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Notas de la palabra clave

Biblia - Evangelio de Mateo

Tema: Biblia, tradición y textos sagrados - Antiguo y Nuevo Testamento · Página 6 de 7

Comodidad de lectura

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ECR 180.4-6 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Pedro se pone tan colorado, que da la impresión de que le esté viniendo un ataque apoplético. Permanece mudo durante unos momentos y luego dice: «Bueno, pues entonces dame el premio. La parábola de esta mañana...».

También los otros se unen a Pedro diciendo: «Sí. Lo has prometido. Las parábolas sirven para hacer comprender la comparación, pero nosotros comprendemos que su espíritu supera la comparación.

180.5

¿Por qué les hablas en parábolas?».

«Porque a ellos no se les concede entender más de lo que explico. A vosotros se os tiene que dar mucho más, porque vosotros, mis apóstoles, debéis conocer el misterio; por tanto, se os concede entender los misterios del Reino de los Cielos. Por esto os digo: “Preguntad, si no comprendéis el espíritu de la parábola”. Vosotros dais todo, y todo se os debe dar, para que a vuestra vez podáis dar todo. Vosotros dais todo a Dios: afectos, tiempo, intereses, libertad, vida. Y Dios os da todo, para compensaros y haceros capaces de dar todo en nombre de Dios a quienes vienen después de vosotros. De este modo, a quien ha dado le será dado, y con abundancia; pero, a quien sólo ha dado parcialmente o no ha dado en absoluto, le será incluso quitado lo que tenga.

Les hablo en parábolas para que viendo vean sólo lo que les ilumina su voluntad de seguir a Dios; para que oyendo — con la misma voluntad de adhesión — oigan y comprendan. ¡Vosotros veis! Muchos oyen mi palabra, pocos se adhieren a Dios; es incompleta la buena voluntad de sus espíritus. En ellos se cumple la profecía de Isaías: “Oiréis con los oídos pero no comprenderéis, miraréis con los ojos pero no veréis”. Porque este pueblo tiene un corazón insensible; sus oídos son duros y han cerrado los ojos para no oír y para no ver, para no comprender con el corazón y no convertirse para que los cure. ¡Pero, dichosos vosotros por vuestros ojos que ven, por vuestros oídos que oyen, por vuestra buena voluntad!

En verdad os digo que muchos profetas y justos desearon ver lo que vosotros veis y no lo vieron y oír lo que vosotros oís pero no lo oyeron. Se consumieron en el deseo de comprender el misterio de las palabras, pero, apagada la luz de la profecía, las palabras permanecieron como carbones apagados, incluso para el santo que las había recibido.

Sólo Dios se devela a sí mismo. Cuando su luz se retira, terminada su intención de iluminar el misterio, la incapacidad de comprender envuelve — como las vendas de una momia — la regia verdad de la palabra recibida. Por esto te he dicho esta mañana: “Un día volverás a encontrar todo lo que te he dado”. Ahora no puedes retenerlo. Pero tiempo llegará en que recibirás la luz, no sólo por un instante sino en un inseparable desposorio del Espíritu eterno con el tuyo, por lo que será infalible tu magisterio respecto a las cosas del Reino de Dios. Y, como en ti, en tus sucesores, si viven de Dios como su único pan.[1]

180.6

Escuchad ahora el espíritu de la parábola.

Tenemos cuatro tipos de campos: los fértiles, los espinosos, los pedregosos y los que están llenos de senderos. Tenemos también cuatro tipos de espíritus.

Por una parte, están los espíritus honestos, los espíritus de buena voluntad, preparados por esta misma buena voluntad y por la obra buena de un apóstol, de un “verdadero” apóstol. Porque hay apóstoles que tienen el nombre pero no el espíritu de apóstoles: su efecto sobre las voluntades que se están formando es más mortífero que los propios pájaros, espinos y piedras; con sus intransigencias, prisas, reprensiones y amenazas, trastocan todo, de tal forma, que alejan para siempre de Dios. Hay otros que, al contrario, por regar continuamente benevolencia desfasada, ajan la semilla en un terreno demasiado blando. Enervan, con su enervamiento, las almas que están bajo su custodia. Mas refirámonos a los verdaderos apóstoles, es decir, a los espejos límpidos de Dios: son paternos, misericordiosos, pacientes, y, al mismo tiempo, fuertes como su Señor. Pues bien, los espíritus preparados por éstos y por la propia voluntad se pueden comparar a los campos fértiles, exentos de piedras y zarzas, limpios de malas hierbas y cizaña; en ellos prospera la palabra de Dios; cada palabra — una semilla — produce una macolla y luego espigas maduras, y da en unos casos el cien, en otros el sesenta, en otros el treinta por ciento. ¿Entre los que me siguen hay de éstos? Sin duda. Y serán santos. Los hay de todas las castas, de todos los países, incluso gentiles hay (que darán también el cien por ciento por su buena voluntad; por ella únicamente, o también, además de por ella, por la de un apóstol o discípulo que me los prepara).

Los campos espinosos son aquellos en que la indolencia ha dejado penetrar espinosas marañas de intereses personales que ahogan la buena semilla. Es necesaria siempre una vigilancia sobre uno mismo; siempre, siempre... Nunca decir: “¡Ya estoy formado, he recibido ya la semilla, puedo estar tranquilo porque daré semilla de vida eterna!”. Es necesaria siempre una vigilancia: la lucha entre el Bien y el Mal es continua. ¿Alguna vez os habéis parado a observar una colonia de hormigas que se establece en una casa? Ya se las ve junto al hogar. La mujer ya no vuelve a dejar alimentos allí sino que los pone encima de la mesa; mas el olfato de las hormigas examina el aire y asaltan la mesa. La mujer pone los alimentos en el abaz, pero ellas pasan adentro a través de la cerradura. Entonces la mujer cuelga del techo esos alimentos, pero las hormigas recorren un largo camino por paredes y viguetas, bajan por la cuerda y comen. Entonces la mujer las quema, las envenena... y se queda tranquila creyendo que las ha destruido. ¡Ah, si no vigila, qué sorpresa! Ya salen las otras nuevas que han nacido... y vuelta a empezar. Esto durante el tiempo que dura la vida. Es necesario vigilarse para extirpar las plantas malas desde el primer momento en que aparecen; si no, harán un techo de zarzas y ahogarán el trigo. Los cuidados mundanos, el engaño de las riquezas, crean la maraña, ahogan la planta de la semilla de Dios y no dejan que llegue a hacerse espiga.

¿Y las tierras pedregosas?... ¡Cuántas hay en Israel!... Son las que pertenecen a los “hijos de las leyes” como muy acertadamente ha dicho mi hermano Judas. Estas tierras no tienen la piedra única del Testimonio; no, la piedra de la Ley, sino el pedregal de las pequeñas, pobres, humanas leyes creadas por los hombres; muchas, tantas, que con su peso han reducido a lascas incluso la piedra de la Ley. Se trata de un deterioro que impide completamente la radicación de las semillas. La raíz no tiene ya alimento. No hay tierra, no hay substancia. El agua, estancándose sobre el suelo de piedras, pudre; el sol se pone al rojo en esas piedras y quema las plantas tiernas. Son los espíritus de los que en lugar de la sencilla doctrina de Dios ponen complicadas doctrinas humanas. Reciben mi palabra hasta incluso con alegría; momentáneamente se sienten impresionados y seducidos por ella; pero luego... Sería necesario tener el heroísmo de trabajar duro para limpiar el campo, el espíritu y la mente de todo el pedregal de los oradores vacíos. Entonces la semilla echaría raíz y se haría una fuerte macolla. Sin embargo, así no es nada. Es suficiente un temor a represalias humanas, es suficiente la reflexión: “¿Y luego?, ¿qué respuesta voy a recibir de los poderosos?”, para que la pobre semilla, carente de alimento, languidezca. Es suficiente con que todo el pedregal se remueva con el sonido vano de los centenares de preceptos que han reemplazado al Precepto, para que el hombre perezca con la semilla recibida... Israel está lleno de ello. Esto explica por qué el ir a Dios está en razón inversa del poder humano.

Por último, las tierras surcadas de caminos, polvorientas, desnudas. Las de los mundanos, las de los egoístas. Su comodidad es su ley; su fin, gozar. No trabajar, sino vivir en la indolencia, reír, comer... En ellos reina el espíritu del mundo. El polvo de la mundanidad recubre el terreno y éste se hace arenoso. Los pájaros, o sea, el producto de su molicie, se lanzan hacia esos mil senderos que han sido abiertos para hacer más fácil la vida; luego el espíritu del mundo, o sea, el Maligno, picotea y destruye todas las semillas caídas en este terreno abierto a toda sensualidad y ligereza.

Detalle

Jesús acaba de felicitar a Pedro y Simón, y el hermano de Andrés aprovecha la ocasión para pedir una explicación de la parábola del sembrador.

Anotación

Dame la recompensaLa parábola de esta mañana... Pedro recuerda a Jesús su promesa de explicarles la parábola del sembrador.(EMV 179,5). (Véase Mateo 13, 10-11).

Evangelio de Mateo 13, 10-23

Mt 13, 10-23 : Los discípulos se acercaron a Jesús y le dijeron: "¿Por qué les hablas por parábolas? Él les contestó: "A vosotros se os ha dado conocer los misterios del Reino de los Cielos, pero a ellos no. Al que tiene, se le dará, y tendrá en abundancia; al que no tiene, aun lo que tiene se le quitará. Les hablo en parábolas, porque miran y no ven, y escuchan y no oyen ni entienden. Así se cumple para ellos la profecía de Isaías: Oiréis, pero no entenderéis. Miraréis, pero no veréis. Los corazones de este pueblo se han vuelto pesados: se han vuelto duros de oído, han cerrado los ojos, para que sus ojos no vean, sus oídos no oigan, sus corazones no entiendan, no se conviertan - y yo los sanaré. Pero en cuanto a vosotros, benditos sean vuestros ojos, porque ven, y vuestros oídos, porque oyen. En verdad os digo que muchos profetas y justos han querido ver lo que vosotros veis y no lo han visto, oír lo que vosotros oís y no lo han oído.

