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Notas del tema

La Virgen María en el Evangelio de la Infancia y la vida oculta de Cristo

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ECR 23.6

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

23.6 El tiempo pasa. Le vuelve el dolor a Isabel. María la besa de nuevo y se retira. Baja rápida a la luz de la luna y corre a ver si el anciano duerme todavía. Duerme, gimiendo en el sueño. María hace un gesto de piedad. Se pone de nuevo a orar.

Pasa el tiempo. El anciano sale bruscamente de su sueño y levanta su rostro, confuso, como de quien no recordase bien por qué estaba ahí. Luego recuerda, hace un gesto y profiere una exclamación gutural, y escribe: «¿No ha nacido todavía?». María indica que no, y Zacarías: «¡Cuánto dolor! ¡Pobre esposa mía! ¿Lo logrará sin morir a cambio?».

María coge la mano del anciano tratando de infundirle ánimo: «Para el alba, dentro de poco, el niño ya habrá nacido. Todo irá bien. Isabel es fuerte. ¡Qué bonito va a ser este día — pues está cercana la aurora — en que tu niño va a ver la luz! ¡El más bello de tu vida! Grandes gracias te tiene reservadas el Señor, y tu hijo es su anunciador».

Zacarías menea tristemente la cabeza y señala a su boca muda. Quisiera decir muchas cosas, pero no puede.

María se da cuenta de ello y responde: «El Señor hará completa tu alegría. Cree en Él completamente, espera infinitamente, ama totalmente. El Altísimo te escuchará más de lo que pudieras esperar. Él quiere esta fe tuya total como purificación de tu pasada desconfianza. Di en tu corazón conmigo: “Creo”. Dilo a cada uno de los latidos de tu corazón. Los tesoros de Dios se abren para quien cree en Él y en su poderosa bondad».

ECR 23.7-8

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

23.7 La puerta está entornada y la luz comienza a penetrar por ella. María la abre. El alba ha puesto toda blanca la tierra aljofarada de rocío. Se percibe un fuerte olor de tierra húmeda y hierba, y los primeros silbos de pájaros se llaman de rama a rama.

El anciano y María salen a la puerta. Están pálidos por la noche pasada en vela; la luz del alba los pone aún más pálidos. María calza de nuevo sus sandalias y va al pie de la escalera, atenta a ver si se oye algo. Una mujer se asoma, María hace unos gestos y vuelve. Todavía nada.

Luego va a una habitación y regresa con leche caliente. Se la da a beber al anciano. Después va donde las palomas, y desaparece de nuevo en esa habitación; quizás es la cocina. Se mueve aquí y allá, está atenta a todo. Se la ve tan ágil y tan serena, que parece como si hubiera dormido el mejor de los sueños.

Zacarías pasea arriba y abajo nerviosamente por el jardín. María le mira con piedad. Luego entra otra vez en la misma habitación y, arrodillada junto a su telar, ora intensamente, pues la queja de la sufriente se hace más aguda. Se curva hasta el suelo para suplicarle al Eterno. Zacarías vuelve, entra y la ve postrada en ese modo; el pobre anciano llora. María se alza y le coge de la mano. Es mucho más joven que él, pero parece Ella la madre de esa vejez desolada sobre la que extiende sus consuelos.

23.8 Permanecen así, el uno al lado del otro, bajo este sol que pone rosicler el aire de la mañana. Estando así, llega a sus oídos el jubiloso anuncio: «¡Ha nacido! ¡Ha nacido! ¡Un niño! ¡Oh, padre dichoso! ¡Un niño lozano como una rosa, bonito como el Sol, fuerte y bueno como la madre! ¡Alégrate, padre bendecido por el Señor, que te ha dado un hijo para que lo ofrezcas a su Templo! ¡Gloria a Dios, que ha concedido posteridad a esta casa! ¡Benditos seáis tú y el hijo que te ha nacido! ¡Que su linaje perpetúe tu nombre por los siglos de los siglos, generación tras generación, y permanezca siempre en alianza con el Señor eterno!».

María, llorando de alegría, bendice al Señor. Luego, los dos acogen al pequeñuelo, que le ha sido traído al padre para que lo bendiga. Zacarías no va con Isabel; coge al niño, que grita como un desesperado. Pero no va donde su esposa.

