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Notas del tema

Atributos de Jesucristo

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Comodidad de lectura

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ECR 76.10-11

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Jesús forma un grupo aparte, con todos los niños alrededor y lue­go los pastores y los discípulos. Afuera se oye balar a las ovejas (Elías las ha metido en el aprisco). En la casa hay rumor de fiesta. Traen dulces y bebidas a Jesús y a los suyos. Pero Jesús distribuye éstas entre los pequeños.

«¿No bebes, Maestro? ¿No lo aceptas? Te lo damos de corazón».

«Lo sé, Joaquín, y lo acepto de corazón. Pero déjame que primero dé gusto a los pequeñuelos; ellos constituyen mi alegría... (...) Juan, lleva a los dos niños a ver las ovejas. 76.11 Y tú, María, acércate más y dime: ¿Quién soy Yo?».

«Tú eres Jesús, Hijo de María de Nazaret, nacido en Belén. Isaac te vio y me puso el nombre de tu Mamá para que yo fuera buena».

«Tienes que ser buena como el ángel de Dios, más pura que una azucena florecida en las altas cumbres, pía como el levita más santo, para imitarla. ¿Lo serás?».

«Sí, Jesús».

«Di “Maestro” o “Señor”, niña».

«Deja que me llame con mi Nombre, Judas. Sólo pasando por labios inocentes no pierde el sonido que tiene en los labios de mi Madre. Todos, en los siglos futuros, pronunciarán ese Nombre, pero unos por un interés, otros por otro, y muchos para hacerle objeto de blasfemia. Sólo los inocentes, sin cálculo y sin odio, lo pronunciarán con amor semejante al de esta pequeña y al de mi Madre. Incluso los pecadores, sintiéndose necesitados de piedad, me invocarán. ¡Sin embargo, mi Madre y los niños...! ¿Por qué me llamas Jesús?» pregunta, acariciando a la pequeña.

«Porque te quiero... como a mi padre, a mamá y a mis hermanitos» dice abrazando las rodillas de Jesús y riendo con la carita levantada.

Y Jesús se inclina y la besa... y así todo termina.

ECR 77.4-5

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«Se ven algunas casas» dice Juan, que va unos pasos por delante de los demás.

«Es Hebrón, con su cúspide a caballo entre dos ríos. ¿Ves, Maestro? ¿Ves aquella casa grande de allí, entre toda aquella hierba, un poco más alta que las otras? Es la casa de Zacarías».

«Aceleremos el paso».

Recorren ligeros los últimos metros de camino. Entran en el pueblo. Las pequeñas pezuñas de las ovejas parecen castañuelas al chocar contra las piedras irregulares de la calle, aquí rudimentariamente adoquinada. Llegan a la casa. La gente mira a ese grupo de hombres de diverso aspecto, edad y vestimenta, entre el blancor de las ovejas.

«¡Oh! ¡Es distinta! ¡Aquí estaba la verja de entrada!» dice Elías. Ahora, en lugar de la verja, hay un portón herrado que impide ver. Y la tapia que la circunda es más alta que un hombre, y, por tanto, no se ve nada.

«Quizás esté abierto por detrás. Vamos». Rodean un amplio cuadrilátero (más concretamente un amplio rectángulo), pero la pared es igual por todas partes.

«Pared hecha desde hace poco» dice Juan observándola. «No tiene grietas, y en el suelo hay todavía piedras con cal».

«Tampoco veo el sepulcro... Estaba hacia el bosque. Ahora el bosque está fuera del muro y... y parece de todos. Hacen leña en él...». Elías está perplejo.

77.5

Un hombre, un leñador entrado en años, más bien bajo, pero fuerte, observando al grupo, deja de serrar un tronco talado y se dirige hacia ellos. «¿A quién buscáis?».

«Queríamos entrar en la casa, para orar ante el sepulcro de Zacarías».

«Ya no existe el sepulcro. ¿No lo sabéis? ¿Quiénes sois?».

«Yo, amigo de Samuel, el pastor. Él...».

«No hace falta, Elías» dice Jesús. Elías se calla.

