ECR 35.8
El Evangelio como me ha sido revelado
Cita
Yo fui sensible a la amistad. Sufrí por la traición de Judas como por una crucifixión moral.
Detalle
Jesús dijo:
Notas del tema
Comodidad de lectura
ECR 35.8
Yo fui sensible a la amistad. Sufrí por la traición de Judas como por una crucifixión moral.
Jesús dijo:
ECR 35.9
Yo había predicado sacrificio, desapego, vida casta, puestos humildes.
ECR 35.10
(...) Yo les digo que María fue virgen y siguió siéndolo, y que sólo su alma se desposó con José, como también su espíritu únicamente se unió al Espíritu de Dios, y por obra de Éste concibió al Único que llevó en su seno: a mí, a Jesucristo, Unigénito de Dios y de María.
No se trata de una tradición que haya florecido después, por un amoroso respeto hacia mi Bienaventurada Madre; se trata de una verdad conocida ya desde los primeros tiempos.
Mateo no nació siglos más tarde; era contemporáneo de María. Mateo no era un pobre ignorante que hubiera vivido en los bosques y que fuera propenso a creerse cualquier patraña. Era un funcionario de hacienda, como diríais ahora vosotros (nosotros entonces decíamos recaudador). Sabía ver, oír, entender, escoger entre la verdad y la falsedad. Mateo no oyó las cosas por referencias de terceros, sino que las recogió del labio de María, preguntándole a Ella, llevado de su amor hacia el Maestro y hacia la verdad.
Y no quiero pensar que estos que niegan la inviolabilidad de María piensen que Ella quizás pudo mentir. Mis propios parientes, si hubiera habido otros hijos, hubieran podido desmentir su testimonio: Santiago, Judas, Simón y José eran condiscípulos de Mateo. Por tanto éste hubiera podido fácilmente confrontar las versiones, si hubiese habido otras versiones. Y sin embargo Mateo nunca dice: “¡Levántate y toma contigo a tu mujer!”. Dice: “¡Toma contigo a la Madre de Él!”. Y antes dice: “Virgen desposada con José”; “José, su esposo”. (...)
Jesús habló de la virginidad de María y dijo que si la Virgen hubiera tenido otros hijos, sus parientes habrían podido saberlo.
ECR 36
María vio una casa muy pobre en Egipto. Vio al Niño Jesús jugando en el suelo, con dos años, dos y medio a lo sumo. María trabajaba en su telar mientras observaba al niño. En un momento dado, le puso las sandalias, le dio un beso y guardó el telar. Volvió, le dio la mano al Niño y salieron a la calle. Finalmente, se detuvo junto a un pozo. José llegó mientras tanto y aceleró el paso al ver a su mujer y a su Hijo. Cuando llegó junto a ellos, José se inclinó para dar al Niño un trozo de fruta y se produjo un suave abrazo lleno de afecto entre Jesús y su padre putativo. José se levanta, toma a Jesús en su brazo derecho y los tres regresan a la casa. María los ve preparar la cena y comer juntos muy sencillamente, después de rezar.
Jesús da entonces un dictado, insistiendo en la humildad, la resignación y la perfecta armonía de la Sagrada Familia. José y María son los guardianes de la Sagrada Familia, pero no obtienen de ella ningún beneficio material. Viven en la pobreza, en el exilio, en un mundo en el que las personas desconfían unas de otras porque son extrañas. Sin embargo, hay paz, serenidad y armonía.
En esta casa, "no hay gente nerviosa y susceptible, ni rostros cerrados ni reproches mutuos, y menos aún reproches hacia Dios, que no les colma de bienestar material". En esta casa -continúa Jesús- se reza, se es frugal, se ama el trabajo". En la Sagrada Familia reinaba la humildad y se respetaba el orden sobrenatural, moral y material. Respetamos a Dios (el orden sobrenatural), respetamos a José como padre y cabeza de familia (el orden moral), y damos gracias a Dios por nuestras posesiones, aunque sean pobres (el orden material).
Jesús termina invitándonos a meditar sobre esta visión.
