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Notas del tema

La Iglesia católica

Página 232 de 274

Comodidad de lectura

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ECR 199.8-9 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«Sí. Pedro es muy bueno. Por él haría cualquier cosa, porque lo merece».

«Si te oyera, diría con esa sonrisa suya buena y franca: “¡Ah, Señor, eso no es verdad!”. Y tendría razón».

«¿Por qué, Madre?». Mas Jesús ya sonríe, porque ha comprendido.

«Porque no le complaces dándole un hijo. Me ha hablado de todas sus esperanzas, sus deseos... y tus negativas».

«¿No te ha explicado las razones con que las he justificado?».

«Sí. Me las ha dicho, y ha añadido: “Es verdad... pero yo soy un hombre, un pobre hombre. Jesús se obstina en ver en mí a un gran hombre. Pero sé que soy muy mísero, así que... me podría dar un hijo. Me casé para tenerlos... y me voy a morir sin tenerlos”. Y ha dicho — aludiendo al niño, que, contento con el bonito vestido que Pedro le había comprado, le había besado y le había llamado “padre querido” —, ha dicho: “Mira, cuando este pequeñuelo — hace diez días no le conocía — me llama así, siento que me vuelvo más blando que la mantequilla y más dulce que la miel, y me echo a llorar, porque cada día que pasa se me lleva a este hijo...”».

María guarda silencio observando a Jesús, estudiando su rostro, en espera de una palabra... Pero Jesús ha puesto el codo en la rodilla, y la cabeza apoyada sobre la mano, y guarda también silencio mientras mira a la explanada verde del pomar.

María toma una mano de Jesús, se la acaricia, y dice: «Simón tiene este gran deseo... Mientras íbamos juntos, no ha hecho otra cosa sino hablarme de ello, y exponiendo razones tan justas, que... no he podido objetarle nada. Eran las mismas razones que pensamos todas nosotras, mujeres y madres. El niño no es fuerte. Si fuera como eras Tú... ¡Ah, entonces podría afrontar la vida de discípulo sin miedo! ¡Pero, es físicamente tan delicado!... Muy inteligente, muy bueno... pero nada más. A un pichoncillo delicado no se le puede lanzar pronto a volar, como se hace con los fuertes. Los pastores son buenos... pero son hombres; los niños tienen necesidad de las mujeres. ¿Por qué no se lo dejas a Simón? Comprendo que le niegues una criatura nacida de él. Un hijo propio es como una ancla, y Simón — destinado a tan alto sino — no puede estar retenido por ninguna ancla. Pero estarás de acuerdo en que él debe ser “el padre” de todos los hijos que le vas a confiar. ¿Cómo va a poder ser padre si no ha aprendido antes con un niño? Un padre debe ser dulce. Simón es bueno, pero no dulce; es impulsivo e intransigente. Sólo una criaturita le puede enseñar el sutil arte de la compasión hacia el débil... Considera este destino de Simón... ¡Nada menos que tu sucesor! ¡Oh, esta atroz palabra también tengo que decirla! Escúchame, por todo el dolor que me causa el pronunciarla. Jamás te aconsejaría algo que no fuera bueno. Margziam... quieres hacer de él un discípulo perfecto... pero es todavía un niño. Tú... te marcharás antes de que se haga hombre. ¿A quién mejor que a Simón se le podrá entregar para que complete su formación? Y además... ¡pobre Simón!... ya sabes el tormento que ha recibido de su suegra, incluso por causa tuya; pues bien, a pesar de ello, no se ha apropiado ni siquiera de una partícula de su pasado, de su libertad de hace ya un año, para que le dejase en paz su suegra, a la que ni siquiera Tú has podido cambiar. ¿Y su esposa?: ¡pobre mujer!... ¡Desea tanto amar y ser amada...! Su madre... ¡oh!... ¿Y el marido?: encantador pero autoritario... Jamás recibió afecto sin que se le exigiera a cambio demasiado... ¡Pobre mujer!... Confíale el niño. Escúchame, Hijo. Por ahora lo llevamos con nosotros. Yo también iré por Judea. Me llevarás contigo a casa de una compañera mía del Templo, y casi pariente porque procede de David. Está en Betsur. Me alegrará volver a verla, si vive todavía. Luego, cuando volvamos a Galilea, se lo damos a Púrpura: cuando estemos cerca de Betsaida, Pedro lo tomará consigo; cuando estemos aquí, lejos, el niño se quedará con ella. ¡Ah!,... te veo sonreír... Entonces es que vas a contentar a tu Madre. Gracias, Jesús mío».