Escuchad, pues, lo que quiere decir la parábola del sembrador. Cuando alguien oye la palabra del Reino sin comprenderla, viene el Maligno y se lleva lo que está sembrado en su corazón: él es el campo sembrado junto al camino. El que recibió la semilla en terreno pedregoso es el que oye la Palabra e inmediatamente la recibe con alegría; pero no tiene raíces en él, es el hombre de un momento: cuando viene la angustia o la persecución a causa de la Palabra, inmediatamente tropieza. El que recibió la semilla en los espinos es el que escucha la Palabra; pero los afanes del mundo y el engaño de las riquezas ahogan la Palabra, y no da fruto. El que ha recibido la semilla en tierra buena es el que escucha la Palabra y la entiende: da fruto cien veces, sesenta veces o treinta veces."

Evangelio de Marcos 4, 10-20

Mc 4, 10-20 : Cuando se quedó solo, los que le rodeaban con los Doce le preguntaron por las parábolas. Él les dijo: "A vosotros se os ha dado el misterio del Reino de Dios; pero a los de fuera, todo se les presenta en forma de parábolas. Y así, como dice el profeta: 'Podrán mirar con todos sus ojos, pero no verán; podrán escuchar con todos sus oídos, pero no entenderán; o bien se convertirán y recibirán el perdón'.

Entonces les dijo: "¿No entendéis esta parábola? Entonces, ¿cómo entenderéis todas las parábolas? El sembrador siembra la Palabra. Hay quienes están junto al camino donde se siembra la Palabra: cuando la oyen, viene inmediatamente Satanás y les quita la Palabra sembrada. Y del mismo modo, hay quienes recibieron la semilla en lugares pedregosos: cuando oyen la Palabra, inmediatamente la reciben con alegría; pero no tienen raíz en ellos, son gente de un momento; si viene la angustia o la persecución a causa de la Palabra, inmediatamente tropiezan. Y hay otros que han recibido la semilla en los espinos: éstos oyen la Palabra, pero los afanes del mundo, el engaño de las riquezas y todas las demás concupiscencias los invaden y ahogan la Palabra, que no da fruto. Pero hay quienes han recibido la semilla en tierra buena: oyen la Palabra, la aceptan y dan fruto: treinta, sesenta, cien, por uno."

Evangelio de Lucas 8, 4-18

Lc 8, 4-18 : Como se reunían grandes multitudes y acudían a Jesús gentes de todas las ciudades, les contó una parábola: "El sembrador salió a sembrar la semilla y, mientras sembraba, parte cayó junto al camino. Los transeúntes la pisotearon y las aves del cielo se la comieron toda. También cayó en las piedras; creció y se secó, porque no tenía humedad. También cayó entre las zarzas, y éstas, al crecer con ella, la ahogaron. Finalmente, una parte cayó en tierra buena, y creció y dio fruto al ciento por uno". Al decir esto, levantó la voz: "El que tenga oídos para oír, que oiga".

Sus discípulos le preguntaron qué significaba esta parábola. Él les dijo: "A vosotros se os ha dado conocer los misterios del Reino de Dios, pero a los demás sólo parábolas. Por eso, como está escrito: Miran, pero no ven; oyen, pero no entienden. Esto es lo que significa la parábola. La semilla es la palabra de Dios. Entonces viene el diablo y les quita la Palabra del corazón, para impedir que crean y se salven. Hay quienes están sobre las piedras: cuando oyen, acogen la Palabra con alegría; pero no tienen raíces, creen por un momento y luego, en el momento de la prueba, se rinden. Los que han caído en los espinos son las personas que han escuchado, pero se ahogan en el camino por las preocupaciones, las riquezas y los placeres de la vida, y no alcanzan la madurez. Y los que han caído en tierra buena son los que han escuchado la Palabra con corazón bueno y generoso, que la retienen y dan fruto por su perseverancia. (...)

Ten cuidado con lo que escuchas. Porque al que tiene, se le dará; y al que no tiene, aun lo que cree tener se le quitará".

Evangelio de Lucas 10, 23-24

Lc 10, 23-24 : Luego se volvió a sus discípulos y les dijo en particular: "¡Dichosos los ojos que ven lo que vosotros veis! Porque os digo que muchos profetas y reyes quisieron ver lo que vosotros veis y no lo vieron, y oír lo que vosotros oís y no lo oyeron.

ECR 180.5 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

A vosotros se os tiene que dar mucho más, porque vosotros, mis apóstoles, debéis conocer el misterio; por tanto, se os concede entender los misterios del Reino de los Cielos. Por esto os digo: “Preguntad, si no comprendéis el espíritu de la parábola”. Vosotros dais todo, y todo se os debe dar, para que a vuestra vez podáis dar todo. Vosotros dais todo a Dios: afectos, tiempo, intereses, libertad, vida. Y Dios os da todo, para compensaros y haceros capaces de dar todo en nombre de Dios a quienes vienen después de vosotros. De este modo, a quien ha dado le será dado, y con abundancia; pero, a quien sólo ha dado parcialmente o no ha dado en absoluto, le será incluso quitado lo que tenga.

Anotación

Evangelio de Mateo 13, 10-12

Mt 13, 10-12 : Los discípulos se acercaron a Jesús y le dijeron: "¿Por qué les hablas en parábolas? Él les respondió: "A vosotros se os ha dado conocer los misterios del Reino de los Cielos, pero a ellos no. Al que tiene, se le dará, y tendrá en abundancia; al que no tiene, aun lo que tiene se le quitará."

Evangelio de Mateo 25, 29

Mt 25, 29 : Al que tiene, se le dará más y tendrá en abundancia; pero al que no tiene, aun lo que tiene se le quitará.

Evangelio de Marcos 4, 25

Mc 4, 25 : Porque al que tiene, se le dará; pero al que no tiene, aun lo que tiene se le quitará.

Evangelio de Lucas 8, 18

Lc 8, 18 : "Cuidado, pues, con lo que escucháis; porque al que tiene, se le dará; pero al que no tiene, aun lo que cree tener se le quitará".

Evangelio de Lucas 19, 26

Lc 19, 26: "Os digo que al que tiene, se le dará; pero al que no tiene, hasta lo que tiene se le quitará".

ECR 180.5 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

En verdad os digo que muchos profetas y justos desearon ver lo que vosotros veis y no lo vieron y oír lo que vosotros oís pero no lo oyeron. Se consumieron en el deseo de comprender el misterio de las palabras, pero, apagada la luz de la profecía, las palabras permanecieron como carbones apagados, incluso para el santo que las había recibido.

Sólo Dios se devela a sí mismo. Cuando su luz se retira, terminada su intención de iluminar el misterio, la incapacidad de comprender envuelve — como las vendas de una momia — la regia verdad de la palabra recibida. Por esto te he dicho esta mañana: “Un día volverás a encontrar todo lo que te he dado”. Ahora no puedes retenerlo. Pero tiempo llegará en que recibirás la luz, no sólo por un instante sino en un inseparable desposorio del Espíritu eterno con el tuyo, por lo que será infalible tu magisterio respecto a las cosas del Reino de Dios. Y, como en ti, en tus sucesores, si viven de Dios como su único pan.

Detalle

Sobre la infalibilidad papal y el dictado de Jesús, véase la anotación siguiente.

Anotación

Muchos profetas y justos han querido ver lo que vosotros veis y no lo han visto, oír lo que vosotros oís y no lo han oído. En la continuidad del texto relatado por Mateo.

Mt 13, 16-17 : Pero bienaventurados vuestros ojos, porque ven, y vuestros oídos, porque oyen. En verdad os digo que muchos profetas y justos han deseado ver lo que vosotros veis y no lo han visto, oír lo que vosotros oís y no lo han oído.

Lucas lo da en otro contexto (Lc 10, 24).

Lc 10, 23-24 : Luego se volvió a sus discípulos y les dijo en particular: "¡Bienaventurados los ojos que ven lo que vosotros veis! Porque os digo que muchos profetas y reyes quisieron ver lo que vosotros veis y no lo vieron, y oír lo que vosotros oís y no lo oyeron.

Por eso os he dicho esta mañana: Éste es el típico detalle que parece insignificante, pero que es muy útil para establecer la cronología.

Más tarde, la luz vendrá sobre ti, no por un instante, sino por una unión indisoluble del Espíritu eterno con tu alma, que hará infalible tu enseñanza en lo que concierne al Reino de Dios. A tus sucesores les sucederá lo mismo que a ti, si viven de Dios como único pan.

Nota de maria-valtorta.org :

Esta condición impuesta a la infalibilidad papal debió suscitar una objeción por parte del padre Migliorini. Maria Valtorta señala:

"Habiendo sometido a Jesús P. M(igliorini) la objeción a la infalibilidad papal, contraria a la sentencia en p. ... archivo ... línea ... de ..., Jesús responde: "Respondo a su pregunta de la siguiente manera:

Es verdad que la infalibilidad del Papa en materia espiritual es una verdad definitiva. Existe en cada uno de mis vicarios, independientemente de su forma de vida y de su grado de virtud. Pero es igualmente cierto que no encontraréis un dogma definido y proclamado por papas que estén - notoriamente o no - privados de mi gracia. El alma que no está en estado de gracia no puede estar en la amistad del Espíritu Santo.

Quien piense que tal cosa es posible, ¡piensa realmente como un hereje!

Dios es justo: como trata a los pobres, trata a los ricos. como trata a los laicos, trata al Soberano Pontífice. Por desgracia, hay zonas oscuras en la historia de mi Iglesia. Querer cerrar los ojos y no ver estas zonas oscuras es vivir a oscuras sobre toda la Iglesia, incluso sobre los muchísimos tiempos angélicamente luminosos, divinamente luminosos, gloriosos de mi Iglesia.

Porque también nosotros debemos ser sinceros en estas cosas, como yo lo fui con mis apóstoles, mis discípulos y los que me seguían. Muchas multitudes, no todas santas, no todas tibias, no todas malvadas. Reconocí el mérito o demérito de cada uno, di a cada uno lo que merecía, sin tener en cuenta razones emocionales particulares. La verdad es la verdad, en todas las cosas.

