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Notas del tema

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Comodidad de lectura

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ECR 178.4 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Otro hombre le interpela: «También yo quisiera ir contigo como ese joven, pero antes de seguirte querría despedirme de mis familiares. ¿Me lo permites?».

Jesús le mira fijamente y responde: «Demasiado arraigado en lo humano. Arranca las raíces, y, si no eres capaz de ello, córtalas. Al servicio de Dios se viene con espiritual libertad. Nada debe atar a quien se entrega».

«Pero, Señor, ¡la carne y la sangre son siempre carne y sangre! Alcanzaré lentamente la libertad de que hablas...».

«No. Jamás lo lograrías. Dios, de la misma forma que es infinitamente generoso cuando premia, es también exigente. Si quieres ser discípulo debes abrazar la cruz y venir; si no, te quedarás en el número de los simples fieles. El camino de los siervos de Dios no es de pétalos de rosa; es de exigencia absoluta. Nadie, habiendo puesto la mano sobre el arado para arar los campos de los corazones y esparcir en ellos la semilla de la doctrina de Dios, puede volverse para observar lo que ha dejado y lo que ha perdido, o lo que tendría si siguiera un camino común; quien así actúa no es apto para el Reino de Dios. Trabájate a ti mismo, hazte viril y luego ven. Ahora no».

Anotación

Sólo Lucas 9,61-62 relata este encuentro. El evangelista evoca sucintamente la alegoría del labrador que no mira atrás. Jesús menciona varias veces su consejo(EMV 276,6 | EMV 302,1 y EMV 551,6).

Evangelio de Lucas 9, 61-62

Lc 9, 61-62 : Otro hombre le dijo: "Señor, te seguiré, pero antes déjame despedirme de mi familia". Jesús le contestó: "El que pone la mano en el arado y luego mira hacia atrás no es apto para el Reino de Dios."

ECR 178.4 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Dios, de la misma forma que es infinitamente generoso cuando premia, es también exigente. Si quieres ser discípulo debes abrazar la cruz y venir; si no, te quedarás en el número de los simples fieles. El camino de los siervos de Dios no es de pétalos de rosa; es de exigencia absoluta. Nadie, habiendo puesto la mano sobre el arado para arar los campos de los corazones y esparcir en ellos la semilla de la doctrina de Dios, puede volverse para observar lo que ha dejado y lo que ha perdido, o lo que tendría si siguiera un camino común; quien así actúa no es apto para el Reino de Dios. Trabájate a ti mismo, hazte viril y luego ven.

ECR 179

El Evangelio como me ha sido revelado

Detalle

Título del capítulo : La parábola del sembrador. En Chorazen con Elías, el nuevo discípulo.

Fecha de la visión: lunes 4 de junio de 1945

Calendario: lunes 21 de febrero 28 (8 Adar I 3788) según maria-valtorta.org o miércoles 1 de marzo 28 según Valtorta.fr

Localización (mapa):Betsaida y después Chorazeïn. Jesús vuelve a Betsaida, a casa de Pedro.

Ciclo: Apostolado en Galilea

Resumen: Jesús da un pequeño dictado para explicar por qué la ciudad ya no parece estar a orillas del lago, sino tierra adentro. Esto se explica por los veinte siglos de depósitos aluviales traídos por el río y el pedregal que bajó de las colinas de Betsaida. Entonces comienza la visión y María ve a Jesús y a los Doce aterrizar en Betsaida. Fueron a su casa de Betsaida, que no era la casa de su suegra en Cafarnaún. Porfiria también está allí.

Pedro está muy contento, pero muy malhumorado, porque preguntan por el Maestro, y al apóstol le gustaría tenerlo sólo para él. Por fin confiesa que siente que no ha retenido nada de las enseñanzas de Jesús. Cuando le escucha, lo entiende todo, pero después no recuerda nada y piensa con terror en el momento en que Cristo les abandone. Los demás apóstoles le apoyan. Jesús atestigua entonces que, un día, cada palabra sembró una semilla. Un poco más tarde, evoca incluso el futuro Pentecostés y el Espíritu eterno. Mientras tanto, pide al grupo apostólico que aproveche su momento de intimidad para interrogarle, a fin de explicarles su Palabra. Después se despide, dice adiós a Porfirio y se dirige a los que le esperan.