ECR 37
Traducción en curso
ECR 37.7
37.7 Hay muchos que piensan que Yo no sufrí humanamente cuando la muerte apagó esa mirada de santo, esa mirada celadora presente en nuestra casa. Si bien, siendo Dios — y, como tal, conociendo la feliz ventura de José — no me apenó su partida (que tras breve estancia en el Limbo le había de abrir el Cielo), como Hombre sí lloré en esa casa privada de su amorosa presencia. Lloré por el amigo desaparecido. ¿Y es que, acaso, no debía haber llorado por este santo mío, en cuyo pecho, de pequeño, yo había dormido, y del cual había recibido amor durante tantos años?
Jesús dijo:
ECR 38.6-8
38.6 Llaman a la puerta. José atraviesa con paso rápido huerto y habitación, y abre.
«¡La paz sea con vosotros, Alfeo y María!».
«Y con vosotros. Paz y bendición».
Es el hermano de José con su mujer. Un rústico carro tirado por un robusto burro está parado en la calle.
«¿Habéis tenido buen viaje?».
«Sí, bueno. ¿Y los niños?».
«Están en el huerto con María».
Ya los niños venían corriendo a saludar a su mamá. También María está viniendo, trayendo a Jesús de la mano. Las dos cuñadas se besan.
«¿Se han portado bien?».
«Sí, muy bien, y han sido muy cariñosos. ¿La familia está toda bien?».
«Todos están bien. Nos han dado recuerdos para vosotros. De Caná os mandan muchos regalos: uvas, manzanas, queso, huevos, miel. Y... José, he encontrado exactamente lo que tú querías para Jesús. Está en el carro, en aquella cesta redonda». La mujer de Alfeo, sonriendo, se curva hacia Jesús, que la está mirando con unos ojos maravillados, abiertísimos; y le besa en esos dos pedacitos de azul y dice: «¿Sabes lo que he traído para ti? Adivina».
Jesús piensa, pero no adivina. Probablemente lo hace a propósito, para que José tenga la alegría de dar una sorpresa. En efecto, José entra trayendo consigo una cesta redonda. La deposita en el suelo a los pies de Jesús, desata la cuerda que está sujetando la tapadera, la levanta... y una ovejita toda blanca, un verdadero copo de espuma, aparece, dormida sobre un heno muy limpio.
«¡Oh!» exclama Jesús con estupor y beatitud, mientras hace ademán de echarse hacia el animalito, pero... no, se vuelve y corre adonde José, que aún está agachado, y le abraza y le besa dándole las gracias.
Los primitos miran con admiración al animalito, que ahora está despierto y alza su rosado morrito y bala buscando a su mamá. Sacan de la cesta a la ovejita y le ofrecen un manojo de tréboles. Ella come, mirando a su alrededor con sus mansos ojos.
Jesús repite una y otra vez: «¡Para mí! ¡Para mí! ¡Padre, gracias!».
«¿Te gusta mucho?».
«¡Oh, mucho! Blanca, limpia... una cordera... ¡oh!» y le echa sus brazitos al cuello a la ovejita, pone su cabeza rubia sobre la cabecita, y se queda así, satisfecho.
«También os he traído a vosotros otras dos» dice Alfeo a sus hijos. «Pero son de color oscuro. Vosotros no sois ordenados como lo es Jesús y, si hubieran sido blancas, las tendríais mal. Serán vuestro rebaño, las tendréis juntas, y así vosotros dos, golfos, no estaréis ya más por ahí por las calles tirando piedras».
Los dos niños van corriendo al carro para ver a estas otras dos ovejas, más negras que blancas.
Jesús por su parte se ha quedado con la suya. La lleva al huerto, la da de beber, y el animalito le sigue como si le conociera desde siempre. Jesús la llama. Le pone por nombre «Nieve». Ella responde balando jubilosa.
Los llegados ya están sentados a la mesa. María les sirve pan, aceitunas y queso. Trae también una ánfora de sidra o de agua de manzanas, no lo sé; veo que es de un color dorado muy claro.
Los niños juegan con los tres animales y ellos se ponen a conversar. Jesús quiere que estén las tres ovejas, para darles a las otras también agua y un nombre: «La tuya, Judas, se llamará “Estrella”, por el signo ese que tiene en la frente; y la tuya “Llama”, porque tiene un color como el de ciertas llamas de brezo lánguido».
«De acuerdo».
Los mayores dicen — es Alfeo el que habla —: «Espero haber resuelto así la historia de las peleas entre muchados. Tu idea, José, ha sido la que me ha iluminado. Dije: “Mi hermano quiere una cordera para Jesús, para que juegue un poco. Yo me llevo dos para esos golfos, para que estén un poco tranquilos y no tener siempre problemas con otros padres por cabezas o rodillas rotas. Un poco la escuela y un poco las ovejas, lograré tenerlos quietos”.