«Sí, sea como Tú quieres».

199.9

Jesús se levanta y llama con voz potente: «Simón de Jonás, ven».

Pedro reacciona instantáneamente y sube corriendo las escaleras: «¿Qué quieres, Maestro?».

«¡Ven aquí, hombre usurpador y corruptor!».

«¿Yo? ¿Por qué? ¿Qué he hecho, Señor?».

«Has coaccionado a mi Madre. Por este motivo quisiste estar solo. ¿Qué debo hacer contigo?». Pero Jesús sonríe, y Pedro se tranquiliza.

«Me has asustado verdaderamente. Menos mal que te veo sonreír. ¿Qué quieres de mí, Maestro? ¿La vida? Ya sólo me queda la vida, porque me has tomado todo lo demás... Pero, si quieres, te la doy».

«No quiero tomarte nada; quiero darte algo. De todas formas, no te aproveches de la victoria, y no digas este secreto a los demás, astutísimo hombre, que vences al Maestro con el arma de la palabra materna. Tendrás el niño, pero...».

Jesús no puede seguir hablando, porque Pedro — que se había arrodillado — se pone en pie de un salto y besa a Jesús con tal ímpetu que le corta la palabra.

«Agradéceselo a Ella; pero recuerda que esto debe ser una ayuda para ti, no un obstáculo...».

«Señor, no te arrepentirás de este regalo... ¡Oh, María, santa y buena, bendita seas siempre!...». Y Pedro, que de nuevo ha caído de rodillas, llora abiertamente, besando la mano de María...

Anotación

199,9 Jesús se levanta y llama a gran voz:

"¡Simón, hijo de Jonás, ven aquí!".

Pedro se sobresaltó y se apresuró a subir las escaleras:

"¿Qué quieres, Maestro?

- ¡Ven aquí, usurpador y corruptor!

- ¿Yo? ¿Por qué? ¿Qué he hecho, Señor?

- Corrompiste a mi Madre. Por eso querías estar solo. ¿Qué quieres que te haga?".

Pero Jesús sonrió y Pedro se tranquilizó.

Oh -dijo-, me has dado un buen susto. Pero ahora te ríes... ¿Qué quieres de mí, Maestro?

JESÚS AGRADABLE: Este pasaje ha causado controversia entre algunas personas:

- unos incapaces de imaginar a Jesús bromeando como se hace con los mejores amigos (pareciendo acusarles de la antítesis de lo que evidentemente son).

- Los otros dan una lectura parcial que interpreta la corrupción aislada como una práctica indigna y chocante.

MARÍA MEDIADORA DE TODAS LAS GRACIAS :

Sobre el primer punto, la broma, hay que señalar que Jesús no utiliza la vulgaridad que suele asociarse a este tipo de bromas, sino que extrae de ellas una santa lección: María, Mediadora de todas las Gracias. Está "evangelizando" nuestra humanidad.

En cuanto al otro, la lectura del contexto despeja cualquier duda sobre la intención de Pedro cuando, al ver negado su deseo más profundo, pide la ayuda y la mediación de María.

ECR 199.8 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Comprendo que le niegues una criatura nacida de él. Un hijo propio es como una ancla, y Simón — destinado a tan alto sino — no puede estar retenido por ninguna ancla.

Detalle

María habla de Simón Pedro y dice:

Palabras clave

ECR 200.1 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Jesús vuelve, solo, a casa de Simón Zelote. La tarde cae, apacible y serena después de tanto sol. Jesús se asoma a la puerta de la cocina, saluda, y sube a meditar a la habitación de arriba, que ya está preparada para la cena.