A continuación, Jesús vuelve brevemente a los tres hombres que se le acercaron, en EMV 178, diciendo que aquel cuyo corazón estaba verdaderamente preparado era el que había perdido a su padre. El heroísmo explica una fuerte preparación espiritual: los más preparados, cualquiera que sea su casta o cultura, acuden al Salvador con absoluta prontitud y fe; los menos preparados observan a Cristo como algo fuera de lo común; otros lo denigran con diversas acusaciones. El pueblo elegido debería acoger al Mesías, puesto que ha sido preparado por los profetas y puesto que ve los milagros del Redentor. Pero, desgraciadamente, lucharon contra Él y al final fueron los paganos quienes le dieron la bienvenida. Porque los israelitas están saturados de su propia sabiduría y no saben aceptar la sabiduría de Cristo, aceptando lo necesario. Los otros no tienen ancla, sólo cargas de error y pecado, que abandonan de buen grado. Para explicar los diferentes frutos de un mismo trabajo, Jesús nos ofrece la parábola del sembrador, tal como se cuenta en el Evangelio.

A continuación, Jesús se va con Pedro. Después habla con Elías de Cafarnaún, el hombre cuyo padre no había sido enterrado. Elías le dice que su madre llora a su marido, y Jesús decide ir a Corazén, donde se aloja la familia de su nuevo discípulo. Al pasar por allí, van a ver a Isaac el Adulto, que había predicado a Jesús a Elías, y el Señor le agradece su apostolado. Luego insta a los hermanos de Elías a que hagan las paces con su hermano menor, y su madre ayuda al Señor a hacerlo. Después se marcharon todos y el joven siguió a su Salvador.

Contenido del capítulo: 179.1: Comentario de Jesús: Situación en Betsaida en aquel momento. 179,2: Llegada a casa de Pedro, que se lamenta de no tener a Jesús para sí. 179,3: Se queja de que escucha alegremente lo que dice Jesús, pero no retiene nada. 179,4: Subido en una barca, Jesús comenta a la multitud las distintas formas en que habían sido recibidos los que querían seguirle. 179.5: La parábola del sembrador: la semilla que cayó en tierra buena. 179.6: La semilla que cayó en otro tipo de tierra. 179.7: Jesús camina hacia la familia afligida del nuevo discípulo, en Chorazeïn. 179.8: Jesús da las gracias a Isaac de Chorazeïn, que informa a Elías de que su madre ha comprendido su partida. 179.9: Jesús reza ante la tumba del padre de Elías. Justifica el comportamiento de Elías que vuelve con él a Betsaida.

Edición antigua: Tomo 3, capítulo 39

ECR 179.1 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Jesús — mostrándome el curso del Jordán, o mejor, la desembocadura del Jordán en el lago de Tiberíades, en el lugar en que se extiende la ciudad de Betsaida en la orilla derecha del río respecto a quien mira al Norte — me dice: «Ahora la ciudad ya no parece en las orillas del lago, sino un poco más hacia el interior. Esto desconcierta a los estudiosos. La explicación se debe buscar en el espacio cedido por el lago, por esta parte, al terreno seco, debido a veinte siglos en que el río ha ido depositando tierra suelta, y también a aluviones y desprendimientos de tierra de las colinas de Betsaida. En aquel tiempo la ciudad estaba justamente en la desembocadura del río en el lago; es más, las barcas más pequeñas, en las estaciones más ricas en aguas, remontaban un buen trecho del río, casi hasta la altura de Corazín; las orillas del río servían siempre como embarcadero y lugar protegido para las barcas de Betsaida en los días de borrasca en el lago. Esto no te lo digo por ti, que poco te importa, sino por los doctores difíciles. Y ahora continúa».

ECR 179.4 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«De Cafarnaúm a aquí he venido pensando qué podría deciros. La indicación la he encontrado en los hechos sucedidos esta mañana.