María sí que va, llevando amorosa al pequeñuelo, el cual se ha quedado callado nada más que María le ha cogido en brazos. La comadre, que va tras Ella, se percata de este hecho. «Mujer — dice a Isabel — tu hijo se ha callado enseguida, cuando Ella le ha cogido en sus brazos. ¡Mira qué tranquilo duerme; y bien sabe el Cielo lo inquieto y fuerte que es! ¡Mira, ahora parece un pichoncito!».

María deposita a la criatura junto a la madre y acaricia a Isabel, poniendo en orden su pelo gris. «La rosa ha nacido — le dice con voz suave — y tú vives. Zacarías está dichoso».

«¿Habla?».

«Todavía no. Pero, espera en el Señor. Ahora descansa. Yo estoy contigo».

ECR 23.8

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«¡Ha nacido! ¡Ha nacido! ¡Un niño! ¡Oh, padre dichoso! ¡Un niño lozano como una rosa, bonito como el Sol, fuerte y bueno como la madre! ¡Alégrate, padre bendecido por el Señor, que te ha dado un hijo para que lo ofrezcas a su Templo! ¡Gloria a Dios, que ha concedido posteridad a esta casa! ¡Benditos seáis tú y el hijo que te ha nacido! ¡Que su linaje perpetúe tu nombre por los siglos de los siglos, generación tras generación, y permanezca siempre en alianza con el Señor eterno!».

María, llorando de alegría, bendice al Señor. Luego, los dos acogen al pequeñuelo, que le ha sido traído al padre para que lo bendiga. Zacarías no va con Isabel; coge al niño, que grita como un desesperado. Pero no va donde su esposa.

María sí que va, llevando amorosa al pequeñuelo, el cual se ha quedado callado nada más que María le ha cogido en brazos. La comadre, que va tras Ella, se percata de este hecho. «Mujer — dice a Isabel — tu hijo se ha callado enseguida, cuando Ella le ha cogido en sus brazos. ¡Mira qué tranquilo duerme; y bien sabe el Cielo lo inquieto y fuerte que es! ¡Mira, ahora parece un pichoncito!».

María deposita a la criatura junto a la madre y acaricia a Isabel, poniendo en orden su pelo gris. «La rosa ha nacido — le dice con voz suave — y tú vives. Zacarías está dichoso».

«¿Habla?».

«Todavía no. Pero, espera en el Señor. Ahora descansa. Yo estoy contigo».

ECR 23.9

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Créeme, hija, no hubo, ni habrá jamás tormento puerperal semejante al mío de Mártir de una Maternidad espiritual cumplida en el más duro lecho, el de mi cruz, al pie del patíbulo del Hijo que se me moría. ¿Qué madre se verá obligada a generar de esa manera? ¿Qué madre se verá obligada a amalgamar el suplicio del desgarro de sus entrañas por los estertores de su Hijo moribundo, con el suplicio de sentírsele retorcer las entrañas al tener que superar el horror de deber decir: “Os amo; venid a mí, que soy Madre vuestra” a los que estaban matando a ese Hijo nacido del más sublime amor que jamás haya visto el Cielo, del amor de un Dios con una virgen, del beso de Fuego, del abrazo de Luz, que se hicieron Carne, y que del vientre de una mujer hicieron el Tabernáculo de Dios?

“¡Cuánto dolor para ser madre!” dice Isabel. ¡Mucho! Sí, pero insignificante, comparado con el mío.

ECR 23.10

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

23.10 “Déjame poner las manos en tu vientre”. ¡Ah, si cuando sufrís me pidierais siempre esto!

Yo soy la eterna Portadora de Jesús. Él está dentro de mi pecho, como tú le viste el año pasado, cual Hostia en el ostensorio. Quien a mí viene, a Él le encuentra; quien en mí se apoya, a Él le toca; quien a mi se dirige, con Él habla. Yo soy su vestidura. Él es el alma mía. Mi Hijo está ahora más unido a mí que durante los nueve meses de gestación. A quien a mí viene y apoya su cabeza en mi regazo, todo dolor se le adormece, toda esperanza le florece, toda gracia le fluye.

