitido hasta ahora. Pero yo estoy encargada de esquilar a las ovejas y de ayudar en los partos. Llega el tiempo de nuestra labor, la de los pastores. Si me quedo, nos despedirán o estaremos divididos; veré morir a mi hija, si subo al Hermón».

«¿Tienes fe en que puedo hacerlo?».

«Hablé con Daniel, pastor de Eliseo. Me dijo: “Nuestro Niño cura todos los males. Ve al Mesías”. Desde más allá de Merón vengo con ésta en brazos, buscándote a ti. Y habría seguido caminando hasta encontrarte...».

«No camines más, sino para regresar a casa, al trabajo sereno. Tu hija está curada porque Yo lo quiero. Ve en paz».

La mujer mira a su hija y a Jesús. Quizás espera ver que instantáneamente la niña engorde de nuevo y recupere el color. Ésta también mira al rostro de Jesús, con ojos como platos, aunque cansados, y sonríe.

«No temas, mujer. No te estoy engañando. La fiebre ha desaparecido para siempre. Según vayan pasando los días, la niña recuperará su lozanía. Déjala que camine, no se tambaleará ya, ni sentirá consancio».

La madre deja en el suelo a la niña, la cual se tiene bien derecha y sonríe cada vez más contenta, y acaba gorjeando con su voz argentina: «¡Bendice al Señor, mamá! ¡Siento que estoy perfectamente sana!» y con sencillez de pastorcita y de niña se lanza al cuello de Jesús y le besa. La madre, reservada como la edad enseña, se prosterna y besa el vestido bendiciendo al Señor.

«Marchaos. Recordad el beneficio que habéis recibido del Señor y sed buenas. La paz esté con vosotras».

Anotación

"¿Qué le pasa a su hija?" "Fiebres. Las cogió en los pastos del Jordán". Muy probablemente fiebre amarilla, o fiebre de los pantanos, que asoló poblaciones en toda la Antigüedad. Sobre este tema, véase la nota a pie de página de EMV 177: Las fiebres palúdicas (fiebre amarilla o paludismo) causaron graves epidemias en la Antigüedad. Se mencionan varias veces en la obra. Durante siglos, estas fiebres se atribuyeron a la insalubridad del aire (aria cattiva, de donde procede la palabra italiana mala aria = aire viciado), sin relacionarlas nunca con los mosquitos. Maria Valtorta relata una opinión perfectamente acorde con la creencia romana y no relacionada con sus conocimientos como enfermera.

Fui llamada a la enferma por su padre. Ahora ha vuelto a las montañas. Pero usted sabe que con esta enfermedad no se puede ir a la altura. Esta indicación médica merece ser examinada por personas competentes.

ECR 182.2-6 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Se oye un vivo cascabeleo de rebaños que van a pacer a los montes. Habiéndose detenido Jesús para dejar pasar a un rebaño numeroso, los pastores se lo señalan unos a otros y se reúnen en grupo. Se consultan unos a otros, pero no se atreven a más.

Es Jesús quien elimina irresoluciones e incertidumbres atravesando el rebaño, que se ha detenido a pacer en el pingüe pasto. Va derecho a acariciar a un pastorcito que está hacia el centro de la lanuda aglomeración de ovejas y balidos. Le pregunta: «¿Son tuyas?». Bien sabe Jesús que no son del niño, pero lo que quiere es que hable.

«No, Señor; estoy con aquéllos. Los rebaños son de muchos dueños. Nos hemos unido por los bandidos».

«¿Cómo te llamas?».

«Zacarías, hijo de Isaac. Pero mi padre se murió; yo sirvo porque somos pobres y mi madre tiene a otros tres más pequeños que yo».

«¿Hace mucho tiempo que murió?».

«Tres años, Señor... y desde entonces no he vuelto a reír porque mi madre llora continuamente y yo ya no tengo a nadie que me acaricie... Soy el primogénito, y la muerte de mi padre, siendo todavía un niño, me ha hecho hombre... No debo llorar, sino ganar... Pero, ¡qué difícil es!». Efectivamente, descienden ahora también las lágrimas por esa carita demasiado seria para su edad.

Entretanto, los pastores se han acercado, y también los apóstoles: un grupo de hombres en medio de un bullir de ovejas.

«Tienes padre, Zacarías. Tienes un Padre santo en el Cielo y te ama siempre, si eres bueno; y tu padre no te ha dejado de querer, porque está con Abraham, en su seno. Debes creerlo, y, por esta fe, debes ser cada vez mejor». Jesús habla con dulzura mientras acaricia al niño.

182.3

Uno de los pastores, intrépido, pregunta: «Eres el Mesías, ¿no es verdad?».

«Sí, lo soy. ¿De qué me conoces?».

«Sé que estás por Palestina y que pronuncias palabras santas. Por esto te reconozco».

«¿Vais lejos?».

«A las montañas altas... Llega el calor... ¿No nos vas a hablar? Allá en las cimas, donde estamos, hablan sólo los vientos, y algunas veces el lobo haciendo una carnicería, como en el caso del padre de Zacarías. Hemos estado deseando verte todo el invierno, pero no te hemos encontrado nunca».

«Venid conmigo a la sombra de esa arboleda. Voy a hablaros». Jesús va a la cabeza, llevando de la mano al pastorcillo; acaricia con la mano libre a las corderas, que, balando, levantan el morro.

Los pastores reúnen el rebaño a la sombra del soto maderable, y, mientras las ovejas se acueclan y rumian, o pacen y se restriegan contra los troncos, Jesús habla.

182.4

«Habéis dicho: “Allá en las cimas, donde estamos, hablan sólo

el viento, y algunas veces el lobo haciendo una carnicería”. Lo mismo que sucede allá en las cimas sucede en los corazones por obra de Dios, del hombre y de Satanás; por tanto, allá arriba podéis tener lo mismo que tendríais en cualquier parte.

¿Tenéis suficiente conocimiento de la Ley como para saber sus diez mandamientos? ¿Tú también, niño? ¿Sí? Pues entonces ya sabéis suficiente. Si practicáis fielmente cuanto Dios ha mandado, seréis santos. No os quejéis de estar lejos del mundo, porque ello os preserva de mucha corrupción. Dios no está lejos de vosotros, sino más cerca, en esa soledad donde habla su voz en el viento que Él ha creado, o en las hierbas y las aguas... más cerca que no entre los hombres. Este rebaño os enseña una gran virtud, es más, muchas grandes virtudes: es manso y obediente; se conforma con poco y agradece lo que tiene; sabe amar a quien le cuida y reconocer a quien le quiere. Haced vosotros lo mismo, diciendo: “Dios es nuestro Padre; nosotros, sus ovejas. Su ojo vela por nosotros. Nos tutela. Nos concede no lo que es fuente de vicio, sino lo que es necesario para la vida”.

Y mantened lejos de vuestro corazón al lobo, que representa a los hombres malos, que tal vez os instigan y seducen a malas acciones por orden de Satanás, y al mismo Satanás, que os tienta para que pequéis y así despedazaros. Vigilad. Vosotros, pastores, conocéis las costumbres del lobo. Tan astuto es él como sencillas e inocentes son las ovejas. Primero observa desde lo alto las costumbres del rebaño, luego se acerca despacio, deslizándose entre los matorrales. Para no llamar la atención, permanece inmóvil en posiciones pétreas: ¿no parece, acaso, un bloque de piedra que ha rodado hacia abajo para caer entre las matas? Pero luego, una vez que se ha asegurado de que nadie vigila, salta y apresa con sus dientes. Lo mismo hace Satanás: os vigila para conocer vuestros puntos flacos, merodea alrededor de vosotros, parece inocuo, ausente, atento a otras cosas, cuando en realidad os está vigilando; luego, de repente, salta para arrastraros al pecado; y alguna vez lo consigue.

Pero tenéis cerca a un médico y a un ser compasivo: Dios y vuestro ángel. Si os habéis herido, si habéis enfermado, no os separéis de ellos, cual perro afecto de rabia; antes bien, llorando, elevad a ellos vuestro grito de ayuda. Dios perdona al arrepentido, vuestro ángel está dispuesto a suplicar por vosotros y con vosotros a Dios.

182.5

Amaos entre vosotros y amad a este niño. Todos os debéis sentir un poco padres de este huérfano. Que la presencia de un niño entre vosotros modere vuestras acciones con el freno santo del respeto hacia los niños. Y que vuestra presencia a su lado supla lo que la muerte le ha arrebatado. Hay que amar al prójimo. Este niño es el prójimo que Dios os confía de manera especial. Educadle bueno y creyente, honesto y sin vicios. Vale mucho más que una de estas ovejas. Pues bien, si cuidáis de ellas porque son del patrono y os castigaría si las dejaseis morir, ¡cuánto mayor habrá de ser vuestro cuidado para con esta alma que Dios os confía por Él mismo y por el difunto padre! Bien triste es su condición de huérfano, no la agravéis aprovechándoos de su tierna edad y de su orfandad para avasallarle. Pensad que Dios ve las acciones y las lágrimas de todos los hombres, y todo lo tiene en cuenta para premiar y castigar.

Y tú, niño, recuerda que nunca estás solo. Dios te ve, y también el espíritu de tu padre. Cuando algo te turbe y te proponga hacer el mal, di: “No, no quiero la eterna orfandad”. Huérfano para siempre serías, en efecto, si condenaras tu corazón con el pecado.

Sed buenos. Yo os bendigo para que todo el bien os acompañe. Si siguiéramos el mismo camino, continuaría hablando todavía mucho; mas el Sol ya va estando alto y tenéis que partir, y Yo también: vosotros, a resguardar de este fuego a las ovejas; Yo, a apartar de otro fuego, más tremendo, a algunos corazones. Orad para que vean en mí el Pastor. Adiós, Zacarías. Sé bueno. Paz a vosotros».

Jesús besa al pastorcito y da su bendición; y, mientras el rebaño se encamina lentamente, Él lo sigue con la mirada, para volver luego a su camino.

182.6

«Has hablado de apartar a los corazones de otro fuego... ¿A dónde vamos?» pregunta Judas Iscariote.

«Por el momento, a aquel sitio con más sombra, donde aquel riachuelo. Comeremos allí. Luego sabréis a dónde vamos».

Jesús dice: «Insertad aquí el segundo momento de la conversión de María de Magdala, recibido el año pasado, el 12 de agosto de 1944 (título: “Pedro, no la insultes; ruega por los pecadores”)».