Esto también es cierto en el estudio de la historia. Y en el estudio de la historia de mi Iglesia. La historia, para ser historia y no fábula, debe ser imparcial. Las edades oscuras, además, son las predichas en las alusiones proféticas al ídolo-pastor y a este Sebna, prefecto del Templo (este personaje fue retomado solemnemente en el mensaje a Pío XII del 23 de diciembre de 1948). Que escuece y quema, lo admito. Pero no se puede decir 'Anatema' a una verdad.

Apóyate en esta certeza: los dogmas son verdaderos y la infalibilidad existe porque yo no concedo dogmas a quien no los merece. Esto es lo que se incluía en la frase que dio lugar a la objeción.

Estáis satisfechos. Váyase en paz. Os he dado esta aclaración inmediatamente porque soy el autor de estas palabras y, por tanto, las conozco y las recuerdo, aunque el dictado no esté presente."

30-6-45, 8 de la mañana".

Encontramos la misma idea en las palabras de Jesús al apóstol Santiago, hijo de Alfeo, en EMV 258.6: "Dios dará su luz según el grado que hayas alcanzado. Dios no dejará que te falte la luz, a menos que venga el pecado y apague en ti la gracia".

Esta doctrina de la infalibilidad, querida por Cristo, fue reafirmada 20 años más tarde en la Constitución apostólica sobre la Iglesia, Lumen gentium, § 25: "Esta infalibilidad, de la que el divino Redentor quiso dotar a su Iglesia en la definición de la doctrina relativa a la fe o a las costumbres, se extiende hasta el contenido de la Revelación divina, que debe ser custodiada con veneración y fielmente expuesta. El Romano Pontífice, Cabeza del Colegio de los Obispos, posee esta infalibilidad en virtud de su oficio...".

Nota de la segunda edición:

Si viven de Dios como único pan: esta condición puesta a la infalibilidad papal debió suscitar una objeción por parte del padre Migliorini, a quien María Valtorta transmitió esta respuesta de Jesús (fechada el 30 de junio de 1945). Citamos los pasajes principales: [...] Jesús me respondió: "Es verdad que la infalibilidad del Papa en materia espiritual es una verdad definitiva. Existe en cada uno de mis vicarios, independientemente de su forma de vida y de su grado de virtud. Pero es igualmente cierto que no encontraréis un dogma definido y proclamado por papas que estén - notoriamente o no - privados de mi gracia. El alma que no está en estado de gracia no puede estar en la amistad del Espíritu Santo. [...] Confiad, pues, en esta certeza: los dogmas son verdaderos y la infalibilidad existe porque yo no concedo dogmas a quienes no los merecen. Esto es lo que se incluía en la frase que dio lugar a la objeción [...]. " La misma idea se encuentra en las palabras de Jesús al apóstol Santiago, hijo de Alfeo, en 258,6: "Dios dará su luz según el grado que hayas alcanzado. Dios no dejará que te falte la luz, a menos que el pecado apague en ti la gracia. "

ECR 181.3-7 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«Durando todavía este hermoso tiempo de cereales que espigan, quisiera proponeros una parábola tomada de ellos. Escuchad.

El Reino de los Cielos es semejante a un hombre que sembró buena semilla en su campo. Pero, mientras el hombre y sus siervos dormían, vino su enemigo y esparció semilla de cizaña en los surcos, y se fue. Nadie al principio se dio cuenta de nada. Llegó el invierno y con él las lluvias y escarchas; llegó el final de Tébet y brotó el trigo: un verde tierno de hojitas apenas despuntadas; parecían todas iguales en su inocente infancia. Llegó Sabat y luego Adar y se formaron las plantas y luego granaron las espigas. Entonces se vio que el verde no era todo de trigo, sino que también había cizaña, y bien enroscada a los tallitos del trigo con sus zarcillos finos y tenaces.

Los siervos del amo fueron a su casa y dijeron: “Señor, ¿qué semilla has sembrado? ¿No era simiente selecta, sin semilla alguna que no fuera de trigo?”.

“Claro que lo era. He elegido los granos, todos de igual formación: me hubiera dado cuenta, si hubiera habido otras semillas”.

“¿Y entonces, cómo es que ha nacido tanta cizaña entre tu trigo?”.

El patrono pensó y respondió: “Algún enemigo mío me ha hecho esto para perjudicarme”.

Los siervos preguntaron entonces: “¿Quieres que recorramos los surcos y, con paciencia, arranquemos la cizaña para liberar las espigas? Mándalo y lo haremos”.

Pero el patrono respondió: “No. Al hacerlo, podríais extirpar también el trigo y, casi seguro, dañar las espigas, que están aún tiernas. Dejad que estén juntos ambos hasta la siega; entonces diré a los segadores: ‘Segad todo junto. Antes de atar las gavillas, ahora que los zarcillos de la cizaña al secarse se han hecho friables, y, por el contrario, las apretadas espigas están más fuertes y duras, separad del trigo la cizaña y haced con ella haces aparte; después los quemaréis: servirán de abono para el terreno. Pero el buen trigo llevadlo a los graneros: servirá para hacer un excelente pan, con bochorno para mi enemigo, que lo único que habrá ganado será resultar abyecto a Dios por su odio’ ”.

Ahora reflexionad en vuestro interior acerca de lo frecuente y numerosa que es la siembra del Enemigo en vuestros corazones. Comprended, pues, cuán necesario es vigilar con paciencia y constancia para que poca cizaña se mezcle con el trigo seleccionado. El destino de la cizaña es arder. ¿Queréis arder o llegar a ser ciudadanos del Reino? Decís que queréis ser ciudadanos del Reino. Pues sabedlo ser. El buen Dios os da la Palabra. El Enemigo vigila para transformarla en nociva, porque harina de trigo mezclada con harina de cizaña da pan amargo, nocivo para el vientre. Si tenéis cizaña en vuestra alma, sabed con vuestra buena voluntad separarla, para arrojarla fuera y no ser indignos de Dios.

Podéis iros, hijos. La paz sea con vosotros».

181.4

La gente va despejando el lugar lentamente. Al final, en el huerto no quedan sino los ocho apóstoles, Elías, el hermano y la madre de éste y el anciano Isaac, que apacienta su alma mirando de hito en hito a su Salvador.

«Venid aquí, en torno a mí, y escuchad. Os voy a explicar el sentido completo de esta parábola, que tiene otros dos aspectos además del que he dicho a la muchedumbre.

En el sentido universal, la parábola tiene esta aplicación: el campo es el mundo; la buena semilla son los hijos del Reino de Dios, sembrados por Dios en el mundo en espera de que alcancen su máximo desarrollo y sean cortados por la Guadaña, y los lleven al Amo del mundo para que los almacene en sus graneros; la cizaña son los hijos del Maligno, esparcidos a su vez por el campo de Dios con la intención de causar dolor al Amo del mundo y de perjudicar a las espigas de Dios — el Enemigo de Dios, por un sortilegio, los ha sembrado de propósito (porque verdaderamente el Diablo desnaturaliza al hombre hasta hacer de éste una criatura suya, y siembra la cizaña para apartar de la recta vía a los que no ha podido someter de otra manera)—; la siega, o, más exactamente, la formación de las gavillas y su transporte a los graneros, es el fin del mundo, y quienes la llevan a cabo son los ángeles: a ellos les ha sido encargado reunir a las segadas criaturas, y separar el trigo de la cizaña; y, de la misma forma que ésta es arrojada a las llamas en la parábola, así serán arrojados al fuego eterno los condenados, en el Último Juicio.

El Hijo del hombre ordenará eliminar de su Reino a todos los que hayan cometido escándalos y a los inicuos. Porque el Reino estará en la tierra y en el Cielo y entre los miembros del Reino de la tierra habrá, mezclados, muchos hijos del Enemigo, los cuales, como dijeron también los Profetas, alcanzarán la perfección del escándalo y de la abominación en cada uno de los ministerios de la tierra y atormentarán gravemente a los hijos del espíritu. Del Reino de Dios, de los Cielos, ya habrán sido alejados los pervertidos, porque en el Cielo no cabe corrupción. Así pues, los ángeles del Señor, batiendo la hoz por entre las hileras de la última cosecha, segarán y luego separarán el trigo de la cizaña; ésta será arrojada al horno ardiente, donde habrá llanto y rechinar de dientes; los justos — el trigo selecto —, sin embargo, serán conducidos a la Jerusalén eterna, donde brillarán como soles en el Reino del Padre mío y vuestro.

181.5

Esto en el sentido universal. Pero, para vosotros, hay otro sentido más, que responde a las preguntas que en distintas ocasiones, especialmente desde ayer noche, os estáis haciendo. Vosotros os preguntáis: “¿Pero, entonces, entre la masa de los discípulos puede haber traidores?”, y se estremece vuestro interior de horror y turbación. Pues bien, puede haberlos; es más, los hay.

El Sembrador esparce la buena semilla. En este caso, más que “esparcir” se podría decir: “coge”, porque el maestro, sea Yo o sea Juan el Bautista, había elegido a sus discípulos. ¿Cómo es que, entonces, se han pervertido? No, no, digo mal llamando “semilla” a los discípulos; podríais entenderlo mal; diré “campo”. Cada discípulo es un campo, elegido por el maestro para constituir el área del Reino de Dios, los bienes de Dios. A ellos dedica el maestro su esfuerzo para cultivarlos y que den todo el fruto. Todos los cuidados, todos; con paciencia, amor, sabiduría, esfuerzo, constancia; ve también sus tendencias malas, sus sequedades y avideces, obcecaciones y debilidades. Y espera, siempre espera, corroborando su esperanza con la oración y la penitencia, porque quiere llevarlos a la perfección.