El Señor no parece muy contento. Suspira bastante y pasea de un lado para otro por la sala, lanzando de vez en cuando una mirada hacia las tierras de los alrededores, visibles desde las muchas puertas de esta amplia habitación, que es un cubo construido encima del piso bajo. Sale también a pasear por la terraza, dando la vuelta a toda la casa, y se queda inmóvil, en el lado posterior, mirando a Juan de Endor, el cual, amablemente, está sacando agua de un pozo para ofrecérsela a Salomé, que está muy atareada. Mira, menea la cabeza y suspira.

La potencia de su mirada despierta la atención de Juan, que se vuelve a mirar, y pregunta: «Maestro, ¿me quieres para algo?».

«No, sólo te estaba mirando».

«Juan es bueno. Me ayuda» dice Salomé.

«Dios le recompensará también esa ayuda».

Jesús, después de estas palabras, entra de nuevo en la habitación y se sienta.

ECR 200.2 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Está tan absorto, que no advierte el rumor de muchas voces y numerosos pasos en el pasillo de entrada, y luego una pisada ligera que sube la escalerita exterior y se acerca a la sala. Sólo cuando María le llama, levanta la cabeza.

«Hijo, ha llegado a Jerusalén Susana y ha venido inmediatamente acompañando a Áglae. ¿Quieres escucharla ahora que estamos solos?».

«Sí, Madre. En seguida. Y que no suba nadie hasta que haya terminado todo, lo cual espero que sea antes del regreso de los demás. Te ruego que vigiles para que no haya curiosidades indiscretas... en ninguno... y especialmente por lo que se refiere a Judas de Simón».

«Vigilaré con esmero...».

María sale, y vuelve poco después trayendo de la mano a Áglae, que ya no está arrebozada en su grueso manto gris y en su velo echado que le cubría el rostro; ya no lleva las sandalias altas, con su complicado sistema de hebillas y correas. Ahora está transformada; parece en todo una hebrea, con sus sandalias bajas y lisas, simplísimas como las de María; con su túnica azul oscura, y el manto encima formando elegantes pliegues; con un velo blanco colocado como lo usan las mujeres hebreas de clase llana (sencillamente sobre la cabeza y con uno de los extremos echado hacia atrás, de forma que cubre el rostro pero no del todo). Este indumento (como el de una infinidad de mujeres) y el hecho de estar en un grupo de galileos, la han guardado a Áglae de ser reconocida.

Entra con la cabeza baja. Cada paso que da se pone más colorada. Si María no tirase delicadamente de ella hacia Jesús, creo que se habría arrodillado en el umbral de la puerta.

«Mira, Hijo, aquí está la mujer que desde hace tanto tiempo te está buscando. Escúchala» dice María cuando llega adonde Jesús; y se retira, corriendo las cortinas para cubrir los vanos de las puertas, que están abiertas de par en par, y cierra la puerta más cercana a la escalera.

Palabras clave

ECR 200.2-6 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Está tan absorto, que no advierte el rumor de muchas voces y numerosos pasos en el pasillo de entrada, y luego una pisada ligera que sube la escalerita exterior y se acerca a la sala. Sólo cuando María le llama, levanta la cabeza.

«Hijo, ha llegado a Jerusalén Susana y ha venido inmediatamente acompañando a Áglae. ¿Quieres escucharla ahora que estamos solos?».

«Sí, Madre. En seguida. Y que no suba nadie hasta que haya terminado todo, lo cual espero que sea antes del regreso de los demás. Te ruego que vigiles para que no haya curiosidades indiscretas... en ninguno... y especialmente por lo que se refiere a Judas de Simón».

«Vigilaré con esmero...».

María sale, y vuelve poco después trayendo de la mano a Áglae, que ya no está arrebozada en su grueso manto gris y en su velo echado que le cubría el rostro; ya no lleva las sandalias altas, con su complicado sistema de hebillas y correas. Ahora está transformada; parece en todo una hebrea, con sus sandalias bajas y lisas, simplísimas como las de María; con su túnica azul oscura, y el manto encima formando elegantes pliegues; con un velo blanco colocado como lo usan las mujeres hebreas de clase llana (sencillamente sobre la cabeza y con uno de los extremos echado hacia atrás, de forma que cubre el rostro pero no del todo). Este indumento (como el de una infinidad de mujeres) y el hecho de estar en un grupo de galileos, la han guardado a Áglae de ser reconocida.