Anotación

Los rebaños hacen sonar sus campanas mientras se dirigen a los pastos de montaña. Desde la noche de los tiempos, la primera luna llena de primavera marca el momento de la trashumancia. Para algunos, es incluso el origen primitivo de la fiesta de Pascua.

"Los pastos de verano en las montañas de la Alta Galilea y el Líbano.

Vosotros, pastores, conocéis los hábitos del lobo. Los lobos no son raros en Palestina. Hay dos razas: el lobo común (canis lupus), que vive en Galilea y en las regiones montañosas de Basán, y el lobo egipcio (canis lupaster), mucho más pequeño y de extremidades más enjutas, que habita en el sur(fuente).

Dijiste que íbamos a arrancarle el corazón a otro tipo de ardor... ¿Adónde vamos? A Magdala.

Por ahora, a ese lugar más sombrío donde hay un arroyo. De Corozain a Magdala, son 18 a 20 km por los desvíos que Jesús tomó, al oeste de Capernaum, unas buenas 4 horas de caminata... Hay 3 arroyos que cruzar. El primero es el Wadi Amud, entre Cafarnaún y Genesaret.

ECR 183.2-5 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

(...) Se oye un gran coro de llanto, proveniente del interior de una rica mansión: son voces de mujeres y niños, y, agudísima, una voz femenina que grita: «¡Hijo! ¡Hijo!».

Jesús se vuelve y mira a los apóstoles. Judas se adelanta unos pasos. «Tú no» ordena Jesús. «Tú, Mateo; ve y pregunta».

Mateo va y regresa. «Una pelea, Maestro. Un hombre está muriendo. Es un judío. El que le ha herido se ha escapado; era un romano. Han llegado enseguida su mujer y su madre y los niños... Está muriendo».

«Vamos».

«Maestro... Maestro... Ha ocurrido en casa de una mujer... que no es la esposa».

«Vamos».

183.3

La puerta de la casa está abierta. Entran en un largo y ancho vestíbulo que da a un bonito jardín (la casa parece estar dividida por esta especie de peristilo cubierto y muy rico en plantas verdes en macetas y con muchas estatuas y objetos taraceados; mitad sala, mitad invernáculo). Hay mujeres llorando en una habitación que da al vestíbulo y cuya puerta está abierta de par en par. Jesús entra sin vacilaciones. No pronuncia su saludo habitual.

Entre los hombres presentes hay un mercader que debe conocer a Jesús, porque nada más verle dice: «¡El Rabí de Nazaret» y le saluda respetuosamente.

«José, ¿qué ha sucedido?».

«Maestro, una puñalada en el corazón... Está muriendo».

«¿Cuál ha sido la causa?».

Una mujer entrecana y despeinada se levanta — estaba arrodillada junto al moribundo, sujetándole una mano ya inerte — y, con ojos de loca, dice a voz en grito: «Ella, ella... Me lo ha maleado... ¡Para él ya no había ni madre ni mujer ni hijos! ¡Al infierno has de ir, diablo!».

Jesús alza los ojos siguiendo la mano que temblando acusa, y ve en el rincón, contra la pared de color rojo oscuro, a María de Magdala, más procaz que nunca; la mitad del cuerpo vestida... yo diría... de nada, porque de la cintura hacia arriba está semidesnuda, con una especie de redecilla, de malla exagonal, de unas cositas redondas que parecen pequeñas perlas (de todas formas, estando en penumbra, no veo bien).

Jesús baja de nuevo sus ojos. A María le sienta como un bofetón esta indiferencia; se endereza — antes estaba ligeramente agachada — y finge una actitud desenvuelta.

«Mujer — dice Jesús a la madre — no impreques. Responde: ¿Por qué estaba tu hijo en esta casa?».

«Ya te lo he dicho. Porque ella le había desquiciado. Ella».

«Silencio. También él entonces — siendo adúltero y padre indigno de estos inocentes — pecaba; merece, por tanto, su castigo. Ni en esta vida ni en la otra hay misericordia para el que no se arrepiente.

No obstante, siento piedad de tu dolor y de estos inocentes.

183.4

¿Está lejos tu casa?».

«A unos cien metros».

«Levantad a este hombre y llevadle».

«No es posible, Maestro» dice el mercader José. «Está para morir de un momento a otro».

«Haz lo que digo».

Pasan una tabla por debajo del cuerpo del moribundo. El cortejo sale lentamente, cruza la calle, entra en un sombreado jardín. Las mujeres siguen llorando rumorosamente.

Nada más entrar el cortejo en el jardín, Jesús se vuelve a la madre: «¿Puedes perdonar? Si tú perdonas, Dios perdona. Es necesario hacerse bueno el corazón para obtener gracia. Este hombre ha pecado y pecará más veces; mejor le sería morir, porque, viviendo, volverá a caer en el pecado y tendrá que responder además de la ingratitud hacia Dios salvador. Pero, tú y estos inocentes — y señala a la esposa y a los niños — caeríais en la desesperación. Yo he venido para salvar y no perder. Hombre, Yo te lo digo: ¡vuelve y queda curado!».

El hombre reprende vida y abre los ojos; ve a su madre, a sus hijos, a su mujer, e inclina la cabeza avergonzado.

«Hijo, hijo» dice la madre. «Hubieras muerto si no te hubiera salvado Él. Torna en ti. No delires por una...».

Jesús interrumpe a la anciana. «Mujer, calla. Sé misericordiosa como contigo se ha sido. Tu casa ha sido santificada por el milagro, que es siempre prueba de la presencia de Dios. Por este motivo no lo he podido cumplir donde había pecado. Que al menos tú sepas conservarla, aunque este hombre no sepa hacerlo. Cuidadle ahora. Es justo que sufra un poco. Sé buena, mujer. Y tú. Y vosotros, pequeños. Adiós». Jesús ha posado la mano sobre la cabeza de las dos mujeres y de los pequeñuelos.

183.5

Luego sale, pasando por delante de la Magdalena, que ha seguido al cortejo hasta el otro lado de la calle y se ha quedado apoyada contra un árbol. Jesús aminora el paso como aguardando a los discípulos, pero creo que su verdadera intención es la de darle a María ocasión de hacer un gesto; pero ella no lo hace.

Los discípulos se unen a Jesús. Pedro no puede contenerse y entre dientes dice a María un epíteto adecuado. Ella, que quiere aparentar desenvoltura, rompe a reír con una carcajada de mísera victoria.

Pero Jesús ha oído la palabra de Pedro y se vuelve a él severo: «Pedro, Yo no insulto; no insultes tú. Ruega por los pecadores, nada más».

María quiebra el gorjeo de su risa, agacha la cabeza y huye como una gacela en dirección a su casa.

Detalle

Caso de adulterio en Magdala.

Anotación

Su casa queda santificada por el milagro, que es siempre prueba de la presencia de Dios. En EMV 234.4/5, Jesús se extiende sobre este milagro y su contexto.

ECR 184.1-9 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

El milagro debe haberse producido hace poco, porque los apóstoles hablan de ello y algunas personas de la ciudad — señalándose unos a otros al Maestro — lo comentan. Jesús, erguido y grave, se pone en marcha en dirección a la periferia de la ciudad, que es la parte de los pobres.

Se detiene a la altura de una casuca de la que sale, dando saltos, un niño, seguido de su madre. «Mujer, ¿me dejas entrar en tu huerta y estar un poco, hasta que el sol deje de calentar tanto?».

«Entra, Señor. A la cocina incluso, si quieres. Voy a traerte agua y alguna otra cosa».

«No trajines, me basta con estar en esta tranquila huerta».

Pero la mujer se empeña en ofrecer agua con no sé qué diluido, y se mueve por la huerta, de acá para allá, como deseosa de hablar pero sin atreverse; pone atención a sus hortalizas, aunque sólo aparentemente porque en realidad está pendiente del Maestro. Pero la molesta el niño, que, con sus gritos — cuando caza una mariposa u otro insecto — le impide oír lo que Jesús está diciendo; se pone nerviosa y... le suelta un cachete al niño, el cual ahora grita más fuerte.

Jesús — que a la pregunta de Simón el Zelote: «¿Piensas que María esté impresionada?» estaba respondiendo: «Más de lo que parece...» — se vuelve y llama al niño, el cual corre a terminar de llorar en las rodillas de Jesús.

La mujer llama a su hijo: «¡Benjamín, ven aquí, no molestes!».

Pero Jesús dice: «Déjale, déjale, que va a estarse quieto y te va a dejar tranquila» luego, al niño: «No llores. No te ha hecho daño tu mamá; lo único, te ha hecho obedecer; bueno, quería hacerte obedecer. ¿Por qué gritabas si ella quería silencio? Quizás es que se siente mal y tus gritos la molestan».

Pero el niño, inmediatamente, con esa insuperable franqueza de los niños que es la desesperación de los mayores, dice: «No. No es que se sienta mal. Lo que quería era oír lo que decías... Me lo ha dicho. Pero yo quería venir contigo, y entonces alborotaba adrede para que me mirases».

Todos se echan a reír y la mujer se pone como un tomate.

«No te ruborices, mujer.

184.2

Ven aquí. ¿Me querías oír hablar? ¿Por qué?».

«Porque eres el Mesías. Con el milagro que has hecho tienes que ser el Mesías... Y tenía interés en oírte. Yo no salgo nunca de Magdala, porque tengo... un marido difícil y cinco niños. El menor tiene cuatro meses... y Tú aquí no vienes nunca».

«He venido, y además a tu casa. ¿Ves?».

«Por eso quería oírte».

«¿Dónde está tu marido?».

«En el mar, Señor. Si no se pesca, no se come. Yo sólo tengo esta huertecilla. ¡No es suficiente para siete personas! Y, no obstante, Zaqueo quisiera que fuera suficiente...».

«Ten paciencia, mujer. Todos tienen su cruz».

«¡No, no! Las desvergonzadas lo único que tienen es el placer. ¿Has visto lo que hacen las impúdicas! Gozan ellas y hacen sufrir a los demás. No se agotan, no, ni trayendo hijos a este mundo ni trabajando. No se hacen ampollas con la azada ni se despellejan las manos lavando. Se conservan guapas y frescas. La condena de Eva no es para ellas; más bien ellas son nuestra condena, porque... los hombres... Ya me entiendes».