38.7 Por cierto, este año tendrás que mandar tú también a Jesús a la escuela. Ya es tiempo».
«Yo no voy a mandarle jamás a Jesús a la escuela» dice María con tono resoluto. Resulta insólito oírla hablar así, y además antes que José (!).
«¿Por qué? El Niño tiene que aprender, para que a su debido tiempo sea capaz de afrontar el examen de la mayoría de edad...».
«El Niño sabrá; pero no irá a la escuela. Está decidido».
«Pues serías la única que actuara así en Israel».
«Pues seré la única, pero actuaré así. ¿No es verdad, José?».
«Así es; Jesús no tiene necesidad de ir a la escuela. María se ha formado en el Templo y es una verdadera doctora en el conocimiento de la Ley. Será su Maestra. Es también mi deseo».
«Le estáis mimando demasiado al Muchacho».
«Eso no puedes decirlo. Es el mejor de Nazaret. ¿Le has visto alguna vez llorar o cogerse alguna pataleta o negarse a obedecer o faltar al respeto?».
«No. Pero un día será así si le seguís mimando».
«Tener al lado a los hijos no es mimarlos; es quererlos, con mente cabal y buen corazón. Nosotros amamos así a nuestro Jesús, y, dado que María es una mujer más instruida que el maestro, será Ella la Maestra de Jesús».
«Y cuando sea hombre, tu Jesús será una mujercita temerosa hasta de las moscas».
«No lo será. María es una mujer fuerte y sabe educarle virilmente; y yo no soy ningún mezquino, y sé dar ejemplos viriles. Jesús es un niño sin defectos físicos ni morales. Por tanto se desarrollará recto y fuerte en el cuerpo y en el espíritu. Estáte seguro de esto, Alfeo. No dejará fea a la familia. Y, además, ya lo he decidido y es suficiente».
«Lo habrá decidido María. Tú sólo...».
«¿Y si así fuera? ¿No es acaso bonito que dos personas que se aman estén en la disposición de tener el mismo pensamiento y la misma voluntad, porque mutuamente abrazan el deseo del otro y lo hacen propio? Si María desease estupideces, yo le diría que no, pero lo que pide son cosas llenas de sabiduría, y yo las apruebo y hago mías. Nosotros nos amamos como el primer día... y lo seguiremos haciendo mientras vivamos, ¿verdad, María?».
«Sí, José. Y aun en el caso — y ojalá no suceda jamás — de que uno de los dos muriese y el otro no, nos seguiríamos amando».
José le acaricia a María la cabeza, como si fuera una hija pequeña, y Ella a su vez le mira con ojos serenos y amorosos.
38.8 La cuñada interviene diciendo: «Tenéis realmente razón. ¡Si yo fuera capaz de enseñar!... En la escuela nuestros hijos aprenden el bien y el mal; en casa, sólo el bien. Pero yo no sé hacerlo... Si María...».
«¿Qué quieres, cuñada? Habla libremente. Tú sabes que te quiero y que me siento contenta cada vez que puedo satisfacerte en algo».
«No, yo lo que pensaba... era... Santiago y Judas son sólo un poco mayores que Jesús. Ya van a la escuela... ¡pero, para lo que saben!... Por el contrario, Jesús ya sabe muy bien la Ley... Yo quisiera... bueno, ¿si te pidiera que los tuvieras también a ellos cuando enseñas a Jesús? Creo que ganarían en bondad y en conocimientos. Al fin y al cabo son primos y sería justo que se quisieran como hermanos... ¡Qué feliz me sentiría!».
«Si José y tu marido quieren, yo por mí estoy dispuesta. Hablar para uno o para tres es igual. Repasar la Escritura es motivo de gozo. Que vengan».
Los tres niños, que habían entrado despacito, han oído estas palabras y están a la espera del veredicto.
«Te harán desesperar, María» dice Alfeo.
«¡No! Conmigo siempre se portan bien. ¿Verdad que os vais a portar bien si yo os enseño?».
Los dos niños acuden a su lado corriendo, uno a la derecha, el otro a la izquierda. Le ponen los brazos en torno a los hombros apoyando en ellos sus cabecitas, y hacen promesas de todo el bien posible.
