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Notas del tema

Encuentro con personajes (mencionado una vez)

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Comodidad de lectura

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ECR 3.3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Joaquín está a la entrada de su pequeña tienda (toda de ramajes). Habla con un hombre de unos treinta años, al que saluda Alfeo desde lejos con un gritito diciendo: «Papá». Cuando Joaquín ve venir a Ana se da prisa en encender la lámpara.

Anotación

El marido de Sara de Nazaret -hermana de María de Cleofás- estuvo presente en la fiesta. Nació, pues, hacia el año 52 a.C.

ECR 3.3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

El padre de Alfeo llama a su hijo, pero éste responde: «Yo me quedo con Ana. Así la ayudo». Todos se echan a reír.

«Déjale. No molesta. Todavía no le obliga la Ley. Aquí o allí... no es más que un pajarito que come» dice Ana, y se sienta con el niño en el regazo.

Anotación

Todavía no estaba obligado a observar la Ley. Cf. Levítico 23:36; Números 29:35. El final de la fiesta era un día de descanso. El octavo día (Shemini Atzeret) es la fiesta de la alegría de la Torá (Sim'Hath Torá). Es un día de descanso. En este día se recita la oración de la lluvia. Esta fiesta cierra la serie de las tres fiestas de peregrinación.

Libro del Levítico 23, 36

Lev 23, 36: Durante siete días ofrecerás a Yahvé sacrificios encendidos. El octavo día tendréis una asamblea santa y ofreceréis sacrificios encendidos a Yahvé; es una fiesta de clausura: no haréis ningún trabajo servil.

Libro de los Números, 29, 35

Núm 29, 35 : El octavo día tendréis una asamblea solemne; no haréis ningún trabajo servil.

ECR 3.3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Ana pasa con su majestuoso caminar regio entre las filas de tiendas; regio y humilde. No es altera con ninguno. Levanta a un niñito, hijo de una pobre, muy pobre, mujer, el cual ha tropezado en su traviesa carrera y ha ido a caer justo a sus pies. Dado que el niñito se ha ensuciado de tierra la carita y está llorando, ella le limpia y le consuela y, habiendo acudido la madre disculpándose, se lo restituye diciendo: «¡Oh, no es nada! Me alegro de que no se haya hecho daño. Es un niño muy majo. ¿Qué edad tiene?».

«Tres años. Es el penúltimo. Dentro de poco voy a tener otro. Tengo seis niños. Ahora querría una niña... Para una mamá es mucho una niña...».

«¡Grande ha sido el consuelo que has recibido del Altísimo, mujer!». — Ana suspira —.

La otra mujer dice: «Sí. Soy pobre, pero los hijos son nuestra alegría, y ya los más grandecitos ayudan a trabajar. Y tú, señora, — todos los signos son de que Ana es de condición más elevada, y la mujer lo ha visto — ¿cuántos niños tienes?».

«Ninguno».

«¿Ninguno! ¿No es tuyo éste?».

«No. De una vecina muy buena. Es mi consuelo...».

«Se te han muerto, o...».

«No los he tenido nunca».

«¡Oh!». La mujer pobre la mira con piedad.

Ana la saluda con un gran suspiro y se dirige a su tienda.

«Te he hecho esperar, Joaquín. Me ha entretenido una mujer pobre, madre de seis hijos varones, ¡fíjate! Y dentro de poco va a tener otro hijo».

Joaquín suspira.

Palabras clave

ECR 5.1.2.3.5

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

­Veo a Ana saliendo al huerto-jardín. Va apoyándose en el brazo de una pariente (se ve porque se parecen). Está muy gruesa y parece cansada — quizás también porque hace bochorno, un bochorno muy parecido al que a mí me hace sentirme abatida. (...)

Joaquín, con otros dos hombres como ayuda, está dedicado a las hortalizas y a los olivos. A pesar de ser anciano, es rápido y trabaja con gusto. Están abriendo unas pequeñas protecciones de las lindes de una parcela para proporcionar agua a las sedientas plantas. Y el agua se abre camino borboteando entre la hierba y la tierra quemada, y se extiende en anillos que, en un primer momento, parecen como de cristal amarillento para luego ser anillos oscuros de tierra húmeda en torno a los sarmientos y a los olivos colmados de frutos.

Lentamente, Ana, por la umbría pérgola, bajo la cual abejas de oro zumban ávidas del azúcar de los dorados granos de las uvas, se dirige hacia Joaquín, el cual, cuando la ve, se apresura a ir a su encuentro. (...)

Joaquín, con el ansia de todos los agricultores, escudriña el cielo, mientras Ana, cansada, se da aire con un abanico (parece hecho con una hoja seca de palma traspasada por hilos multicolores que la mantienen rígida).