Pero las parcelas de terreno están abiertas; no son un jardín cerrado, amurallado, cuyo patrono sea sólo el maestro y en las cuales pueda entrar sólo él. Están abiertas. Puestas en el centro del mundo, en medio del mundo; todos se pueden acercar y entrar en ellas. Todos y todo. ¡No es la cizaña la única mala semilla sembrada! La cizaña podría ser símbolo de la ligereza amarga del espíritu del mundo. No, en estos campos nacen, arrojadas por el Enemigo, todas las otras semillas: ortigas, esteba, cuscuta, convólvulos, cicuta y otras plantas venenosas. ¿Por qué? ¿Qué son?

Las ortigas son los espíritus punzantes, indomables, que hieren por exceso de veneno y causan mucho malestar. La esteba son los parásitos, que agotan al maestro sin saber hacer cosa alguna que no sea arrastrarse y chupar, gozando del trabajo de éste y perjudicando a los que ponen su mejor voluntad, que verdaderamente sacarían mayor provecho si el maestro no se viera turbado y distraído por las atenciones que exige la esteba. Los convólvulos ociosos que no se levantan del suelo si no es aprovechándose de los demás. Las cuscutas son tormento en el camino ya de por sí penoso del maestro, tormento también para los discípulos fieles que le siguen; son como garfios, se hincan, desgarran, arañan, introducen desconfianza y sufrimiento. Las plantas venenosas representan a los delincuentes entre los demás discípulos, aquellos que incluso traicionan o matan, como la cicuta y otras plantas tóxicas. ¿Habéis visto alguna vez qué bonitas son, con sus florecillas que se transforman en bolitas blancas, rojas, o de color cerúleo-violeta? ¿Quién puede pensar que esa corola estelar, cándida o apenas rosada, con su corazoncito de oro... quién puede pensar que esos corales multicolores, tan semejantes a otros tantos pequeños frutos — delicia de pájaros y niños —, pueden, una vez maduros, ocasionar la muerte? Nadie. Y los inocentes caen en la trampa: creen que todos son buenos como ellos, los cogen... y mueren.

¡Creen que todos son buenos como ellos! ¡Oh, qué verdad que sublima al maestro[1] y condena a quien le traiciona! ¿Cómo? ¿La bondad no desarma?, ¿no hace inocua a la mala voluntad? No, no la hace inocua porque el hombre que ha caído en manos del Enemigo es insensible a todo lo superior, y cualquier cosa superior, para él, cambia de aspecto: la bondad será entonces debilidad que puede ser lícitamente pisoteada, y agudiza su mala voluntad, como el olor de la sangre agudiza en una fiera el deseo de degollar. También el maestro es siempre inocente... y deja que el traidor le envenene, porque no quiere, y no puede dejar pensar a los otros que un hombre pueda llegar a matar a un inocente.

181.6

En los campos del maestro (los discípulos) penetran los enemigos, que son muchos (el primero, Satanás; los otros, sus siervos, o sea, los hombres, las pasiones, el mundo y la carne). El discípulo más vulnerable frente a aquéllos es el que no está enteramente con su maestro, sino a caballo entre el maestro y el mundo. No sabe, no quiere separarse enteramente de lo que constituye mundo, carne, pasiones y demonio, para ser enteramente de aquel que a Dios le lleva. Sobre éste esparcen sus semillas el mundo y la carne, las pasiones y el demonio. Oro, poder, mujer, orgullo, miedo a un juicio negativo del mundo, espíritu de utilitarismo: “Los grandes son los más fuertes. Los sirvo para tener su amistad”... ¡Y uno se hace un delincuente, se condena, por estas míseras cosas!...

¿Por qué el maestro, viendo la imperfección de su discípulo — si bien no quiere rendirse ante el pensamiento de que será su asesino —, no le cercena inmediatamente de sus filas? Ésta es la pregunta que os hacéis.

La respuesta es: “Porque hacerlo sería inútil”. Haciéndolo no lo suprimiría como enemigo; antes al contrario, su enemistad se duplicaría y se haría más diligente, por la rabia de haber sido descubierto o el dolor de haber sido expulsado. Dolor, sí, porque a veces el discípulo malo no se da cuenta de que lo es; tan sutil es la obra demoniaca que no la advierte (viene a ser poseído por el demonio sin sospechar que está siendo sometido a esta operación). Rabia, sí, rabia por haber sido conocido en lo que es; esto sucede cuando no es inconsciente de la operación de Satanás y sus adeptos (los hombres que tientan al débil en sus debilidades para quitar del mundo al santo que ofende sus maldades con el contraste de su bondad).

Y entonces el santo ora y se abandona en Dios: “hágase lo que permites que se haga”, dice, añadiendo sólo la cláusula: “si sirve para tu finalidad”. El santo sabe que ha de llegar la hora en que serán separadas de sus espigas las malas plantas de cizaña. ¿Y quién lo hará? Dios mismo, que no permite más de cuanto es útil para la victoria de su voluntad de amor».

181.7

«Pero si admites que siempre son Satanás y sus adeptos... me parece que disminuye la responsabilidad del discípulo» dice Mateo.

«No lo creas. Si el Mal existe, también existe el Bien, y en el hombre existe el discernimiento y con éste la libertad».

«Dices que Dios no permite más de cuanto es útil al triunfo de su voluntad de amor[2]. Por tanto, este error incluso es útil, si lo permite, y sirve para que triunfe la voluntad divina» dice Judas Iscariote.

«Con lo cual arguyes, como Mateo, que ello justifica el delito del discípulo. Dios había creado al león exento de saña y a la serpiente sin veneno; ahora el primero es feroz y la segunda venenosa. Pero Dios, por este motivo, los ha separado del hombre. Medita en esto y aplica apropiadamente.

Anotación

En esta hermosa época del año, cuando se están formando las espigas de trigo, me gustaría sugerir una parábola tomada del grano de trigo. Escuchadla. La parábola del trigo y la cizaña se relata brevemente en Mateo 13:24-30 (véase más abajo). En EMV 575.7 Jesús recuerda esta parábola a Juan y Santiago.

Al final del mes de Tebet germinó el grano, y se vio el tierno verdor de la pequeña cizaña que apenas empezaba a crecer. Al final del mes de Tebet: principios de enero; Shebat corresponde a enero/febrero, Adar a febrero/marzo. Véase el calendario para los meses y las explicaciones dadas aquí para el año.

Vimos entonces que el verde no era sólo grano, sino que también había malas hierbas envueltas fuertemente con sus finos y tenaces zarcillos alrededor de los tallos del trigo. El nombre botánico del ryegrass es Lolium, cercano al italiano Loglio utilizado por Maria Valtorta. Sin embargo, la Vulgata utiliza la palabra Zizania (de la que procede la expresión semer la zizanie). En latín, este término puede ser genérico y designar una mala hierba de acuerdo con su significado siríaco (Zizon) del que procede. Los agrónomos llaman "malas hierbas" a estas plantas indeseables e invasoras. Véase el comentario del capítulo 181 en maria-valtorta.org(Pro e contro Maria Valtorta, La disputa tra Mir et Gregori, página 189 y siguientes).

También había cizaña enredada en los tallos de trigo, con sus finos y tenaces zarcillos. Entre las "malas hierbas" que Jesús menciona más adelante, hay varias plantas que tienen zarcillos, como la correhuela y la planta de Palestina. Comprendemos que Jesús nos pida que no las arranquemos por miedo a arrancar al mismo tiempo el grano bueno.

El enemigo está vigilando para que sea perjudicial, porque la harina de cereales mezclada con la harina de cizaña hace un pan amargo que es dañino para los intestinos. (...) Ahora todas las demás semillas han sido arrojadas por el enemigo y están brotando: aquí están las ortigas, la grama, la cizaña, la correhuela, la cicuta y las hierbas venenosas. La fucus tiene propiedades laxantes y la correhuela es un purgante suave. La harina de ballico, mezclada en pequeñas cantidades con harina de trigo, impide la acción de la levadura. Por lo que respecta a los problemas intestinales mencionados por Jesús, deben estar causados por la enredadera o el dodder, o por un tipo de ray-grass distinto del ray-grass común, que a veces se utiliza como planta forrajera.

Estos alcanzarán, como anuncian los profetas, la perfección del escándalo y la abominación en toda su actividad terrenal. Por ejemplo: Deuteronomio 9, 27; 11, 31.36; 12, 11.

Deut 9, 27: Acuérdate de tus siervos Abraham, Isaac y Jacob; no mires a la obstinación de este pueblo, a su maldad y a su pecado.

No hemos encontrado ningún versículo convincente en las demás referencias dadas.

He aquí, pues, el sentido universal: Jesús ya había comentado el sentido de la parábola en su catequesis del 27 de octubre de 1943.

Usted se preguntará: "¿Pero puede haber traidores entre los discípulos? " Véase el capítulo anterior, en EMV 180.8. La traición de uno de los discípulos de Juan el Bautista, que llevó a la detención del profeta, causó un gran revuelo.

Todas las demás semillas fueron sembradas allí por el enemigo: ortigas, grama, cuscús, correhuela, cicuta y hierbas venenosas. La cuscuta de Palestina (cuscuta palaestina) es un parásito que rodea las plantas con numerosos chupones. Ver conocimientos botánicos notables.

¿Has visto alguna vez lo bonitas que son, con sus florecillas que se convierten en muchas bolitas blancas, rojas, azul-púrpura? Bolas rojas: Agridulce (Solanum dulcamara). Se cree que sus bayas provocan dolor abdominal, vómitos y dolores de cabeza. Se encuentran en el sur de Eurasia.

Bolas azul-violeta: Es el caso de la corroyera de hojas de mirto (corriara myrtifolia). Sus frutos azul-púrpura son apetitosos, pero provocan intoxicaciones etílicas en los rebaños que los consumen. En determinadas condiciones pueden ser mortales. Sin embargo, esta planta sólo es común en el Mediterráneo occidental. También puede ser el caso de la brionia dioica (Bryonia dioica). Se trata de una planta trepadora con zarcillos que, en contacto con la piel, puede provocar dermatitis con diversos grados de irritación. La ingestión de partes de la planta (bayas, raíz) provoca vómitos y diarrea, y puede tener consecuencias graves (delirio, calambres, etc.). Unas pocas docenas de bayas de atractivos colores bastan para matar a un niño.