«Entiendo, sí; pero has de saber que también tienen su tremenda cruz: la más tremenda, la que no se ve: la de la condena de su conciencia; la de la burla del mundo; la de su propia sangre, que las repudia; la de la maldición de Dios. Créeme, no son felices. No se agotan trayendo hijos a este mundo ni trabajando, no se hacen llagas en las manos bregando; y, sin embargo, se sienten igualmente deshechas; y además sienten vergüenza; y su corazón es una entera llaga. No envidies su aspecto, su lozanía, su aparente serenidad. Tras ese velo, lo que hay es una desolación mordiente y que no permite paz. No envidies su sueño, tú, madre honesta que sueñas con tus inocentes, pues la pesadilla está a su cabecera; y mañana, el día de su agonía o su vejez, remordimiento y terror…».

«Es verdad... Perdona...

184.3

¿Me dejas estar aquí?».

«Quédate aquí. Contaremos una bonita parábola a Benjamín. Los que no son niños, que la apliquen a sí mismos y a María de Magdala. Escuchad.

Dudáis acerca de la conversión de María al bien. No da, en efecto, ningún signo que indique este cambio. Consciente de su grado y su poder, ella, descarada e impúdica, ha osado desafiar a la gente viniendo incluso hasta el umbral de la casa donde se lloraba por causa suya. Luego, al reproche de Pedro ha respondido con una carcajada; y a mi mirada amigable, endureciéndose con soberbia. Vosotros quizás habríais deseado, quién por amor a Lázaro, quién por amor a mí, que le hubiera hablado directa y largamente, y que la hubiera subyugado con mi poder y le hubiese mostrado mi fuerza de Mesías Salvador. No. No es necesario tanto. Ya lo dije hace muchos meses respecto a otra pecadora: las almas deben labrarse a sí mismas. Yo paso y esparzo la semilla. Ocultamente la semilla trabaja. Hay que respetar este trabajo del alma. Si la primera semilla no arraiga en la tierra, se siembra otra, y otra... y sólo se retira uno cuando se tienen pruebas ciertas de la inutilidad de seguir sembrando. Y se ora. La oración es como el rocío, que mantiene los tormos esponjosos y nutridos, con lo que la semilla puede germinar. ¿No es lo que haces tú, mujer, con tus hortalizas?

184.4

Escuchad ahora la parábola del trabajo de Dios en los corazones para instaurar en ellos su Reino (porque cada corazón es un pequeño Reino de Dios en la tierra: después, más allá de la muerte, todos estos pequeños reinos se congregan en uno solo, en el ilimitado, santo, eterno Reino de los Cielos).

El Sembrador divino crea el Reino de Dios en los corazones. Va a su propiedad — el hombre es de Dios y, por tanto, todos los hombres inicialmente le pertenecen — y esparce su semilla; luego va a otras propiedades, a otros corazones. Suceden los días a las noches y las noches a los días: los días aportan sol y lluvias (en este caso, rayos de amor divino y efusión de la divina sabiduría que habla al espíritu); las noches, estrellas y silencio sosegado (en nuestro caso, destellos de Dios que reclaman nuestra atención y silencio para el espíritu, para que el alma se recoja y medite).

La semilla, con esta serie de favores imperceptibles — aunque potentes —, se hincha, se abre, echa raíces, arraiga fuertemente en el terreno, da sus primeras hojitas, y crece; y todo ello sin la ayuda del hombre. La tierra, espontáneamente, produce de la semilla el tierno tallo, luego se fortalece el tallo para sostener a la espiga naciente, luego la espiga se eleva, engruesa, se endurece, se dora, se hace dura, perfecta en su granazón. Una vez madura, vuelve el sembrador y mete su hoz porque a esa semilla le ha llegado el tiempo de su plenitud; no podría ganar más en perfección y por ello es cortada.

Mi palabra realiza esta misma operación en los corazones. Me refiero a los corazones que acogen la simiente. Pero el proceso es lento. No hay que actuar intempestivamente, de modo que todo se estropee. ¡Cuánto le cuesta a la pequeña semilla abrirse; cuánto, hincar en la tierra sus raíces! Pues también le es penoso al corazón duro y salvaje este proceso: debe abrirse, dejarse hurgar, acoger cosas nuevas y alimentarlas con esfuerzo, aparecer distinto al estar revestido de cosas humildes y útiles y no ya de la atractiva, pomposa e inútil exuberante floración que antes le revestía; debe conformarse con trabajar humildemente, sin atraer hacia sí la admiración, para beneficio de la Idea divina; debe exprimir todas sus capacidades para crecer y producir espiga; debe ponerse incandescente de amor para ser trigo. Y, una vez superados respetos humanos verdaderamente muy penosos, después de haber trabajado y haber sufrido y haber tomado afecto a su nueva vestidura, entonces debe despojarse de ella con cruel tajo. Dar todo para tener todo. Acabar despojo para ser revestido en el Cielo con la estola de los santos. Yo os digo que la vida del pecador que se hace santo es el combate más largo, heroico y glorioso.

184.5

Por cuanto os acabo de decir, comprended que es justo que actúe con María como lo estoy haciendo. ¿Actué contigo, Mateo, de forma distinta?».

«No, mi Señor».

«Dime la verdad, ¿te persuadió más mi paciencia o las acerbas reprensiones de los fariseos?».

«Tu paciencia. Tanto, que estoy aquí. Los fariseos, con sus desdenes y anatemas, me hacían desdeñoso, y, por desdén, hacía más mal aún de cuanto hasta entonces había hecho. Pasa eso; uno se endurece más cuando, estando en pecado, se siente tratado como un pecador; pero cuando, en vez de un insulto recibimos una caricia, primero nos quedamos asombrados, luego lloramos... y, cuando se llora, la armadura del pecado — desencajados sus pernos — se derrumba. Entonces nos quedamos desnudos ante la Bondad y le suplicamos con el corazón que nos revista de sí misma».

«Es así, como has dicho.

184.6

Benjamín, ¿te gusta la historia? ¿Sí? ¡Muy bien! Pero, ¿dónde está tu mamá?».

Responde Santiago de Alfeo: «Al final de la parábola ha salido y se ha ido corriendo por aquella calle».

«Iría al mar, para ver si venía su marido» dice Tomás.

«No. Ha ido a casa de su madre, que es anciana, a recoger a mis hermanitos. Mi mamá los lleva allí para poder trabajar» dice el niño, apoyado con confianza en las rodillas de Jesús.

«¿Y tú estás aquí, hombre! ¡Una buena áspid debes ser para que te tenga solo!» observa Bartolomé.

«Soy el mayor, y la ayudo...».

«A ganarse el Paraíso. ¡Pobre mujer! ¿Cuántos años tienes?» pregunta Pedro.

«Dentro de tres años soy hijo de la Ley» dice altivo el pillín.

«¿Sabes leer?» pregunta Judas Tadeo.

«Sí... pero voy despacio porque... el maestro me echa casi todos los días...».

«¡Ya lo decía yo!» observa Bartolomé.

«¡Lo hago porque el maestro es viejo y feo y siempre está diciendo las mismas cosas que le hacen dormirse a uno! Si fuera como Él — señala a Jesús — estaría atento. ¿Tú pegas, si uno se duerme o juega?».

«No pego a nadie. Yo digo a mis discípulos: “Estad atentos por el bien vuestro y por amor a mí”» responde Jesús.

«¡Eso, así sí! Por amor, sí; no por miedo».

«Si cambias y eres bueno, el maestro te estimará».

«¿Tú quieres sólo al que es bueno? Hace poco has dicho que has tenido paciencia con éste, que no era bueno...». La lógica infantil es asediadora.

«Soy bueno con todos; pero a quien se hace bueno le quiero muchísimo y con él soy bueno de forma especialísima».

El niño piensa un momento... luego levanta la cabeza y le pregunta a Mateo: «¿Cómo has conseguido hacerte bueno?».

«Le he querido a Él».

184.7

El niño se queda pensando otro poco, mira a los doce y dice a Jesús: «¿Éstos son todos buenos?».

«Ciertamente».

«¿Estás seguro? A veces yo hago como que soy bueno, y es cuando quiero hacer una gamberrada mayor».

La carcajada de todos es estrepitosa; incluso se ríe él, el hombrecito en vías de confesarse; y se ríe Jesús, que le estrecha contra su corazón y le besa.

El niño, que ya se ha hecho muy amigo de todos, quiere jugar, y dice: «Ahora te digo yo quién es bueno» y empieza a elegir. Mira a todos y va derecho hacia Juan y Andrés, que están juntos, y dice: «Tú y tú. Venid aquí». Luego elige a los dos Santiagos y los pone con ellos. Luego a Judas Tadeo. Se queda muy pensativo ante el Zelote y Bartolomé, y dice: «Sois viejos, pero buenos» y los pone con los otros. Considera a Pedro — que sufre el examen poniendo ojos amenazadores en plan de chufla — y le ve bueno. También pasan Mateo y Felipe. A Tomás le dice: «Tú te ríes demasiado. Yo estoy en serio. ¿No sabes que mi maestro dice que el que siempre se ríe yerra en el momento de la prueba?». Pero también pasa Tomás; con nota baja, pero pasa el examen. Luego el niño vuelve a donde Jesús.

«¡Eh, mono, que también estoy yo! ¡No soy ningún árbol. Soy joven y guapo. ¿Por qué no me examinas?» dice Judas Iscariote.

«Porque no me gustas. Mi mamá dice que cuando una cosa no gusta no se toca; se deja encima de la mesa, para que se la coman las personas a quienes les guste. Y también dice que si una persona ofrece una cosa que no nos gusta no se dice: “No me gusta”, sino “Gracias, no tengo hambre”. Y yo no tengo hambre de ti».

«¿Cómo es eso? Mira, si me dices que soy bueno te doy esta moneda».

«¿Y qué hago con ella? ¿Qué compro con una mentira? Mi mamá dice que el dinero conseguido con engaño es paja. Una vez conseguí de su madre anciana con una mentira un didracma para comprarme bollos de miel y por la noche se transformó en paja; lo había puesto en aquel agujero, debajo de la puerta, para cogerlo a la mañana siguiente y encontré sólo un manojo de paja».

«Pero, ¿por qué no me ves bueno? ¿Qué tengo? ¿Soy bisulco? ¿Soy feo?».

«No, pero me das miedo».

«¿Por qué?» pregunta Judas acercándose al niño.

«No lo sé. Déjame. No me toques, que te araño».

«¡Qué erizo! ¡Está chalado!». Judas se ríe forzadamente.

«No estoy chalado. Tú eres malo» y el niño se refugia en el regazo de Jesús, que le acaricia sin decir nada.

Los apóstoles hacen broma de lo sucedido, poco lisonjero para Judas.