La pariente dice: «Allí, al otro lado del Gran Hermón, están formándose nubes que avanzan velozmente. Viento del norte. Bajará la temperatura y dará agua».

«Hace tres días que se levanta y luego cesa cuando sale la Luna. Sucederá lo mismo esta vez». Joaquín está desalentado.

«Vamos a casa. Aquí tampoco se respira; además, creo que conviene volver...». dice Ana, (...) Y va yendo hacia casa entre su esposo y su pariente, que escuchan conmovidos en silencio. (...)

Entran todos. Ana se retira. Joaquín se queda en la puerta con unos peones que le han alcanzado, hablando de esta agua tan esperada, bendición para la sedienta tierra. Pero la alegría se transforma en temor, porque viene una tormenta violentísima con rayos y nubes cargadas de granizo. «Si rompe la nube, la uva y las aceitunas quedarán trituradas como por rueda de molino. ¡Pobres de nosotros!».

Joaquín tiene además otro motivo de angustia: su esposa, a la que le ha llegado la hora de dar a luz al hijo. La pariente le dice que Ana no sufre en absoluto. Él está, de todas formas, muy inquieto, y, cada vez que la pariente u otras mujeres (entre las cuales la madre de Alfeo) salen de la habitación de Ana para luego volver con agua caliente, barreños y paños secados a la lumbre, que, jovial, brilla en el hogar central en una espaciosa cocina, él va y pregunta, y no le calman las explicaciones tranquilizadoras de las mujeres. También le preocupa la ausencia de gritos por parte de Ana. Dice: «Yo soy hombre. Nunca he visto dar a luz. Pero recuerdo haber oído decir que la ausencia de dolores es fatal...».

Declina el día antes de tiempo por la furia de la tormenta, que es violentísima. Agua torrencial, viento, rayos... de todo, menos el granizo, que ha ido a caer a otro lugar.

Uno de los peones, sintiendo esta violencia, dice: «Parece como si Satanás hubiera salido de la Gehena con sus demonios. ¡Mira qué nubes tan negras! ¡Mira qué exhalación de azufre hay en el ambiente, y silbidos y voces de lamento y maldición! Si es él, ¡está enfurecido esta noche!».

El otro peón se echa a reír y dice: «Se le habrá escapado una importante presa, o quizás Miguel de nuevo le habrá lanzado el rayo de Dios, y tendrá cuernos y cola cortados y quemados».

Pasa corriendo una mujer y grita: «¡Joaquín! ¡Va a nacer de un momento a otro! ¡Todo ha ido rápido y bien!». Y desaparece con una pequeña ánfora en las manos.

(...) ­Las mujeres irrumpen, alborozadas, con un “ovillejo” rosado entre cándidos paños. (...) También las mujeres, mientras entran con Joaquín donde la madre feliz para devolverle a su hijita, hablan de la tormenta y del prodigio de la Luna, de la estrella, del enorme arco iris.

Detalle

Un pariente ayuda a Ana a desplazarse y dos hombres ayudan a Joaquín en su trabajo. Durante el parto, otras mujeres acuden a ayudar a la madre de María. Al mismo tiempo, los criados hablan entre sí. No se nombra a ninguna de estas personas. La pariente es quizá Isabel de Hebrón, que tendría entonces unos treinta años.

Palabras clave

ECR 6.4

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

6.4 Zacarías dice en voz baja unas palabras a su compañero de ministerio, el cual, sonriendo, da señales de asentimiento y luego se acerca al grupo, rehecho de nuevo, y, congratulándose con la madre y el padre por su gozo y por su fidelidad a las promesas, recibe el segundo cordero, la harina y las tortas.

«Entonces ¿esta hija está consagrada al Señor? Que su bendición os acompañe a Ella y a vosotros. Mirad, ahí viene Ana. Va a ser una de sus maestras. Ana de Fanuel, de la tribu de Aser. Ven, mujer. Esta pequeñuela ha sido ofrecida al Templo como hostia de alabanza. Tú serás para ella maestra. A tu amparo crecerá santa».

Detalle

María es presentada en el Templo y el sacerdote que celebra la ceremonia se entera de que la niña será consagrada al Señor cuando tenga tres años.

ECR 8.2

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«Ven, ven un poco a esta casa amiga; también está Zacarías».

Entran todos en una habitación baja y oscura cuya luz es un vasto fuego. La dueña, que sin duda es amiga de Isabel, si bien no conoce a Ana, amablemente se retira, dejando a los llegados libertad de hablar.

Detalle

Elisabeth invita a Anne a casa de una amiga. La dueña sigue siendo una desconocida.

Anotación

La "casa amiga" cercana al Templo era probablemente la de los padres de Zebedeo. La familia de Zebedeo suministraba pescado del lago a los sacerdotes del Templo.

Por tanto, la dueña de la casa pudo ser la madre de Zebedeo, pero no hay pruebas de ello.