«Déjales que prueben, Alfeo, y déjame probar también a mí. Yo creo que no quedarás descontento de la prueba. Que vengan todos los días desde la hora sexta hasta la tarde. Será suficiente, créelo. Conozco el arte de enseñar sin cansar. A los niños hay que tenerlos cautivados y distraídos al mismo tiempo. Hay que comprenderlos, amarlos y ser amados para conseguir de ellos. Y vosotros me queréis, ¿no?».
La respuesta es dos fuertes besos.
«¿Lo ves?».
«Ya lo veo. Sólo me queda decirte: “Gracias”. Y Jesús ¿qué va a decir cuando vea a su mamá entretenida en otros? ¿Tú qué dices, Jesús?».
«Yo digo: “Bienaventurados los que le prestan atención y levantan su morada junto a la de Ella”. Como con la Sabiduría, dichoso aquel que es amigo de mi Madre. Me gozo viendo que aquéllos a quienes amo son sus amigos».
«¿Quién pone tales palabras en labios de este Niño?» pregunta Alfeo asombrado.
«Nadie, hermano, nadie de este mundo».
La visión cesa en este momento.
ECR 38.7
Jesús es un niño sin defectos físicos ni morales. Por tanto se desarrollará recto y fuerte en el cuerpo y en el espíritu.
San José dijo de su Hijo:
ECR 39.4
Veo el momento en que Jesús entra, acompañado de su Madre, en el — digámoslo así — comedor de la casa de Nazaret.
Jesús tiene doce años. Es un muchacho alto, bien formado, fuerte, aunque no gordo; parece, por su complexión, más adulto de lo que realmente es; le llega ya a su Madre a la altura de los hombros. Su rostro es todavía redondeado y rosado, es todavía el rostro de Jesús niño, rostro que, con el paso del tiempo, con la edad juvenil y viril, se habrá de alargar, y tomará un cromatismo indefinido, una tonalidad como la de ciertos alabastros delicados que tienden apenas al amarillo-rosa.
Sus ojos — también sus ojos — son todavía ojos de niño. Son grandes y miran bien abiertos, con una chispa de alegría perdida en la seriedad de la mirada. Pasado el tiempo, ya no estarán tan abiertos... Los párpados descenderán hasta medio cerrar los ojos, para velarle al Puro y Santo el exceso de mal que hay en el mundo. Solamente en los momentos de los milagros, o cuando ponga en fuga a los demonios o a la muerte, o para curar las enfermedades y los pecados; solamente entonces los abrirá, y centellearán, aún más que ahora. Pero, ni siquiera entonces tendrán esta chispa de alegría mezclada con la seriedad... La muerte y el pecado estarán cada vez más cerca y más presentes, y, con ambos, el conocimiento — con su faceta humana — de la inutilidad del sacrificio a causa de la voluntad contraria del hombre. Sólo en rarísimos momentos de alegría, por estar con los redimidos, y especialmente con los puros — generalmente niños — brillarán de júbilo estos ojos santos y buenos.
Ahora, estando con su Madre, en su casa, y con San José frente a Él, sonriéndole con amor, y con esos primitos suyos que le admiran, y con su tía, María de Alfeo, que le está acariciando, se siente feliz. Mi Jesús tiene necesidad de amor para sentirse feliz, y en este momento lo tiene.
ECR 39.4
Ahora, estando con su Madre, en su casa, y con San José frente a Él, sonriéndole con amor, y con esos primitos suyos que le admiran, y con su tía, María de Alfeo, que le está acariciando, se siente feliz. Mi Jesús tiene necesidad de amor para sentirse feliz, y en este momento lo tiene.
Está vestido con una túnica suelta, de lana, de color rojo rubí claro, suave, perfectamente tejida, fina y compacta al mismo tiempo. En el cuello, por la parte de delante, en la base de las mangas largas y amplias, y en la base de la túnica, que llega hasta abajo dejando apenas ver los pies calzados con sandalias nuevas y bien hechas — no las usuales suelas sujetas al pie con unas correas —, tiene una greca, no bordada, sino tejida en un color más oscuro sobre el color rubí de la túnica. Deduzco que debe ser obra de su Madre, porque la cuñada la admira y alaba.
La Sagrada Familia se prepara para salir de Jerusalén con motivo de la fiesta de la Mayoría de Jesús.