184.8

Entretanto la mujer está ya de regreso, con unas doce personas, a las que se van añadiendo otras. Serán ahora unas cincuenta. Todas gente pobre.

«¿Quieres hablarles? Al menos un rato. Ésta es la madre de mi marido, y éstos son mis hijos. Aquel hombre de allí es mi marido. Una palabra, Señor» dice suplicante la mujer.

«Para darte las gracias por tu hospitalidad, les hablaré».

La mujer, requerida por un niño de pecho, entra en casa; luego se sienta en el umbral de la puerta y le da el pecho.

«Escuchad. Encima de mis rodillas tengo a un niño que ha hablado muy sabiamente. Ha dicho: “Todas las cosas obtenidas con engaño se vuelven paja”. Su madre le ha enseñado esta verdad. No es una fábula, es una verdad eterna. Lo que se hace sin honestidad jamás sale bien, porque la mentira, en palabras, acciones o religión, es siempre signo de alianza con Satanás, maestro de embustes.

No penséis que las obras apropiadas para conseguir el Reino de los Cielos son obras fragorosamente vistosas; son acciones continuas, normales, pero realizadas con un fin sobrenatural de amor. El amor es la simiente del árbol que, naciendo en vosotros, crece hasta el Cielo, y a su sombra nacen todas las demás virtudes. Lo compararé con un minúsculo grano de mostaza. ¡Qué pequeño es! ¡Una de las más pequeñas semillas esparcidas por el hombre! Y, no obstante, ¡fijaos qué robusto y tupido es el árbol cabal, y cuánto fruto da: no ya el cien por ciento, sino el ciento por uno! La más pequeña, pero la que trabaja más diligentemente. ¡Cuántos beneficios os proporciona!

Así es el amor. Si recogéis en vuestro seno una pequeña semilla de amor hacia nuestro santísimo Dios y vuestro prójimo, y actuáis guiados por el amor, no faltaréis contra ningún precepto del Decálogo; no mentiréis a Dios con una falsa religión (de prácticas y no de espíritu), ni al prójimo con conducta de hijos ingratos, de esposos adúlteros — o solamente demasiado exigentes —, de ladrones en las transacciones, de embusteros en la vida, de violentos hacia vuestros enemigos. Fijaos cómo, en esta hora caliente, son muchos los pajarillos que se refugian en el follaje de este huerto. Dentro de poco, ese surco plantado de mostaza — que ahora es todavía pequeña — se verá henchido de trinos de pájaros. Todas las aves vendrán al amparo y a la sombra de estos árboles tan tupidos y cómodos, y las crías de los pájaros aprenderán a usar con seguridad sus alas precisamente en medio de esa pujanza de ramas que hará de escalera para subir, de red para no caer. Así es el amor, base del Reino de Dios.

Amad y seréis amados. Amad y seréis compasivos. Amad y no seréis crueles exigiendo más de lo lícito de quien está a vosotros subordinado. Amor y sinceridad para obtener la paz y la gloria del Cielo. Si no, como ha dicho Benjamín, todas vuestras acciones realizadas mintiendo al amor y a la verdad se os transformarán en paja para vuestro lecho infernal.

No os digo nada más. Unicamente esto: tened presente el gran precepto del amor y sed fieles a Dios Verdad y a la verdad en cada una de vuestras palabras, acciones y sentimientos, porque la verdad es hija de Dios. Se trata de una continua obra de perfeccionamiento de vosotros mismos, de la misma forma que la semilla crece continuamente hasta alcanzar su perfección; es una obra silenciosa, humilde, paciente. Tened por seguro que Dios ve vuestras luchas y os premia más por venceros en un egoísmo, por retener una palabra mezquina, por no imponer una exigencia, que no si, armados, en la batalla, matarais a vuestro enemigo. Ese Reino de los Cielos que alcanzaréis si vivís como justos está construido con las pequeñas cosas de cada día; con la bondad, la morigeración, la paciencia; contentándose con lo que uno tiene; con la mutua conmiseración; con el amor, sobre todo con el amor.

Sed buenos. Vivid en paz los unos con los otros. No murmuréis. No juzguéis. Dios estará entonces con vosotros. Os doy mi paz como bendición y agradecimiento de la fe que tenéis en mí».

184.9

Tras estas palabras, Jesús se vuelve a la mujer y dice: «Que Dios te bendiga especialmente a ti, porque eres una santa esposa y madre. Persevera en la virtud. Adiós, Benjamín; ama cada vez más la verdad y obedece a tu madre. Descienda sobre ti y tus hermanitos la bendición. Y sobre ti, madre».

Un hombre da unos pasos hacia adelante. Se le ve confuso, balbucea; dice: «Yo... yo... estoy impresionado por lo que dices de mi mujer... No sabía...».

«¿Es que no tienes ojos e inteligencia?».

«Sí».

«¿Y por qué no los usas? ¿Quieres que te los esclarezca?».

«Ya lo has hecho, Señor. De todas formas, yo la amo; lo que pasa es que uno se acostumbra... y... y...».

«Y cree lícito pretender demasiado porque el otro es mejor que nosotros... No lo hagas más. Tu trabajo te pone en continuo peligro. No temas las borrascas, si Dios está contigo; mas teme mucho si lo que está contigo es la Injusticia. ¿Comprendes?».

«Más de lo que has dicho. Trataré de obedecerte... Yo no sabía... no sabía…». Y mira a su mujer como si la estuviera viendo por primera vez.

Jesús da su bendición y sale a la callejuela, y reanuda su camino hacia los campos.

Detalle

En el AMEU 183, Jesús se encuentra con María de Magdala y realiza un milagro para salvar a un hombre adúltero.

Anotación

Esta lección se impartió el 10 de junio de 1945, tercer domingo después de Pentecostés. La liturgia del día (misal de San Pío V) celebraba la oveja perdida y la dracma recuperada (Lucas 15). El episodio anuncia la conversión de María Magdalena.

Dije lo mismo de otra pecadora hace varios meses. Para Aglaé, la mujer velada de Belle-Eau. Véase EMV 79.6.

Una vez una abuela me regaló, a costa de una mentira, una didracma. Dos dracmas. Véase la nota sobre las monedas.

ECR 186.2.5-8 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Jesús, cortado el lago en dirección noroeste-sudeste, manifiesta a Pedro su vivo interés porque desembarque en Ippo. Pedro obedece, sin discutir, descendiendo con la barca hasta la embocadura de un riachuelo que ahora, debido a que es primavera, y también debido al reciente temporal, fluye lleno y fragoroso. Desemboca este curso de agua en el lago, por una hoz escabrosa y llena de escollos, como es toda la costa en este punto. Los mozos aseguran las barcas — hay uno por cada barca — y reciben la orden de esperar hasta la tarde para volver a Cafarnaúm.

«Y haceos los despistados con quien os pregunte» aconseja Pedro. «A quien os pregunte dónde está el Maestro respondedle sin vacilar: “No lo sé”; a quien quiera saber hacia dónde se dirige, lo mismo. Además es verdad, no lo sabéis».

Se separan. Jesús emprende la ascensión de un escarpado sendero que trepa por el cantil casi a pico. Los apóstoles le siguen por la penosa senda hasta la cima del cantil, que muere en un rellano poblado de encinas bajo las cuales pacen muchos cerdos.

«¡Estos fétidos animales no nos dejan pasar!» exclama Bartolomé.

«No. No nos obstaculizan el paso, hay espacio para todos» responde con serenidad Jesús.

Por su parte, los porquerizos, viendo a israelitas, tratan de reunir a los cerdos bajo las encinas para dejar libre el sendero. Los apóstoles pasan, haciendo mil muecas de desagrado, entre las porquerías que van dejando estos animales que hozan bien pingües, buscando siempre aumento de pinguosidad.

Jesús pasa sin hacer tanto teatro, y dice a los encargados de la piara: «Que Dios os pague vuestra amabilidad».

Los porquerizos — gente pobre y sólo poco menos sucia que sus cerdos, aunque, eso sí, infinitamente más delgados — le miran perplejos y se ponen a cuchichear entre sí. Uno dice: «A lo mejor no es israelita». A lo cual los otros contestan: «¿No ves las franjas de la túnica?».

El grupo apostólico se une, ahora que pueden continuar el camino juntos por una vereda bastante ancha.

(...) «Pero... ¿este argayo!».

Se separan todos de la ladera del monte porque están rodando y rebotando pendiente abajo piedras y tierra, y miran en torno a sí perplejos.

«¡Allí!, ¡allí!, ¡mirad allí! Dos... completamente desnudos... vienen hacia aquí gesticulando. Locos...».

«O endemoniados» responde Jesús a Judas Iscariote, que ha sido el primero en ver a los dos posesos que vienen hacia Jesús.

Deben haber salido de alguna caverna del monte. Vienen gritando. Uno de ellos, el que más corre, se lanza hacia Jesús: parece un pajarraco extraño desplumado, pues mucho corre y mucho bracea (en vez de brazos parece tener alas). Se desploma a los pies de Jesús gritando: «¿Has venido aquí, Amo del mundo? ¿Qué tengo que ver contigo, Jesús, Hijo de Dios altísimo? ¿Ha llegado ya la hora de nuestro castigo? ¿Por qué has venido antes de tiempo a atormentarnos?».

El otro endemoniado, bien porque tenga impedida la capacidad de hablar, bien porque esté poseído por un demonio que le hace tardo, lo único que hace es echarse de bruces contra el suelo y llorar bajo, para luego, sentado, quedarse como inerte, sólo jugando con las piedras y con sus pies desnudos.

El demonio sigue hablando por boca del primero, que se retuerce en el suelo en un paroxismo de terror. Parece como si quisiera oponerse y no pudiera hacer otra cosa sino adorar, atraído y repelido al mismo tiempo por el poder de Jesús. Grita: «¡Te conjuro en nombre de Dios, no me atormentes más. Déjame marcharme!».

«Sí. Pero fuera de éste. Espíritu impuro, sal de éstos. Di tu nombre».

«Legión es mi nombre, porque somos muchos. Tenemos poseídos a éstos desde hace años, con sus miembros deshacemos lazos y rompemos cadenas, y no hay fuerza humana que los pueda tener sujetos. Siembran el terror por causa nuestra, de ellos nos servimos para que contra ti se blasfeme; en ellos nos vengamos de tu maldición. Rebajamos al hombre a nivel inferior al de las fieras, para escarnecerte; no hay lobo, chacal o hiena, buitre o vampiro, que se pueda equiparar a los que están poseídos por nosotros. Pero, no nos eches. ¡El infierno es demasiado horrendo!...».