ECR 8.3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

La profetisa Ana cuidará con esmero esta flor de David y Aarón. En este momento es la única azucena que David tiene de su estirpe santa en el Templo, y cual perla regia será cuidada. A pesar de que los tiempos hayan entrado ya en la recta final y de que deberían preocuparse las madres de esta estirpe de consagrar sus hijas al Templo — puesto que de una virgen de David vendrá el Mesías —, no obstante, a causa de la relajación de la fe, los lugares de las vírgenes están vacíos. Demasiado pocas en el Templo; y de esta estirpe regia ninguna, después de que, hace ya tres años, Sara de Eliseo salió desposada. Es cierto que aún faltan seis lustros para el final, pero... bueno, pues esperemos que María sea la primera de muchas vírgenes de David ante el Sagrado Velo. Y... ¿quién sabe?...». — Zacarías se detiene en estas palabras y... mira pensativo a María.

Detalle

Ana, Joaquín y María están en Jerusalén. La Madre del Salvador se prepara para entrar en el Templo a los tres años. Se les une Isabel, que les deja entrar en una casa amiga. Mientras tanto, llega su marido y Joaquín les revela su dolor.

Anotación

La profetisa Ana cuidará mucho de esta flor de David y Aarón. María es descendiente de David por su padre Joaquín y de Aarón (hermano de Moisés) por su madre Ana. Era, pues, de ascendencia real y sacerdotal. Su ascendencia sacerdotal se deduce de su relación con Isabel (Lc 1,5), y su raza real se deduce, en particular, de su matrimonio con José "de la descendencia de David". Ahora bien, según la Ley de Moisés, la heredera huérfana (Números 27:9) debía casarse con alguien del mismo clan (Números 36:8).

Los tiempos se acercan a su fin: alusión a la profecía de Daniel sobre las setenta semanas (años) antes de la venida del Mesías (cf. Daniel 9,22-27). Esta profecía estaba muy extendida en la época de Cristo.

Los lugares reservados a las vírgenes en el Templo están vacíos. El Mesías iba a ser descendiente de David (Is 11,1s). Nacería de una virgen (Isaías 7:13-14), pero no se menciona la creencia de que esta virgen habría sido educada en el Templo. Ana Catalina Emmerich la menciona en su Vida de la Virgen María (capítulo 35): la atribuye, como hace aquí María Valtorta, a una tradición no especificada. Probablemente tiene su origen en la estima que se tenía a las vírgenes del Templo y en la calidad de su reclutamiento.

Aún faltan seis lustros para la fecha fijada. Un lustro es un periodo de 5 años. En la época romana, era el periodo al término del cual se elegía a los censores (magistrados supremos). También era el intervalo entre dos censos.

ECR 20.1-2

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

20.1 Estamos en Jerusalén. La conozco bien ya con sus calles y sus puertas.

Los dos esposos lo primero que hacen es dirigirse hacia el Templo. Reconozco la cuadra donde José dejó el burro el día de la Presentación en el Templo. También ahora deja allí — primero les ha dado de comer — a los dos burros, y con María va a adorar al Señor.

Salen. Van a una casa de personas conocidas según parece; allí comen y beben algo. María se pone a descansar hasta que vuelve José con un viejecillo. «Este hombre va por el mismo camino que tú. Deberás recorrer bien poco camino sola para llegar donde tu parienta. Fíate de él, que le conozco».

20.2 Vuelven a subirse a los burros. José acompaña a María hasta la Puerta (no la puerta por la que entraron; otra) y allí se despiden... María va sola con el viejecillo, que habla por todo lo que no hablaba José, y que se interesa de mil cosas. María contesta pacientemente.

Ahora, en la parte de delante de la albardilla lleva el baulillo (hasta entonces lo había llevado siempre José en su burrito), y ya no tiene la capa; tampoco lleva su toquilla, la cual está ahora doblada encima del baúl. Está guapísima con su vestido azul oscuro y con su velo blanco que la protege del sol. ¡Qué guapa está!

El viejecillo debe ser un poco sordo, porque, para que la oyera, María ha tenido que hablar bien fuerte; Ella, que habla siempre bajo. Ahora está ya cansado; ha agotado todo su repertorio de preguntas y de noticias y se ha quedado traspuesto sobre el burro, dejándose guiar por él, que conoce bien el camino.

María aprovecha esta tregua para recogerse en sus pensamientos y para orar. Debe ser una oración la que Ella va cantando en voz baja, mirando al cielo azul y con los brazos sobre el pecho y con rostro iluminado y beato por la emoción interior.

No veo más cosas.