Habéis visto a tres hombres que se han acercado a mí. Uno, espontáneamente, otro porque le he llamado, el tercero por un entusiasmo repentino. Habéis podido ver también cómo de estos tres he tomado sólo a dos. ¿Por qué? ¿Será porque he visto en el tercero a un traidor? No, ciertamente no; lo que he visto en él ha sido una persona no preparada. A simple vista parecía menos preparado éste hombre que ahora está a mi lado, este hombre que iba a enterrar a su padre. Sin embargo, el menos preparado era el tercero. Éste estaba tan preparado — aún sin saberlo — que ha sabido realizar un sacrificio verdaderamente heroico.

Seguir a Dios con heroísmo es siempre prueba de una fuerte preparación espiritual. Esto explica ciertos hechos sorprendentes que se producen en torno a mí. Los que están más preparados para recibir al Cristo — cualesquiera que sean su casta o su cultura — vienen a mí con prontitud y fe absolutas. Los menos preparados me observan como a un hombre que se sale de lo habitual, o me estudian con desconfianza y curiosidad, o incluso me atacan y desacreditan acusándome de varias formas. Las distintas formas de actuar son proporcionales a la falta de preparación de los espíritus.

ECR 179.4-6 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Salen. Jesús va hacia el lago para evitar la compresión de la muchedumbre. Pedro, diligentemente, separa la barca de la orilla unos pocos metros, de modo que la voz de Jesús sea oída por todos y que haya un espacio entre el auditorio y Él.

«Ahora vamos con los que nos están esperando. Venid. Recibe la paz; mujer. Esta noche seré tu huésped».

Salen. Jesús va hacia el lago para evitar la compresión de la muchedumbre. Pedro, diligentemente, separa la barca de la orilla unos pocos metros, de modo que la voz de Jesús sea oída por todos y que haya un espacio entre el auditorio y Él.

«De Cafarnaúm a aquí he venido pensando qué podría deciros. La indicación la he encontrado en los hechos sucedidos esta mañana.

Habéis visto a tres hombres que se han acercado a mí. Uno, espontáneamente, otro porque le he llamado, el tercero por un entusiasmo repentino. Habéis podido ver también cómo de estos tres he tomado sólo a dos. ¿Por qué? ¿Será porque he visto en el tercero a un traidor? No, ciertamente no; lo que he visto en él ha sido una persona no preparada. A simple vista parecía menos preparado éste hombre que ahora está a mi lado, este hombre que iba a enterrar a su padre. Sin embargo, el menos preparado era el tercero. Éste estaba tan preparado — aún sin saberlo — que ha sabido realizar un sacrificio verdaderamente heroico.

Seguir a Dios con heroísmo es siempre prueba de una fuerte preparación espiritual. Esto explica ciertos hechos sorprendentes que se producen en torno a mí. Los que están más preparados para recibir al Cristo — cualesquiera que sean su casta o su cultura — vienen a mí con prontitud y fe absolutas. Los menos preparados me observan como a un hombre que se sale de lo habitual, o me estudian con desconfianza y curiosidad, o incluso me atacan y desacreditan acusándome de varias formas. Las distintas formas de actuar son proporcionales a la falta de preparación de los espíritus.

En el pueblo elegido deberían encontrarse por todas partes espíritus preparados para recibir a este Mesías en cuya espera se consumieron de ansiedad los Patriarcas y los Profetas; a este Mesías que por fin ha venido, precedido y acompañado por todos los signos profetizados; a este Mesías cuya figura espiritual se delinea cada vez más clara a través de los milagros visibles, en los cuerpos y en los elementos, y de los milagros invisibles en las conciencias que se convierten, y en los gentiles que se vuelven al Dios verdadero. Y, sin embargo, no es así. Precisamente en los hijos de este pueblo la prontitud para seguir al Mesías se ve fuertemente obstaculizada, y, además, aunque duela decirlo, a medida que se sube a las clases más altas, más obstaculizada está. No lo digo para escandalizaros, sino para induciros a orar y a reflexionar.