«¡Salid! ¡En nombre de Jesús, salid!». Jesús habla con voz de trueno, sus ojos centellean.

«Déjanos, al menos, entrar en esa piara que has visto antes».

«Id».

Con un alarido bestial los demonios se separan de los dos desgraciados, y, entre un improviso remolino de viento que hace cimbrearse a las encinas como si fueran tallos herbáceos, caen sobre los numerosísimos cerdos, los cuales, emitiendo chillidos verdaderamente demoniacos, dan en correr por entre las encinas como posesos; se chocan unos con otros, se hieren, se muerden y, llegados al borde del alto cantil, no teniendo ya más amparo que el agua del fondo, se arrojan al lago. Mientras los porquerizos, trastornados y desolados, gritan aterrorizados, los animales, a centenares, en una sucesión de golpes sordos, zambullen su cuerpo en las aguas serenas, y las rompen en multitud de borbollones de espumas; se hunden, vuelven a emerger, mostrando ora los redondeados vientres, ora los morros puntiagudos en cuyos ojos se lee el terror, para acabar ahogándose.

Los pastores, gritando, se echan a correr hacia la ciudad.

186.6

Los apóstoles, que han ido al lugar del desastre, vuelven y dicen: «¡Ni uno se ha salvado! ¡Les has procurado un triste servicio!».

Jesús, sereno, responde: «Es mejor que perezcan dos mil cerdos que no un solo hombre. Dadles un vestido a éstos. No pueden estar así».

El Zelote abre un saco y ofrece uno de sus indumentos; Tomás da el otro. Los dos hombres están todavía un poco atónitos, como si se acabaran de despertar de un sueño muy molesto lleno de pesadillas.

«Dadles algo de comer. Que vuelvan a vivir como hombres».

Y mientras los dos hombres comen el pan y las aceitunas que les han ofrecido y beben del boto de Pedro, Jesús los observa.

Por fin hablan: «¿Quién eres?» dice uno de ellos.

«Jesús de Nazaret».

«No te conocemos» dice el otro.

«Vuestra alma me ha conocido. Ahora levantaos y marchad a vuestras casas».

«Creo que hemos sufrido mucho, pero no recuerdo bien. ¿Quién es éste?» dice el hombre que hablaba por el demonio señalando a su compañero.

«No lo sé. Estaba contigo».

«¿Quién eres? ¿Por qué estás aquí?» pregunta a su compañero.

El que era como mudo, que todavía es el más inactivo, dice: «Me llamo Demetrio. ¿Aquí está Sidón?».

«Sidón está en la costa. Aquí estás al otro lado del lago de Galilea».

«¿Y por qué estoy aquí?».

Ninguno le puede dar una respuesta.

186.7

En ese momento está llegando un grupo de personas seguidas por los pastores. La gente parece asustada y curiosa, y su estupor aumenta al ver a los dos hombres vestidos y en orden.

«¡Aquél es Marcos de Josías!... ¡Y aquél es el hijo del mercader pagano!...».

«Y aquél es el que los ha curado. Por Él han muerto nuestros cerdos, porque han enloquecido al entrar en ellos los demonios» dicen los custodios de los animales.

«Señor, reconocemos que eres poderoso, pero ya nos has perjudicado demasiado; nos has hecho un daño de muchos talentos. Te rogamos que te marches, no vaya a ser que por tu poder se derrumbe el monte y se hunda en el lago. Vete...».

«Me voy. Yo no me impongo a nadie». Jesús, sin rebatir, regresa por el mismo camino por el que había venido.

Le sigue, al final de la fila de los apóstoles, el endemoniado que hablaba; detrás, a distancia, muchos habitantes de la ciudad para asegurarse de que se marcha.

186.8

Salvan en sentido inverso el pronunciado declive del sendero. Regresan a la hoz del torrente, donde están las barcas. Los habitantes de la ciudad permanecen todavía en el borde de la cima del promontorio, mirando. El hombre liberado baja detrás de Jesús.

Los mozos de las barcas están aterrados: han visto la lluvia de cerdos en el lago y todavía contemplan los cuerpos que emergen — cada vez más y cada vez más hinchados — con las redondeadas panzas al aire y las cortas patitas tiesas, como cuatro estacas clavadas en una voluminosa vejiga sebosa. «Pero, ¿qué ha pasado?» preguntan.

«Ya os lo contaremos. Ahora soltad y vamos... ¿A dónde, Señor?» dice Pedro.

«Al golfo de Tariquea».

El hombre que los ha seguido, viéndolos subir a las barcas, suplica: «Tómame contigo, Señor».

«No. Ve a tu casa; los tuyos tienen derecho a tenerte. Háblales de las grandes cosas que te ha hecho el Señor y de cómo ha tenido piedad de ti. Esta zona tiene necesidad de creer. Enciende la llama de la fe en señal de agradecimiento al Señor. Ve. Adiós».

«Dame al menos la fuerza de tu bendición, para que el demonio no se vuelva a apoderar de mí».

«No temas. Si tú no quieres, no vendrá. De todas formas, te bendigo. Ve en paz». Las barcas se separan de la orilla en dirección Este-Oeste. Sólo entonces, cuando aquéllas hienden las olas sembradas de víctimas porcinas, los habitantes de la ciudad que no ha recibido al Señor se retiran del borde de la cima y se marchan.

Anotación

Los empleados amarran las barcas -hay una por barca- y se les dice que esperen hasta la noche para regresar a Cafarnaún. Se trata de dos figuras anónimas, que evidentemente realizan maniobras. Sin duda estaban presentes en EMV 185.

Al menos, déjame entrar en esta piara de cerdos: El texto original habla aquí en singular: Lasciami. Esta petición en singular es interpretada ingenuamente por Pedro en EMV 203,3.

Evangelio de Mateo 8, 28-34

Mt 8, 28-34 : Cuando Jesús llegaba a la otra orilla del río, al país de los gadarenos, dos endemoniados salieron de entre los sepulcros a su encuentro; eran tan agresivos que nadie podía pasar por allí. Y he aquí que se pusieron a gritar: "¿Qué quieres de nosotros, Hijo de Dios? ¿Has venido a atormentarnos antes de tiempo?". Había a lo lejos una gran piara de cerdos en busca de comida. Los demonios suplicaron a Jesús: "Si vas a expulsarnos, envíanos a la piara de cerdos". Él les dijo: "Id". Salieron y entraron en la piara de cerdos; y he aquí que toda la piara se precipitó por el acantilado al mar, y los cerdos murieron en las olas. Los centinelas huyeron y fueron a la ciudad a contar todo esto, y especialmente lo que había sucedido a los endemoniados. Y he aquí que todo el pueblo salió al encuentro de Jesús; y al verle, la gente le rogó que se fuera de su tierra.

Evangelio de Marcos 5, 1-20

Mc 5, 1-20 : Llegaron a la otra orilla del mar de Galilea, al país de los gerasenos. Cuando Jesús bajó de la barca, en seguida salió a su encuentro de entre los sepulcros un hombre que tenía un espíritu inmundo; vivía en los sepulcros, y ya nadie podía atarlo, ni siquiera con una cadena; en efecto, muchas veces lo habían atado con grilletes y cadenas, pero él había roto las cadenas y los grilletes, y nadie podía retenerlo. Todo el día y toda la noche estaba entre los sepulcros y en los montes, gritando y haciéndose daño con las piedras. Cuando vio de lejos a Jesús, corrió hacia él, se postró ante él y gritó con fuerza: "¿Qué quieres de mí, Jesús, Hijo del Dios Altísimo? ¡Te conjuro por Dios que no me atormentes! Jesús le dijo: "¡Espíritu inmundo, sal de este hombre! Y le preguntó: "¿Cómo te llamas? El hombre le respondió: "Me llamo Legión, porque somos muchos. Y le rogaron con insistencia que no los expulsara del país.

En la ladera había una gran piara de cerdos en busca de comida. Entonces los espíritus inmundos suplicaron a Jesús: "Envíanos a esos cerdos y entraremos en ellos". Él se lo permitió. Salieron del hombre y entraron en los cerdos. Eran unos dos mil y se ahogaban en el mar. Difundieron la noticia en la ciudad y en el campo, y la gente acudió a ver lo que había sucedido.

Cuando se acercaron a Jesús, vieron al endemoniado sentado, vestido y volviendo en sí, al que había tenido la legión de demonios, y se llenaron de miedo. Los que habían visto todo aquello les contaron la historia del endemoniado y lo que había sucedido con los cerdos. Entonces empezaron a rogar a Jesús que abandonara su territorio.

Cuando Jesús volvió a subir a la barca, el endemoniado le rogó que le permitiera estar con él. Él no consintió, sino que le dijo: "Vete a casa con tu familia y cuéntales todo lo que el Señor ha hecho por ti en su misericordia". El hombre se fue y comenzó a proclamar por la región de la Decápolis lo que Jesús había hecho por él, y todos se maravillaban.

Evangelio de Lucas 8, 26-39

Lc 8, 26-39 : Llegaron al país de los gerasenos, que está enfrente de Galilea. Cuando Jesús desembarcó, le salió al encuentro un endemoniado de la ciudad. Hacía mucho tiempo que no se vestía y no vivía en una casa, sino en los sepulcros. Cuando vio a Jesús, gritó, cayó a sus pies y le dijo a gran voz: "¿Qué quieres de mí, Jesús, Hijo del Dios Altísimo? Por favor, no me atormentes". De hecho, Jesús estaba ordenando al espíritu inmundo que saliera de aquel hombre, pues el espíritu se había apoderado de él muchas veces. Lo tenían atado con cadenas y grilletes en los pies, pero él rompió las cadenas y el demonio lo arrastró a lugares desiertos. Jesús le preguntó: "¿Cómo te llamas? El respondió: "Legión". Habían entrado en él muchos demonios. Y estos demonios rogaron a Jesús que no les ordenara ir al abismo. En la colina había una gran piara de cerdos en busca de comida. Los demonios le rogaron a Jesús que les permitiera entrar en los cerdos, y así lo hizo. Salieron del hombre y entraron en los cerdos. Desde lo alto del acantilado, la piara se precipitó al lago y se ahogó. Cuando los pastores vieron lo que había pasado, huyeron; difundieron la noticia en el pueblo y en el campo, y la gente salió a ver qué había pasado.