Yo oro por vosotros. Recordadlo. La beatitud de estar en el Cielo, viviendo en el esplendor de Dios, no me distrae de mis hijos que padecen en la tierra. Yo oro. Todo el Cielo ora porque el Cielo ama. El Cielo es caridad que vive, y la Caridad tiene piedad de vosotros. Pero, aunque sólo estuviera yo, habría suficiente oración para cubrir las necesidades de quien espera en Dios. Porque no ceso de orar por todos vosotros, santos y malvados, para dar: a los santos, la alegría; a los malvados, el salvífico arrepentimiento.

Venid, venid, hijos de mi dolor. Os espero al pie de la Cruz para distribuir gracias».

ECR 24

El Evangelio como me ha sido revelado

Detalle

Título del capítulo: Circuncisión de Juan el Bautista. María es fuente de gracia para los que acogen la Luz.

Fecha de la visión: Martes 4 de abril de 1944 (Martes Santo).

Fecha del dictado: Martes 4 de abril de 1944. En una copia mecanografiada, María Valtorta anota: "La Santísima Virgen María dictó estas palabras el Miércoles Santo".

Calendario: Viernes 12 de julio del año -5

Lugar (mapa): Hebrón

Ciclo: Nacimiento e infancia de Jesús

Resumen: Es la circuncisión de Juan. Hay mucha gente en casa de Zacarías. Hablan del nombre del niño y quieren ponerle el nombre de su padre, pero Isabel es inflexible: se llamará Juan. Se pide la opinión de Zacarías y éste escribe que, en efecto, se llamará Juan, "Dios es misericordioso". Entonces se le soltó la lengua y pronunció su himno. Isabel se alegró mucho. Tuvo lugar la circuncisión y el niño se tranquilizó en brazos de la Virgen. Zacarías fue a verla y le pidió perdón por no haberla reconocido cuando estaba embarazada del Salvador. La bendijo y la Inmaculada le respondió que todas las alabanzas debían ser para Dios. La Inmaculada le pidió también que rezara por ella, pues si ser madre del Salvador es un destino bendito, ser madre del Redentor debe ser un destino de atroces sufrimientos.

En el dictado que sigue, María explica que Dios perdona a los que reconocen sus pecados y se arrepienten. Nos invita a despojar nuestras almas de todo lo que las agobia y a acoger la Luz de Dios. La Virgen sigue explicando que quien posee a Dios, quien tiene la amistad de Dios, nunca está solo, porque aunque esto no quite el sufrimiento, nos da luz y una caricia que aligera nuestra cruz. También debemos saber agradecer al Altísimo sus gracias.

Por último, la Inmaculada nos explica que la hacemos sufrir mucho porque rechazamos la gracia. Cuando dio el dictado, se acercaba el Viernes Santo, por lo que nos invitó a rezar con las palabras de su Hijo en la Cruz. Finalmente, recuerda a María que, aunque ve sus alegrías, su sufrimiento siempre ha crecido exponencialmente, hasta que recibe en sus brazos a su Hijo muerto.

Contenido del capítulo: 24.1: La casa en fiesta. 24.2: El nombre. El milagro. El Benedictus. 24.3: Sólo María puede calmar el dolor del pequeño Juan al volver de su circuncisión. 24.4: Zacarías, que puede hablar de nuevo, se postra ante María. 24.5: María pide sus oraciones por la Corredentora en que se convertirá. 24.6: Dios perdona a los arrepentidos. 24.7: Él hace que el dolor sea dulce en su amargura. 24.8: El dolor de ver a un enemigo de Jesús. 24.9: El misterio del Viernes Santo. 24.10: Un dolor cada vez mayor.

ECR 24.1

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

24.1 Veo ambiente de fiesta en la casa. Es el día de la circuncisión.

María se ha preocupado de que todo esté lindo y en orden. Las habitaciones resplandecen de luz. Lucen por todas partes los más bellos paños, los más bellos atavíos. Hay mucha gente. María se mueve ágil entre los grupos, toda hermosa con su más bonito vestido blanco.

Isabel, reverenciada como una matrona, goza feliz su fiesta. El niño está en su regazo, saciado ya de leche.