«¡Ah! ¡Samuel!... ¡Ya! Sólo que desde que Juan, hijo de Zacarías, está en la cárcel, la casa ya no es suya. Y es una desgracia, porque él distribuía todas las ganancias de sus bienes entre los pobres de Hebrón. Una mañana vino uno de la corte de Herodes, echó afuera a Joel, clausuró la casa; luego volvió con algunos obreros y empezó a levantar el muro... En el ángulo, allí, estaba el sepulcro. No lo quiso... y una mañana lo encontramos todo destrozado, medio derruido... los pobres huesos mezclados... Los recogimos como se pudo... Ahora están en una única arca... Y en la casa del sacerdote Zacarías ese inmundo tiene a sus amantes. Ahora está una histrionisa de Roma. Por eso ha realzado el muro. No quiere que se vea... ¡La casa del sacerdote, un lupanar! ¡La casa del milagro y del Precursor! Porque ciertamente es él, si es que no es él el Mesías. ¡Y cuántas dificultades hemos tenido por el Bautista! ¡Pero es nuestro grande! ¡Verdaderamente grande! Ya cuando nació se dio un milagro. Isabel, consumida como un cardo ajado, resultó fértil como un manzano en Adar; primer milagro. Luego vino una prima, que era santa, a servirla y a soltarle la lengua al sacerdote. Se llamaba María. Me acuerdo de ella, aunque sólo la viéramos en muy raras ocasiones. No sé cómo sucedió. Se dice que, por contentar a Isa, Ella dejaba poner la boca muda de Zacarías sobre su vientre grávido, o que le metía sus dedos en la boca. No lo sé bien. Lo cierto es que, después de nueve meses de silencio, Zacarías habló alabando al Señor y diciendo que había venido el Mesías. No explicó más, pero mi mujer asegura — ella estaba ese día — que Zacarías dijo, alabando al Señor, que su hijo iría delante de Él. Ahora, yo digo: no es como la gente cree. Juan es el Mesías y camina ante el Señor como Abraham ante Dios, eso es. ¿No tengo razón?».

«Tienes razón por lo que respecta al espíritu del Bautista, que siempre camina en presencia de Dios; pero no tienes razón respecto al Mesías».

«Entonces aquélla, de la que se decía que era Madre del Hijo de Dios — lo dijo Samuel — ¿no era verdad que lo era? ¿No vive todavía?».

«Lo era. El Mesías nació, precedido por aquel que en el desierto alzó su voz, como dijo el Profeta».

«Tú eres el primero que lo asegura. Juan, la última vez que Joel le llevó una piel de oveja — como todos los años hacía cuando llegaba el invierno —, si bien fuera interrogado acerca del Mesías, no dijo: “Ya ha venido”. Cuando él lo diga...».

«Hombre, yo he sido discípulo de Juan y he oído decir: “He aquí el Cordero de Dios”, señalando...» dice Juan.

«No. no. El Cordero es él. Verdadero Cordero que se ha criado a sí mismo, sin casi necesidad de madre y padre. Poco después de pasar a ser hijo de la Ley, se aisló en las cuevas de los montes que miran al desierto y allí se ha educado, hablando con Dios. Isa y Zacarías murieron y él no vino. Padre y madre para él era Dios. No hay santo más grande que él. Preguntad a toda Hebrón. Samuel lo decía, pero debían tener razón los de Belén. El santo de Dios es Juan».

«Si uno te dijera: “El Mesías soy Yo”, ¿qué dirías tú?» pregunta Jesús.

«Le llamaría “blasfemo” y le echaría a pedradas».

«¿Y si hiciera un milagro para probar su condición?».

«Le llamaría “endemoniado”. El Mesías vendrá cuando Juan se revele en su verdadero ser. El mismo odio de Herodes es la prueba. Él, el astuto, sabe que Juan es el Mesías».

«No ha nacido en Belén».

«Pero cuando le liberen, después de anunciarse por sí mismo su próxima venida, se manifestará en Belén. También Belén espera esto. Mientras... ¡Oh! Ve, si tienes valor, a hablarles a los de Belén de otro Mesías... y verás».

«¿Tenéis una sinagoga?».

«Sí. Recto doscientos pasos por esta calle. No puedes equivocarte. Cerca está el arca de los restos profanados».

«Adiós. Que el Señor te ilumine».

Se van. Dan la vuelta por la parte de delante.

ECR 77.5

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«Hombre, yo he sido discípulo de Juan y he oído decir: “He aquí el Cordero de Dios”, señalando...» dice Juan.