ECR 21.2-4

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

21.2 María sube en su burrito por una vía que está en bastante buen estado, y que debe ser de primer orden. Sube, porque, efectivamente, el pueblo, de aspecto bastante ordenado, está más arriba. Mi interno consejero me dice: «Este lugar es Hebrón». Usted me hablaba de Montana. Yo no sé qué hacer. A mí se me indica con este nombre. No sé si será «Hebrón» toda la zona o sólo el pueblo. Yo oigo esto, y esto es lo que digo.

María está entrando en el pueblo. Atardece. Algunas mujeres, en las puertas de las casas, observan la llegada de la forastera y chismean entre sí. La siguen con la mirada y no se quedan tranquilas hasta que la ven detenerse delante de una de las casas más lindas, situada en el centro del pueblo y que tiene delante un huerto-jardín, y detrás y alrededor un huerto de árboles frutales bien cuidado, que se extiende luego dando lugar a un vasto prado que sube y baja por las sinuosidades del monte, para terminar en un bosque de altos árboles, tras el cual no sé qué más hay. Todo ello cercado por un seto de morales o rosales silvestres. No lo distingo bien porque — no sé si usted lo tiene presente — tanto la flor como el ramaje de estas matas espinosas son muy semejantes, y mientras no aparece el fruto en las ramas es fácil confundirse. En la parte delantera de la casa, es decir, por el lado paralelo al pueblo, la propiedad está cercada por un pequeño muro blanco, a lo largo de cuya parte alta hay ramas de verdaderos rosales, todavía sin flores, aunque ya llenas de capullos. En el centro, una cancilla de hierro, cerrada. Se comprende que se trata de la casa de una de las personalidades del pueblo, y de gente que vive desahogadamente, pues, efectivamente, todo en ella da signos, si no de riqueza y de pompa, sí, sin duda, de bienestar. Y mucho orden.

21.3 María se baja del burrito y se acerca a la puerta de hierro. Mira por entre las barras. No ve a nadie. Entonces trata de que la oigan. Una mujercita (la más curiosa de todas, que la ha seguido) le hace señales para que se fije en un extraño objeto que sirve para llamar: dos piezas de metal dispuestas en equilibrio en una especie de yugo, las cuales, moviendo el yugo con una gruesa cuerda, chocan entre sí haciendo el sonido de una campana o de un gong.

María tira de la cuerda, pero lo hace de forma tan delicada que el sonido es sólo un ligero tintineo que nadie oye. Entonces la mujercita, una viejecilla toda ella nariz y barbilla puntiaguda, y con una lengua que vale por diez juntas, se agarra a la cuerda y se pone a tirar, a tirar, a tirar. Una llamada que despertaría a un muerto. «Se hace así, mujer. Si no, ¿cómo va a querer que la oigan? Sepa que Isabel es anciana, y también Zacarías. Y ahora, además de sordo, está mudo. Los dos sirvientes son también viejos, ¿sabe? ¿Ha venido alguna otra vez? ¿Conoce a Zacarías? ¿Es usted...?».

Aparece un viejecillo renco que salva a María de este diluvio de informaciones y preguntas. Debe ser jardinero o labrador. Lleva en la mano un pequeño rastrillo y una hoz atada a la cintura. Abre. María entra mientras le da las gracias a la mujer, pero... ¡ay!, la deja sin respuesta. ¡Qué desilusión para la curiosa!

Nada más entrar, dice: «Soy María de Joaquín y Ana, de Nazaret. Prima de vuestros señores».

21.4 El viejecillo inclina la cabeza y saluda, luego da una voz: «¡Sara! ¡Sara!». Y abre otra vez la verja para coger el borriquillo, que se había quedado afuera porque María, para librarse de la pegajosa mujercita, se había colado dentro muy rápida, y el jardinero, tan rápidamente como Ella, había cerrado la verja delante de las narices de la chismosa.

Detalle

Cuando María llegó a Hebrón para la visita, una anciana salió a su encuentro. Era muy habladora y curiosa, y María la describió como una cotilla...

ECR 25.1

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Durante la noche entre el miércoles y el jueves de la Semana Santa, veo cuanto sigue.

Zacarías, Isabel, María (ésta con el pequeño Juan en brazos) y Samuel (con un cordero y una cesta con la paloma) están bajando de un cómodo carro, al que viene atado el burrito de María. Se apean delante de la caballeriza de costumbre — que debe ser la etapa de todos los peregrinos que vienen al Templo — para dejar sus cabalgaduras.

María llama a un hombre de baja estatura, el dueño de la caballeriza, y le pregunta si durante el día precedente o en las primeras horas de la mañana ha llegado algún nazareno. «Ninguno, mujer» contesta el viejecillo. María se queda extrañada, pero no dice nada más.

Le encarga a Samuel que le busque un puesto al burro. Luego alcanza a los dos ancianos padres y refiere el retardo de José: «Algo le habrá entretenido, pero seguro que viene hoy». Vuelve a coger al niño — se le había dejado a Isabel — y se encaminan hacia el Templo.