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Notas de la palabra clave

Lugares - Magdala

Tema: Región de Galilea

Comodidad de lectura

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ECR 182.2 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

De nuevo están solos el Maestro y sus apóstoles. Van andando por la campiña fresca, por un camino que ha tomado Jesús, no sin estupor de Pedro, que quería tomar otro distinto: «Nos alejamos del lago...».

«Llegaremos, de todas formas, a tiempo para lo que debo hacer».

Los apóstoles ya no hablan más. Se dirigen hacia un pequeño pueblecillo, un puñado de casas perdido en la campiña.

Anotación

Caminaban por la fresca campiña, por un camino que Jesús había tomado, ante el asombro de Pedro, que quería tomar otro. Jesús evitó Cafarnaún yendo más hacia el interior.

"Esto nos alejará del lago...", dijo. "Llegaremos a tiempo para lo que tengo que hacer. Hacía varios días que Jesús se preparaba para llegar a Magdala... "El Padre (Dios) me dio dos nombres de personas...": véase EMV 176,1.

ECR 182.6 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«Has hablado de apartar a los corazones de otro fuego... ¿A dónde vamos?» pregunta Judas Iscariote.

«Por el momento, a aquel sitio con más sombra, donde aquel riachuelo. Comeremos allí. Luego sabréis a dónde vamos».

Jesús dice: «Insertad aquí el segundo momento de la conversión de María de Magdala, recibido el año pasado, el 12 de agosto de 1944 (título: “Pedro, no la insultes; ruega por los pecadores”)».

ECR 183

El Evangelio como me ha sido revelado

Detalle

Título del capítulo: Curación de un herido en casa de María Magdalena.

Fecha de la visión: sábado 12 de agosto de 1944

Calendario: Miércoles 23 febrero 28 (10 Adar I 3788) según maria-valtorta.org; viernes 3 marzo 28 según Valtorta.fr

Lugar (mapa): Magdala. La encrucijada que toma Jesús se encuentra probablemente en este mapa.

Ciclo: Apostolado en Galilea

Resumen: Jesús sigue su camino Pedro se pregunta si van a Cafarnaún, y se entera por Jesús de que van a Magdala. Esto le escandaliza un poco, y Jesús le informa que tendrá que ir a verdaderos burdeles por amor a Él. Pero ni Juan, ni él, ni los demás se contaminarán mientras nos neguemos a que la impureza entre en nuestros corazones. Judas refunfuña para sus adentros, y el Maestro le ordena que no calumnie para sus adentros y que no se confíe. Después de pedir consejo a Mateo en el camino, el grupo apostólico se dirige al barrio más rico de Madgala y oyen un grito. Había habido una pelea entre un romano y un judío que se estaba muriendo por culpa de María de Magdala. La madre del moribundo está desesperada y acusa a María de haberlo puesto en ese estado. Jesús se fija en la hermana de Lázaro, pero se interesa más por el moribundo y pide que lo lleven a casa de su madre para poder realizar el milagro. Finalmente, pide a la madre que perdone a María Magdalena y cura al adúltero por su mujer y sus hijos.

Después se marcha sin decir una palabra a María Magdalena y reprende a Pedro cuando habla mal de ella.

Contenido del capítulo: 183.1: Decisión sorprendente de ir a Magdala. 183.2: Se ha cometido un asesinato. 183.3: Es en casa de María Magdalena. 183.4: Jesús cura a la víctima por parentesco, pero fuera de la casa del pecado. 183.5: ¡Pedro! No insultes. Reza por los pecadores.

Edición antigua: Tomo 3, capítulo 43

ECR 183.1-5 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Todo el colegio apostólico está en torno a Jesús. Están sentados en la hierba, a la sombra de un sotillo, a la orilla de un regato; todos comen pan y queso, y beben agua del riachuelo, fresca y cristalina. Las sandalias polvorientas dan a entender que han recorrido mucho camino. Los discípulos quizás no pedirían otra cosa sino descansar sobre la hierba alta y fresca.

Pero el incansable Caminante no es de esta opinión. En cuanto juzga que ha pasado la hora de mayor calor, se pone en pie, sale al camino, mira... se vuelve y dice simplemente: «Vamos».

A la altura de una bifurcación, o, más exactamente, un cuadrivio — en efecto, en ese punto se unen cuatro caminos —, Jesús toma sin vacilar dirección Norte-Este.

«¿Volvemos a Cafarnaúm?» pregunta Pedro.