¡La gente buena cree que los demás son tan buenos como ellos! ¡Ah, qué verdad que eleva al maestro y condena a los que le traicionan! Durante la relectura del manuscrito por parte del padre Migliorini, Maria Valtorta anotó en este punto: "Trabajar para redimir con bondad, trabajar sin esperanzas ni ilusiones, por puro deseo de cumplir al máximo con el propio deber, trabajar para que los demás no se den cuenta de que éste es malo, para que no le odien... ¡Qué divina lección da el Divino Maestro a los guías espirituales y a todos los cristianos!"

"Dios no permite que nos opongamos al triunfo de su amorosa voluntad más de lo que es útil". En una hoja insertada en la copia mecanografiada, Maria Valtorta escribió:

"Dios ha dado al hombre el intelecto para comprender, la razón para guiarse como criatura razonable, la conciencia para aconsejar, la ley para saber regularse, la libertad para merecer lo que quiera merecer: Dios y la gloria, o el infierno y la condenación.

Además, le ha dado la gracia, o la predestinación a la gracia, para que sea un estímulo, o un medio, de elevar las cosas enumeradas a continuación a un nivel capaz de darle un gusto santo por lo sobrenatural y por Dios.

Ahora bien, en el hombre inteligente, razonable, consciente, libre y, sobre todo, instruido en la Fe, conocedor de su último fin y de la Ley divina, sólo deben existir las acciones que la Ley prescribe y el conocimiento del fin incita a practicar, así como la razón y la conciencia las indican como buenas para todos, incluso para los que no conocen la religión revelada, a fin deobtener la recompensa eterna que el intelecto humano, tanto más cuando está iluminado por la Gracia, son infinitamente superiores a todas las concepciones que un creyente pueda imaginar.

Pero sucede a veces que el hombre, actuando contra la razón, convierte su libertad en yugo de la más cruel de las esclavitudes: la del demonio y la del pecado, prefiriendo el Mal al Bien.

Aunque Dios permita al hombre hacer lo que quiera por su propia voluntad, para juzgarlo y confirmarlo en gracia o para juzgar que merece castigo, nada disminuye la culpa del hombre. Porque si bien es verdad que el hombre, por indicación de Dios o por instigación de Satanás, puede hacer el bien o el mal, no es menos verdad que el hombre debe seguir sólo a Dios y sus amorosas invitaciones, pues de Él ha recibido todos aquellos dones naturales, morales y sobrenaturales capaces de hacer de él un hijo de Dios, un heredero del Reino."

Evangelio de Mateo 13, 23-30; 36-43

Mt 13, 23-30; Mt 13, 36-43: El que recibió la semilla en tierra buena es el que escucha la Palabra y la entiende: da fruto a razón de cien, o de sesenta, o de treinta por uno". Les dio otra parábola: "El reino de los cielos es semejante a un hombre que sembró buena semilla en su campo. Pero mientras la gente dormía, vino su enemigo, sembró cizaña entre el trigo y se fue. Cuando el tallo creció y produjo una espiga de trigo, apareció también la cizaña. Los siervos del amo se acercaron y le dijeron: "Señor, ¿no es éste buen grano el que has sembrado en tu campo? ¿De dónde ha salido la cizaña?". Él les respondió: "Lo ha hecho un enemigo". Los criados le dijeron: "¿Quieres que vayamos y la quitemos?". Él respondió: "No, si quitáis la cizaña, corréis el riesgo de arrancar al mismo tiempo el trigo. Dejad que crezcan juntos hasta el tiempo de la siega; y al tiempo de la siega diré a los segadores: "Quitad primero la cizaña, atadla en manojos para quemarla; en cuanto al trigo, recogedlo para llevarlo a mi granero"".

Luego dejó a la gente y volvió a casa. Sus discípulos se le acercaron y le dijeron: "Explícanos claramente la parábola de la cizaña en el campo". Él les respondió: "El Hijo del hombre es el que siembra la buena semilla; el campo es el mundo; la buena semilla son los hijos del Reino; la cizaña son los hijos del Maligno. El enemigo que la sembró es el diablo; la cosecha es el fin del mundo; los segadores son los ángeles. Así como la cizaña es arrancada y arrojada al fuego, así será al fin del mundo. El Hijo del hombre enviará a sus ángeles, y sacarán de su reino a todos los que hacen tropezar y a todos los que hacen el mal, y los arrojarán al horno, donde habrá llanto y crujir de dientes. Entonces los justos brillarán como el sol en el reino de su Padre. El que tenga oído, que oiga.

ECR 185.1-6 · Volume 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

185.1 Ahora que todos duermen le voy a expresar mi alegría. He “visto” el Evangelio de hoy.

Tenga en cuenta que esta mañana, mientras lo leía, me he dicho a mí misma: «Éste es un episodio evangélico que no veré nunca porque se presta poco a una visión». Sin embargo, cuando menos me lo esperaba, ha venido a llenarme de alegría.

185.2 Cuanto sigue es lo que he visto.

Una barca de vela, ni demasiado grande ni demasiado pequeña, una barca de pesca en la que pueden moverse cómodamente cinco o seis personas, surca las aguas de un hermoso lago de color azul intenso.

Jesús duerme en la popa. Va vestido de blanco, como de costumbre. Tiene la cabeza reclinada sobre el brazo izquierdo; debajo del brazo y la cabeza, ha colocado su manto azul-gris doblado varias veces. Está sentado, no echado, en el fondo de la barca; su cabeza apoya sobre esa porción de entablado que está en el extremo de la popa (no sé cómo la llaman los marineros). Duerme plácidamente. Se le ve cansado. Está sereno.

Pedro guía el timón. Andrés se ocupa de las velas. Juan con otros dos que no conozco están poniendo en orden maromas y redes en el fondo de la barca, como si tuvieran intención de prepararse para la pesca (quizás nocturna). Yo diría que el día se encamina al atardecer, pues el Sol desciende ya hacia occidente. Todos los discípulos se han subido las túnicas, de forma que, sujetas con el cinturón, están abolsadas a la altura de la cintura, para así estar más libres de movimientos y poder desplazarse mejor por la barca, salvando remos, asientos, cestas y redes, sin que las túnicas estorben; todos se han quitado el manto.

185.3 Veo que el cielo se oscurece y el Sol se esconde detrás de unos nubarrones de tormenta que han aparecido al improviso detrás del pináculo de una colina. El viento los empuja velozmente hacia el lago. Por el momento, el viento está alto y el lago se mantiene sereno; eso sí, adquiere una tonalidad más oscura y su superficie se frunce: no son todavía olas, pero empieza a agitarse el agua.

Pedro y Andrés observan el cielo y el lago, y organizan las maniobras para acercarse a la orilla. Pero, he aquí que el viento se abate sobre el lago y en pocos minutos todo bulle y espuma. Olas que se embisten mutuamente, que chocan contra la barquilla, levantándola, bajándola, girándola en todas las direcciones, impiden las maniobras del timón, como el viento las de la vela, que ha de ser arriada.

Jesús sigue durmiendo. No le despiertan ni los pasos, ni las azogadas voces de los discípulos, ni el silbar del viento; ni siquiera los latigazos de las olas contra los costados y la proa. Sus cabellos ondean al viento. Le alcanza alguna salpicadura de agua. Pero Él duerme. Juan saca de debajo de un entablado su manto y, desde la proa, corre a la popa, y le tapa; le cubre con delicado amor.

La tempestad se hace cada vez más amenazadora. El lago está tan negro, que parece como si en él se hubiera derramado tinta; estriado por la espuma de las olas. La barca traga agua. El viento cada vez más la va empujando mar adentro. Los discípulos ya sudan haciendo la maniobra y arrojando por la borda el agua que las olas vierten dentro. Pero no sirve de nada; se ven chapoteando ya en el agua, hasta la mitad de las piernas, y la barca cada vez se hace más pesada.

185.4 Pedro pierde la calma y la paciencia. Deja a su hermano el timón y, bamboleándose, se llega a Jesús y le menea vigorosamente.

Jesús se despierta y levanta la cabeza.

«¡Sálvanos, Maestro, que perecemos!» grita Pedro (tiene que gritar para poder ser oído).

Jesús mira a su discípulo fijamente, mira a los demás y luego al lago. «¿Tienes fe en que os puedo salvar?».

«Rápido, Maestro» grita Pedro mientras una verdadera montaña de agua originada en el centro del lago se dirige veloz contra la pobre barca; tan alta, espantosa, que parece una tromba de agua. Los discípulos, que la ven venir, se arrodillan y se agarran donde pueden y como pueden, convencidos de que ha llegado el final.

Jesús se alza. Está erguido sobre el entablado de la barca: figura blanca contra el color lívido de la tempestad. Extiende los brazos hacia la enfurecida ola y dice al viento: «¡Deténte y calla!», y al agua: «¡Cálmate. Lo quiero!».

Y el golpe se disuelve en espuma, que cae inocua: un último bramido que se apaga en susurro; y también el viento, mutándose en suspiro su último silbido. Sobre el lago pacificado vuelve el cielo despejado; la esperanza y la fe, al corazón de los discípulos.

No puedo describir la majestad de Jesús: hay que verla para comprenderla. Me deleito en ella en mi interior, pues todavía tengo su presencia, y pienso en cuán plácido era el sueño de Jesús y cuán potente su imperio sobre el viento y las olas.

185.5 Jesús dice luego:

«No te voy a comentar el Evangelio en el sentido en que lo hacen todos. Voy a ilustrarte los preliminares del pasaje evangélico.

¿Por qué dormía Yo? ¿No sabía, acaso, que la borrasca estaba llegando? Sí, Yo lo sabía, Yo sólo lo sabía. Y entonces, ¿por qué dormía?

Los apóstoles eran hombres, María; animados, sí, de buena voluntad, pero todavía muy “hombres”. El hombre se cree siempre capaz de todo. Y si se da el caso de que realmente sea hábil en algo, se envanece y se llena de apego a su “habilidad”.