¿Por qué sucede esto? ¿Por qué gentiles y pecadores avanzan más por mi camino?, ¿por qué acogen lo que Yo digo, y los otros no? Porque los hijos de Israel están anclados; es más, incrustados como madreperlas al banco en que nacieran. Porque están saturados, henchidos de su sabiduría, que los ha engordado, y no saben abrir camino a la mía desprendiéndose de lo superfluo para hacer espacio a lo necesario. Los otros no padecen esta esclavitud: son pobres paganos, o pobres pecadores, desancorados como naves a la deriva; son pobres, que no tienen tesoros propios, sino que sólo poseen fardos de errores y pecados de los que se desprenden con gozo en cuanto logran comprender la Buena Nueva y prueban su dulzura corroborante, bien distinta del desagradable revoltijo de sus pecados.

179.5

Escuchad, y quizás entenderéis mejor cómo de una misma acción pueden surgir diversos frutos.

Salió un sembrador a sembrar. Sus tierras eran muchas y de distintos tipos. Algunas de ellas las había heredado de su padre; en éstas, su falta de atención había permitido la proliferación de plantas espinosas. Otras eran adquiridas; las había comprado a una persona descuidada y las había dejado como estaban. Otras estaban atravesadas por caminos, porque el hombre era un comodón y no quería hacer mucho recorrido para ir de un lugar a otro. En fin, había algunas, las más cercanas a la casa, que había cuidado, para que el aspecto de delante de su casa fuera agradable; éstas tierras estaban bien limpias de cantos, de espinos, de malas hierbas, etc.

Pues bien, el hombre cogió su saquito de trigo de simiente, el de mejor calidad, y empezó a sembrar. La simiente cayó en el terreno bueno, esponjoso, arado, limpio, abonado, de las tierras cercanas a la casa. Cayó en las tierras cortadas por esos caminos más o menos anchos que las fragmentaban hasta la saciedad y que, además, eran fuente de despreciable polvo árido para la tierra fértil. Otras semillas cayeron en las tierras en que la ineptitud del hombre había dejado proliferar los espinos; el arado, ahora, los había arrastrado a su paso y parecía que ya no hubiera, pero seguían estando, porque sólo el fuego, la radical destrucción de las malas plantas, les impide volver a nacer. La última semilla cayó en los campos comprados poco antes, en esos campos que el sembrador había dejado como estaban cuando los adquirió, sin roturarlos profundamente, sin levantar todas las piedras que estaban hundidas en la tierra y que formaban un pavimento duro en que no podían prender las tiernas raíces. Una vez esparcida por los campos toda la simiente, volvió a su casa y dijo: “¡Bien!, ¡bien!, ahora no hay sino que esperar a la cosecha”.

179.6

Y se regocijaba al ver con el paso de los meses, primero germinar bien espeso el trigo en las tierras que estaban delante de su casa, luego crecer — ¡oh, qué suave alfombra! — y producir espiga — ¡qué mar! — y dorarse y cantar su hosanna al sol entrechocándose las espigas. El hombre decía: “Como estas tierras serán todas las demás. Preparemos la hoz y los graneros. ¡Cuánto pan! ¡Cuánto oro!”, y exultaba de gozo. Segó el trigo de las parcelas más cercanas y luego pasó a las tierras que había heredado de su padre y que había dejado abandonadas. Al verlas se quedó de piedra. Mucho trigo había nacido, porque eran buenas parcelas, y la tierra, bonificada por su padre, era rica y fértil. Pero esta misma fertilidad había actuado en las plantas espinosas — arrastradas por el arado pero aún vivas —, que habían renacido creando un verdadero techo de híspidos ramajes de espinos, a cuyo través sólo algunas escasas espigas de trigo habían podido emerger, con lo cual casi todo había quedado ahogado.