Entra con la cabeza baja. Cada paso que da se pone más colorada. Si María no tirase delicadamente de ella hacia Jesús, creo que se habría arrodillado en el umbral de la puerta.

«Mira, Hijo, aquí está la mujer que desde hace tanto tiempo te está buscando. Escúchala» dice María cuando llega adonde Jesús; y se retira, corriendo las cortinas para cubrir los vanos de las puertas, que están abiertas de par en par, y cierra la puerta más cercana a la escalera.

200.3

Áglae deja a un lado el fardo que llevaba a la espalda, se arrodilla a los pies de Jesús, rompe a llorar impetuosamente. Se curva hasta el suelo y sigue llorando con la cabeza apoyada sobre los brazos cruzados.

«No llores de ese modo. Ya no es momento de llanto. Sí debías haberlo hecho cuando estabas enemistada con Dios; no ahora, que le amas y te ama».

Pero Áglae sigue llorando...

«¿No crees que es así?».

La voz se abre paso entre los sollozos: «Le amo, es verdad, como sé hacerlo, como puedo... Pero, a pesar de que yo sepa y crea que Dios es Bondad, no puedo atreverme a esperar recibir su amor. He pecado demasiado... Un día, quizás, lo tendré, pero todavía me queda mucho que llorar... Por ahora estoy sola en mi amor. Estoy sola. No es la desesperada soledad de estos años. Es una soledad llena del deseo de Dios, y, por tanto, ya no es soledad desesperada... Pero, es tan triste, tan triste...».

«Áglae, ¡qué mal conoces todavía al Señor! Este deseo que tienes de Él te es prueba de que Dios responde a tu amor, es amigo tuyo, te llama, te invita, le interesas. Dios es incapaz de permanecer inerte ante el deseo de una criatura, porque ese deseo lo ha encendido Él — Creador y Señor de toda criatura — en ese corazón. Y lo ha encendido Él porque ha amado con privilegiado amor a esa alma que ahora le anhela. El deseo de Dios siempre precede al deseo de la criatura, porque Él es el Perfectísimo y, por tanto, su amor es mucho más diligente e intenso que el de la criatura».

«Pero, ¿cómo puede amar Dios mi fango?».

«No trates de entender con tu inteligencia. Es una inmensidad de misericordia, incomprensible para la mente humana. Pero lo que no puede ser comprendido por la inteligencia del hombre, lo comprende la inteligencia del amor, el amor del espíritu. Éste comprende y entra seguramente en el misterio de Dios y en el de las relaciones del alma con Dios. Entra, Yo te lo digo. Entra, porque Dios lo quiere».

«¡Oh, Salvador mío! Pero entonces... ¿estoy realmente perdonada? ¿Me ama verdaderamente Dios? ¿Debo creerlo?».

«¿Te he mentido alguna vez?».

«¡Oh, no, Señor! Todo lo que me dijiste en Hebrón se ha cumplido. Me has salvado, como dice tu Nombre. Yo era una pobre alma perdida y Tú me has buscado. Llevaba mi propia alma muerta y Tú me la has devuelto a la vida. Me dijiste que si te buscaba te encontraría. Y fue verdad. Me dijiste que estás dondequiera que el hombre tenga necesidad de un médico y de medicinas. Y es verdad. Todo lo que le dijiste a la pobre Áglae, desde las palabras de aquella mañana de junio hasta las otras de Agua Especiosa...».

«Debes creer, entonces, también en éstas».

«¡Sí! ¡Creo! ¡Creo! ¡Pero, dime: “Yo te perdono”!».

«Yo te perdono en nombre de Dios y de Jesús».

«Gracias...