Jesús responde: «No». Únicamente “no”.

«Entonces, a Tiberíades» insiste Pedro, que quiere saber.

«Tampoco».

«Pero, este camino va hacia el Mar de Galilea... y allí están Tiberíades y Cafarnaúm...».

«Y también Magdala» dice Jesús con una expresión semiseria para que se aplaque la curiosidad de Pedro.

«¿Magdala!...». Pedro se muestra un poco escandalizado, lo que me hace pensar que esta ciudad tiene mala fama.

«A Magdala, sí, a Magdala. ¿Te consideras demasiado puro para entrar en ella? ¡Pedro, Pedro!... Por amor a mí tendrás que entrar, no en una ciudad de placer, sino en verdaderos prostíbulos... Cristo no ha venido para salvar a los salvados, sino para salvar a los perdidos... y tú... tú serás “Piedra”, o “Cefas”, y no “Simón”, para esto. ¿Tienes miedo a contaminarte? ¡No, no! ¿Ves a éste? — indica al jovencísimo Juan —. Pues ni siquiera él sufrirá daño, porque no quiere; como tampoco quieres tú, ni quiere tu hermano ni el hermano de Juan. Ninguno de vosotros, por ahora, quiere. Mientras no se quiere, no se verifica el mal. Pero es necesario no querer fuerte y constantemente. La fuerza y la constancia se consiguen del Padre, orando con sinceridad de propósitos. En el futuro no todos sabréis siempre orar así... ¿Qué estás diciendo, Judas? No te fíes demasiado de ti mismo. Yo, que soy el Cristo, oro constantemente, para tener fuerza contra Satanás. ¿Eres, acaso, tú más que Yo? El orgullo es como una grieta, por ella entra Satanás. Vigila y sé humilde, Judas. Mateo, tú que conoces muy bien esta zona, dime, ¿conviene entrar por este camino o hay otro mejor?».

«Según, Maestro. Si quieres ir a la Magdala de los pescadores y pobres, éste es el camino, por aquí se entra al suburbio popular; pero — no lo creo, pero te lo digo para que la respuesta mía sea amplia — si quieres ir adonde viven los ricos, hay que dejar este camino dentro de algunos centenares de metros y tomar otro, porque las casas ricas están casi a esta altura y hay que volver para atrás...».

«Volvemos para atrás. Quiero ir a la Magdala de los ricos. ¿Qué has dicho, Judas?».

«Nada, Maestro. Es la segunda vez en poco tiempo que me lo preguntas, cuando en realidad no he dicho nada».

«No con los labios, pero sí que has hablado, murmurando, con tu corazón. Has murmurado con tu huésped: el corazón. Para hablar no es indispensable tener como interlocutora a otra criatura; muchas palabras nos las decimos a nosotros mismos... Pues bien, no se debe cometer murmuración o calumnia ni siquiera con el propio yo».

183.2

El grupo continúa su camino, ahora en silencio. Lo que antes era una vía de primer orden ahora es una calle de la ciudad, pavimentada con piedras de un palmo cuadrado. Las casas van siendo cada vez más ricas y bonitas, construidas entre huertos exuberantes y jardines floridos. Tengo la impresión de que la Magdala elegante fuera para los palestinos una especie de lugar de placer como ciertas pequeñas ciudades de nuestros lagos lombardos: Stresa, Gardone, Pallanza, Bellagio, etc., etc. Con los palestinos ricos están entremezclados los romanos, que sin duda proceden de otros centros, como Tiberíades o Cesarea, donde, en torno al Gobernador, habrán sido, ciertamente, funcionarios y comerciantes exportadores de los mejores productos de la colonia palestina para Roma.

Jesús se interna, seguro, como quien sabe a dónde va. Sigue el lago, a cuya orilla se asoman las casas con sus jardines.

En esto, se oye un gran coro de llanto, proveniente del interior de una rica mansión: son voces de mujeres y niños, y, agudísima, una voz femenina que grita: «¡Hijo! ¡Hijo!».

Jesús se vuelve y mira a los apóstoles. Judas se adelanta unos pasos. «Tú no» ordena Jesús. «Tú, Mateo; ve y pregunta».

Mateo va y regresa. «Una pelea, Maestro. Un hombre está muriendo. Es un judío. El que le ha herido se ha escapado; era un romano. Han llegado enseguida su mujer y su madre y los niños... Está muriendo».

«Vamos».