Detalle

Un leñador de Hebrón creyó que Juan el Bautista era el Mesías y el Cordero de Dios. Juan intervino entonces para dar su testimonio del bautismo.

ECR 77.7

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«¡Señor!».

«Mujer».

«Tu nombre, Señor».

«Jesús».

«No lo he oído nunca. Soy romana: mimo y bailarina. No soy experta más que en lascivias. ¿Qué quiere decir ese Nombre? El mío es Áglae y... y quiere decir: vicio».

«El mío quiere decir: Salvador».

«¿Cómo salvas? ¿A quién?».

«A quien tiene buena voluntad de salvación. Salvo enseñando a ser puros, a preferir el dolor a la pérdida del honor, a querer el bien a toda costa». Jesús habla sin acritud, pero sin siquiera volverse hacia la mujer.

«Yo estoy perdida...».

«Yo soy Aquel que busca a los perdidos».

«Yo estoy muerta».

«Yo soy Aquel que da Vida».

«Yo soy suciedad y embuste».

«Yo soy Pureza y Verdad».

«También eres Bondad, Tú, que no me miras, no me tocas, no me pisoteas. Piedad de mí...».

«Ten piedad de ti, tú, primero; de tu alma».

«¿Qué es el alma?».

«Es aquello que hace del hombre un dios y no un animal. El vicio y el pecado la matan y, una vez muerta, el hombre se vuelve animal repelente».

«¿Podré volver a verte?».

«Quien me busca me encuentra».

«¿Dónde estás?».

«Donde los corazones necesitan médico y medicinas para volver a ser honestos».

«Entonces... no te volveré a ver... Yo estoy donde no se quiere ni médico ni medicinas ni honestidad».

«Nada te impide venir a donde Yo esté. Mi Nombre será gritado por los caminos y llegará hasta ti. Adiós».

«Adiós, Señor. Déjame que te llame “Jesús”. ¡No por familiaridad!... Para que entre en mí un poco de salvación. Soy Áglae, acuérdate de mí».

«Sí. Adiós».

Detalle

Diálogo entre Aglaia, una prostituta, y Jesús.

ECR 78

El Evangelio como me ha sido revelado

Detalle

Jesús, Juan, Judas y Simón el Zelote llegan a Keriot. Los pastores ya no están allí. Judas está muy agitado y no puede aguantar más. Le pide al Maestro que se lo diga, y Simón le señala que ese hombre no le entiende. Jesús suspira, pero no dice nada.

Llegaron a Kerioth y fueron recibidos por la madre de Judas. Ella lo saluda con gran respeto, le ofrece algo para refrescarse y le da sandalias y un manto. Jesús no dijo nada al principio, pero no le dio importancia; luego, cuando María declaró que no conocía los caminos de los reyes, pidió hablar a solas con su apóstol. Allí le reprendió severamente, diciéndole que ponía obstáculos a su misión, porque Israel estaba sometido a Roma, y Cristo no era en modo alguno Rey de la tierra.

Realmente anima a Judas a retirarse, a dejar el grupo. Luego describe su realeza y cuándo será coronado rey: en el madero de la cruz, con un signo infame y bajo los abucheos de su pueblo. Entonces Jesús predice su muerte atroz.

Judas se mortifica, pero implora al Maestro que lo conserve, que se hará bueno. Pide perdón y Jesús, cansado, le perdona. Sin embargo, el Iscariote le pide que se quede y se vaya a su pueblo, porque Judas ha dicho a todo el mundo que viene el Señor. Así que Jesús decide hacer lo que Judas ha planeado, no por él, sino por su madre.

Así que Jesús se dirigió a Queriot en un carro y el jefe de la sinagoga le dio la bienvenida y le pidió que fuera a su lugar de oración. Jesús aceptó y predicó al pueblo. Declaró que él era la Palabra de Dios, pero les recordó que su realeza era ante todo espiritual. Luego lo confirmó a los notables de Keriot.

El viejo Saulo intervino entonces y habló de la Natividad de Cristo, a quien había venido a adorar. Jesús confirmó que era él, y el anciano tuvo entonces una visión de la realeza del Señor. Lo vio transfigurado y luego con sus Llagas y su Sangre. Muere tras dar testimonio del corazón de Jesús, por lo que el grupo debe purificarse para respetar lo que dice la Ley.