200.4

Y... ¿ahora qué tengo que hacer? Dime, Salvador mío, ¿qué tengo que hacer para obtener la Vida eterna? Los hombres se corrompen sólo con mirarme... No puedo vivir temblando continuamente por el miedo a ser descubierta y asediada... Durante el viaje que he hecho para venir aquí, me he sentido temblar a cada mirada de hombre... No quiero ni pecar ni hacer pecar. Indícame el camino que debo seguir; el que sea, que lo seguiré. Como puedes ver, soy fuerte incluso en la penuria... Si por excesiva penuria encontrase la muerte, no por ello tendría miedo: la llamaré “amiga mía” porque me alejará de los peligros de este mundo, y para siempre. Habla, Salvador mío».

«Ve a un lugar desierto».

«¿A dónde, Señor?».

«A donde quieras. A donde te conduzca tu espíritu».

«¿Será capaz de tanto mi espíritu apenas formado?».

«Sí, porque Dios te guía».

«¿Y quién me va a hablar en lo sucesivo de Dios?».

«Por ahora, tu alma resucitada».

«¿Te volveré a ver?».

«No en este mundo. Pero dentro de poco te redimiré del todo y entonces visitaré tu espíritu para prepararte a la ascensión hacia Dios».

«¿Cómo se producirá mi completa redención si no te voy a volver a ver? ¿Cómo me la vas a dar?».

«Muriendo por todos los pecadores».

«¡Oh,... morir!... ¡No, Tú no!».

«Para daros la Vida debo darme la muerte. Por esto he venido en cuerpo humano. No llores... Vendrás conmigo pronto después de nuestro sacrificio».

«¡Mi Señor! ¿Voy a morir yo también por ti?».

«Sí; pero de otra forma. Hora a hora morirá tu carne por deseo de tu voluntad. Hace ya casi un año que está muriendo. Cuando haya muerto del todo, te llamaré».

«¿Tendré la fuerza suficiente para destruir mi carne culpable?».

«En la soledumbre donde estarás — y donde Satanás, en la medida en que tú vayas siendo cada vez más del Cielo, te atacará, cada vez más, rencoroso y violento —, encontrarás a un apóstol mío, primero pecador, luego redimido».

«Entonces no es aquel hombre bendito que me hablaba de ti, ¿no? Demasiado honesto es como para haber sido pecador».

«No es él, es otro. Irá a ti en su momento. Entonces te hablará de lo que ahora no puedes conocer. Ve en paz. Y que la bendición de Dios te acompañe».

200.5

Áglae ha estado de rodillas durante todo el tiempo, se curva para besar los pies del Señor. No se atreve a más. Luego coge su fardo y lo vuelca: caen al suelo unos vestidos sencillos, un saquito pequeño, que suena al chocar contra el suelo, y un frasco de un delicado alabastro rosa.

Áglae vuelve a meter los vestidos en el fardo, recoge del suelo el saquito y dice: «Esto es para tus pobres. Es el resto de mis joyas. Sólo me he reservado algunas monedas como viático... Aunque no me lo hubieras dicho, ya tenía pensado irme lejos. Y esto es para ti. No es tan suave como el perfume de tu santidad, pero es lo mejor que puede dar la tierra, aunque me servía para hacer lo peor... Que Dios me conceda perfumar al menos como esto en tu presencia en el Cielo» y, quitando el tapón precioso del frasco, esparce su contenido por el suelo. La preciosa esencia impregna las baldosas, sube a oleadas un penetrante olor a rosas.

Áglae retira el frasco vacío: «Como recuerdo de este momento» dice; luego se agacha una vez más a besar los pies de Jesús; se levanta, se retira caminando hacia atrás, sale, cierra la puerta...

Se oye su paso alejándose en dirección a la escalera, y su voz, que intercambia unas pocas palabras con María, luego el ruido de las sandalias contra los escalones... y nada más. De Áglae sólo queda, a los pies de Jesús, el saquito y, por toda la sala, el intensísimo aroma.

Jesús se alza... recoge el saquito y se lo lleva al pecho; va a uno de los vanos que mira al camino, y sonríe al ver a la mujer, sola, alejándose, con su manto hebreo, en dirección a Belén. Hace un gesto de bendición; luego va a la terraza y desde allí llama a su Madre.

María sube ágilmente la escalera: «La has hecho feliz, Hijo mío. Se ha marchado con fortaleza y paz».

«Sí, Madre. Mándame, el primero, a Andrés, cuando vuelva».