«Maestro... Maestro... Ha ocurrido en casa de una mujer... que no es la esposa».

«Vamos».

183.3

La puerta de la casa está abierta. Entran en un largo y ancho vestíbulo que da a un bonito jardín (la casa parece estar dividida por esta especie de peristilo cubierto y muy rico en plantas verdes en macetas y con muchas estatuas y objetos taraceados; mitad sala, mitad invernáculo). Hay mujeres llorando en una habitación que da al vestíbulo y cuya puerta está abierta de par en par. Jesús entra sin vacilaciones. No pronuncia su saludo habitual.

Entre los hombres presentes hay un mercader que debe conocer a Jesús, porque nada más verle dice: «¡El Rabí de Nazaret» y le saluda respetuosamente.

«José, ¿qué ha sucedido?».

«Maestro, una puñalada en el corazón... Está muriendo».

«¿Cuál ha sido la causa?».

Una mujer entrecana y despeinada se levanta — estaba arrodillada junto al moribundo, sujetándole una mano ya inerte — y, con ojos de loca, dice a voz en grito: «Ella, ella... Me lo ha maleado... ¡Para él ya no había ni madre ni mujer ni hijos! ¡Al infierno has de ir, diablo!».

Jesús alza los ojos siguiendo la mano que temblando acusa, y ve en el rincón, contra la pared de color rojo oscuro, a María de Magdala, más procaz que nunca; la mitad del cuerpo vestida... yo diría... de nada, porque de la cintura hacia arriba está semidesnuda, con una especie de redecilla, de malla exagonal, de unas cositas redondas que parecen pequeñas perlas (de todas formas, estando en penumbra, no veo bien).

Jesús baja de nuevo sus ojos. A María le sienta como un bofetón esta indiferencia; se endereza — antes estaba ligeramente agachada — y finge una actitud desenvuelta.

«Mujer — dice Jesús a la madre — no impreques. Responde: ¿Por qué estaba tu hijo en esta casa?».

«Ya te lo he dicho. Porque ella le había desquiciado. Ella».

«Silencio. También él entonces — siendo adúltero y padre indigno de estos inocentes — pecaba; merece, por tanto, su castigo. Ni en esta vida ni en la otra hay misericordia para el que no se arrepiente.

No obstante, siento piedad de tu dolor y de estos inocentes.

183.4

¿Está lejos tu casa?».

«A unos cien metros».

«Levantad a este hombre y llevadle».

«No es posible, Maestro» dice el mercader José. «Está para morir de un momento a otro».

«Haz lo que digo».

Pasan una tabla por debajo del cuerpo del moribundo. El cortejo sale lentamente, cruza la calle, entra en un sombreado jardín. Las mujeres siguen llorando rumorosamente.

Nada más entrar el cortejo en el jardín, Jesús se vuelve a la madre: «¿Puedes perdonar? Si tú perdonas, Dios perdona. Es necesario hacerse bueno el corazón para obtener gracia. Este hombre ha pecado y pecará más veces; mejor le sería morir, porque, viviendo, volverá a caer en el pecado y tendrá que responder además de la ingratitud hacia Dios salvador. Pero, tú y estos inocentes — y señala a la esposa y a los niños — caeríais en la desesperación. Yo he venido para salvar y no perder. Hombre, Yo te lo digo: ¡vuelve y queda curado!».

El hombre reprende vida y abre los ojos; ve a su madre, a sus hijos, a su mujer, e inclina la cabeza avergonzado.

«Hijo, hijo» dice la madre. «Hubieras muerto si no te hubiera salvado Él. Torna en ti. No delires por una...».

Jesús interrumpe a la anciana. «Mujer, calla. Sé misericordiosa como contigo se ha sido. Tu casa ha sido santificada por el milagro, que es siempre prueba de la presencia de Dios. Por este motivo no lo he podido cumplir donde había pecado. Que al menos tú sepas conservarla, aunque este hombre no sepa hacerlo. Cuidadle ahora. Es justo que sufra un poco. Sé buena, mujer. Y tú. Y vosotros, pequeños. Adiós». Jesús ha posado la mano sobre la cabeza de las dos mujeres y de los pequeñuelos.

183.5

Luego sale, pasando por delante de la Magdalena, que ha seguido al cortejo hasta el otro lado de la calle y se ha quedado apoyada contra un árbol. Jesús aminora el paso como aguardando a los discípulos, pero creo que su verdadera intención es la de darle a María ocasión de hacer un gesto; pero ella no lo hace.

