ECR 61.2
El Evangelio como me ha sido revelado
Cita
Yo he venido para traeros de nuevo la palabra de Dios. El Hijo del hombre está entre los hombres para llevarlos de nuevo a Dios. Seguidme. Yo soy el Camino, la Verdad, la Vida.
Notas del tema
Comodidad de lectura
ECR 61.2
Yo he venido para traeros de nuevo la palabra de Dios. El Hijo del hombre está entre los hombres para llevarlos de nuevo a Dios. Seguidme. Yo soy el Camino, la Verdad, la Vida.
ECR 61.3
Jesús les ordena a los discípulos: «Haced que los pobres pasen hacia adelante. Tengo para ellos una rica ofrenda de una persona que se encomienda a ellos para obtener perdón de Dios».
Pasan adelante tres viejecitos andrajosos, dos ciegos y un tullido, y luego una viuda con siete niños macilentos.
Jesús los mira fijamente uno por uno, sonríe a la viuda y especialmente a los huerfanitos, es más, le ordena a Juan: «Que a éstos se les ponga allí, en el huerto, quiero hablar con ellos», mas toma aspecto severo, con fuego en los ojos, cuando se presenta a Él un hombre entrado en años; pero no dice nada, por el momento.
Llama a Pedro y le pide la bolsa recibida poco antes y otra llena de monedas más pequeñas (varios donativos recogidos entre las buenas personas). Vuelca todo sobre el banco que hay cerca del pozo. Cuenta y divide. Hace seis partes: una muy grande, toda de monedas de plata; cinco más pequeñas, con mucho bronce y sólo alguna moneda grande. Llama luego a los pobrecitos enfermos y pregunta: «¿No tenéis nada que decirme?».
Los ciegos callan, el tullido dice: «Que Aquel del que Tú vienes te proteja». Nada más.
Jesús le pone en la mano sana el óbolo.
El hombre dice: «Dios te lo pague, pero yo de ti, más que esto, quisiera la curación».
«No la has pedido».
«Soy pobre, un gusano que los grandes pisotean, no podía imaginarme que tuvieras piedad de un mendigo».
«Yo soy la Piedad che se inclina hacia toda miseria que la llama. No rechazo a nadie. No pido más que amor y fe para decir: “te escucho”».
«¡Oh!, ¡Señor mío! ¡Yo creo y te amo! ¡Sálvame entonces! ¡Cura a tu siervo!».
Jesús pone su mano sobre la encorvada espalda, la desliza como haciendo una caricia y dice: «Quiero que quedes curado».
El hombre se endereza, ágil e íntegro, pronunciando infinitas bendiciones.
Curar a un jorobado.
ECR 61.3
«Yo soy la Piedad che se inclina hacia toda miseria que la llama. No rechazo a nadie. No pido más que amor y fe para decir: “te escucho”».
Jesús habló a un jorobado que esperaba un milagro pero no se atrevía a pedirlo.
ECR 61.4
61.4 Jesús da el óbolo a los ciegos y espera un instante antes de permitirles que se marchen... después les deja que se vayan.
Llama a los viejos. Al primero le da una limosna, le anima y le ayuda a ponerse las monedas en el cinturón.
Se interesa, piadoso, de las desventuras del segundo, que le habla de la enfermedad de una hija: «¡Ella es lo único que tengo! Y ahora se me muere. ¿Qué será de mí? ¡Oh!, ¡si Tú vinieras! Ella no puede, no se tiene en pie. Querría... pero no puede. ¡Maestro, Señor, Jesús, piedad de nosotros!».
«¿Dónde estás, padre?».
«En Corazín. Pregunta por Isaac de Jonás, llamado “el Adulto”. ¿Verdaderamente vendrás? ¿No te olvidarás de mi desventura? ¿Y me curarás a mi hija?».
«¿Puedes creer que la puedo curar?».
«¡Oh, claro que lo creo!... Por eso te hablo de ella».
«Vete a casa, padre. Tu hija estará en la puerta para recibirte».