Cuando llegaron a Jesús, encontraron al hombre que los demonios habían abandonado; estaba sentado a los pies de Jesús, vestido y volviendo en sí. Y estaban aterrorizados. Los que lo habían visto les contaron cómo se había salvado. Entonces toda la gente del territorio de los gerasenos le pidió a Jesús que se fuera, porque tenían mucho miedo. Jesús volvió a subir a la barca y regresó.

El hombre que habían dejado los demonios le preguntó si podía estar con él. Pero Jesús lo despidió diciéndole: "Vuelve a tu casa y cuenta a todos lo que Dios ha hecho por ti. El hombre salió y proclamó por toda la ciudad lo que Jesús había hecho por él.

ECR 187.1 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Jesús deja partir a las barcas diciendo: «No vuelvo». Luego, seguido de los suyos, atravesando la zona que ya desde la otra orilla se veía rica, se dirige hacia un monte que aparece en dirección Sur-Oeste.

Anotación

Estos caracteres anónimos también estaban presentes en EMV 186.

Palabras clave

ECR 188.1-5.7-10 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

188.1

El Tabor está ahora a espaldas de los caminantes. Ya lo han salvado. El grupo camina por una llanura cerrada entre este monte y otro que está de frente; van hablando de la ascensión, que todos han realizado, aunque al principio parecía que los más mayores quisieran evitarla; ahora están contentos de haber subido a la cima.

Se anda bien ahora porque van por un camino de primer orden bastante cómodo. La hora es fresca. Tengo la impresión de que han pernoctado en las laderas del Tabor.

«Aquello es Endor» dice Jesús señalando hacia un humilde pueblo asido a las primeras elevaciones de este otro grupo de montes. «¿Estás decidido realmente a ir?».

«Si me quieres contentar...» responde Judas Iscariote.

«Pues vamos».

«Pero, ¿habrá que andar mucho?» pregunta Bartolomé, que, debido a su edad, no debe sentir muchas ganas de excursiones panorámicas.

«¡No, no! De todas formas, si os queréis quedar...» dice Jesús.

«¡Sí, sí, quedaos! ¡hombre! Me basta ir con el Maestro» se apresura a decir Judas de Keriot.

«Bueno, yo quisiera saber, antes de decidir, lo que hay de vistoso... Desde la cima del Tabor hemos visto el mar, y, después de lo que ha dicho el muchacho, tengo que confesar que ha sido la primera vez que lo he visto verdaderamente bien, que lo he visto como Tú ves: con el corazón. Aquí... quisiera saber si hay algo que aprender, porque entonces voy, aunque me cueste...» dice Pedro.

«¿Estás oyéndolos? Todavía no has dicho tu intención. ¿Quisieras ahora ser tan amable para con tus compañeros de decirla?» invita Jesús a responder.

«¿No fue a Endor adonde Saúl quiso ir para consultar a la pitonisa?».

«Sí. ¿Y...?».

«Pues, Maestro, que me gustaría ir a ese sitio y oírte hablar de Saúl».

«¡Ah, pues entonces voy también yo!» exclama Pedro todo animado.

«Bien, vamos».

Recorren ligeros el último trecho del camino principal para dejarlo luego por un camino secundario que lleva derecho a Endor.

188.2

Es un lugar humilde, como ha dicho Jesús. Las casas están cimentadas en las laderas, las cuales, después del pueblo, se hacen más escabrosas. Pobres gentes son sus habitantes. La mayoría de los vecinos deben ejercer el pastoreo por los pastos monte arriba y en los bosques de encinas seculares. Hay pocas y pequeñas parcelas reservadas al cultivo de la cebada — o un cereal forrajero semejante — en los recortes propicios; también manzanos e higueras. En torno a las casas, pocas vides que decoran un poco las míseras paredes, oscuras cual si fuera un lugar más bien húmedo.

«Ahora preguntamos dónde estaba el lugar de la maga» dice Jesús, y para a una mujer que vuelve de la fuente con las ánforas.

Ella le mira con curiosidad, y contesta con desaire: «No lo sé. Tengo otras cosas mucho más importantes que esas habladurías». Le deja bruscamente.

Jesús se dirige a un viejecillo que está labrando un trozo de madera.

«¿La maga?... ¿Saúl? Ya nadie se interesa de ello. No obstante, espera... hay uno que ha estudiado y quizás sepa... Ven».

El viejecito se pone a subir, renqueando, por una callejuela pedregosa, hasta una casa muy mísera, desastrada. «Está aquí. Voy a entrar a llamarle».

Pedro, haciendo alusión a algunas aves de corral que están escarbando la tierra en un pequeño y sucio patio, dice: «Este hombre no es israelita». Pero no dice nada más, porque el viejecillo está volviendo, seguido por un hombre bizco, sucio y desaliñado, como todo lo que hay en su casa.

El viejecillo dice: «¿Ves? Este hombre dice que es allí, pasada aquella casa derruida: un sendero, luego un regato, luego una arboleda, y cavernas; bueno, pues la más alta de esas cuevas, la que tiene todavía a su lado muros derruidos, es la que estás buscando. ¿No es eso?».

«No. Has confundido todo. Voy yo con estos extranjeros». El hombre tiene una voz áspera y gutural, lo cual aumenta el sentido de incomodidad.

188.3

Se encamina. Pedro, Felipe y Tomás hacen repetidamente señas a Jesús para que no vaya. Pero Jesús no hace caso y se encamina detrás del hombre, con Judas; los demás le siguen... de mala gana.

«¿Eres israelita?» pregunta el hombre.

«Sí».

«Yo también, o casi, aunque no lo parezca. He estado mucho tiempo en otros países y he cogido costumbres que estos ignorantes deploran. Soy mejor que los otros, pero me llaman demonio, porque leo mucho, crío aves de corral, que luego vendo a los romanos, y sé curar con hierbas. De joven, por una mujer, luché con un romano — entonces estaba en Cintio — y le apuñalé; el romano murió, yo dejé un ojo y mis bienes y fui condenado a prisión y a trabajos forzados durante muchos años... para siempre. Pero sabía curar, y sané a la hija de un guardián, lo cual me supuso su amistad, y un poco de libertad... que usé para huir. Hice mal, porque, sin duda, aquel hombre pagó mi fuga con la vida; pero la libertad, cuando uno está en prisión, es bonita...».

«¿Y después no?».

«No. Es mejor la cárcel, donde uno está solo, que no el contacto con los hombres, que no nos conceden estar solos y que están en torno a nosotros para odiarnos...».

«¿Has estudiado a los filósofos?».

«Era maestro en Cintium... Era prosélito...».

«¿Y ahora?».

«Ahora no soy nada. Vivo en la realidad. Y odio, como fui y soy odiado».

«¿Quién te odia?».

«Todos. El primero, Dios. Era mi mujer... y Dios permitió que me traicionara y que fuera mi ruina. Era libre, me respetaban... y Dios permitió mi condena a cadena perpetua. El abandono de Dios, la injusticia de los hombres. He anulado a Dios y a los hombres. Aquí ya no hay nada...» y se golpea en la frente y en el pecho. «Bueno, quiero decir que aquí, en la cabeza, está el pensamiento, el saber; aquí es donde no hay nada» y escupe despreciativamente.

«Te equivocas. Ahí tienes todavía dos cosas».

«¿Cuáles?».

«El recuerdo y el odio. Quítalos de tu corazón.

188.4

Quédate verdaderamente vacío. Yo te daré una cosa nueva para que la metas ahí».

«¿Qué?».

«El amor».

«¡Ja! ¡ja! ¡ja! ¡No me hagas reír! Mira, hacía treinta y cinco años que no me reía. Desde que tuve la prueba de que mi mujer me traicionaba con el romano mercader de vinos. ¡El amor! ¡El amor a mí! ¡Como si echase a mis pollos piedras preciosas!: morirían de indigestión, si no lograsen pasarlas a los excrementos. Lo mismo yo. Tu amor sería un peso para mí, si no lograse digerirlo...».

«Hombre, no hables así». Jesús le pone la mano en el hombro, verdadera y visiblemente afligido.

El hombre le mira con su único ojo. Lo que ve en ese rostro dulce y bellísimo le hace enmudecer y cambiar de expresión: del sarcasmo pasa a una profunda seriedad y luego... a una verdadera aflicción. Agacha la cabeza y pregunta con el tono de voz cambiado: «¿Quién eres?».

«Jesús de Nazaret. El Mesías».

«¡¡Tú!!».

«Sí, Yo; tú, que lees, ¿no tenías noticia de mí?».

«Tenía noticia... Pero no sabía que vivieras, y no... no sabía, sobre todo, que eras bueno con todos... así... incluso con los asesinos... Perdona cuanto te he dicho... sobre Dios y sobre el amor... Ahora entiendo por qué quieres darme el amor... Porque sin amor el mundo es un infierno, y Tú, el Mesías, quiere hacer de él un paraíso».

«Un paraíso en cada uno de los corazones. Dame esos recuerdos y ese odio que te tienen enfermo y deja que te meta el amor en el corazón».

«¡Ah, si te hubiera conocido antes!... entonces... Pero, cuando yo mataba, ciertamente no habías nacido... Pero después... después... cuando, libre como la serpiente en los bosques, viví para difundir el veneno de mi odio...».

«También has hecho cosas buenas. ¿No has dicho que curabas con las hierbas?».

«Sí. Para que me tolerasen. ¡Cuántas veces he tenido que luchar contra el deseo de envenenar con los bebedizos!... ¿Ves? Me he refugiado aquí porque es un pueblo donde se ignora el mundo y se es ignorado por el mundo, un pueblo maldito; en otros lugares, me odiaban y odiaba, y tenía miedo de ser reconocido... Pero, yo soy malo».

«Lamentas haber causado daño al guardián de la prisión. ¿Ves como todavía tienes bondad? No eres malo, lo que tienes es una profunda herida abierta que nadie te cura... Tu bondad se te va por ella como la sangre por las heridas; pero, si hubiera alguien que te curase y te cerrase tu herida, pobre hermano mío, tu bondad, no perdiéndose a medida que se va formando, crecería...».

El hombre llora cabizbajo; su llanto queda celado; sólo Jesús, que camina a su lado, lo ve. Lo ve, sí, pero no dice nada más.

188.5

Llegan a una covacha hecha con bloques de paredón y aprovechando las mismas cavidades del monte. El hombre trata de afianzar la voz y dice: «Bueno, es aquí. Entra si quieres».

«Gracias, amigo. Sé bueno».