Los discípulos se unen a Jesús. Pedro no puede contenerse y entre dientes dice a María un epíteto adecuado. Ella, que quiere aparentar desenvoltura, rompe a reír con una carcajada de mísera victoria.

Pero Jesús ha oído la palabra de Pedro y se vuelve a él severo: «Pedro, Yo no insulto; no insultes tú. Ruega por los pecadores, nada más».

María quiebra el gorjeo de su risa, agacha la cabeza y huye como una gacela en dirección a su casa.

Detalle

María Magdalena aparece en 183,3. En aras de la exhaustividad, volvemos a poner todo el capítulo.

Anotación

Todo el colegio apostólico está reunido en torno a Jesús. Sentados sobre la hierba, a la sombra de un grupo de árboles, cerca de un arroyo, todos comen pan y queso, y beben el agua del arroyo, que es fresca y clara. Es una continuación perfecta de la escena anterior, aunque se haya representado un año después. Están a orillas del Wadi Amud. Los arroyos entre Cafarnaún y Magdala (wadi Amud y wadi Zalmond) también se mencionan en EMV 460.3.

Al llegar a una bifurcación de caminos, o más bien a una encrucijada, porque en este punto se cruzan cuatro caminos polvorientos, Jesús tomó resueltamente el que se dirigía hacia el noreste. Tras cruzar el uadi Amud, todo indica que se encuentran en la encrucijada de la carretera de Tiberíades/Magdala/Merón y la que viene de Jotapata hacia la llanura de Genezaret/Ginossar (ver mapa).

¡Pedro, Pedro! Por mí tendrás que entrar no en una ciudad de placer, sino en verdaderos burdeles... Cristo no vino a salvar a los que se salvan, sino a los que se pierden... y tú... tú serás "Pedro" o "Cefas" y no Simón, por esta razón. Un anuncio apenas velado de la futura estancia de Pedro en Roma, "la gran ramera". Otra mención de esta estancia se hace en EMV 310.5, luego en EMV 545.7. Las casas de prostitución (lupanares) eran habituales en la antigua Grecia y Roma ya en el siglo VI a.C. En el argot romano antiguo, lupa, la loba, es el animal que simboliza a la prostituta.

Cristo no vino a salvar a los que se salvan, sino a los que se pierden ... Recordemos el testimonio dado a Nicodemo en EMV 116.9. Compárese con EMV 335.5 | EMV 575.7 | EMV 598.19 | EMV 606.5.

Mateo, tú que conoces bien el lugar, dime: ¿es mejor tomar este camino o hay otro? Mateo, el publicano, probablemente frecuentaba Magdala y Tiberíades, por lo que debía de conocer bien la zona.

No hace falta hablar con alguien para hablar. Hablamos mucho con nosotros mismos... Pero no debemos chismorrear ni calumniar, ni siquiera con nosotros mismos. Judas se refiere a esta enseñanza de Jesús en EMV 195.2.

El grupo sigue caminando, ahora en silencio. El camino principal se convierte en una calle empedrada con piedras de palma cuadrada. Maria Valtorta tenía razón: eran las dimensiones clásicas de los adoquines romanos, 22,5x22,5 cm.

A los ricos palestinos se unieron romanos, probablemente de otros lugares como Tiberíades o Cesarea, donde el gobernador debió de rodearse de todo tipo de funcionarios y mercaderes que exportaban a Roma los mejores productos de la colonia palestina. Tiberíades y Magdala eran dos ciudades del lago con gran población romana y griega.

Hay un moribundo, judío. El asesino escapó: era romano. Probablemente el amante romano de María Magdalena. Se le había visto durante el Sermón de la Montaña(EMV 174.12).

Entran por la puerta abierta a un amplio y largo vestíbulo que da a un hermoso jardín. La casa parece estar dividida por esta especie de peristilo cubierto en el que abundan las plantas verdes en jarrones, las estatuas y la marquetería. Todas estas estatuas fueron retiradas por María Magdalena tras su conversión (véase EMV 277.1).

María Magdalena, más provocativa que nunca, vestida, por así decirlo... de nada a medio cuerpo, pues está semidesnuda por encima de la cintura, envuelta en una especie de red de malla hexagonal con bolitas que me parecen perlas. Pero es en la penumbra y no veo muy bien. Cf. los comentarios de Jesús sobre esta escena en EMV 234.4.