200.6

Pasa un tiempo y se oye la voz de los apóstoles, que vuelven hablando...

Andrés va donde Jesús: «¿Maestro, me has llamado?».

«Sí. Ven. Ninguno lo va a saber, pero a ti es de justicia decírtelo. Andrés, gracias en nombre de Dios y de un alma».

«¿Gracias? ¿Por qué?».

«¿No hueles este perfume? Es el recuerdo de la Velada. Ha venido. Está salvada».

Andrés se pone colorado como una fresa, se derrumba de rodillas, y no encuentra ni una palabra... Por fin dice: «Ahora estoy contento. ¡Bendito sea el Señor!».

«Sí. Levántate. No les digas a los demás que ha estado aquí».

«Guardaré silencio, Señor».

«Ahora puedes marcharte. Escucha... ¿Está todavía Judas de Simón?».

«Sí, ha querido acompañarnos... diciendo... muchas mentiras. ¿Por qué actúa así, Señor?».

«Porque es un muchacho consentido. Dime la verdad: ¿habéis reñido?».

«No. Mi hermano está demasiado contento con su hijo como para tener ganas de discutir. Los demás... ya sabes... son más prudentes. Pero, eso sí, en nuestro interior estamos todos molestos. De todas formas, después de la cena se vuelve a marchar... Otros amigos... dice. ¡Oh, y desprecia a las meretrices!...».

«Tranquilo, Andrés, que tú también te debes sentir feliz esta tarde...».

«Sí, Maestro. Yo también tengo mi invisible pero tierna paternidad. Hasta luego».

Detalle

André sólo aparece en 200.6. Aglaia lo menciona en 200.4. Como el destino de Aglaia era importante para el hermano de Pedro, incluimos toda la discusión que Aglaia mantuvo con Jesús.

Anotación

Todo lo que me dijiste en Hebrón se ha hecho realidad. En EMV 77.

Encontrarás a uno de mis apóstoles que una vez fue pecador y luego redimido. Probablemente Mateo.

¿Así que no era el bendito apóstol quien me hablaba de ti? Andrés.

Yo también tengo mi invisible, pero dulce paternidad. Me voy. Referencia a la paternidad de Pedro hacia Marziam. Jesús le concedió ser su padre adoptivo en EMV 199.

Palabras clave

ECR 200.3 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Este deseo que tienes de Él te es prueba de que Dios responde a tu amor, es amigo tuyo, te llama, te invita, le interesas. Dios es incapaz de permanecer inerte ante el deseo de una criatura, porque ese deseo lo ha encendido Él — Creador y Señor de toda criatura — en ese corazón. Y lo ha encendido Él porque ha amado con privilegiado amor a esa alma que ahora le anhela. El deseo de Dios siempre precede al deseo de la criatura, porque Él es el Perfectísimo y, por tanto, su amor es mucho más diligente e intenso que el de la criatura.

Detalle

Sobre el deseo de Dios.

ECR 200.3 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Áglae deja a un lado el fardo que llevaba a la espalda, se arrodilla a los pies de Jesús, rompe a llorar impetuosamente. Se curva hasta el suelo y sigue llorando con la cabeza apoyada sobre los brazos cruzados.

«No llores de ese modo. Ya no es momento de llanto. Sí debías haberlo hecho cuando estabas enemistada con Dios; no ahora, que le amas y te ama».

Pero Áglae sigue llorando...

«¿No crees que es así?».

La voz se abre paso entre los sollozos: «Le amo, es verdad, como sé hacerlo, como puedo... Pero, a pesar de que yo sepa y crea que Dios es Bondad, no puedo atreverme a esperar recibir su amor. He pecado demasiado... Un día, quizás, lo tendré, pero todavía me queda mucho que llorar... Por ahora estoy sola en mi amor. Estoy sola. No es la desesperada soledad de estos años. Es una soledad llena del deseo de Dios, y, por tanto, ya no es soledad desesperada... Pero, es tan triste, tan triste...».