ECR 24.4-5

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

24.4 Entra Zacarías y cierra la puerta. Mira a María con lágrimas en los ojos. Hace ademán de hablar. Guarda silencio. Continúa adelante. Se arrodilla ante María y le dice: «Bendice al mísero siervo del Señor. Bendícele. Tú puedes hacerlo, tú que le llevas en tu seno. La palabra de Dios me ha hablado cuando he reconocido mi error, cuando he creído en todo cuanto me había sido dicho. Yo te veo a ti y veo tu destino feliz. Adoro en ti al Dios de Jacob. Tú, mi primer Templo, donde el sacerdote, regresado, puede de nuevo orar al Eterno. Bendita tú, que has obtenido gracia para el mundo y le traes el Salvador. Perdona a tu siervo si no ha visto antes tu majestad. Con tu venida nos has traído todas las gracias. En efecto, doquiera que vas, ¡oh Llena de Gracia!, Dios obra sus prodigios; santas son las paredes en que tú entras, santos se hacen los oídos que oyen tu voz y la carne que tú tocas, santos los corazones, porque tú confieres Gracia, Madre del Altísimo, Virgen profetizada y esperada para darle al pueblo de Dios el Salvador».

24.5 María sonríe, encendida de humildad, y habla: «Gloria al Señor, a Él sólo. De Él y no de mí viene toda gracia, y Él te la dona para que le ames y sirvas con perfección en los años que te quedan, para merecer su Reino, que será abierto por mi Hijo a los Patriarcas, a los Profetas, a los justos del Señor. Y tú, ahora que puedes orar ante el Santo, ora por la sierva del Altísimo; que, si ser Madre del Hijo de Dios es destino dichoso, ser Madre del Redentor debe ser destino de atroz sufrimiento. Ora por mí, que hora a hora siento crecer mi peso de dolor, y durante toda una vida tendré que llevarlo; no lo veo en sus detalles particulares, pero sí siento que será un peso mayor que si sobre estos hombros míos de mujer se posase el mundo y tuviera que ofrecérsele al Cielo. ¡Yo, yo sola, una pobre mujer! ¡Mi Niño! ¡El Hijo mío! El tuyo no llora si yo le acuno; pero, ¿voy a poder acunar yo al mío para calmarle el dolor?... Ora por mí, sacerdote de Dios. Mi corazón tiembla como una flor en medio de un temporal. Miro a los hombres y los amo, pero detrás de sus rostros veo aparecer al Enemigo, y veo cómo los hace enemigos de Dios, de Jesús, de mi Hijo...».

Y la visión cesa con la palidez de María y esas lágrimas suyas que hacen luciente su mirada.

Detalle

Zacarías acaba de descubrir que María es la Toda Santa, la que da a luz al Salvador.

ECR 24.5

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Y tú, ahora que puedes orar ante el Santo, ora por la sierva del Altísimo; que, si ser Madre del Hijo de Dios es destino dichoso, ser Madre del Redentor debe ser destino de atroz sufrimiento. Ora por mí, que hora a hora siento crecer mi peso de dolor, y durante toda una vida tendré que llevarlo; no lo veo en sus detalles particulares, pero sí siento que será un peso mayor que si sobre estos hombros míos de mujer se posase el mundo y tuviera que ofrecérsele al Cielo. ¡Yo, yo sola, una pobre mujer! ¡Mi Niño! ¡El Hijo mío! El tuyo no llora si yo le acuno; pero, ¿voy a poder acunar yo al mío para calmarle el dolor?... Ora por mí, sacerdote de Dios. Mi corazón tiembla como una flor en medio de un temporal. Miro a los hombres y los amo, pero detrás de sus rostros veo aparecer al Enemigo, y veo cómo los hace enemigos de Dios, de Jesús, de mi Hijo...

Detalle

María habla con Zacarías, que acaba de descubrir que lleva a Cristo.

ECR 24.8

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Me causáis demasiado dolor, hijos tras cuyos rostros veo aparecer al Enemigo, a aquel que arremete contra mi Jesús. ¡Demasiado dolor! Yo quisiera ser para todos el Manantial de la Gracia, pero hay demasiados entre vosotros que no quieren la Gracia. Pedís “gracias”, pero con el alma privada de Gracia. ¿Cómo podrá la Gracia socorreros si sois enemigos suyos?