He venido a salvar y no a perder. Recordemos las palabras pronunciadas por Jesús un poco antes, en EMV 183,1.

Vuestra casa está santificada por el milagro, que es siempre prueba de la presencia de Dios. En EMV 234,4/5, Jesús vuelve largamente sobre este milagro y su contexto.

"Pedro, yo no insulto. Así que no insultes. Reza por los pecadores. Nada más. Esta reprimenda de Pedro es también una enseñanza para María Magdalena, como Jesús explica más adelante en EMV 234.5.

Palabras clave

ECR 184

El Evangelio como me ha sido revelado

Detalle

Título del capítulo : El pequeño Benjamín de Magdala y dos parábolas sobre el Reino de los Cielos.

Fecha de la visión: sábado 12 de agosto de 1944

Calendario: miércoles 23 de febrero 28 (10 Adar I 3788) según maria-valtorta.org; sábado 4 de marzo 28 según Valtorta.fr

Localización (mapa) : Magdala

Ciclo: Apostolado en Galilea

Resumen: Jesús va al barrio pobre de Magdala y pide la hospitalidad de una madre, que acepta acogerlo. La acompaña un niño que hace mucho ruido. La madre quiso escuchar al Maestro, así que le reprendió y le dio una bofetada, y el niño fue a llorar en el regazo de Cristo. Jesús trató de encontrar atenuantes para su madre, pero el niño le contestó con franqueza que simplemente quería escucharle. Jesús dialoga un rato con ella, y cuando le sugiere que las mujeres sueltas lo tienen fácil, él le responde que no son felices, aunque lo parezcan. La mujer pide entonces quedarse, y Jesús le propone contar dos parábolas que agradarían al pequeño Benjamín. Se la cuenta a María Magdalena, porque los apóstoles dudan de que vuelva al bien. Luego cuenta la parábola del Sembrador divino que siembra la semilla. Crece, la semilla se forma y, cuando está madura, el sembrador vuelve y pasa la guadaña. La Palabra de Dios realiza el mismo trabajo, pero es lenta y hay que dejar que el alma trabaje. A petición del Señor, Mateo confirma que fue la paciencia de Jesús lo que más le ayudó.

La madre de Benjamín había salido a buscar a sus hermanos y el niño seguía hablando con el grupo apostólico. Clasifica a los apóstoles uno por uno y no le gusta Judas, tanto que éste se ríe de amarillo. Mientras tanto, su madre ha regresado con una docena de personas, entre ellas su marido, y mientras le ruega que hable, Jesús da otra parábola sobre el Reino de los Cielos. Cuenta la parábola del grano de mostaza y explica que es a través de las pequeñas cosas que hacemos cada día como construimos el Reino en nuestro interior. El amor, por encima de todo, es el camino para obtener la paz y la gloria del Cielo.

Jesús bendice a esta familia hospitalaria y se pone de nuevo en camino.

Contenido del capítulo: 184.1 : Un joven recibe una bofetada de su madre. 184.2 : Una madre no debe envidiar la suerte de una prostituta. 184.3 : Dudas de que María (de Magdala) vuelva al Bien. 184.4 : La parábola del grano plantado en la tierra. 184.5 : La paciencia de Jesús, más que los reproches de los fariseos, llevó a Mateo a la conversión. 184.6 : Mateo se convirtió por amor. 184.7 : Benjamín pone la prueba a los apóstoles buenos, que Judas no supera. 184.8 : La parábola del grano de mostaza. El amor en los corazones. 184.9 : Un marido asombrado descubre los méritos de su mujer.

Edición anterior: Tomo 3, capítulo 44

ECR 184.1

El Evangelio como me ha sido revelado

Detalle

En Magdala, el barrio pobre está en las afueras de la ciudad.

Palabras clave

ECR 186.8

El Evangelio como me ha sido revelado

Detalle

En EMV 186, la configuración de la zona se reproduce en esta imagen(haga clic en el enlace) tal y como Maria Valtorta la dibujó en la última página del cuaderno manuscrito. De izquierda a derecha, los nombres de las ciudades que bordean el lago son : Tariquea, Tiberíades, Magdala, Cafarnaún, Betsaida, Gergesa, Hipos. Al sur de Hipos, después del torrente, dice "lugar de desembarco" y Gamla en el interior. Entre estos hay pequeños puntos, explicados al final de la página de la siguiente manera: "Al norte está Chorazeïn.