«Pero si está en cama y no puede levantarse desde hace tres... ¡Ah, comprendido! ¡Gracias, Rabbuní! ¡Benditos seáis Tú y quien te ha enviado! ¡Gloria a Dios y a su Mesías!». El anciano se va llorando, renqueando, lo más rápido que puede; pero, ya casi fuera del huerto dice: «Maestro, ¿vendrás, de todas formas, a mi pobre casa? Isaac te espera para besarte los pies, lavártelos con el llanto y ofrecerte el pan del amor. Ven, Jesús. Les hablaré de ti a los habitantes de mi ciudad».
«Iré. Vete en paz y sé feliz».
Curación de la hija de un anciano, que ya no podía caminar. Se llamaba Isaac de Jonas.
ECR 61.6
¿Y no es usura de lo más cruel el robar a quien verdaderamente está necesitado?
ECR 61.6
Nunca es lícito ser un ladrón y, sobre todo, si es con los pobres.
ECR 61.6
Al hermano que comete una falta no se le insulta. Cada uno tiene su pecado. Nadie es perfecto excepto Dios.
ECR 61.6
No seáis codiciosos. Sea el alma vuestro tesoro, no el dinero. No seáis perjuros. Sea vuestro lenguaje puro y honesto, como también vuestras acciones. La vida no es eterna, la hora de la muerte llega. Vivid de modo que en la hora de la muerte la paz pueda estar en vuestro espíritu, la paz de quien ha vivido como justo.
ECR 61.7
«¡Ten piedad, Señor! Este hijo mío es mudo por un demonio que le maltrata».
«Y este hermano mío es como un animal inmundo, se revuelca en el fango y come excrementos. Un espíritu maligno le mueve a hacer estas cosas, contra su voluntad hace cosas inmundas».
Jesús se dirige hacia estas personas que le están suplicando, alza los brazos y ordena: «Salid de éstos. Dejad a Dios sus criaturas».
Entre chillidos y una gran confusión quedan curados los dos infelices. Las mujeres con las que iban se postran bendiciendo.
«Id a vuestras casas y tened sentimientos de gratitud hacia Dios. Paz a todos. Idos, pues».
La muchedumbre se marcha comentando los hechos. Los cuatro discípulos se arriman al Maestro.
«Amigos, en verdad os digo que en Israel se dan todos los pecados y los demonios han hecho morada en él. Y no son sólo las posesiones diabólicas las que hacen que enmudezcan los labios, ni son sólo ellas las que impulsan a vivir como brutos, comiendo asquerosidades; las más verdaderas y numerosas son las que hacen a los corazones mudos respecto a la honestidad y al amor y hacen de ellos una sentina de vicios inmundos. ¡Oh, Padre mío!». Jesús, abatido, se sienta.
«¿Estás cansado, Maestro?».
«No cansado, Juan mío, sino desolado por el estado de los corazones y por la poca voluntad de enmendarse. Yo he venido... pero el hombre... el hombre... ¡Oh, Padre mío!...».
«Maestro, yo te amo, todos nosotros te amamos...».
«Lo sé. ¡Pero sois tan pocos... y mi deseo de salvar es tan grande!».
Jesús le ha abrazado a Juan y tiene la cabeza sobre la del discípulo. Está triste. Pedro, Andrés, Santiago, en torno a Él, le miran con amor y tristeza.
Y la visión cesa así.
ECR 62
Jesús sale a orar. Su oración es muy ferviente. Pero Pedro le busca y empiezan a hablar: Jesús nos está dando una hermosa lección sobre la oración. Promete que les enseñará a rezar el Padrenuestro cuando estén formados.
Simón de Jonás explica entonces que algunas personas habían acudido a él, pero que las había echado. Jesús dice que ha venido a por todos. A Pedro le preocupa que su bondad le haga enfermar, pero Cristo se alegraría si toda la humanidad acudiera a él, y predice que el Hijo del Hombre no tendrá dónde reclinar la cabeza.
Finalmente, el Maestro pregunta de dónde han venido los que le buscaban, y dice a sus discípulos que se queden en Cafarnaún y le envíen a las multitudes, y luego volverá.