Pedro, Andrés, Santiago y Juan eran buenos pescadores y, por tanto, se creían insuperables en las maniobras marineras. Yo, para ellos, era un gran “rabí”, pero no valía nada como marinero. Por ello, me juzgaban incapaz de ayudarlos, y, cuando subían a la barca para atravesar el Mar de Galilea, me rogaban que estuviera sentado porque no era capaz de nada más. También lo hacían por afecto, porque no querían darme trabajos físicos, si bien el apego a sus capacidades era el elemento más importante.

María, Yo sólo me impongo en casos excepcionales. Generalmente os dejo libres y espero. Aquel día, cansado como estaba y habiéndome solicitado que descansara, o sea, que les dejase actuar a ellos — a ellos que tan duchos eran — me puse a dormir... y a constatar cómo el hombre “es hombre” y quiere actuar por sí solo, y no percibe que Dios no pide sino ayudarle. Veía en esos “sordos espirituales”, “ciegos espirituales”, a todos los sordos y ciegos del espíritu que durante siglos y siglos acarrearían su propia ruina por querer “actuar por sí solos”, teniéndome a mí, abierto a sus necesidades, en espera de su llamada pidiendo ayuda.

Cuando Pedro gritó: “¡Sálvanos!”, mi amargura descendió como una piedra por su propio peso.

Yo no soy “hombre”, soy el Dios-Hombre. No actúo como vosotros, que, cuando uno ha rechazado vuestro consejo o ayuda y luego le veis en problemas, aunque no seáis tan malos que os alegréis de ello, sí lo sois siempre en cuanto que os le quedáis mirando desdeñosamente y con indiferencia — y no os conmovéis ante su grito que pide ayuda — con grave ademán que significa: “¿No me has aceptado cuando te quería ayudar? Pues ahora arréglatelas solo”. No, Yo soy Jesús, soy Salvador, y salvo, María; salvo siempre, en cuanto se me invoca.

185.6 Mas vosotros, bienquistos hombres, podríais objetar: “¿Y por qué permites que se formen tempestades en el individuo o en la colectividad?”.

Si con mi poder destruyese el Mal (del tipo que fuera), acabaríais creyéndoos autores del Bien — que en realidad es un don mío — y no os volveríais a acordar jamás de mí, jamás.

Tenéis necesidad, bienquistos hijos, del dolor para acordaros de que tenéis un Padre; como el hijo pródigo, que se acordó de que lo tenía cuando sintió hambre. Las desventuras sirven para convenceros de vuestra nada, de vuestra insipiencia — causa de tantos errores — y de vuestra maldad — causa de tantos lutos y dolores —, de vuestras culpas — causa de castigo que vosotros mismos os proporcionáis — y de mi existencia, potencia y bondad.

Esto es lo que os dice el Evangelio de hoy, “vuestro” evangelio de la hora presente, pobres hijos míos. Llamadme. Jesús duerme sólo porque está angustiado de ver vuestro desamor hacia Él. Llamadme y acudiré».

Anotación

Ahora que todos duermen, me gustaría compartir mi alegría con vosotros. He "visto" el Evangelio de hoy. Las catequesis diarias de María Valtorta, registradas en la serie de "Cuadernos", comenzaron en abril de 1943, pero las visiones del Evangelio no empezaron realmente hasta enero de 1944. Así que ésta es una de las primeras visiones. Recuerda que no están en orden cronológico.

Jesús está dormido en la popa. En la popa de la barca.

Jesús se levanta, de pie sobre la repisa de la proa. Su rostro blanco resalta sobre la tormenta lívida. Extiende los brazos hacia las olas y dice al viento: "Detente y calla" y al agua: "Cálmate. Quiero que te calmes". Según el lector M.L., este episodio de la tempestad calmada puede compararse con el Salmo 106 (hebreo 107), 23-30. Esta conexión debió de estar presente después en la mente de los apóstoles que, como sus contemporáneos, conocían de memoria los Salmos. Esto arroja luz adicional sobre los comentarios de Jesús a María Valtorta.

Evangelio de Mateo 8, 23-27

Mt 8, 23-27 : Mientras Jesús subía a la barca, sus discípulos le seguían. El mar se embraveció tanto que las olas cubrieron la barca. Pero él estaba dormido. Los discípulos se acercaron a él y le despertaron, diciendo: "¡Señor, sálvanos! Estamos perdidos. Pero él les dijo: "¿Por qué tenéis tanto miedo, hombres de poca fe? Jesús se levantó, reprendió a los vientos y al mar, y se produjo una gran calma. La gente, asombrada, decía: "¿Quién es éste, que hasta los vientos y el mar le obedecen?

Evangelio de Marcos 4, 37-41

Mc 4, 37-41 : Había una violenta tempestad. Las olas chocaban contra la barca, que ya se estaba llenando. Él dormía sobre el cojín de popa. Los discípulos le despertaron y le dijeron: "Maestro, estamos perdidos; ¿no te importa? Despertado, amenazó al viento y dijo al mar: "¡Silencio, calla!". El viento se calmó y reinó una gran calma. Jesús les dijo: "¿Por qué tenéis tanto miedo? ¿Aún no tenéis fe? Ellos, muy asustados, se decían unos a otros: "¿Quién es éste, que hasta el viento y el mar le obedecen?

Evangelio de Lucas 8, 23-25

Lc 8, 23-25 : Mientras navegaban, Jesús se durmió. Se levantó una tempestad en el lago. Estaban sumergidos y en grave peligro. Los discípulos fueron a verle y le despertaron, diciendo: "¡Maestro, maestro! ¡Estamos perdidos! Y él se despertó y reprendió al viento y a las turbulentas olas. Se calmaron y reinó la paz. Entonces Jesús les dijo: "¿Dónde está vuestra fe? Llenos de miedo, se asombraron y se decían unos a otros: "¿Quién es éste que manda hasta a los vientos y a las olas, y le obedecen?

ECR 186.2.5-8 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Jesús, cortado el lago en dirección noroeste-sudeste, manifiesta a Pedro su vivo interés porque desembarque en Ippo. Pedro obedece, sin discutir, descendiendo con la barca hasta la embocadura de un riachuelo que ahora, debido a que es primavera, y también debido al reciente temporal, fluye lleno y fragoroso. Desemboca este curso de agua en el lago, por una hoz escabrosa y llena de escollos, como es toda la costa en este punto. Los mozos aseguran las barcas — hay uno por cada barca — y reciben la orden de esperar hasta la tarde para volver a Cafarnaúm.

«Y haceos los despistados con quien os pregunte» aconseja Pedro. «A quien os pregunte dónde está el Maestro respondedle sin vacilar: “No lo sé”; a quien quiera saber hacia dónde se dirige, lo mismo. Además es verdad, no lo sabéis».

Se separan. Jesús emprende la ascensión de un escarpado sendero que trepa por el cantil casi a pico. Los apóstoles le siguen por la penosa senda hasta la cima del cantil, que muere en un rellano poblado de encinas bajo las cuales pacen muchos cerdos.

«¡Estos fétidos animales no nos dejan pasar!» exclama Bartolomé.

«No. No nos obstaculizan el paso, hay espacio para todos» responde con serenidad Jesús.

Por su parte, los porquerizos, viendo a israelitas, tratan de reunir a los cerdos bajo las encinas para dejar libre el sendero. Los apóstoles pasan, haciendo mil muecas de desagrado, entre las porquerías que van dejando estos animales que hozan bien pingües, buscando siempre aumento de pinguosidad.

Jesús pasa sin hacer tanto teatro, y dice a los encargados de la piara: «Que Dios os pague vuestra amabilidad».

Los porquerizos — gente pobre y sólo poco menos sucia que sus cerdos, aunque, eso sí, infinitamente más delgados — le miran perplejos y se ponen a cuchichear entre sí. Uno dice: «A lo mejor no es israelita». A lo cual los otros contestan: «¿No ves las franjas de la túnica?».

El grupo apostólico se une, ahora que pueden continuar el camino juntos por una vereda bastante ancha.

(...) «Pero... ¿este argayo!».

Se separan todos de la ladera del monte porque están rodando y rebotando pendiente abajo piedras y tierra, y miran en torno a sí perplejos.

«¡Allí!, ¡allí!, ¡mirad allí! Dos... completamente desnudos... vienen hacia aquí gesticulando. Locos...».

«O endemoniados» responde Jesús a Judas Iscariote, que ha sido el primero en ver a los dos posesos que vienen hacia Jesús.

Deben haber salido de alguna caverna del monte. Vienen gritando. Uno de ellos, el que más corre, se lanza hacia Jesús: parece un pajarraco extraño desplumado, pues mucho corre y mucho bracea (en vez de brazos parece tener alas). Se desploma a los pies de Jesús gritando: «¿Has venido aquí, Amo del mundo? ¿Qué tengo que ver contigo, Jesús, Hijo de Dios altísimo? ¿Ha llegado ya la hora de nuestro castigo? ¿Por qué has venido antes de tiempo a atormentarnos?».

El otro endemoniado, bien porque tenga impedida la capacidad de hablar, bien porque esté poseído por un demonio que le hace tardo, lo único que hace es echarse de bruces contra el suelo y llorar bajo, para luego, sentado, quedarse como inerte, sólo jugando con las piedras y con sus pies desnudos.

El demonio sigue hablando por boca del primero, que se retuerce en el suelo en un paroxismo de terror. Parece como si quisiera oponerse y no pudiera hacer otra cosa sino adorar, atraído y repelido al mismo tiempo por el poder de Jesús. Grita: «¡Te conjuro en nombre de Dios, no me atormentes más. Déjame marcharme!».

«Sí. Pero fuera de éste. Espíritu impuro, sal de éstos. Di tu nombre».