El hombre no dice nada, se queda donde está, mientras Jesús y los suyos, pasando por encima de bloques de piedra que, sin duda, habían pertenecido a muros muy fuertes, incomodando a lagartos y otros feos animales, entran en una espaciosa gruta ahumada, en cuyas paredes hay todavía — grafitos incisos en la roca — signos zodiacales y otras zarandajas de este tipo. (...)

188.7

Salen de las ruinas y empiezan a bajar por el sendero que antes han recorrido. El hombre bizco está todavía.

«¿Estás todavía aquí?» pregunta Jesús, aparentando no ver el rostro rojo de lágrimas.

«Sí, aquí. Si me permites, te acompaño; debo decirte una cosa...».

«Bueno, bien, ven conmigo. ¿Qué quieres decirme?».

«Jesús... Creo que para tener la suficiente fuerza para hablar y para hacer la santa magia de cambiarme a mí mismo, de invocar a mi alma muerta como la maga invocó a Samuel para Saúl, debo pronunciar tu Nombre, dulce como tu mirada, santo como tu voz. Me has dado una vida nueva, pero es informe, incapaz cual la de un recién nacido mal generado, y forcejea aún, atenazada por la costra mala que le cubre. Ayúdame a salir de mi muerte».

«Sí, amigo».

«Yo... he visto que todavía tengo un poco de humanidad en mi corazón. No soy sólo un animal feroz. Todavía puedo amar y ser amado, perdonar y ser perdonado: tu amor, tu amor, que es perdón, me lo enseña. ¿No es verdad esto?».

«Sí, amigo».

«Pues entonces llévame contigo. ¡Yo era Félix! ¡Oh, qué ironía! Dame un nuevo nombre. Que quede verdaderamente muerto el pasado. Te seguiré como un perro callejero que por fin encuentra un amo. Seré tu esclavo, si quieres... pero no me dejes solo».

«Sí, amigo».

«¿Qué nombre me das?».

«Un nombre entrañable para mí: Juan. En efecto, eres gracia recibida del Señor».

«¿Me llevas contigo?».

«Por ahora sí. Luego me seguirás con los discípulos. Pero... ¿y tu casa?».

«Ya no tengo casa. Dejaré a los pobres cuanto poseo. Dame sólo amor y un pan».

«Ven». Jesús se vuelve y llama a los apóstoles: «Gracias amigos, especialmente a ti, Judas; por ti, por vosotros, un alma se arrima a Dios. Mirad, éste es el nuevo discípulo. Vendrá con nosotros hasta que podamos confiarle a los hermanos discípulos. Alegraos de haber encontrado un corazón, bendecid conmigo a Dios».

Los doce no parecen verdaderamente muy contentos, pero ponen buena cara por obediencia y por cortesía.

«Si me lo permites, me adelanto. Me encontrarás a la entrada de mi casa».

«Bien. Ve».

El hombre se marcha corriendo. Parece otro.

«Ahora que estamos solos, os ordeno, esto lo ordeno, que seáis buenos con él y que no habléis de su pasado a nadie. Quien hablara, o faltara a la caridad a este hermano redimido, sería rechazado por mí ipso facto. ¿Comprendido? ¡Fijaos qué bueno es el Señor!: nos trajo aquí un fin humano y nos ha concedido dejar este lugar habiendo obtenido un hecho sobrenatural. ¡Oh, exulto por la alegría que ahora hay en el Cielo por el nuevo convertido!».

188.8

Llegan a la casa. En el umbral de la entrada, con un indumento oscuro y limpio, manto igual, un par de sandalias nuevas y un talego grande a las espaldas, está el hombre. Cierra la puerta y... — extraño en un hombre que uno podría considerar insensible — toma una gallina blanca, quizás la predilecta, que se acuecla íntima en sus manos, y la besa y llora; luego la posa en el suelo.

«Vamos... y perdona, pero es que mis pollos me han querido. Yo hablaba con ellos, y... me comprendían...».

«Yo también te comprendo... y te quiero... mucho; te daré todo el amor que en treinta y cinco años el mundo te ha negado».

«¡Lo sé! ¡Lo siento en mí! Por eso me voy contigo. Y... sé indulgente con un hombre que... que ama a un animal que... que... que le ha sido más fiel que el hombre...».

«Sí...sí. No pienses más en el pasado. En el futuro tendrás muchas cosas que hacer. Con tu experiencia harás mucho bien. Simón, ven aquí, y también tú, Mateo. Mira, éste fue peor que un preso, fue un leproso; éste, pecador. Pues bien, Yo los quiero entrañablemente porque saben comprender a los corazones desvalidos. ¿No es verdad?».

«Por bondad tuya, Señor. Pero... sí, créelo, amigo, sirviéndole se cancela todo. Queda sólo paz» dice Simón el Zelote.

«Sí, paz, y, donde había una vejez de vicio u odio, nace una juventud nueva. Yo era un publicano y ahora soy un apóstol. Tenemos ante nosotros el mundo, y nosotros sabemos acerca del mundo; no somos como esos muchachitos distraídos que pasan al lado del fruto nocivo y del árbol torcido y no ven la realidad. Nosotros lo conocemos. Podemos evitar el mal y enseñar a otros a evitarlo, como también sabemos enderezar a quien se tuerce, porque sabemos el consuelo que supone el ser sujetados. Y sabemos quién sujeta: Él» dice Mateo.

«¡Es verdad ¡Es verdad! Me ayudaréis. Gracias. Es como pasar de un lugar oscuro y fétido a un dilatado prado florido... Una cosa parecida experimenté el día en que salí, libre, al fin libre, tras veinte años de prisión y de trabajo brutal en las minas de Anatolia, y me vi — había huido durante una noche borrascosa — en lo alto de un monte, escabroso pero abierto, lleno del sol de la aurora y cubierto de olorosos bosques... ¡Oh, la libertad! ¡Pero ahora es más! ¡Todo en mí se dilata! Ya hacía doce años que no llevaba cadenas, y, sin embargo, el odio, el miedo, la soledad, para mí eran como cadenas... ¡Ahora han caído éstas también!...

188.9

Hemos llegado a la casa del anciano que os ha conducido a mí. ¡Eh, hombre! ¡Hombre!».

El viejecillo acude, y se queda de piedra al ver que el bizco está limpio, con vestido de viaje y la cara sonriente.

«Ten, ésta es la llave de mi casa. Me marcho para siempre. Tú has sido mi benefactor y por ello te estoy agradecido. Me has devuelto la familia. Haz de lo mío todo lo que quieras... y cuida de mis pollos; no los maltrates; todos los sábados viene un romano que compra los huevos... sacarás algún beneficio... Trata bien a mis gallinitas... y que Dios te lo pague».

El anciano se ha quedado estupefacto. Boquiabierto, coge la llave.

Jesús dice: «Sí, haz como dice y también Yo te quedaré agradecido. En nombre de Jesús te bendigo».

«¡El Nazareno! ¡Eres Tú! ¡Misericordia! ¡He hablado con el Señor! ¡Mujeres! ¡Mujeres! ¡Hombres! ¡El Mesías está aquí, con nosotros!». Chilla como un águila y de todas partes vienen corriendo personas.

«¡Tu bendición! ¡Tu bendición!» gritan. Otros: «¡Quédate!». Y otros: «¿A dónde vas? Al menos dinos a dónde vas».

«Voy a Naím. No puedo quedarme».

«¡Te seguimos! ¿Quieres?».

«Venid. Y paz y bendición para los que se quedan».

Se encaminan hacia el camino principal. Lo toman.

188.10

El hombre, que va andando al lado de Jesús, esforzándose por el peso de su talego, despierta la curiosidad de Pedro: «¿Pero qué llevas ahí dentro que pesa tanto?» pregunta.

«La ropa... y libros... Mis amigos junto con los pollos, aunque después de éstos. No he podido separarme de ellos... y pesan».

«Sí, claro, la ciencia pesa, sí, y... ¿a quién le gusta?».

«Me han librado de volverme loco».

«¡Les tendrás estima!... Pero, ¿qué libros son?».

«Filosofía, historia, poesía griega, romana...».

«Interesantes, interesantes, sin duda interesantes; pero, ¿crees que vas a poder llevarlos siempre contigo?».

«Quizás también logre separarme de ellos, pero todo al mismo tiempo no se puede hacer, ¿no es verdad, Mesías?».

«Llámame Maestro. Sí, no se puede. De todas formas tendrás un sitio donde tener al seguro a tus amigos los libros. Te podrán servir para disputar con los paganos acerca de Dios».

«¡Qué depurado tu pensamiento de toda restricción!».

Jesús sonríe y Pedro exclama: «¡Hombre! ¡claro! ¡Él es la Sabiduría!».

«Es la Bondad, créelo. ¿Y tú eres culto?».

«¿Yo? ¡Cultísimo! Mi cultura no pasa de distinguir un sábalo de una carpa. Soy pescador, amigo» y Pedro ríe con humildad y franqueza.

«Eres un hombre honesto. Es una ciencia que uno aprende por sí mismo y que es muy difícil de poseer. Me resultas simpático».

«Tú también a mí, porque eres franco, incluso cuando te acusas. Perdono todo, ayudo a todos, pero soy enemigo despiadado de los falsos. Me repelen».

«Tienes razón, el falso es un delincuente».

«Tú lo has dicho, un delincuente. Dime, ¿no me dejas con confianza un poco tu talego? Total, estáte seguro de que con los libros no voy a huir... Es que me parece que vas con dificultad...».

«Veinte años de mina quebrantan. Pero... ¿por qué quieres cansarte tú?».

«Porque el Maestro nos ha enseñado a amarnos como hermanos. Dámelo. Toma tú a cambio mis trapajos. Mi fardo es ligero... No hay ni historias, ni poesías; mi historia, mi poesía y esa otra cosa que has dicho son Él, mi Jesús, nuestro Jesús».

Anotación

¡Me llamaba Félix! ¡Qué ironía! Félix significa feliz en latín.

Te ordeno que seas amable con él y que no hables de su pasado con nadie. Pero eso es exactamente lo que hace Judas Iscariote cuando denuncia ante el Sanedrín la presencia de un galeote (Juan de Oro) y una esclava fugitiva (Síntica). Esto les obligó a exiliarse en Antioquía de Siria. Cf. EMV 314 ss.

Cf . Isaías 43, 3-4: "Yo soy el Señor, tu Dios, el Santo de Israel, tu Salvador. Para pagar tu rescate, entregué a Egipto, Etiopía y Seba a cambio de ti. Porque eres precioso a mis ojos, porque eres valioso y porque te amo, doy seres humanos a cambio de ti, pueblos a cambio de tu vida".