«Áglae, ¡qué mal conoces todavía al Señor! Este deseo que tienes de Él te es prueba de que Dios responde a tu amor, es amigo tuyo, te llama, te invita, le interesas. Dios es incapaz de permanecer inerte ante el deseo de una criatura, porque ese deseo lo ha encendido Él — Creador y Señor de toda criatura — en ese corazón. Y lo ha encendido Él porque ha amado con privilegiado amor a esa alma que ahora le anhela. El deseo de Dios siempre precede al deseo de la criatura, porque Él es el Perfectísimo y, por tanto, su amor es mucho más diligente e intenso que el de la criatura».

«Pero, ¿cómo puede amar Dios mi fango?».

«No trates de entender con tu inteligencia. Es una inmensidad de misericordia, incomprensible para la mente humana. Pero lo que no puede ser comprendido por la inteligencia del hombre, lo comprende la inteligencia del amor, el amor del espíritu. Éste comprende y entra seguramente en el misterio de Dios y en el de las relaciones del alma con Dios. Entra, Yo te lo digo. Entra, porque Dios lo quiere».

«¡Oh, Salvador mío! Pero entonces... ¿estoy realmente perdonada? ¿Me ama verdaderamente Dios? ¿Debo creerlo?».

«¿Te he mentido alguna vez?».

«¡Oh, no, Señor! Todo lo que me dijiste en Hebrón se ha cumplido. Me has salvado, como dice tu Nombre. Yo era una pobre alma perdida y Tú me has buscado. Llevaba mi propia alma muerta y Tú me la has devuelto a la vida. Me dijiste que si te buscaba te encontraría. Y fue verdad. Me dijiste que estás dondequiera que el hombre tenga necesidad de un médico y de medicinas. Y es verdad. Todo lo que le dijiste a la pobre Áglae, desde las palabras de aquella mañana de junio hasta las otras de Agua Especiosa...».

«Debes creer, entonces, también en éstas».

«¡Sí! ¡Creo! ¡Creo! ¡Pero, dime: “Yo te perdono”!».

«Yo te perdono en nombre de Dios y de Jesús».

«Gracias...»

Detalle

Aglaia, una antigua pecadora, se encontró con el Señor y lloró ante él. Jesús habla y le dice que no llore.

Anotación

Todo lo que me dijiste en Hebrón se ha hecho realidad. En EMV 77.

ECR 200.4 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«¿Tendré la fuerza suficiente para destruir mi carne culpable?».

«En la soledumbre donde estarás — y donde Satanás, en la medida en que tú vayas siendo cada vez más del Cielo, te atacará, cada vez más, rencoroso y violento —, encontrarás a un apóstol mío, primero pecador, luego redimido».

«Entonces no es aquel hombre bendito que me hablaba de ti, ¿no? Demasiado honesto es como para haber sido pecador».

«No es él, es otro. Irá a ti en su momento. Entonces te hablará de lo que ahora no puedes conocer. Ve en paz. Y que la bendición de Dios te acompañe».

Detalle

Aglaé se aísla del resto del mundo y cuestiona a Cristo.

Anotación

Encontrarás a uno de mis apóstoles que una vez fue pecador y luego redimido. Probablemente Mateo.

¿Así que ese no es el bendito apóstol que me hablaba de ti? Andrés.

ECR 200.4 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«¿Y quién me va a hablar en lo sucesivo de Dios?».

«Por ahora, tu alma resucitada».

«¿Te volveré a ver?».

«No en este mundo. Pero dentro de poco te redimiré del todo y entonces visitaré tu espíritu para prepararte a la ascensión hacia Dios».

«¿Cómo se producirá mi completa redención si no te voy a volver a ver? ¿Cómo me la vas a dar?».

«Muriendo por todos los pecadores».

«¡Oh,... morir!... ¡No, Tú no!».

«Para daros la Vida debo darme la muerte. Por esto he venido en cuerpo humano. No llores... Vendrás conmigo pronto después de nuestro sacrificio».

«¡Mi Señor! ¿Voy a morir yo también por ti?».

«Sí; pero de otra forma. Hora a hora morirá tu carne por deseo de tu voluntad. Hace ya casi un año que está muriendo. Cuando haya muerto del todo, te llamaré».

Detalle

Jesús habla a Aglaia, antigua pecadora convertida, que va a aislarse de todo.