«Legión es mi nombre, porque somos muchos. Tenemos poseídos a éstos desde hace años, con sus miembros deshacemos lazos y rompemos cadenas, y no hay fuerza humana que los pueda tener sujetos. Siembran el terror por causa nuestra, de ellos nos servimos para que contra ti se blasfeme; en ellos nos vengamos de tu maldición. Rebajamos al hombre a nivel inferior al de las fieras, para escarnecerte; no hay lobo, chacal o hiena, buitre o vampiro, que se pueda equiparar a los que están poseídos por nosotros. Pero, no nos eches. ¡El infierno es demasiado horrendo!...».

«¡Salid! ¡En nombre de Jesús, salid!». Jesús habla con voz de trueno, sus ojos centellean.

«Déjanos, al menos, entrar en esa piara que has visto antes».

«Id».

Con un alarido bestial los demonios se separan de los dos desgraciados, y, entre un improviso remolino de viento que hace cimbrearse a las encinas como si fueran tallos herbáceos, caen sobre los numerosísimos cerdos, los cuales, emitiendo chillidos verdaderamente demoniacos, dan en correr por entre las encinas como posesos; se chocan unos con otros, se hieren, se muerden y, llegados al borde del alto cantil, no teniendo ya más amparo que el agua del fondo, se arrojan al lago. Mientras los porquerizos, trastornados y desolados, gritan aterrorizados, los animales, a centenares, en una sucesión de golpes sordos, zambullen su cuerpo en las aguas serenas, y las rompen en multitud de borbollones de espumas; se hunden, vuelven a emerger, mostrando ora los redondeados vientres, ora los morros puntiagudos en cuyos ojos se lee el terror, para acabar ahogándose.

Los pastores, gritando, se echan a correr hacia la ciudad.

186.6

Los apóstoles, que han ido al lugar del desastre, vuelven y dicen: «¡Ni uno se ha salvado! ¡Les has procurado un triste servicio!».

Jesús, sereno, responde: «Es mejor que perezcan dos mil cerdos que no un solo hombre. Dadles un vestido a éstos. No pueden estar así».

El Zelote abre un saco y ofrece uno de sus indumentos; Tomás da el otro. Los dos hombres están todavía un poco atónitos, como si se acabaran de despertar de un sueño muy molesto lleno de pesadillas.

«Dadles algo de comer. Que vuelvan a vivir como hombres».

Y mientras los dos hombres comen el pan y las aceitunas que les han ofrecido y beben del boto de Pedro, Jesús los observa.

Por fin hablan: «¿Quién eres?» dice uno de ellos.

«Jesús de Nazaret».

«No te conocemos» dice el otro.

«Vuestra alma me ha conocido. Ahora levantaos y marchad a vuestras casas».

«Creo que hemos sufrido mucho, pero no recuerdo bien. ¿Quién es éste?» dice el hombre que hablaba por el demonio señalando a su compañero.

«No lo sé. Estaba contigo».

«¿Quién eres? ¿Por qué estás aquí?» pregunta a su compañero.

El que era como mudo, que todavía es el más inactivo, dice: «Me llamo Demetrio. ¿Aquí está Sidón?».

«Sidón está en la costa. Aquí estás al otro lado del lago de Galilea».

«¿Y por qué estoy aquí?».

Ninguno le puede dar una respuesta.

186.7

En ese momento está llegando un grupo de personas seguidas por los pastores. La gente parece asustada y curiosa, y su estupor aumenta al ver a los dos hombres vestidos y en orden.

«¡Aquél es Marcos de Josías!... ¡Y aquél es el hijo del mercader pagano!...».

«Y aquél es el que los ha curado. Por Él han muerto nuestros cerdos, porque han enloquecido al entrar en ellos los demonios» dicen los custodios de los animales.

«Señor, reconocemos que eres poderoso, pero ya nos has perjudicado demasiado; nos has hecho un daño de muchos talentos. Te rogamos que te marches, no vaya a ser que por tu poder se derrumbe el monte y se hunda en el lago. Vete...».

«Me voy. Yo no me impongo a nadie». Jesús, sin rebatir, regresa por el mismo camino por el que había venido.

Le sigue, al final de la fila de los apóstoles, el endemoniado que hablaba; detrás, a distancia, muchos habitantes de la ciudad para asegurarse de que se marcha.

186.8

Salvan en sentido inverso el pronunciado declive del sendero. Regresan a la hoz del torrente, donde están las barcas. Los habitantes de la ciudad permanecen todavía en el borde de la cima del promontorio, mirando. El hombre liberado baja detrás de Jesús.

Los mozos de las barcas están aterrados: han visto la lluvia de cerdos en el lago y todavía contemplan los cuerpos que emergen — cada vez más y cada vez más hinchados — con las redondeadas panzas al aire y las cortas patitas tiesas, como cuatro estacas clavadas en una voluminosa vejiga sebosa. «Pero, ¿qué ha pasado?» preguntan.

«Ya os lo contaremos. Ahora soltad y vamos... ¿A dónde, Señor?» dice Pedro.

«Al golfo de Tariquea».

El hombre que los ha seguido, viéndolos subir a las barcas, suplica: «Tómame contigo, Señor».

«No. Ve a tu casa; los tuyos tienen derecho a tenerte. Háblales de las grandes cosas que te ha hecho el Señor y de cómo ha tenido piedad de ti. Esta zona tiene necesidad de creer. Enciende la llama de la fe en señal de agradecimiento al Señor. Ve. Adiós».

«Dame al menos la fuerza de tu bendición, para que el demonio no se vuelva a apoderar de mí».

«No temas. Si tú no quieres, no vendrá. De todas formas, te bendigo. Ve en paz». Las barcas se separan de la orilla en dirección Este-Oeste. Sólo entonces, cuando aquéllas hienden las olas sembradas de víctimas porcinas, los habitantes de la ciudad que no ha recibido al Señor se retiran del borde de la cima y se marchan.

Anotación

Los empleados amarran las barcas -hay una por barca- y se les dice que esperen hasta la noche para regresar a Cafarnaún. Se trata de dos figuras anónimas, que evidentemente realizan maniobras. Sin duda estaban presentes en EMV 185.

Al menos, déjame entrar en esta piara de cerdos: El texto original habla aquí en singular: Lasciami. Esta petición en singular es interpretada ingenuamente por Pedro en EMV 203,3.

Evangelio de Mateo 8, 28-34

Mt 8, 28-34 : Cuando Jesús llegaba a la otra orilla del río, al país de los gadarenos, dos endemoniados salieron de entre los sepulcros a su encuentro; eran tan agresivos que nadie podía pasar por allí. Y he aquí que se pusieron a gritar: "¿Qué quieres de nosotros, Hijo de Dios? ¿Has venido a atormentarnos antes de tiempo?". Había a lo lejos una gran piara de cerdos en busca de comida. Los demonios suplicaron a Jesús: "Si vas a expulsarnos, envíanos a la piara de cerdos". Él les dijo: "Id". Salieron y entraron en la piara de cerdos; y he aquí que toda la piara se precipitó por el acantilado al mar, y los cerdos murieron en las olas. Los centinelas huyeron y fueron a la ciudad a contar todo esto, y especialmente lo que había sucedido a los endemoniados. Y he aquí que todo el pueblo salió al encuentro de Jesús; y al verle, la gente le rogó que se fuera de su tierra.

Evangelio de Marcos 5, 1-20

Mc 5, 1-20 : Llegaron a la otra orilla del mar de Galilea, al país de los gerasenos. Cuando Jesús bajó de la barca, en seguida salió a su encuentro de entre los sepulcros un hombre que tenía un espíritu inmundo; vivía en los sepulcros, y ya nadie podía atarlo, ni siquiera con una cadena; en efecto, muchas veces lo habían atado con grilletes y cadenas, pero él había roto las cadenas y los grilletes, y nadie podía retenerlo. Todo el día y toda la noche estaba entre los sepulcros y en los montes, gritando y haciéndose daño con las piedras. Cuando vio de lejos a Jesús, corrió hacia él, se postró ante él y gritó con fuerza: "¿Qué quieres de mí, Jesús, Hijo del Dios Altísimo? ¡Te conjuro por Dios que no me atormentes! Jesús le dijo: "¡Espíritu inmundo, sal de este hombre! Y le preguntó: "¿Cómo te llamas? El hombre le respondió: "Me llamo Legión, porque somos muchos. Y le rogaron con insistencia que no los expulsara del país.

En la ladera había una gran piara de cerdos en busca de comida. Entonces los espíritus inmundos suplicaron a Jesús: "Envíanos a esos cerdos y entraremos en ellos". Él se lo permitió. Salieron del hombre y entraron en los cerdos. Eran unos dos mil y se ahogaban en el mar. Difundieron la noticia en la ciudad y en el campo, y la gente acudió a ver lo que había sucedido.

Cuando se acercaron a Jesús, vieron al endemoniado sentado, vestido y volviendo en sí, al que había tenido la legión de demonios, y se llenaron de miedo. Los que habían visto todo aquello les contaron la historia del endemoniado y lo que había sucedido con los cerdos. Entonces empezaron a rogar a Jesús que abandonara su territorio.

Cuando Jesús volvió a subir a la barca, el endemoniado le rogó que le permitiera estar con él. Él no consintió, sino que le dijo: "Vete a casa con tu familia y cuéntales todo lo que el Señor ha hecho por ti en su misericordia". El hombre se fue y comenzó a proclamar por la región de la Decápolis lo que Jesús había hecho por él, y todos se maravillaban.

Evangelio de Lucas 8, 26-39

Lc 8, 26-39 : Llegaron al país de los gerasenos, que está enfrente de Galilea. Cuando Jesús desembarcó, le salió al encuentro un endemoniado de la ciudad. Hacía mucho tiempo que no se vestía y no vivía en una casa, sino en los sepulcros. Cuando vio a Jesús, gritó, cayó a sus pies y le dijo a gran voz: "¿Qué quieres de mí, Jesús, Hijo del Dios Altísimo? Por favor, no me atormentes". De hecho, Jesús estaba ordenando al espíritu inmundo que saliera de aquel hombre, pues el espíritu se había apoderado de él muchas veces. Lo tenían atado con cadenas y grilletes en los pies, pero él rompió las cadenas y el demonio lo arrastró a lugares desiertos. Jesús le preguntó: "¿Cómo te llamas? El respondió: "Legión". Habían entrado en él muchos demonios. Y estos demonios rogaron a Jesús que no les ordenara ir al abismo. En la colina había una gran piara de cerdos en busca de comida. Los demonios le rogaron a Jesús que les permitiera entrar en los cerdos, y así lo hizo. Salieron del hombre y entraron en los cerdos. Desde lo alto del acantilado, la piara se precipitó al lago y se ahogó. Cuando los pastores vieron lo que había pasado, huyeron; difundieron la noticia en el pueblo y en el campo, y la gente salió a ver qué había pasado.