Los libros te servirán para cobijar a tus amigos. Serán útiles para hablar de Dios con los paganos. Alusión a Antioquía de Siria, donde Juan de En-Dor se vio obligado a exiliarse, pero donde, con la ayuda de Syntica, se fundó la futura comunidad cristiana descrita en los Hechos de los Apóstoles.

ECR 191.5-7 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

(...) Escuchad la parábola que he pensado para vosotros.

Había un hombre muy rico. Sus indumentos eran vistosísimos. Vestido de púrpura y de lino cendalí, se pavoneaba en las plazas y en su propia casa. Era reverenciado como el más poderoso del lugar por los habitantes de la ciudad, y por los amigos, que secundaban su soberbia para sacar provecho. Las salas de su casa estaban todos los días abiertas para celebrar espléndidos banquetes, hervidero de invitados — todos ricos y, por tanto, no necesitados — que adulaban al rico Epulón. Sus banquetes eran célebres por la abundancia de manjares y de vinos selectos.

En la misma ciudad había un mendigo, un mísero mendigo, verdaderamente mísero; tan mísero era éste cuanto rico era el otro. Pero, bajo la costra de la miseria humana del mendigo Lázaro, se celaba un tesoro aún mayor que su propia miseria y que la riqueza de Epulón; tal tesoro era la auténtica santidad de Lázaro: no había transgredido nunca la Ley, ni siquiera impulsado por la necesidad, pero, sobre todo, había cumplido el precepto del amor a Dios y al prójimo.

Como hacen siempre los pobres, se acercaba a las puertas de los ricos para pedir limosna y no morir de hambre; al declinar la tarde, todos los días, iba a la puerta de Epulón, esperando recibir al menos las migajas de los pomposos banquetes que en esas riquísimas salas se celebraban. Se echaba en el suelo, en la calle, junto a la puerta, y, paciente, esperaba. Pero, si Epulón se daba cuenta de que estaba ahí, mandaba que le alejasen, porque ese cuerpo cubierto de llagas, desnutrido, andrajoso, era un espectáculo demasiado triste para sus invitados; eso decía Epulón (en realidad era porque la vista de esa miseria y esa bondad le significaba un continuo reproche).

Más compasivos que él eran sus perros — que estaban bien alimentados y lucían valiosos collares —, pues se acercaban al pobre Lázaro y le lamían las llagas, gimoteando de alegría por sus caricias, y hasta incluso le llevaban las sobras de las ricas mesas; así Lázaro superaba la desnutrición por mérito de los animales (si hubiera sido por el hombre, habría muerto, pues el hombre no le permitía siquiera entrar en las salas después del banquete para recoger las migajas que hubieran caído de las mesas).

191.6

Un día Lázaro murió. Ninguno en esa tierra se dio cuenta, nadie le lloró; es más, Epulón se puso muy contento porque a partir de ese día dejó de ver a esa miseria, que él llamaba “oprobio”, al lado de su puerta. Pero en el Cielo sí lo advirtieron los ángeles, y en sus últimos estertores, en su covachuela fría y desposeída de todo, estaban presentes las cohortes celestes, las cuales, rutilantes, recogieron el alma de Lázaro y la llevaron entre cantos de aleluya al seno de Abraham.

Pasado un tiempo, murió Epulón. ¡Oh, qué funerales tan fastuosos! Toda la gente de la ciudad, que había estado al corriente de su agonía y que ahora se apiñaba en la plaza donde se alzaba la casa — para ser notados como amigos del grande, o por curiosidad o por interés hacia los herederos —, se unió al duelo. El vocerío subió hasta el cielo, y con el vocerío las falsas alabanzas al “grande”, al “benefactor”, al “justo” que había muerto.

¿Podrá, acaso, palabra humana alguna mutar el juicio de Dios? ¿Podrá apología humana alguna borrar lo que está escrito en el libro de la Vida? No, no puede. Lo juzgado juzgado está, lo escrito escrito está. A pesar de los solemnes funerales, el espíritu de Epulón fue sepultado en el Infierno.

Entonces, en esa horrenda cárcel, bebiendo y comiendo fuego y tinieblas, hallando odio y torturas en todos los lugares y en todos los instantes de esa eternidad, alzó la mirada al Cielo, a ese Cielo que había visto[4] en una exhalación, en un átomo de minuto, y cuya inefable belleza recordaba cual tormento entre atroces tormentos. Vio arriba a Abraham, lejano pero fúlgido, beato...; y en su seno, también fúlgido y beato, a Lázaro, a ese pobre Lázaro en otro tiempo despreciado, repelente, misero... ¿y ahora?... ¡ah!, ahora, hermoso con la luz de Dios y con su propia santidad, rico en amor de Dios, admirado, no ya por los hombres sino por los ángeles de Dios.

Epulón gritó llorando: “¡Padre Abraham, ten piedad de mí! ¡Manda a Lázaro — puesto que no puedo esperar que vengas tú —, manda a Lázaro para que moje la punta de un dedo en el agua y la ponga en mi lengua, para refrescarla, porque sufro atrozmente por esta llama que me penetra continuamente y me quema!”.

Abraham respondió: “Acuérdate, hijo, de que tuviste en la tierra todos los bienes, y Lázaro todos los males, y supo hacer del mal un bien, mientras que tú sólo supiste hacer el mal con tus bienes. Por tanto, es justo que ahora él, aquí, sea consolado y que tú sufras. Pero es que además no es posible lo que pides. Los santos están diseminados sobre la faz de la tierra para beneficio de los hombres, pero, cuando, a pesar de la extrema cercanía de éstos, el hombre sigue siendo lo que es — en tu caso, un demonio —, inútil es recurrir después a los santos. Ahora estamos separados. Las hierbas, en el campo, están mezcladas, mas, una vez cortadas, serán separadas las malas de las buenas. Lo mismo sucede con vosotros y nosotros: estuvimos juntos en la tierra y, contra el amor, nos arrojasteis de vuestra presencia, nos atormentasteis de todos los modos posibles, nos relegasteis al olvido; pues bien, ahora estamos divididos y entre vosotros y nosotros se abre un abismo tal, que los que quisieran pasar de aquí a vosotros no podrían, ni tampoco vosotros, que estáis allí, podéis salvar este abismo tremendo para venir a nosotros”.

191.7

Epulón, llorando con más fuerza, gritó: “Al menos, padre santo, manda — te lo ruego —, manda a Lázaro a casa de mi padre. Tengo cinco hermanos. Nunca he comprendido el amor, ni siquiera entre familiares. Pero ahora... ahora comprendo lo terrible que es el no ser amados. Y, dado que aquí, donde estoy, vive el odio, ahora he comprendido — por ese átomo de tiempo en que mi alma vio a Dios[5] – lo que es el Amor. No quiero que mis hermanos sufran estas penas. Tengo verdadero terror por ellos, porque llevan la misma vida que yo llevaba. ¡Oh, manda a Lázaro, a decirles dónde estoy y por qué; a decirles que el Infierno existe, y que es atroz, y que quien no ama a Dios y al prójimo viene al Infierno! ¡Mándale, para que actúen en consecuencia antes de que sea tarde, y así eviten el venir aquí, a este lugar de eterno tormento!”.

Pero Abraham respondió: “Tus hermanos tienen a Moisés y a los Profetas; que los escuchen”; a lo que Epulón, con un gemido de alma torturada, replicó: “¡Oh, padre Abraham, les hará más impresión un muerto; escúchame; ten piedad!”.

Pero Abraham dijo: “Si no han escuchado a Moisés y a los Profetas, no creerán tampoco a uno que resucite por una hora de entre los muertos para dirigirles palabras de Verdad. Y, además, no es justo que un bienaventurado deje mi seno para ir a recibir ofensas de los hijos del Enemigo. El tiempo de las injurias para él ya ha pasado; ahora está en la paz y en ella permanece, por orden de Dios, que ve la inutilidad de intentar la conversión de quienes no creen siquiera en la palabra de Dios y no la ponen en práctica”.

Ésta es la parábola. Su significado es tan claro que ni siquiera requiere explicación.

Anotación

En su dictado del 2 de agosto de 1943, Jesús se refiere a este rico malvado como Epulón, nombre de los sacerdotes encargados de organizar los banquetes en la antigua Roma, que el original de este episodio utiliza "Epulone" como equivalente de rico malvado.

"Volvió los ojos hacia el Cielo que había vislumbrado". Debe entenderse como Maria Valtorta comentó en una copia mecanografiada: "Volvió los ojos hacia el limbo de los santos que había vislumbrado... y cuya apacible belleza era ya inenarrable...".

"Durante aquel segundo en que mi alma vislumbró a Dios" debe entenderse en el sentido de "en el momento del juicio particular", como anota María Valtorta en una copia mecanografiada.

Evangelio de Lucas 16:19-31

Lc 16,19-31: "Había un hombre rico, vestido de púrpura y lino fino, que daba todos los días suntuosos banquetes. Ante su puerta yacía un pobre llamado Lázaro, cubierto de llagas. Le hubiera gustado comer lo que caía de la mesa del rico, pero los perros se acercaban y le lamían las llagas. El pobre murió y los ángeles se lo llevaron a Abraham. También el rico murió y fue sepultado.

Y cuando estaba en el Hades, fue torturado; y cuando levantó la vista, vio de lejos a Abrahán y cerca de él a Lázaro. Entonces gritó: "Padre Abrahán, ten piedad de mí y envía a Lázaro a mojar la punta de su dedo en agua para refrescar mi lengua, porque estoy sufriendo terriblemente en este horno. - Hijo mío -respondió Abraham-, recuerda: tú recibiste la felicidad durante tu vida, y Lázaro la desgracia durante la suya. Ahora él encuentra aquí consuelo, y tú, sufrimiento. Y además de todo eso, se ha abierto un gran abismo entre vosotros y nosotros, de modo que los que quisieran cruzar a vosotros no pueden, y de allí tampoco pueden cruzar a nosotros." El rico replicó: "Pues bien, Padre, te ruego que envíes a Lázaro a casa de mi padre. Porque tengo cinco hermanos: ¡que les dé su testimonio, no sea que vengan también ellos a este lugar de suplicio!" Abraham le dijo: "Tienen a Moisés y a los Profetas: ¡que los escuchen! - Él respondió: "No, padre Abrahán, pero si alguien de entre los muertos viene a ellos, se convertirán". Abraham respondió: "Si no escuchan a Moisés y a los Profetas, puede que alguien resucite de entre los muertos: no se convencerán""""