Última, delicada, indicativa enseñanza.
Es María quien toma la mano de Jesús, que todavía no sabe bendecir, y la guía en el gesto santo.
Es siempre María la que toma la mano de Jesús y la guía. Y ahora sucede lo mismo. Ahora Jesús sabe bendecir, pero a veces su mano traspasada cae cansada y desesperanzada porque sabe que es inútil bendecir. Vosotros destruís mi bendición. Cae también indignada, porque vosotros me maldecís. Y entonces es María la que retira el desdén de esta mano besándola. ¡Oh, el beso de mi Madre! ¿Quién podría resistir a ese beso? Luego toma con sus finos dedos — finos, pero ¡cuán amorosamente imperiosos! — mi muñeca, y me fuerza a bendecir.
No puedo decir que no a mi Madre. Pero tenéis que ir a Ella para hacerla Abogada vuestra. Ella es mi Reina antes de ser vuestra Reina, y su amor por vosotros guarda indulgencias que ni siquiera el mío conoce. Y Ella, incluso sin palabras, sólo con las perlas de su llanto y con el recuerdo de mi Cruz — cuyo signo me hace trazar en el aire — toma la defensa de vuestra causa recordándome: “Eres el Salvador. Salva”.
34.18 He aquí, hijos, el “evangelio de la fe” en la aparición de la escena de los Magos. Meditad e imitad, para bien vuestro».