Cuando llegaron a Jesús, encontraron al hombre que los demonios habían abandonado; estaba sentado a los pies de Jesús, vestido y volviendo en sí. Y estaban aterrorizados. Los que lo habían visto les contaron cómo se había salvado. Entonces toda la gente del territorio de los gerasenos le pidió a Jesús que se fuera, porque tenían mucho miedo. Jesús volvió a subir a la barca y regresó.

El hombre que habían dejado los demonios le preguntó si podía estar con él. Pero Jesús lo despidió diciéndole: "Vuelve a tu casa y cuenta a todos lo que Dios ha hecho por ti. El hombre salió y proclamó por toda la ciudad lo que Jesús había hecho por él.

ECR 206.11-13 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Escuchad, y entenderéis mejor cómo los cuidados de este mundo, las riquezas, la crápula, impiden entrar en el Reino de los Cielos.

Un rey celebraba las nupcias de su hijo. ¡Imaginaos qué fiesta habría en palacio! Era su único hijo, que, llegado a la plena edad, se casaba con su amada. El padre y rey quiso que todo fuera alegría en torno a la de su amado hijo, que por fin se casaba con su elegida. Entre las muchas celebraciones nupciales organizó un gran banquete; lo preparó con tiempo, cuidando de todos los detalles, para que resultase espléndido y digno de las bodas del hijo del rey.

Envió a los siervos, también con suficiente tiempo, para decir a los amigos, a los aliados y a los grandes del reino, que habían sido fijadas las nupcias para esa fecha, por la tarde, y que estaban invitados; que vinieran para dar un digno marco a la figura del hijo del rey. Pero... ni amigos, ni aliados, ni grandes del reino aceptaron la invitación.

Entonces el rey, dudando de que los primeros siervos hubieran referido las cosas correctamente, envió a otros siervos, para que insistieran con estas palabras: “¡Os rogamos que vengáis! Todo está preparado. La sala está aparejada, hemos traído de los más distintos lugares vinos preciados, en las cocinas están amontonados bueyes y animales cebados en espera de ser guisados, las esclavas ya están amasando la harina para hacer dulces, o machacando en los morteros las almendras para hacer finísimas gollerías enriquecidas con los más exóticos aromas. Las mejores bailarinas y los mejores músicos han sido ya contratados para la fiesta. Venid, pues, para no hacer vano tanto aparato”.

Pero los amigos, los aliados y los grandes del reino o rechazaron la invitación, o dijeron: “Tenemos otros quehaceres”, o fingieron aceptar la invitación pero luego fueron a sus cosas (quién al campo, quién a sus ocupaciones, quién a cosas menos nobles). Incluso hubo quien, molesto por tanta insistencia — porque el siervo del rey insistía: “No le niegues al rey esto, pues te prodría causar algún mal” —, mató al siervo para hacerle callar.

Los siervos volvieron y refirieron al rey todo. El rey se encendió de cólera y mandó a su ejército para castigar a los asesinos de sus siervos y a los que habían despreciado su invitación; se reservó premiar a los que habían prometido que irían. Pero llegada la tarde de la fiesta, a la hora establecida, no vino ninguno.

206.12

El rey, indignado, llamó a los siervos y dijo: “No ha de suceder que mi hijo no tenga a nadie que le celebre en esta tarde de sus nupcias. El banquete está preparado. Los invitados no son dignos de él. A pesar de todo, el banquete nupcial de mi hijo ha de celebrarse. Id, pues, a las plazas y a los caminos, colocaos en los cruces, parad a los que pasan, congregad a los que veáis ociosos; traedlos aquí; que la sala se llene de gente festiva”.

Y fueron los siervos, y recorrieron los caminos, se diseminaron por las plazas, por los cruces, y reunieron a todos los que encontraron, buenos o malos, ricos o pobres, y los condujeron a la morada real (previamente les habían procurado los medios para estar en condiciones dignas de entrar en la sala del banquete de bodas). Los guiaron hasta la sala, y la sala se llenó, como el rey quería, de gente festiva.

Mas he aquí que, habiendo entrado el rey en la sala, para ver si ya podía empezar la fiesta, vio a uno que, a pesar de las facilitaciones de los siervos, no llevaba vestido de bodas. Le preguntó: “¿Cómo es que has entrado aquí sin el vestido de bodas?”. Éste no supo qué responder, porque, en efecto, no tenía nada que le pudiera disculpar. Entonces el rey llamó a los siervos y les dijo: “Tomad a éste, atadle de pies y manos y arrojadle fuera de mi casa, a las tinieblas y al lodo helador: ahí llorará y le rechinarán los dientes, como ha merecido por su ingratitud y por la ofensa que me ha infligido — más que a mí a mi hijo — al entrar con vestido pobre y sucio en la sala del banquete, donde no debe entrar nada que no sea digno de la sala y de mi hijo”.

206.13

Como podéis ver, los cuidados de este mundo, la avaricia, la sensualidad, la crueldad, provocan la ira del rey y hacen que jamás estos hijos de las preocupaciones vuelvan a entrar en la casa del Rey. Podéis también ver cómo entre los llamados, por amor al hijo, hay quien recibe castigo.

¡Cuántos, hoy día, en esta tierra a la que Dios ha enviado a su Verbo! Dios verdaderamente ha invitado, a través de sus siervos — y los seguirá invitando, cada vez más impelentemente a medida que se va acercando la hora de mi Desposorio —, a amigos, a aliados, a los grandes de su pueblo. Mas no responderán a la invitación, porque son falsos aliados, falsos amigos, grandes sólo de nombre pues son mezquinos».

Jesús va elevando cada vez más la voz. Sus ojos — a la luz del fuego que ha sido encendido entre Él y los que le escuchan, para iluminar esta noche en que todavía falta la Luna, que está en fase menguante — lanzan destellos de luz como si fueran dos gemas.

«Sí, son mezquinos. Ya se ve por qué no comprenden el deber y el honor que supone la adhesión a la invitación del Rey. Soberbia, dureza, lujuria crean un baluarte en torno a su corazón. Siendo malos, me odian a mí, a mí, y por eso no quieren venir a mis bodas. No quieren venir. Prefieren unirse a la sucia política, al dinero (más sucio todavía), a la sensualidad (sucísima). Prefieren el cálculo astuto, la conjura, la ratera conjura, la celada, el delito.

Yo condeno todo esto en nombre de Dios. Se odia por tanto la voz que habla y la misma fiesta, objeto de la invitación. En este pueblo han de ser identificados los que matan a los siervos de Dios (los profetas, siervos hasta este momento; mis discípulos, siervos de hoy en adelante), aquí están; y también los que, pretendiendo burlarse de Dios, dicen: “Sí. Iremos”, pensando para sus adentros: “¡Ni soñarlo!”. Todo esto es una realidad en Israel.

Y el Rey del Cielo, para que su Hijo goce de un digno aderezo de bodas, dispondrá que vayan a los cruces de caminos para congregar a todos aquellos que no son amigos o grandes o aliados sino simplemente pueblo que pasa. La convocatoria ha comenzado ya, de mi propia mano, de mi mano de Hijo y siervo de Dios. Indiscriminadamente vendrán... De hecho ya han venido. Yo los ayudo a asearse y engalanarse para la fiesta de bodas.

¡Ah, pero habrá, para desgracia propia, quien se aproveche indignamente de esta magnificencia de Dios — que le ofrece perfumes y vestiduras regias para que pueda aparecer como en realidad no es, o sea, rico y noble —, y se aproveche para seducir, para obtener una ganancia...! ¡Oh, individuo de alma torva, atrapado por el repugnante pulpo de todos los vicios...! Éste substraerá perfumes y vestidos para obtener una ilícita ganancia, para usarlos no en las bodas del Hijo sino en sus bodas con Satanás.

Sí, esto sucederá — en efecto, muchos son los llamados, mas pocos los que, por saber perseverar en la llamada, alcanzan la elección—; pero también sucederá que estas hienas, que prefieren la carroña al alimento fresco, serán arrojados, como castigo, fuera de la sala del Banquete, a las tinieblas y al fango de un lodazal eterno en que Satanás emite su horrible risa estridente por cada triunfo sobre un alma, y en que resuena, eterno, el llanto desesperado de los mentecatos que siguieron al Delito en vez de seguir a la Bondad que los había llamado.

ECR 209.5 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

En verdad os digo: Venid a mí los que estéis afligidos, desazonados, los que tengáis el corazón herido o estéis cansados, que compartiré con vosotros vuestro dolor y os daré paz; venid a través de mis apóstoles, a través de mis discípulos y discípulas, que cada día aumentan con nuevas personas voluntariosas: encontraréis consuelo en vuestras penas, compañía en vuestras soledades, el amor de vuestros hermanos con que olvidar el odio del mundo; encontraréis, por encima de todos, consolador por encima de todos, compañero perfecto, el amor de Dios; ya no dudaréis de nada; no volveréis a decir: “¡Todo está acabado para mí!”, sino: “Ahora todo empieza para mí en un mundo sobrenatural que cancela toda distancia y separación”; y los hijos huérfanos volverán a unirse con sus padres, ya sublimados en el seno de Abraham, y padres y madres, esposas y viudos, encontrarán a los hijos o al consorte perdidos.

Anotación

Evangelio de Mateo 11, 28-29

Mt 11, 28-29 : Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Llevad mi yugo y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y hallaréis descanso para vuestras almas. Porque mi yugo es suave y mi carga ligera.