El hombre dijo: “Con estas parcelas he sido negligente, pero en otras no había espinos; irá mejor la cosa”. Y pasó a las tierras que había comprado recientemente. Su estupor pasó a ser dolor: delgadas hojas de trigo, ya resecas, yacían, como heno seco, diseminadas por todas partes. Heno seco. “¿Cómo es posible! ¿Cómo es posible!”, se lamentaba el hombre. “¡Pues si aquí no hay espinos y el trigo era el mismo! Y había nacido bien compacto y hermoso: se ve por las hojas, bien formadas y numerosas. ¿Por qué, entonces, todo ha muerto sin formar espiga?”. Y, con dolor, se puso a excavar en el suelo para ver si encontraba nidos de topos u otros flagelos. No había ni insectos ni roedores. ¡Ah, pero, cuántas piedras, cuántas piedras! Estas parcelas estaban, literalmente hablando, pavimentadas con lascas de piedra; era engañosa la poca tierra que las cubría. ¡Ah, si hubiera hincado profundamente el arado a su debido tiempo! ¡Ah, si hubiera excavado antes de aceptar esas tierras y comprarlas como buenas! ¡Ah, si, al menos, una vez cometido el error de adquirir lo que se le ofrecía sin asegurarse de su calidad, lo hubiera bonificado a fuerza de brazos! Pero ya era demasiado tarde. Inútil plañirse.

El hombre se enderezó, desanimado, y fue a ver los campos cortados por los caminos que él mismo, buscando la comodidad, había trazado... Y se rasgó las vestiduras del dolor. Aquí no había nada, absolutamente nada. La tierra oscura del campo estaba cubierta por un leve estrato de polvo blanco. El hombre se desplomó gimiendo: “Pero aquí, ¿por qué? Aquí no hay ni espinos ni piedras, porque estos campos son nuestros; mi abuelo, mi padre, yo, los hemos tenido siempre y durante muchos lustros los hemos hecho producir y han sido fértiles. Yo he abierto los caminos; habré quitado espacio a las parcelas, pero ello no puede haberlas hecho tan improductivas...”. Estaba llorando cuando un nutrido conjunto de pájaros, que con frenesí se lanzaban de los senderos a la tierra de labor y de ésta a los senderos, para buscar, buscar, buscar semillas, semillas, semillas… le dieron la respuesta a su dolor: esta tierra se había convertido en una red de caminos, a cuyos bordes habían ido a parar granos de trigo, atrayendo así a muchos pájaros, los cuales primero se habían comido los granos que habían caído en el camino y luego lo que había caído dentro, hasta el último grano.

De esta forma, la simiente, igual para todas las parcelas, había producido, en unas, cien, en otras, sesenta o treinta o nada. El que tenga oídos para oír que oiga. La semilla es la Palabra, que es igual para todos; los lugares donde cae la simiente son vuestros corazones. Que cada cual lo aplique y lo comprenda. La paz sea con vosotros».

ECR 179.4 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Seguir a Dios con heroísmo es siempre prueba de una fuerte preparación espiritual.

ECR 179.4 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

En el pueblo elegido deberían encontrarse por todas partes espíritus preparados para recibir a este Mesías en cuya espera se consumieron de ansiedad los Patriarcas y los Profetas; a este Mesías que por fin ha venido, precedido y acompañado por todos los signos profetizados; a este Mesías cuya figura espiritual se delinea cada vez más clara a través de los milagros visibles, en los cuerpos y en los elementos, y de los milagros invisibles en las conciencias que se convierten, y en los gentiles que se vuelven al Dios verdadero. Y, sin embargo, no es así. Precisamente en los hijos de este pueblo la prontitud para seguir al Mesías se ve fuertemente obstaculizada, y, además, aunque duela decirlo, a medida que se sube a las clases más altas, más obstaculizada está. No lo digo para escandalizaros, sino para induciros a orar y a reflexionar.

¿Por qué sucede esto? ¿Por qué gentiles y pecadores avanzan más por mi camino?, ¿por qué acogen lo que Yo digo, y los otros no? Porque los hijos de Israel están anclados; es más, incrustados como madreperlas al banco en que nacieran. Porque están saturados, henchidos de su sabiduría, que los ha engordado, y no saben abrir camino a la mía desprendiéndose de lo superfluo para hacer espacio a lo necesario. Los otros no padecen esta esclavitud: son pobres paganos, o pobres pecadores, desancorados como naves a la deriva; son pobres, que no tienen tesoros propios, sino que sólo poseen fardos de errores y pecados de los que se desprenden con gozo en cuanto logran comprender la Buena Nueva y prueban su dulzura corroborante, bien distinta del desagradable revoltijo de sus pecados.